YO NO SOY ESA
“Y me escondo detrás de la puerta, para que la Realidad cuando entre, no me vea. Me escondo debajo de la mesa, donde de manera súbita doy sustos a la Posibilidad. De modo que aparto de mí, como si fueran dos brazos de un abrazo, los dos grandes tedios que me ahogan: el tedio de poder vivir solo lo Real y el tedio de poder concebir solo lo Posible”, decía Bernardo Soares; o mejor, Fernando Pessoa, en su celebrado Libro del desasosiego.
El luso anglófilo, que murió en 1935, y que, como es bien sabido, usaba de heterónimos (o distintas identidades para según qué temas), no llegó ni a sospechar lo que habría de venir con el advenimiento de la Inteligencia Artificial. Vean si no.
Caryn Marjorie es una influencer americana de veintipocos, de buen ver, con dos millones de seguidores en Snapchat y 754 mil en YouTube. Hasta aquí, la Realidad. Un equipo de desarrolladores le ha creado un perfil entrenado con todo su material de YouTube, capaz de usar su voz y movimientos, ofreciéndola como novia para interactuar con ella por el módico precio de un dólar el minuto. ¿Que quiere usted intimar con la joven y picantona novia 20 minutillos…? Pues ya saben: 20 dólares y asunto solucionado. Curar la soledad, dice la joven. La de los demás, claro, porque ella ni se entera; puede estar cocinando o viendo una película mientras su avatar es capaz de tener cientos de encuentros virtuales con centenares de tipos simultáneamente. De momento, la primera semana consiguió 72.000 dólares aportados generosamente por sus 2000 “novios”. El equipo calcula que puede llegar a generar 5 millones de dólares mensuales.
Otro ejemplo que dejaría pasmado a nuestro desasosegado portugués es el de Khaby Lame. Se trata de un joven senegalés de 25 años, residente en Italia, al que quizá conozcan sin saberlo, ya que es un coloso de Tiktok con más de 160 millones de seguidores. Si son ustedes usuarios de cualquier red social, seguro que se les ha colado en los famosos reels la cara de un joven negro que hace muecas ante cualquier hecho sorprendente o absurdo de los que es tan aficionada la raza humana. Siempre mudo, sin decir palabra. ¿Lo reconocen? Pues bien, el tipo ha vendido a la empresa Rich Sparkle Holding, especialista en servicios corporativos radicada en Hong Kong, su identidad en redes por 975 millones de dólares. Lo han leído bien. La empresa asiática podrá usar su avatar virtual entrenado con Inteligencia Artificial para cualquier propósito comercial que le venga en gana, de modo que el joven podrá seguir con su vida como si nada, mientras su gemelo virtual usará su cara, movimientos y gestualidad para vender cualquier producto o para cualquier otra componenda que a su nuevo dueño se le ocurra.
Nada que ver con lo que ocurrió al cándido tejano Scott Jacqmein, un actor de segunda fila, que aparece en multitud de vídeos anunciando cosas en distintos idiomas tras haber vendido su imagen a Tiktok por 750 dólares.
Ya ven, antes se vendía el alma al diablo y ahora el avatar entrenado con IA. Claro, que si el diablo es selectivo a la hora de comprar el alma (a mí no me ha ofrecido nunca el trueque), las empresas de publicidad en Internet también lo son (tampoco he recibido oferta alguna), por lo que no sé si aceptaría el trato o me escondería debajo de la mesa como sugería el bueno de Pessoa.
Quizá se refería a esto Shakespeare con lo de “ser o no ser” o Mari Trini con aquello de “yo no soy esa”. ¿Qué piensan?
Román Rubio
Febrero 2026
