lunes, 16 de febrero de 2026

NORUEGA

 

NORUEGA


Noruega es un país que no suele dar titulares. La vida parece transcurrir plácida en ese lugar de largos y oscuros inviernos y húmedos veranos de días interminables, en donde el personal se supone que vive bien, con dinero abundante y un paraguas social que parece acoger a aquellos que no pueden por sí mismos protegerse de la intemperie.

Estos últimos días, sin embargo, parece que los noruegos han decidido saltarse la placidez de sus costumbres gracias a la colaboración impagable de su familia real. Todo empezó hace unos años con el emparejamiento de la princesa Marta Luisa de Noruega, hija de los Reyes Harald y Sonia, con el norteamericano Durek Verret, de profesión chamán y terapeuta alternativo. Pero bueno, la sociedad noruega consideró que el hecho de intentar curar la polio con jugo de ortigas y madreselva no era muy grave ya que la susodicha no era la heredera del trono, responsabilidad que recaía en su hermano Haakong Magnus, que tuvo la idea peregrina de contraer matrimonio con una tal Mette-Marit, que así se llama la futura reina si el tiempo no lo impide.

La idea, por jocoso que resulte el nombre a los hispanohablantes, no era del todo buena ya que la mujer aportaba a la unión un hijo, Marius Borg, cuyo padre había sido detenido por trapicheo con cocaína.

Cuando ya estaba todo digerido, el muchacho, convertido ahora en un mozo que cada día se parece más a Barron Trump (el hijo de Melania y el Ogro Naranja) es juzgado por violación y agresión sexual a varias mujeres; y cuando la bola parece ya indigerible, la mismísima princesa y heredera al trono de Sigrid, se ve envuelta en los papeles de Epstein diciendo que le aburrían soberanamente sus labores de protocolo y otras intimidades más picantonas.

Ay!, Noruega!

Otro asunto está ocupando la atención del público en aquel país estos días.

El esquiador Sturla Holm, tras ganar una medalla en Milán-Cortina, rompió a llorar en la entrevista posterior —no de emoción, como podría ser el caso— sino porque se le ocurrió confesar públicamente que había sido infiel a su novia y solicitaba de ella el perdón, ya que era la mejor persona del mundo y no merecía tal felonía, que la amaba con locura y bla, bla, bla.

El país, al parecer, se dividió, entre los que esperaban (en realidad exigían) que la mujer le perdonara y volviera a aceptarlo dócilmente y los que (como quien esto escribe) le importa un pimiento que ella lo haga o no, pero le parece inaceptable que la ponga bajo los caballos de la opinión pública al exponer en abierto lo que debería haber hecho en privado. Mala si no lo perdona y tonta y sumisa (a lo Hillary) si corre hacia él cual corderillo.

Yo no sé si voy a contracorriente o a ustedes también les pasa, pero detesto las confesiones amorosas aireadas a los cuatro vientos. ¿La quieres y quieres que ella lo sepa? Pues muy bien: la invitas a cenar o tomar una copa y se lo dices, pero no tienes por qué anunciarlo en un plató de televisión, en una entrevista televisada o ante 50 mil espectadores en un estadio. Sé que a muchos les gusta este tipo de exhibición, se emocionan y aplauden, pero algunos (llámennos raritos) sentimos vergüenza ajena y nos dan ganas de meternos debajo de los asientos ante tan impúdicas muestras sentimentales.

Y a este exhibicionismo le llamamos pornografía emocional. Si la pornografía es la exposición pública del acto íntimo del sexo, pornografía emocional es la exhibición pública de los sentimientos íntimos. Y a algunos no nos gusta. Ni la una ni la otra. Que cada cual se lo guise y se lo coma.

Román Rubio.

Febrero 2026


viernes, 6 de febrero de 2026

 

YO NO SOY ESA


“Y me escondo detrás de la puerta, para que la Realidad cuando entre, no me vea. Me escondo debajo de la mesa, donde de manera súbita doy sustos a la Posibilidad. De modo que aparto de mí, como si fueran dos brazos de un abrazo, los dos grandes tedios que me ahogan: el tedio de poder vivir solo lo Real y el tedio de poder concebir solo lo Posible”, decía Bernardo Soares; o mejor, Fernando Pessoa, en su celebrado Libro del desasosiego.

El luso anglófilo, que murió en 1935, y que, como es bien sabido, usaba de heterónimos (o distintas identidades para según qué temas), no llegó ni a sospechar lo que habría de venir con el advenimiento de la Inteligencia Artificial. Vean si no.

Caryn Marjorie es una influencer americana de veintipocos, de buen ver, con dos millones de seguidores en Snapchat y 754 mil en YouTube. Hasta aquí, la Realidad. Un equipo de desarrolladores le ha creado un perfil entrenado con todo su material de YouTube, capaz de usar su voz y movimientos, ofreciéndola como novia para interactuar con ella por el módico precio de un dólar el minuto. ¿Que quiere usted intimar con la joven y picantona novia 20 minutillos…? Pues ya saben: 20 dólares y asunto solucionado. Curar la soledad, dice la joven. La de los demás, claro, porque ella ni se entera; puede estar cocinando o viendo una película mientras su avatar es capaz de tener cientos de encuentros virtuales con centenares de tipos simultáneamente. De momento, la primera semana consiguió 72.000 dólares aportados generosamente por sus 2000 “novios”. El equipo calcula que puede llegar a generar 5 millones de dólares mensuales.

Otro ejemplo que dejaría pasmado a nuestro desasosegado portugués es el de Khaby Lame. Se trata de un joven senegalés de 25 años, residente en Italia, al que quizá conozcan sin saberlo, ya que es un coloso de Tiktok con más de 160 millones de seguidores. Si son ustedes usuarios de cualquier red social, seguro que se les ha colado en los famosos reels la cara de un joven negro que hace muecas ante cualquier hecho sorprendente o absurdo de los que es tan aficionada la raza humana. Siempre mudo, sin decir palabra. ¿Lo reconocen? Pues bien, el tipo ha vendido a la empresa Rich Sparkle Holding, especialista en servicios corporativos radicada en Hong Kong, su identidad en redes por 975 millones de dólares. Lo han leído bien. La empresa asiática podrá usar su avatar virtual entrenado con Inteligencia Artificial para cualquier propósito comercial que le venga en gana, de modo que el joven podrá seguir con su vida como si nada, mientras su gemelo virtual usará su cara, movimientos y gestualidad para vender cualquier producto o para cualquier otra componenda que a su nuevo dueño se le ocurra.

Nada que ver con lo que ocurrió al cándido tejano Scott Jacqmein, un actor de segunda fila, que aparece en multitud de vídeos anunciando cosas en distintos idiomas tras haber vendido su imagen a Tiktok por 750 dólares.

Ya ven, antes se vendía el alma al diablo y ahora el avatar entrenado con IA. Claro, que si el diablo es selectivo a la hora de comprar el alma (a mí no me ha ofrecido nunca el trueque), las empresas de publicidad en Internet también lo son (tampoco he recibido oferta alguna), por lo que no sé si aceptaría el trato o me escondería debajo de la mesa como sugería el bueno de Pessoa.

Quizá se refería a esto Shakespeare con lo de “ser o no ser” o Mari Trini con aquello de “yo no soy esa”. ¿Qué piensan?

Román Rubio

Febrero 2026