NORUEGA
Noruega es un país que no suele dar titulares. La vida parece transcurrir plácida en ese lugar de largos y oscuros inviernos y húmedos veranos de días interminables, en donde el personal se supone que vive bien, con dinero abundante y un paraguas social que parece acoger a aquellos que no pueden por sí mismos protegerse de la intemperie.
Estos últimos días, sin embargo, parece que los noruegos han decidido saltarse la placidez de sus costumbres gracias a la colaboración impagable de su familia real. Todo empezó hace unos años con el emparejamiento de la princesa Marta Luisa de Noruega, hija de los Reyes Harald y Sonia, con el norteamericano Durek Verret, de profesión chamán y terapeuta alternativo. Pero bueno, la sociedad noruega consideró que el hecho de intentar curar la polio con jugo de ortigas y madreselva no era muy grave ya que la susodicha no era la heredera del trono, responsabilidad que recaía en su hermano Haakong Magnus, que tuvo la idea peregrina de contraer matrimonio con una tal Mette-Marit, que así se llama la futura reina si el tiempo no lo impide.
La idea, por jocoso que resulte el nombre a los hispanohablantes, no era del todo buena ya que la mujer aportaba a la unión un hijo, Marius Borg, cuyo padre había sido detenido por trapicheo con cocaína.
Cuando ya estaba todo digerido, el muchacho, convertido ahora en un mozo que cada día se parece más a Barron Trump (el hijo de Melania y el Ogro Naranja) es juzgado por violación y agresión sexual a varias mujeres; y cuando la bola parece ya indigerible, la mismísima princesa y heredera al trono de Sigrid, se ve envuelta en los papeles de Epstein diciendo que le aburrían soberanamente sus labores de protocolo y otras intimidades más picantonas.
Ay!, Noruega!
Otro asunto está ocupando la atención del público en aquel país estos días.
El esquiador Sturla Holm, tras ganar una medalla en Milán-Cortina, rompió a llorar en la entrevista posterior —no de emoción, como podría ser el caso— sino porque se le ocurrió confesar públicamente que había sido infiel a su novia y solicitaba de ella el perdón, ya que era la mejor persona del mundo y no merecía tal felonía, que la amaba con locura y bla, bla, bla.
El país, al parecer, se dividió, entre los que esperaban (en realidad exigían) que la mujer le perdonara y volviera a aceptarlo dócilmente y los que (como quien esto escribe) le importa un pimiento que ella lo haga o no, pero le parece inaceptable que la ponga bajo los caballos de la opinión pública al exponer en abierto lo que debería haber hecho en privado. Mala si no lo perdona y tonta y sumisa (a lo Hillary) si corre hacia él cual corderillo.
Yo no sé si voy a contracorriente o a ustedes también les pasa, pero detesto las confesiones amorosas aireadas a los cuatro vientos. ¿La quieres y quieres que ella lo sepa? Pues muy bien: la invitas a cenar o tomar una copa y se lo dices, pero no tienes por qué anunciarlo en un plató de televisión, en una entrevista televisada o ante 50 mil espectadores en un estadio. Sé que a muchos les gusta este tipo de exhibición, se emocionan y aplauden, pero algunos (llámennos raritos) sentimos vergüenza ajena y nos dan ganas de meternos debajo de los asientos ante tan impúdicas muestras sentimentales.
Y a este exhibicionismo le llamamos pornografía emocional. Si la pornografía es la exposición pública del acto íntimo del sexo, pornografía emocional es la exhibición pública de los sentimientos íntimos. Y a algunos no nos gusta. Ni la una ni la otra. Que cada cual se lo guise y se lo coma.
Román Rubio.
Febrero 2026

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