jueves, 15 de marzo de 2018

ANA JULIA


ANA JULIA




Ha tenido que ser ella: mujer, inmigrante, negra y de izquierdas. Este es el mensaje que predomina en Twitter a propósito del lamentable asesinato del niño Gabriel en la bella y extraña tierra próxima a Las Negras. Tras la detención hecha con las manos en la mesa, las turbas enardecidas, como siempre, se lanzaron al linchamiento físico, que, cual Jesucristo en el caso de la prostituta, tuvo que ser evitado por la Guardia Civil; y tras el físico, el de las redes. Bastarda, malnacida, rastrera, miserable son algunos de los apelativos de las redes para la que se desean las muertes más despiadadas y atroces. ¡Cómo les gusta a algunos ajusticiar en masa! Hace unos días que trascendió en la prensa algún que otro linchamiento público en India contra sujetos que habían cometido un delito u otro, aunque, quizá, no tan grave como el presuntamente cometido por la odiada Ana Julia.

Escribo en Twitter el nombre de la desdichada y leo, al azar:

A. R. (omito el apelativo completo del autor por discreción).
Vamos que “Ana Julia Quezada” la asesina de Gabriel Cruz. Es Negra, inmigrante y de #Podemos
Será todo un espectáculo de circo ver como van a tratar el tema los progres españoles.


Sí, ya sé que la escritura en las redes es precipitada y descuidada pero, aún así, el mensaje reproduce en parte el cutrerío intelectual de quienes, en este caso, se ponen a lanzar piedras contra la presunta, aunque confesa, asesina: mujer, inmigrante, negra y de izquierdas, mientras se regocija de la incómoda posición en que según el autor del texto  se van a ver los progres españoles. Pues bien, como profesor que soy, vamos, en primer lugar, a atender ciertos asuntos formales:
Señor A. R.: En el primer párrafo de su corto texto faltan dos comas y sobra un punto. Nunca se escribe punto de separación entre un sujeto (“Ana Julia Quezada” la asesina de Gabriel Cruz) y el predicado (es negra, inmigrante y de Podemos).
En el segundo párrafo también comete usted, en su precipitado discurso, una falta de ortografía: la palabra “como” debería llevar acento (“cómo”) ya que tiene sentido interrogativo. En cuanto a lo de escribir “Negra” con mayúscula, bueno, aunque incorrecto se lo voy a pasar, en la medida en la que su propósito es resaltar la condición racial para resultar así más humillante y perdonavidas.

Correctamente escrita, su misiva vendría a ser algo así como:
         Vamos, que “Ana Julia Quezada”, la asesina de Gabriel Cruz, es negra, inmigrante
          y de #Podemos.
          Será todo un espectáculo de circo cómo van a tratar el tema los progres españoles.

El mensaje tendría la misma carga xenófoba, racista, sexista y facha pero, al menos, estaría bien escrito y la gente (o muchos de nosotros que, a pesar de no exhibir banderitas nacionales, tenemos el gusto por la lengua española bien hablada y escrita) lo tomaríamos a usted más en serio.


Pues sí, la asesina ha sido una mujer. No es lo normal. La inmensa mayoría de la violencia la ejercen los hombres. A veces contra las mujeres, pero muchas otras  contra otros hombres. En este caso ha sido contra un niño, con lo que creo que podemos despojar al suceso de connotaciones de género. Y sí, es inmigrante y además de raza negra. ¿Cambia eso algo? Ah, claro, olvidaba que era, es, dice ser o dicen que es (no sé de dónde han sacado la información) de izquierdas, incluso de Podemos -que es todavía un escalón más cerca de los infiernos-. ¿Y?

Quiero recordar a los lectores que el asesinato más despiadado, frío y el que más dolor ha ocasionado en el mundo occidental desde que uno tiene memoria fue ejecutado por un hombre, blanco y rubio, de frente despejada y ojos verdes,  ciudadano con pedigrí de uno de los países más evolucionados del mundo y de derechas, muy de derechas. Se llamaba (se llama, ya que en chirona también tiene nombre la gente) Anders Beringh Breivick y un día de julio de 2011, tras poner una bomba en el centro de Oslo y matar a unos cuantos, se vistió de policía, agarró el arsenal del que disponía y se fue a la isla de Utoya en donde había una concentración de jóvenes laboristas de entre 16 y 24 años y empezó a disparar indiscriminadamente. Después anduvo paseándose entre los heridos disparando uno a uno para rematarlos. Se cargó a más de noventa.

Habrán otros asesinatos: personalizados, masivos, indiscriminados… y los cometerán hombres, mujeres (más hombres que mujeres), blancos, negros, musulmanes y cristianos. Y las turbas, enfervorecidas, saldrán a linchar al asesino presunto o confeso. Esperemos que caiga por allí Jesucristo. O la Guardia Civil. Lo de las redes ya es otra cosa.


Román Rubio
Marzo 2018

lunes, 12 de marzo de 2018

EUFEMISMOS


EUFEMISMOS



En el estupendo libro Arden las redes, Juan Soto Ibars dedica un capítulo a la corrección política y señala jugosos ejemplos en los que las palabras, tras un cierto uso, adquieren una connotación denigratoria y son sustituidas por otras neutras que al cabo del tiempo necesitarán ser repuestas por el mismo motivo. Se trata del eufemismo o suavización del mensaje. Ocurre en todas las lenguas, pero es en el inglés norteamericano donde adquiere cotas drásticas. En la época de Mark Twain la palabra nigger (negro) era comúnmente aceptada; tanto que aparece 219 veces en el libro Huckleberry Finn. Hoy en día es tan enormemente ofensiva que se sustituye por otras más neutras en las ediciones escolares, mistificando así la obra literaria. Le sustituyó black  que dejó de usarse en los 70 en beneficio de  coloured  (persona de color) para devenir finalmente en afro-american. Me pregunto: ¿Cuál será la palaba que la sustituirá cuando esta quede manchada por el desprestigio?  George Carlin, el famoso monologuista fallecido en el 2008 solía hacer repaso de esta absurda competición americana por la corrección política que impregnaba asuntos de raza, religión, estados físicos y mentales y hasta temas económicos o militares. Lo que en la Primera Guerra Mundial se llamó “neurosis de guerra” (shell shock), pasó a llamarse “fatiga de batalla” (battle fatigue) en la Segunda para evolucionar en “agotamiento operacional” (operational exahustion) tras la guerra de Corea  y “desorden de estrés postraumático” (post-traumatic stress disorder) en la guerra del Golfo. Palabras distintas, cada vez más asépticas, para designar exactamente la misma cosa.

EL Decreto 2421/1868 del 20  de septiembre de las Cortes franquistas se redactó para regular y potenciar la protección del menor con taras físicas o psíquicas. Se puede leer en el preámbulo:
(…) Un programa de protección a los menores subnormales debe atender a su bienestar y rehabilitación, protegiendo, ayudando y reeducando al deficiente o disminuido para hacer efectivas (…)
¿Subnormal, deficiente…? ¿Está redactado acaso para humillar a estos niños? En absoluto. De hecho, la palabra subnormal era en sí un eufemismo que vino a suavizar  los altamente ofensivos, incluso para la época, idiota e imbécil. El hecho de que estas palabras se usaran para insultar,  hurtaron a las mismas de su inicial sentido denotativo. El hecho de que discapacitado sea considerado injurioso es cuestión de tiempo. De hecho ya son “persona discapacitada” o “diverso funcional” apelaciones más aceptadas. Es igual. Al final habrá que encontrar otra palabra o expresión para designar la misma cosa.

El sábado, en un editorial de El País referido  al asunto del espía ruso envenenado con gas nervioso en Inglaterra en compañía de su hija, leo:
“Lo sucedido el domingo además ha afectado a más personas que al objetivo del presunto ataque. Se trata pues de una acción terrorista indiscriminada (…)” 
¿Acción terrorista indiscriminada? Es cierto que el agente de policía que acudió en su auxilio resultó contaminado, con lo que podríamos considerarle una “víctima colateral”. Vale que llamen acto terrorista a lo que suena como una venganza a un espía que había traicionado a los suyos por dinero, pero  que digan que es un ataque indiscriminado, no. No trago. Indiscriminado es cuando se mata, hiere o hace daño a alguien sin atender a su identidad, como ocurrió en el atentado de Las Ramblas y en tantos otros, pero  cuando se trata de hacerlo a una persona concreta es muy, pero que muy, discriminado.  Ay, las palabras. Como les gusta a algunos etiquetar las cosas, aunque sea solo para confundir.

No hace mucho que la feria de arte Arco retiró de la exposición una obra titulada Presos Políticos, mural que constaba de fotos de personas entre las que se incluían a los Jordis y a Junqueras. El problema no era ético sino semántico. Creo que la obra no habría sido retirada de haberse llamado, por ejemplo, Personas. En un alarde de funambulismo lingüístico, algunos ocurrentes salieron diciendo que no son presos políticos sino políticos presos. Y tan contentos con su hallazgo de Perogrullo.

Y mi favorita: algunos lectores se dirigieron indignados a la defensora del lector del periódico que leo (para pasmo de muchos de mis conocidos que lo consideran anacrónico y demodé) porque un redactor había usado de manera jocosa en su columna el término viejenials refiriéndose a los mayores, lo que podría constituir no ya un eufemismo sino un disfemismo (palabra o expresión deliberadamente despectiva e insultante que se usa en vez de una más neutral). Uy, uy, uy; no les llamen viejos que los ánimos están exaltados.

Román Rubio
Marzo 2018

lunes, 5 de marzo de 2018

LA TRIBU


LA TRIBU



Por allá por los ochenta, un señor francés, burgués de provincias,  me hizo una confesión que me sorprendió. El hombre se declaró admirador de España, como país. No sé si son conscientes del contexto, pero los españoles acabábamos de nacer como democracia, veníamos de abortar un golpe de estado y conspiraciones varias, ETA ponía unos cuantos muertos cada mes y, sobre todo, estaba en Francia. Y allí siempre se nos había mirado (¿aún se nos mira?) por encima del hombro, como se mira a ese pariente pueblerino, pobre, atrasado, algo bronco y levantisco. La afirmación fue chocante: ¿Qué ciudadano de la libre y democrática República, cuna de la liberté, egalité, fraternité y el chauvinismo, habría de admirar o envidiar a esta España cainita de encarnizados enfrentamientos a cara de perro? Luego vino la argumentación, y ahí todo quedó claro: España había tenido la valentía y el sentido común de, en un momento de su historia, haber expulsado a los musulmanes y a los judíos de su territorio, con lo que, para el cabeza de familia normando –que resultó ser votante y miembro del partido de Le Pen (padre)-  había garantizado  la integridad tribal de una raza, una lengua ¿?, una cultura ¿? y una religión, al tiempo que, según él, nos ponía al abrigo de la violencia islamista.
 Algunos podrán pensar que los atentados islamistas en la ciudad de Paris es cosa moderna. No es así. En la década de los 80  hubo seis atentados en los medios de transporte y lugares comerciales de la ciudad, incluyendo una bomba en un tren Toulouse-París y otra en los almacenes Tati, de la calle Rennes. Todos ellos con víctimas.
Mi anfitrión francés no era alguien a quien tomarse mucho en serio. En aquel tiempo, la Comunidad Económica Europea estaba en tránsito para convertirse en una Unión, con su moneda y todo, España y Portugal estaban en negociaciones para unirse, Yugoslavia no había iniciado aún su proceso de descomposición y en Alemania empezaban a vislumbrarse movimientos centrípetos. Parecía que era posible, y hasta deseable, el hecho de que en un país pudieran convivir diversas etnias, lenguas, culturas y hasta religiones sin romper las costuras nacionales. Así lo creíamos muchos; y sobre todo lo creía la izquierda. Ingenuos.

En el periódico del domingo, unos cuarenta años después, me encontré con un Trump que quiere cerrar las fronteras americanas poniendo aranceles a diestro y siniestro bajo el lema de America First. En Alemania, Alice Weidel, la lideresa de Alternativa para Alemania opera bajo el lema Los alemanes primero y persigue una Alemania sin inmigrantes indeseados y guardiana de sus esencias. En Italia andaban de elecciones y me informo de que la Liga Norte ha dejado de ser tal para ser una Liga que abarca todo el país y que ha dejado, quizá temporalmente, el propósito de independencia de Padania por el eslogan Italia para los italianos y cuyo objetivo es liberarse de los inmigrantes con acuerdos de repatriación y otras artimañas. El líder, Matteo Salvini, divorciado y padre de dos hijos, congregó en la Plaza del Duomo de Milán a las familias de “italianos de bien”, sacó un rosario, un Evangelio y juró el cargo de Primer Ministro en una grotesca pantomima que me recuerda la proclamación de otras repúblicas exclusivistas que tenemos aún más cerca.

La tribu está de moda. El nacionalismo hoy no es expansivo, como lo fue en el siglo XX. Salvini no quiere Libia ni Etiopía para Italia. Lo que quiere es que Italia se mantenga pura, sin libios ni etíopes. Alice Weidel no quiere la expansión de Alemania ni la anexión de otros territorios. Por el contrario, lo que quiere es salir del Euro, deshacer la Unión Europea y dejar Alemania para los alemanes. Los catalanes no quieren conquistar el Mediterráneo. Hasta parecen haber renunciado momentáneamente a los Països Catalans. Solo quieren una patria étnica, cultural y lingüísticamente pura. Todos parecen querer lo mismo: guardar las esencias y contaminarse lo menos posible con sangre, cultura, lengua y religión ajenas. Cada cual a su tribu y a cada tribu su territorio.
Siempre nos quedará Suiza. Esperemos que no acabe como el Líbano y puedan disfrutar de su proverbial aburrimiento los prosistema (urdangarines), las antisistema (annas gabrieles) y los mediopensionistas.

Román Rubio
Marzo 2018


martes, 27 de febrero de 2018

POBRE ESPAÑA


POBRE ESPAÑA


¿Qué maldición tiene España que no puede soportar la idea de la convivencia, la paz y el progreso sin sentir la necesidad de suicidarse una y otra vez? Los catalanes reniegan de ella como de una madrastra cruel, rancia y fascista, los vascos también y el proceso de descomposición va de fuera adentro como diagnosticó Ortega hace casi un siglo. Ay, triste España de Caín, que dijera aquel anarquista conservador, creyente –que no católico-, republicano de derechas que murió en Salamanca en la Nochevieja del 36 y que elogió tanto como aborreció el Alzamiento de Franco. Mientras unos sueñan con romperla y ven en la desvinculación de los otros la fuente de la felicidad y el progreso, otros, que no tienen donde independizarse quieren romperlo todo. La izquierda, nostálgica de una República de Durrutis y Pasionarias, ataca la Constitución a la que acusa de  obsoleta, ineficaz, anacrónica y esclavizadora, como a la Monarquía. ¿La Transición? Una bajada de pantalones, una concesión a l’ancien régime fascista y tradicionalista que ha dado lugar a un régimen corrupto y rendido al capital. Hay que desmoronar todo de nuevo. No importa que el país –de manera excepcional- haya vivido 50 años de paz y progreso-, en la medida en que las cosas no son como yo las quiero.

El español –e incluyo al vasco y el catalán- tiene una marcada inclinación a la ira y la obcecación y una aversión a lo que los anglosajones llaman compromise que no es sino  saber encontrar el punto en el que  llegar a un acuerdo que sea aceptable para todas las partes. Porque hay que vivir juntos. No vale matar o enviar a la cárcel o al exilio al contrario. Sí, ya sé que no se juzgó a los responsables de la represión tras la guerra civil que sí que habían juzgado a los que habían “paseado” a terratenientes y curas, pero en algún momento había que parar la barbarie. Se amnistió a todo quisqui y pocos quedaron contentos. Yo, sí.  El día en que mi padre cobró la primera paga de jubilación por haber sido oficial del ejército republicano di por consumada la conciliación de las españas. Aunque aún hoy, muchos miserables se opongan a que otros busquen a antepasados en las cunetas aludiendo de manera rastrera a “subvenciones”.

¿Y la Monarquía? Me resulta difícil defender racionalmente una institución que es hereditaria y aparentemente inútil: es anacrónica, es injusta (en la medida que goza de privilegios –que otros ven como cargas-) y puede ser costosa para un país. Por tanto, solo aportaré, como abogado del diablo, argumentos empíricos en su defensa: Alemania, Francia, Italia y Portugal son repúblicas perfectamente democráticas. Reino Unido, Holanda, Suecia, Noruega y Dinamarca son monarquías parlamentarias. ¿De verdad creen que la calidad democrática de las repúblicas es superior a la de las monarquías? En serio. No digo que sea inferior pero, ¿superior? En Oriente Próximo, Arabia Saudita es una Monarquía con un régimen poco envidiable, pero tampoco  la República Islámica de Irán lo es: de hecho, no estoy seguro de que sea mejor que la Persia del sha. Y en Extremo Oriente, ¿es superior el régimen republicano chino al imperial de Japón en términos de calidad democrática, justicia social y ejercicio de las libertades?

Hoy todo el mundo habla de la necesidad de reformar la Constitución. Parece ser que no hay nada más urgente ni apremiante. No importa que el país tenga un paro endémico  inasumible, que la curva demográfica sea preocupante, que los jóvenes solo consigan trabajos de chicha y nabo y que los cerebros (como siempre) se tengan que marchar al extranjero, no: lo importante es reformar la Constitución. Pues bien, hagámoslo. Pero, hay que tener en cuenta que las reformas se hacen con consensos y que si uno no obtiene lo que quiere, debe (aunque sea en contra de su voluntad) aceptar los resultados. Hagámoslo. ¿Creeis que quiénes piden la reforma con urgencia aceptarían los resultados del consenso? Bla, bla, bla.


Román Rubio
Febrero 2018

sábado, 17 de febrero de 2018

COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS


COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS



Hace nada que subí un mensaje a Facebook afirmando con sorna, medio en broma medio en serio (más bien en serio que en broma), que no habría de votar a ningún partido cuyo líder (o lideresa) se dirigiera a sus audiencias con la fórmula “ciudadanos y ciudadanas, valencianos y valencianas, alumnos y alumnas”. El tema, candente como está, levantó opiniones a favor y en contra entre mis amigos, tanto en la red como en el “tête à tête”.
Desde principios del siglo XX, en que Ferdinand de Saussure inaugurara el estructuralismo lingüístico con su obra póstuma Curso de lingüística general (1917), se entiende la diferenciación entre lingüística interna (estudio de las lenguas en sí mismas) y externa (componente social de las mismas). En este contexto, el uso continuado de las locuciones como “ciudadanos y ciudadanas”, a pesar de lo cansino que puedan resultar en el discurso, son admisibles en cuanto que atienden al reforzamiento de “lo femenino” en el lenguaje, obviamente relegado.
Ahora bien: estas fórmulas generan otro tipo de discriminaciones. ¿Ciudadanos y ciudadanas o ciudadanas y ciudadanos? Elegir un orden siempre supone discriminar. Por cierto, que en el tradicional lenguaje machista la fórmula usada para dirigirse a una audiencia ha sido “señoras y caballeros” o, la todavía más igualitaria, “señoras y señores”, anteponiendo siempre a las señoras. Imagino que en ciertos círculos feministas proclives a las portavozas se verá como un paternalismo insoportable. No quiero ni pensar qué opinarían si fuese al contrario.
La doble formulación genera además un problema de concordancia en la frase que atenta a la cohesión y la coherencia de los textos. Cuando el político dice “los valencianos y las valencianas estamos hartos de tanto corrupto” está cometiendo un atentado a las concordancias del texto, ya que, en buen orden, debería decir “los valencianos y las valencianas estamos hartos y hartas de tanto corrupto y corrupta”. Otra cosa es la de usar, en la medida de lo posible, sustantivos epicenos que no admiten la doble fórmula, como hartazgo y corrupción: “los valencianos y las valencianas sufrimos un hartazgo (o empacho) de tanta corrupción”, haciendo más llevadero el empalagoso discurso. De todos modos, nótese que hartazgo es masculino (el hartazgo) y corrupción –con perdón- femenino (la corrupción).

Los países de habla inglesa lo tienen más fácil ya que perdieron el triple género masculino/femenino/neutro del antiguo germánico en algún momento de la historia. En los años 70 algunas palabras  con  el sufijo femenino ess se transformaron ( stewardess  devino flight attendant)  y otras, con el prefijo masculino man, se convirtieron en otras cosas: fireman en firefighter, policeman en police officer (o police agent), barman en bartender, postman en post worker (o mail carrier) y chairman en chair woman o simplemente chair. Y poco más. También es cierto que la simplicidad del inglés en este asunto  lo hace más confuso. She has a friend no señala si se trata de un amigo o una amiga y créanme que puede ser muy relevante. Para ello se puede usar girl-friend o boy-friend, lo que aún puede enredar más el discurso. Al final lo tienen que resolver con un poco elegante she-friend o he-friend, al igual que con el bebé (he-baby) o con la gata (she-cat).

El francés, sin embargo, ofrece un panorama más tormentoso. No hace mucho que la Academia Francesa de la Lengua (los 40 sabios) ha denunciado la iniciativa de lenguaje inclusivo que afloró recientemente en Francia tras distribuirse un libro escrito con esta fórmula para la asignatura de ciudadanía en los institutos.
Según las normas de este lenguaje los nombres que admiten el masculino y el femenino como “los franceses”, deberán escribirse les Français·es, especificando las dos terminaciones, separadas por un punto, pero ojo, por un punto de mitad de línea, que no está en el teclado y que se obtiene con Alt 250 en el  PC y Alt+May+F en el Mac. Así pues, “todos los asalariados” que tradicionalmente se escribía tous les salariés se convierte en tou·te·s les salarié·e·s y la frase “son numerosos” ils sont nombreux deviene  elles·ils sont nombreux·ses.  En fin, un lío. No sé si ustedes han estudiado francés. Si lo han hecho convendrán conmigo en que es una lengua de ortografía endemoniada, mucho más complicada que la del español ya que, como las terminaciones se pronuncian igual, todo depende del juego de las concordancias en la escritura. Y esto ha provocado el rechazo frontal de la Academia. Si es tan difícil de aprender a escribir el francés, ¿por qué complicarlo hasta ese extremo?
 También recomiendan hacer la concordancia de género, no con el masculino sino con el nombre más próximo: les hommes et les femmes sont belles (los hombres y las mujeres son bellas) o les filles et les garçons sont gentils (las chicas y los chicos son simpáticos), lo que parece tener más sentido.
En fin, un lío. Ustedes mismo·a·s. O si lo prefieren: Ustedes mismos/as. O Ustedes mism@s. Como quieran.

Román Rubio
Febrero 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

MISIVAS DEL MÁS ALLÁ


MISIVAS DEL MÁS ALLÁ

“Ha dejado este mundo sin aportar nada de interés, creyente en un Dios que espero que exista”. Esta es la misiva que aparecía en la esquela de un tal Emilio Miró Paniello en La Vanguardia. El reportero que tenía que incluir la necrológica, ante tan peculiar mensaje de despedida, sospechando que no era cosa de la familia, fue al entierro, se entrevistó con sus allegados y se enteró de que esa frase era la voluntad del finado. No ha trascendido qué clase de vida había llevado el personaje, pero humilde y honesto, el tipo, era. Por una parte reconoce la levedad de su paso por el mundo rebajándola hasta la insignificancia (algo que compartimos muchos otros) y por otra expresa sus dudas sobre la existencia de un Dios en el que parece haber creído (otro signo de lucidez –la duda, digo-)

El músico ruso Serguéi Prokófiev, en pleno proceso de creación de su Concierto para piano y orquesta nº. 2, recibió una breve carta de su amigo Maximilian Schmitdthof, colega de estudios del Conservatorio de San Petersburgo y dedicatario de alguna de sus obras, que decía: “Querido Serguéi, te comunico las novedades más recientes: me he suicidado. No te entristezcas, permanece indiferente: sinceramente, es todo lo que este incidente merece. Adiós. Las causas no son importantes”.
Es difícil adivinar el efecto de tan crudas y francas palabras en la mente de Prokófiev, máxime cuando no se sabe exactamente la relación que había entre un declarado  homosexual, Schmitdthof, y un Prokofiev de sexualidad incierta, pero el efecto debió ser profundo puesto que el amigo muerto fue objeto de la dedicatoria del Concierto que tenía entre manos y que gozara de una acogida tan controvertida. También le dedicó las sonatas para piano número 2 y número 4. Todo un amigo.

Pero de todas las misivas del más allá, la que es quizá más ingeniosa es la que envió André Gide (1896-1951) al escritor Paul Claudel (1868-1955). Gide escribió novelas que desafiaban la moral cristiana y mostraba la sexualidad (en su versión homo) sin pudor alguno. Claudel era recatado, pudoroso y profundamente católico. Ambos mantuvieron una larga y fecunda correspondencia. Gide le llamaba en sus artículos, santurrón y fariseo  y éste depravado sexual y gusano inmundo, pero en el fondo se respetaban como escritores. La relación se rompe cuando en Les Caves du Vatican, Gide  describe la perversa atracción que siente por un candoroso monaguillo, lo que provoca la indignación de Claudel que corta en seco la relación. André Gide recibiría el Nobel en 1947. Se cuenta que, a las pocas horas de morir André Gide, Claudel recibió un telegrama firmado por el muerto que decía: El infierno no existe, Puedes hacer locuras.

Román Rubio
Febrero 2018

lunes, 5 de febrero de 2018

EL ESPANYOL DE TABARNIA

EL ESPANYOL DE TABARNIA
Y marcó (otra vez) Piqué. Por allá por junio del año pasado, Piqué (denostado e insultado en todos los campos de España) marcó un gol contra Chequia que significó la clasificación de La Roja para el mundial de Rusia. Pese a su rechazo por las desagradecidas huestes, el futbolista catalán hizo por España más que los millones de  vocingleros futboleros consumidores de patatas bravas y cerveza  —si es que clasificar a la selección española para un mundial es hacer algo por España, cosa cuestionable para muchos ciudadanos que no dejan de ver en ello algo hasta perjudicial para la estéril soberbia patriótica—.
El  pasado domingo, Piqué volvió a marcar. Esta vez contra el Espanyol de Tabarnia. Y yo me alegro. No porque le diera un punto al Barça, que me da igual, sino como continuación de la absurda polémica generada en la semana precedente. El futbolista tiene que aguantar insultos muy feos de la grada cada vez que visita el campo del Espanyol. A él y a su familia: a su mujer, Shakira, a la que los impresentables la llaman “mujer de todos” y hasta a su propio hijo del que dicen… bueno, da igual. Ante tan cerriles expresiones de desamor, Piqué salió con una elegante misiva llamando al club rival “El Espanyol de Cornellà”. Así, sin insulto alguno, sin ruido, con finura e ironía, haciendo alusión al emplazamiento del campo, hirió a muchos más que si les hubiera llamado cualquier grosería. Por una razón: porque puso a los seguidores del Espanyol ante un espejo en el que mirarse y que reflejaba el complejo de inferioridad que siempre han sentido contra el equipo rival. Y no solo deportiva. Usando el nombre de Cornellà otorga a la afición la condición de inmigrante de aluvión que pobló los cinturones de las grandes ciudades españolas en los años del desarrollismo. Y lo peor que puede hacer el personal es ofenderse por tal cosa.

¿Y cuál fue la reacción españolista? El club denunció el apelativo de Piqué como incitación al odio o algo así  en vez de ignorar el comentario poniéndose en evidencia cuando saben que no hay insulto alguno en decir que alguien o algo es de Cornellà, Ponferrada o Baracaldo. Aunque sea incierto, impreciso o directamente falso, no es un insulto. Considerarlo así sí que es insultante para sus propios habitantes ya que se trata de reconocer, de manera implícita, su propia inferioridad ante la supuesta elite de los autóctonos ¿Y el Ayuntamiento de la localidad?  Cubriéndose de gloria, ha tildado a Piqué de xenófobo. La xenofobia es el rechazo u odio al extranjero. Para culpar a alguien de xenofobia hacia su persona o su localidad, primero se tiene que aceptar uno como extranjero. Y de momento, Tabarnia no es ningún país extranjero. Ni Cataluña tampoco.

La otra noticia del fin de semana ha sido, sin duda, el recibimiento “con honores de Estado” al líder de la ANA (Asamblea Nacional Andaluza), Pedro Altamirano, que, según las malas lenguas periodísticas, ha llegado a tener reuniones con algún ministro ruso y entrevistas en la cadena de televisión Russia Today. Pero la noticia no estaba en el hecho de su repercusión en Rusia. La verdadera noticia es la propia existencia del tal movimiento. La ANA es una organización o partido que aboga por la independencia de Andalucía y reclama como territorios a Murcia, el sur de Portugal y norte de Marruecos, por si ustedes no lo sabían. El tal Altamirano declaró, tras visitar Cataluña en la última Diada, que “si Cataluña se separa, la próxima será Andalucía”. Ahí es nada. Por mi tierra estamos tranquilos. No consta que reclamen  Orihuela y la Vega Baja (de momento). Todo se andará.

Román Rubio
Febrero 2018

jueves, 1 de febrero de 2018

LOS AMIGOS DE MIS AMIGOS

LOS AMIGOS DE MIS AMIGOS
Los amigos de mis amigos son mis amigos y los enemigos mis enemigos. ¿Se han preguntado alguna vez por qué esto tiene que ser necesariamente así? Me refiero a relaciones con otros países. Por ejemplo: en el mundo occidental está muy, pero que muy mal visto no echar pestes contra Putin, un líder excepcionalmente bien valorado en su país que –sin ser ningún angelito, ¿y quién lo es?- trabaja para servir los intereses de su país. Vale, anexionó Crimea a Rusia, pero hay que reconocer las excepcionales circunstancias que concurrían en el lugar: es un territorio arrebatado a los tártaros –considerados traidores por Stalin por colaborar con los nazis-, habitado en su mayor parte por población rusa que quería seguir siéndolo de manera mayoritaria y que por veleidades históricas de tiempos de la Unión Soviética cayó en territorio ucraniano, en su momento una provincia soviética. Además, en Sebastopol tiene (y ha tenido) Rusia la flota del Mar Negro. ¿De verdad creen que Ucrania puede acreditar más derechos sobre un territorio cuya población mayoritariamente es y quiere seguir siendo rusa?

¿Y Venezuela? ¿Esa obsesión por atacar, criticar, vejar y considerar a Venezuela como enemiga? ¿Enemiga de quién? Desde luego no mía, independientemente de que su régimen goce o no de mis simpatías. Es cierto, encuentro poco agradables las arengas que escucho de su iluminado líder, pero ¡qué quieren que les diga!, me ocurre lo mismo con los discursos de Trump y no por ello creo que habría que tomar medidas diplomáticas de embargos y boicots que, por otra parte, siempre los adopta el fuerte contra el pobre. Para hacerlo más pobre, si cabe.
Los de mi generación hemos vivido la marginación y castigo durante décadas por todos los embargos imaginables a Cuba y al régimen cubano, cosa torpe que no ha hecho más que reforzarlo. No he visto tantas ataques a los regímenes de Jamaica, Haití o República Doninicana, que no han llevado precisamente a la abundancia a sus ciudadanos.

Pero quizá el juego filia-fobia más absurdo al que nos vemos sometidos los ciudadanos de hipoteca y bonobús es a la enemistad forzada con Irán. ¿De verdad encuentran alguna razón por la que considerar a Irán como enemigo? Es cierto que es una República Islámica y que las mujeres deben llevar un discreto velo cuando salen a la calle y eso repudia al occidental, pero se trata de ellos y ellos pueden ir como les venga en gana. Según quienes visitan ese país es un país seguro, bellísimo y enormemente hospitalario en el que la gente se esfuerza en agradar al visitante. Al mismo tiempo, ese Gran Hermano que decide quiénes deben ser nuestros amigos y quiénes no ha decidido hacer de Arabia Saudita nuestro colega y amigo sin, al parecer, importarle que sean una monarquía absoluta en dónde la mujer tiene menos derechos que en cualquier otra parte, incluido, por supuesto, Irán. La monarquía saudí es sunita (como la mayoría del mundo islámico) en tanto que la República Islámica de Irán es chiita, lo que parece ser un delito para el resto de los mortales, como si de verdad nos importara un pito, cuando ni siquiera sabemos qué los diferencia.

Lo cierto es que, en 1945,  en el crucero americano Quincy, en las aguas del Canal de Suez, el Presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y el Rey Abdelaziz bin Saud establecieron una alianza de intercambio de petróleo por lealtad incondicional y vigilancia de la zona. Y hasta hoy, oiga.

Román Rubio
Febrero 2018

lunes, 22 de enero de 2018

PAÏSOS IMAGINARIS

PAÏSOS IMAGINARIS
Parece que algunos se empeñan en convertir el tema en un sainete, o al menos en una comedia de enredo. La situación de Puigdemont yendo a Copenhague a un coloquio universitario me recuerda (vagamente) a la historia de Viktor Naborski en la película de Spielberg La Terminal. Se acordarán ustedes: el protagonista (Tom Hanks, en el film) se ve confinado a vivir en una terminal del aeropuerto Kennedy de Nueva York ya que su pasaporte había perdido su validez durante el vuelo. Se había producido un golpe de estado en su país, Krakozhia, y los Estados Unidos no reconocían al nuevo Estado con lo que se le negaba la entrada al país así como el viaje a cualquier otro (por no tener pasaporte válido, se entiende). Esta circunstancia  da lugar a divertidas y absurdas situaciones cómicas que incluyen un romance con Catherine Zeta-Jones, lo que no está nada mal.

Borduria y Sildavia son dos países centroeuropeos imaginados por Hergé en continua pugna por el sometimiento y la independencia entre ellos. En el universo maniqueo de Hergé no hay grises, solo buenos y malos. El bueno es Syldavia (una monarquía justa y libre) y el malo Borduria (una dictadura ineficaz y corrupta a mitad de camino entre el nazismo y el comunismo). Al final, Tintín resuelve el conflicto de la anexión rescatando el cetro de Ottokar para su legítimo dueño -el rey-, lo que facilita que sea nombrado Caballero de la Orden del Pelícano de Oro, honor con el que el intrépido periodista vuelve de nuevo a Bruselas. Porque allí es donde vive el héroe. El pillín se lo tenía callado hasta que Chang lo desvela en Tintín en el Tíbet al mandarle una carta y escribir en el sobre: “Para Monsieur Tintin. Bruselas (Bélgica)”. Después se trasladaría a vivir con Haddock al castillo de Moulinsart, una propiedad señorial, situada en algún lugar de Valonia, viva imagen reducida del castillo de Cheverny, en el Loira, pero esa es otra historia.

Los paralelismos son notables: Puigdemont es intrépido, es periodista y vive en Bruselas o en sus alrededores. En beneficio del argumento sería muy fácil relacionar  a Pujol con Tornasol, a Haddock con el empresario y fiel amigo que le acompaña y, con un poco de imaginación, también encontraríamos un remedo a la Castafiore. Sería, eso sí, algo exagerado dar el papel de Rastapopoulos a Junqueras y demasiado oportunista y algo cruel asignarle a los Jordis el rol de Hernández y Fernández, por aquello del andar en pareja, ser una fotocopia el uno del otro y el uso y el abuso del “…y yo aún diría más”.

 Rufus T. Firefly es un disparatado personaje que llegó a ser presidente de Libertonia (Freedonia). Hay peligro inminente de guerra contra Sylvania, el país vecino, y Rufus Firefly puede atajarla, pero este, en situaciones delirantes, la rechaza. Al final, bueno, se trata de los Hermanos Marx y su Sopa de Ganso. Y tratándose de Groucho se puede uno esperar cualquier cosa.

En Ruritania, un caballero inglés debe impersonar al rey en la víspera de su coronación dado el parecido físico entre ambos para evitar un desastre en El prisionero de Zenda y Marshovia es un pequeño reino imaginario europeo donde se sitúa la opereta The Merry Widow, llevada al cine varias veces con el nombre en español de La viuda alegre.

El Gran Hotel Budapest es una deliciosa película de Wes Anderson cuyo guión está inspirado en el mundo de Stefan Zweig, situado en la imaginaria República de Zubrowka y Chaplin dictaba leyes con mano férrea en Tamania, otra república totalitaria europea de ficción.

La guerra de Freedonia y Sylvania, las tensiones anexionistas de Borduria sobre Syldavia, las repúblicas de Zubrowka y Krakozhia no son sino países fantásticos, inventados exclusivamente para poner marco a situaciones de comedia. ¿Por qué se empeñan algunos en que nos los tomemos en serio?

Román Rubio
Enero 2018

miércoles, 17 de enero de 2018

EL DERECHO A LA PEREZA

EL DERECHO A LA PEREZA

Por uno u otro motivo, el griposo invierno que nos ocupa me arrastra de manera pertinaz  hacia un espacio nebuloso en el que reina la pereza indolente. La cama y el sofá resultan tan tentadores que hacen añicos, sin miramientos, los buenos propósitos deportivos que me propuse en el año nuevo. Comoquiera que la cabeza, eso sí, sigue dando vueltas, una de esas perezosas tardes de sofá me indujo a la evocación de un personaje singular del que me permito hacerles un recordatorio.

Paul Lafargue es el autor del panfleto El derecho a la pereza (1883), opúsculo irónico que contraargumenta  El derecho al trabajo, entendiendo el trabajo industrial de la época como el método de explotación capitalista de las clases trabajadoras. Y es que Lafargue era nada menos que yerno de Carlos Marx al estar casado con Laura, una de las hijas del filósofo y economista judío-alemán. Un estatus nada fácil el de ser yerno de un coloso de la historia como Marx. Y menos para alguien que había nacido en Cuba, hijo de un francés dueño de un ingenio azucarero y una mulata dominicana. Aunque había sido educado en Francia desde su edad juvenil, sus orígenes tropicales despertaron las suspicacias  del teórico del socialismo, que le advirtió por carta: “A mi juicio, el amor verdadero se manifiesta en la reserva, la modestia, e incluso la timidez del amante ante su ídolo, y no en la libertad de la pasión y las manifestaciones de una familiaridad precoz. Si usted defiende su temperamento criollo, es mi deber interponer mi razón entre ese temperamento y mi hija (…)”.
Esto, en cuanto a la posible fogosidad del temperamento sureño del pretendiente, pero esa no era la única preocupación de Marx acerca de las pretensiones del franco-cubano-español. Como cualquier padre de la época victoriana también estaba preocupado por otro asunto que chirría algo más en el más grande mito de los revolucionarios y  que expone en la misma carta: “Antes de establecer sus relaciones con Laura necesito serias explicaciones sobre su situación económica”. A continuación añade que no quiere para su hija las estrecheces que había tenido que soportar su mujer debido a su acción revolucionaria.

Al final triunfó el amor y se casaron. La condición económica del criollo era sólida gracias a las rentas de los ingenios azucareros familiares de ultramar y, por lo que respecta a sus presuntas fogosidades criollas, no parece que hubiera queja alguna por Laura Lafargue (née Marx). Paul y Laura vivieron juntos el resto de sus vidas. Hasta una tarde de finales de noviembre de 1911 en que ambos se suicidaron, de manera anunciada y planeada, en su casa de las afueras de París administrándose sendas inyecciones de ácido cianhídrico. Paul Lafargue había puesto de manifiesto su negativa a sufrir el deterioro de la vejez y el hecho de convertirse en una carga para sí mismo y para los demás. Tenía 69 años. Seguramente la pérdida de todos sus hijos, que murieron de pequeños, fue una de las causas que les condujo a la especie de desmoralización que se apoderó de ellos en la última etapa de sus vidas, aunque hay quien apunta, con maledicencia, que el suicidio planeado vino a coincidir con el momento en que se les acababa la herencia que Laura había recibido de Engels.

Y eso es todo.

Román Rubio
Enero 2018

sábado, 13 de enero de 2018

INFANTILISMO

INFANTILISMO
Herrero de Miñón es un político de derechas jubilado y jurista de prestigio. Muchas tardes nos ilustraba y distraía con sus inteligentes comentarios  en la Tertulia de los sabios de La Ventana de Gemma Niega en la SER en donde, en compañía de otros dos grandes, Santiago Carrillo y Ernest Lluch, comentaba la actualidad, la vida, la muerte y otras nimiedades en un tono de camaradería, confrontación de ideas y sintonía personal de viejo y de sabio, haciendo honor al nombre de la tertulia. Como sabemos, Carrillo murió en la cama. De viejo y de fumador. A Lluch se lo cargó la ETA. ¿Por moderado?, ¿por inteligente?, ¿por culto? Habrá que ir a la cárcel a preguntárselo a Txomin. Pero más que por tertuliano, a Herrero de Miñón se le recordará por ser uno de los padres de la Constitución.
Hace poco ha hablado de ello: de la Constitución. De la posibilidad de reformarla y de la ilegalidad de desobedecerla. Y lo ha hecho como siempre, con sentido común. Ha dicho que se puede hacer la reforma si así se quiere, pero siempre desde la contemplación de sus reglas. Que no se la puede saltar uno con la excusa de que queda estrecha o (supuestamente) obsoleta. Para ilustrar el desacato ha buscado un símil extremo y claro. Es como el juez que debe actuar ante el caso de un maltratador que ejerce el maltrato a su mujer con el argumento de que esta era insoportable. “Bien, estoy dispuesto a aceptarlo, pero usted es un criminal”, resume el juez. El ejemplo es meridiano. Haya lo que haya detrás, la agresión es un delito y será castigado por la ley. Punto.
Pobre don Miguel. La que le ha caído. Los cagalimpitos, ayatolás de la corrección política y guardianes de las llaves del templo de la moral moderna, se han lanzado a degüello. “Herrero de Miñón compara la desobediencia a la Constitución con la violencia machista”. Así en, prácticamente, todos los medios. Pues, sí, señores. El jurista empleó el símil para destacar quién es el villano de la sala. Y lo hace buscando un caso extremo e incuestionable en el que todo el mundo vea claro, por lo obvio, quien es el delincuente. En un caso, el que viola la Constitución cometiendo rebeldía y prevaricación, y en el otro, el agresor. Es solo un ejemplo. Un símil. Como hacía Cristo con aquello de las semillas y el pedregal o el hijo pródigo. ¿Entienden? En ningún momento “trivializa” nada. Por el contrario, lo pone como ejemplo de delito incuestionable. Lo de muchos es, en verdad, obsesivamente enfermizo. Pero sobre todo, falso y falsario. El mensaje de la noticia era otro, aunque para la 6, como para tantos otros medios, el mensaje fuera la “trivialización” de la violencia machista. Farsantes. Y malos periodistas.

A continuación intervino Roca, otro padre de la Ley de leyes y se le ocurrió comparar la actitud de Cataluña con España con la persona que quiere el divorcio, y ahí los  fanáticos de las esencias estuvieron más dubitativos. “¿Nos rasgamos las vestiduras, o no? No sé. Esperaremos a ver qué hacen o dicen los otros”.

El fin de semana anterior, en Asturias, unos simpáticos mocetones del lugar, aprovechando que nevaba intensamente, decidieron subir al Angliru en el todoterreno de uno de ellos. Por diversión. El coche, como era previsible, se atascó y dijo que ni para adelante ni para atrás. Los muchachos, ante la perspectiva de pasar horas encerrados en el coche, llamaron a Emergencias: “Ring, ring. Que estamos aquí, en el Angliru, atascados. Que vengan a por nosotros”. En Emergencias, con quienes tuvieron cuarenta comunicaciones, les dijeron que se quedaran en el coche o bajaran andando, que solo estaban a cuatro kilómetros y ellos estaban para el rescate cuando había riesgo para las personas y no para evitar incomodidades a jóvenes imprudentes y se echaron las manos a la cabeza cuando el intrépido asturiano le contestó que algunos iban con deportivas y chándal. Al fin, alguien del lugar subió con su 4X4 y, desinchando las ruedas “un attimo” y con algo de pericia en la conducción, les bajó el coche. Sin más. ¿Y qué dijo el alegre joven conductor atascado en la nieve una vez fue rescatado de territorio comanche? Que lo volverá a hacer. Esa “aventura” y otras más gordas. ¿Adónde pensará ir el tipo la próxima vez? ¿Al Everest en pijama y con un móvil para llamar cuando tenga frío? ¿Es que nadie se va a hacer responsable de sus propios actos en este país excepto la Guardia Civil? Bueno, después de lo de Tejero, claro.


Román Rubio
Enero 2018

domingo, 7 de enero de 2018

¡JUA, JUA, JUA, JUA!

¡JUA, JUA, JUA, JUA!


Siempre he dicho que si no existiera Carmena habría que inventarla. La combinación Carmena-Madrid  garantiza el sainete. O, mejor aún: Carmena-Madrid-Cabalgata de Reyes. Hace dos años fueron los trajes Merlín o Cortina de Baño lo que provocó las iras de los ñus de la meseta, que no han iniciado la gran migración a Gandía por estas fechas. El año pasado, en que Carmena se comportó cual Señorita Rottenmeier, vistiendo a los Reyes con tradición y decoro, fue un periodista el que tratando de ridiculizar a Carmena, al Podemismo y a todo lo que se moviera, tomó a Copérnico por Colón. Este año otro tipo con micrófono confundió cándidamente el nombre de Einstein mientras entrevistaba a un niño, llamando al sabio alemán Alfred, en vez de Albert.  Nimio error. ¿Quién no ha confundido alguna vez un Alberto con un Alfredo o un Adolfo? Quien firma este artículo, de nombre Román, está acostumbrado a que le llamen Ramón, Germán y otras aproximaciones igualmente ridículas. La diferencia entre un reportero y otro es que uno comete un pequeño error y el otro, con su ignorancia desvela su maledicencia, quedando ridiculizado. Él mismo destapa su propia bellaquería. Y eso es divertido.

Este año, como novedad, el sainete estaba en Vallecas, en donde el colectivo LGTB había preparado una divertida carroza que fue vista por los mamíferos artiodáctilos en  circunscripción invernal como un ataque a la decencia y las buenas costumbres. Los Reyes son los Reyes, oí decir a algunos destiladores de la pureza que, sin embargo, no ven ningún inconveniente en que también lo sean Macy’s, Wall Mart… digo… El Corte Inglés, Iberdrola o Mercadona, que por un momento me había equivocado de cabalgata.

Hace un par de años escribí un artículo en este mismo blog titulado Reyes Magos https://romanrubio013.blogspot.com.es/2016/02/reyes-magos.html,  en el que explicaba algunas cosas acerca de lo que el Nuevo Testamento dice sobre los Reyes (o los Magos) como se les conoce en otros idiomas.
Para empezar, solo en el evangelio de Mateo se habla de ellos. Ni Marcos, ni Lucas ni Juan dicen nada de visitantes regios. Mateo escribió su Evangelio por los años 70 de nuestra era en arameo, aunque a nosotros nos ha llegado sólo la versión griega. En la traducción al español (del griego clásico) se lee: “Después de nacer Jesús en Belén de Judea, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: ¿dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?” De modo que de reyes, nada. Al menos según Mateo. En la Enciclopedia Británica, en su entrada sobre los Magos se lee: Magi, singular Magus, also called Wise Men. The noble pilgrims “from the East” who followed a miraculous guiding star… (Matthew 2:1 – 12)
Y sigue:
Eastern traditions sets the number of Magi at 12, but western traditions set their number at three, probably based on the three gifts of gold….
Es decir: que para empezar, los vestidos Cortina de Baño podrían ser perfectamente  respetuosos con la tradición en la medida en que en ningún sitio se les señala como reyes (al menos no en el Evangelio de Mateo ni en la Enciclopedia Británica). Y que, aunque la tradición oriental estipulara doce el número de Magos, la occidental prefirió tres para que cuadrara con el número de regalos.

Por todo ello, vamos a convenir en que:
1º.- Las indumentarias novedosas son bienvenidas, sobre todo si son imaginativas y más aún si son más fieles a las fuentes que las tradicionales, entendiendo por “tradicionales” las que gustan  a las diputadas del PP y a sus hijitas.
2º.- Nadie se cree que esos tipos con barbas postizas sean verdaderos Reyes, ni nada. Los niños hacen como que se lo creen y los adultos hacen como que se creen que los niños se lo creen. Como en la canción de Luz Casal: “Tú juegas a engañarme, yo juego a que te creas que te creo”. Hasta que el gran Chiquetete decidió quitarse las barbas y proclamar: “Yo soy un cantante”.
3º.- En la Cabalgata de los Reyes caben todos. Los Reyes Magos, El Corte Inglés, Iberdrola, el Parque de Bomberos, el colectivo LGTB, las coristas de El Molino  y todo aquel que añada espectáculo, brillo, diversión y fantasía. Aunque no se lo crea (casi) nadie.


Román Rubio
Enero 2018 

martes, 2 de enero de 2018

SERPIENTES DE VERANO

SERPIENTES DE VERANO

El vestido de la Pedroche en Nochevieja se ha convertido en el monstruo del Lago Ness  del solsticio de invierno.  Da mucho que hablar cuando poco hay que decir y menos que ponerse, porque lo de esta chica se está convirtiendo en una arriesgada carrera hacia la nada (de tela, digo). Vean sino los titulares de los periódicos:
El País: “Del no vestido de la Pedroche a la tradición familiar”. “Cristina Pedroche: ‘Mi vestido es superfeminista’”. “Cristina Pedroche da la campanada en Año Nuevo con un discurso feminista”. El periódico de Prisa se centra, pues, en dos aspectos: la brevedad del tejido (sobre lo que no hay discusión) y la controversia generada por la espabilada vallecana sobre el supuesto feminismo de la semidesnudez en directo televisivo y en un balcón en la fría noche de la estepa castellana alegando que ella se pone lo que le da la gana y que lo que el cuerpo le pide es andar así, desnuda. En enero. Ana de Miguel, profesora, filósofa y, al parecer, una autoridad en esto del feminismo, dice que de eso nada, que andar semidesnuda en pleno invierno  para anunciar las campanadas no tiene nada de feminismo. Que se trata de otra servidumbre más al pernicioso machismo imperante. ¿Quién tiene razón? Yo no estoy seguro, pero si hay que ponerse en un bando (como con lo de la independencia) me pongo en el de la Pedroche. Siempre con Vallecas.
La Vanguardia: “El discurso ‘feminista’ de Pedroche en Campanadas” en donde cuenta el mensaje oportunista de: “Que quede claro, no es no” y “Pedroche sorprende con un mono transparente para las campanadas de 2018” Pues no, señores de La Vanguardia. Eso no es cierto. No hay ninguna sorpresa. Todos esperábamos una sustancial reducción de paño de Manchester sobre el bonito atuendo estrellado del año pasado y ha ocurrido. Tal como preveíamos. ¿Dónde está, pues, la sorpresa?
El Mundo: “La Pedroche, con un par” y “Equidistante Cristina Pedroche” ¿Con un par de qué? ¿Equidistante entre qué puntos?
La Razón: “El vestido ‘ultrafeminista’ de Cristina Pedroche” y “El no vestido de Cristina Pedroche vuelve a ser la estrella de la Nochevieja”. Y este artículo es mi favorito. Tras describir al detalle “el vestido rojo modelo Barcaza de Moreau…" del que la presentadora tardó poco en desprenderse, pasa a describir la gran “sorpresa”: “Un espectacular mono transparente con aplicaciones de encaje y chantilly blanco, inspirado en el vestido Caracola (…). El vestido (…) ha sido confeccionado con dos metros de tul y dos de encaje bordado a mano con hilo de seda…” ¿Chantilly?  ¿Dos metros de algo y otros dos de otra cosa? ¿Encaje bordado con hilo de seda? ¿Tantos metros de cosas había para tapar tan poco? Increíble.

Y, una vez digerida la Nochevieja, los incondicionales del esperpento esperamos impacientes la Cabalgata de Reyes. No la de nuestra ciudad o la de Alcoy (la más antigua de las españas), sino la de Madrid. O mejor, la de Carmena, porque desde que esta mujer está al frente del ayuntamiento de la capital siempre hay espectáculo. Hace dos años, los hijitos de las diputadas del PP volvían a casa llorando porque los reyes no eran como los del belén que tenían en casa. Más bien parecían magos, como Merlín, o tipos disfrazados con cortinas de baño. El año pasado, con unos reyes ya más al gusto de los vástagos populares, en su ánimo de desprestigiar la supuesta ideología antiespañola de los podemitas, un simpático “periodista” confundió a  Copérnico con Cristóbal Colón, de quien quería hacer chanza y se quedó, el pobre, sin broma y convertido en el hazmerreir. Veremos que nos trae este año la cabalgata. No se espera a la Pedroche. Ni a las  Magas de Enero que se pasean por mi ciudad. Lástima. Podríamos reírnos un rato. Con los de Madrid, digo.

Román Rubio
Enero 2018