jueves, 14 de junio de 2018

FACTFULNESS



FACTFULNESS


1.- En los países pobres (los llamados del Tercer Mundo), ¿qué porcentaje de niñas terminan la enseñanza primaria?
     a) 20%                                  
     b) 40%                                     
     c) 60%

2.- ¿Dónde vive la mayoría de la población mundial?
     a) En países pobres               
     b) En países de renta media    
     c) En países de renta alta

3.- En los últimos 20 años, la proporción de personas que viven en pobreza severa:
     a) Casi se ha doblado           
     b) Sigue siendo más o menos la misma   
     c) Se ha reducido casi a la mitad.

4.- ¿Cuál es la esperanza media de vida hoy en el mundo?
     a) 50 años                                 
     b) 60 años                               
     c) 70 años

5.- Hay 2.000 millones de niños en el mundo actual menores de 15 años. ¿Cuántos habrá en 2100, de acuerdo con las predicciones de la ONU?
     a) 4.000 millones                     
     b) 3.000 millones                   
     c) 2.000 millones

6.- La ONU predice que para 2100 la población mundial habrá aumentado en 4.000 millones de   habitantes. ¿Cuál es la razón principal?
     a) Habrá más niños (menores de 15)   
     b) Habrá más adultos (de 15 a 74)   
     c) Habrá más personas  mayores (de 75 y más).

7.- ¿Cómo han evolucionado las cifras de las personas muertas por desastres naturales en los últimos       cien años?
     a) Se han más que duplicado          
     b) Se han mantenido más o menos igual        
     c) Se han reducido a menos de la mitad.

8.-- ¿Qué porcentaje de los niños menores de un año (en todo el mundo) han sido vacunados contra alguna enfermedad?
      a) 20%                                        
      b) 50%                                   
      c) 80%

9.- En términos globales, los hombres de treinta años han estado escolarizados una media de 10 años. ¿Cuánto tiempo han estado escolarizadas las mujeres de la misma edad?
      a) 9 años                                          
      b) 6 años                                     
      c) 3 años

10.- En 1996, los tigres, los pandas gigantes y los rinocerontes negros estaban considerados como especies en extinción. ¿Cuántos de ellos lo están hoy?
      a) Dos de ellas                                
      b) Una de ellas                           
      c) Ninguna de ellas

11.- ¿Qué población mundial tiene acceso a electricidad?
      a) 20%                                           
      b) 50%                                        
      c) 80%


12.- Los expertos en clima global creen que, durante los próximos cien años, la temperatura global:
      a) Aumentará                              
      b) permanecerá igual                
      c) Se enfriará


   Quizá hayas tenido la tentación de hacer este pequeño test que propone Hans Rosling —o mejor dicho, Ola Rosling (su hijo) y Anna Rosling (su nuera)— en la introducción de su libro Factfulness (Why Things Are Better Than You Think), libro que Bill Gates, impresionado tras leerlo, ha decidido regalarlo a todos los estudiantes norteamericanos que se gradúen en este curso de 2018.

   Las respuestas correctas a las preguntas anteriores, basándose escrupulosamente en los datos comprobados son:
1: c,  2: b,  3: c,  4: c,  5: c,  6: b,  7: c,  8: c,  9: a,  10: c,  11: c, 12: a.


   Hans Rosling ha sido un reputado experto en medicina global y conferenciante que falleció a causa de un cáncer letal en 2017 y dejó incompleto el libro que su hijo y su nuera completaron tras su muerte para su edición. En él, el médico sueco, que esa era su nacionalidad, se empeña en mostrar al personal algo que la gente (quizá por prejuicios y concepciones erróneas) parece no querer aceptar: que el mundo va a mejor en prácticamente todas las áreas del desarrollo; en el económico, en el social, en el sanitario, en el de la seguridad y hasta en algunos campos de la ecología. Paso a paso, año a año, el mundo mejora. No en todas y cada uno de los parámetros, no todos y cada uno de los años, pero sí como tendencia. Cada día que pasa, el mundo es un lugar mejor. Lo argumenta Johan Norberg en su best-seller Progreso, lo proclama Steven Pinker (Los ángeles que llevamos dentro) y lo prueba de manera irrefutable Rosling con sus fríos datos en Factfulness.

   No es esa, sin embargo, la apreciación del público, adicto al dramatismo en sus opiniones. Y no depende del nivel de instrucción de las personas. Los estadios más altos y/o informados de la sociedad (autoridades universitarias, diplomáticos, gobernantes y empresarios de multinacionales) pueden mostrar conocimiento tanto o más inexacto y deformado que usted o yo. De hecho, la mayor parte de las personas de distintas nacionalidades y nivel socioeconómico que contesta a este pequeño test vienen a acertar (de acuerdo con datos contrastados) menos de cuatro de las preguntas propuestas. Es decir, menos que un chimpancé, que, por puro azar (cálculo probabilístico), acertaría 4 ítems (el 33.3% del total).

Román Rubio
Junio 2018

viernes, 8 de junio de 2018

EL ENVOLTORIO



EL ENVOLTORIO




En ocasiones El Comidista de El País prepara pruebas a ciegas de productos. Los aceites, refrescos de cola, leche o agua son dados a probar por el personal y/o por los especialistas desprovistos de su envase para su evaluación. Los resultados suelen ser sorprendentes: el público en general y, a menudo, los especialistas, establecen un orden tan aleatorio en lo que se refiere a sabor o calidad como lo podría haber hecho un chimpancé o el mismo azar sin necesidad de prueba alguna: la marca blanca del supermercado, de un par de euros la botella, a menudo es evaluada por encima de marcas de renombre con precios de dos dígitos si se las presenta sin el envoltorio. Y, lo que es todavía más curioso, no parece que los especialistas acierten más que los clientes de a pie. Solo se distinguen, eso sí, en la palabrería con que acompañan el veredicto. Ya saben: que si frutos del bosque y reminiscencias de setas y hojarasca de otoño que dejan un ligero amargor en no se qué parte del paladar y cosas así.

Joshua Bell es uno de esos violinistas que llenan las salas de conciertos en actuaciones por las que la gente paga una pasta y aplaude después a rabiar y grita bravos hasta que consigue el correspondiente bis. Un virtuoso del instrumento. En 2007, el periódico The Washington Post, tres días después del exitoso concierto del músico en el Boston Symphony Hall, le convenció de que, vestido con unos vaqueros y una gorra, interpretara a Brahms con su violín de 3 millones de euros en una concurrida estación de metro de Washington. Pasaron más de 1.000 personas delante de él mientras duró la actuación. Pararon seis o siete a escuchar alguna parte de la ejecución y solo una persona se le acercó para interpelarle y darle las gracias, y eso, porque le reconoció. Le había visto actuar en la Biblioteca del Congreso.

Un experimento similar tuvo lugar en Nueva York.  Un día de octubre de 2.013, Banksy, el famoso artista inglés, instaló junto a Central Park y durante un solo día, un puesto de venta de láminas auténticas de su autoría, firmadas por él, por el módico precio de $60 la pieza. Naturalmente, sin ningún tipo de anuncio. El hombre que atendía el stand fue filmado aburriéndose casi todo el día por falta de clientes. Los turistas pasaban ignorando por completo el producto. A mediodía, una mujer compró dos para la habitación de los niños, no sin antes regatear y obtener un descuento de dos por uno. Otro hombre, que dijo estar decorando su apartamento vacío de Chicago, compró cuatro y una turista de Nueva Zelanda dos más. Eso fue todo. En total se obtuvo $420. Cada obra estaba valorada en el mercado en unos $30.000.

Todo viene envuelto en su envoltorio y precedido por una reputación creando una expectativa que determina la acogida y la calidad de un producto, una persona, un paisaje o un evento. Hay que sacar la entrada (cara, a ser posible) de la sala de conciertos y dejarse influir por la fama del intérprete para poder apreciar a Brahms en su plenitud. La mordaz ironía de una lámina, incluso firmada, no es suficiente para su adquisición si no viene precedida por el reconocido nombre del autor y el sabor de una primerísima y cuidada prensa de las mejores olivas no parece determinar la calidad de un aceite si no viene embotellado en su prestigioso envase y marcado con un alto precio.

He estado fuera unos días. Salí con Rajoy y a la vuelta me he encontrado con otro tipo en la Moncloa y con un nuevo gobierno de ministras y ministros. Han sido bien acogidas/os. Vienen con un buen envoltorio, precedidos de muy buena reputación en sus distintos campos. Les deseo, sinceramente, lo mejor.

Román Rubio
Junio 2.018

martes, 29 de mayo de 2018

CASAS Y COSAS



CASAS Y COSAS



Jiménez Losantos —esa especie de Haddock turolense (por los insultos)— llama a la casa de los lideresos de Podemos Villa Tinaja por tener esta, junto a la piscina, ese elemento distintivo del mundo “rural” tan común y de gusto tan pequeñoburgués y han decidido someter a juicio de los suyos la compra de la tinaja y la casa que la acompaña.
Han participado 188.176 personas en el proceso —el 70% de los 250.853 inscritos activos—. De ellos, 128.300 (un 70%) han votado a favor. ¿A favor de qué? De que Pablo e Irene (Pabla e Ireno, según Losantos) vayan adelante con tan arriesgada adquisición y. al mismo tiempo, sigan siendo sus líderes.
El hecho de que 188.176 personas, instruidas e inteligentes, participan en tan pueril mascarada es algo que se me escapa, pero, en fin, ¡hay tantas cosas que se le escapan a uno! Esos remilgos con el qué dirán de la compra nunca los tuvo Zaplana, que siempre compró lo que quiso y al contado. Aunque creo que no he elegido un buen ejemplo.

 Kichi I de Cádiz afeó la adquisición en una carta abierta dirigida a la feliz pareja. El alcalde argumenta que él y su pareja, Teresa Rodríguez, coordinadora de Podemos en Andalucía y parlamentaria en Sevilla, viven de alquiler en un bajo de 40 metros cuadrados en el barrio de La Viña de Cádiz (que no es precisamente el más lujoso de la contornada), vivienda que comparten temporalmente con los dos hijos del alcalde de una relación anterior.
Y, ¿cómo explican que dos personas con los ingresos que tienen por sus trabajos no sean capaces de encontrar un lugar más cómodo y apropiado para vivir? No les extrañe que algún día sus hijos se presenten en el Juzgado de Guardia a denunciar a su(s) progenitor(es) por tenerlos en condiciones lamentables de intimidad por pura tacañería. O eso o porque se lo dan al partido, lo cual es éticamente aún más objetable. ¿No estaría mejor invertido el dinero dando a sus hijos y a ellos mismos mejor calidad de vida?

Recuerdo a la proscrita expresidenta madrileña Cristina Cifuentes confesar en una ocasión (antes, mucho antes de las lluvias de primavera) que a ella no podían acusarla de corrupción ya que vivía alquilada y con 3.000 € en la cuenta. ¿Cómo le dan la administración de su dinero los madrileños a una persona que no tiene ni casa en propiedad y solo 3.000 € en la cuenta a alguien que ganaba 30.000€ más que Rajoy? Y eso que aún no se conocían los hábitos ahorradores de la política. ¿Qué se podía esperar de alguien así?

¡Ay, la casa! Un empresario francés acaba de comprar un mausoleo en el cementerio veneciano de San Michele in Isola por la atractiva cifra de 350.000 €, que es la mitad de lo que vale Villa Tinaja, el doble de lo que vale la casa de muchos de nosotros e infinitamente más que la de Cifuentes, la pobre.

No ha habido tanto trajín con lo de la casa desde que la Preysler se hizo la suya en 1992. Los españoles se lanzaron en tropel a los kioscos a ver con sus ojitos la que se conoció como Villa Meona, por contar con nada menos que 13 cuartos de baño. Lo más comentado del chamicillo fue la anécdota (cierta o no) de que habían instalado calefacción en la caseta del perro. Creo que fue en aquel momento cuando los españoles decidieron abandonar la mesa camilla y el brasero para siempre. Isabel siempre marcando el camino.

Román Rubio
Mayo 2018

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miércoles, 23 de mayo de 2018

ETIQUETAS



ETIQUETAS


   No sé si es por pereza mental o incapacidad manifiesta, cada vez definimos más a las personas con “etiquetas”: Uno es “nacionalista” si es del otro lado de la frontera y “patriota” si es de este lado y demuestra fervor por mi bandera. A menudo, es “demagogo” si cuenta cosas que no me gustan y “machista” si tiene la osadía de no comenzar sus alegatos con “ciudadanos y ciudadanas” o “alumnos y alumnas”. Y por supuesto, todo el mundo se declara “feminista” y nadie, pero nadie, declara ser “homófobo”, ni mucho menos, “racista”.

   Cierto profesor catalán tuvo que dimitir de su cargo en la Universidad de Barcelona, tachado de “homófobo” por decir de Iceta en un tweet que “tiene los esfínteres dilatados”. También dice de él que es repugnante, malévolo, ignorante y payaso, pero eso no parece ser significante. La alusión a la confesa sexualidad del político es lo que llevó a la hoguera al profesor con el cartel de “homófobo” colgado del cuello. Sin saber siquiera si el hombre tiene buenos amigos, familiares o algún hijo aparejado con otro a quienes les hace gustoso una paella los domingos en su casa y brinda por su felicidad.

   Siempre he mantenido (y sigo haciéndolo) que patriotismo y nacionalismo es la misma cosa: la postura emocional vehemente hacia una bandera y un territorio. Cualquier bandera es incluyente y excluyente a la vez. Al tiempo que acoge a unos, excluye a los otros, a quienes se quedan fuera. Pero hay algo curioso: todo lo que hay de bueno, generoso, desinteresado y sacrificado bajo la bandera se mete en un saco y se le pone el letrero de patriotismo y todo lo malo, egoísta, excluyente, interesado y ruin se pone en otro saco con el rótulo de nacionalista, que son las mismas etiquetas que se ponen al otro lado de la frontera, aunque cambiadas.

   Hace unos días que el partido Ciudadanos hizo un acto de afirmación nacionalista española (digo… patriotismo) en el que se ensalzó la bandera y la nación española (digo… la patria) en el que Marta Sánchez cantó su himnito y otros se desfogaron con el “yo soy, español, español, español”, cántico contra el que, por otra parte, no tengo nada en contra. Enseguida saltaron a definir el sentimiento como “patriotismo civil” y no “nacionalismo”. Garicano, insigne miembro del partido, argumenta “por qué no somos nacionalistas” con tres razones: 1. No somos supremacistas: nadie es mejor que nadie por ser español. 2. No somos excluyentes: no hay requisitos lingüísticos, religiosos o éticos para ser español. No somos esencialistas: no hay una esencia ancestral permanente del “ser español”. Bravo. El intento de blanqueo del sepulcro es encomiable, pero me temo que solo sirve para marcar las diferencias con el nacionalismo catalán (y vasco) pero ese tipo de patriotismo —además de que no creo que incluya a los marroquíes— le podía haber servido tanto al nacionalista estadounidense como al ciudadano del Imperio austrohúngaro, que era tan inclusivo que abarcaba 13 estados actuales y un montón de lenguas.
   Quien ha demostrado toda su vida no ser nada nacionalista es Eduardo Zaplana. Patriota sí, pero del dinero. Lo demás, (Comunidad Valenciana, Benidorm, Panamá, España…) son rayas el mapa y no asientos en el banco.

   “Machista” es otra etiqueta maldita. Denota supremacía masculina, algo execrable, que se aplica a todo aquel que no grita indignado ante tal o cual sentencia judicial o no emplee en sus discursos el “ciudadanos y ciudadanas”. No importa que el machista sea padre de dos hijas a las que haya educado en la convicción de que el mundo es igual para todos y que no deben conformarse con menos. En cambio, “feminista”, como significante, goza de todos los beneplácitos, aunque si la Botín (de quien no dudo de la honestidad de su postura) y todos y cada uno de los famosos y famosas a los que se pregunta declaran serlo, me da la impresión de que se refiere a cosas tan diferentes que su significado abarca desde la supremacía femenina hasta la igualdad de oportunidades.

   Otra etiqueta maldita es la de “racista”. Nadie, ni los racistas quieren llevar el cartel. No hace mucho que Aaron Schlossberg, un joven abogado de Nueva York, se encaró con unos empleados de una “deli” neoyorkina recriminándoles que hablaran español y amenazando con llamar a la policía acusándoles de ilegales. Pues sí, hasta él se disculpó unos días después vía Twitter con la frase “No soy racista”. Para que vean.

Román Rubio
Mayo 2018


viernes, 18 de mayo de 2018

EL OGRO COLOR CALABAZA



EL OGRO COLOR CALABAZA


Este Trump no defrauda. Sabíamos de su torpeza y arrogancia, pero este mes anda crecido. Se dedica a entrar con sus zapatones (que dejan a los del Sabio de Hortaleza al nivel de ligerísimas chanclas playeras) en la cacharrería del mundo volcando y rompiendo todo lo que se le pone por delante. Con los tropiezos de sus andares desafiantes y chulescos, eso sí, deja un rastro de sufrimiento y caos que ni las visitas admonitorias de otros líderes como Merkel o amistosillas como Macron logran atajar o amortiguar, por mucho que intenten sacar las ideas de la cabezota anaranjada adornada con amarillo tupé.

El traslado de la Embajada en Israel de los EEUU de Tel Aviv a Jerusalén ha sido una de esas ideas de la malvada calabaza. Todos los países, de manera tácita o explícita, decidieron en su día mantener sus embajadas fuera de Jerusalén con el exclusivo propósito de no hurgar en la herida. La ciudad es vindicada también por los palestinos como su capital y, dado el carácter sagrado de la ciudad, decidieron, siguiendo las indicaciones de la ONU, instalar sus embajadas en Tel Aviv, lo que, además de permitir disfrutar de la playa a los diplomáticos, contribuye a enfriar la enconada disputa.
Pero Trump no es tipo de paños calientes. ¿Y qué ha conseguido con su simbólica decisión? Levantar unas protestas que se han cobrado 62 muertos y más de mil trescientos heridos de bala. Para nada. Y, cuando el bravucón decide hacer alguna fechoría, siempre saltan solícitos los “pelotas” a intentar congraciarse. Nada menos que Guatemala, República Dominicana, El Salvador, Honduras, Panamá y Perú se han declarado candidatos a seguir al histrión haciendo buena la teoría de Galbraith del caballo y el gorrión: Dale a comer al caballo bastante avena y algo caerá en el camino (se supone que vía excrementos) para alimentar a los gorriones. La mayoría de los países (incluidos los europeos) se mantuvieron fuera de la criminal pantomima y no fueron al acto del traslado que tanto sufrimiento ha provocado. Bueno, los europeos exceptuando a Rumanía, Hungría, Austria, y República Checa. Imaginamos al expresidente Aznar ofendido al ver que su amada España no estaba ahí para respaldar al bravucón.

En el mismo mes de María y de las flores el cowboy de Park Avenue decidió abandonar el pacto nuclear con Irán que limitaba el desarrollo de armamento atómico en Irán por un periodo de, al menos, diez años a cambio de levantar las sanciones económicas que asfixiaban al régimen (y a la ciudadanía). El acuerdo era bueno para el mundo, pero sobre todo era bueno para la población de Irán, mayoritariamente chiita, que veía aumentada su capacidad de producción y exportación de petróleo y, por tanto, su nivel de vida. Pero faltaba un detalle. Ese progreso no era bien visto en la suní Arabia Saudita, temerosa de cualquier progreso de su odiada rival en la zona.

El resultado es bien sabido. El pueblo iraní seguirá sufriendo por las sanciones mientras el precio del petróleo ha subido hasta sobrepasar los ochenta dólares el barril. Como consecuencia, Arabia Saudita, el resto de los países del golfo y Rusia salen beneficiados. Estados Unidos, también, porque a partir de estos precios sale rentable la explotación por fracking y los descamisados (como siempre) salen perdiendo. A España le meten un dedo en el ojo, pero, al fin y al cabo, no deja de ser una víctima colateral, porque el verdadero objetivo ha sido (además de complacer al saudita) dar un hachazo a las industrias alemana y japonesa que tendrán que aumentar precios ya que necesitan importar toda la energía de los mercados internacionales. La jugada, como ven, por imprudente y malvada que parezca, no deja de ser interesada. Bruto sí, pero desinteresado y tonto no parece el monstruo.

Román Rubio
Mayo 2018

miércoles, 9 de mayo de 2018

MIREN DEBAJO DE LA ALFOMBRA



MIREN DEBAJO DE LA ALFOMBRA




En mi pueblo todos son buenos. Por decreto. Los malos son los del pueblo de al lado. Los españoles llaman a los ingleses corsarios y piratas. También negreros —dudoso honor que comparten con los holandeses, los portugueses y los franceses—. Para los holandeses, los españoles siempre han sido crueles y sanguinarios (lo que choca con la afición que tienen a venir a comer paellas a tierra tan cruel). Junto con los ingleses, alemanes, daneses y otros muchos proclaman  que los españoles (más, incluso, que la viruela) masacraron a la población indígena americana sin considerar que en dominio español esta sea actualmente notablemente superior en número y mestizaje que en dominio anglofrancés. Además, son fanáticos religiosos, prestos a quemar en la hoguera a aquel que se atreva a poner en duda el misterio de la Santísima Trinidad. Por algo (dicen ellos y no sin algo de razón) fueron alumnos aventajados en aquello de la Santa Inquisición. Como si Juana de Arco y Galileo fueran de Toledo y la represión de los cátaros y los albigenses  (verdadero origen de la Inquisición) se hubiese producido en Extremadura. Los franceses, por su parte, renuncian a reconocer que una parte de su población apoyó el avance alemán en el 39.

 Cada pueblo parece avergonzarse de ciertas cosas de su pasado. Y para ver de conseguir el borrado del imaginario colectivo, ¿qué tal prohibir hablar de ello o incluso meter en la cárcel a quien lo haga?

 Polonia no acepta el uso del término “campos de concentración polacos” para designar a sitios como Auschwitz. Sí, es cierto que para ir a ese lugar hay que ir a Polonia ya que está a unos pocos kilómetros de Cracovia, pero lo de polaco aplicado al campo es ilegal y susceptible de pena de prisión para quien lo haga. Tampoco se puede acusar al país ni a su gente de complicidad con el Holocausto so pena de ser juzgado y llevado a prisión. Así, por decreto, Polonia enjuga la responsabilidad de una posible colaboración con el invasor de algún ciudadano polaco. No solo la culpa es de los nazis (que la tuvieron), sino de los nazis alemanes —o de cualquier otro país que no sea Polonia, vaya—.

Como a prisión ha ido Ursula Haverbeck, alemana de 89 años, conocida como “la abuela nazi”. La causa no ha sido que haya o no cometido crímenes contra la población judía o de cualquier otra etnia durante la guerra, no. Ha sido por mantener que Auschwitz fue un campo de trabajo y no de exterminio. El artículo 130 del Código Penal alemán establece que “quien públicamente o en una reunión niegue, apruebe o minimice un acto cometido durante el régimen nacional socialista (…) será castigado con una pena de privación de libertad de hasta 5 años. Y la descarada abuela no se retracta. Ella, erre que erre.

Ya se sabe: si hay algo que ocultar, se hace por decreto y a ser posible, con cárcel. Es como si el hecho de repetirse uno muchas veces que es alto y guapo lograra convertirle a uno en alto y guapo además de rico. Y ojo de quien diga lo contrario porque va a la cárcel.
El Ayuntamiento de Barcelona, en su empeño de evocar un pasado a gusto del consumidor, ha llevado a cabo dos iniciativas que afectan al callejero de la ciudad. Ha sustituido el nombre de la calle del Almirante Cervera (que comandaba la Armada Española hundida en Cuba en 1898) por el del meritorio actor Pepe Rubianes y ha hecho quitar la estatua de Antonio López de una plaza barcelonesa. Al primero lo ha relegado “por facha”. Mira por dónde, se había adelantado en unos treinta años al nacimiento del fascismo. Según Colau. En cuanto al segundo, Antonio López, indiano,  mecenas de arte y suegro de Eusebi Güell (Conde de Güell) por negrero. Muerto el perro…

Román Rubio
Mayo 2018

sábado, 5 de mayo de 2018

THE PACK



THE PACK



Las manadas las integran animales que viven y cazan en grupo. En el caso de Pamplona, la caza era menor y el trofeo fácil, ya que el animalillo era endeble y con poca determinación, fuerza o ganas de lucha. Lo que sí ha suscitado es un enorme clamor popular disparando una emotividad contagiosa.  Contra todo. En primer lugar contra los lobos de La Manada. Son repulsivos ejecutando un acto repulsivo, en el que las fuerzas estaban tan desequilibradas que les hace repugnantes, lo que se ha visto reforzado por lo que hemos ido viendo de ellos con sus puestas en escena de maderos con pistola, iconografía futbolística y otras expresiones propias de personas de inteligencia y maneras zafias y groseras. Y ese es uno de los problemas: si uno fuera el encargado de juzgarles (que Dios aparte de mí ese cáliz) esa sería el primer prejuicio a combatir: la propia repulsa hacia los sujetos (especialmente hacia uno que parece ser el líder) que cometieron la sanferminera villanía y que predisponen al ánimo en su contra. Al fin y al cabo, ¿qué es un prejuicio sino un juicio prematuro o “anterior” al propio juicio?

En segundo lugar, las muchedumbres, encolerizadas, una vez condenados los lobos de la manada al fuego eterno, abominan también de los jueces que han impuesto la condena de nueve años de cárcel para cada uno. Porque les parece poco. Quieren la pena máxima de 22 años, soterrada por la polémica entre abuso y violación. Muchos de los que se manifestaron en contra del endurecimiento de las penas cuando se planteó la incorporación de la condena perpetua revisable para casos especiales (en los que sí hay asesinato de la víctima y hasta ocultamiento del cadáver), claman contra la justicia por blanda y melindrosa. Resulta difícil explicarse  cómo se puede objetar la dureza de la pena de treinta años en casos de violación, asesinato y ocultamiento del cadáver y se pidan veintidós en el caso que nos ocupa, por feo que sea.

Lo cierto es que las multitudes que, al calor de una emocionalidad contagiosa y desbordante, han condenado por violación y otorgado la pena máxima para estos casos a los inculpados, no han escuchado los testimonios de las partes  ni han visionado todos y cada uno de los vídeos grabados de la infausta noche ni han tenido acceso a la instrucción del caso. Los jueces sí. Y han decidido lo que han decidido. Prescindamos del voto particular del juez González por excéntrico (en todos los tribunales examinadores en los que he participado se ha prescindido de la calificación que se desviaba más de dos puntos de la media).

No tengo idea de cuál habría sido mi decisión y la sentencia subsiguiente de haber tenido que juzgar el caso, me falta conocer los detalles documentales y de la instrucción y por eso me llama la atención la seguridad en el juicio de la mayoría, pero ¿por qué tendría que poner en duda el criterio de los otros dos jueces (por cierto: un hombre y una mujer)? ¿Por los indicios? ¿Por mala fe (prevaricación)?

 Es posible que los nueve años que han impuesto sea poco y se merezcan los veintidós que demanda el gentío, no lo sé, pero me consta que los jueces han aplicado la ley y el sentido común atendiendo a las pruebas y testimonios, a su juicio y a su conciencia. Y si transcurridos diez años se dieran cuenta de que habían condenado a cinco personas a una década extra de prisión improcedente —por atender el clamor popular y en contra de su propio juicio—  el sentimiento de culpa sería insoportable. Para los demás, en cambio, para los que no tenemos la responsabilidad de juzgar, el caso no será sino un sueño vago de una época incierta. Para la víctima y los condenados no. Y para quien tiene que juzgar tampoco. Quizá por eso hayan decidido lo que han decidido.

Román Rubio
Mayo 2018

viernes, 27 de abril de 2018

LA CIFU



LA CIFU


Cristina Cifuentes ha caído con estrépito. Tras el feo asunto del máster -un descrédito para su persona y, sobre todo, para cierta universidad pública creada ad hoc por el PP-  una zancadilla traicionera ha podido con ella. El asunto ha generado entre muchas personas cierto mal sabor de boca acompañado por cierta lástima por alguien por quien no tenían ninguna simpatía. Es ese sentimiento de decir, ¡así no…! Eso no se hace ni a tus enemigos. Al fin y al cabo, ¿a quién no cogieron de joven en El Corte Inglés robando un disco de Carlos Santana o el libro de Las enseñanzas de D. Juan de Castaneda?  Es cierto que se trataba de estudiantes y gentes menudas y de poco peso económico y social y no vice-lo-que-sea de grupo parlamentario, pero aún así, guardarse siete años un video humillante de alguien para sacarlo con el propósito de hacer daño  dice mucho de la catadura moral de alguno.

En política ya se sabe: Hay quien se guarda un vestido con los vestigios del paso por el despacho oval. Los cuchillos andan afilados y los fantasmas del pasado están siempre prestos a aparecer. Aquí y en todos lados.

Hay un entretenido documental de TV sobre trenes presentado por Michael Portillo que se ha hecho notablemente popular. Ayuda mucho el hecho de que el inglés anda siempre vistiendo unas americanas de colores  verde pistacho, rojo o rosa fucsia que combina de manera imaginativa con pantalones beige o azulones y camisas de algún color indeterminado. Cae simpático. Pocos conocen, en cambio, la historia del hombre de dentro de la americana verde pistacho. Inglés, hijo de un republicano español, fue un miembro muy pero que muy  relevante del Partido Conservador británico. Por allá por los ochenta era el ojito derecho de Margaret Thatcher y llegó a ser Ministro de Defensa. Podría haber llegado a ser Primer Ministro cuando perdió, inesperadamente, su circunscripción en la elección de 1997 en que arrasó Tony Blair. Eso y que, en el momento justo, alguien salió a airear sus escarceos amorosos con otros caballeros, incluyendo cierto compañero de fatigas de sus días universitarios. Hoy, Portillo es un exitoso hombre dedicado a su carrera en los medios de comunicación que vive alejado de la política con un pie en Londres y otro en Carmona (Sevilla).

Estoy leyendo un libro de relatos que compré no hace mucho en un aeropuerto asiático ante la perspectiva de un largo viaje en avión. El libro, Tell Tale, estaba en el número uno de los best sellers del país y su autor es Jeffrey Archer, otro ángel caído y aupado. La vida de Archer es como la vida de seis o siete ciudadanos comunes. En su juventud llegó a formar parte del equipo de atletismo de Gran Bretaña en competiciones internacionales. Se convirtió en autor de libros, de los que ha vendido más de 330 millones de copias en todo el mundo que incluyen títulos como Kane and Abel (Grijalbo, 1976), El cuarto poder (Grijalbo, 1996) o El impostor (Grijalbo, 2009),  tras una aventura financiera relacionada con una inversión minera en Canadá que lo dejó en la ruina. Se dedicó también a la política ganando su puesto como diputado en varias ocasiones. Las fiestas de cumpleaños que daba en su ático de Londres junto al Támesis eran la cita que más celebridades reunían en la ciudad a la llamada del shepperd’s pie &Krug y en su casa de Grantchester, una vieja vicaría, celebraba por todo lo alto su fiesta anual de aniversario junto a su mujer, Mary Archer, catedrática de física en Cambridge.  Fue distinguido por la realeza con el título nobiliario de Barón Archer de Weston-super-Mare, que le otorgó el derecho vitalicio a un puesto en la Cámara de los Lores y era el candidato del Partido Conservador para la alcaldía de Londres, cuando se vio envuelto en un asunto que le hizo darse un paseo por los infiernos.
El Daily Star sacó la historia de que Archer había usado los servicios de pago de la prostituta Monica Couhgland  a la que habría pagado  £2.000 para que desapareciera. Archer denunció al periódico al que exigió una disculpa y una cuantiosa indemnización de £500.000, ganando el caso. So far so good. ¡Ay!, pero unos años después, en 2000, Ted Francis, un colaborador (fuego amigo), tras la muerte accidental de Monica, denunció la falsa coartada del político y se reabrió el caso. Como resultado, Archer fue declarado culpable de perjurio y condenado a devolver al periódico las 500.000 libras, a pagar más de un millón de multa y a pasar cuatro años en una cómoda prisión de su majestad a cargo del contribuyente, de los que consumó dos. Ni que decir tiene que el listo de Archer salió de prisión con un nuevo libro con el que enjugar las pérdidas sufridas. Se cree que es el primero que no ha escrito en su mansión de Mallorca en donde se recluye entre viaje y viaje a Westminster a echar una cabezadita en la Cámara de los Lores.

A Cifuentes le toca ahora darse un garbeo por los infiernos. No pasa nada. Lo dijo Churchill: “If you are walking through hell, keep walking” (Si está atravesando un infierno, sigue caminando).

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 16 de abril de 2018

JUBILADOS



JUBILADOS




Día sí día también las calles se llenan de jubilados encolerizados por lo que (según muchos) es una subida tacaña de la pensión. El Gobierno ofrece un 0.25% de subida y el IPC aumenta ¿el 1.1%?  Y en esas estamos: que si la pérdida de poder adquisitivo, que si tal, que si cual. Total, por unos pocos euros que ni son solución para el jubilado ni lo es para el gobierno. El gobierno (todos los gobiernos) se dan cuenta de estar en una  situación inasumible, que el sistema no se puede mantener y se tira tierra a los ojos subiendo una cantidad irrisoria para aplazar el problema; y los jubilados, que intuyen que el sistema se colapsa, piden unos eurillos más sin darse cuenta (o sin querer hacerlo) de que el verdadero problema es que, en algún momento, llegará un gobierno que no podrá pagar la nómina. Ni corregida ni sin corregir con el IPC. Así de sencillo.

¿Y eso, por qué? Pues por lo que ya saben: las pensiones se pagan bien por imposiciones de los trabajadores o por aportaciones del estado, vía impuestos. Los trabajadores nuevos son pocos y delgaduchos: vendedores de crecepelos por teléfono, repartidores, captadores callejeros de ONGs, empaquetadores de compras online, dependientes,  vigilantes, camareros y kellies que poco pueden aportar a las arcas del trabajo —bastante tienen con sobrevivir—. También hay informáticos, ingenieros y arquitectos, y muy buenos, pero esos suelen ser becarios de magro sueldo desarrollando trabajo de profesional o bien están trabajando en Alemania cobrando un buen dinero y aportan allí. La segunda manera de financiar las pensiones es la aportación del estado vía impuestos con lo que habría que subir estos, cosa que, según los expertos, no traería sino huída de capital de los grandes y asfixia de la pequeña empresa, de los autónomos y de los emprendedores. Mal asunto.
Lo cierto es que cada año hay más jubilados y con pensiones mayores mientras que los que aportan son los mismos (o menos) con sueldos de colibrí. Así,  los meses de la extraordinaria, el gobierno tiene que echar mano del fondo de la hucha de las pensiones que ha pasado de tener 66.815 millones en 2011 a cero hoy en día. Y todo en un momento de vacas godas en que los astros están alineados a favor de la economía de un país que debería estar ahorrando para (como dicen los ingleses) los días de lluvia. A saber:

Las exportaciones van viento en popa. En 2017 se exportó por valor de 277.126 millones de euros, un 8.9% más que el año anterior. Por cierto: la autonomía líder en exportación es Cataluña, con un 25,6% del total.
El turismo (nuestra mayor y más exitosa industria) rompe cada año las costuras del corsé. En 2017 se registraron 82.5 millones de entradas de turistas, más turistas que nunca y más que nadie en el mundo, exceptuando Francia,  que hicieron un gasto de 87.000 millones de euros (un 12.4% más que el año anterior). Adivinen cual es la región española líder en el sector.
El petróleo y el gas (fuentes energéticas que España tiene que comprar en el extranjero —casi— en su totalidad) se mantienen a precios razonables. De hecho, el precio del barril de crudo ha desaparecido de los telediarios.
La financiación del Reino de España está garantizada por un Banco Central Europeo que decidió en su momento intervenir con sus reservas siempre que fuera necesario para garantizar la viabilidad financiera del país. Desde ese mismo momento la famosa Prima de Riesgo, que irrumpió sin ser invitada en un momento de nuestras vidas,  ha desaparecido en la bruma como si se tratara de nuestras semiolvidadas primas de Reus o de Ponferrada.

¿Me pueden decir que tiene que ocurrir para que el sistema de pensiones sea solvente? ¿Y, qué ocurrirá cuando dos o tres de estas circunstancias soplen de cara? Porque ocurrir, todos sabemos que ocurrirá. Según Murphy y mi abuela, lo que pasa una vez, vuelve a pasar. Siempre.
Lo tengo dicho: tendremos que acostumbrarnos a vivir con menos. No pasa nada. Un coche pequeño mejor que uno grande y una scooter puede sustituir al pequeño. No hay porqué jugar al golf; la petanca es también muy distraída y el viaje al Perito Moreno siempre pueden ser sustituido por las fiestas del pueblo, que son tan divertidas o más. El huerto es una buena y barata opción para proveer la casa de verduras frescas que son más sanas que las carnes rojas y si nos da el terreno para tener unas gallinitas, mejor que mejor. Y a lo nuestro: a clases de Pilates tres veces a la semana, media hora de meditación diaria y a seguir con nuestros hábitos de desayunar nuestra quinoa,  nuestro té verde y nuestro tallito de apio mojado en zumo de tomate ecológico acompañado de dos nueces los domingos. Y a vivir que son dos días. O 120 años, ¿quién sabe?

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 9 de abril de 2018

MÁSTER (& COMMANDER)


MÁSTER (& COMMANDER)




He sido profesor de un máster (Máster del Profesorado de Secundaria) en la Universidad de Valencia durante cinco años y, en base a mi experiencia, me veo en la necesidad de aclarar algunas cosas:

Primero: El curso -como el que cursó Cifuentes- era presencial, lo que significa que la asistencia a las clases es obligatoria. En cada clase se pasaba la hoja de asistencia que firmaban los alumnos. Al final del curso me aseguraba de que ninguno de ellos hubiera faltado a más del 20% de las sesiones so pena de perder el derecho a la evaluación. Esas eran las reglas que nos imponía a principio del curso el coordinador del máster y en su observancia nos conducíamos tanto los profesores como los alumnos. Recuerdo una ocasión (excepcional) de dos alumnas a las que evalué sin alcanzar el 80% de la asistencia, y eso, por instrucción del coordinador que mostró al profesorado un documento de exención de asistencia por haber cursado, o estar cursando, otro máster de contenido homologable. Aún así, las alumnas hubieron de superar las mismas  pruebas a las que se sometió al resto.

Segundo: A cada profesor se nos asignaba un número de alumnos a los que tutorizar el trabajo de fin de máster (TFM), que debían exponer (o simplemente presentar si se optaba solo al aprobado) una vez acreditaban tener todas las asignaturas aprobadas. En ese momento se iniciaba una serie de e-mails y entrevistas alumno-profesor para determinar el título, diseño y desarrollo del trabajo que incluía  todas las sugerencias, comentarios, correcciones o simplemente aprobación por parte del profesor de las distintas partes que el alumno iba redactando. De todo lo cual queda constancia en el correo de la Universidad tanto del alumno como del profesor.

Tercero: Para la evaluación del trabajo de fin de máster (TFM) se constituían unos tribunales formados por tres profesores del máster que debían evaluar un número de alumnos/trabajos a los que habían tutorizado otros (para evitar sesgos o preferencias). Cada trabajo era leído por tres personas diferentes que después, en sesión de evaluación, y tras la presentación del mismo -en su caso-  por parte del alumno, se evaluaba con una nota de 0 a 10. Tras la lectura de los trabajos yo tenía la costumbre de anotar el título, los puntos fuertes, los mejorables y la calificación, ya que tenía que argumentar, discutir, y finalmente consensuar con mis compañeros en la sesión de evaluación la calificación. Aún hoy, cuatro años después, sería capaz de reconstruir el tema, los logros y deficiencias y muchos otros pormenores de cada uno de los trabajos de los alumnos a los que tutoricé y a los que evalué en los tribunales de los que formé parte con solo mirar las anotaciones.

Así de simple. Escribo esto para decirles que no hay nada creíble en este embrollo, que a la Commander no le queda otra salida que la dimisión que, con toda seguridad, tendrá lugar más pronto que tarde; y que el marrón es, principalmente, para la Universidad, que tendrá que investigar quién y por qué ha falsificado documentos oficiales. Solo así conseguirán lavar la credibilidad de quienes sí, en todo momento, cumplimos con nuestra obligación, para con nuestros alumnos y para con la sociedad. Y, por favor, déjense de trampas.

Román Rubio
Abril 2018

martes, 3 de abril de 2018

LOS PERROS DE BENARÉS



LOS PERROS DE BENARÉS



En India, los perros -como las vacas- andan sueltos. En grupos o solos, andan de acá para allá o se tumban a la bartola en cualquier lado: en la cuneta, a la puerta de la tienda o en medio de la calle atestada de tráfico si les viene en gana. Y a nadie se le ocurre espantarlos con una patada o algún gesto más violento que el común bocinazo, como tampoco se hace con un mendigo o un santón de esos que parecen salir del Antiguo Testamento. Los perros no conocen ataduras ni collares. Vagan, fornican, duermen, buscan comida y sombra a su aire. A veces se tumban inmóviles en la calzada y es difícil determinar si están vivos o muertos hasta que el olor o la visita de los cuervos o las avispas entrando por los ojos delatan su estado de tránsito a la reencarnación. No conocen vacuna ni veterinario ni su cuerpo ha conocido el agua aparte del ocasional chapuzón en el riachuelo infecto o en el solo un poco menos infecto Ganges. Nadie les castra ni esteriliza y ni buscan ni huyen de la compañía del humano a quien ven como una criatura hermana de la creación.

El indio es enormemente respetuoso con la vida de los animales, por lo que el número de vegetarianos del país es muy alto. Los hindúes no comen vaca y los musulmanes no comen cerdo. Como son los dos grupos religiosos más numerosos del país parece que hay una entente cordiale de sacar el vacuno y el cerdo de las mesas y las carnicerías, reduciendo la gama al pollo, que muchos, ya puestos, excluyen de su dieta o lo toman en raras ocasiones.

En el extremo animalista de  la India se encuentran los más de cuatro millones de jansenistas. Estrictamente vegetarianos,  la vida de cualquier animal –hasta de los microbios- es igual de importante, cualquiera que sea su estatus en la escala zoológica. Limpian con escobones el terreno que van a pisar para no dañar la vida de los insectos, llevan mascarilla para no tragar involuntariamente mosquito alguno y prefieren comer frutos a otros alimentos cuya obtención suponga la muerte de la planta por lo que no comen nada que se críe por debajo de la tierra,  como patatas o cebollas.

En mi país la gente se atiborra de carne: vacas, cerdos, corderos, pollos y pavos son conducidos a miles diariamente a los mataderos y  los perros van siempre atados (a veces con longanizas) hasta el punto de que no conocen el mundo sin ataduras fuera de la casa. Se les lava regularmente con suaves champús y se les hace manicura, se les lleva al veterinario y tienen su cartilla de vacunación, como los niños (los de aquí, no los de la India). Se les da de comer una dieta equilibrada que incluye paella los domingos, se les castra o esteriliza sin su consentimiento y la mayoría muere sin conocer los arrebatos de la fornicación. También se les niega el derecho a la muerte natural. Para evitar el sufrimiento (mayormente del dueño, al verlo morir) se le administra la eutanasia sin necesidad de consentimiento  del interesado.

¿Y los humanos? A falta de una vida con sentido, los dueños de los perros, consumidores entusiastas de trankimacines y orfidales, parecen encontrarse en continua terapia. Y no me refiero a aquellos que lamentablemente están recibiendo las temidas quimio y radio, no. Hablo de los que reciben la hidroterapia de las aguas sin estar enfermos o son objeto de los placenteros beneficios de la talasoterapia (que viene a ser lo mismo, pero de mar), la  masoterapia de los masajes sin estar ni siquiera cansados, la aromaterapia de las esencias para regular el estado emocional (quebradizo, por lo general), las enigmáticas  chocoterapia (curación con chocolate) ¿?,  cromoterapia (curación con el uso del color) ¿?, crioterapia (uso del frío) o la equinoterapia o tratamiento por contacto con caballería.   Algunos otros se inclinan por la ozonoterapia para ver de sortear sus inconcretas aflicciones y otros por la musicoterapia (algo que ya sabíamos los de mi generación cuando nos encerrábamos tardes enteras en la habitación con el último de los Stones), o la risoterapia, que consiste, según creo, en reír y reír sin gana para obtener así el efecto catártico de la risa liberadora. En definitiva, comer sin hambre, beber sin sed, fornicar sin deseo y dormir sin sueño ni cansancio.

Y digo yo: si los perros de Benarés supieran de este mundo de amos en terapias varias, peluquerías, cadenas y collares, vacunas, comida segura, castraciones y eutanasia por decreto, ¿creen que se cambiarían? Quizá sí, pero no estoy seguro.

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 19 de marzo de 2018

LA CULTURA DE LA QUEJA



LA CULTURA DE LA QUEJA


No sé ustedes pero yo tengo amigos (sobre todo digitales) que se pasan el día, ¿qué digo el día?, la vida, quejándose. De la (malísima) atención médica, del copago de 1,2€ por caja de su medicación crónica que tiene para 50 días; de que las bicicletas vayan por las aceras -aunque nunca les hayan ni siquiera rozado-, de que las bicicletas vayan por los carriles bici ocupando sitio de otros vehículos, de que las bicicletas existan; de que solo les suban un 2.5% el sueldo, digo pensión, de dos mil y pico euros que llevan cobrando desde los cincuenta y dos años de edad en que su empresa acometió el ERE de los rajás; de que los políticos se perpetúen en los cargos, de que  se retiren de la política e inicien exitosas carreras en el sector privado; de que haya coches, de que haya muchos coches, de que a su coche le pongan multas, impuestos o restricciones por emisiones o lo que sea; de que los vecinos hagan ruido, de que el piso de arriba esté vacío y golpee la ventana con el aire; de que haya un restaurante en el bajo de su finca que produce olores, de que no haya un restaurante en el bajo de su finca donde tomar algo mientras ve el fútbol;  de que haya tantos chinos, de que haya tantos moros, de que no encuentran muchacha extranjera que cuide de su madre, del deterioro cognitivo de su progenitora, de la pensión de su progenitora (insuficiente para pagar a la mujer extranjera que la habría de cuidar), de lo mal que los demás (nunca ellos) gestionan todo aquello que les rodea -la finca, el municipio, la autonomía, la nación y el mundo en general-. Se quejan de todo eso y de muchas otras cosas. De todo a la vez y continuamente.

Y te lo transmiten de continuo buscando tu aquiescencia y aprobación. La queja es una liberación de la ira del quejica y una perversión: se trata de hacer que el  interlocutor comparta su propia ira sabiendo que no puede hacer nada para evitar el problema. El quejica quiere trasladarte el mal rollo involucrándote en su propio enfado para descargar así parte del suyo. ¿Quieren mi consejo? Huyan, huyan del quejica profesional y sistemático. Son, como dicen por ahí afuera, unos passion killers; peor que la lencería de esparto. Su único objetivo es hacer la vida más ácida, indignada e infeliz contagiando a todo quisqui su perpetuo estado de irascibilidad.

Para contrarrestar tan molestos tocapelotas, en el otro lado del espectro digital tenemos a los snowflakes o copitos de nieve. Estos te inundan con mensajes optimistas de blanda psicología positivista al estilo de: “Eres un copo de nieve único y diferente a los demás”, “todo está al alcance de tu increíble capacidad”, “tú te lo mereces todo y más” “eres maravilloso” y “no importa el número de fracasos. Es solo que tu idea de éxito es errónea”.  Aunque tengas que vivir en un barril. Si le fue bien a Diógenes…

Y hablando de quejas, quejicas y quejones: Robert Hughes, en la ya lejana fecha de 1994, publicó el libro La cultura de la queja (Anagrama) sobre la epidemia norteamericana de la reclamación. Aquí un par de curiosos ejemplos:

Una mujer de 79 años logró unos 700.000 dólares como indemnización de la cadena McDonald’s por haberse producido quemaduras en los muslos al caérsele encima un café comprado en una de sus tiendas… mientras iba conduciendo. Se ganó el pleito y la indemnización  alegando que en el vaso de polietileno no se informaba de que estaba caliente.
Un tal Grazinski, de Oklahoma, demandó al fabricante de su caravana Winnebago por salirse de la carretera tras programar una velocidad constante de 100 km/h e ir a la parte de atrás a prepararse un café mientras iba en marcha. La reclamación se basó en que en el manual no se especificaba que el programador de velocidad no era un piloto automático y, claro, se salió en la primera curva. Consiguió 1.750.000$ y una caravana nueva como indemnización.
Estos quejicas sí que son listos y no otros que yo me sé. O el mundo está loco, loco.


Román Rubio
Marzo 2018