lunes, 10 de septiembre de 2018

IDEAS CLARAS



IDEAS CLARAS




En la primavera de 2007 presencié por televisión un debate para las elecciones presidenciales francesas entre la socialista Ségolène Royal y el candidato derechista Nicolas Sarkocy. Cuando terminó el debate yo tenía la convicción de que el presidente de la República sería Sarkocy. La elegante y elocuente socialista presentaba un programa progresista y sólido y andaba bien en el debate, hasta que el astuto Petit Napoleon la acorraló con una pregunta: “Señora Royale, ¿está usted a favor o en contra de la energía nuclear?”, pregunta a la que la candidata empezó a contestar con vaguedades aludiendo a la “cesta energética” y cosas así. La pregunta volvía a caer una y otra vez como coz en cristalería. “Sí, sí, eso ya lo sabemos, pero ¿está usted a favor o en contra de que Francia siga con su programa nuclear? Y vuelta con las vaguedades de la “cesta energética”. La postura de la candidata era difícil. Por una parte, un número importante de su electorado estaba a favor del cambio de modelo hacia las renovables. Por otra, Francia es el país con mayor número de centrales nucleares por habitante, capaces de garantizar la autonomía energética, con una tecnología propia (y exportable) y de la que depende gran número de empleos. Ganó Sarkocy. En aquel momento comprendí que no es que los franceses prefiriesen la energía atómica a otra clase de energía. Los franceses querían que su presidente fuera capaz de decir sí o no. Sin ambages ni medias tintas.

En este mar de indefinición, entre el sí, el no, el depende, y el sí pero no —a lo Ségolène— anda de lleno este gobierno. No soy politólogo, pero intuyo que lo pagará.

Hace una semana o así que la ministra de defensa anunció a bombo y platillo que no serviría el encargo de 400 bombas de fabricación española a Arabia Saudita por su presunto uso en el conflicto de Yemen, para, a la semana siguiente, caerse del guindo y darse cuenta de que hay un encargo de cinco corbetas a Navantia por valor de 1.800 millones que garantizan el empleo durante años de miles de trabajadores en la zona de mayor número de parados de España. ¿Pero, no lo sabía la ministra? Y si lo sabía, si no es ético que España venda bombas a los saudíes, ¿lo es que venda barcos de guerra? Ya estamos con el sí, pero no. O es ético o no lo es. Y si no lo es, pues construyan cruceros, oiga. O cállense.

Durante toda la gestión de Rajoy, el PSOE y Podemos se dedicaron a maldecir la instalación de concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla. Son peligrosas y hieren a quien intenta saltarlas. Es así. Con ese propósito se diseñaron. Hasta que han llegado al poder y se han encontrado con las avalanchas de inmigrantes, momento en que las concertinas parecen ser menos hirientes y las devoluciones en caliente ya no son tan antihumanitarias. Eso, o encontrar acomodo y ser capaces de proporcionar un trabajo y un futuro a todo el que quiera venir. ¿Eres capaz de hacerlo?
Al principio del verano, Valencia (y el gobierno de España) se ofreció para acoger al barco de Aquarius, de la ONG Open Arms, con 600 inmigrantes a bordo, al que Italia y Malta habían negado la acogida. Se preparó un gran recibimiento con televisiones, radios, vítores, bombos y platillos. Al fin, gobierno y opinión pública andaban aunados en feliz sintonía. En ese mismo fin de semana, Salvamento Marítimo rescató a 982 personas que viajaban en 69 pateras en aguas del Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán. Entre ellos, cuatro cadáveres. Sin focos ni clarines. ¿Y qué hay de los barcos y los fuegos de artificio?

¿Y con Cataluña? Todos sabemos que el asunto de la permanencia de Cataluña en España tiene difícil solución. Esta pasaría por convocar un referéndum y ganarlo. Hay otra salida (transitoria): negarse a hacerlo —por anticonstitucional—. Y uno se sitúa en una u otra posición. Pues bien; el gobierno de Sánchez ha elegido la vía Ségoléne —de sí, pero no—. Vamos a hacerlo, pero este va a ser de autogobierno, no de autodeterminación ¿?, consiguiendo solo enzarzarse en una pintoresca discusión de vodevil, lo que puede que amenice la función, pero lo que es solucionar, nada de nada.

Lo siento. Me prometí no hablar de política y ya me estoy traicionando. No volverá a ocurrir (creo). Que tengan un feliz —y caliente— otoño.

Román Rubio

Septiembre 2018

miércoles, 5 de septiembre de 2018

ANUNCIOS POR PALABRAS


ANUNCIOS POR PALABRAS





“SE BUSCAN HOMBRES para viaje peligroso, sueldo bajo, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante. Retorno con vida no garantizado, honor y reconocimiento en caso de éxito.


Este desmotivador anuncio puso Shackleton en los periódicos londinenses un día de 1914 con el propósito de seleccionar a los hombres que habrían de acompañarle a su épica exploración antártica Endurance, sin mencionarla. Recibió más de cinco mil solicitudes (incluidas las de tres señoritas deportistas) entre las que habría de seleccionar a las pocas decenas que habrían de formar parte de la que sería una de las más famosas exploraciones antárticas. La expedición no consiguió su objetivo de atravesar el continente pasando por el polo, pero ha pasado a la historia como un episodio único de heroísmo y supervivencia, en la que la totalidad de la tripulación regresó sana y salva tras perder el barco, aprisionado y roto por el hielo y pasar dos inviernos en las soledades antárticas.




Hace no mucho que apareció un anuncio de trabajo en la prensa inglesa con evocaciones mucho menos épicas, pero con algún punto en común.


Philip Blackwell es fundador de una compañía que se llama Ultimate Library (La biblioteca definitiva), especializada en crear bibliotecas y librerías con contenidos diseñados ad hoc para grandes hoteles, casas de campo, cruceros y resorts turísticos exclusivos a lo largo y ancho del mundo. El personaje, que vendió en 2006 la cadena de librerías (Blackwell’s) que había pertenecido a su familia, se dedica en su nueva empresa a diseñar y proporcionar las colecciones de libros que considera más apropiadas para cada uno de esos selectos y caros lugares de esparcimiento (ignorando, como buen caballero tozudo escocés, que lo primero que hoy pregunta cualquier huésped es la clave para el wifi).
Sea como fuere, la compañía necesitaba de un librero para atender el punto de venta y préstamo de Soneva Fushi, un complejo hotelero exclusivo en la isla Kunfunadhoo, en las Maldivas, en el que el precio de la cabaña oscila entre los $2.000 y los $26.000 la noche, para lo que se anunció con los siguientes argumentos:

«Se necesita “librero descalzo” para atender librería en Soneva Fushi, en las Maldivas. El salario es irrisorio, pero los incentivos adicionales son imbatibles (the pay is derisory but the fringe benefits unparalleled).Mínima estancia, tres meses».

Si bien es cierto que en esta ocasión no se anunciaban peligros continuos, frío extremo, largos meses de oscuridad total y retorno dudoso, la oferta de paga escasa —como la de Shackleton hace un siglo— tuvo un éxito extraordinario, convirtiéndose el anuncio en viral. Según Blackwell, se han recibido miles de currículos de 40 países diferentes. Se trata de gentes de entre 18 y 83 años, provenientes de contextos laborales tan diferentes como la banca, la poesía, la biología o el surf (comprensible, por otra parte), incluyendo la solicitud de un miembro del equipo de prensa de la Casa Blanca (también comprensible). No sé exactamente qué es lo que busca el de Washington, pero me creo capaz de adivinar de qué huye.

Yo mismo envié mi propia solicitud. Quiero comprobar si hay un mundo más allá de el de los lazos amarillos y de un lugar al que llaman Valle de los Caídos, en el que creo que estuve una vez, pero no estoy seguro.

Román Rubio
Septiembre 2018

P.D. Acabo de enterarme de que han llamado a los quince preseleccionados para una entrevista en Londres y yo no estoy entre ellos. Lástima. Me quedaré sin saber si hay vida más allá de Waterloo. Para Napoleón no la hubo.

jueves, 30 de agosto de 2018

LOST IN TRASLATION



                                                                LOST IN TRASLATION




En la película de Sofia Coppola, el elemento cómico era lo que se perdía en la traducción entre el director japonés del spot y Bob, un actor maduro, interpretado por Bill Murray, que debía rodar unos anuncios de un preciado whisky en Tokio. Pero, en realidad, el título era una parábola que aludía a la vida de dos personajes perdidos, Bob y Charlotte (Scarlett Johansson), no solo en la traducción y en una sociedad indescifrable como la japonesa sino, sobre todo, en las soledades de sus propias vidas erráticas.

Es cierto que, en ocasiones, se pierden muchos matices en la traducción. A veces, de manera intencionada (e interesada) por alguna de las partes. Les pondré un ejemplo:
El territorio de Nueva Zelanda pasó a formar parte del Imperio Británico con el estatus de colonia en el año 1840, en el que, por medio del Tratado de Waitagui, los jefes maoríes de la Isla Norte se sometieron, de manera más o menos voluntaria, a la autoridad de la Reina Victoria. El documento, como es común, se redactó en las dos lenguas: en inglés y en maorí. Mientras en la lengua de los maoríes se podía leer que “los maoríes aceptan la permanencia de los británicos a costa de la protección permanente de la corona”, en la versión inglesa se leía que “los maoríes se someten a la corona a cambio de su protección”. Todo por un quítame esas pajas con la palabra kawanatanga y sus ambigüedades. Para unos, significaba “aceptar la permanencia” y para otros “sometimiento”. Los británicos, como tantas otras veces, arrimando el ascua a su sardina.

Hace poco que los abogados de Puigdemont presentaron una demanda civil contra el juez del Tribunal Supremo Pablo Llanera en un juzgado belga por cuestionar (según el escrito de demanda) la presunción de inocencia del demandante. Para justificar la tesis del prejuicio del juez hacia su persona, se traduce al francés la frase de Llanera de “si es que esto ha sido así” por “Et oui c’est qui sést produit”, lo que se podría traducir como “y sí, como así ha sido” o “como en efecto sucedió”, lo que vendría a demostrar el supuesto prejuicio del juez.
Nadie, repito, nadie que no tenga la intención de tergiversar el sentido de una frase, confundiría el “si” (condicional) francés con el “oui” (afirmativo), de la misma manera que en inglés nadie, repito, nadie confundiría el “if” (condicional) con el “yes” (afirmativo). Es así. Se lo aseguro. Se lo digo yo y se lo confirmará cualquiera que tenga el mínimo conocimiento de estas lenguas y algo de honestidad.

Aclarando: si un presidente del Atlético de Madrid en un jacuzzi, con cadena de oro de grosor como el dedo gordo al cuello, dice “estentóreo” donde debía decir “ostentoso” no deja de ser una pintoresca y divertida anécdota. Cuando uno escribe “mujer adúltera” en vez de “mujer adulta” en los papeles de tramitación de un divorcio, podemos decir con seguridad que el desliz es intencionado —y hasta con mala leche—, ¿o no?

Cosas de pillastres, tramposetes y rufianillos que cuando dijeron digo dicen Diego (si alguien se da cuenta). Menos mal que hay profesores jubilados vigilantes. ¡Vivan los profesores jubilados!

Román Rubio
Agosto 2018

jueves, 23 de agosto de 2018

IF YOU’RE GOING TO SAN FRANCISCO


IF YOU’RE GOING TO SAN FRANCISCO
be sure to wear some flowers in yor head




El 27 de diciembre de 2007, quien hojeó el Sunday New York Times se encontró con un curioso anuncio a toda página con la leyenda: “War is Over! If you want it”. Era Yoko Ono quien había encargado (y pagado) el nada barato recordatorio de aquella iniciativa de 40 años antes, en que ella y Lennon habían exhibido vallas publicitarias con esa misma leyenda en los puntos más céntricos de Nueva York, Londres, Hollywood, París, Roma, Berlín, Atenas y Tokyo. Era el momento más álgido de la guerra de Vietnam. Debajo, en letras mucho más pequeñas, se leía: “Happy Christmas, John and Yoko”.

   Quien compró el San Francisco Chronicle del viernes 13 de julio de 2018 también se encontró con un texto a toda página pagado por una mujer, que no era Yoko Ono. El contenido era mucho más largo y mucho menos altruista.
   El texto decía así:

¡VIGILAD VUESTRAS ESPALDAS! Nadie lo hace por ti.
… como si tropezar con jeringas usadas y suciedad en Maiden Lane no fuera bastante malo…
Hace poco fui a Neimar Marcus, en Geary Street, y entré al Fresh Market Cafe a comer un sándwich. Estaba sentada en una mesa dando la espalda al mostrador de comida. Por encima de mi hombro derecho, detrás de mí, advertí la presencia de un joven “homeless” actuando silenciosamente, de manera extraña y tratando de mirar por encima del mostrador de comida. Me llamó la atención lo fuera de contexto que estaba y me pregunté cómo pudo llegar tan adentro de la cafetería.
Me sentí incómoda después de unos minutos y temiendo que me robara el bolso, me levanté, agarré el bolso y me cambié de mesa. Me giré y vi a este “homeless” blandiendo unas grandes TIJERAS que abría y cerraba de manera errática, ¡antes lo había hecho a mis espaldas! Horrorizada, grité a la camarera y me apresuré al otro lado del restaurante. Mientras esperábamos pacientemente a los de seguridad, esta persona indigente y psicótica tomó un vaso de agua y salió por la puerta a Geary Street blandiendo las tijeras.
Las autoridades de San Francisco y aquellos responsables de nuestra seguridad nos han estado defraudando, rebajando las expectativas al mínimo. Nosotros, los miembros de la sociedad que contribuimos de manera responsable pagando nuestros impuestos, hemos visto nuestra calidad de vida como ciudadanos de San Francisco, seria y peligrosamente rebajada.
Sentaos con la espalda pegada a la pared, paisanos.

Firmado,
Mujer disgustada anónima residente en San Francisco (por ahora)


   Y, díganme: Teniendo en cuenta que el precio por la compra de una página entera del Chronicle ronda los 30.000 dólares, ¿no es el colmo del narcisismo gastarse esa cantidad para denunciar una situación en la que una tiene un casi-encontronazo con alguien que la hace sentir incómoda, pero que, en realidad, no llega a tocarla, ni siquiera a hablarle y mucho menos a robarte el bolso?
   Treinta mil dólares es lo que viene a ganar al año un ciudadano de San Francisco que ronde el salario mínimo: $15 a la hora x 40 horas a la semana x 50 semanas al año hacen exactamente $30.000 brutos. O, visto de otro modo: con el precio del anuncio, la dama podía haber comprado 1875 sándwiches de pavo con sirope de arce glaseado (especialidad de la casa, al precio de $16 la unidad) para dar un buen almuerzo a la mitad de los indigentes de la ciudad.
   Ya ven: hay damas y damas.


   Román Rubio
   Agosto 2018

P.D. San Francisco, por su proximidad a Silicon Valley (centro mundial de la industria digital), es uno de los lugares más caros del mundo para vivir. El alquiler de un estudio en la ciudad ronda los $2800 mensuales (más de 2400€), cifra que no todo el mundo se puede permitir. Esa es una causa (no la única) de que haya una cantidad de indigentes mayor que en otras ciudades americanas.

viernes, 17 de agosto de 2018

NÚMEROS Y CIFRAS


NÚMEROS Y CIFRAS





Deway Johnson es un ciudadano americano de 46 años que en el año 2012 estuvo trabajando como jardinero en las escuelas públicas de Benicia, localidad al norte de San Francisco. Dos años después, tras cubrírsele de póstulas el cuerpo, un médico le diagnosticó un linfoma No Hodking. El hombre culpó al herbicida Roundup, de Monsanto, -que, como jardinero, usaba con frecuencia- de ser el agente causante de sus problemas médicos. En concreto, al glifosato, su principio activo. Y denunció al fabricante como culpable de su enfermedad terminal, por no avisar convenientemente de las propiedades cancerígenas del producto.
Sea o no cancerígeno el agente activo del herbicida, lo cierto es que la empresa fabricante (Bayer, que había absorbido a Monsanto un año antes por un precio de 66.000 millones de dólares) ha sido condenada por un tribunal californiano a pagar al denunciante (enfermo, pero vivo) la interesante cantidad de 389 millones de dólares; 250 millones por daños y 39 como compensación. ¿Mucho, poco? Pues, depende. ¿Cuánto vale una vida humana?

Italia ha vivido una tragedia los últimos días. Un trozo del viaducto Morandi, que se elevaba hasta a 90 metros sobre los arrabales de Génova ha colapsado llevándose con él a tres camiones y una treintena de coches, contabilizándose -por el momento- 38 muertos y unas decenas de heridos, algunos de ellos, graves. El ministro de infraestructuras Danilo Toninelli informó a través de Facebook que el gobierno ha activado el procedimiento para la posible revocación de concesiones, y para imponer multas de hasta 150 millones de euros.

¿Ven la diferencia? El americano, todavía vivo, obtiene 389 millones de dólares de la empresa productora del herbicida como compensación por una “posible” causa provocadora de su enfermedad. La responsabilidad por las víctimas en Italia se evalúa en “solo”150 millones de euros -unos cuatro millones por víctima mortal- como causante “segura” del accidente por deficiente mantenimiento. A expensas, claro está, de la batalla que les queda por disputar en los tribunales con las aseguradoras.
¿Y cuál es el valor monetario de cada una de las víctimas migrantes por ahogamiento o hipotermia en las aguas del Mediterráneo? Cero. La vida humana vale lo que vale, y cuesta lo que cuesta, dependiendo del pasaporte. Lo dijo el poeta: “Todo necio confunde valor y precio”.

Más números (y más pasaportes). A los coreanos, una vez liberados del dominio japonés y acabada la guerra (1950-1953) les ha crecido la cabeza, según un estudio de la Universidad de Corea. Los coreanos nacidos en la década de los 70 tienen una capacidad craneal 90 mililitros superior a los nacidos en 1930. Mejor nutridos, más ricos y más cabezones. Claro, que el estudio se ha hecho con los coreanos del sur. A los del norte -no incluidos en el estudio- parece haberles aumentado solo el ancho de los pantalones y la altura de la línea del nacimiento del cabello en su región parietal (por encima de las orejas). Vean si no, la imagen del Amado Líder.


Román Rubio
Agosto 2018

domingo, 12 de agosto de 2018

MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER



MAMÁ, QUIERO SER INFLUENCER



Recuerdo un tiempo en que las gentes querían ser algo: los chicos, futbolistas, bomberos y astronautas (ya no toreros o misioneros, como sus abuelos) y las chicas querían ser juezas, médicas o maestras. Todos parecen haberlo conseguido, sobre todo ellas, porque en el Real Madrid y en la NASA caben los que caben, que no son muchos y a alguno que otro lo han reciclado de ministro.
Después vino aquello de “mamá, quiero ser artista” y el mundo se llenó de programas tipo Operación Triunfo y su fórmula internacional American Idol (que duró hasta que el mundo se convirtió en una inmensa cocina). Lo de “artista” fue degenerando en lo de “famosa” o “famoso” por la sencilla razón de que para ser artista hay que dominar un arte, y ello exige talento y mucho esfuerzo y sacrificio, y, claro, eso se sale de la paleta de colores de muchos postulantes. Lo del famoso, sin embargo, es mucho más cómodo. Uno/a va a un plató, pela a alguien, lo pelan a él/a ella y a cobrar.

Pero eso ya no mola nada. El público es el que es, y los milennials no están por la labor de seguir a los famosetes del papel couché, que solo interesan a un puñado de mujeres de cierta edad y condición que hojean el Pronto en la Piscina Municipal. Hoy hay que triunfar en Internet: en Instagram, en Youtube o, al menos, en un blog. O, mejor, en todo a la vez. Hemos entrado en la era de los/las influencers.

Influencers ha habido siempre. En mi época juvenil éramos unos cuantos que, en vez de comprar la ropa en las boutiques o en El Corte Inglés, lo hacíamos en los mercadillos, de modo que vestíamos camisas americanas de cuarta mano compradas a veinte duros e influenciábamos a los cuatro o cinco amigotes de nuestro entorno que, a su vez, nos influenciaban a nosotros. Algunos recalcitrantes, tipo Aznar o Zaplana, no se dejaban “influenciar” y compraban Fred Perry y mocasines Castellano y al cabo de los años se hicieron los amos del garbanzal, pero eso es otra historia.

Hoy, influencer se ha convertido en una carrera. Como lo oyen. La Universidad Autónoma de Madrid ha diseñado un máster de 500 horas que, con el desvelador nombre de Intelligence influencers. Fashion and Beauty, quieren formar a las futuras Dulceidas, Lauras Escanes y demás pimpollos de la influencia (que no de la influenza, sea esta española, aviar o común).

Ágatha Ruiz de la Prada será la presidenta del curso y dará una master class cada dos semanas auxiliada por afamados estilistas y diseñadores, y los directores del curso son el polifacético Manuel Torrents y el catedrático de Psicología Manuel de Juan. Este último dice que los docentes buscan darles a los influencers “formación con seriedad y rigor, porque son a priori gente que tiene mucho poder, y si no les enseñas a manejarlo, es muy peligroso”. ¿De verdad, señor catedrático que nos va usted a preservar del “peligro” de los influencers, (¡uy, qué miedo!), y que va a enseñarles a manejar tanto poder, usted que ha tenido tan poco?, (en las redes, se entiende).

Dos detalles: el primero, que para apuntarse al máster no hace falta ser graduado universitario, ni siquiera tener aprobado el Selectivo, lo que ya es bajar el nivel. El segundo es que es presencial, pero también puede seguirse online, bajo la fórmula de virtual classroom, que es muy cómodo y pueden hacerlo hasta los ocupadísimos cuadros del PP.

Ah, y no pone el precio por ningún lado. ¿Será gratis? Corro a apuntarme. Ya les diré cómo me va.


Román Rubio
Agosto 2018

martes, 7 de agosto de 2018

LOS NÚMEROS CANTAN


LOS NÚMEROS CANTAN




   El ciclista francés de origen español Armand de las Cuevas, gregario de aquel intratable Indurain de los 90, ha sido encontrado muerto en la isla Reunión, en el Índico, donde residía. El motivo de la muerte: suicidio. Tenía 50 años.
   Pantani, El Pirata, escalador audaz y pintoresco fue encontrado muerto en una habitación de hotel, en Rímini un día de febrero de 2004 rodeado de cajas vacías de antidepresivos que consumía con afán. Tenía 34 años. Un año antes, el Chava Jiménez, también escalador de los que gustaba poner en un brete a los figurones, amigo de Pantani, había fallecido a los 32 años en circunstancias casi idénticas.
   El conquense de Priego, Luis Ocaña, hispanofrancés, ganador del Tour del 73 —por delante de Eddy Merckx, que ya es decir— se saltó la tapa de los sesos con su escopeta de caza en su casa del sur de Francia a los 48 años.
 Otros nombres del ciclismo que consumaron el suicidio o coquetearon con él son Iván Gutiérrez (once intentos), Dimitri de Fauwn, que se quitó la vida al no poder superar el trauma que supuso la muerte accidental del español Isaac Gálvez y la infortunada Consuelo Álvarez, Cheli, campeona española de fondo en carretera que se mató cuando se le negó la beca del programa ADO 92 que había de llevarla a la Olimpiada de Barcelona.
     No hay explicación estadística. Son demasiados los ciclistas que no han podido, no han querido o no han conseguido encontrar un sentido a su esforzada existencia fuera de la aún más esforzada carretera.

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   Arturo Vidal, chileno, nuevo fichaje del Barça aparece en la prensa junto a su Ferrari, despachurrado en una cuneta santiaguina. A los casos infortunados de Juanito, Laurie Cunningham o Rommel Fernández, todos ellos bien conocidos por el público español, que dejaron su vida en la carretera, se suman los tragicómicos de los Cristianos, Benzemas, Neymares y compañía que se empeñaron en estrellar sus Ferraris, Lamborghinis o lo que quiera que conduzcan esos tipos contra vallas, paredes, árboles y otros obstáculos más o menos móviles. Entre ellos, dos figuras: Ever Banega y Wayne Rooney. El primero consiguió dos proezas con su flamante Ferrari: ser atropellado por su propio coche (que ya es difícil), con el nada chistoso resultado de tibia y peroné fracturados, y lograr que la máquina se le incendiara en plena marcha (que no es fácil) de camino al entrenamiento con el Valencia. Pero por encima de todos está Rooney. El de Liverpool ha enviado al desguace (o al chapista) un Lamborghini Gallardo, un Aston Martin, un Range Rover y un BMW. De momento.
   De verdad. Lo de los futbolistas tampoco es normal. Se escapa a todo planteamiento estadístico o de sentido común. Pero los números son así de tozudos.

   Otro día les hablaré de otro parámetro que por sus cifras me ha llamado la atención: la facilidad para encontrar ayuntamiento en las cárceles españolas, de las que, al parecer, se entra solo y se sale emparejado. Un milagro. Esta semana han salido en la prensa los casos del etarra Santi Potros y el violador y asesino Guillermo Fernández Bueno, pero hay más, muchos más. Y si tengo ganas (y el interés suficiente) algún día se los contaré.

Buen verano.

Román Rubio
Agosto 2018

sábado, 28 de julio de 2018

“CAPACIDADES DIFERENTES”



“CAPACIDADES DIFERENTES”


Lo acabo de leer en un periódico: «El Centro Educativo Juez Rotenberg (JRC) de Massachusetts castiga a sus alumnos de “capacidades diferentes” utilizando un tratamiento similar desde hace 30 años» (las comillas de la expresión en cursiva son mías). Me ha saltado a la vista la expresión alumnos de “capacidades diferentes” para referirse a “discapacitados”. El campo de las minusvalías físicas, psíquicas y sensoriales es el “otro” gran campo semántico (junto con el del feminismo y el de la raza) en el que la dimensión connotativa de las palabras se desgasta más rápidamente. Veamos:

La diversidad funcional (física, psíquica y sensorial) está pugnando por sustituir a lo que hasta hace unos días era una discapacitación. El término discapacitado, que había sido sustituido por la perífrasis persona discapacitada —por razones que se me escapan— había venido para quedarse en sustitución de las desgastadas minusvalía o minusválido que, por acarrear consigo el prefijo minus (que denota merma, carencia o disminución), parece molestar a aquellos que se inclinan por usar el concepto, más neutro, de diverso o diferente.
En un artículo anterior titulado Eufemismos expliqué como en el año 1968 el entonces gobierno franquista promulgó un Decreto Ley con el objetivo expreso de regular y potenciar la protección del menor con taras o minusvalías psíquicas o físicas. Se trata del Decreto 2421/1868 del 20 de septiembre, en cuyo preámbulo se puede leer: “(…) Un programa de protección a los menores subnormales debe atender a su bienestar y rehabilitación, protegiendo, ayudando y reeducando al deficiente o disminuido para hacer efectivas (…)”. ¿Subnormales?, ¿deficiente?, ¿disminuido? ¿Trata la ley acaso de vilipendiar y humillar cruelmente a un colectivo ya de por sí tan vulnerable y en tan clara desventaja? En absoluto. La iniciativa trataba de “proteger” al desventajado menor. En cuanto al término subnormal, no dejaba de ser en la época un eufemismo adoptado para neutralizar los ya enormemente peyorativos, idiota o imbécil, comunes en manuales de psiquiatría del siglo XIX y principios del XX.
Siempre ocurre lo mismo: las palabras que designan cosas no deseables son sustituidas por otras, más neutras, que pronto se impregnan de la misma connotación negativa.

Pero volvamos al caso de Massachusetts: de nada les sirve a  los “alumnos de capacidades diferentes” tener un apelativo tan decoroso mientras  tienen la desgracia de ser los únicos del país en ser castigados o “tratados” con descargas eléctricas como método de modificación de conducta, en una conductista y brutal “terapia de aversión” avalada por una jueza y con la connivencia y aprobación de los familiares de los desventurados, pese a las protestas de la Unión Americana por las Libertades Civiles (ACLU, por sus siglas en inglés).  De lo que se deduce que las palabras pueden no ser sino envoltorios, celofanes con los que los que los devotos del papanatismo gustan de envolver su necedad. Imagino que a muchos de los internos les importará menos como se les llama que el hecho de recibir una descarga eléctrica cada vez que, por ejemplo, se niegan a quitarse el abrigo en el comedor, ¡digo yo!

He encontrado un diccionario de observancia de la corrección política en el inglés americano. Ahí van unos pocos ejemplos:
Melanin impoverished (Pobre en melanina)                        Blanco
Numerically challenged grup (Grupo numéricamente amenazado)          Minoría
Sewing machine operator (Operador/a de máquina de coser           Modista/modisto
Snow person (Persona de nieve)           Muñeco/hombre de nieve
Young female person (Persona femenina joven)     Chica (sustitutivo de girl)
Optically inconvenienced/ Optically challenged (Ópticamente mermado)     Ciego
Client of the correctional system  (Cliente del sistema correccional)           Preso

 Échenle un vistazo. No tiene desperdicio.


Román Rubio
Julio 2018

lunes, 23 de julio de 2018

¿HABLAS INGLÉS?



¿HABLAS INGLÉS?






Países Bajos 71.45   Suecia  70.40        Dinamarca  69.93    Noruega 67.97
Finlandia 65.83          Luxemburgo 64.57   Alemania 62.53    Austria 62.18
Polonia 62.07            Bélgica 61.58        Suiza 60.95               Servia 59.37 
Rumanía 59.13          Portugal 58.63     Hungría 58.61          Rep. Checa 57.87
Eslovaquia 57.63       Bulgaria 57.34      Grecia 57.14            Lituania 57.08
España 56.06            Francia 54.39      Italia 54.19               Rusia 52.19
Ucrania 50.91            Turquía 47.79
     


   “¿Qué es un español?” “Un ciudadano que está estudiando permanentemente inglés”
   Esta podría ser una buena (aunque incompleta) definición del español. Se podría añadir que “con mediocres resultados”. Aún así, aceptando la evidencia de la escasa o nula competencia lingüística del español en lenguas foráneas, y en particular en el inglés, me gustaría hacer unas puntualizaciones:
   1ª.- No somos, aunque hacemos esfuerzos, los peores. Los franceses y los italianos aún obtienen peores resultados que nosotros en su competencia en lengua inglesa. Es curioso que al español, consciente de su incapacidad para con el inglés, le resulta chocante el dato. Es cierto. Los franceses, por rivalidad y mal disimulada animadversión hacia lo del otro lado del canal (de La Mancha o Inglés, según del lado del que se mire), y los italianos, por lo que sea, tienen el dudoso honor de hablar inglés peor que nosotros.
   2ª.- Por muy mal que hablemos nosotros el inglés y por muy requetemal que lo hagan franceses e italianos, no llegamos ni a la suela de los zapatos al nivel de (in)competencia que los ingleses (y los americanos, ya que nos ponemos) manifiestan a la hora de hablar lenguas de raíz latina como el español, francés o italiano. Lo hablan poquísimos. Y cuando lo hacen, es con un acento tal, que no se sabe si se trata de Juanito Navarro haciendo de Mrs. Croquet, o alguien de Doncaster intentando imitar a Juanito Navarro haciendo de Mrs Croquet, con indicaciones morfosintácticas de Gomaespuma.
   La primera reacción, muy generalizada, es la de culpar al sistema educativo. Que si es ineficaz, que si incide en aspectos gramaticales y formales más que en el comunicativo, etc, etc. Algo de razón tendrán, digo yo; pero no mucha. Los franceses y los italianos parecen empeñarse en contradecir a los vilipendiadores de nuestro sistema educativo. Y, sobre todo, los ingleses. Si el sistema educativo español es ineficaz, ¿qué decir del francés o del italiano? ¿Y del inglés?

   Voy a dar, pues, mis razones, basadas en mi larga experiencia como profesor de lenguas:
   1ª.- La facilidad para el aprendizaje de las lenguas extranjeras depende, sobre todo, de la cercanía entre estas. Obsérvese que los países mejores en inglés (Países Bajos, y países escandinavos) tienen como propia una lengua de origen germánico, próxima al inglés. Si la lingua franca fuera el italiano, nosotros, los españoles, tendríamos una competencia superior que, digamos, los daneses.
   2ª.- Aprenden más y mejor una lengua extranjera los ciudadanos de aquellos países cuya lengua tiene poca presencia internacional. Los holandeses y los suecos, por ejemplo. Los españoles y los franceses, cuyas lenguas tienen una proyección global, sienten una menor “necesidad vital”.
   3ª.- Ayuda mucho el hecho de que no se doble el material audiovisual como películas y televisión. Esta circunstancia explicaría por qué Portugal o Rumanía (ambos países de lenguas románicas, como nosotros) aventajen a España por unos cuantos largos (los niños que ven sus dibujos en inglés, subtitulados en su idioma, aprenden la lengua extranjera al tiempo que aprenden a leer la suya).

   Estas son, pues, las razones de nuestro “atraso” en materia anglófona. Estas y dos rasgos psicológicos del español: 1ª. El de que “aprendan ellos la mía”, argumento chulesco y poco práctico, puesto que la lingua franca es la que es y no serán nuestros deseos lo que lo haga cambiar y, 2ª El miedo al ridículo, producto de un orgullo exacerbado del español, que le impide tomar riesgos.

   Ya lo saben. Sigan aprendiendo, y buena suerte.

Román Rubio
Julio 2018

martes, 17 de julio de 2018

CONSTITUCIONES


CONSTITUCIONES




   Francia acaba de eliminar la palabra “raza” de su Constitución en un lance de funambulismo dialéctico consistente en prevenir un efecto suprimiendo la palabra. ¿Hay que acabar con el racismo? Pues eliminamos la palabra raza y ya está. El problema lógico subsiguiente es que, si no hay razas como muchos proclaman, ¿por qué habría de haber racismo? ¿No se trataba este de asumir que hay razas superiores a otras?  La iniciativa, en mi opinión, es más venta de humo que otra cosa. La próxima será eliminar la palabra cáncer de los libros y los medios de comunicación para, así, ver de eliminar las demoledoras consecuencias.
   Es cierto que el concepto de raza ha estado en entredicho en los últimos lustros, dada la dificultad de definir estas en base a diferencias fenotípicas y de ADN y a delimitar sus confines. ¿Quién que haya viajado a los EEUU no se ha enfrentado con el absurdo de seleccionar su propia “raza” en cualquier impreso teniendo que elegir entre Hispanic, Caucasian o cualquier otra sandez?, (blanco, mediterráneo o morenito y apañado no aparecen en el formulario) ¿Y cuál es la alternativa a la calificación de raza? Pues llamarle “grupo étnico” u origen. “Grupo étnico” viene a ser lo mismo, pero usando dos palabras y “origen” es tan vago que sirve de poco: ¿africano, europeo, celtibérico, lepero…?

   La Constitución Española, por su parte, es el pelele del pimpampún, denostada por (casi) todos y a la que todo el mundo quiere reformar. Cada cual, a su manera, claro. En su artículo 15, del que antaño (es decir, anteayer) estábamos tan orgullosos, se lee: “Los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra circunstancia personal o social”. Bonito, ¿no? Pues no, señor. Además del anacronismo de “la raza” (palabra sin contenido, como se sabe) resulta que está redactado con un lenguaje no inclusivo. Nada de “los españoles”. El gobierno ha interpelado a la Academia de la Lengua para que adapte el lenguaje a los nuevos tiempos haciéndolo “inclusivo”, como si lo de “los españoles” no incluyera a los hombres y las mujeres de España. Habrá contextos de fácil solución: “Los ciudadanos” se podrá sustituir por “la ciudadanía” sin afear el resultado, pero me temo que se corre el riesgo de que el texto pueda devenir en un adefesio de circunloquios y piruetas del estilo: “los vascos y las vascas serán llamados y llamadas a urnas…”

   Vigilante como siempre he estado con la aparición de nuevas palabras (o nuevos usos) en el idioma, debo reconocer que hay dos vocablos próximos al movimiento feminista que habían escapado a mi atención y que, de pronto, en los últimos meses, han aparecido hasta en la sopa. Uno es “empoderamiento” y el otro es “cosificación”. El primero, calco de la palabra inglesa empowerment, aparece por primera vez en la vigesimotercera edición del DRAE (2014) en su sentido de “hacer poderoso o fuerte a un individuo o grupo social desfavorecido”. La segunda –“cosificación”- ya aparece en mi edición impresa del diccionario de 1997 (vigesimoprimera), pero parecía dormir en el jardín de las palabras olvidadas hasta que de repente, “puaf”, en primera línea. Por cierto, yo siempre pensé que derivaba de “cos” (cuerpo, en catalán) y va y resulta que no, que de manera vulgar y predecible varía de “cosa”. O, al menos, eso dice la Academia.
   Veremos a ver qué dice de lo otro.


Román Rubio
Julio 2018

martes, 10 de julio de 2018

¡DAME VENENO, DAME VENEENOOO…!


¡DAME VENENO, DAME VENEENOOO…!



   Me produce estupor la lectura de la noticia de que los rusos usaron marrullerías para darse fuerza y eliminar a España del mundial. Según la prensa alemana (confirmado por el entrenador ruso), los jugadores esnifaron de un algodón empapado de amoniaco, lo que supuestamente les ayuda a abrir las vías respiratorias y aumentar el riego sanguíneo, su vigor y resistencia. Ya decía yo que iban a más velocidad que nuestros muchachos. Será que el amoniaco da verticalidad. A pesar de las limitaciones técnicas, los rusos parecían saber que la portería contraria estaba delante y no en un lateral ni detrás. También usaron la sustancia con los croatas, con resultados menos efectivos. Al final, la intuición del portero y el acierto del chutador parecen ser más definitorios que el amoniaco.
   El pasado lunes, una mujer de 30 años murió en el barrio de San Blas, de Madrid, por inhalación de amoniaco. La infortunada mujer no quería ganar ningún mundial. Simplemente estaba limpiando la cocina de su casa. Tras dos horas de dura tarea trajinando con el amoniaco y la lejía, empezó a sentirse mal y llamó al 112. La ayuda tuvo que forzar la puerta y encontró a la mujer inconsciente, desplomada en el suelo, haciendo inútiles las maniobras de reanimación.
Admitamos, pues, que el amoniaco, como todo en la vida, depende de la dosis. Lo poco engorda y lo mucho, mata.
   Los rusos, además, parecen tener tanta resistencia al veneno como afición en administrarlo. Rasputín, por ejemplo, fue envenenado con una considerable cantidad de cianuro y, comoquiera que no había manera de que estirara la pata, se le administraron dos o tres tiros y se le tiró al río Neva, por lo que fue la hipotermia la causa de la muerte de tan pintoresco personaje.
   Hace unos días murió en Salisbury (Reino Unido) Dawn Sturgess, una mujer de 44 años que vivía en un hogar para gente sin techo en la vecindad. Ella y su compañero Charlie Rowly, de 45, resultaron intoxicados, de manera aún sin aclarar, con gas mostaza, a 300 metros del restaurante en el que habían comido el expía soviético Serguei Skripal y su hija Yulia cuando fueron envenenados hace unos meses. Glushkov (otro ruso, que había declarado en juicio en contra de Abramovich —amigo de Putin—) murió de manera sospechosa en su casa de Londres y Alexander Litvinenko, otro espía, fue eliminado con polonio radioactivo en la misma ciudad tras beber un infausto té en un hotel de Mayfair con un par de excolegas del KGB.
   Donde, al parecer, los rusos no han tenido nada que ver es en el hallazgo de arsénico en unos libros antiguos en un monasterio de Dinamarca. Haciendo buena la trama de Umberto Eco en su El nombre de la rosa se ha descubierto que esa especie de pintura verde que recubría la tapa de los algunos libros de los siglos XVI y XVII del monasterio danés no era sino arsénico, una de las sustancias más tóxicas que existen.
   Ni Rasputín, ni Guillermo de Baskerville, ni Jorge de Burgos, ni Umberto Eco, ni el desventurado Litvinenko, ni siquiera Capra, con su Arsénico, por compasión, han evitado la desdicha: España y Rusia, fuera del mundial.

Román Rubio
Julio 2018

jueves, 5 de julio de 2018

UNAMUNO Y EL ATIZADOR DE WITTGENSTEIN



UNAMUNO Y EL ATIZADOR DE WITTGENSTEIN



   Hay un programa de viajes en tren en televisión que es seguido y admirado por muchos de mis conocidos. El conductor del programa es un simpático inglés, maduro y atractivo, que viste unas americanas de color pistacho, rosa o morado combinadas audazmente con pantalones y camisas ad hoc. Se llama Michael Portillo y en los ochenta del siglo pasado fue Ministro de Su Majestad y delfín y favorito de Margaret Thatcher, destinado a sucederla en la cúpula del Partido Conservador y, ¿por qué no?, como Primer Ministro. La pérdida de su circunscripción en una elección al Parlamento que llevó a Tony Blair a Downing Street condujo al simpático inglés a lo que es hoy: un tipo que sale en la tele con americanas de colorines.

   Hay otra circunstancia de su vida que no es muy conocida por el público: que es hijo de un republicano español de nombre Luis Portillo, profesor de la Universidad de Salamanca, exiliado al Reino Unido durante la Guerra Civil y autor del “relato” que ha trascendido del enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray, en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, el 12 de octubre de 1936, en el que el general mutilado gritó aquello de ¡viva la muerte!, y el profesor le interpeló con el alegato de: “venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaríais algo que os falta: razón y derecho en la lucha”.

   Al acto asistió Carmen Polo e intervinieron, además del Rector, José María Pemán y otros. Y algarada también la hubo, puesto que esa misma tarde, Unamuno fue abucheado e increpado en el casino de la ciudad donde acostumbraba a tomar café, necesitando de salir protegido del lugar. Pero esas palabras, esas bonitas palabras, parece que no fueron pronunciadas, al menos de esa manera tan sonora y rotunda, o así lo señala Severiano Delgado, Bibliotecario de la Universidad salmantina, en base a testimonios del acontecimiento, recortes de prensa, actas, y otros documentos historiográficos. Colette y Jean-Claude Rabaté, autores de la “definitiva” biografía del vizcaíno señalan que el relato del Paraninfo (el de Portillo) se tomaba “muchas libertades” y obedecía “a una voluntad de dramatizar los hechos con todos los ingredientes indispensables para su teatralización”.
   Lo cierto es que Luis Portillo, exiliado en Londres, recibió, en 1941, el encargo por parte de George Orwell, junto a Arturo Barea —el de La forja de un rebelde, (ambos colaboradores en el servicio internacional de la BBC)—, de escribir sendos artículos sobre la guerra civil española para la revista Horizons y Portillo noveló y embelleció el rifirrafe salmantino en un artículo que tradujo al inglés Ilse Barea, la mujer de Arturo, con el nombre de Unamuno’s Last Lecture.

   Unos años después, en 1946, en una sala de seminarios del King’s College, de Cambridge, se produjo una extraordinaria reunión de filósofos. El instigador del evento era Bertrand Russell y el profesor invitado era Karl Popper, que debía dictar una conferencia bajo el arrebatador título de: “¿Existen realmente problemas filosóficos?”. El evento podría parecer irrelevante y soso, pero no es así. La expectación era grande porque había de ser expuesta la lección en la presencia del gran filósofo Wittgenstein, que adoptaba ideas contrarias a Popper, a pesar —o quizá por eso mismo— de ser ambos vieneses, judíos y de clase acomodada (bueno, aquí Wittgenstein le daba sopas con onda, puesto que provenía de una de las familias más ricas de Europa, aunque él renunciara a su herencia en favor de sus hermanas). Comenzó la exposición y el nerviosismo del ilustrado escuchante, a la sazón, Catedrático de Filosofía en Cambridge, iba en aumento. Interrumpió al orador en varias ocasiones y la cosa iba subiendo de tono. Wittgenstein agarró el atizador de la chimenea a modo de batuta y señalando de manera amenazadora a Popper le increpó: “¿Me puedes poner un solo ejemplo de principio moral?” A lo que Popper respondió: “No amenazar con un atizador a los profesores visitantes”. Acto seguido, Wittgenstein, encolerizado, lanzó el artefacto al suelo y dando un portazo, abandonó la sala.

   Al igual que en el caso de Unamuno, hay tantas versiones del evento como personas estuvieron presentes en el acto. Según unos casi le pega, mientras para otros, la anécdota ni siquiera tuvo lugar. La versión, relatada por Popper en su libro biográfico Unended Quest (La búsqueda sin fin), ha sido confirmada, refutada, modificada, edulcorada y agigantada por cada uno de los presentes, incluido el bisoño estudiante encargado de redactar el acta de la reunión, según el propio interés o la tendenciosa y acomodaticia memoria de cada cual.
   Y así, todo. Donde uno ve un elefante, otro ve una culebra. O dice haberla visto. Solo hace falta algo de tiempo. Piénsenlo y pongan sus propios ejemplos.

Román Rubio
Julio 1018



martes, 3 de julio de 2018

IRONÍAS DEL TIQUI-TACA



IRONÍAS DEL TIQUI-TACA



   Con un 74% de posesión de balón y más de 1100 pases (en su inmensa mayoría en horizontal o hacia atrás) La Roja ha sido eliminada del mundial de Rusia. Fin del tiqui-taca. El partido contra la anfitriona fue tan frustrante y aburrido que los grupos de whatsapp echaban chispas. En mi caso, comoquiera que vi el partido solo en casa, abrumado por el tedio, me dediqué a escribir mensajitos en los distintos grupos de mensajería instantánea que, en su mayoría, como digo, no paraban.
   El aburrimiento, que, según Unamuno, es el origen del arte, la novela y otras tantas aportaciones a la humanidad, puede ser también motivo de desavenencias indeseadas. Ya se sabe: si uno mata moscas con el rabo, cabe la posibilidad de quitarle la vida a alguna mariposa. Me explico:

   En uno de los chats en los que intervine se me ocurrió sugerir que, de seguir el juego así, podría ocurrir lo que ya pasó con la División Azul: que habría que regresar con el rabo entre las piernas. La mención de tan infausto cuerpo de ejército, ofrecido por Franco a los nazis para la invasión de la URSS, pareció ser demasiado para uno de los miembros del chat —persona apreciada por mí, por otra parte— que consideró que el comentario podía pasar la raya de lo que puede ser considerado como ironía, lo que a su autor (un servidor) le otorgaba un estatus de algo así como un español nostálgico de aquellos lodos.
   En otro de los chats califiqué la actuación española como “la debacle de la Armada del Rey Católico”. Ya saben: así se conoce en muchos países a la Invencible, la que no ganó batalla alguna. La analogía era, para mí, perfecta. Había un rey, se llamaba Felipe, armó una poderosa Armada y la mandó a conquistar el mundo (en su momento, Inglaterra) y, sin pisar tierra alguna de su objetivo (la Selección marcó un gol, pero fue un ruso en propia puerta), perdió la guerra. Pues bien; alguien del grupo encontró ofensivo el hecho de que el que lo escribió (un servidor) mostrara su poco españolismo burlándose de los males que aquejan a España.
   En unos minutos tuve la desdicha (o el honor, según se mire) de haber sido acusado —de manera implícita, eso sí— de “facha españolista” y de “enemigo de la patria española”, lo que hizo plantearme lo siguiente:

   1.- Que si a uno le condenan por algo y por lo contrario el mismo día es que está, quizá, donde debe estar.
   2.- Que la ironía es un arte difícil de administrar y que pone en evidencia tanto al que la utiliza como al que la (mal)interpreta, y que el español no es la persona más apta para valorarla.
   3.- Que este país está innecesaria y exageradamente hipersensibilizado con el asunto de la tribu, la nación, la patria, el país o lo que sea.
   4.- Que los tribunales de pureza ideológica y patriótica están siempre prestos al juicio sumarísimo.
   5.- Que un servidor no pasaría la prueba del algodón en ninguno de esos tribunales, cualquiera que fuera el sesgo.
   6.- Que uno es algo bocazas, falta de la que yo mismo, aún reconociéndola, me absuelvo aquí y ahora y no prometo redención alguna.
   En fin, amigos; hasta el próximo mundial.


Román Rubio
Julio 2018