lunes, 8 de julio de 2019

LGTBI


LGTBI




Hace un par de semanas me acerqué al desfile de carrozas de la fiesta del Orgullo en Valencia, mucho más modesta que la de Madrid pero divertida, al fin y al cabo. En una de ellas aparecía el lema “No nos mires, únete”. Me sentí algo incómodo, puesto que yo no tenía ninguna intención de unirme. Iba allí de mirón. Como voy de mirón al desfile de la Ofrenda en Fallas, el del Año Nuevo Chino o la manifestación feminista de marzo. (Ahora que lo pienso, voy de mirón a tantos eventos que empiezo a pensar si no iré de mirón en la vida, lo que, por otra parte, no es ni mejor ni peor que ir —por ejemplo— de héroe). El hecho es  que en todos estos eventos me siento bienvenido. Y sí. También en la fiesta del “colectivo” (perdón por el término) LGTBI (perdón por el acrónimo).
Las personas que celebran ese acto de manera activa (y no de mirones, como un servidor) han sido objeto de burla y menosprecio, han sufrido marginación, persecución, rechazo y violencia. En mi ya lejana infancia, en épocas franquistas, no solo estaban estigmatizados sino perseguidas al amparo de la Ley de peligrosidad  social.

Afortunadamente hoy no hay nada de eso. No solo no hay estigma que valga ni ley que las persiga sino que, por el contrario, el personal se ve protegido por el Código Penal y sus estipulados “delitos de odio”, entre los que se incluyen aquellos contra  la identidad sexual. Solo se puede contar alguna agresión verbal o física puntual que es vista con desaprobación y rechazo por el común de los mortales, además de ser perseguida por la justicia.

Por todo ello me sentí muy pero que muy decepcionado por lo que ocurrió en la celebración del Orgullo en Madrid. Allí, de manera más o menos espontánea se “prohibió” a los representantes de Ciudadanos tomar parte en la jornada de celebración (y  -como dicen muchos de los organizadores-  de reivindicación).
Los amantes de la libertad y víctimas de la intolerancia se convirtieron ellos mismos en sectarios bucéfalos censores, constrictores de la libertad ¡Qué pena!

Me llama la atención que desde el Cogam (colectivo de lesbianas, gais, trans y bisexuales –o algo así-) se diga que los políticos tienen derecho a manifestarse “como cualquiera”. “Y la gente a responder contra lo que los políticos hacen”. Bueno, pues todo vale, ¿no?  ¿Cómo puede pensar eso un “colectivo”  que ha sido vilipendiado, insultado, maltratado y zaherido desde tiempos inmemoriales? ¿Acaso tenían los demás derecho a hacerlo, en aras a una pretendida  libertad de expresión? Pues no. La libertad de expresión, como la libertad, en general, tiene sus limitaciones. Como decía Isaiah Berlin, la libertad del pez grande es la perdición del chico.

En estos momentos pienso en aquellas personas gais, lesbianas transexuales y bisexuales que pertenezcan o simpaticen con el partido de Ciudadanos y cómo se deben de sentir. Una vez superada la culpa de sentirse “diferente” por su identidad sexual, ¿tienen ahora que avergonzarse por su tendencia política liberal?

Alá confunda a quienes vetan o hacen avergonzarse a los demás por su identidad sexual, política o ideológica. 

Por mi parte, sean bienvenidos los de Ciudadanos, los curas y hasta los mirones.

Román Rubio
Julio 2019 


P.D. La ley sobre la peligrosidad y rehabilitación social fue promulgada por las Cortes franquistas en 1970 y venía a sustituir la  famosa ley de vagos y maleantes, aprobada por las Cortes de la II República en 1933, conocida como La Gandula, y dirigida contra vagabundos, nómadas, proxenetas y otros elementos antisociales, a los que el franquismo añadió los homosexuales.
Se consideraban tipos antisociales, entre otros, a:
Vagos habituales, rufianes y proxenetas, los que realicen actos de homosexualidad, los que habitualmente ejerzan la prostitución, los que promuevan o favorezcan el tráfico, comercio o exhibición de cualquier material pornográfico, los mendigos o ebrios habituales, los toxicómanos, los menores de 21 años abandonados por la familia y moralmente pervertidos, etc.
Entrada la democracia, la ley siguió en vigor, aunque sin aplicación de facto para los homosexuales. En 1979 fueron suprimidos algunos artículos de la ley, fue de nuevo modificada en 1983 y 1989 en lo referente a la tipificación de escándalo público y finalmente derogada en 1995.

miércoles, 3 de julio de 2019

CASABLANCA


CASABLANCA




                      — Y a ti, ¿qué demonios te trajo a Casablanca?
                         — Mi salud. Vine aquí por las aguas.
                         — ¿Las aguas? ¿Qué aguas? ¡Si estamos en el desierto!
                          — Me informaron mal.

Rick va a lo suyo. No quiere salvar al mundo. Si acaso, quiere salvarse él. Lazslo, en cambio, vive por y para los grandes ideales. Le mueven las palabras con mayúsculas como Patria, Justicia y Libertad. Es del material del que están hechos los héroes, los que se juegan el tipo por las mayúsculas. Y por ser reconocido y loado por el pueblo. De la pasta de  Gandhi, Mandela y sí, también de la de ciertos políticos encarcelados en España por una bandera con estrellita. De la misma pasta que está hecha la capitana del Sea Watch, Carola Rackete, encarcelada y desencarcelada unas horas después por la justicia italiana acusada de desobediencia a la autoridad naval y responsable de colisión con una lancha policial, o algo así.

En realidad, este artículo me sirve de expiación y de justificación ante muchos amigos que han inundado las redes sociales con la petición de la firma  de apoyo para la liberación de la valiente mujer y el hecho de que yo haya ignorado la petición. Siento haberles decepcionado.
Trataré de explicarlo (y explicármelo).

Hace unos meses, Pascual Durá, capitán y armador del barco “Nuestra Madre de Loreto”, de Santa Pola,  rescató en el mar a doce migrantes que andaban a la deriva y todos vivimos la angustia del marinero y sus apremiantes gestiones para conseguir el permiso de entrada a un puerto seguro en el que poner a salvo cargamento tan sensible. Este hombre, Pascual Durá, no quería ser un héroe. No lo buscaba. Él y su tripulación llevaban en el mar cerca de un mes con el propósito, no de encontrar migrantes y ponerlos a salvo, nada más lejos de sus pretensiones. Solo querían volver a puerto con la bodega del buque llena de marisco que, a la postre, habría de servir para poner la comida en la mesa familiar y comprar al chico la Play Station que pedía para Navidad. ¡Ah!, y ver de reformar el baño y la cocina, como pedía su mujer.

En el camino se encontró con unas personas en peligro y el hombre hizo lo que tenía que hacer: ponerlas a salvo. Como Rick, el de Casablanca. En su momento, y en contra de lo que podría ser su voluntad de hombre que va a la suya (y a la de los suyos), hizo, ni más ni menos, lo que tenía que hacer.

Mis héroes no son los Lazslos de este mundo. Siempre me ha resultado más fácil iniciar una gran amistad con tipos como Rick. O Pascual Durá. Pedidme la firma para tipos como el de Santa Pola.


Román Rubio
Julio 2019

martes, 25 de junio de 2019

FAKE NEWS


FAKE NEWS




A principios del siglo IX, Pelaio, un pastor cenobita de la remota región gaélica, vio, o creyó ver, unas luces nocturnas, que bien podían haber sido fuegos fatuos, que señalaban cierto promontorio en el lugar en el que hoy se encuentra Compostela (campo de estrellas) y así se lo hizo saber a Teodomiro, obispo de Iria Flavia (hoy Padrón).

Este, espoleada su imaginación por lo que podía ser un milagro en un mundo y una época tan proclives al tráfico y la tenencia de reliquias, hizo excavar el túmulo del cerro y halló un arca de mármol con tres esqueletos; uno de ellos, al parecer, decapitado, con la calavera yaciente junto a uno de los brazos. El obispo determinó con tan concluyente evidencia que se trataba de los restos del Apóstol Santiago el Mayor, hijo de Zebedeo y Salomé, y de sus dos jóvenes discípulos, Atanasio y Teodoro. ¿Qué otro significado podría tener sino unas luces nocturnas por allí, por la contornada? El hecho de que el apóstol Santiago hubiera muerto decapitado y unas luminarias avistadas por un paisano del lugar parecían ser indicios suficientes.
Había que pasar por alto, eso sí, que la decapitación había tenido lugar en la lejana Jerusalén siete siglos antes por orden de Herodes Agripa I. El devoto hombre de iglesia dio por buena la leyenda de que el apóstol, después de cristianizar Hispania, había vuelto a Jerusalén a acompañar a la Virgen María en el momento de su muerte y, tras ser aprehendido y decapitado por la autoridad, había sido trasladado en una barca “de piedra” al territorio cristianizado por él en compañía de dos discípulos para su inhumación.

Ni la sospechosa barca de piedra ni el hecho de que el lugar fuera una necrópolis céltico-romana y sueva en el pasado lograron quebrantar la inamovible fe del obispo, cegado por la devoción y ¿por qué no decirlo? por su interés y ganas de protagonismo. Convencido de la auténtica santidad de los restos mandó noticia a Oviedo, desde donde el rey de los astures, Alfonso II el Casto (789-842) —a cuyo reino pertenecía tan significado paraje— organizó una expedición al lugar para comprobar in situ la veracidad de tan importante hallazgo.
Los indicios eran vagos y las incomodidades muchas, pero el rey y su séquito se pusieron en marcha y, atravesando lo que hoy conocemos como el puerto del Palo, llegaron a Galicia por A Fonsagrada, para ir a buscar el enclave de Lugo, y de allí, seguir la calzada romana hasta Iria Flavia. Acababa de inaugurar el rey Alfonso, sin siquiera hacerse a la idea de la repercusión que habría de tener en siglos venideros, nada más y nada menos que el Camino de Santiago en su variante conocida hoy como Camino Primitivo.

Allí, en el lugar de tan singular hallazgo, el rey certificó en el mes de septiembre del año 829 la veracidad de la versión episcopal, declaró los restos como los del amigo de Jesucristo y dictó un mandato por el cual «damos y concedemos a este bienaventurado apóstol Santiago y a ti, nuestro Padre Teodomiro Obispo, tres millas de tierra al derredor del sepulcro de Santiago Apóstol…» De este modo posibilitó el monarca astur la construcción de la primera ermita sobre la tumba del apóstol Santiago, que con los siglos habría de convertirse en la catedral que es hoy, al tiempo que otorgaba “de facto” a las propiedades de la iglesia un privilegiado tratamiento del Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI), mucho antes de que este fuera instaurado.

En 2018, 1.187 años después del memorable evento, 327.378 caminantes de todos los rincones del mundo se acreditaron en la Catedral de Santiago como peregrinos. Para que luego hablen de fake news y los peligros de la propagación de noticias falsas en las redes sociales.
¡Ah! Y aunque le llamen Matamoros, el pobre Santiago nunca mató a ningún moro (o musulmán). Aunque hubiese querido hacerlo, no tuvo oportunidad. Vivió unos seiscientos años antes del nacimiento de Mahoma, y, por tanto, de cualquier traza del Islam.
Y no. A pesar de ser el patrono del arma de caballería, no consta en texto alguno que fuera capaz, siquiera, de montar a caballo.

Para que vean lo que la reputación puede hacer de algunos, incluso antes, mucho antes de Twitter y Facebook.

Román Rubio
Junio 2019

lunes, 17 de junio de 2019

HISTORIAS DE “LA MILI”


HISTORIAS DE “LA MILI”




Una mañana de invierno de 1977, el soldado raso al que conocíamos en el cuartel como El Porro, por razones obvias, salía de hacer sus 24 horas de guardia en Capitanía General de Valencia con su abrigo militar y su macuto al hombro. Allí, en el suelo, desatendidas junto al ascensor que llevaba al pabellón de la vivienda del Capitán General, unas relucientes botas de montar que Mariano, el Mayordomo, acababa de traer del zapatero. El Porro no se pudo resistir a la tentación de tan goloso trofeo, las trincó del suelo,  las disimuló bajo el abrigo y se fue a su casa. Digamos que lo consideró el pago con que la Patria le retribuía sus largas horas en la garita de guardia.
Ni se imaginó el soldado la que había armado. Las botas resultaron ser del Capitán General golpista Milans del Bosch y el pobre Mariano dio parte al sargento de guardia. Se removió Roma con Santiago, se abrieron todas las taquillas de la tropa, se registró cada palmo del cuartel y se arrestó hasta al gato de la compañía, aunque, claro, las botas no aparecieron.

Esta es una historia más de “la mili”, historias que compartimos los de mi generación,  ya que  en mi época, los jóvenes (los hombres jóvenes), excepto los hijos de viuda o los que cumplían una serie de requisitos eximentes como pies planos, miopía severa, etc., a los 21 años se nos mandaba un año de nuestras vidas a pegarnos barrigazos contra el suelo en compañía de un fusil CETME (generalmente de guía desviada) que se convertiría en nuestra sombra. Se hablaba de que algunos conseguían a base de tretas simular una minusvalía que les dispensaba de tan monumental pérdida de tiempo pero lo cierto es que la mayoría acabábamos pasando un año de nuestras vidas en los cuarteles comiendo un delicioso rancho de alubias con chorizo y trozos indeterminados y peludos del cerdo, carne empanada con patatas chips y una pieza de fruta. Acompañado por una pieza de pan o “chusco”.

La cosa tenía su parte positiva, no crean. Se tenía la oportunidad de conocer y convivir con gente de tu edad de todas las partes de las Españas y de toda condición. Allí me encontré dando clases de alfabetización a un elemento que venía de un cortijo de Jaén y no había pisado la escuela, a un crupier del casino que se hacía pasar por iletrado para librarse de no sé qué, y comprendí el desarraigo y resentimiento de muchos catalanes a los que se les llamaba “polacos” y les conminaban los mandos a hablar “en español” hasta en el Hogar del Soldado, so pena de arresto.

España cambió, mucho y muy rápido y “el patriota” José María Aznar hubo de eliminar el servicio militar obligatorio ante la situación insostenible de una deserción masiva del personal que se acogía a la objeción de conciencia.

Hoy, Macron quiere volver a introducir en Francia el servicio nacional obligatorio para todos los jóvenes franceses (chicos y chicas) que había sido suspendido en 1979. Para ello ha tenido que limar algunas asperezas: en vez de servicio militar cambia la denominación por el más suave de “servicio nacional” y rebaja —con reticencia— el tiempo de servicio a un mes. El objetivo, según el Presidente francés es ofrecer a los jóvenes “una experiencia ciudadana de la vida militar, de la mezcla social y de la cohesión”, en definitiva para reforzar el sentido de pertenencia a la República. Debería servir “para que los jóvenes reciban una formación militar elemental: disciplina y autoridad, conocimiento de las prioridades estratégicas del país  y de las grandes problemáticas de la seguridad…”, además de “detectar las dificultades, en especial la del ‘iletrismo’ y proponer las medidas correctoras”.
Los responsables de llevar a cabo el programa serían el Ministerio de Defensa y la Gendarmería y el coste está evaluado en unos 2.000 0 3000 millones de euros anuales.

No sé si logrará sacarlo adelante el presidente francés, pero se me antoja que significaría el suicidio político si lo propusiera aquí, en España.
Ni regalando a los jóvenes botas de montar.

Román Rubio 
Junio 2019




martes, 11 de junio de 2019

ALCOHÓLICOS (ANÓNIMOS)


ALCOHÓLICOS (ANÓNIMOS)




Hay que relevar a Theresa May  en el 10 de Downing Street. La carrera está abierta  y los líderes tories están afilando las navajas. En primera posición se encuentra el más cínico entre los cínicos: Boris Johnson, capaz de vender a su madre por un cucurucho de fish&chips y tras él un pelotón de pretendientes liderados por el actual ministro de Medio Ambiente, Michael Gove. El tal Gove tiene un problema: admitió haber tomado cocaína y lo lamentó en una entrevista reciente concedida recientemente al Daily Mail. “Tomé drogas hace más de 20 años”, reconoció el ministro probrexit de 51 años. “En aquella época era un joven periodista”, prosiguió, reconociendo el “error”. “Pero no creo que los errores del pasado te descalifiquen”, concluyó el postulante.

Habría que decir al golfante de Gove que no se preocupe, que en la sucesión de los tories siempre gana alguien al que no se le espera, como en el caso de la misma Theresa  May.

Clinton, amenazado por el posible testimonio de algún conocido de su época de estudiante golfarra en Oxford, tuvo que confesar que había fumado marihuana, aunque aclarando, eso sí, sin tragarse el humo. Faltaría más. De ese modo tan tramposete tiraba balones fuera el fumador de puros del  Despacho Oval.

Obama, por el contrario, más sincero que los fariseos anteriores, no solo reconoció  haber fumado marihuana de joven, sino que lo había hecho con “absorción total”, aunque dejando claro que había dejado de hacerlo al entrar en la universidad, en donde empezó a vivir “como un monje”, según confiesa en su autobiografía “Sueños de mi padre”. También dijo haber tomado en alguna ocasión cocaína, y, para colmo de la desvergüenza, confesó que no podía evitar fumarse un cigarrillo de vez en cuando en la mismísima Casa Blanca, en donde lo imaginamos fumando en la ventana como el mismísimo Frank Underwood.

Lo de la relación con las drogas y el alcohol puede llegar a ser ridículamente obsesivo en los países anglosajones. Cuando he explicado a mis amigos de allí que a mi padre, que murió a los 82 años, nunca le vi comer o cenar sin su vaso de vino o su porrón al lado, estos me preguntaban que si  “tenía problemas con el alcohol”. “¿Problemas?”, contestaba yo. “Tendría problemas si viviera en Arabia Saudita, pero en España, afortunadamente, ninguno”.

Para algunos, el uso (que no abuso) del alcohol o de las drogas es una debilidad. Yo, me alineo con la definición de abstemio que da Ambrose Bierce en su Diccionario del diablo: “Abstemio es una persona de carácter débil, que cede a la tentación de privarse de un placer”.

 La historia moderna nos da algunos ejemplos de tipos muy malos que nunca tomaban un trago:  Hitler era abstemio y vegetariano y nuestro Franquito era un tipo frugal que tampoco probaba el alcohol, bien como rechazo a la figura paterna –de naturaleza jaranera y violenta, al parecer— o quizá para que no le temblara el pulso firmando condenas. Y el Gran Payaso de Color Naranja, Donald Trump, a quien se le murió un hermano a los 43 a causa del alcohol, tampoco prueba ni gota; se hace llenar la copa de Coca-Cola Light o zumito de naranja hasta para brindar en los encuentros con otros líderes y en los acuerdos internacionales. Total, para no respetar ni a los unos ni los otros.

Moraleja: desconfía de quien, sin motivo médico alguno, rechaza una cerveza helada en un mediodía de verano o un vaso de vino con el guisote. No suele ser de fiar.
Román Rubio
Junio 2019.

sábado, 8 de junio de 2019

PETROGLIFOS


PETROGLIFOS





Ya saben lo que son los petroglifos. Se trata de grabados rupestres sobre rocas, en  muchos casos de origen neolítico. Junto con la pictografía (las pinturas), configuran el arte rupestre. Los petroglifos se extienden por casi todas las culturas y épocas y la temática es muy variada: desde representaciones de animales y caza (como en las pinturas de Altamira o en los abrigos  levantinos) hasta garabatos geométricos  con una carga simbólica más enigmática que sirve de alimento a las teorías de los especialistas (a menudo descabelladas) y fundamento de oscuras tesis doctorales.
No trasladaré aquí, por decoro, la explicación detallada que da un amigo mío del sentido de una de esas rocas grabadas cerca del Penyagolosa, en el que unas rayas que confluyen en un eje a modo de palmera es vista por algunos descifradores de símbolos como un lugar de escenificación del mito de la fertilidad, que incluye mujeres sentadas a horcajadas y cosas así, propias de mentes calenturientas.

Pues bien, la “artista visual” argentina  Mercedes Aquí ha ocasionado un pequeño revuelo en México al exhibir en una exposición en el Museo de Artes Gráficas de Saltillo unas secuencias fotográficas de su persona con el pantalón bajado meándose en  uno de los petroglifos de la época precolombina mexicana. O más exactamente, de su culo.
Lo que para ustedes y para mí no es sino una gamberrada, para la artista es, ¡agárrense a la silla!, una iniciativa que le sirve para “explorar sobre la identidad, la memoria, el arraigo, el cuerpo y el territorio”. Ahí es nada. Me admira la imaginación disparatada para poner en palabras actos tan sencillos. Lo que sería “mear sobre una roca con grabados” se convierte en una exploración sobre el cuerpo, el territorio, el arraigo y no sé qué más.
Los mexicanos parecen no estar de acuerdo con las motivaciones de la artista argentina (que, por cierto, tiene también nacionalidad mexicana) y lo interpretan como una burla a la identidad nacional, a lo que la mujer responde que se trata de una “campaña discriminatoria de género, además de xenófoba”. De género, porque del culo, bien visible en las imágenes, no cuelga adminículo alguno; y xenófoba porque... porque sí, porque queda bien, sugiriendo que si el chorro hubiese sido de un hombre y mexicano no habría sido objeto de reprobación alguna.

Y ya que estamos con petroglifos, fósiles y otros asuntos del pasado remoto, pronto verán a nuestro rey (el de España, no el de bastos) ir en procesión solemne entre armiños y terciopelos al castillo de Windsor a recoger en la palaciega Capilla de San Jorge, de manos de la Reina de Inglaterra,  la más restringida y exclusiva de de las distinciones: la de caballero de la Orden de la Jarretera. Exclusiva porque es un club al que pertenecen solo unos pocos miembros de la aristocracia británica, la realeza europea y el Emperador de Japón y restringida porque en total, no llegan a cincuenta. Y hay que esperar a la muerte de uno de ellos para que entre un nuevo socio.
La historia de la Orden  se remonta a una anécdota del siglo XIV, cuando el Rey Eduardo III estaba bailando con la condesa de Salisbury y a la dama le resbaló la liga que sujetaba su media hasta el mismísimo tobillo. El rey, solícito, se agachó, tomó la liga y la colocó en su propia pierna. Mirando al público, el rey normando pronunció sus famosas palabras: “Honi soit  qui mal y pense” (“Vergüenza para  quien piense mal “), convirtiéndose en el lema de la Orden y de la familia real británica.

Pues eso. De fósiles, petroglifos y otras anécdotas ancestrales.

Román Rubio
Junio 2019








martes, 4 de junio de 2019

MATES



MATES


“Las matemáticas poseen no solo la verdad, sino cierta belleza suprema. Una belleza fría y austera, como la de una escultura”
Bertrand Russell

En la última edición del magazine Verne de El País, el divulgador  matemático Joséangel Murcia (así firma) escribe un interesante artículo dando consejos a los estudiantes que deben enfrentarse a los exámenes de elección múltiple y acertar el máximo de preguntas, aunque no se tenga mucha idea. Algunos de los consejos son obvios y otros… bueno, no tanto. Veamos:

Responder primero las preguntas que se saben primero, descartar en las dudosas las respuestas que parezcan ilógicas o imposibles, descartar las que se salgan del patrón; por ejemplo: si tengo como respuestas pantera, gato tigre, puma y perro, lo lógico sería descartar perro por no ser felino. El autor también desmonta algunos mitos como el de que en caso de duda se marque la opción “c”, que se desechen las opciones que contengan las palabras SIEMPRE, NUNCA, TODOS o NINGUNO o que se marque una opción distinta a la pregunta anterior.

Todos estos son consejos del ámbito del sentido común más que del estrictamente matemático. Pero después se refiere a las investigaciones de William Poundstone sobre los fallos inconscientes en la confección de pruebas de respuesta múltiple y nos da un valioso consejo: en caso de no tener ni idea sobre la respuesta correcta, apostar —si está disponible— por la opción “todas las respuestas anteriores son verdaderas” o “todas las opciones anteriores son falsas” ya que, según el autor americano, se tiene un 52% de posibilidades de acertar.

Y si las respuestas incluyen números, el autor nos aconseja contemplar la ley de Benford, que estipula que en un número de dos o más cifras, los que comienzan por uno (y en menor medida dos o tres) tienen más posibilidades de ocurrencia que los que empiezan por siete, ocho o nueve. Esto lo descubrió a finales del siglo XIX el astrónomo Simon Newcomb al observar que las páginas de los libros de logaritmos de la biblioteca correspondientes a los números uno dos y tres estaban más gastadas que las de los números altos.
Benford formuló la ley años más tarde. Para explicar el fenómeno, pensemos por ejemplo en los números de una calle: si esta tiene menos de setenta números las posibilidades de que uno viva en un número que empieza por uno son diez y cero las de que empiece por ocho. Igual ocurrirá si la calle tiene quinientos, seiscientos o cuatrocientos números, siendo el uno el dígito más común cuanto el número esté más alejado del mil.
Un matemático (según el autor del artículo) intentó demostrar que los papeles de Bárcenas eran falsos alegando que no seguía la ley de Benford. El primer dígito más común en dichos documentos era el seis, lo que claramente incumplía la ley matemática. Lo que el matemático (no hace falta decir cuál era su postura política) obvió decir es que los papeles cubrían la etapa entre 2002 y 2008, años de transición al euro y que la cifra de un millón de pesetas equivalía a 6.000 euros. Luego, los papeles de Bárcenas, traducidos a pesetas, cumplen también la ley… salvo alguna cosa, claro.

En el mismo periódico del domingo me entero de que John W. Henry, dueño del Liverpool, empleó el modelo matemático de un físico de Cambridge para fichar al entrenador alemán Jürgen Klopp en el momento más bajo de su carrera. El alemán, en el 2015, era un perdedor. Venía de clasificar al poderoso Borussia Dortmund en séptima posición de la Bundesliga tras rozar el descenso y había perdido las cuatro finales coperas que había disputado. Hace unos días, con el Liverpool, levantó la copa de Europa (sexta para el club).
La valoración del informe que le presentó Ian Graham, doctor en física teórica por Cambridge, recomendando el fichaje del alemán, convenció al magnate americano. Según el físico, autor de un modelo matemático para analizar el fútbol, el Borussia de Klopp, según su juego, debía haber acabado el segundo y no el séptimo en el campeonato. Su ponderación es puramente numérica, atendiendo el modelo al número de pases, desmarques, regates exitosos, etc., sin ni siquiera considerar los vídeos de los  partidos, lo que para el matemático inglés introduce sesgos en el análisis. Pura matemática.

Y Rosa Montero, en su artículo semanal, nos desmonta la figura de Albert Einstein. No como físico, pero sí como persona, en especial por el trato que dio en vida a su primera mujer, Mileva Maric. Según la autora, el genio judío-alemán obligó a su esposa a firmar un contrato humillante, no la mencionó en sus trabajos y hasta quemó sus cartas en donde se desvelaba que ella, Mileva, mejor matemática que él, revisaba los errores que había en los desarrollos del genio. Tampoco ha aparecido la tesis doctoral de la desdichada Mileva, obligada por el genio a la firma de un contrato que la sometía a un estadio de semiesclavitud para con él.

La matemática es una ciencia llamada exacta que estudia las relaciones entre entidades abstractas como números o símbolos matemáticos, pero la vida es otra cosa. Ni son símbolos abstractos ni está formada por figuras geométricas. Felicidades al Liverpool y a sus seguidores, aunque quizá no todos las merezcan.

Román Rubio
Junio 2019   

lunes, 27 de mayo de 2019

SÍNDROME DE ZELIG


SÍNDROME DE ZELIG




Muchos de ustedes recordarán aquella película del genial Woody Allen (hoy denostado por dudosas acusaciones) en la que el personaje de Leonard Zelig tiene la capacidad sobrenatural de cambiar de apariencia adaptándose al medio en que se desenvuelve. Tan pronto se convertía en el prototipo de un rabino con su barba, sus tirabuzones y su indumentaria entre los judíos de Brooklyn, como nazi entre los nazis, gordo entre los gordos o negro entre los negros de Harlem. La historia está contada de manera ingeniosa como falso documental en el que Mia Farrow, en el papel de psicoanalista, intenta desentrañar los atributos del hombre camaleón.

Lo que quizá no sepan ustedes es que el síndrome de Zelig es una enfermedad real. Una enfermedad de las llamadas “raras”. Tan “rara” que solo se ha documentado un caso en la literatura médica. Fue en el Hospital Clinic Villa Camaldoni, en Nápoles. El tipo en cuestión asumía distintos roles sociales dependiendo del entorno interpretando el papel que más se adaptaba a la situación, ya fuera el de médico entre médicos o psicólogo entre psicólogos. Los especialistas atribuyeron el desvarío a una inhibición del lóbulo frontal (donde reside la identidad) por hipoxia frontotemporal.

Debo confesar que yo tengo algo de Zelig. Me he sentido vasco en un frontón de un pueblo vizcaíno y baturro casi cada vez que escucho una jota, cowboy en los corrales del mercado de ganado en Oklahoma mientras suena música country y fallero con un nudo en la garganta cuando veo desfilar a las comisiones en la ofrenda a la Mare de Deu. Ayer, una persona de mi familia compartió por internet fotos y video de una competición de sumo en Kioto y sentí nostalgia de no estar allí, en ese entorno de kimonos, ideogramas, tragos de sake, árbitros disfrazados de samuráis, puñados de sal al aire y palmadas en los muslos de los hombres gordos. Creo que hasta me sentiría japonés  entre todos esos rituales y folclóricas usanzas.

Me siento escocés cuando cantan el himno en el estadio antes de un partido de las Cinco Naciones contra Inglaterra (para mí nunca ha habido más de cinco en el torneo) y me emociono cuando salta al campo Boca en un partido decisivo contra River. Adoro Sevilla y las quinientas mil sevillanas haciendo sus posturitas al ritmo de la música a poco que me tome unos rebujitos y se me hace un nudo en la garganta oyendo el ruido de la muleta arrastrándose por la arena de una silenciosa Maestranza. Hasta me dan ganas de rezar mirando a La Meca cuando entro a una mezquita. Y el ambiente de una plaza de pueblo cuando hay una exhibición de castellers acompañados por la música de las dolçainas me subyuga.

Sí, ya sé que no es normal emocionarse con los roles de cowboy, sevillana, fallero, pelotari, torero o japonés, que los hombres sensatos deben elegir pero, ¿qué le vamos a hacer? Los Zelig somos así.

Y, sobre todo, detesto a quienes “solo” dicen apreciar y emocionarse con la música country, las sevillanas, la boina y el frontón o los castells, en especial si acaban por creerse que “lo suyo” es lo mejor y miran por encima del hombro lo de los otros. Se pierden todo lo demás y a los Zelig nos menosprecian, por tibios, desleales y poco patriotas.

¡Vivan los Zelig de este mundo!


Román Rubio

lunes, 20 de mayo de 2019

JUEGO DE TRONOS


JUEGO DE TRONOS




Acaba de terminar Juego de tronos, o eso me dice el periódico porque yo no he visto ni uno solo de los 73 capítulos que forman las siete u ocho temporadas que dura la serie. A pesar de ello he intentado enterarme de qué va. Me ha sido imposible. He leído (o intentado, al menos) el artículo de Natalia Marcios en la edición digital de El País de hoy el resumen y no ha hecho sino aumentar mi confusión: se habla de Las ruinas del desembarco del Rey, Jon un mar de dudas, El Trono de Hierro, Un nuevo rey, Despedidas… en fin, un galimatías. Otro enlace remite a un artículo de la misma persona (parece ser la cronista de la serie en el diario) titulado Juego de tronos, la serie que rompió los límites: Cada capítulo se ha vivido como la final de un mundial. ¿Será verdad? Parece ser que sí
En la misma portada del periódico, algo más abajo, Manuel Jabois escribe su artículo titulado ‘Juego de tronos’ 8x06: Cuántos asesinatos hay que cometer para ser buenos y José Rodríguez Marcos el suyo titulado La era de la psicosis del ‘spoiler’.

Habrá terminado el diario con Juego de tronos, dirán ustedes. Quiá.

En la sección de opinión, Guillermo Altares escribe sus reflexiones del final de la obra y tras declarar que el texto “no contiene ‘spoilers’ (claramente lo escribió antes de ver el último capítulo) se pregunta que hará el personal ahora que le falta ese material “capaz de cumplir con las exigencias de nuestra imaginación, que son también las de la vida”. Lo cual nos deja a quienes no hemos visto ningún capítulo algo zaheridos: con una imaginación anémica y prácticamente sin vida.
En la edición digital del periódico aparecen de vez en cuando unos vídeos inspiracionales al estilo de las charlas TED, patrocinados por el BBV, en los que personajes influyentes hablan de temas referidos generalmente a la educación. El matemático inglés Keith Devlin presenta su charla, ¿cómo no?, titulada La curiosa relación entre las matemáticas y ‘Juego de tronos’. ¿Tendrá algo que ver? No sé.

Algo más abajo, dentro de la revista o sección Verne, Héctor Llanos Martínez, en su Así era el mundo cuando se estrenó Juego de tronos reflexiona sobre que hacían (hacíamos) los humanos antes de existir la dichosa serie y se contesta él mismo diciendo que “escuchar a Adele y ver películas de Woody Allen”. Bueno, y otras cosas: Obama y Zapatero reinaban en los Siete Reinos, ETA no sé qué y China iba a igualar, adelantar o al menos se le acercaba a los EEUU. Hay en el artículo, eso sí, un interesante mapa de España en el que me entero de que, por provincias, Castellón, Valladolid, Girona, Álava y La Rioja son los lugares en donde hay más niñas con el nombre de Ayra. También sé (por otro artículo que leí) que algunas madres están arrepentidas de haber puesto a sus hijas el nombre de Daynerys, porque al parecer, las cualidades morales del personaje no satisficieron las expectativas de las bienintencionadas mamás. Siempre tendrán la posibilidad de ir al juzgado y cambiar el nombre de las niñas  por el de cualquier nueva heroína de la próxima serie.

En la portada de ICON (también en la misma pantalla de portada), Juan Sanguino firma ¿Por qué ha desaparecido el sexo en ‘Juego de tronos’ y en MeriStation Se acabó ‘Juego de tronos’: ¿quiénes han muerto? ¿Quiénes han sobrevivido?
Ya ven ustedes que, para no haber seguido la saga, información no me falta. Y eso, antes de haber encendido siquiera la radio.

Sé que se trata de una especie de epopeya a lo Eneida —y, por tanto, a lo Ilíada y Odisea con referencias shakesperianas (Lady Macbeth y otras) en una versión fantástica, a lo Tolkien, en el marco de una fantasiosa Inglaterra medieval inspirada en las luchas dinásticas de la Guerra de las Dos Rosas entre los Lancaster y los York (Lannister y Stark en la serie).
Sé que algunos capítulos se han rodado en España porque he visto colas de gente en Zumaia o Bermeo que se han desviado del Camino para conocer lugares como la playa de Itzurun o San Juan de Gaztelugatxe porque los habían visto en la pantalla y tacharlos así de la lista de deberes; y que Cáceres, Almodóvar del Río y otros lugares han servido de escenarios para la serie.

En realidad, sé tantas cosas de la serie que ya solo me falta verla. Lo he considerado, pero la magnitud de la empresa me tira para atrás. Creo que si fuera inmortal lo haría. Tendría el tiempo necesario. Pero ya no tendría gracia. Es una tontería ver algo tan largo conociendo el final. Por eso, quizá, no la he visto. Sabía desde antes incluso de empezar el primer capítulo que reinarían los Lancaster. Y que el rey jorobado, sin descendencia, habría de morir en la batalla; y que sus restos, 500 años después, habrían de ser descubiertos bajo un aparcamiento del centro comercial de Leicester, pero eso ya es una historia para la próxima serie.

Román Rubio
Mayo 2019

jueves, 16 de mayo de 2019

MICK JAGGER


MICK JAGGER




Mario Vargas Llosa dijo en una entrevista que Gabriel García Márquez le había deslumbrado con sus Cien años de soledad y reconocía que fue el más grande de todos los de su generación precisamente por ello, pero que después de ese libro se convirtió en alguien que trataba de parecerse a García Márquez, que se limitó a copiarse a sí mismo. No sé cuanto de sincero hay en esa declaración de Vargas Llosa ni qué parte de la misma está contaminada por celos profesionales, por el hecho de que consiguiera el Nobel antes que él, por diferencias políticas o por lo que fuera que motivara el ojo a la funerala que le puso al colombiano de un puñetazo en un cine de México, pero lo cierto es que algo de razón tenía.
Por muy buen escritor que Gabo fuera, por muchas y muy buenas páginas que escribiera, nunca llegó a igualar la fascinación con que conquistó el mundo con aquello de:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Fue como oír una voz nueva. Una forma deslumbrante de relatar, personal y única, que nunca habíamos oído antes.
Y lo intentó. ¡Vaya si lo intentó! Y con textos tan valiosos como:

Aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser dueño de todo su poder.

Hoy he visto en las noticias a un tipo que se parece mucho a sí mismo. Tiene 75 años, cinco nietos y un bisnieto, y no ha mucho que le fue practicado un cateterismo para cambiar, reparar —o lo que quiera que se consiga con ello— una válvula del corazón. Se llama Mick Jagger, salta y baila como un atleta y luce una forma física admirable, todo fibra, sin gramo de grasa. Se dice que corre diez kilómetros diarios y hace muchas horas de ejercicio con un entrenador personal. Luce un tipito admirable de lejos y si se obvian las arrugas de la cara es difícil determinar quien es el joven y quien el viejo cuando se le compara con sus vídeos juveniles en blanco y negro. Sin embargo —como le pasara a Gabo, según Vargas Llosa—, da la impresión de ser un tipo que se esfuerza en imitarse a sí mismo. Frente a un espejo intenta —y consigue con notable éxito— reproducir aquellos movimientos que una vez hacía de manera natural y con los que conquistó el mundo. Le salen bien, y de lejos (en un escenario) da el pego, pero no es lo mismo. A muchos ya no nos sorprende y fascina. Al fin y al cabo, no deja de ser un imitador, alguien que se imita a sí mismo. Aunque le salga muy bien.

Román Rubio
Mayo 2019

domingo, 12 de mayo de 2019

Y EL PAÍS MENOS FEMINISTA DEL MUNDO ES… ¿DINAMARCA?


Y EL PAÍS MENOS FEMINISTA DEL MUNDO ES… ¿DINAMARCA?



Una encuesta entre más de 25.000 personas en 23 países descubrió que solo uno de cada seis daneses se considera feminista.




La encuesta concluye que solo una cuarta parte de las mujeres danesas se consideran feministas.
Es uno de los mejores lugares del mundo para ser mujer, con una brecha salarial muy baja, derechos de empleo igualitarios, servicios de guardería universales y uno de los países del mundo donde las mujeres obtienen las pensiones más altas.
En cambio, resulta una sorpresa descubrir que, en una encuesta global sobre las actitudes hacia el género, la igualdad de derechos y el movimiento MeToo, Dinamarca es uno de los países menos feministas del mundo.
La encuesta, llevada a cabo por el YouGov-Cambridge Globalist Project, a más de 25.000 personas en 23 grandes países, desveló que solo uno de cada seis daneses se considera feminista, un tercio dijo encontrar aceptable silbar a una mujer en la calle y dos de cada cinco mostraron una opinión desfavorable del movimiento MeToo.
“Es una pregunta difícil. ¿Qué es una ser feminista moderna?” Alega Helene Frost Hansen, una consultora de 37 años, mientras muerde un sándwich a la puerta de su oficina en la Plaza del Ayuntamiento de Copenhague. “Yo no quiero ser igual en todos los sentidos”.
De acuerdo con los datos obtenidos, solo una cuarta parte de las mujeres danesas se considera feminista, en crudo contraste con sus vecinas suecas, donde el 46% lo hace, y una proporción menor incluso que en países como Italia, España y el Reino Unido, países que, por el contrario, se encuentran muy por detrás de Dinamarca en igualdad entre los sexos.

Incluso la ministra para la igualdad Karen Ellemann declaró que no se consideraba una feminista cuando aceptó el puesto hace tres años.

De hecho, más mujeres danesas aceptan el hecho de que se les silbe que el de ser llamadas feministas, de acuerdo con la encuesta. Un tercio de ellas lo considera aceptable, la proporción más alta de ningún país después de Nigeria.
“A mí no me importa si se hace de una manera amable”, dice Hansen. “De hecho, lo tomo como un cumplido”, dice. “Muchas mujeres danesas dicen que les gustaría que los hombres fueran más como los del sur de Europa y que te dijeran si estás guapa”.

Rikke Andreassen, catedrática de Estudios de Comunicación en la Universidad Roskilde alega que una de las razones por las que las danesas toleran el acoso sexual de baja intensidad es la creencia de que lo que está hecho con buena intención debe ser disculpado.
“Tenemos una cultura en la que lo que dices no es racista o sexista si no lo haces con intención”, explica. Puedes tocar amablemente a una mujer en la medida en la que es “una broma”, explica, entonces, culturalmente vemos que no es tan malo”.
Ese puede ser parte del motivo de que el debate desencadenado por el movimiento MeToo ha prendido de manera tan diferente en Dinamarca de lo que lo ha hecho en Suecia, al otro lado del Estrecho de Öresund.
Solo el 4% de los hombres y el 8% de las mujeres de Dinamarca participantes en la encuesta manifestaron una expresión” muy favorable” hacia el movimiento MeToo, comparado con el 16% y 34% de Suecia y el 19% y 24% del resto de los países de la encuesta.

A Sara Pihl, de 32 años, que está paseando a su bebé en la céntrica Plaza Kultorvet, le preocupa que el movimiento MeToo haga que los hombres se inhiban en sus relaciones con las mujeres. “Creo que algunos hombres tienen miedo de hablar con las mujeres en el trabajo, por si se les acusa de algo”.

Las investigaciones de Andreassen sobre el movimiento MeToo ha descubierto que mientras en Suecia los medios de comunicación lo han tratado como un asunto político, en Dinamarca se le ha dado una cobertura en las secciones de cultura y opinión de los periódicos exponiendo a pocos hombres.
“Ha habido mucha gente escribiendo sobre el hecho de si es realmente cierto que las mujeres estén siendo acosadas o si están siendo demasiado susceptibles”, dice. “Y se han centrado mucho en lo que le ocurriría al hombre al que se le acusara falsamente”.

La catedrática sospecha que la resistencia a ver el acoso como problema puede ser el reflejo de la manera en que los políticos en Dinamarca, que han considerado el abuso sobre las mujeres como un asunto entre los musulmanes del país.
“Pero hay otra razón que quizá no deberías poner en mi boca”, dice, riendo. “Quizá mi país sea simplemente misógino”.

Traducido de The Guardian, 11/05/2019

Román Rubio
Mayo 2019







jueves, 2 de mayo de 2019

DE HEISEI A REIWA


DE HEISEI A REIWA


El emperador Akihito (82 años), ha sorprendido al público japonés, poco dado a innovaciones en lo que respecta al respeto de las tradiciones sintoístas, abdicando al Trono del Crisantemo en favor de su hijo Naruhito, de 59 años. Se inaugura pues la era Reiwa (Hermosa armonía) que sustituye a la era Heisei (Lograr la paz) que había sustituido al turbulento periodo de Showa (Armonía ilustrada, 1926-1988) en el que el Emperador Hiroito dejó de ser divino para ser (solo) un símbolo del pueblo japonés, siguiendo las directrices constitucionales impuestas por los aliados tras la II Guerra Mundial.
Lo cierto es que Akihito, que fue operado de un cáncer de próstata en 2003 y se le había practicado un bypass coronario en 2012, ha dicho basta; que su salud no le permite desempeñar su función y que debe de ser su hijo el que cargue con las servidumbres del cargo. Y lo hizo en una alocución televisada en lo que ha sido la segunda vez que el emperador habla directamente al pueblo desde 1989, en que inició su reinado. Seguía así la senda abierta por el papa Ratzinger, trillada por nuestro emérito borbón y vista con aparente desdén por Isabel II de Inglaterra, once años mayor que el anciano japonés.

Pero ¿tiene el emperador derecho a abdicar? Muchos ven en su decisión de abdicación un síntoma de su fracaso a la hora de comprender la naturaleza única del cargo, en especial los grupos más conservadores, celosos guardianes de las esencias niponas.
Murata Haruki (no confundir con el escritor Haruki Murakami), miembro del Nipon Kaigi (Conferencia de Japón) —un poderoso grupo de presión dominada por dirigentes sintoístas; entre otros, por los sacerdotes responsables de los santuarios de Ise, Jasukuni y Milje— publicó en la revista Seiron un artículo en el que critica duramente la decisión del emperador y la aquiescencia del gobierno haciendo los cambios constitucionales pertinentes y hace una lectura fascinante del del emperador:
“El emperador no puede referirse a sí mismo como individuo (como hace en el discurso televisado) puesto que es semidivino; no tiene necesidad de aprobación popular porque no es un político ni un actor, sino un descendiente de la diosa del Sol; no tiene por qué dirigirse por televisión al pueblo; a quienes debería dirigirse es a sus antepasados (y, ante todo, a la diosa del Sol y al primer emperador Jinmu)”.
Para Haruki, como para muchos esencialistas del sintonismo nipón, el emperador ha infringido la ley al inmiscuirse en la práctica legislativa requiriendo cambios constitucionales.

El titular del Trono del Crisantemo ha demostrado con su acción no tener nada de divino, sino de humano, requiriendo para sí un espacio más pequeño, más íntimo. En una ocasión leí un artículo de Manuel Vicent en el que expresaba la relación del ser humano con el mundo. Pasa sus primeros tiempos confinado en un pequeño espacio: la cuna, para requerir, a medida que crece, horizontes cada vez más amplios. En la madurez el escenario vital es el mundo; es el momento de los aeropuertos y los grandes viajes, para terminar en el sillón orejero y finalmente en una caja de madera de dimensiones similares a la cuna de la que partió. Akihito está ahora requiriendo su sillón orejero o lo que quiera que usen los japoneses en su lugar.

Estos días, enterrada en los escombros del bombardeo electoral, he leído otra noticia de las que me gustan: de las que ni son noticia ni son nada, pero que dan cuenta de cómo el mundo continúa incansable en su deambular por el universo. Guantánamo, el infausto penal de Guantánamo, en el que están recluidos los presos islamistas que no pueden estarlo dentro del territorio de los EEUU, por no cumplir su detención con las garantías penales y procesales, se está convirtiendo en un geriátrico con el implacable paso del tiempo. Con los problemas que ello conlleva de ayudas para la movilidad, mascarillas para la apnea, incontinencias varias, cirugías de caderas y rodillas y otros contratiempos de personas que no requieren ni vigilancia porque van olvidando quiénes son y por qué están allí. Los despiadados carceleros y torturadores deberán reciclarse en celadores geriátricos para atender a tan decrépita y desmemoriada clientela.
Lo que es la vida.

Román Rubio
Mayo 2019