lunes, 2 de diciembre de 2019

LA CULPA ES DEL MAESTRO ARMERO


LA CULPA ES DEL MAESTRO ARMERO




Para quienes no hayan hecho la mili aclararé que el maestro armero es el artesano encargado del mantenimiento de los fusiles del Regimiento. ¿Que no se acertaba en el blanco? La culpa era del maestro armero, que había dejado mal alineadas las mirillas de puntería.

A Bolsonaro parece que se le está quemando la Amazonía. ¿La culpa? De Leonardo DiCaprio, que aporta fondos a la organización Earth Alliance, que, como su nombre indica (Alianza por la Tierra), se dedica, no a proteger la Amazonía sino a prenderle fuego.

Es algo común. ¿Ha ocurrido un desastre? Miro a mi alrededor y le echo la culpa a mi enemigo, aunque este estuviera visitando a su tía de Valladolid en el momento de la tragedia. Sin pudor alguno. Por la cara. Total…, ¡si siempre va a haber un número indeterminado de idiotas que se lo van a creer!
¿Recuerdan los tiempos posteriores al 11M?  En la COPE se juntaron Jiménez Losantos, P. J. Ramírez y algún otro y decidieron que los culpables habían de ser ETA, Rubalcaba, el Reino de Marruecos y la Masonería. ¡Ah!, Pedro Jota añadió a los policías que supuestamente le habían grabado con Exuperancia. ¿Y no habrá ningún vecino de escalera que me caiga mal? Pues lo incluyo en la lista y asunto terminado.

Otro coloso de la mentira sin escrúpulos es Donald Trump, que  culpó  al padre del su rival por la candidatura de Partido Republicano, Ted Cruz, de haber matado a Kennedy, mientras este le disputaba el puesto. ¿Y saben lo peor? Que mucha gente le creyó. Como le creyó cuando acusó a Obama de haber nacido en el extranjero. Parece una nimiedad, pero no lo es tanto: el haber nacido en el extranjero inhabilita a alguien para optar a la presidencia del país. Era fácilmente comprobable por un candidato a la Presidencia. También lo era demostrar la falsedad, como hizo Obama enseñando su certificación de nacimiento, pero la duda ya estaba creada. ¿No habría sido esta falsificada?

El hecho de inventar y difundir trolas para apoyar los intereses de uno es propio de cínicos ambiciosos  y estos han existido siempre, como también han existido (y eso es lo más preocupante, público dispuesto a creérselas.

¿La verdad? Ni la sé ni me importa. Yo aquí he venido a que me cuenten lo que quiero oír. Y si se lo tiene que inventar usted, pues se lo inventa.

Y de eso no hay quien se salve, ¿o no aplaudieron ustedes cuando el capitán Renault dijo aquello de: “detengan a los sospechosos habituales”, salvando así a Rick?

Hay alguna diferencia: sabíamos que el cínico Renault mentía, con lo que no nos engañaba, más bien nos hacía cómplices de su cinismo —que aceptábamos con gusto—, mientras que los idiotas creen o quieren creer que lo que les cuentan los malvados es verdad.

Y, al fin y al cabo, Renault es un personaje de película y Bolsonaro, Losantos, P.J. y Trump son bien reales. Boris Johnson, también.

Román Rubio
Diciembre 2019

miércoles, 27 de noviembre de 2019

EL LENGUAJE DE LAS FLORES



EL LENGUAJE DE LAS FLORES



Dicen que las flores hablan. Yo no las he oído nunca, quizá porque estoy dotado con la sensibilidad de un puercoespín, pero quienes tienen alma de poeta dicen entender su lenguaje. Las más parlanchinas de todas —quizá por ser más comunes— parecen ser las rosas: las rojas expresan pasión, infatuación amorosa; las amarillas amistad, amor platónico o amor agonizante ¿?, las blancas, inocencia, pureza…; la flor del azahar expresa castidad; el geranio oscuro, melancolía y la violeta, simplicidad y pudor.

El lenguaje —el que se escucha—también tiene (como el de las flores) muchas lecturas. Por el acento podemos adivinar si una persona está muy formada o es semianalfabeta y de qué región viene. El acento delata. Además del sentido denotativo de las palabras, estas acarrean otro, el connotativo, que es muy significativo.

En la obra Pygmalion, de Bernard Shaw, el lingüista Prof  Higgins se vanagloria de que es capaz de determinar el origen y hasta el barrio y la calle de donde proviene cada persona, solo con oírle decir unas frases. Después, convertiría a Liza, la vendedora callejera, en una dama y se enamoraría de ella, pero esa es otra historia.

Con tal de blanquear los sepulcros, los países tuvieron la genial idea en el siglo pasado de cambiar el nombre del Ministerio de la Guerra por el de Defensa (¿qué diría Largo Caballero?), aunque a algunos les sirva para invadir Irak; y el “modernísimo” gobierno de Sánchez tuvo la brillante idea de cambiar el preciso, sencillo y descriptivo nombre de Ministerio de Medio Ambiente por el ridículo Ministerio para la Transición Ecológica. ¡Y pensar que algún coach o asesorcillo cobraría por ello!

Escuché en una tertulia radiofónica una ácida discusión entre dos intervinientes, ambas mujeres, porque una definía como “violencia machista” lo que otra veía como  “violencia doméstica”. Por el tono de la discusión, parecían estar de acuerdo en todo menos en la denominación. Parole, parole, parole.

Hace un par de días que trascendió un vídeo del Ayuntamiento de Barcelona para prevenir o denunciar las actitudes machistas entre la gente joven. Dos chicos están viendo en el móvil un vídeo enviado por otro amigo en el que estaba “tirándose” a una conocida. Los jóvenes ensalzaban la gallarda figura del amigo y hacían comentarios machistas y soeces sobre el cuerpo de chica. En castellano.

Un tercer amigo, que estaba con ellos, asqueado, se enfrenta a los dos mentecatos afeándoles su conducta y pidiendo respeto para la chica. En catalán.

Por supuesto, desde el Ayuntamiento, tras las protestas de muchos ciudadanos, se dijo que ¡qué mal pensados!, que el hecho de poner en lengua castellana lo brutal, ultrajante, chusco y cruel y en catalán lo conciliador, civilizado e igualitario era una coincidencia. ¿Cómo podría ser de otro modo?


Llámenme mal pensado, pero, para mí, un vídeo que se graba con planificación presupuestaria y artística, con su guión y todo, en el que los malos machistas hablan en una lengua y los buenos en otra me recuerda a las películas de Hollywood en las que el malo habla inglés con acento alemán o ruso. ¿A ustedes no?



Román Rubio
Noviembre 2019-11-27


miércoles, 20 de noviembre de 2019

SENTIDO COMÚN


SENTIDO COMÚN




Todo el mundo sabe qué es el sentido común, aunque a la mayoría, a bote pronto, le cueste definirlo. Se trata más o menos de “los conocimientos y las creencias compartidos por una comunidad y considerados como prudentes, lógicos o válidos”. O, dicho de otra manera: “la capacidad natural de juzgar los acontecimientos y eventos de forma razonable”.

Es uno de esos conceptos que se entienden mejor mostrando ejemplos. Valga uno:
Hay en el Índico una pequeña isla, perteneciente a la India, aunque alejada 100 millas de su costa, que está habitada por una población de unos 200 cazadores-recolectores, alejados de la civilización y que siempre se han mostrado hostiles a las visitas de los “civilizados”, recibiéndoles a flechazos, y no precisamente amorosos, como los de Cupido.

Hace justo un año (el noviembre pasado), el estadounidense de 26 años John Allen Chau desapareció en la isla y nunca más se supo de él. El joven desembarcó armado de una Biblia, con el firme propósito de cristianizar a sus habitantes. El día anterior a su desaparición había hecho el primer intento de desembarco del que reculó, rechazado por las flechas, mientras gritaba: “Mi nombre es John, os amo y Jesús os ama”. O así fue como lo consignó el devoto iluminado en su diario.
La situación es, a todas luces absurda, carente de “sentido común”. En primer lugar, ¿qué interés o ventaja puede tener para unos seres “primitivos” el hecho de que un tal Jesús les ame? ¿Por qué habrían de querer ser cristianizados, si es que llegaran a intuir que ese era el propósito del hombre blanco? Y, ¿por qué extraña circunstancia habrían de entender el mensaje si el americano se lo gritaba en inglés?

Hace poco he escuchado en la radio las declaraciones de una miembro de los CDR de Cataluña defendiendo las actuaciones de los piquetes causantes de los desórdenes públicos allí. Al ser interpelada acerca del (mal) uso de la libertad de algunos que lesiona la de muchos —como los transportistas camino de Francia o quienes quieren asistir a las clases de la Universidad— la militante ha venido a decir que se aguanten, que la libertad individual está subordinada a la libertad colectiva y que para conseguir esta hay que sacrificar aquella, porque —dice la militante— “las acciones tienen que estar al servicio de la razón y la razón la tenemos nosotros”.

Así de claro lo tiene. “¿Tu verdad? No, la verdad. Y ven conmigo a buscarla”. No, no se confundan: esas palabras son de Antonio Machado, mucho más humilde titubeante y tibio (y muchísimo más sabio) que de la militante de la CUP.

Para que las personas se entiendan debe haber, en primer lugar, “sentido común”, que, como dice la filosofía popular  “no es el más común de los sentidos”. Y que antes — parece que hace siglos— en aquel país sí que lo había, y le llamaban seny.


Román Rubio
Noviembre 2019

jueves, 14 de noviembre de 2019

VOX (POPULI)


VOX (POPULI)




Acaban de llegar. Bueno, ya estaban aquí, pero ya saben a lo que me refiero, y me gustaría anotar unas cuentas reflexiones sobre el fenómeno, así, a vuelapluma. Casi sin pensar.

Vox crece. De acuerdo. Y mucho. Son varios los factores: uno de ellos —aunque no el principal— es la torpeza del Presidente convocando elecciones. En esencia, crece porque representa el nacionalismo español (españolista) radical y este aumenta con el aumento del nacionalismo periférico catalán (catalanista). Siempre es igual: ¿El PP de Aznar es muy pero que muy español? El independentismo pasa del 20% al 40%. ¿Arde Barcelona? Vox dobla diputados.

El fascismo aumenta mucho en España. Falso. Son los mismos que eran. Los de Vox no han nacido estas semanas ni se han visto iluminados por la cegadora luz de Pablo de Tarso. Existían; lo que pasa es que estaban encuadrados en el PP. Ahora son los mismos, pero segregados y quizá más convencidos.

Extrema derecha. Cuidadín con los adjetivos. Todo escritor profesional (y hasta los amateurs) sabe que hay que ser prudente con los adjetivos. Si a lo “malo” le llamamos “horrible” y a lo “aceptable” le llamamos “extraordinario”, corremos el riesgo de quedarnos sin campo semántico para cuando haya que definir algo de verdad “horrible” o “extraordinario”. Yo los llamaría “derecha tradicionalista” y me guardaría lo de “extrema” para los elementos y grupos violentos y estraparlamentarios.
En EEUU han optado por la poco descriptiva expresión de Alt Right (Alternative Right).
De todos modos, si usted quiere llamarles “extrema” derecha es muy libre de hacerlo. Ahora bien, busque un adjetivo para calificar a los que van por ahí repartiendo mamporros (España 2000 y otros). ¿Extremísima, quizá?

Dejemos, pues, el tema, no vaya a ser que nos ocurra como a aquellos que se enzarzaron con la discusión sobre el sexo de los ángeles con los turcos a las puertas de Bizancio.

Todos ellos son malas personas. Falso. Vale, de acuerdo; la cara del Secretario General del Partido parece confirmar la tesis, pero, créanme: los hay malos, muy malos, buenos y muy buenos. Son como usted y como yo. Cuidan de sus hijos y sus mayores, donan órganos, echan una mano en las desgracias y se enfadan cuando los dueños de los perros no recogen los excrementos de las aceras. Como todos. En mi infancia se representaba a los comunistas con cuernos y rabo y en las películas de Bertolucci los fascistas matan a los niños a golpes contra la pared, sujetándoles por los tobillos, lo cual nunca hizo tu abuelo. Sí, ya sabes; el falangista.
Recuerden lo que dijo Hanna Arendt sobre Eichmann sobre el hombre corriente al servicio de las ideas y del mal.

Nostálgicos del franquismo. Sí. Muchos lo son. Otros, no tanto, aunque sientan nostalgia por el orden y la paz (lamentablemente, también por la de los cementerios)

Son violentos. No. Hasta ahora no. Hay quién dice: “Déjalos y verás. Estos empiezan demócratas (como Hitler) y terminan en dictadura fascista”. No sé. Quizá; pero de momento, no lo son.

Tienen futuro. Sí. Y mucho. Como en Francia, Holanda, Polonia, Hungría, Alemania… Bueno, en Alemania algo menos, pero es que no es comparable. ¿O es que no han visto los documentales de cómo quedó aquello en el 1945?

El asunto está caliente. Seguiremos opinando, conforme vayamos teniendo más datos.


Román Rubio
Noviembre 2019

lunes, 11 de noviembre de 2019

HERMANO LOBO


HERMANO LOBO
Jornada electoral.




¡El Lobo, qué gran turrón, qué gran turrón!




Había una vez un niño muy guapo y templado al que llamaban Pedro. Era pastorcillo y muy bromista y decidido. Gustaba el zagal de bajar al poblado a gritar: “el lobo, el lobo, que viene el lobo” y ver cómo la gente guardaba su ganado y se escondía recelosa en sus casas. Así, se ganaba la confianza de los paisanos y reafirmaba su autoridad de muchacho gallardo y decidido, aunque hubiera en él más fachada que sustancia.

Otro niño del pueblo, primo y rival envidioso del primero, llamado Pablo (Pablito, aunque a veces gustaba llamarse a sí mismo Pablita), más bajito, andaba detrás del primero coreando: “el lobo, el lobo, que viene el lobo”.

El Hermano Lobo andaba medio dormido, consciente de la dificultad de entrar al pueblo, rodeado de cazadores, pero tanto oía gritar su nombre y tanto era el miedo que veía que lograban transmitir los pastorcillos, que sacó pecho, salió de su madriguera y se lanzó al camino.

El pregonero de la aldea también ayudaba. No había día que no saliera con su trompetilla y cantara por todos los rincones del pueblo: “Ya viene el lobo feroz, cantando alegre el bayón...” o aquella, también muy celebrada de “¿Quién teme al lobo feroz, al lobo, al lobo?”

Lo primero que hizo el lobo fue comerse a Albert El Corderito (beeeeeeeé), al que encontró despistado por el camino. Era este un corderito muy, pero que muy ambicioso, lo que le hacía querer estar en todas partes menos donde se le necesitaba. Además, andaba siempre crispado, cosa extraña en los ovinos, y tenía la ridícula idea de andar por los corrales mostrando gráficos, ladrillos y otros objetos para hacerse entender, táctica que hasta el rollizo y esquivo gato Rufián había abandonado, por lo irrisorio e inútil. Aún así, dejó una parte del festín para que lo devoraran los buitres que sobrevolaban la aldea.

Entretanto, el zorro Pablo (no confundir con el cándido pastorcillo), presenciaba feliz el espectáculo, aunque algo intranquilo por el envalentonamiento del Hermano Lobo. Pablo, que se había dejado crecer la barba para parecer más mayor,  había estado muy enfermo, pero el bueno de Pedro le había salvado la vida, echando comida en su madriguera, a pesar de que su naturaleza ladina amenazaba a su ganado tanto como la agresividad del lobo.

Se aproximaba la Navidad, la época del turrón, y por todas las esquinas del poblado el pregonero canturreaba alegremente el mensaje de: “El Lobo, qué gran turrón, qué gran turrón”, como si se quisiera olvidar que Delaviuda, Suchard, Antiu-Xixona y hasta Hacendado, como Teruel,  también existen.

Pues bien, el Hermano Lobo ya acecha la aldea. Las cabritas se están escondiendo bajo la caja del reloj y los cerditos están pidiendo presupuestos de albañilería: los que tienen casa de paja quieren construírsela de madera y estos de ladrillo.

Los pastorcillos Pedro y Pablo están muy, pero que muy arrepentidos y han prometido al maestro que harán las paces y este les ha puesto a copiar quinientas veces: “No volveré a hacer el tonto”. El pobre cabritillo y su ganado, sin embargo, han sido devorados por el lobo y por los cuervos.

Los demás, esperamos que llegue Francisco. El de Asís.

Román Rubio


lunes, 4 de noviembre de 2019

LA PEOR PARTE


LA PEOR PARTE




“Me odia, exactamente, media España”, le oí a decir hace poco a Wyoming en uno de esos destellos de lucidez a los que nos tiene acostumbrados. La mitad de los españoles odian a su persona, y odian, sobre todo, a su personaje, su versión humorística e histriónica. La otra mitad, más o menos, le adora. O al menos, le soporta.

Les pasa a todos los que se exponen públicamente. Uno expresa su opinión sobre algo e inmediatamente tiene como enemigos a media España: más enemigos cuanto más popular sea el personaje. Solo los tibios, los mediopensionistas y los que no abren la boca están a salvo de la animadversión de los otros, y eso porque solo consiguen menosprecio. Los demás, los que tienen convicciones, son vilipendiados por el 50% de sus compatriotas. Yo mismo trato de exponer las mías de una manera comedida en mis escritos destinados a hacerse públicos. Aún así, me ha costado algún que otro amigo. En mi descargo apuntaré que he perdido algunos por izquierdista y/o independentista (¡dios, ¿quién habrá inventado tan absurda asociación?!) y a otros por lo contrario, por constitucionalista facha (otra asociación demencial), con lo que tengo la impresión de estar en el buen camino, alejado de la senda de los rebaños fanáticos.

¿Pero, quiere decir que el 50% que no te detesta te adora? Bueno, no necesariamente. Una parte de ellos sí, pero a otros les caes bien solo parcialmente. Ese es el caso de Fernando Savater, personaje que atesora muchas fobias y también filias, aunque estas, más parciales. Yo soy uno de ellos.

Savater es  un tipo que me interesa y del que leo todo lo que cae en mis manos, que son sus artículos —que publica en El País— y algunos de sus libros. Me gusta la precisión y solvencia de su prosa: rica, imaginativa y chispeante, salpicada de citas oportunas, cultas y esclarecedoras. En cuanto a lo que dice, todo (o casi todo) tiene un gran sentido común. Discrepo con él, a veces, más por la intensidad o el grado de sus posturas y convicciones que por estas en sí, con las que, en términos generales, coincido. Claro que el filósofo aporta siempre un punto de vista personal  e indómito exento de gregarismo ideológico bobalicón: “…en mi relación con los dos hemisferios del mapa político no hay equidistancia, sino dos pulsiones —o, más bien, repulsiones — opuestas: de la llamada izquierda me repele mucho de lo que hace y bastante de lo que dice (especialmente en estos últimos tiempos), pero de la denominada derecha me distancia sobre todo lo que es”.

Acabo de leer su último libro La peor parte, dedicado a su mujer de los últimos treinta y tantos años, Sara Torres Marrero (Pelo Cohete, para el autor), muerta tras un demoledor proceso cancerígeno de nueve meses de grandes sufrimientos.

Es posible que haya ocurrido, pero no recuerdo haber sido testigo de una confesión de afecto, ternura, pasión y pérdida tan sentida como la que el filósofo dedica a su compañera, a su mujer, al amor de su vida.

“Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”. Goethe.
Román Rubio

Noviembre 2019

lunes, 28 de octubre de 2019

DE DÓNDE VENIMOS


DE DÓNDE VENIMOS




Barcelona, 26 de julio-2 de agosto, 1909. Semana Trágica.

En un contexto deprimido por la pérdida de las colonias en 1898, el gobierno conservador de Maura decide enviar tropas de refuerzo al norte de África para proteger, no solo el prestigio de España sino los intereses de las compañías del Conde de Romanones, los Güell y otros oligarcas, lo que provoca un intenso rechazo entre las clases populares que ven como sus jóvenes caen muertos en lejanas aventuras coloniales mientras los hijos de los ricos compran su derecho a no ser llamados a filas por la cantidad de 6.000 reales.

El lunes 26 de julio la revuelta obrera iniciada en las afueras se desplaza al centro de la ciudad en donde paraliza la marcha de los tranvías y fuerza el cierre de comercios y cafés al tiempo que incomunican la ciudad por carretera, ferrocarril, teléfono y telégrafo. El Capitán General declaró el estado de guerra, lo que motivó la dimisión del gobernador civil. Se levantaron cientos de barricadas y se asaltaron las armerías para el  suministro de armas de los insurrectos. Se saquearon e incendiaron muchos edificios, hubo pillaje en los comercios y profanación de tumbas de religiosos.

Unos 10000 soldados fueron ocupando la ciudad mientras los sublevados iban aflojando, quedando sofocada la insurrección el 2 de agosto. En total se contabilizaron 78 muertos (75 civiles y tres militares), medio millar de heridos y 112 edificios incendiados, 80 de ellos religiosos.

Se procesó a 2000 personas y se impusieron 175 penas de destierro, 59 cadenas perpetuas y cinco condenas a muerte, entre ellas al (inocente) pedagogo Ferrer i Guardia y a un tal Clemente García, discapacitado mental que había bailado en la calle con el cadáver de una monja.


Barcelona. Sucesos de Mayo. 3-8 de mayo de 1937.

Por un lado, aquellos que anteponían la revolución a la defensa de la República: los anarquistas de la CNT, las Juventudes Libertarias y una parte de los comunistas: los (llamémosles en beneficio de la simplicidad) trotskistas del POUM;  y por el otro lado la República Española, la Generalitat de Catalunya y los comunistas del PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña); estos últimos, partidarios de la revolución pero fieles a la República como medio para vencer al fascismo.

Se cortaron comunicaciones terrestres y ferroviarias y se construyeron cientos de barricadas en las calles de Barcelona; el este de Las Ramblas, dominado por el PSUC y el Gobierno; y el oeste y los suburbios, por grupos anarquistas incontrolados que no seguían ni las consignas de sus propios líderes.

Se llevaron tropas y guardias de asalto desde Valencia y Madrid y dos destructores y el acorazado Jaime I llegaron al puerto de Barcelona cargados de hombres armados. La concentración en Barbastro de la 26ª División Anarquista (Columna Durruti) —con la intención de marchar hacia Barcelona en apoyo del otro bando— hacía temerse lo peor: una guerra civil abierta dentro de otra guerra civil.

El resultado fue de 500 muertos y mil heridos.

Román Rubio
Octubre 2019

domingo, 20 de octubre de 2019

NO HAY MÁS CIEGO QUE QUIEN NO QUIERE VER


NO HAY MÁS CIEGO QUE QUIEN NO QUIERE VER




 “Cuando un hombre hace algo completamente estúpido es siempre por los motivos más nobles”.
“Nada es verdaderamente cierto solo porque un hombre muera por ello”.
Oscar Wilde

11 de mayo de 1931: decenas de conventos, colegios y centros católicos son quemados.

20 de diciembre: Linchamiento de 4 guardias civiles en Castilblanco (Badajoz) en el marco de unas manifestaciones y huelgas convocadas por la Federación de Trabajadores de la Tierra.

5 de enero 1932: Arnedo, La Rioja. Guardias civiles abren fuego contra campesinos matando a once personas, entre ellas, a cuatro mujeres y un niño e hiriendo a 16 más.

10 de enero: Mitin carlista. A la salida, algunos se encaran con jóvenes socialistas y se produce un tiroteo con el resultado de tres muertos y un número indeterminado de heridos. Las pesquisas determinan que los tiros habían salido del Convento de las Madres Reparadoras de la vecindad. Se publica la orden de disolución de los Jesuítas.

Abril: enfrentamiento entre socialistas y carlistas en Pamplona. 2 fallecidos y 8 heridos por arma de fuego.

10 de agosto: golpe de estado fallido del General Sanjurjo (La Sanjurjada)

Julio: Huelga de la Telefónica emprendida por la CNT que da lugar a los acontecimientos trágicos en Sevilla. 30 muertos y unos 200 heridos. Insurrección anarquista en el alto Llobregat en la que las banderas republicanas son sustituidas por la rojinegra de la FAI/CNT.

Enero 1933. Levantamiento anarquista para instaurar el comunismo libertario que deja un balance de 37 muertos y 300 heridos en tres días en Cataluña, Valencia y Andalucía.

11 de enero. En Casas Viejas (Cádiz), la Guardia de Asalto abre fuego matando a todos los habitantes de la casa de un cabecilla de las revueltas campesinas de la zona. Se fusila in situ a catorce personas.

29 de octubre. Fundación de Falange Española.

Diciembre de 1933: Siete días de insurrección anarquista con Zaragoza como foco principal. 75 muertos y 101 heridos entre los insurrectos y 14 muertos y 63 heridos entre las fuerzas del orden (Guardia Civil y Guardia de Asalto)

Octubre de 1934: Revolución de octubre. 40 muertos en el País Vasco y 8 soldados y 38 civiles en Cataluña. Asturias: 34 religiosos asesinados y 58 iglesias y conventos incendiados. 1.100 muertos y 2.000 heridos entre los sublevados y unos 300 en las fuerzas de seguridad coordinadas desde Madrid por un joven general de nombre Francisco Franco.

Mayo 1936: Yeste (Albacete). Enfrentamiento entre jornaleros y Guardia Civil. 1 guardia y 17 campesinos muertos, algunos de ellos a sangre fría.

12 de marzo. Aparece La Falange en el escenario de la acción. Atentado contra Luís Jiménez de Asúa en el que muere su chófer Jesús Gisbert.

14 y 15 de abril: Atentado en el Paseo de la Castellana en un desfile militar perpetrado por falangistas del que salen ilesos Martínez Barrio y Azaña. Muere un militar. A continuación se produce un tiroteo con el resultado de seis muertos y algunos heridos. Uno de los muertos es Ángel Sáez de Heredia, primo de José Antonio.

Entre abril y junio, los falangistas causaron más de 50 víctimas entre militantes de izquierda, la mayoría en Madrid. Las represalias acabaron con la vida de unos 40 falangistas. Unos cien edificios religiosos fueron asaltados e incendiados, aunque sin víctimas.

Y luego vino lo peor. Y, cuando ya parecía que todo el mal estaba hecho, vino la cruel e inmisericorde represalia de la posguerra.

Y en esta rueda de la fortuna, que en este país siempre parece detenerse en impar y negro, llegó la Transición, el periodo más largo de paz, democracia y prosperidad que las últimas 20 generaciones han conocido. Hoy se la discute y desprestigia. Muy, pero que muy mal agüero.

“La verdad es raramente pura y nunca simple”. O.W


Román Rubio
Octubre 2019

domingo, 13 de octubre de 2019

SANT DONÍS


SANT DONÍS




El 9 de Octubre no solo es la fiesta de la Comunidad Valenciana. Es también la fiesta de Sant Donís, el San Valentín valenciano. Me lo recordó el hecho de ver desfilar al Gremio de Pasteleros con su chaquetilla blanca en la Procesión Cívica. Eso, y los expositores del horno de mi calle, que por esas fechas se llenan de pequeñas frutas de mazapán. Y es que por aquí es tradición lo de la mocaorà, un pañuelito lleno de frutas y hortalizas de esa masa azucarada que los enamorados regalaban al objeto de sus amores, humilde interpretación del bono por la noche en el spa o la cena en el restaurante de media estrella michelín que habría de venir después.

Despistado como es uno, nunca había pensado que nuestro Sant Donís era el Saint Denis de los parisinos, ese que da nombre al barrio de París y a la población del extrarradio que acoge la famosa basílica y el Stade de France.

Saint Denis (San Donisio) fue el primer obispo de París y Apóstol de las Galias, en época romana. Fue martirizado y decapitado, en 272, en compañía de dos de sus discípulos, Rústico y Eleuterio, probablemente en Montmartre (mons Martyrum), durante la persecución de Aureliano. Aún así, descabezado como estaba, el empecinado obispo anduvo con la cabeza debajo del brazo la distancia considerable de unos seis kilómetros hasta el lugar en que hoy se levanta la basílica, en la banlieu parisina e hizo entrega de la misma (de la cabeza) a Casulla, una devota mujer descendiente de la nobleza romana, tras lo cual se desplomó. Curiosamente, la basílica que se construyó en honor del santo acogió después a los Reyes de Francia; entre ellos Luis XVI y María Antonieta, también decapitados. Allí, en el cadalso fue donde la reina, tras pisar involuntariamente el pie del verdugo, dijo aquello de: “Pardonez-moi, monsieur. Je ne l’ai pas fait exprès” (Perdóneme señor. No lo he hecho adrede). Noblesse oblige.

Tres días después de Sant Donís, el 12 de octubre, se celebra en España el día de la Virgen del Pilar, rememorando la aparición de la Virgen María en carne mortal al Apóstol Santiago en Caesaraugusta (Zaragoza) a las orillas del Ebro, unos 230 años antes de la caminata del obispo parisino con su cabeza bajo el brazo. La Virgen le habría transmitido su deseo, conocido por Jesucristo,  de que la acompañara en el momento de su muerte junto a los otros discípulos, con lo que Santiago fue a Judea, y allí fue ajusticiado y decapitado por orden de Herodes Agripa. Dos de sus discípulos, Atanasio y Teodoro, se habrían encargado de traer el cuerpo decapitado navegando en una improbable “barca de piedra” hasta Compostela, en donde fue enterrado.

Esta versión ha sido cuestionada por muchos historiadores, algunos de la significación de Unamuno y Sánchez Albornoz, que piensan que el inquilino de tan famosa tumba no es el Apóstol sino el obispo galaico Prisciliano, acusado de brujería y gnosticismo, ejecutado, ¿adivinan cómo? Exacto: decapitado,  junto a unos compañeros en una ciudad centroeuropea y presuntamente traído a Galicia en 385 por dos de sus discípulos que estarían enterrados junto al insigne gnóstico.
Todos ellos terminaron con la cabeza separada del cuerpo y en compañía de dos discípulos. Casualidad.

La bella Judith salvó a su ciudad y al pueblo de Israel cortando la cabeza de Holofernes, general asirio, y Salomé, otra bella del lugar, tras encandilar a Herodes Antipas con un artístico baile, pide a este la cabeza de Juan el Bautista, que le es ofrecida en bandeja de plata.

Hace unos días, una mujer en Castro Urdiales dejó a una amiga un paquete para que se lo guardara. La amiga, intrigada por el olor, abrió el envoltorio y descubrió una cabeza humana. Era la de un hombre, pareja de la mujer, que había desaparecido meses antes. Este decapitado sin milagro ni “barca de piedra” ni discípulos. Sin épica, sin relato. Sin cuerpo, siquiera. Solo sordidez.

Román Rubio
Octubre 2019

jueves, 10 de octubre de 2019

EL CAZADOR


EL CAZADOR


La edición digital del domingo 6 de octubre traía un reportaje sobre un tal Marcial Gómez Suqueira, de 79 años, cazador y “franquista con orgullo” en el que este se vanagloria de haber matado varios miles de ejemplares de 420 especies (algunas de ellas protegidas, como el oso polar o el rinoceronte blanco) de caza mayor a lo largo y ancho del mundo. El personaje, que piensa donar, o ceder —que no lo tengo claro—, su colección  a la Junta de Extremadura para hacer un museo, es un rico empresario que fue propietario y vendió el 52% de la aseguradora Sanitas por una millonada y  dice cosas como: “hace tres años intenté calcular el tiempo que he estado cazando. Me salía que he estado pegando tiros, las 24 horas del día, durante once años y tres meses de mi vida. Sin parar, pegando tiros”.


Confiesa haber tenido cuatro aviones en su vida (mejorando el modelo cada vez) y haber pasado la mayor parte del tiempo yendo de un sitio a otro del globo, con el único propósito de matar animales. En su colección de “trofeos” (quizá la mayor del mundo) se topa uno tanto con un leopardo de Zimbabue como un tigre de Tailandia, un león de Sudáfrica, un ocelote de México o un guepardo de Namibia, un lobo de Alaska, un armadillo de EEUU o un cocodrilo de Tanzania. Miles.

Puedo comprender a quien le tira a la perdiz para echarla a la paella e incluso al que espera una noche al jabalí que le destroza la cosecha, pero en un tipo que mata por matar, solo veo maldad. Resulta difícil ver donde reside el placer de abatir a un animal salvaje. Creo que hay que ser muy mala persona para gastarse una pasta en irse al otro lado del mundo con el único objetivo de matar algo inocente y bello.

Como es natural, el texto levantó gran indignación. Unos, como yo, por el hecho de que existan tipos así y otros en contra del periodista y del periódico El País por publicarlo, quejándose de que el punto de vista del autor del reportaje fuera demasiado neutral o tibio en la condena al individuo, limitándose a exponer lo que ve y lo que dice.
Es cierto que Manuel Ansede, que es quien firma el impecable reportaje, en ningún momento da su opinión. Y mucho menos se permite juicio alguno. Ya lo hará el lector. Y eso es algo que muchos no le perdonan. No les basta con conocer los hechos. Quieren que se los expliquen y se los sirvan, no solo vistos para sentencia sino ya juzgados, malacostumbrados, quizá, por aquello de: “Ya conocen ustedes las noticias. Ahora nosotros les contaremos la verdad”. Eso, eso, bien mascadito; que me la cuenten, que me la cuenten.

Y no es porque el periodista no tenga una opinión, que seguro que sí que la tiene; de hecho, contextualiza al personaje con observaciones como la de que lleva la bandera de España con el aguilucho en su iPhone o que tiene el retrato de Franco presidiendo la sala del billar, pero está escribiendo un reportaje y no una columna de opinión. ¿Por qué habría de devaluar con su opinión lo que de tan forma tan poderosa muestran los hechos?

Ay, pero muchos quieren (exigen) que se tutele su pensamiento y se les diga exactamente lo que quieren oír, que su atonía intelectual se vea respaldada por una fuente de prestigio. Unos esperan a ver qué dice El País, otros a ver qué dice Wyoming y la mayoría a ver qué dice Iñaki Gabilondo.

Y ese sí que tiene la última palabra. ¡Qué gran peso sobre tus espaldas tienes, Iñaki!


Román Rubio
Octubre 2019

martes, 8 de octubre de 2019

BANDERITA, TÚ ERES ROJA


BANDERITA, TÚ ERES ROJA





Hace ya años que acompañé a un amigo extranjero a ver un partido a Mestalla. Allí, mi amigo se quedó muy extrañado al ver que la afición valencianista parecía no tener un color determinado: unos llevaban camiseta blanca, otros naranja, otros con los colores de la señera y otros negra, azul o, incluso, dorada. Los únicos que parecían tener colores de club eran los rojiblancos bilbaínos agrupados allá en lo alto, en el rincón noroeste del Gol Gran. Como la situación del club era muy inestable en aquel tiempo cada camiseta tenía un anunciante distinto, con lo que un forastero tenía la impresión de ir a ver un trofeo cuadrangular en vez de un partido de Liga.

Escribo esto la víspera del 9 d’Octubre, fiesta de la Comunidad Valenciana con lo que mañana disfrutaré de la exhibición de banderas que más que a un país representarán de nuevo más bien un torneo cuadrangular. El año pasado observé a unos extranjeros que situados junto a mí presenciaban la manifestación de la tarde en la Calle Colón con cara de no entender nada. Por si me preguntaban por el significado de tanta banderola, yo me había hecho un esquema mental que más o menos era:

Hay unos ciudadanos que marchan pacífica y festivamente por el centro de la calzada exhibiendo unas banderas a franjas rojas y amarillas más o menos delgadas. Otros, que parecen ser amigos porque marchan a su lado en jovial camaradería, portan una bandera igual pero con una estrella. Entre ellos no parece haber ningún tipo de problema. Algunos conversan animadamente.  Claro que –habría que explicarle al turista- esta camaradería se da porque se trata de Valencia, que en Barcelona…, pero, en fin, allá ellos. Otros andan entremezclados en pacífica armonía portando banderolas de franjas más anchas, también rojas y amarillas, pero con una raya morada. Estos —habría que informar al de fuera—  son los nostálgicos  la República Española. El hecho de que vayan junto a los que abogan por una república catalana independiente y a los que portan la señera sin estrella (que representa la Cataluña autonómica pero puede representar, también, a los Països Catalans) es un poco difícil de entender, pero es solo para los extranjeros, porque para nosotros, los de aquí, está más claro que el agua.

Ahora vamos con los que vociferan, increpan e insultan a los que desfilan: A pesar de que los colores de sus banderas  sean los mismos, como pueden ver, son enemigos. Los de la bandera roja y amarilla de rayas gordas son los que están por la unidad de España, pero no hay que confundirse: no pueden ver a los de la raya morada que desfilan por la calzada  porque unos están por la república y otros por… bueno, por cualquier cosa que no sea república: monarquía, dictadura… todo depende de si llevan en su bandera un escudo o un aguilucho.
Es muy importante  que estos otros de las barras delgadas que hacen colla con los de las tres rayas gordas con los  mismos colores no se confundan con los de dentro de la calzada. Verás que llevan una cenefa azul, la bandera “oficial” del territorio. Estos abogan por una Comunidad Valenciana (que no País, sobre todo eso) fuerte y sana dentro de España y, a ser posible, alejada de los que quieren hacer migas con Cataluña (que son los sin cenefa) y de los que, sin querer juntarse con ellos, quieren hacer una república nueva. ¿A que se entiende?

De todas formas, tenía un plan B: unas calles más abajo había un entretenido desfile que me resultaría más fácil de explicar: se trata de unas filas de tipos generalmente barbados desfilando  al son que marca uno que se pavonea más que los demás contoneándose con una espada en la mano. No hay que preocuparse: no son yihadistas ni están haciendo proselitismo islámico ni nada. Son tipos disfrazados de guerreros de Almanzor de fantasía  que se  encienden un puro, se cogen del brazo de sus amigos y desfilan al ritmo de los timbales sin propósito violento alguno. Suelen acompañarse de collas de mujeres semivestidas con tules y otras trasparencias que hacen piruetas y mueven el ombligo de manera vertiginosa y muy entretenida al son de la música. A veces, los guerreros de Disneylandia sacan los trabucos y, con gran estruendo,  disparan kilos de pólvora contra otros disfrazados de Cid Campeador, pero ni ponen bala ni tiran a dar. Es todo de mentiras.


Román Rubio
Octubre 2019