viernes, 10 de abril de 2020

NORWEGIAN WOOD


NORWEGIAN WOOD




Norwegian Wood (This Bird Has Flown) —en español, Madera noruega (este pájaro ha volado)— es una canción de The Beatles que apareció en su álbum Rubber Soul de 1965. Nunca ha sido mi favorita. Tiene una cadencia blandita y está adornada por el acompañamiento de sitar por parte de George Harrison que nunca me terminó de entusiasmar. Lo que me llamó en su momento la atención fue la letra (el mensaje) y el título.

Va de un tipo (presumiblemente John Lennon, que fue quien la compuso) que se encuentra una noche en la habitación de una chica innombrada y están charlando y bebiendo vino hasta que a las dos de la madrugada ella le dice que hay que descansar para poder ir a trabajar al día siguiente. El autor, que esperaba otra cosa, se retira a gatas a la bañera para pasar lo que quedaba de noche.
A la mañana siguiente, y eso es lo intrigante, ocurre lo que sigue:

And when I awoke, I was alone, this bird had flown,
So, I lit a fire, isn’t it good, norwegian wood.
(Y cuando desperté, estaba solo, este pájaro había volado,
De modo que encendí un fuego, ¿no mola eso?, madera noruega).

Si lo interpretamos de manera literal (que es el lo más plausible), el autor, ofendido por la falta de recompensa, pega fuego al mobiliario o algo así, lo que no parece muy civilizado.
Pero, ¿por qué “madera noruega”? Al parecer, era común entre gente joven y/o de recursos limitados amueblar las habitaciones con paneles y  muebles baratos de madera de pino, a los que en Reino Unido se conocía como “madera noruega”.

Años después, Haruki Murakami utilizó el título para dar nombre a la que quizá es su novela más exitosa: Tokio Blues (Norwegian Wood), en referencia a la canción de The Beatles.

Hoy, gracias al confinamiento, tenemos la oportunidad de ver en las pantallas a la gente interviniendo desde el interior de sus casas. En gran parte se suele hacer desde el despacho o el rincón de trabajo, y una mayoría elige un fondo de libros para mostrarse en público. Y créanme: estoy en disposición de decir que el mundo se divide entre quienes tienen junto a su escritorio una librería Billy, de Ikea,  y quienes no, ganando los del primer grupo por goleada.

El contrapachapado sueco de Ikea parece haber sustituido a la Norwegian wood entre las clases medias occidentales. Solo un puñado de elegidos (Vargas Llosa, Marías…) muestran tras de sí sus magníficas librerías de roble a medida para recordar a los demás aquello de que “cuando seas padre comerás huevo”.

Pero exponerse con la biblioteca personal de fondo tiene sus riesgos. Los lomos de los libros son indiscretos y muestran en grandes letras títulos y autores, y esto puede matizar de manera indeseada la imagen de uno. Tan arriesgado es mostrar una librería compuesta de best sellers de dudosa calidad literaria como exhibir solo sesudos ensayos filosóficos y de historia del pensamiento. Y tanto dice de uno una librería en perfecto orden como una con los libros amontonados rellenando huecos.

Para ponerse a salvo de estos peligros, algunos han decidido huir de los traicioneros libros. Gabilondo, consciente de su proyección y prestigio, pronto abandonó la biblioteca en sus alocuciones caseras para utilizar como fondo su colección de CDs, escenario mucho más neutro y discreto, ya que, por el lomo de la carpeta, es imposible distinguir la colección de la Deutsche Grammophon de la de los éxitos de Manolo  Escobar o de la recopilación de marchas militares.

¿Y Évole? Ha resultado ser el más minimalista. Para sus intervenciones usa, sorprendentemente, el casi vacío como marco: una habitación despejada, una puerta, una ventana que da a una cocina… Ni un libro, ni un disco, ni un mueble, ni nada que pueda desvelar algo del personaje; solo su busto.

Quien esto escribe pasó de sus librerías de madera noruega a las flamantes Billy de contrachapado sueco en un intento de modernización, que no de mejora. Las de nogal —hoy más que nunca— son más quimera que otra cosa.
Román Rubio
Abril 2020

miércoles, 1 de abril de 2020

PURO TEATRO


PURO TEATRO




Teatro,
Lo tuyo es puro teatro./ Falsedad bien ensayada.
Estudiado simulacro.
Igual que en un escenario finges tu dolor barato
Tu drama no es necesario, yo conozco ese teatro.

Puro teatro. La Lupe

En el pueblo de la España vacía en el que crecí, el cortejo fúnebre de los entierros  pasaba forzosamente por la puerta del casino, en la calle principal. Al paso del mismo, los hombres interrumpían la partida o la conversación, se quitaban la boina —el sombrero, en el caso de los tres o cuatro ricos— y permanecían de pie, en respetuoso silencio al paso del muerto. Y los niños aprendimos a estar quietos y callados a la vista del féretro.
Tarde, mucho más tarde —creo que lo vi en televisión por primera vez—  se instaló la costumbre de aplaudir en los entierros. Añade una teatralidad que —en mi opinión— no hace sino devaluar la intensidad y calidad del duelo. Puro teatro, como dice la copla. El que sufre por la pérdida, maldita las ganas que tiene de aplaudir; y el que quiere mostrar un respeto, ¿cómo hacerlo mejor que guardando un respetuoso silencio?

La teatralidad viene del teatro; se basa en la relación que se da entre el actor y el espectador, y su objetivo es el de conmover de manera emocional a la persona o —más bien— al público. ¿Quién no ha tenido a ese amigo o familiar que cojea ostensiblemente  en presencia de uno y anda derecho como una vela en cuanto dobla la esquina y cree que nadie le ve? Les propongo una prueba: Eliminemos la teatralidad; traten de quitar el público; ¿se imaginan a alguien aplaudiendo ante el cuerpo presente de, digamos, un amigo, estando solo, sin nadie a quien impresionar o con quién impresionarse?

A mí, la verdad, no me gusta que me aplaudan. Ni muerto ni vivo. Muerto porque ni quiero estarlo ni me enteraría, y vivo porque no creo haber hecho jamás hazaña alguna merecedora de aplauso; y además me resulta embarazoso, me da vergüenza.

A muchos, en cambio,  les gusta que les aplaudan, y a muchos más les gusta aplaudir. Por cualquier cosa. Porque se mueren, porque no, porque van a trabajar o porque vuelven.

Cada día de confinamiento veo a los “aplaudidores” que salen decididos a los balcones a ovacionar a los sanitarios, a los bomberos, a los policías, al ejército y a todos los demás “héroes”.

 ¿Héroes, decís? ¿Quién necesita héroes cuando tiene gente honrada haciendo su trabajo? Son algo más y mejor que héroes: son gente decente que está ahí y que hace, ni más ni menos, lo que tiene que hacer, que es más de lo que hacen muchos de los aplaudidores,  insolidarios acaparadores de víveres y de papel higiénico.

Yo no soy ningún héroe. Nunca he hecho nada “por los demás” (quienes quiera que estos sean) que no sea haber tratado de hacer mi trabajo lo mejor posible durante casi cuarenta años como profesor sin haber cogido ni una sola baja laboral.  Por suerte, sí, pero también por decencia. Y lo hice por ganarme el pan sin engañar a nadie, nada de heroicidades ni paparruchas.

Y hablando de héroes: En 1995, el entonces líder de la oposición, José María Aznar, sufrió un atentado de ETA del que salió indemne; asustado, pero indemne. Pues bien: la entonces diputada del PP, Isabel Tocino, calificó al líder de su partido de “héroe” por haber resistido al brutal ataque de 40 kilos de amonal. La realidad es que fue el blindaje del Audi que llevaba al político lo que le salvó la vida. Víctima, sí, héroe, no.

En fin, queridos lectores. Sé que muchos de vosotros sois aplaudidores y os llena de gozo el dramatismo de esas escenas en las que los policías aplauden a los sanitarios, estos a los policías y los bomberos a policías y sanitarios. También sé que muchos (los mejores) sois buena gente, solidarios y nada acaparadores. Perdonadme, pues, por lo que algunos puedan ver como crítica. A lo mejor no es más que una manera que tiene este pobre tipo de aliviar su mala conciencia por el hecho de  quedarse viendo la tele mientras sus vecinos aplauden alegremente al maestro armero.
Feliz confinamiento.


Román Rubio
Abril 2020

viernes, 27 de marzo de 2020

MEDIAS VERDADES


MEDIAS VERDADES




En las facultades de periodismo se cuenta una anécdota de dudosa veracidad para ilustrar el poder de la ambigüedad de los titulares.
En 1905, y recién desembarcado en Nueva York, el arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia anglicana declaró a los periodistas que le recibieron que el propósito de su visita era estrechar vínculos entre la Iglesia de Inglaterra y las diferentes confesiones evangélicas del Nuevo Mundo. En el posterior turno de preguntas, un periodista le pidió su opinión sobre la gran cantidad de prostíbulos existente entonces en Manhattan, y el arzobispo, tratando de eludir el tema, respondió: “¿Hay muchas prostitutas en Manhattan?”. Al día siguiente, un diario publicó a toda página: Primera pregunta del Arzobispo de Canterbury al llegar a Nueva York: ¿Hay prostitutas en Manhattan? 

Estos son los titulares de  de las ediciones digitales de hoy de las tres cabeceras valencianas:

Las Provincias

La Comunitat Valenciana se sitúa a la cola de España en curados de coronavirus con sólo un 1,8%

Y es cierto. O casi. Dejando fuera Ceuta y Melilla, la Comunitat está en el furgón de cola en curaciones, solo superada por Murcia, con 1’5% y Aragón, con un 0.4%. Entre las últimas sí, pero no la última.
Pero, veamos: si consideramos, en cambio, el número de muertos, la Comunitat Valenciana, con un 5.22%, está bastante por detrás de Madrid 12.18%, Cataluña 5.8%, Castilla y León 5.91%, Castilla la Mancha 9.34%, etc., lo que sería una buena noticia. ¿Y quién querría dar una buena noticia pudiendo dar una mala si gobierna quien gobierna?
Fijémonos ahora en la ortografía. Observen que el “sólo” del titular lleva tilde. Es incorrecto. Según la Ortografía de la lengua española de la RAE, “solo” no lleva tilde, tanto cuando es adverbio (“solo estoy cansado”) como cuando es adjetivo (“me siento solo”). Únicamente en el caso que se pueda dar ambigüedad en el significado (“El Presidente acudió solo a la cumbre iberoamericana”) es admisible —que no obligatoria— la tilde.
¿Y creen que el redactor responsable del titular del periódico no lo sabe, o está puesta la tilde deliberadamente para enfatizar el hecho de la escualidez de la cifra?

Levante

Rafael Ortí: "Pronto se verá el efecto del encierro. Los nuevos casos son contagios de hace 15 días"

El titular es un mensaje de esperanza. El Presidente de  la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Rafael Ortí, declara que estamos viviendo lo peor y que pronto se notarán los efectos positivos del confinamiento. Que así sea.

Valencia Plaza

La Generalitat, impotente para atajar la catástrofe del coronavirus en las residencias de ancianos.

El sujeto agente de una frase es el que realiza, controla o preside la acción que ejecuta el verbo (en este caso omitido). ¿Y cuál es el sujeto de la frase?, ¿el malvado coronavirus? Qué va: la Generalitat. Y para reforzar el mensaje, en el predicado se incluyen las palabras “impotente” y “catástrofe”. ¿Se puede ser más explícito?
Por supuesto: acompañando el titular por un primer plano de Mónica Oltra de frente pasando la mano por el hombro de la Consellera Barceló mientras atiende solícita una confesión de esta al oído.

Ustedes mismos.

Román Rubio
Marzo 2020

jueves, 26 de marzo de 2020

A TORO PASADO TODOS SOMOS MANOLETE


A TORO PASADO TODOS SOMOS MANOLETE




En un pueblo del interior de Valencia, cuyo nombre omito deliberadamente, se celebraba cada año (no sé si se seguirá haciendo) una semana de toros con motivo de las fiestas de verano. Los toros recorrían las calles debidamente protegidas con sus burladeros y llegaban finalmente a la plaza, donde los mozos, con trozos de tela u otros artefactos más crueles, como varas,  mostraban sus habilidades taurinas y su “valentía” delante de todos los paisanos.

Una de las acciones más celebradas de la fiesta era la que protagonizaba Andrés, un disminuido (¿o era discapacitado?) psíquico local al que en aquel pueblo y en aquella época terrible y cruel de la pos-posguerra se le conocía como “Andrés el Tonto”. El mozo estaba bien apostado y protegido tras la barrera y una vez había pasado el toro salía con su capote y escenificaba unas elaboradas piruetas mirando fijamente y con chulería al frente, como si allí estuviera el cornúpeta.

El personal, conocedor del entrañable ritual que Andrés repetía año tras año, hacía de este uno de los momentos estelares de la fiesta y acompañaba sus poses con desaforados y calurosos “oléeeeee”, lo que hacía que el joven se viniera arriba, viviera su momento anual de gloria y brindara con su gorrilla el toro a todo el pueblo, causando gran hilaridad y regocijo. Eso sí, el muchacho podía tener sus facultades psíquicas disminuidas, pero de tonto no tenía un pelo, ya que siempre esperó a que pasara el toro para hacer sus piruetas. Nunca se equivocó y salió antes de hora.

Es lo que tiene la cosa: que todo es mucho más fácil cuando ha pasado el toro. Hoy, el personal, acostumbrado a no correr ningún riesgo y a culpabilizar siempre a otro —o a otros— de su infortunio, se dedica a culpar a sus dirigentes  de la inédita tragedia que se está viviendo con la pandemia. He visto cómo algunos, críticos implacables de que se suspendieran las Fallas y de que se jugara el partido del Valencia-Atalanta a puerta cerrada y asistentes asiduos a las “mascletaes” prefalleras, claman ahora contra quienes tomaron aquellas permisivas medidas, les culpan de no haber sido talibanes del confinamiento y se dedican a explicar con todo lujo de detalles y razones cómo se ejecutan las chicuelinas y las medias verónicas. Eso sí: una vez que ha pasado el toro; como el bueno de Andrés.

Y el público, bien provisto de papel higiénico, aplaudiendo desde la barrera, o haciendo sonar cacerolas.


Román Rubio

jueves, 19 de marzo de 2020

FOR A RAINY DAY


FOR A RAINY DAY




En inglés, la expresión for a rainy day (para un día lluvioso), hace referencia a la necesidad  de guardar cuando hay abundancia para cuando las cosas vienen mal dadas. En español hablamos de vacas flacas, esas que, indefectiblemente, siguen a las gordas.

Aprendimos en la escuela la historia del astuto José, hijo de Jacob, que desveló al Faraón el significado del intrigante sueño de este en el que siete vacas flacas devoraban a siete vacas gordas: tras siete años venturosos de abundancia vendrían otros tantos de sequías, plagas y malas cosechas. El Faraón y las autoridades imperiales habrían de guardar en graneros los excedentes de las cosechas de los años de abundancia para proteger al pueblo de las penurias en la época de los de escasez. Gracias a tan acertado proceder el pueblo de Egipto se salvó de grandes hambrunas y como premio, el pueblo de Israel obtuvo su libertad, aunque luego tuviera que recurrir a las artes sobrenaturales de Moisés en el Mar Rojo, pero esa es otra historia.

También aprendimos en la escuela la fábula de La cigarra y la hormiga, atribuida a Esopo y recreada por La Fontaine y nuestro Félix María de Samaniego. Mientras la cigarra pasaba la época  estival cantando sin parar y disfrutando del buen tiempo y de la abundancia de grano tras la siega, la hormiga andaba sacrificada todo el día con grandes cargas a sus espaldas llenando el granero. Hasta que llegó el invierno, y con él las nieves, los fríos y la escasez de alimento, y la cigarra  “…viose desproveída del precioso sustento: sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno”, al tiempo que la hormiga se refugiaba en su hormiguero, abría las puertas del granero y aguantaba calentita y alimentada hasta la primavera.

Hoy han llegado las vacas flacas,  subrepticiamente, sin avisar y sin anunciarse, y donde había prosperidad se anuncia la escasez y la ruina y se oye alto y claro el clamor del pueblo: ¡Abran los graneros!, y los graneros fueron abiertos; pero para pasmo de la muchachada estos están semivacíos. Las cigarras habían pasado los años buenos al sol bien cebaditas cantando fados, seguidillas, tarantelas y sirtakis sin preocuparse demasiado del nivel de los silos.

Menos la hormiguita Merkel que, aconsejada por su particular José — de cara adusta y usuario de silla de ruedas, apellidado Schäuble—, al abrir la puerta del granero, se lo ha encontrado a rebosar. Y eso a pesar de las chanzas, cuando no críticas abiertas de las cigarras meridionales que la conminaban a gastar y gastar, cosa que horroriza a la hija del pastor protestante educada bajo el lema: “gasta lo que tienes”.

No sé en qué quedará esta hambruna, pero intuyo que los bronceados tonadilleros exigirán a la superhormiga que se reparta lo del granero. Y no sé por qué, pero creo que esta dirá como en la fábula:

(...)
Que faisiez-vous au temps chaud?
Dit-elle à cette emprunteuse.
- Nuit et jour à tout venant
Je chantais, ne vous déplaise.
- Vous chantiez ? j'en suis fort aise.

Eh bien! dansez maintenant.

Jean de La Fontaine (1621-1695)


En alemán, claro.


Román Rubio
Marzo 2020

lunes, 16 de marzo de 2020

WILT


WILT




A los libros y a las películas les pasa como a las personas: algunas soportan mal el paso del tiempo. Otras, sin embargo, atraviesan las épocas con una gran dignidad y solvencia: por ejemplo, la película Casablanca; no importan los años ni las veces que la vea: cada vez que la cojo en la tele y me quedo a verla continúa emocionándome la historia y de manera notable, la categoría moral de ese Rick, el héroe auténtico, el que lo es sin pretenderlo ni mucho menos buscarlo.

Me acaba de ocurrir lo mismo con Wilt, de Tom Sharpe,  la novela satírica por excelencia, para mi gusto. Necesitaba acercarme a una obra  humorística por motivos de investigación literaria y me acerqué a Wilt con miedo. ¿Habría pasado la historia la prueba del tiempo con dignidad? ¿Seguiría levantando en mí, no solo la sonrisa que proporciona la fina ironía, sino la carcajada de la sátira inteligente más descarnada y salvaje? ¿Serían aceptables hoy en día los postulados éticos y morales que conforman la trama?

La respuesta es sí, sí y sí. La encontré desternillante y tremendamente inquisitiva. El protagonista, Henry Wilt, profesor de grado básico en una escuela de Formación Profesional con pretensiones de convertirse en Politécnico, había sido rechazado de nuevo para un ascenso, con lo que seguía encadenado a dar frustrantes, humillantes e interminables horas de clase de Humanidades —que incluían, a menudo, la lectura de El señor de las moscas— a cursos de Albañilería, Carnicería y Fontanería cuyo interés estaban muy alejados de la forma y el mensaje de la obra.

Wilt vuelve a casa cada día para encontrarse con Eva, su mujer,  emocionalmente inmadura y físicamente poderosa, permanentemente entregada a sus arrebatos de entusiasmo por la meditación transcendental, el yoga, los arreglos florales o cualquier otra actividad que se cruzase en su camino. Un día Eva conoce a los Pringsheim, una estrambótica pareja de americanos, que invitan al matrimonio Wilt a una fiesta y allí comienza el enredo, que incluye los avatares de Wilt para desprenderse de una muñeca hinchable, la huída de Eva con los americanos y los desternillantes interrogatorios a los que Wilt se va sometido por el Inspector Flint, bajo la sospecha de haber matado a su esposa y haberse desprendido del cadáver.

Así, lo que en 1976, año en el que se publicó la novela resultó ser una desternillante sátira del sistema educativo inglés, del lenguaje pomposo y huero con que se conducían las autoridades académicas y los delirantes postulados de cierto feminismo sexuado y lésbico de la época, hace que sea hoy motivo de fuerte rechazo por gran número de personas. ¿Y por qué? Porque Wilt, en sus cotidianos paseos con el perro fantaseaba con el asesinato de Eva Wilt y lo agradable que podía ser la vida sin ella. O con una Eva diferente, vaya. Lo cierto es que Wilt nunca lo hizo. Pero lo pensó. Y eso, para algunos, parece ser suficiente para condenar al personaje, a la novela y al mismísimo autor, el hoy fallecido Tom Sharpe.

Hay quien es amigo de condenar lo que contradice su moral y ejercerían la censura sobre todo aquello que consideran éticamente reprobable sin llegar a discernir entre ficción y realidad. Habría que explicarles que el hecho de que a uno le guste la película de El silencio de los corderos no quiere decir que acepte el canibalismo; ni el asesinato premeditado y sistemático por la afinidad con El Padrino. La novela negra es un entretenimiento y no conlleva afición de sus devotos por el asesinato.
Los cerditos, las cabritas y el lobo no hablan, ni se construyen casas de paja o ladrillo ni se esconden detrás del reloj. Nosotros lo sabemos. Los niños también lo saben; excepto, quizá, los hijos de los talibanes que no saben distinguir entre lo que es ficción y lo que no.

El concepto se conoce como Concepto de suspensión de incredulidad (willing suspensión of disbelief” y lo formuló Samuel Taylor Coleridge en el siglo XIX, sobre algo que Aristóteles ya había descrito como uno de los principios del teatro. Se trata de la voluntad del sujeto para dejar de lado (suspender) su sentido crítico, pasando por alto hechos fácticos (existencia de unicornios, dragones, etc.) y su percepción cognoscible de la realidad en la obra de ficción permitiendo adentrarse y disfrutar del mundo ficticio recreado.

Pues, eso. Si quieren pasar un buen rato, lean Wilt y véanlo como lo que es: como una excelente y bien escrita obra de ficción humorística para divertirse. Sin más. Ni menos.



Román Rubio
Mrzo, 2020

domingo, 8 de marzo de 2020

¡VIVA LA ESPAÑA VACÍA! ¡MUERA LA VACIADA!


¡VIVA LA ESPAÑA VACÍA! ¡MUERA LA VACIADA!




¿De izquierdas o de derechas?, ¿constitucionalista o independentista?, ¿del Madrid o del Barça?, ¿trap o hipster? Nada de nada. Ha nacido una nueva división entre españoles: los partidarios de la “España vacía” contra los de la “España vaciada”.
No importa que hablemos de lo mismo, ni que ambos términos sean correctos, como se encargaron de explicar Álex Grijelmo y la Fundéu. Hay que tomar partido. Yo, desde el principio, elegí mi sitio en la trinchera. Soy de la “España vacía”, a muerte, sin discusión alguna. El término me parece elegante, sencillo, expresivo y lleno de contenido y no pretenciosete, sabiondongo, quejumbroso, y reprochosillo, como dicen los relamidos de la “vaciada”, como queriendo culpar  al maestro armero, al malvado capitalismo o al contubernio de Múnich de que en el lugar más idílico y venturoso del mundo —su pueblo, of course— no se vea un alma por la calle, excepto en el mes de agosto.
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—Oiga, llamo por lo de la casa. ¿Se alquila vacía o con muebles?
—Nada de vacía. Se alquila vaciada, que para eso nos pegamos la paliza mi mujer y yo, llevando viajes al punto limpio.
—Vale, ¿y cuánto piden?
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—Se te ve el bolsillo lleno
—Ni hablar. Lo tengo llenado.
—¿Y eso?
—Pues porque me he metido las llaves, los pañuelos y el móvil. Antes estaba vaciado.
—¡Ah!
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—¿De dónde eres?
—De un pueblo cerca de Calamocha. De la España vacía.
—será de la España vaciada.
—Bueno, ¿y tú?
—Yo de Badalona. De la España llenada.
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—Tienes la camisa sucia.
—Querrás decir ensuciada.
—Los pantalones, en cambio, se ven limpios.
—Yo más bien diría limpiados, perdona.
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—Por Dios, ¡qué oscuro es ese cuadro!
—¿Y no le parece más bien que está oscurecido?
—En cambio, ese otro es bien claro.
—Sí. Se le ve muy aclarado.
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—Mamá, mamá, en el jardín de la casa de al lado hay un hombre desnudo.
—No te alarmes, hija. Está solo desnudado; pronto se vestirá.
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España está vaciada.
Quién la desenvaciará?
El desenvaciador que la desenvacíe,
buen desenvaciador será.

Román Rubio
Febrero 2020

martes, 25 de febrero de 2020

PORNOVENGANZA


PORNOVENGANZA




No hace mucho que se ha dado el caso en Francia. El candidato “macronista” a la alcaldía de París ha renunciado a la candidatura. ¿La razón? Un video de los atributos masculinos del candidato en plena acción, enviado a una mujer y con el que trataba de impresionarla, seducirla, agasajarla o a saber qué. La mujer, Alexandra de Taddeo, es la nueva pareja del “artista” ruso Piotr Palensky, autor de radicales “performances” anti-Putin, anti-patrióticas y anti lo que sea, en la más depurada tradición del nihilismo ruso de finales del XIX. Para Piotr, acostumbrado a autolesionarse desnudo en público y otras lindezas, las imágenes del político en tan comprometida situación fue una bendición para su autopromoción y no dudó en difundirlas, asfixiando la carrera del candidato al tiempo que pontificaba sobre la pureza del mundo mundial.

El caso nos ha recordado a otros más domésticos como el del entrenador del Málaga, dimitido o cesado por el club tras ser víctima de extorsión por un vídeo similar y el tan celebrado de Olvido Hormigo, concejala socialista de un pueblo de Toledo, que envió al portero del equipo de fútbol local un vídeo de su cuerpo en pleno frenesí orgásmico  con el mensaje de: “lo que te estás perdiendo”. Vean la diferencia: en París se ve  involucrado un artista conceptual-nihilista ruso y aquí el portero del equipo de regional preferente del pueblo. Es como en París, pero con boina.

El asunto trae consigo siempre un debate sobre el conflicto entre el derecho a la imagen y la libertad de expresión. Unas consideraciones:

1ª.- El mostrar públicamente o difundir esa clase de vídeos es una enorme villanía merecedora de desprecio y reprobación. Es cobarde y malvado y propio de personas mezquinas y miserables.
2ª.- El hecho de hacer la fechoría no tiene por qué ser delito; al menos en el caso de que la imagen haya sido proporcionada por el propio "actor". Una cosa es que alguien hackee el teléfono y lo difunda (lo que es delito flagrante) y otra dar publicidad a las imágenes que voluntariamente ha facilitado el sujeto, lo que hace que la infracción sea más discutible.
3ª.- Para difundir ese tipo de imágenes uno ha de ser un majadero, muy poco prudente o ambas cosas. Una cosa es que a uno le guste meterse plátanos por un orificio corporal distinto de la boca, lo que, aunque algo rarillo, es un acuerdo tácito o explícito entre la persona y el plátano (dos adultos), y otra cosa es grabarlo, lo que ya indica un cierto grado de perversión. Lo de difundirlo ya, pasa al terreno de la estupidez, teniendo en cuenta que desde el momento que se sube a internet termina uno perdiendo el control y la propiedad de la imagen.
4ª.- Para que estas situaciones se produzcan se debe dar la concurrencia, de, al menos, dos ejemplares: un jactancioso y descuidado patán y un bellaco desleal y sin principios, lo que convierte el asunto en un festín trágico.

Ha habido casos sonados en que la difusión de las imágenes o el relato (en su caso) se han hecho sin la connivencia del autor. En España se difundió un jugoso vídeo en que el entonces director del periódico El Mundo disfrutaba de un momento de asueto extramarital con la famosa Exuperancia y en EEUU, Monica Lewinski, en una acción unilateral sin precedentes, anunció a bombo y platillo que había succionado las partes bajas del presidente Clinton en el mismísimo Despacho Oval. Así, sin venir a cuento. ¿Y cómo podía demostrarlo la solícita becaria si no había habido documento gráfico, dirán ustedes? Pues porque la calculadora muchacha conservaba el vestido con los vestigios del ADN presidencial y lo guardaba como oro en paño cuidándose muy mucho de llevarlo a la tintorería.
El caso más insólito de extorsión sexual lo vivió, sin embargo el tenista Boris Becker. Este fue requerido en los tribunales en una demanda de paternidad por la modelo rusa Ermakova, que afirmaba que el tenista alemán era el padre (y pedía una cierta cantidad de millones en concepto de manutención) de su hija Anna. El tenista, extrañado, confesó que no había mantenido relaciones sexuales con la rusa, pero la prueba de ADN confirmó la paternidad. ¿Qué había pasado, pues? Según testimonio de la mujer, esta le había practicado sexo oral al alemán y se había guardado el resultado en un tarro, sustancia que se hizo inocular obteniendo así el embarazo deseado.

Ahí lo tienen: otro ejemplo de que la realidad puede ser más enrevesada que la ficción.

Román Rubio
Febrero 2020





martes, 11 de febrero de 2020

¡ESTOS GRINGOS!...

¡ESTOS GRINGOS!...

Se ha celebrado la ceremonia de los Óscar y ahora viene la resaca. La participación española ha vuelto de vacío. Ni la película de animación Klaus ni la de Almodóvar ganaron estatuilla y la publicitada aparición de la cantante  Gisela duró… siete segundos en solitario y otros pocos haciendo coro. Ya ven: viaje a Los Ángeles, minuciosos ensayos, vestido de trinqui Premium de Primark y tediosas sesiones de maquillaje y peluquería para siete segundos de gloria, pero ya saben que los designios del entertainment se escriben con caprichosas grafías.

Y, mira por dónde, saltó el sainete. La canción de Frozen, “Into the unknown”, fue interpretada en inglés por Idina Menzel y nueve cantantes más que intervenían en su propia lengua (danés, noruego, alemán, ruso, tailandés, japonés y… español). O mejor dicho: español y castellano, ya que, para los organizadores,  la catalana Gisela interpretó su parte en castellano (Castilian) y la mexicana Carmen Sarahí en español (Spanish).


Hay que ver, estos gringos. Primero encuadran a Antonio Banderas como actor “de color” cuando todo el mundo sabe que es de Málaga y después rotulan la versión de la cantante española como Castilian y la de la mexicana como Spanish, cuando todo el mundo sabe que se trata de la misma lengua.

¿Y a qué viene el despropósito?, dirán ustedes. Pues tiene su explicación. Y lógica, además.  Disney tiene como norma hacer dos versiones de doblaje: una para España y otra para Latinoamérica, con distintos acentos y actores de doblaje. Y esa era la razón por la que había dos intérpretes en español en la gala de los Oscar: representando las dos versiones. Así de simple. De modo que, al rotulista de la gala se le planteó el problema de tener que diferenciar las dos interpretaciones y eligió un camino, a mi parecer, de lógica intachable. ¿No son español y castellano la misma cosa? Pues llamo español (término más global) a la versión para EEUU y América Latina y castellano a la versión para la península ibérica. Normal, ¿no?

Entonces, ¿a qué tanto revuelo? Imaginen si no, qué otra opción podía haber tomado el responsable de los rótulos. O mejor: por qué término se habría inclinado usted de haber estado en su lugar. Apuesto a que cualquier otra decisión que hubiera tomado habría sido —al menos— tan controvertida, comentada y criticada como la del (no tan) ignorante gringo.

Y es que, en asuntos de España y de los españoles, todo resulta ser un poquito más complicado que lo que en realidad es. Lo dicho: tormentas en vasos de agua.

Román Rubio
Febrero 2020

viernes, 7 de febrero de 2020

MINISTROS Y MINISTRAS

MINISTROS Y MINISTRAS

—¿Te acuerdas de cuando Azaña era Ministro de la Guerra, Nemesio?
—Pero, ¿cómo me voy a acordar, si eso fue en la República y yo nací en el 42, Abelardo; cómo me voy a acordar?
—Pues mira, ahora es una mujer. Aquí lo pone —dijo Abelardo, doblando el periódico—: Margarita Robles, Ministra de Defensa.
—¿De Defensa? ¿Pero no era de la Guerra?
—Eso era antes, hombre. Cuando los países atacaban. Ahora solo se defienden.
—De modo que ahora, en la guerra, todos se defienden y ninguno ataca…
—Pues claro.
—Y Fernando de los Ríos ya no estará en Instrucción Pública, digo yo…
—Pero ¿en qué mundo vives, Nemesio? ¿Qué es eso de Instrucción Pública y Bellas Artes? Ahora hay al menos cuatro ministerios que hacen lo que hacía aquel. Mira: hay un Ministerio de Ciencia e Innovación dirigido por Pedro Duque, que fue astronauta, otro de Educación y Formación Profesional, encabezado por Isabel Celáa y otro de Cultura y Deporte.
—Pero, ¿no has dicho que eran cuatro?
—Ah, sí. Está también el de Universidades, que se me olvidaba, dirigido por Manuel Castells, de Hellín, que es un sociólogo muy reputado.
—¿Y todo eso para uno de los de antes? Hay que ver. ¿Y en Fomento?
—Está Ábalos. Un profesional. Pero ya no se llama así. Ahora es Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana.
—¿Agenda, qué? ¿Qué quiere decir eso, que se va a ocupar solo de las ciudades? Y de los pueblos, ¿qué?
—Para eso está Teresa Ribera, ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
—Ah, bueno. Mientras haya uno que se ocupe de Economía…
—¿Cómo uno? Lo menos cuatro. Mira, por un lado está María Jesús Montero en Hacienda, otro en Agricultura, Pesca y Alimentación, otra para Industria, Comercio y Turismo y a Nadia Calviño para Asuntos Económicos y Transformación Digital.
—¿Y con tantos como son no se pisarán los unos a otros por los pasillos a la hora de controlar el precio de la merluza congelada?, digo yo.
—No hombre, no. Para eso está el ministro de Consumo, que es un muchacho de izquierdas muy responsable: para que no se atropellen los unos a los otros en esos menesteres.
—¿Y se llama así de sencillo el ministerio? ¿Consumo?
—Sí, a pesar de que un asesor se emperró en cambiar el nombre por el de Consumo y Lucha contra la Obsolescencia Programada y el Abuso de los Intermediarios.
—Joder, no me extraña que no lo pusieran. Así, simple, como Exteriores.
—Nada de eso, Nemesio. El de Exteriores es ahora Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación.
—No me jodas, ¿pero es que ahora nadie puede pensar en nada sencillo?
—Sí. Sanidad se llama Sanidad y no Ministerio de la Cura y Prevención de las Enfermedades y Mejora de la Calidad de Vida.
—¿Y Gobernación?
—Ahora se llama Interior.
—Pues tengo una idea. Hay que cambiarlo por Ministerio de Mossos, Erzaintzas y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que queda más moderno, ¿no?
—Déjalos venir. No des ideas, Nemesio, no des ideas.

 Román Rubio
Febrero 2020