miércoles, 29 de julio de 2020

LA SEMILLA DEL DIABLO


LA SEMILLA DEL DIABLO




Hace poco leí una entrevista a Joan Manuel Serrat en la que confesaba que “en este tiempo yo he tenido miedo al miedo” refiriéndose al periodo de confinamiento por la pandemia; y le entendí perfectamente, por ser algo que todos hemos sentido en mayor o menor medida.
Los periodos de grandes convulsiones traen consigo el miedo o, en su versión más sofisticada, el miedo al miedo: a experimentarlo uno mismo  o a ser objeto del miedo de los demás.
Acabo de leer  una noticia en The Guardian, de esas que pasan inadvertidas, que ilustran a la perfección a lo que aludía Serrat con lo del miedo al miedo.

El titular era: “Se advierte a los estadounidenses que no planten las misteriosas semillas que reciben por correo”.
Y continúa la noticia:
“Las autoridades de agricultura de algunos estados han lanzado advertencias esta semana sobre envíos de semillas extranjeras no solicitadas y aconsejan a la gente que no las plante.
Residentes de más de una docena de estados han reportado recientemente haber recibido paquetes de semillas que no habían pedido enviadas por correo desde China.
El Departamento de Agricultura dice  estar trabajando con Aduanas, el Departamento de Estado y otras agencias federales para investigar el caso.
El departamento urge a los ciudadanos a reportar los paquetes sospechosos y no plantar las semillas”.

Ryan Quarles, un alto responsable de agricultura de Kentucky, declaró:
“No sabemos lo que son y no podemos arriesgar daño alguno a la producción agrícola de los EEUU. Tenemos la producción más abundante y segura del mundo y necesitamos mantenerla así”.
Y añade:
“En este momento no tenemos bastante información para saber si se trata de un montaje, una broma, un caso de “scam” en internet o un acto de terrorismo internacional”. Y añadió: “Las semillas no solicitadas podrían ser invasivas e introducir enfermedades desconocidas a plantas locales, dañar al ganado o amenazar nuestro medio ambiente”.

¿Y cuál es la explicación más plausible de este misterioso embrollo, dirán ustedes?
Pues, según desveló Phil Wilson, director de la división industrial de plantas del organismo Better Bussiness Bureau, se trata del típico caso de “brushing scam”, que como el mismo funcionario explica, se trata de la estrategia de marketing online por la que “un comerciante usa tu dirección e información de Amazon simulando una falsa venta para generar comentarios positivos del producto que hagan  mejorar las ventas”.

Ya ven: cualquiera que haya vendido un producto por internet sabe que las ventas dependen de las reseñas del producto y de la prominencia del lugar en el que Amazon te emplace. O sales en la primera página de búsqueda o no existes.
Probablemente la explicación es así de simple, pero, ¿quién querría tener una bolsa de vulgares pipas de calabaza pudiendo tener en sus manos la semilla del diablo?

Román Rubio

lunes, 27 de julio de 2020

HAKUNA MATATA


HAKUNA MATATA




En su delirio antropocéntrico, el ser humano (el Hombre, como se le llamaba antes) se ha explicado el mundo con sus propios parámetros, en los que engloba el mundo natural, el reino animal y el mismísimo cosmos si se pone a tiro.

Samaniego, Iriarte y La Fontaine hacían hablar a la zorra, la rana, el escorpión, la cigarra, la hormiga, la abeja, el asno y a cualquiera que pasara por allí y hacía personificar con sus atributos cualquier rasgo o veleidad propia de los humanos. A eso se le llamó fábula, y como tal se entendía: como un juego ocurrente en el que no había de tomarse en serio el hecho de que las zorras hablaran o los burros se vanagloriaran de lo bien que tocaban la flauta.

En un paso más de sofisticación, primero Ruyard Kipling y después Disney, hicieron de la humanización de los animales algo mucho más complejo. Las aventuras de Simba, Scar, Mufasa, Timón, Pumba o Rafiki por el dominio de Pride Lands añadieron un toque shakesperiano al mundo de los leones en el que rasgos humanos como la ambición, la envidia, la soberbia, la predestinación o las ansias de poder rigen la conducta animal como en cualquier tragedia o drama clásico.

Y una vez humanizado el mundo natural hay que racionalizarlo y que este responda a las demandas filosóficas, políticas, ideológicas o religiosas propias de los humanos, despreciando, de manera arrogante, el concurso del azar.

En eso andaba yo pensando mientras miraba el mapa de incidencia de coronavirus en España por provincias. El virus (¿un ser vivo?) parece andar por donde le da la gana y sin pasaporte alguno, a veces respondiendo a los patrones racionales que se esperan de él y otras de manera caprichosa, desobedeciendo las mínimas normas de comportamiento predecible, como riéndose del personal.

El irrespetuoso virus no parece querer aceptar que Cataluña y Aragón son dos países distintos y ha decidido atacar a ambos por igual, sin respetar lenguas ni banderas, empeñado en burlarse de aquello de que Madrid nos mata. De hecho, el virus ni siquiera sabe donde está Madrid o si forma parte de España o no; o siquiera qué es España. Tampoco Lleida. Matan los asesinos (o los virus) y roban los ladrones, que haberlos haylos por todas partes.

Barcelona y Madrid se muestran como focos de contagio, lo que es normal, dada la densidad de población y el hacinamiento de las provincias, pero ¿Lleida?, ¿por qué Lleida? ¿Y Huesca? Ninguna de las dos provincias tiene gran trasiego de personal, ni aeropuerto con tráfico significativo. Ah, se trata de los temporeros. Entonces, ¿por qué provincias como Huelva o Murcia tienen una incidencia de contagios tan baja?

Valencia, Sevilla y Alicante (las más pobladas tras Madrid y Barcelona) son también provincias con una incidencia baja. En Sevilla, por ejemplo, que tiene una afluencia considerable de turistas, se contabilizan 1.5 casos por millón, mientras en su vecina Badajoz, mucho menos poblada y con un número irrisorio de visitantes, se contabilizan 11 (nueve veces más) y en Ciudad Real, 15. En Galicia, la provincia más castigada es Lugo (8.6 casos por millón) mientras A Coruña y Pontevedra (las más cosmopolitas y pobladas) tienen una incidencia mucho menor.  

Y me pregunto: si en Huesca y Lleida se da tal intensidad de contagio, ¿por qué en Estambul, El Cairo o Delhi no están todos muertos? El caprichoso virus sabrá. Y el azar.

Román Rubio
Julio 2020

martes, 7 de julio de 2020

UN DANÉS, UN INGLÉS Y UN ESPAÑOL


UN DANÉS, UN INGLÉS Y UN ESPAÑOL





En la serie danesa La ruta del dinero, de HBO, los personajes hablan, como es natural, en danés. A quienes no estamos acostumbrados a las hablas escandinavas nos llama la atención la cantidad de expresiones y frases inglesas que intercalan en su discurso: directamente en inglés. Es cierto que el nivel de competencia lingüística en esa lengua es muy alto en toda Escandinavia. Según un amigo mío inglés, es mejor que el de los propios nativos; son más observadores de las reglas gramaticales y tiene un acento más inteligible que el de la mayoría de los británicos (se entiende mejor a uno de Copenhague que a alguien de Glasgow. Y, por lo general, su discurso está mejor articulado).

Es comprensible que sea así: los daneses son algo más de cinco millones y su lengua es desconocida fuera de sus fronteras, con lo que —aunque solo sea por supervivencia comercial, económica y cultural— se ven obligados a dominar una lingua franca que les permita relacionarse con el mundo de afuera. Es cierto que con algo de esfuerzo se pueden hacer comprender por los noruegos (otros cinco millones) y por los suecos (unos diez) de la misma manera que nosotros podemos hacerlo con los portugueses y los italianos, pero fuera de ahí, nada.

La lengua propia, la de cada cual, cumple dos funciones esenciales: la comunicativa y la identitaria. La primera es la de permitirnos la comunicación con los demás, con lo que (en teoría) cuanto más hablada sea una lengua, mejor; con más gente seremos capaces de comunicarnos. La segunda —la identitaria— es la que nos confirma y afianza en la pertenencia a un grupo, etnia o nación. Es la lengua del grupo, cuya función es no solo la de comunicarse sino la de establecer y mantener los lazos de la tribu; y a menudo, la de delimitar el espacio tribal y mantener a los otros a raya, fuera del territorio.

No parece ser el caso de los daneses, los suecos, los noruegos o los neerlandeses, que han adoptado el inglés como segunda lengua por razones prácticas, sin complejos, y han dejado hasta de doblar el material audiovisual en la lengua propia.

En esto estaba yo pensando el otro día mientras hablaba con alguien acostumbrado a viajar por trabajo a todas partes del mundo, especialmente a Latinoamérica, y le expresaba la suerte que tenemos los españoles de tener una lengua global que nos acerca a las Américas, la del Norte y la del Sur, y hace que sea raro el lugar del mundo en el que no haya alguien que hable o chapurree el español, algo fuera del alcance de otros pueblos tan potentes como el alemán, el italiano, el ruso o el japonés.

En fin, ya sé que estoy hablando de obviedades, pero no quería dejar pasar  de anotar el pensamiento. Por si se me olvidaba. O por se le olvidaba a ustedes.


Román Rubio
Julio 2020

martes, 23 de junio de 2020

LA ESTATUA DE PUMBY


LA ESTATUA DE PUMBY




En la calle de Alcalá, de Madrid, frente a la entrada del Retiro, hay una estatua ecuestre del general Espartero. No hay constancia de que el animal fuera muy valiente y decidido pero ciertos atributos morfológicos le han valido aquello de “tiene más cojones que el caballo de Espartero”.

A la entrada del Museo de Ciencias Naturales de Nueva York hay otra estatua ecuestre de testículos no relevantes: la de Franklin D. Roosvelt, cuatro veces elegido Presidente de los EEUU, partícipe en la derrota del nazismo e impulsor del New Deal, que sacó a su país de la Gran Depresión de 1929. El monumento representa al hombre a caballo (era eso o hacerlo en silla de ruedas, ya que se vio confinado a ella por la polio) flanqueado por un indio a un lado y un negro al otro. El movimiento Black Lives Matter lo considera racista y el ayuntamiento de Nueva York ha accedido a su retirada. Al parecer, el hecho de que el presidente vaya a caballo y los otros dos personajes a pie es para muchos una muestra más de la subyugación de unas razas sobre otras y la preeminencia de la raza blanca. Y eso que andan los tres en armonía mirando al frente. No quiero ni pensar lo que pensarán de la conocida estatua de Santiago en que aparece sobre un corcel blanco matando moros y liberando doncellas (blanquitas ellas).

Otra estatua ecuestre —esta sí—, derribada por los ideologizados vándalos ha sido la del general Grant, militar y después presidente contrario al esclavismo, que pasó a la historia por derrotar y obligar a rendirse al ejército confederado del general Lee y por ser azote del Ku-Klux-Klan en su etapa de presidente. ¿Su pecado? Al parecer, en su matrimonio, recibió como dote a un esclavo, al que dio libertad un año después.

No solo los jinetes están siendo objeto de la ira de los revisionistas. También los peatones: Churchill, el mismo Cervantes, a quien los cultos defensores de la moral llaman “bastard” (cabronazo), ignorando, quizá, que fue apresado y vendido como esclavo en Argel y  rescatado años después por los frailes trinitarios. Y Fray Bartolomé de las Casas (luchador por los derechos de los indígenas), cuya estatua en San Francisco ha sido derribada, gesto aplaudido por Sonia Vives, Concejala de Justicia Social, Feminismo y LGTBI de Palma por Podemos, que ha invitado, vía Twitter, a derribar “pacíficamente” la que el fraile mallorquín tiene en la capital de la isla.

Pero si un personaje está siendo objeto de las iras de los nuevos bien pensantes, ese es Cristóbal Colón.
En Barcelona está la estatua de Colón. Antes incluso de que la ciudad se convirtiera en un enjambre turístico, ese era el punto icónico y reconocible de la ciudad, con el navegante señalando con el dedo la dársena en la que atracan los cruceros, como diciendo: “mirad lo que se nos viene encima”. Pues bien, también hay quien se la quiere cargar. Jessica Albiach, la presidenta del grupo parlamentario de En Comú-Podem en el parlamento catalán  quiere desmontarla para que el genovés no dé mal ejemplo a las personas de bien. La alcaldesa Colau, haciendo equilibrios, dice que no es necesario, que aunque el tipo no era trigo limpio, bastará con una “contextualización” de la figura histórica. Habrá que ver en qué consiste tan ridícula intervención.

Me pregunto qué quieren hacer con todos estos trastos viejos e incómodos de la historia. Podían llevarlos a algún sitio todos juntos, como en Budapest. Allí hay un lugar, el Memento Park, en el que se han ido arrinconando los incómodos monumentos de su vergonzante pasado comunista y han llevado a Lenin, Marx y toda clase de parafernalia proletaria haciendo del parque un evocador y nostálgico paraíso socialista.

Tras muchas cavilaciones, he creído dar con la figura sin mácula que pudiera pasar el filtro de perfección que hoy demandan los acólitos de la nueva moral puritana. Una vez descartada la figura de Mickey Mouse —por icono capitalista— y de Toni Soprano —por razones obvias—, propongo que en los lugares prominentes de las ciudades se erija la estatua de Pumby, “el gatito feliz”. Y si resulta monótono, se puede echar mano de sus amigos, Blanquita y el Profesor Chivete. ¿Pasaría Pumby la prueba del algodón?

Román Rubio
Junio 2020

miércoles, 17 de junio de 2020

EL MUNDO, EL DEMONIO Y TAMARA


EL MUNDO, EL DEMONIO Y TAMARA




No sabía como titular el artículo de hoy. Pensé titularlo Gente —a lo Boris Izaguirre— en atención al variopinto desfile de personajes que encontré en la prensa del fin de semana exponiendo las más extravagantes opiniones.

El primero de ellos es, ¿cómo no?, Miguelito Bosé. El muchacho derrapa más de lo normal. Se ve que su infancia le marcó. Aquel entorno de picassos, viscontis y hemingways que al parecer desfilaban por su casa dejaron una huella en él que los que jugábamos a las canicas en la plaza del pueblo con otros desarrapados no llegamos a comprender del todo.

El artista total se ha venido pronunciando sobre la (no) existencia del covid 19 como excusa para una vacuna con la que el malvado Bill Gates, a modo de Satanás global, pueda dominar el mundo usando las redes del 5G. O algo así, que la explicación era tan complicada que los pobres ciudadanos que pasamos la infancia con las rodillas peladas de jugar en la plaza no podemos llegar ni a comprender.

Otro personaje que animó el teatro de las vanidades fue el cardinal Cañizares. No se prodiga mucho el muchacho, pero cuando transcienden sus diatribas, no defrauda: según el prelado se están usando fetos abortados para la elaboración de la vacuna del coronavirus. No va desencaminado: alguna de las ciento y pico líneas que se están siguiendo utilizan material fetal, como para otras vacunas que han salvado tantas vidas, pero el cardenal no lo ve con buenos ojos “Primero se le mata (al feto) y luego se le manipula. Tenemos una desgracia más, obra del diablo, porque el diablo existe”. Y no es precisamente Bill Gates, queriendo dominar el mundo por no se sabe muy bien qué razón, sino el diablo de verdad, el que vive en el infierno, colorado, con rabo y un tridente en la mano.

No crean que el extravagante utielano es el único que apuesta por la existencia del diablo. El exministro Fernández Díaz también sabe reconocer la acción de Satanás. Se lo chivó el Papa Benedicto XVI, que sabe mucho de eso. En una larga audiencia, el Papa le dijo al ministro que el diablo quería destruir a España. Y ¿por qué?, dirán ustedes; con los países que hay en el mundo, ¿por qué tendría que querer el señor del averno  destruir precisamente España? Pues “porque el diablo ataca a los mejores”, le dijo el prelado. ¿Y no hay antídoto contra tan malicioso ataque? Pues sí: se vence con humildad, sufrimiento, oración y devoción a la virgen.

J. K. Rawling es una mujer famosísima y millonaria. La creadora de los libros de Harry Potter se ha visto involucrada en una desagradable polémica en las redes en donde mucha gente (incluidos los actores que hacen de Hermione y el propio Potter en las películas) la han tachado de tránsfoba, de estar en contra de las personas transgénero. ¿Y eso? ¿Se ha manifestado en contra del cambio de sexo o se ha burlado pública y ostensiblemente de alguna de esas personas? En absoluto. Todo vino por un tuit sobre  un artículo de opinión titulado Creando un mundo post-covid más igualitario para la gente que menstrua. La escritora, con mucho sentido común y cierta retranca, tuiteó: “Estoy segura que solía haber una palabra para estas personas. Que alguien me ayude: ¿Wumben? ¿Winpund? ¿Woomud?, en referencia al término women, que significa “mujeres” en inglés.

Me costó comprender cuál es el terreno de la discusión y por qué se le ha tratado de “puta”, “bruja” y “feminazi” a la escritora por ello. Al parecer, para algunas personas, el uso de la palabra “mujer” es ofensivo, discriminatorio y excluyente y prefieren usar el acogedor circunloquio “gente que menstrua”. Ustedes mismos.

Se me han quedado en el tintero otros asuntillos y personajes: Churchil, Escarlata O’Hara, Colón y la Colau… pero el espacio es el que es y no da para más.

No me quiero olvidar, eso sí, de Tamara Falcó. Dice que viene de nuevo la moda del pantalón campana. Otra vez.  De modo que vayan rebuscando alguno por el armario. Yo creo tener un vaquero Lois del 75 por ahí. Mañana lo estoy buscando.
Román Rubio
Junio 2020

viernes, 12 de junio de 2020

EL PALCO DEL BOLSHOI


EL PALCO DEL BOLSHOI




El 26 de enero de 1936 Shostakóvich estrenaba su ópera Lady Macbeth de Mtsenks en el Bolshoi de Moscú. En un prominente palco del teatro, acompañado de una pequeña cohorte y semioculto tras una cortina, se encontraba un espectador de excepción: Josef Stalin. El autor, sabedor de la presencia del camarada secretario general, subió al escenario a agradecer los aplausos, blanco como el nácar. El motivo era que Stalin había gesticulado con desaprobación en determinados momentos de la obra en que sonaban la percusión y el viento con inadecuado y contrarrevolucionario brío. A los dos días se publicó una editorial en el Pravda, dictada o escrita por el camarada jefe, tachando la obra de “deliberadamente confusa…, donde se grazna, hay gritos y jadeo” y, por tanto, aburguesada y antisocial,  propicia a la exaltación de emociones que no contribuyen a la afirmación de la revolución socialista y soviética.

¿Y cuáles son las cualidades de la música para que exprese tal cosa? Pregúntenselo a Stalin. En las artes plásticas resulta más fácil de determinar: bastaría con representar una aldea en la que todos aparezcan sanos y felices ejercitando su trabajo para la colectividad o a un soldado, un estudiante, una campesina y un médico con una bandera soviética aplastando al monstruo nazi, pero en la música, la verdad, se muestra más difícil distinguir lo revolucionario (¿el folclore, quizá?) de lo decadente y burgués.

Shostakóvich no fue ejecutado ni enviado a los campos de Siberia, pero muchos de sus amigos y familiares sí que lo fueron. Entretanto, él consumía tabaco, insomne, esperando la visita a media noche de alguien que no era precisamente el lechero mientras se dedicaba a componer música patriótica por el tiempo que duró la II Guerra Mundial. Por lo que pudiera pasar.

Yo, en mis lecturas, acabo de descubrir el Mediterráneo. Ha caído en mis manos un libro de historias cortas de Alice Munro. La Munro es una autora canadiense que en su larga vida literaria ha ganado premios de la categoría del Man Booker International o el Nobel, aunque yo, en mi iletrada ignorancia, no había leído nada de ella. Y me está deslumbrando con su ingenio, originalidad de las historias y calidad literaria.

Llama la atención que las historias de la canadiense son todas sobre mujeres. Por supuesto que aparecen hombres, pero estos tienen un papel más anecdótico y secundario, como de comparsa, y sus roles parecen responder más a estereotipos. Por el contrario, las mujeres tienen una presencia llena de matices, más rica y compleja, ocupando siempre el centro del relato. Se trata, por tanto, de una literatura de mujer sobre mujeres. Algunos añadirán “y para mujeres”; y ahí es donde quiero mostrar mi total desacuerdo. Las buenas historias bien escritas pueden serlo por mujeres o por hombres, sobre mujeres y sobre hombres pero no “para” mujeres o “para” hombres. Excepto para los que como Stalin piensen que el artista es un “ingeniero de almas”.

Patricia Highsmith se sacó de la manga a Tom Ripley y Flaubert a Mdme. Bobary. Tolstói contó la historia de Ana Karénina, Marguerite Yourcenar la de Adriano y la otra Marguerite —la Duras— la de su amante chino. Y a algunos no nos ha importado que el autor, la autora o el personaje principal fueran hombre o mujer.

 Al parecer, a muchas otras personas sí.
Como a Stalin.

Román Rubio
Junio 2020

martes, 9 de junio de 2020

AYER TUVE UN SUEÑO


AYER TUVE UN SUEÑO



Esta noche he soñado que vivía en un país en el que gobernaba una coalición del Partido Impopular y otro partido de extrema derecha que se hacía llamar Fox, o algo así; ya se sabe que los sueños suelen ser confusos.

Había aparecido una enfermedad nueva en el Extremo Oriente e iban ocurriendo casos por aquí y por allá. En nuestro país había un puñado de ellos y había cierta preocupación porque en la zona norte de un país cercano se había producido un brote virulento que estaba trayendo muertes, lo que estaba obligando a ese país a tomar medidas drásticas de confinamiento en alguna de sus regiones.

En mi país aun no había grandes motivos de alarma (o eso parecía) y los protaurinos y cazadores habían programado una manifestación en la capital, Maldit, para el fin de semana, que el gobierno autorizó de buen grado ya que la mayoría eran votantes de la coalición. Ese mismo fin de semana, el partido contrario a Fox, Unidas Perdemos (al que un venenoso periodista radiofónico  llamaba con sorna Unidas Palmamos), había programado un acto para sus militantes en un local cerrado al que asistieron ocho o nueve mil personas que se lo pasaron en grande agitando banderas moradas y arcoíris y poniendo verdes a los taurinos y cazadores que se habían manifestado el día anterior por las calles de la capital.

Los estadios de fútbol permanecían abiertos el fin de semana y los medios de transporte (trenes, autobuses y metro) funcionaban a pleno rendimiento, sin limitación alguna. La capital apretujaba diariamente a dos millones y medio de personas en sus vagones de metro y la luminosa Fulgencia, junto al Mediterráneo, se preparaba para celebrar sus fiestas grandes de fuego y truenos y citaba en la Plaza Mayor diariamente a sus ciudadanos a celebrar la famosa “troná”, seguida masivamente con deleite por miles de paisanos. En Sencilla, junto al Guadalquivir, uno de sus equipos apiñaba a 50000 sencillanos (antisencillistas todos ellos) para animar a su equipo contra el Real Maldit. 

El virus que nació en Oriente se extendió en el país como la pólvora y muchos de los que fueron a la manifestación campera, los que se juntaron en el polideportivo y otros que tomaban metros, autobuses o simplemente acudieron a bares y supermercados enfermaron y una cantidad considerable de ellos, muchos de edad avanzada, lamentablemente morían solos y semiabandonados, por lo contagioso del virus.

Como consecuencia, la gente estaba muy cabreada y muchos salían con las cacerolas a los balcones a protestar contra el gobierno de derechas, contra el Ministro de Sanidad y contra cierto epidemiólogo con pinta de sabio modesto de voz cascada, algo desarrapado y con un insultante sentido común que irritaba a las izquierdas a pesar de haber sido puesto en el cargo por ellos mismos en otra legislatura. Unos culpaban al gobierno de que no hubiera cerrado el país al primer síntoma, otros (a menudo los mismos) de lo contrario: que lo tuviera cerrado durante mucho tiempo matando la economía. Los de Unidas Perdemos de que hubiera permitido la manifestación de los protaurinos y  no les hubieran prohibido su propio aquelarre... En fin, un verdadero desastre.

Me he despertado aterrorizado, sudando y con el corazón a cien. Menos mal que se trataba de un sueño.


Román Rubio

jueves, 4 de junio de 2020

MAMI, QUÉ SERÁ LO QUE TIENE EL SAPO


MAMI, QUÉ SERÁ LO QUE TIENE EL SAPO




A quienes van a Cambridge de turismo se les dice que ese insignificante árbol que hay en el patio del Trinity College es un manzano —lo que no es evidente para muchos si no hay frutos—  y que se trata del ejemplar (o descendiente) de aquel en el que se inspiró Isaac Newton para formular la Ley de la Gravitación Universal al caerle una manzana en la cabeza interrumpiendo su siesta a la sombra.

¡Hay que ver cómo el personal ama las trivialidades fetichistas! Dentro del Trinity, en una de sus bibliotecas, está el manuscrito original de la Philosophiae Naturalis Principia Mathematica, obra cumbre de la física en donde se formula la fuerza de la gravedad y los principios fundamentales de la mecánica cuántica, pero ¿qué interés puede tener algo tan complicado, abstruso y escrito en latín cuando a la puerta hay un arbolillo con la bonita leyenda de un genio despertado de la siesta por un manzanazo en la cabeza y diciendo ¡eureka!?

Pero Newton, además de ser el científico de mayor transcendencia en la historia de la física y las matemáticas, era un alquimista notable al que le tocó vivir la época de la peste bubónica, transmitida por las pulgas de las ratas y que se llevó por delante a unas cien mil personas solo en el Londres de 1665 y 1666.
Y el hombre tenía sus recetas para combatir la plaga: no pregonaba la inyección de desinfectante, pero se permitía sus extravagantes recomendaciones entre las que se incluían el vómito de sapo.

Esta semana salen a subasta unas páginas de notas del genio inglés sobre la obra De Peste (1667) de Jan Baptist van Helmont por las que se espera obtener una cantidad de entre 80.000 y 120.000 dólares. En las notas, Newton incluye una receta muy efectiva contra las manchas producidas por la temida peste: “lo mejor es tener a un sapo suspendido por sus patas en una chimenea durante tres días, lo que le hace vomitar tierra mezclada con algunos insectos sobre un plato de cera de abejas antes de morir. Mezclando polvo de sapo ¿? con las excreciones y algo de suero en pastillas, y frotando con ello las áreas infectadas, se acaba con el contagio y el veneno”.

En un contexto más doméstico y actual, aunque también en tiempos de pandemia, el (ex)actor porno Nacho Vidal ha resultado imputado por la muerte accidental del fotógrafo de moda José Luis Abad al consumir este un veneno obtenido del sapo bufo, al que se le denomina la partícula de Dios, con el propósito de ayudarle en la desintoxicación de las drogas. Los hechos ocurrieron en la residencia que el actor tiene en Enguera (Valencia), un lugar algo menos glamuroso y cargado de historia que el patio del Trinity College, en Cambridge, pero en el que, al parecer, también hay sapos dispuestos a ejercer sus propiedades curativas.

Lo cierto es que el sapo bufo tiene una sustancia en sus glándulas parotoideas y en su piel — la bufotoxina—, conformada por una familia de lactonas esteroides, que es altamente tóxica y alucinógena, por lo que ha sido siempre compañero de brujas y muy utilizado en ritos chamánicos.

En fin: que Newton, Nacho Vidal y la Bruja Piruja han descubierto las propiedades curativas del sapo. Que no se entere Trump.

Román Rubio
Junio 2020




martes, 26 de mayo de 2020

EL REINO DE LOS PIJOS IRASCIBLES


EL REINO DE LOS PIJOS IRASCIBLES




Había un país al sur de Europa que tenía una desconfianza secular contra todo lo que significara el Gobierno y sus instituciones. Tan era así que en algunas de sus regiones surgieron hermandades llamadas Cosa Nostra, Mafia, Mano Nera o ‘Ndrangheta que se encargaban de administrar la justicia social, cosa demasiado importante como para dejárselo al Estado y a su siempre corrupto gobierno. Tan imaginativos eran sus habitantes que inventaron la expresión  Piove, porco governo cada vez que se le ocurría llover en Pascua o en vacaciones.

Había otro reino cercano, conocido como el Reino de los Pijos Irascibles, de gente más montaraz, ruda y directa, con menos finezza, que adolecía del mismo vicio: si caía una tremenda nevada y se quedaban los conductores tirados en la carretera unas horas, la culpa era del gobierno, aunque hubieran sido advertidos, no llevaran cadenas consigo y el objetivo del viaje fuera “ver la nieve”. Cuando se iban de turismo o cooperación a lugares remotos del globo en donde no habían sido requeridos  y ocurría allí desgracia o cataclismo o se metían en la sima más oscura y arriesgada y no podían volver por sus medios, se quejaban de que el gobierno no fuera a rescatarles con presteza. Ante cualquier contrariedad, fuera esta sobrevenida por su propia incapacidad, estupidez, insolvencia o simplemente mala suerte, los ciudadanos del soleado reino tenían el vicio de culpar al gobierno por ello. “Piove, porco governo”, decían, aunque dada su naturaleza levantisca y atrabiliaria lo proclamaban golpeando cacerolas.

Por razones no siempre fáciles de explicar, ambos países se vieron azotados por un traicionero virus con forma de pelota de ping pong con trompetillas y tuvieron bajas considerables, casi los peores números de todos los reinos y repúblicas. El virus, como todos los de su calaña, no sabía de fronteras ni límites y muchos se empeñaran en culpar al gobierno de su desgracia. Le culpaban de tomar precauciones y de no tomarlas, de controlar al personal y de no hacerlo, de cerrar su imaginaria frontera y de dejarla abierta a los veraneantes. O de hacerlo de manera diferente a como lo harían sus numerosos sátrapas, que se quejaban de que uno de Lupo no pueda ir a Oundense a ver a la familia, que dejen entrar a uno de Zamera o Lechón o permitan que uno de L’Hostalet cruce la calle a comprar aspirinas a la acera de enfrente, en Banderola.

Al otro lado del Atlántico, las cosas no iban mejor: de hecho se podría considerar que en algunas zonas iban todavía mucho peor. Aunque en la extensa república del Gran Panoja las cifras parecían ser más benignas,  era solo un espejismo: solo el estado de la Gran Manzana (19 millones de habitantes) tenía más bajas por el virus (29.310) que el Reino de los Pijos Irascibles. El estado de al lado, el de Tony Soprano, con menos de 9 millones de habitantes, sumaba más de 11.000 muertos y algo similar ocurría con los Estados vecinos de Concéntrica y de Massanasset —sede de la famosa Universidad de Harpar y el MIT (Instituto Tecnológico de Massanasset), para pasmo de los mamporreros del reino mediterráneo.

Y es que los virus no son del Madrid ni del Atlétic, ni entienden de reinos, taifas o repúblicas: son unos descarados irrespetuosos que se  mueven sin pasaporte ni bandera por donde les viene en gana y van saltando de uno a otro, sea pijo o paisano. 
Manténganse alejados del virus. Y a ser posible, también de los sátrapas y de los Pijos Insidiosos (digo… Irascibles).

Román Rubio
Mayo 2020


sábado, 16 de mayo de 2020

CABIN FEVER


CABIN FEVER




Cabin fever (fiebre de cabaña) es una expresión bien conocida en inglés y muy usada en los relatos de literatura de viajes o aventuras como las expediciones árticas o la fiebre del oro en Alaska. El confinamiento en las cabañas producía en los hombres síntomas físicos y psíquicos, a veces graves. Entre los físicos estaba el deterioro de los ojos, propiciado por las largas horas de oscuridad en los interiores de las cabañas, la poca o nula ventilación, dadas las inclementes temperaturas exteriores, y el humo de la combustión de las estufas de leña. Ello producía lesiones oculares, a veces, muy severas. La falta de ejercicio y de luz exterior provocaba atonía muscular, agravada por una alimentación deficiente, escasa de productos frescos.

Todo ello daba lugar a problemas psíquicos como claustrofobia, irritabilidad, desasosiego, insomnio y agresividad hacia los compañeros de confinamiento o hacia uno mismo, síntomas que se aliviaban fácilmente saliendo al exterior, cuando esto era posible y las condiciones no eran demasiado hostiles.
Los desarreglos del confinamiento o “fiebre de la cabaña”, han sido tratados con frecuencia en la cultura popular: desde Crimen y castigo, de Dostoiewski, al episodio de los Simpsons  Mountain of Madness,  pasando por la película de Chaplin La quimera del oro (Gold Rush), El resplandor (The Shining), de Kubrick , o la Novela de ajedrez (Schachnovelle) de Zweig.

Hoy, en este confinamiento inesperado, vivimos en casas normalmente bien ventiladas, sin humo, con las despensas aprovisionadas y con salidas regulares a tomar el aire, con lo que por el testimonio de algunos amigos y conocidos, la lectura de los diarios y mi propia experiencia, se produce lo que se da en llamar “síndrome de la cabaña”, con efectos a menudo distintos si no opuestos a los descritos.

La gente se siente cómoda en el confinamiento light y, tras unas semanas, se da cuenta de todo lo que le sobraba y antes consideraba esencial: viajar, tener vida social, comprar ropa, asistir a conciertos, reuniones de escalera o visitas a la parroquia, al psicólogo o a las sesiones de alcohólicos anónimos parecen haber perdido “punch”. Es como si de momento nos hubiéramos dado cuenta de todo lo que nos sobraba. Y muchos ya no quieren (¿ya no queremos?) salir. Como Juan Carlos Onetti, el escritor que pasó sus últimos años encamado, no porque estuviera enfermo o impedido, sino, simplemente, porque había perdido el interés por lo de afuera.

En Japón se han producido 1455 suicidios en el mes de abril —mes de confinamiento—, 359 menos que el año anterior (un 20% menos). Esto se atribute a que la gente pasa más tiempo en familia,  menos horas en el traslado al trabajo, el entorno laboral es menos estresante y al aplazamiento del inicio del curso escolar, que en Japón empieza en abril. Otro factor es el ya conocido de que en tiempos de crisis y desastres nacionales la gente no está para pensar en suicidios y tonterías. Se espera, por el contrario, un rebote en el mal sentido durante la crisis económica posterior.
Ya ven: el confinamiento es la botella medio llena y  medio vacía. No sé si hemos cambiado mucho, poco o nada, pero intuyo que podemos vivir con mucho menos de lo que sospechábamos. Y siendo igual de felices. O de infelices.

Román Rubio
Mayo 2020

martes, 12 de mayo de 2020

DISTANCIA FÍSICA Y DISTANCIA SOCIAL


DISTANCIA FÍSICA Y DISTANCIA SOCIAL




Hace unos días expresé en una red social mis objeciones a que se conociera como “distanciamiento social”  lo que en realidad se trata de “distanciamiento físico”. Como contestación a algún comentario al respecto voy tratar de justificar el concepto.

Se puede decir que entre el Príncipe de Gales y un servidor existe una considerable  “distancia social” (llamémosle “distancia” y no “distanciamiento”, que es más sencillo y exacto). Ni nuestros amigos son los mismos ni lo son nuestros ingresos; no hemos ido a los mismos colegios y universidades ni viajamos en los mismos transportes; no veraneamos en los mismos lugares (nunca ha sido visto el de Windsor por la piscina municipal mi pueblo) ni yo he sido invitado jamás a ninguna fiesta a la que haya sido invitado él ni él a ninguna a ninguna de mis paellas. Nuestros amigos, familiares y espacios en el mundo son diferentes y muy distantes entre sí. Distanciamiento social es, según Fundéu, “el grado de aislamiento —o distancia— de una persona o un colectivo en el seno de la sociedad”.

En el caso improbabilísimo de que el de Gales y un servidor nos sentáramos en butacas contiguas en un teatro (yo nunca suelo comprar asientos caros), se produciría una distancia física cercana entre ambos, pero no social, ya que al fin de la función él volvería con su Camila, sus guardaespaldas y criados a sus palacios y grandes fincas agrícolas y yo a mi pisito de Valencia y mi huerto de la Señorita Pepis.

¿De dónde viene, pues, lo de “distanciamiento social”? Pues, como casi siempre, del inglés, del cual tomamos la píldora tal como viene. En esa lengua, el verbo (to) socialize (socialise, en inglés británico) se ha entendido siempre como “relacionarse” o “alternar”, de modo que la expresión “social distancing” viene a ser algo así como la distancia para relacionarse, o distancia de relación, alterne o interacción, lo que tiene más sentido que el equivalente en español.

Me comentaba un conocido —relacionado de manera lejana con el mundo del cine— que en su día había tenido cierta cercanía social con la actriz Maribel Verdú. Compartían ciertos amigos y coincidían a menudo en eventos, festejos y celebraciones varias. Me confesó, por contra, que, por lo que respecta al acercamiento físico, la cosa pintaba de otro modo. Nunca se había producido el hecho de que el “acercamiento” hubiera sido menor al metro y medio recomendado. Lamentablemente, según él.


Román Rubio
Mayo 2020

martes, 28 de abril de 2020

¡QUE VENGA LA MERKEL!


¡QUE VENGA LA MERKEL!




Quiero a esa mujer. Es un monumento a la sensatez, la coherencia, la honradez y el sentido común. Hace poco la escuchamos explicar las medidas tomadas en Alemania para gestionar la crisis del coronavirus y muchos quedamos prendados de la sencillez, la claridad, la convicción y la racionalidad de su discurso. La querría para mi país, para el de al lado y para el suyo propio. ¿Por qué no la elegimos para presidenta de aquí? ¿Y qué hacen los británicos y los estadounidenses que no la eligen para ellos y se desprenden de esos payasos rubios? ¿Solo porque no es nativa? Eso se podría arreglar: se le da la nacionalidad y ya está, pero que gestione mi Estado y mi patrimonio, por favor.

Mientras Italia, España, Francia y Reino Unido superan los 20.000 muertos por la pandemia que nos asuela, Alemania, con 82 millones de habitantes —casi el doble que España—, se conforma con seis mil y pico (la cuarta parte). Y todo con unas medidas mucho más relajadas de confinamiento. ¿Qué conejo tiene, pues, esta mujer en la chistera, aparte del sentido común?

Hace poco oí una intervención de Ignacio Varela, en Onda Cero en la que de manera muy elocuente da cuenta del enorme éxito de las líderes políticas en el control del coronavirus. Es cierto: Nueva Zelanda, Taiwan, Islandia, Noruega, Dinamarca y Finlandia son países con una mujer al frente y todos tremendamente exitosos en la prevención y lucha contra la pandemia. Mi reconocimiento a todas ellas, aunque creo que el éxito de lugares como Islandia o nueva Zelanda, que son islas y remotas, no son comparables con el de una Alemania superpoblada y cosmopolita. Creo que atribuir el éxito de la gestión de estas triunfadoras al hecho de ser mujer es más condescendiente que exacto. Imaginen sino a la señora Thatcher, a la condesa consorte de Bornos (también conocida como Esperanza Aguirre) o a la embajadora de la “relaxing cup of café con leche” al frente de la nave pandémica, por no citar a la inconmensurable, hoy desaparecida, musa del “caloret”, Rita Barberá. No es por ser mujer que las cosas funcionan, sino por, además, ser capaz. O ser Angela Merkel.
Pobres de nosotros que no la tenemos al timón. España, como Italia y Francia están a la espera de una lluvia de millones que han de venir de Europa. Y vendrán. Pero, atención que habrá que devolverlos, y ¿cómo se supone que podrá hacerlo un país como el nuestro que tendrá en breve, si Dios no lo remedia, en nómina a unas 19 millones de personas entre pensionistas, parados, funcionarios y beneficiarios del ingreso mínimo vital? Sospecho que, como hizo Grecia: haciendo ver a los demás que es imposible el pago y exigir una quita.

Habrá que llamar a Merkel para que financie el despilfarro. No el que tiene que venir, que es necesario, sino el que se ha venido haciendo en los últimos tiempos.

En el 2008, España tenía una deuda pública del 39.7% del PIB y cada español debía 9.531€. En el 2014, para paliar la tremenda crisis del momento, España se endeudó hasta el 100.7% y tras unos años de bonanza en la que crecíamos muy por encima de Italia, Francia o Alemania, conseguimos dejar la deuda en un 95.5%, unos 25.241€ por español, gracias a los timoneles Zapatero, Rajoy y Sánchez.

¿Y la Alemania de Merkel? En 2012, en plena crisis, llegaron a alcanzar una deuda del 81.1% y el año pasado, tras unos años buenos, la habían rebajado al 59.8%.
Ahora han llegado las vacas flacas y ellos se podrán endeudar para atender a sus  necesidades y a nosotros no nos quedará más remedio que —humillados— pedirles que nos rescaten. Con una parte de lo que ahorraron.

Que venga la Merkel. A ayudarnos y, ¿por qué no?, a quedarse.

Román Rubio
Abril 2020


martes, 21 de abril de 2020

EL ARZOBISPO DE LIMA



EL ARZOBISPO DE LIMA





George Brown (1914-1985) fue un político laborista inglés que ostentó diversos cargos ministeriales y parlamentarios en la época de Harold Wilson, en los años sesenta, aquella época gloriosa del Londres en que convivían los tipos con bombín y paraguas con  la explosión de la música pop, los pelos a lo beattle, las minifaldas y los clubs nocturnos del Soho. Provenía de una familia muy modesta y como su padre, camionero y repartidor del Evening Standard, del mundo sindical. Un tipo honesto.

El único defecto conocido del hombre, que llegó a ser Ministro de Asuntos Exteriores (Foreign Secretary), era su afición a terminar beodo en cada una de las recepciones en las que circulara el alcohol. En una ocasión, en una aparición pública tras la muerte de Kennedy, su actuación fue tan lamentable y su estado  tan evidente, que la prensa de la época (que nunca usaba —por aquel entonces— el apelativo “borracho” para describir a los políticos) usó la expresión “tired and emotional” (cansado y emotivo) para designar su estado, expresión que ha quedado acuñada en el inglés británico como eufemismo de intoxicación alcohólica o borrachera.
Son muchas las anécdotas que se le atribuyen relacionadas su afición por andar chispado, incluida la de su salida del gobierno, invitado a dimitir tras una noche en la que el Primer Ministro, teniendo que tomar una decisión transcendente referida a la estabilidad de la libra, no pudo hacerse con el ministro que se encontraba, según miembros de su staff,  "only 'so-so' when last seen" (solo regular cuando se le vio por última vez).

Pero de todas las anécdotas, la más celebrada, y probablemente apócrifa, es la que supuestamente protagonizó en una recepción en Perú en su época de Ministro de Exteriores.

A mitad de recepción y viéndose el inglés atraído por una dama vestida rica y extravagantemente con una especie de túnica roja, nuestro hombre —cargadito como solía ir en esos trances— se acercó algo más de lo estrictamente necesario a la persona y le dijo: “Señora, ¿me concede usted este baile?”, a lo que la dama le contestó: “No voy a bailar con usted por tres motivos: primero porque está usted borracho, segundo porque lo que suena no es un vals sino el himno nacional del Perú y en tercer lugar porque soy el Arzobispo de Lima”.


Román Rubio
Abril 2020 (segundo mes de confinamiento)