martes, 14 de septiembre de 2021

LADIES & GENTLEMEN

 

LADIES & GENTLEMEN



El último sainete del lenguaje inclusivo ha ocurrido en Gran Bretaña, en concreto en un tren de la compañía London North Eastern Railway, en el que el conductor tuvo la desvergüenza de dirigirse al público del convoy con un inaceptable: “Good afternoon, ladies and gentlemen, boys and girls” (Buenas tardes, señoras y caballeros, niños y niñas). Tamaña afrenta molestó enormemente al pasajero Laurence, que rápidamente denunció al conductor a sus superiores vía Twitter alegando que eso de “señoras y caballeros, niños y niñas” a él, como persona no binaria que es, no le incluía y que por tanto las indicaciones no le afectaban.

Así de claro lo tenía el chaval, lo que para mí no es una noticia, pues cada cual entiende el mundo a su manera y vive su propia paranoia.

Lo que para mí constituye una noticia es la respuesta de la compañía, que no tardó nada en contestar al tal Laurence por la misma vía, de la manera siguiente:

Siento mucho lo ocurrido, Laurence, nuestros Jefes de Tren no deberían usar esa clase de lenguaje, y te doy las gracias por ponerlo en mi conocimiento, Por favor podrías decirme en que servicio te encuentras y me aseguraré de que se comporten tan inclusivos como nos esforzamos por ser en LNER (London North Eastern Railway).

La respuesta de la compañía ha tenido en Gran Bretaña una gran repercusión, levantando la polémica en medios escritos y redes sociales. ¿Es aceptable dirigirse al público con la socorrida fórmula de cortesía “ladies & gentlemen”? ¿Qué hacemos con los que no se sientan ni “señora” ni “caballero”? ¿Podríamos usar el término “mediopensionista”, o quizá decir algo así como “good afternoon, everyone? En inglés, la solución es fácil: esta última fórmula incluye a todos, puesto que “one” vale lo mismo para “uno” que para “una”, o para “une”, si me apuran, pero en español ¡ay, en español! la cosa se complica, ya que la formula “buenas tardes a todos” no sería aceptable por las mismas causas, debiendo añadir “todas” y “todes”. O bien, usar un circunloquio del tipo “todo el mundo”, lo que no es del todo exacto (hay una parte significativa del mundo que no viaja en el tren) y esperar que personajes como Laurence se sientan aludidos y no discriminados ni ofendidos.

Aceptemos la puntillosidad en el lenguaje inclusivo y los recelos que levanta. Fijémonos ahora en el otro lenguaje, el normativo: la coma después de “this” es, cuanto menos, redundante y la de detrás de “attention” es antinormativa, ya que debería ser un punto, como el mismo autor del mensaje reconoce de manera implícita al escribir la palabra siguiente, “Please”, con mayúscula.

De modo que, si hay que cogérsela con papel de fumar en lo referente al lenguaje inclusivo para no lesionar los sentimientos de las diferentes sensibilidades de género, ¿por qué no ser igual de escrupulosos con la ortotipografía para no ofender a los usuarios de la lengua, sean estos del género masculino, femenino o neutro?

Román Rubio

Septiembre 2021

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viernes, 20 de agosto de 2021

AFGANISTÁN NOS APELA

 

AFGANISTÁN NOS APELA



Una cosa es lo que nos gustaría que fuera y otra lo que realmente es. A diferencia de los de mi generación —la del posfranquismo—, acostumbrados a tener en Reyes una caja de lápices de colores y una pelota de plástico cuando se había pedido una bicicleta y un balón de reglamento, las generaciones posteriores parecen haber sido criadas en Disneylandia. Al parecer, pedían una bicicleta y tenían una de carreras, piden un balón y obtienen una Play Station, y esto les hace creer que la realidad se materializa a su acomodo con solo desearlo.

Estos últimos días hemos vivido el hecho lamentable de la (re)toma del poder de los talibanes en Afganistán y el sentimiento generalizado, el mío también, es de desdicha. Ahora bien, si estoy con la mayoría con lo del sentimiento, no lo estoy tanto en el diagnóstico. Muchos quieren ver en los lamentables hechos la imposición de los talibanes “contra el pueblo”, como si los talibanes fueran marcianos enviados allí por las fuerzas malvadas de la galaxia en contra del pueblo inocente, noble y justo, obviando que los talibanes también son “el pueblo”, un pueblo arcaico y antirracional, si quieren, pero pueblo, al fin y al cabo. ¿De dónde han salido si no?

Al parecer, la obviedad de reconocer que “el pueblo” está enfrentado en dos bandos, el islamista radical que pretende imponer la sharía, personificado en los talibanes, y el islamista moderado y/o agnóstico que quiere una sociedad moderna más libre y acorde con el mundo occidental es algo que no aceptan los que entienden la historia como un asunto entre buenos (“el pueblo”) y malos (“los extraterrestres”). Y ya se sabe que de un mal diagnóstico no se sigue una buena cura.

¿Cómo explican los exegetas del maniqueísmo el hecho de que un puñado de guerrilleros se hayan hecho con el país en unas semanas a pesar de que occidente, (los americanos en particular) hayan gastado miles de millones de dólares creando, entrenando y equipando un ejército que ha resultado ser inútil? ¿Puede un grupo de guerrilleros doblegar en semanas la resistencia de un pueblo y un ejército? Piénsenlo. A mí, que desconozco el  país, no me cuadra. A no ser, claro está, que una parte significativa del pueblo esté de parte de los talibanes.

Una parte del público en mi país se ha rasgado las vestiduras ante la afirmación del responsable de la política exterior comunitaria, Josep Borrell, de que “los talibanes han ganado la guerra y tenemos que hablar con ellos”. “¿Cómo que hablar con esos criminales? Con esa gente ni se habla ni se negocia”, dicen los puros, incapaces de aceptar los hechos tal y como se presentan en vez de hacerlo como a ellos les gustaría. “¿Usted con quién cree que tengo que hablar para lograr sacar a las 400 personas que tengo que sacar de Kabul?”, contestó Borrell, con muy buen juicio, a la interpelación de Franganillo, que preguntaba en el telediario en nombre de los insobornables espíritus puros incontaminados por la realidad o la responsabilidad.

Así están las cosas. El mundo, desquiciado, y la gente a lo suyo. A poner verde al primer gobernante de cualquier país que dé la cara. Al Tío Sam por acudir a los incendios y por salir de ellos sin apagarlos. A Borrell porque dice digo o porque dice Diego (da igual) y a Solana por su enigmático mensaje en Twitter “Afganistán nos apela”, a lo que pronto miles de ciudadanos quisieron entender “Afganistán nos la pela”. Ya ven, cada cual entiende lo que quiere.

 

Román Rubio

Agosto 2021

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jueves, 12 de agosto de 2021

VUELTA AL COLE

 

VUELTA AL COLE


No quiero ser agorero, niños, pero la vuelta al cole está a la vuelta de la esquina. Pasa la Virgen de Agosto y los lápices de colores recién afilados, la goma de borrar por estrenar y la mochila nueva están pidiendo entrada en la vida de Brian.

Este año, el Ministerio de Educación ha elaborado un nuevo borrador (“otro”), regulador del currículum de la Enseñanza Primaria, que entraría en vigor en el curso 2022-23. El borrador del nuevo decreto introduce cambios notables en algunas de las asignaturas, entre ellas la de Educación Física.

El nuevo decreto quiere una Educación Física “más actual” y “más alineada” con las necesidades  del siglo XXI. Además de poner el énfasis en la perspectiva de género, como hacen todas las áreas, el decreto insiste en el desarrollo del plano emocional y la lucha contra los comportamientos antisociales, como la exclusión o la relegación en los juegos a los alumnos y alumnas de menor rendimiento físico-deportivo. Y para ello, el departamento que dirige Pilar Alegría propone algunas novedades. La más significativa es la de la necesidad de “dialogar, contrastar ideas y ponerse de acuerdo” para resolver situaciones conflictivas, de forma que el alumnado tenga en cuenta la perspectiva de las otras personas implicadas y busque “soluciones justas” en lo que Educación llama “dinámicas grupales reflexivas”, lo que puede llevar a llenar el horario de ejercicio físico con continuas asambleas para determinar si se salta o no el potro.

Ahora lo entiendo todo. Empiezo a descifrar la lógica de la neomodernidad moderna (como diría Catarella, el policía de las novelas de Montalbano) y su parloteo.

En mi ya lejana infancia solíamos jugar al fútbol en la calle, en el patio, en los solares y en cualquier terreno que fuera medianamente llano y desherbado. Para ello pactábamos las reglas del fuera de banda (en un terreno sin señalizar), las reglas del gol (cuando la portería venía marcada por dos carteras del cole a modo de postes) y había que convenir en cada una de las jugadas cuándo había salido la pelota de la línea imaginaria, si la jugada era merecedora de penalti o no o cuándo había pasado el maltrecho balón por dentro del espacio de la inexistente portería, lo que constituía el más elaborado de los debates. Todo eso hacíamos y conseguíamos jugar unos partidos sin incidentes dignos de mención. Y eso que no teníamos ni idea de lo que significaba “dinámicas grupales reflexivas”.

En cuanto a la discriminación por capacidades físicas éramos tremendamente inclusivos. Recuerdo a un muchacho que había sido atacado por la polio y había quedado con una pierna más debilitada que la otra ¿Creen que estaba excluido del juego? Ni hablar. El chico llegaba a jugar hasta con el rudimentario aparato ortopédico que llevaba por temporadas. A escondidas, por supuesto, de la vista de sus padres, maestros y otras “autoridades” que se lo tenían prohibido. Nunca se quedó sin jugar el muchacho si esa era su voluntad. ¡Y cómo disfrutaba! No sé si era tanto por el juego como por contravenir las indicaciones de padres y cuidadores. ¡Que nos vengan pues ahora con asambleítas a quienes éramos maestros de la negociación del acuerdo en toda clase de condiciones!

Para María José Camacho, profesora de Educación Física de la Complutense, la actividad física tiene una parte emocional importante y la exclusión de los más débiles depende del tipo de prácticas. “Si son muy competitivas, primará el principio de la energía motriz” y por eso considera muy positivo que el nuevo currículum contemple de forma “regulada” y “estructurada” la organización de debates colectivos para resolver conflictos (…).

Estoy de acuerdo con lo del “principio de la energía motriz”, aunque nosotros le llamábamos de otro modo. Le diré cómo lo solucionábamos en nuestro sistema “desregulado” y “desestructurado”: se ponen dos jugadores a unos pasos de distancia y poniendo un pie tras otro, por turno, se llega a montar al pie del contrario. A partir de ahí empiezan a escogerse jugadores de manera alterna para uno y otro equipo. Sin olvidar al portero (antes habrá que convenir si es puesto fijo o habrá que turnarse). El proceso asambleario tenía dos condiciones: que el dueño del balón es, por mérito propio, uno de los seleccionadores y que el chico tullido, el poeta ensimismado e inútil con el balón y el hermano pequeño tienen el mismo derecho a jugar que el Messi del barrio. Así lo hacíamos. Y nos funcionaba de maravilla. Lo digo por si les sirve a los “reguladores” y “estructuradores” de las “dinámicas grupales reflexivas”.

 

Román Rubio

Agosto 2021

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domingo, 25 de julio de 2021

EXPIACIÓN

 

EXPIACIÓN


En la tradición precristiana la expiación suponía la obtención del perdón por medio del sacrificio propio o (mejor) ajeno. La inmolación de un carnero para los judíos, la ofrenda de alimentos y productos valiosos para otros y hasta el sacrificio de niños o mujeres vírgenes para algunos (que se lamentan de la “colonización” occidental y su crueldad), lograban aplacar la ira del dios de turno provocada por el empeño de los humanos en llevar a cabo actos que le ofenden.

Después vino Jesucristo, y con su propio sacrificio personal logró la expiación de todos los pecados de los humanos, logrando así el perdón con el solo requisito del arrepentimiento. Un buen acto de contrición y un firme propósito de enmienda bastaban para abrir la puerta del Reino de los Cielos. Si por debilidad se volvía a caer, se volvía uno a arrepentir. Y si se tenía la oportunidad de hacerlo antes de morir, pues, hala, al cielo.

Este sistema constituía un modelo justo y misericordioso que ayudaba al cristiano a vivir en una cierta armonía con su propia conciencia, sin necesidad de derramar sangre alguna mortificándose con cilicios o fustigándose con látigos de pinchos. Digamos que era un mundo un poco beato pero razonable.

 

Hoy, en cambio, el pecado parece no poder borrarse nunca. La cólera del Dios Posmoderno es implacable. Ni olvido ni perdón. No es que el Posmoderno sea un dios cruel (en el sentido de exigir sacrificios sangrientos de carneros o vírgenes), no; pero es un Dios Rencoroso, Inmisericorde y más Memorioso que Funes, el hipermnésico insomne borgiano, pues, con su gigantesco archivo digital, es capaz de sacar a flote cualquier pecadillo, resbalón o yerro  que haya uno podido hacer en cualquier momento de su vida. Por temprano que haya sido este. Todo lo que haya sido publicado, grabado, filmado, fotografiado o emitido de cada uno de nosotros se guarda en la memoria del Todopoderoso, y ahí está, presto a salir. Sin posibilidad de perdón, sea el desliz grande o pequeño, vaya acompañado o no de contrición y propósito de enmienda. Ya ven, ¿para eso vino Jesucristo?

La penúltima víctima del Dios de la Memoria Infinita ha sido el japonés Kentaro Kobayashi, organizador del acto inaugural de los Juegos Olímpicos de Tokio y cesado de su cargo un par de días antes del acto inaugural. ¿Motivo? Intercalar el desafortunado comentario chistoso de: “Vamos a jugar al holocausto”. ¿Cuándo? Hace treinta y tres años, en 1988, mientras hacía un programa cómico a dúo con otro. No importa que el hombre haya reconocido lo improcedente del chistecito y haya mostrado cientos de veces su arrepentimiento y firme propósito de enmienda. Nada puede aplacar las ganas de revancha del Dios Posmoderno.

Y digo yo: ¿Quién de nosotros podría resistir una lupa que examinara todas las cosas que hemos podido hacer o decir desde épocas tan remotas? Yo, por mi parte, me arrepiento de haber hecho bullying en el colegio quitándole la merienda a un pobre muchacho que era más tímido y apocado que yo. Aún veo su cara inocente mientras me daba el bocadillo para congraciarse conmigo y siento vergüenza y arrepentimiento. Me he prometido no hacerlo en la próxima vida, porque en esta ya es imposible dar marcha atrás. ¿Debo por ello pagar indefinidamente? ¿Debo agradecer que mi villanía no fuera grabada ni denunciada por nadie? ¿Me da derecho ello a acusar con el dedo a quién sí fue grabado o denunciado? Piénsenlo.

Y quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra.

Román Rubio

Julio 2021


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jueves, 22 de julio de 2021

HAMBRUNAS Y PERDONES


HAMBRUNAS Y PERDONES


Lo acabo de leer en The Guardian: el texto de las disculpas que pidió Toni Blair a Irlanda asumiendo la culpa del Reino Unido por la hambruna irlandesa de mediados del siglo XIX no fue escrito por él, sino por un colaborador. Y no solo eso, sino que, ante la imposibilidad de contactar con el Primer Ministro para que firmara el texto y acabándose el plazo, se enviaron las disculpas a la Embajada en Dublín sin el visto bueno ni la firma de Blair. El texto venía a decir algo así como: “Quienes gobernaban en Londres en aquel tiempo fallaron a la gente por no apoyarla cuando una pérdida de la cosecha devino en una masiva tragedia humana” (la traducción es mía). En realidad, el texto no llegaba a ser una disculpa, sino, simplemente, un reconocimiento de los hechos. Una especie de mildiu venido de América arrasó con la patata en partes de Europa provocando una hambruna en Irlanda que dejó un millón de muertos y otro millón de emigrantes (entre un 20% y un 25% de la población). Los propietarios de la tierra, nobles ingleses y anglo-irlandeses, decidieron no ayudar a los campesinos aparceros proveyéndoles de alimentos ni aliviando la carga de impuestos, en atención a la doctrina de Adam Smith y las excelencias del libre mercado.

Las “disculpas” inglesas, 150 años después de la hambruna, ayudaron a facilitar el Acuerdo de Viernes Santo de 1988 que significó el principio de la paz irlandesa.

Los dirigentes de Alemania han pedido perdón en múltiples ocasiones: a los judíos por el holocausto, a los polacos por las atrocidades bélicas cometidas y a los namibios por sus veleidades coloniales en tierras africanas.

Yo no sé a ustedes, pero a mí, eso de pedir perdón “como pueblo” por algo que hicieron otros y que ocurrió en un pasado más o menos lejano, me parece algo con lo que no me siento cómodo. ¿Perdón por algo que ni he hecho ni he podido evitar? ¿Y cuánto tiempo hay que remontarse en el pasado para que uno sienta que la culpa ha sido expiada? ¿Cincuenta, cien, doscientos años? ¿Cinco siglos?

Todo esto viene a raíz de la exigencia del Presidente de México, López Obrador, a España, para que la nación española pida disculpas por la conquista, cosa con la que por cierto, no está de acuerdo la mayoría del pueblo mexicano.

De modo que, Señor López Obrador, la actual nación española (es decir, yo y mis coetáneos) debemos pedir perdón por algo que sus tatarabuelos López y Obrador hicieron en tierras americanas mientras mis tatarabuelos Rubio y Martínez permanecieron en el solar patrio sin veleidades aventureras al otro lado del Atlántico. No sé, yo no lo veo claro, ni usted tampoco señor López. No quiero ser mal pensado, pero ¿no será que está usted a la caza del voto indígena?

Por mi parte, de acuerdo: nos sentamos: usted se hace el agraviado por la conquista y yo hago como que me siento culpable. Usted hace como que se cree mi arrepentimiento y yo su agravio y después salimos para la foto chocando la mano y tan listos. Usted gana sus votos y yo..., bueno, no sé.

Acto seguido, exijo a los países árabes disculpa pública por la invasión de la península ibérica para volver a convocar a los mismos y pedir mis propias disculpas por haberlos tirado con violencia de un territorio que fue suyo durante ocho siglos, lo cual es más de lo que han durado muchas civilizaciones. Conmino a Italia a que se disculpe por la expansión romana y a Francia por la entrada de Napoleón. Y así nos pasamos la vida, la mar de entretenidos, pidiéndonos perdón unos a otros por las fechorías acaecidas en el pasado y que han posibilitado que hoy estemos usted y yo aquí.

¡Ah, y los vikingos! Hay que exigir las disculpas públicas y sonoras a Dinamarca, Suecia y Noruega por las razzias de los vikingos, que, quitando de alguna que otra serie o película, no han traído más que pillaje, saqueos y destrucción.

Román Rubio

Julio 2021

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domingo, 11 de julio de 2021

MARÍA DE NAZARET

 

MARÍA DE NAZARET


¿Tienen idea de cuántas Madonas, Inmaculadas y Vírgenes habrá visto uno en su vida en museos, láminas, ilustraciones y representaciones varias? Madonas  bizantinas, románicas, góticas, renacentistas, barrocas y modernas, en todas las poses posibles: sujetando al niño, amamantándolo, jugando con él,  mirándolo amorosamente mientras juega o, ya hecho un mocito, mientras se enreda en debates en el templo con los doctores de la ley. En todas las representaciones, María, la madre de Jesús, aparece en su rol de Madre de Dios y Virgen Inmaculada con un aspecto beatífico, angelical, virtuoso, resignado y sumiso, exceptuando quizá a la Madonna de Loreto, del golfarra Caravaggio, en la que el pintor utiliza como modelo a su propia amante, Lena, prostituta de profesión y de rostro y pose sexis y muy alejados de la convención mariana.

Pues bien, ¿y qué opinan del hecho de que quizá haya (o más bien, haya habido) un retrato “real” de María, la madre de Jesucristo? Quizás para ustedes sea ropa vieja y ven en mi interpelación algo así como el descubrimiento del Mediterráneo, pero yo debo reconocer que no ha sido hasta la lectura del libro “El Reino”, de Emmanuel Carrère, que me he enterado de que esto es o ha podido ser así. Y es que eso es lo que tienen nuestros autores favoritos, que saben poner el foco en cosas que nos resultan interesantes y que a uno, de no ser por el dedo señalador, le pasan inadvertidas.

Los hechos fueron como sigue:

Lucas, el Evangelista, nunca llegó a conocer a Jesucristo; los demás sí; Mateo y Juan por haber sido discípulos y haber acompañado al Maestro en sus andanzas por el mundo, y Marcos, más joven, lo había conocido y quizá tratado algo, aunque de lejos. Algunos quieren ver en él al joven que acabó desnudo tras perder la sábana en la que se envolvía al seguir precipitadamente al cortejo que prendió a Jesús en Getsemaní, según el Evangelio del propio Marcos.

Pero Lucas, no. Lucas, médico de profesión, siguió a Pablo en su apostolado por las nacientes iglesias. Y Pablo, recordemos que no había conocido a Jesús, al menos en carne y hueso, sino convertido en luz cegadora haciéndole caer del caballo. Lucas era cultivado, escribía en griego culto y además de médico era pintor. En su viaje a Jerusalén, siguiendo a Pablo, se empapó de testimonios entre los que habían conocido a Jesús en vida, material con el que escribió su Evangelio; y entre ellos, conoció a María, la madre de Jesús y sus hermanos (porque los hubo) y, según la tradición, la pintó. Le hizo un retrato al natural, sobre tabla, al modo de los iconos bizantinos. El retrato acabó en Constantinopla en manos de la entrañable Eudoxia, la esposa de Arcadio, que reinó en Bizancio en el siglo V, y habría sido destruido (o desaparecido, al menos) en 1453, durante la toma de Constantinopla por los turcos.

Nada sé de las cualidades pictóricas de Lucas, ni si su propósito fue hacer algo realista o cayó en la tentación, como tantos otros, de hacer un rostro idealizado (de hecho, cuando se produjo la estancia de Lucas en Jerusalén, en los años 50 del siglo I, unos años después de la muerte de Jesús, María ya era anciana), pero, ¿qué quieren que les diga? Uno siente una gran curiosidad por ese rostro y de ahora en adelante mirará con atención cada uno de los iconos bizantinos sobre tabla representando una madona no vaya a ser que… ¿Quién sabe? Los turcos no tenían por qué haber destruido todo, todo. Además, ¿quién puede asegurar que un monaguillo no se llevara a casa el cuadro bajo la túnica para salvarlo de la ira del invasor? No hay ninguna evidencia. Ni de ello ni de lo contrario. Ave, María.

Román Rubio

Julio 2021


lunes, 5 de julio de 2021

YO CANTÉ, TU CANTASTE, ÉL CANTÓ

 

YO CANTÉ, TU CANTASTE, ÉL CANTÓ




Al cantante, mira por donde, le ha salido la virgen. Sin fase de selección ni intervención alguna del público, la empresaria de espectáculos con reminiscencias marianas le ha designado para representarnos en Eurovisión. Lo cual ya sería de por sí una afrenta, aún sin tener en cuenta los agravantes de:

1ª.- Que la empresa de espectáculos Comunidad de Madrid al Cielo no tiene competencias para ejercer el derecho de representación (que en puridad corresponde a una entidad “nacional” como el Cervantes)

2ª.- Que el artista había basado gran parte de su intrincada carrera escénica en la denuncia de los chiringuitos y demás puestos redundantes que se promueven desde la Dirección General de Espectáculos y que sirven de pesebre bien aprovisionado para enchufados a costa de autónomos, empresarios y otros sufridos paganos.

3ª.- Que quizá haya en el mercado otros artistas más competentes que el cantarín valenciano para desempeñar el encargo.

Y estando de acuerdo, como estoy, con todos estos argumentos en favor de los tirios, pasaré a criticar algunos otros expuestos por los troyanos.

Los hay que critican que al funambulista de la política le hayan puesto a dirigir la Oficina del Español y ven en la denominación de “español” una especie de insulto o provocación, sacando otra vez a la palestra la estéril polémica español-castellano, tratando de vincularla con la no menos estéril de “buenos” y “malos” españoles. Y ahí sí que no estoy en absoluto de acuerdo.

Le llaman (le llamamos) español porque este es el nombre de la lengua que hablamos la mayoría y en la que está escrita este texto. Vale, también se le llama “castellano”, y también sería correcto, porque da la casualidad de que ambas denominaciones son equivalentes e igualmente válidas, aunque el Diccionario panhispánico de dudas reconoce que el término español es menos ambiguo y más reconocible, aunque solo sea por el hecho de que es así como se le conoce internacionalmente (Spanish, spagnol, Spanisch, spagnolo,…).

¿Y qué piensan los canarios, por ejemplo, de izquierdas o de derechas sobre lo de llamar “castellano” a lo que ellos hablan? ¿Y los gaditanos? Pues, seguramente que lo que hablan allí no es castellano, que, si acaso, castellano es lo que hablan los de Valladolid o Cuenca, y si me apuran, los del telediario de TVE.

Y como se trata de una lengua global, deberíamos considerar lo que piensan los otros, los “no españoles”, ni “buenos” ni “malos”.


Pues ya ven: en Argentina, Bolivia, Paraguay y Venezuela parece que prefieren llamarle castellano, y en México, Centroamérica, Colombia, Chile, Uruguay Cuba y EEUU, español. Distintas preferencias. Como aquí.

También he leído opiniones en el sentido de que en el Reino Unido llaman a su lengua inglés, y no británico. Así es, pero no está hecho con el propósito de no molestar a los galeses como parecen insinuar algunos. Es así porque así lo ha determinado el uso, que es el que hace la lengua. Con el inglés es tan claro que por no tener no tienen ni Academia de la Lengua; son los grandes diccionarios (Oxford, Collins, Merriam Webster… los que marcan la norma, de acuerdo con el habla). Y los diccionarios se venden con el título de Inglés-Español. Así, con ñ y todo. Será por algo.

Román Rubio

Julio 2021


domingo, 27 de junio de 2021

ARCADIA


ARCADIA


Hablando con mi amigo Gerardo, me confesó que estaba algo desanimado y que las últimas lecturas no ayudaban en nada. Me habló de la tristeza que le produjo Noruega, de Rafa Lahuerta, el último libro leído, y el mayor desánimo que le producía Lux, de Mario Cuenca Sandoval, que es el que ahora tenía entre manos. El libro, desconocido para mí, me lo definió como una distopía, palabra aparecida por primera vez en un discurso de John Stuart Mill sobre la política agraria en Irlanda a mitad del siglo XIX y que ha pasado —de ser una rara avis que nos remitía vagamente a los remotos 1984 de Orwell o El mundo feliz de Huxley— a gozar de un uso exagerado, gracias a la mala reputación de las redes sociales y a las supuestas perniciosas intenciones de las ubicuas empresas de internet y sus geolocalizadores, versión actualizada del Big Brother orweliano.

Lux, un Vox con disfraz, es una recreación novelada de un país (España) tras una eventual victoria electoral de un partido populista de extrema derecha; y no daré más detalles puesto que he leído solo unas pocas páginas. Inmediatamente, me vino a la punta de la lengua otra palabra que sirve para designar precisamente aquello de lo que mi amigo hablaba: ucronía, que se refiere a aquella ficción literaria que ocurre en una sociedad en la que se ha producido un hecho ilusorio que hace cambiar la historia. Enseguida me vinieron a la cabeza la estupenda Sumision de Houllebecq, en la que hipotetiza sobre una Francia que se despierta un día islamista tras unas elecciones o La conjura contra America, de Philip Roth, en la que los judíos americanos apechugan con las consecuencias de la derrota electoral de Roosevelt, en 1940, frente al filofascista  Charles Lindberg. Ambos hechos, las fantasiosas elecciones francesa y americana, suponen lo que se conoce como el punto Jonbar, cuyo origen se encuentra en la novela La legión del tiempo (1938), de Jack Williamson, en la que el protagonista, John Barr, al recoger uno de dos objetos (un imán y un guijarro), hará girar la historia hacia una civilización utópica, llamada Jonbar o a la tiranía del estado de Gyronchi.

Ni Francia se ha despertado islamista ni Estados Unidos fascista, lo que ha evitado el escenario distópico para algunos y utópico para otros. Ya saben: utopía (término proveniente de la Utopia, de Tomas Moro) es aquel mundo con una sociedad plena de justicia social, perfectamente armónica y pacífica y proveedora de bienestar económico y moral para sus habitantes, una perfección que se ve tan lejana  que se llega a ver tanto deseable como irrealizable.

Utopías las hay de todas clases: social-comunista, anarco-libertaria, feminista, paternalista, liberal, religiosa, etc. Y ya conocemos el resultado de algunas de ellas una vez puestas en práctica. Las utopías de unos resultan ser distopías para otros.

Viene a ser algo así como la idea de la Arcadia, ese paraíso bucólico tan trillado en el arte y la literatura del Renacimiento y el Romanticismo, lleno de dríadas, ninfas, faunos y pastorcillos y pastorcillas felices, saludables y sonrosados que se distraen tocando el caramillo. La realidad es que Arcadia es una parte del Peloponeso llena de pastores, sí, pero tan desvalida y atrasada que el historiador Polibio la describió como una región pobre, yerma, rocosa, fría y privada de todos aquellos placeres que amenizan la existencia, razón por la cual los poetas griegos localizaban en Sicilia sus escenas bucólicas.

Ya ven: para el fauno, Arcadia es un bonito lugar lleno de ninfas con las que distraerse persiguiéndolas por el bosque y en cambio, para la ninfa es un lugar amenazador lleno de faunos acosadores. Utopía y distopía.

Román Rubio

Junio 2021





viernes, 18 de junio de 2021

EL OBISPO DE MONDOÑEDO

 

EL OBISPO DE MONDOÑEDO

En mi libro ¡A SANTIAGO VOY! Memorias del Camino del Norte cuento la historia de la conocida frase: “Mientes más que el obispo de Mondoñedo”, aprovechando mi paso por la preciosa localidad lucense, ciudad episcopal.

Se refiere a Fray Antonio de Guevara (1480-1545), franciscano, cronista imperial, obispo de la ciudad y autor del famoso Libro aúreo de Marco Aurelio, del que se imprimieron veinticinco ediciones en español, y Relox de Príncipes (que incorpora el Libro de Marco Aurelio) y del que se hicieron dieciséis ediciones en español y cincuenta y ocho en francés italiano, etc., siendo el libro español más difundido de la época junto con La Celestina y el Amadis.

La obra la presentó el pillastre y habilidoso franciscano como una traducción de unos supuestos (e inexistentes) diarios del emperador romano que él habría encontrado en la biblioteca de Cosme de Médicis, en Florencia. Es decir, ponía en boca de otros algo que estos nunca habían dicho o escrito, cosa de la que sabe bastante el amigo Boris Johnson, motivo por el que fue expulsado de la redacción del diario The Times.

A pesar de sus truhanerías, ambos tuvieron su recompensa: uno llegó a Obispo de Mondoñedo y el otro a Primer Ministro del Reino Unido. A cada cual, lo suyo.

En el libro, también incluyo la referencia que del famoso obispo hace el mismísimo Cervantes en el prólogo del Quijote: “Si tratárades de mujeres rameras, ahí está el obispo de Mondoñedo, que os prestará a Lamia, Laida y Flora, cuya anotación os dará gran crédito…”.

Tras enviar un ejemplar de mi obra a un lugar en la localidad de Mondoñedo en donde fui bien atendido e instruido en asuntos locales (es la patria de Álvaro Cunqueiro), me dio por revisar todo lo que había escrito del lugar, por si había algún gazapo escondido, motivo de espanto entre los que se dedican a juntar palabras y ponerlas por escrito, de modo que busqué un Quijote de mi librería y me puse a revisar los prólogos de Cervantes a la primera y segunda parte. Y nada. El obispo no aparecía por ningún sitio.

Empezó a correrme un sudor frío por la espalda, pregonero del ridículo: el libro estaba impreso, había sido enviado al Centro de Interpretación del Museo local —en el que había personal buen conocedor de las cosas del lugar— y yo había publicado algo falso y mal documentado del lugar. Un desastre.

Fue entonces cuando se me ocurrió mirar la edición de mi Quijote, un ejemplar añoso, procedente de una Biblioteca Pública (algo altamente reprobable, pero es así, ¿qué le vamos a hacer?) y ahí empezó a desfacerse el entuerto. Se trataba de una edición de la editorial Razón y Fe, de 1945, anotada y comentada por el sacerdote jesuita Rufo Mendizábal.

¿Sería posible que el impresor Casimiro, Obispo Auxiliar de Madrid de la época, y el jesuita responsable de las anotaciones se hubieran saltado un párrafo del prólogo porque no conviniera a los intereses del clero de la época y a su moral? ¿Podía caber tal desfachatez?

Como no tenía otro ejemplar en casa para comparar, busqué el tan famoso prólogo y allí estaba el dichoso párrafo: en todas las ediciones.

 


Lo que el mentiroso jesuita había transformado en:

Si tratárades de ladrones, yo os diré la historia de Caco, que la sé de coro; si de mujeres * crueles, Ovidio os entregará a Medea…

Examinando el libro con más detenimiento llegué al capítulo de Advertencias en el que el religioso confiesa que el texto “Tiene algunas omisiones y añadiduras, bien pocas por cierto, hechas con el fin de velar algunas palabras o pasajes hoy menos convenientes…”. De ahí, el asterisco. Maldije al cura para mis adentros por su mojigatería y el mal rato, pero debo reconocer que me alivió la culpa de saber que mi pequeño hurto había servido para expurgar de lo público una obra “mentirosa”.

Hoy en día nos vemos —afortunadamente— liberados de esta censura “carca”, pero no nos libramos de la censura “progre” que propician los guardianes de la nueva moral. Aquellos que quieren que Tom Sawyer no hable de negros, ni Caperucita de lobos, ni Hansel y Gretel de brujas. ¿Y Otelo? Bueno, a ese ni mentarlo. Habrá que resucitar al famoso obispo de Mondoñedo para que escriba el guión que Shakespeare debía haber escrito.

 Román Rubio

Junio 2021

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miércoles, 2 de junio de 2021

LA CULPA LA TIENE FRANCO

 

LA CULPA LA TIENE FRANCO


Hace unos lustros echábamos a Franco la culpa de todo: no solo de la despiadada represión contra los perdedores, que la tenía, sino de asuntos banales como el asfaltado de la calle donde uno vivía y hasta de cosas tan alejadas de la Jefatura del Estado como la lluvia o el granizo.

Hoy, la culpa ya no es de Franco, sino de…, de…, bueno, depende.

No hace mucho, en la era anterior a la mascarilla, fui a una ferretería del centro de mi ciudad, de las de siempre, a comprar una cafetera. Allí, la dueña se quejaba amargamente ante una clienta del gran bajón de ventas del comercio y del hecho de que otros establecimientos del ramo, “de los de siempre”, estaban cerrando por falta de negocio.

¿Y qué o quién era el culpable de su ruina? Pues el señor alcalde, el señor Ribó, que con la colaboración necesaria de su ayudante, Belcebú Grezzi, había decidido peatonalizar o restringir el tráfico de la zona, privando a la gente de los  extrarradios de venir al centro a comprar las regaderas, tenazas, cubiertos, cuchillos y otros utensilios.

No intervine en la conversación por educación, ya que se trataba de un coloquio privado al que no había sido invitado. Me mordí, pues, la lengua mientras imaginaba todos los argumentos que la ferretera obviaba.

1º.- ¿Desconocía el hecho de que hoy en día, a diferencia de tiempos pretéritos, hay un bazar en cada esquina regentado por budistas-taoístas que vende productos importados a la cuarta parte del precio de las tiendas de los cristianos viejos?

2º.- ¿Acaso no se había enterado que en los extrarradios hay centros comerciales que alojan cadenas francesas o alemanas con una completa selección  de toda clase de utensilios para hogar, jardín y huerto que hacen innecesario el desplazamiento al centro?

3º.- ¿Ignoraba que Internet ha generado el comercio electrónico posibilitando la compra desde casa?

Pues, no. La culpa era del señor alcalde, empeñado en tratar de hacer la ciudad más cómoda y habitable para sus ciudadanos transeúntes. Y, de paso, joderle el negocio a ella.

No siempre la culpa es del alcalde. A veces es de los hombres; así, en general.

Viena es una ciudad estupenda, monumental y agradable de pasear y de vivir. Lo que no sabíamos es que ello —según la vicealcaldesa Maria Vassilakou, del Partido Verde— es gracias a un urbanismo “feminista”, que la hace más humana, más peatonal, menos amiga de los coches y con mejores y más cercanos servicios. Y todo porque a los hombres, según cierto ideario extendido hoy,  nos gustan las ciudades agresivas, llenas de ruidos y humos, con un centro inaccesible y con servicios malos y lejanos, y no nos hemos dado cuenta de que “la ciudad de los quince minutos” (ya saben, esa en la que se pueden obtener la mayoría de los servicios en desplazamientos de esa duración) es un planteamiento no de los ciudadanos y del sentido común sino feminista.

Pues, miren; si esto es así, me apunto al urbanismo “feminista”: al de Ribó y al de la vicealcaldesa vienesa y me opongo al machismo de los vieneses (hombres) amantes del coche y los humos en el centro y al de la propietaria de la ferretería.

Y es que, a la hora de buscar culpables (Franco, el alcalde, los hombres) cada uno los elige a conveniencia. En un pueblo cercano al mío, el tonto del pueblo (como se le conocía cruelmente en la época) creía que la culpa de los accidentes de tráfico era de la Guardia Civil. Si no, ¿por qué había un coche de la Benemérita en el lugar de cada accidente, eh?

Por cierto, una de las iniciativas del ayuntamiento vienés es la de poner nombres de mujeres a las calles, y las han rotulado  con  nombres como los de Hannah Arendt o Janis Joplin. No me importaría que a mi calle le pusieran el nombre de mis admiradas Joplin o Arendt. Otra cosa sería que la bautizaran Avenida de La Pantoja. Así, ya…

 

Román Rubio

Junio 2021

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