jueves, 27 de enero de 2022

SI LA UNIÓN EUROPEA FUERA UNA FAMILIA

 

SI LA UNIÓN EUROPEA FUERA UNA FAMILIA, ¿QUIÉN SERÍA CADA UNO?



Alemania sería el padre y cabeza de familia. Todo el mundo le debe escuchar y si no haces lo que él quiere serás castigado. Por otra parte, él busca lo mejor para cada uno.

 

Francia es la madre. Se casó con Alemania por su dinero, tiene preferencias por alguno de sus hijos, pero al final sigue a su marido.

 

Irlanda es una tía que se empeña en convencer a todo el mundo de que no tiene nada que ver con el Reino Unido.

 

Polonia y Hungría son parientes lejanos que tienen negocios turbios y hacen trampa con las cartas, pero de un modo u otro se las arreglan para ser tolerados en la familia.

 

Bélgica es un hijo que trata de mantener a la familia unida al tiempo que tiene que lidiar con su propio trastorno de identidad.

 

Países Bajos es la hija rebelde que cree saber cómo solucionar los problemas ella solita.

 

Dinamarca es el tío que cree que es mejor que ninguno porque es el más culto y formado y tiene el mejor trabajo.

 

Suecia es el primo que toca en una banda y no toca las drogas.

 

Austria es la sobrina que se cree muy hermosa pero que no se puede casar porque tiene una historia de incesto con los Balcanes.

 

Los Países Bálticos son trillizos repudiados por la madre Rusia y adoptados por Alemania y Francia.

 

Italia es el abuelo anciano harto de que su hijo, Alemania, le diga continuamente lo que tiene que hacer.

 

España es un primo con síndrome hipocondríaco obsesionado con que tiene lepra y puede perder una pierna en cualquier momento. Los otros miembros tratan de convencerle de que no va a ocurrir.

 

Grecia es la abuela con demencia, sabia en sus tiempos, que está viva de milagro.

 

Portugal es un primo al que a menudo se le toma como a un desconocido por lo mucho que se parece a Brasil.

 

Finlandia es un tío raro alcohólico que de una manera u otra se las apaña para salir adelante.

 

Rumanía es un primo con muchas deudas, que te hace cualquier reparación por un precio módico.

 

Croacia y Eslovenia son dos primos propietarios de una gran mansión junto al mar a la que todo el mundo quiere ir en vacaciones.

 

Bulgaria es el tío mayor que no está de acuerdo en que la mansión de Croacia sea más hermosa que la suya, y que la gente teme ir a la suya porque Turquía puede ocuparla en cualquier momento.

 

Chequia es un hijo que asegura haber inventado la cerveza, lo que le provoca un conflicto con Bélgica y Alemania que no están de acuerdo.

 

Eslovaquia es la hija que hace pandilla con Polonia y Hungría por una excusa u otra..

 

Luxemburgo es el hijo pequeño que no entiende por qué los demás andan siempre de pelea.

 

 

Lieven Van de Keere en Quora online magazine (traducido del inglés)

 

Román Rubio

Enero 2022

lunes, 17 de enero de 2022

DJOKOVIC

 

DJOKOVIC

Parece que se ha acabado el entremés “Djokovic en las antípodas”; ya saben, entremés es esa pieza cómica corta, popular en el teatro del Siglo de Oro, que se representaba al principio o entre actos de tragedias y comedias. Sainete por dos razones: porque parece destinado a repetirse en los distintos torneos de Grand Slam que quedan por disputar  —lo que garantiza la diversión—, y porque se representaba entre un acto serio (las cifras de la pandemia) y otro liviano y cómico (el vodevil de cierto ministro, un periódico inglés, el PP y un puñado de vacas).

Ya conocen los hechos de la farsa. El tenista, reacio a la vacuna del COVID, se presenta a un país en el que es preceptivo estar vacunado para jugar un torneo en el que podría (y digo “podría”, en condicional) haberse coronado como el de mejor palmarés del mundo, por encima de Federer y de Nadal, con quienes está empatado en número de Grand Slam.

Las cartas estaban claras: usted no cumple las reglas, luego no puede entrar al país, que es exactamente lo que habría ocurrido con cualquier filipino que hubiese llegado a trabajar de camarero, al gallego de visita a su pariente o a cualquier ciudadano, sea serbio, inglés, ruso o de Requena que fuera a comer al restaurante de la plaza del pueblo de al lado. ¿Tiene usted el certificado de vacunación COVID? No. Pues no puede entrar.

Al final, tras una pugna de once días entre abogados, tribunales y gobierno, el serbio ha sido expulsado del país, lo que en Serbia se ha vivido como un ultraje, no al tenista, sino a la nación

¿Usted perdone? ¿A la nación? ¿Qué tiene que ver la nación con esto?  Miren, no puede haber animadversión alguna contra la nación serbia, en primer lugar porque dudo que dos de cada diez de los australianos —o tres de los de Ponferrada— sean capaces de localizarla en el mapa, con lo que pensar que se le tiene manía a algo que no se sabe adónde está exactamente es signo de arrogancia, de tontuna, o de ambas cosas.

Ya ven, algunos quienes ver una maniobra de la mesa del mal, formada por Bill Gates George Soros, Maduro, Putin, Fumanchú y el espíritu de Fidel Castro para que un mallorquín gane en títulos a un serbio y ensuciar, así, la reputación de la nación serbia.

Me ha recordado la airada reacción de sectores mayoritarios de la prensa y de la opinión pública españolas cuando cierto programa cómico de muñecos de la televisión francesa tildaba de dopado a Nadal tras ver que ganaba una y otra vez su más prestigioso torneo y se permitía, después, la imprudencia de dirigirse al público de París …¡en inglés!. No es que fuera algo contra el tenista, no; para muchos alucinados compatriotas míos, se trataba de otra muestra más de desprecio hacia la nación española. 

Por lo que a mí respecta, me importa un pimiento que gane el español, el serbio, el suizo (si compitiera, que no es el caso) o el apátrida Perico el de los Palotes, siempre y que el ganador esté, eso sí, vacunado.

El sainete, como tantos otros, ha acabado bien: el tenista ha salido como un hombre de principios irrenunciables; los negacionistas tienen a su héroe, su víctima: no hay lucha grande sin victimario; los provacunas (es decir, usted y yo) porque ha triunfado el sentido común; y el gobierno de la nación, porque ha conseguido imponer la ley en proximidad de elecciones. Si acaso, el ganador del torneo verá algo devaluado su triunfo, pero eso durará cuatro días, créanme. Al final, la historia solo recuerda a quien sube al podio. Al tiempo.

Román Rubio

Enero 2022


jueves, 30 de diciembre de 2021

LA MEMORIA DE LOS PUEBLOS

LA MEMORIA DE LOS PUEBLOS



“Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”.

¿Cuántas veces han oído la frase en los últimos tiempos? El origen de la misma es incierto. Unos la atribuyen a Cicerón, a Guizot, a Ortega o al mismísimo Napoleón. Probablemente, y dado el uso  tan conveniente para rotos y descosidos, podría haber surgido en cualquier momento y lugar por obra y gracia de la retórica más efectista.

Yo me he molestado en buscar el origen (por hacer algo, dada la futilidad de la empresa) en ese gran Ojo del Gran Hermano que no quiero nombrar, y he descubierto que hay consenso en que la autoría de la frase corresponde al  filósofo, ensayista y poeta José Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás (1863-1952), madrileño de nacimiento y norteamericano de formación, conocido como George Santayana, que escribió toda su obra en inglés y fue catedrático (full professor) en Harvard hasta que cumplió 48 años, en que renunció a la cátedra y dejó los Estados Unidos.

A pesar de haber vivido en Boston desde los cinco años en compañía de su madre inglesa y sus medio hermanos anglófonos, de tener el inglés como primera lengua y de hacer una exitosa vida académica, el tal Jorge (o George) nunca llegó a comulgar con el estilo de vida americano, añorando esa Europa y esa ciudad de Ávila adonde venía sus veranos a visitar a la familia paterna. Él mismo confiesa en una de sus obras: “He procurado escribir en inglés la mayor cantidad de cosas no inglesas que he podido”. A los 48 años recibió una herencia de su madre que le permitió vivir con holgura en Europa: Cambridge, Oxford, Roma… Y allí, en Roma, se quedó sus últimos años en el Convento de las Hermanas Azules donde murió y se hizo enterrar en el panteón español.

La frase es tan rotunda que se hace difícil contradecirla, pero yo no estoy aquí para declarar que el agua moja, que en invierno hace frío y que el cambio climático es malo —para eso están los pregoneros—, sino para ejercer la abogacía de Mefisto.

En primer lugar, cuando oigo máximas que se refieren al “pueblo”, la “patria” y cosas de esas que se pueden agrupar en una bandera o un himno me huele a chamusquina y me pongo alerta.

En segundo lugar, está eso de la memoria. Cada cual tiene la suya, con lo que yo prefiero hablar de “mi memoria” o “muchos tenemos memoria de” más que hablar de abstracciones como las memorias del pueblo o la patria.

La memoria es tan frágil y caprichosa que en las reuniones con amigos de la infancia o de la juventud no hay manera de hacer coincidir en los recuerdos. Uno cuenta una anécdota que recuerda con nitidez y el otro asiente con la cabeza para no desairarle mientras se pregunta si en verdad vivieron lo mismo. Y al contrario: el otro cuenta aquella anécdota desternillante de aquel periplo inolvidable mientras que uno le mira con sonrisa forzada, como diciendo: “¿pero, de verdad que hicimos el mismo viaje?”. Si esto es así tratándose de experiencias entre amigos, ¿qué no será cuando algunos se quieren apropiar, nada menos, de la memoria colectiva de todo “un pueblo”?

Por esta razón, cuando alguien pronuncia la celebrada frase de los pueblos y la memoria en alguna de sus variantes, si están en mi cercanía, me oirán carraspear, que es una manera discreta de ahorrarse el comentario a la obviedad de que en el invierno hace frío en el hemisferio norte y en el sur hace calor. O de que los recuerdos, a veces, son un pesado lastre que dificulta el camino hacia adelante.

Me permito hacerme a mí mismo una observación. Hay un lugar en el que la frase  no despertó en mí carraspeo alguno. En la entrada del pabellón número IV de Auschwitz está escrita la máxima de Santayana: “Those who do not remember the past are condemned to repeat it”, “Quien olvida el pasado está condenado a repetirlo”. Aforismo que, por cierto, no alude específicamente a pueblos o naciones, sino a tipos como usted y como yo.

 


Román Rubio

Diciembre, 2021

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jueves, 16 de diciembre de 2021

ESOS CHISTECITOS

 

ESOS CHISTECITOS


Acababa de leer en El País una entrevista de Jabois a Diego San José, alguien a quien no conocía; se trata de un tipo de Irún de 43 años,  guionista de comedia de profesión, autor, coautor o colaborador de muchos programas de televisión como Vaya semanita, El intermedio o La hora de José Mota y de películas como Ocho apellidos vascos, Pagafantas o la serie de HBO, Venga Juan. Entre otras cosas de interés, el guionista dice: “Una cosa que yo odio en la comedia es hacer chistes sobre cosas que la gente ya tiene claras. Es decir, la ficción que tú haces para dar la razón al espectador en lugares donde se está calentito. Y cuando los trenes están arrancados te subes a ellos”.

La frase me recordó algo que había oído el día anterior a la conductora de la mañana de la SER —y muy respetada por mí—, Ángels Barceló, a propósito de no sé qué elecciones. La catalana se permitió hacer un chistecito sobre lo de que “hay que votar bien, como dice Vargas Llosa, ja, ja, ja”, ridiculizando el aforismo del escritor y, de paso, su postura política. Claro, se trata de la SER, con lo que la periodista —de gran altura, en la mayoría de las ocasiones— se permitía el sarcasmo ante un público que adivinaba entregado. No importa que fuera con una frasecita y no discutiendo el sentido de la misma. No importa que el Nobel lo argumentara con ejemplos como el de que Hitler llegara a la Cancillería por los votos u otros casos sangrantes de la historia en que la elección ha conducido a resultados desastrosos. ¿Quién no va a estar de acuerdo (o en desacuerdo) con un eslogan tan facilón como el que repitió la periodista con sarcasmo? Claro, lo fácil es hacer el chistecito ante el auditorio entregado. Otra cosa sería argumentar en contra. Eso ya… ¡El pueblo siempre tiene razón! ¡Venga! Discútanlo, si se atreven.

En la historia reciente española se puso el referéndum como la panacea de la democracia. Nada parecía ser tan democrático como un referéndum. ¡Que hable el pueblo! Pues, bien; para hacer de abogado del diablo yo proponía a los defensores de la tesis (ojo, no a los defensores del referéndum, cosa que me parece muy aceptable, sino a los defensores de la tesis de este como máxima expresión de la democracia) que consideraran el caso de un plebiscito en el que se preguntara al pueblo por la prohibición de la entrada de moros en el país y del ejercicio de la religión musulmana. ¿Cuál creen que sería el resultado de la votación? Especialmente, si se aprovecha a hacerlo tras un atentado yihadista. “Eso es imposible”, me decían. “¿Por qué?”, preguntaba yo. “Pues porque esa pregunta no se puede plantear”. Efectivamente, ese referéndum, cualquiera que fuera el resultado, no se puede plantear. Y no porque sea moralmente cuestionable: un día te puede juzgar un cura bajo su moral y otro un depravado (aunque hay casos en que se trata de la misma persona), sino porque lo impide nuestras leyes. Lo impide la Constitución, que dice, claramente, que ningún ciudadano puede ser discriminado en función de su raza, ideología o religión.

Esta columna parece que ha quedado algo deslavazada, de modo que, por si necesitan una síntesis, les lanzaré el mensaje: ¡cuidadín con los eslóganes, las frases trilladas y los auditorios entregados!

Sean prudentes.

Román Rubio

Diciembre, 2021

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lunes, 13 de diciembre de 2021

EN DEFENSA DE LA AUTOAYUDA

 

EN DEFENSA DE LA AUTOAYUDA

(O cómo ser anticool)


Entiendo a los que se toman con distancia y una sonrisa condescendiente los mensajes de la autoayuda. Ya saben: esos que nos aparecen en Facebook o en otras redes sociales, a menudo divulgados por algún cándido ciudadano, más o menos amigo, del tipo “El mañana no ha llegado y el pasado ya ocurrió; vive el momento”, o “Caer no significa hundirse, solo que hay que levantarse”, o bien “Cada fracaso es una nueva oportunidad para reinventarse”, o “Todo está a tu alcance; solo hay que empeñarse en conseguirlo”. Muchos le damos el valor que tienen: el de mensajes bienintencionados, un poco moñas, que, sin tener por qué ser estrictamente ciertos (¿cómo voy a poder conseguir hacer realidad mi sueño de ser una estrella de la NBA si le llego al sobaco al más bajito y tengo los pies planos?), pueden tener un efecto optimista, estimulante o balsámico para las personas que necesitan un empujoncito a la moral de vez en cuando  (más o menos, todos nosotros). Al fin y al cabo, esos mensajes, aunque algo ingenuos, siempre serán más beneficiosos que los contrarios de: “Los errores del pasado son imborrables”, “El futuro no traerá más que enfermedad y muerte” o “¿Por qué intentar conseguir tus sueños si mides uno sesenta y no eres ni siquiera inteligente?”

La autoayuda, pues, “ayuda” a muchas personas a seguir en la brecha aportando una pizca de optimismo, por lo que no dejo de ver un tufillo arrogante en quienes se vanaglorian en su desprecio. Mi madre solía hacer uso del empujoncito de la religión y cada sábado y fiesta de guardar acudía a la iglesia en donde pedía por los suyos y salía con optimismo renovado y la seguridad íntima de que nos iba a ir bien, con resultados desiguales. Woody Allen, Tony Soprano y alguno de mis amigos y vecinos (y de los tuyos, lector, aunque no siempre lo confiesan) necesitan de otra pantomima diferente a la religión, pero con fundamentos y efectos parecidos, de modo que, ¿qué mal hay en recurrir a la meditación, el yoga, el mindfulness y los mensajitos algo ingenuos, o las tesis algo más elaboradas de la autoayuda o de la psicología positiva (su prima intelectual) traída al mundo académico por Martin Seligman?

Pues sí; muchos —a menudo de manera oportunista— empiezan a ver la autoayuda como una herramienta del demonio. Unos, psicólogos de titulación, atacan a esta por puro corporativismo: “Si esto ayuda a la gente, ¿qué valor añade la orla colgada en la pared de mi despacho?” Otros aplican su vena filosófico-marxista y alegan: “Si tu bienestar depende de ti y de tu capacidad de levantarte por ti mismo y no del “sistema”, ¿qué sentido tiene eso de la revolución pendiente que ando pregonando?”. Tanto unos como otros mantienen una postura muy cool, no solo de desprecio a la autoayuda (ese alimento de gentes seguidoras de Salsa Rosa y otros inframundos), sino de franca beligerancia, tratando a esta como el opio del pueblo.

Me refiero a posturas como la de Marian Donner en su Manifiesto en contra de la autoayuda (Libros Cúpula) o el artículo de Carlos Javier González Serrano, “Contra la dictadura de la felicidad: el dañino pensamiento positivo” (El vuelo de la lechuza), los dos últimos y más claros alegatos anti-autoayuda que han caído en mis manos.

https://elvuelodelalechuza.com/2021/11/02/contra-la-dictadura-de-la-felicidad-el-danino-pensamiento-positivo/?fbclid=IwAR0msogOi9Iu_9AgWRk_Af-b35A-SLdaXWj3kNpZjRc-0Hi3hXfz9vZ2EzU

Léanlos si tienen gana. Yo, mientras tanto, me estoy entreteniendo con las Cartas a Lucilio (o Epístolas morales) que escribió Séneca en sus últimos años, un poco antes de que su pupilo Nerón le invitara a quitarse la vida. Es un clásico del siglo I, pero, créanme, en realidad se trata de un libro de autoayuda un poco crecido por el brillo de lo añejo.

Porque nunca viene mal un empujoncito a la moral. Y si uno no le tiene fe a los pregoneros del más allá, a los sillones del psicólogo ni a los vendedores de paraísos colectivistas, ¿qué le queda, pues?


Román Rubio

Diciembre 2021

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martes, 23 de noviembre de 2021

EL CABALLO Y EL GORRIÓN

 

EL CABALLO Y EL GORRIÓN


Quienes hayan leído El País del domingo de pe a pa pueden saltarse este artículo: les puede resultar repetitivo; para los demás, les diré que me he familiarizado con lo que en EEUU se ha dado en llamar The Great Resignation, o, de manera más coloquial The Big Quit, y que en español lo traducen como La Gran Dimisión o (y esto es cosecha propia)  La Desbandada.

Lo trata Joaquín Estefanía en su artículo La dimisión del empleo y, de manera exhaustiva, la corresponsal en Nueva York, María A. Sánchez-Vallejo, en su reportaje La Gran Dimisión agita EEUU. Se trata del hecho de que un número muy significativo de personas en aquel país, cuatro millones más o menos, se despiden de sus puestos de trabajo cada mes desde el pasado abril (coincidiendo con el fin de las restricciones de la pandemia), a menudo sin el propósito de buscar otro empleo; o al menos, no inmediatamente.  

 

Las causas son complejas y variadas: la aprensión a volver a las sedes tras acostumbrarse a trabajar en pantuflas para algunos, la acumulación de ahorro originado por las restricciones para otros, los cheques del gobierno para paliar la inactividad y la propia introspección propiciada por meses de reflexión parecen haber hecho mella en muchas personas que han decidido no volver a ese trabajo de mierda mal pagado que les permite (solo) subsistir. Así lo ha expresado Robert Reich, antiguo secretario de trabajo de Bill Clinton y el mismo Biden cuando dijo aquello de “pagadles más”, ante la queja de los empresarios por la falta de trabajadores.

Lo cierto es que muchos andan huyendo de sus trabajos: no solo los que ganan un sueldo de mierda, como dice el ex político, sino otros que tienen buenos puestos en lo que allí llaman “mundo corporativo”. Los empresarios están teniendo problemas para encontrar trabajadores competentes en muchos sectores como el del cuidado de las personas, la sanidad o el transporte, en lo que el Nobel de Economía, Paul Krugman, ha definido como una crisis de oferta, al contrario de la Gran Depresión, que lo fue de demanda.

Y así están las cosas en EEUU, un país con un 5% de desempleo, lo que supone casi el pleno empleo, y con un 3% de desertores (quitters) del mercado laboral.

¿Y qué pasa en Europa? Pues tres cuartos de lo mismo: en Gran Bretaña y en otros países del continente, incluida España, se las ven y se las desean para cubrir puestos de camioneros, con la amenaza de desabastecimiento del mercado. No es de extrañar: cualquiera que haya hecho un par de trayectos de ocho o diez horas con su propio coche sabe lo cansado que es, incluso con la perspectiva de llegar a casa. Imaginen como será si hay que hacer lo mismo al día siguiente y al otro y al otro en la cabina de un camión de varios ejes, teniendo que descansar las horas preceptivas en inhóspitos aparcamientos de carretera. Le hace pensar a uno si vale la pena dar la vida por un sueldo. Algo parecido ocurre con los trabajadores de la construcción, los recolectores de la fruta en el campo y otros esforzados tarzanes de esta vida.

Lo que para unos es una carga insoportable, para otros es un trozo de paraíso. Vayan sino a las fronteras: acérquense por Melilla, el Río Grande o los bosques de Bielorrusia y verán a miles de personas vislumbrando las migajas del camino transustanciadas en maná. Lo que me ha traído a la memoria aquello que el economista John Keenneth Galbraith dio en llamar “the horse and sparrow theory” (la teoría del caballo y del gorrión), que viene a decir que si das de comer al caballo suficiente avena, algo caerá en los caminos para los gorriones; se supone que (de manera sarcástica y algo cruel) a través de los excrementos de la caballería.

Pobres gorriones. Y eso que en los días de verano, cuando acosan las moscas, bien que ayudan a mantenerlas a raya, como en la fábula de Rafael Pombo.

Román Rubio

Noviembre 2021

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miércoles, 3 de noviembre de 2021

PREDICAR Y DAR TRIGO

 

PREDICAR Y DAR TRIGO

Según la sabiduría popular “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Lo primero, para las gentes de ética relajada, no compromete a nada, como era el caso de “el escudero de Guadalajara, que de lo que promete a la noche, a la mañana no hay nada”. Está claro que Boris Johnson no conoce los refranes de la lengua castellana. Si acaso, como buen inglés, sabrá aquel más soso de “Deeds speak louder than words”, algo así como que “un hecho vale más que mil palabras” o la más imaginativa de “Put your money where your mouth is”, “pon la pasta en lo que pregonas”, o como dicen los franceses, “Les conseillers ne sont pas les payeurs”; no son los consejeros quienes pagan.

El Primer Ministro acaba de volver a Londres desde Glasgow en un vuelo privado tras atender la Cumbre por el Clima Cop26. En vez de coger un tren que tarda cuatro horas y media ha alquilado un jet privado, un Airbus A321, ya que el Voyager asignado al cargo estaba en revisión. Eso sí, cuando le han echado en cara que unas horas antes acababa de sermonear a los asistentes con que “las palabras sin actos se quedan en nada” y de añadir que “los allí presentes (se supone que él se incluía) serían juzgados por sus hijos si se negaban a actuar”, el pintoresco etoniano —que, al parecer, no se siente intimidado por el eventual juicio de sus seis hijos (de tres mujeres)—, se ha justificado diciendo que el aparato elegido funciona con “fuel de aviación sostenible” y que emite el 50% de CO2 de lo que emite el Voyager. ¿De qué se quejan, pues?

El Príncipe de Gales, otro adalid del ambientalismo, productor de elaboración ecológica en su granja de Gloucesteshire, también ha vuelto de Glasgow en avión privado y no precisamente en el mismo que el Primer Ministro, que compartir avión es casi tan plebeyo como ir en línea regular. Ecológico, sí; pero sin renunciar a la comodidad y los privilegios.

Y, entretanto, Greta Thunberg andaba por allí con su megáfono echándoles en cara lo del blablabla. No consta, sin embargo, cómo se ha desplazado hasta Escocia. Esta vez, lamentablemente, se nos ha privado del relato de la peripecia.

En otro punto alejado del mundo, en Perú, el Ministro del Interior, Luis Barranzuela, obsequió a sus amigotes, algunos de ellos políticos, con una fiesta de Halloween la noche del 31 de Octubre, víspera de Todos los Santos y tradicionalmente el día de celebración de la canción criolla en el país andino. El ruido festivo resultó ser tan molesto que algunos vecinos hubieron de llamar a la Policía Municipal para ver de acallar el alboroto. Junto con la policía se presentó alguna que otra cámara de televisión y saltó el escándalo. La cosa no tendría mayor importancia a no ser porque el prócer había recordado públicamente a los peruanos la semana anterior que las reuniones y fiestas seguían estando prohibidas en atención a un posible repunte de los contagios Covid y que, por tanto, se abstuviesen de celebraciones. Las cosas pasaron a mayores y la Presidenta del país, Mirtha Vásquez, pidió explicaciones. El ministro pillín se excusó diciendo que de festejo nada, que se trataba de una reunión de trabajo y que lo de la música no era cierto, que provenía de las casas de los vecinos, lo que podría haber colado de no haber sido estos los que habían llamado a la policía  por las molestias.

De modo, que ya ven: lo que vale para ti, a mí no me afecta; como ocurría con aquel ya conocido escudero de Guadalajara·, O, como dice de manera rotunda y taimada la lengua castellana: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.

 

Román Rubio

Noviembre 2021 

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viernes, 22 de octubre de 2021

PORTIA

 

PORTIA


Portia es joven, bella e inteligente y está prometida con el gallardo y bondadoso Antonio, que es demandado por el judío Shylock ante la corte del Dux de Venecia por el impago o demora en el pago de una deuda en la que Antonio había incurrido por supuesto naufragio de unos barcos. El precio es terrible, pues en el contrato se especifica que el deudor debe pagar con una libra de su propia carne y Shylock exige que esta sea próxima al corazón. Quien ejerce la defensa del deudor es Portia, que, disfrazada de hombre, da la razón al viejo avaro con la condición de que se cobrara la deuda sin derramar una gota de sangre.

Se pueden imaginar el desenlace. De un lado la juventud, la belleza y la generosidad de la joven cristiana; del otro, la vejez y la avaricia del judío. Pues eso, han acertado. Aunque, lamentablemente, y tratándose del siglo XVI, la joven tuviera que travestirse en hombre.

En el mundo real muchos escritores han decidido adoptar un seudónimo para publicar sus obras, bien para proteger su reputación como es el caso de Charles L. Dogson (Lewis Carroll) y tantos otros doctos profesores de Oxford que decidían probar con el bestseller, John Banville (Benjamin Black) para marcar registros distintos, o Robert Galbraith (J. K. Rowling), que una vez terminada su saga de Harry Potter con éxito arrollador decidió tantear el mercado con un seudónimo hasta que se dio cuenta que era mucho más rentable para ella y la editorial quitarse la máscara. Por no hablar del célebre caso de Elena Ferrante, todavía sin desenmascarar.

Mary Ann Evans (George Elliot) y Aurore Lucile Dupin de Dudevant (Geoge Sand), en el siglo XIX, hubieron de adoptar nombre masculino para poder publicar. Otras, como la autora de novela romántica Megan Maxwell (María del Carmen Rodríguez) o Alice Kellen (que no ha desvelado su verdadero nombre, aunque sí su imagen) lo hacen con el propósito de desligar su vida profesional de la personal. Excepto en el caso de las autoras decimonónicas, que lo hacían obligadas, los/las demás pueden hacer bueno aquello de “escribo con seudónimo porque me interesa, porque soy libre y porque me da la gana”.

Tres guionistas profesionales, Antonio Mercero, Jorge Díaz y Agustín Martínez, bajo el nombre pantalla de Carmen Mola, habían escrito una exitosa trilogía de novela negra —que no he leído dado mi desapego por el género— que incluye La novia gitana.  

El asunto no habría tenido más trascendencia —¿o sí?— si no hubiesen resultado ganadores del último Premio Planeta, dotado con un millón de euros con su novela La bestia.

A partir de ahí, y probablemente propiciado por envidias, rencores, maledicencias y resquemores, un grupo no sé si numeroso pero ciertamente ruidoso ha decidido poner el grito en el cielo, no está claro si por ser tres, por ser hombres, por usar un seudónimo, por usar un seudónimo femenino o por haber ganado tanta celebridad y dinero. O por todo ello. Una librería de Madrid procedió a retirar los libros de Carmen Mola de sus estanterías nada más conocerse la identidad real de “los” autores, lo que hace que nos preguntemos por qué los tenían en sus expositores si no tenían la calidad literaria necesaria o por qué los han retirado si la tenían. Adivinen la razón.

Para muchos, entre los que me incluyo, el asunto ha sido una fiesta, un sainete, una carcajada propiciada por una impostura que, como las buenas gamberradas, no hace daño a nadie. Pero no todo el mundo lo ha visto así. Para otros/as ha sido un insulto al género femenino. Lo fue el hecho de tener que hacerse pasar por un hombre para publicar (en lo que estoy de acuerdo) y lo contrario. Ni contigo ni sin ti tienen mis males remedio.

Les contaré un caso que acabo de leer en El Confidencial firmado por Soto Ivars: un escritor madurito y poco exitoso, Sergi Puertas, harto de enviar sus manuscritos a editoriales y obtener el silencio por respuesta se dio cuenta de que el mayor inconveniente era él mismo, su persona, con lo que se decidió a cambiar de imagen. Se creó un perfil en Facebook y una cuenta de gmail y se bajó una foto de internet de una joven agraciada de 25 años con suéter de cuello alto, media melena y expresión modosita a la que hizo llamar Lidia. Pronto, subiendo los mismos contenidos que antes a la red, empezó a obtener más likes y seguidores en un par de semanas de lo que había obtenido en toda su historia de cincuentón. Y decidió, con su nueva identidad, probar suerte con su último manuscrito. Enseguida se percató de sus nuevos poderes cuando empezó a recibir respuestas de los editores, algunos con el contrato ya redactado a espera de la firma. Al final, el autor eligió la editorial Impedimenta y se desenmascaró ante el editor. Este, al principio, indignado, cortó la comunicación, pero después de unas semanas se ofreció a editarle. Con su propio nombre e identidad. El libro, por si tienen la curiosidad, se llama Estabulario y los nombres del autor y la editorial ya los conocen.

Y esta es la historia del Shylock que tuvo que disfrazarse de Portia para defender su causa. O la de otra Carmen Mola, como prefieran.

Román Rubio

Octubre 2021

https://www.amazon.es/SANTIAGO-VOY-Memorias-Camino-Norte/dp/B08R4952SF/ref=sr_1_1?__mk_es_ES=%C3%85M%C3%85%C5%BD%C3%95%C3%91&dchild=1&keywords=a+santiago+voy&qid=1634904436&qsid=259-3542133-5246512&s=books&sr=1-1&sres=B08R4952SF%2CB07FP3Z217%2C8491396209%2C8408224697%2C8427130872%2C846633212X%2C8491581170%2C8408234498%2C8408197428%2C8490703000%2CB07QW5QQM3%2CB07Q6ZFN17%2CB085KFBPVV%2CB07F2SHWFK%2C8466664416%2C8413441021




jueves, 14 de octubre de 2021

SINÉCDOQUE


 

SINÉCDOQUE



 Se trata de tomar la parte por el todo, como cuando decimos “hago esto para ganarme el pan”; y ese pan incluye hasta el viajecito a Punta Cana. O bien, tomar el todo por la parte, como en “Francia derrota a España”, queriendo decir que la selección francesa de fútbol le gana a la española, aunque sea con un gol dudoso de Mbappé.

Creo haber contado en alguna ocasión un chascarillo de veracidad incierta que corre por las facultades de periodismo. En 1905, recién desembarcado en Nueva York, el arzobispo de Canterbury y primado de la inglesa anglicana se sometió a una sesión informativa ante los periodistas. Uno de ellos le preguntó su opinión sobre la profusión de prostíbulos existentes en Manhattan. El arzobispo, desconocedor del tema, le respondió: “¿Hay muchas prostitutas en Manhattan?”. Al día siguiente, un diario publicó a toda página: “Primera pregunta del Arzobispo de Canterbury al llegar a Nueva York: ¿Hay prostitutas en Manhattan?”

En esas estrategias de los demagogos andaba yo pensando el otro día cuando escuché unas declaraciones del tal Egea, del PP (Ingeniero de Telecomunicación y campeón del mundo de lanzamiento de hueso de oliva en 2008). Decía el prócer, refiriéndose al problema de la vivienda: “Ocupar una vivienda está bien visto por el Gobierno, ser propietario de una vivienda, después de haber “estao” trabajando toa tu vida, está mal visto por el Gobierno”.

Fíjense, en primer lugar, que el uso del “estao” y del “toa tu vida” dicho en el entorno formal del Fórum Europa no es del todo espontáneo, sino el empeño de mostrarse uno campechanote, como diciendo: “como tú y como yo”.

Claro, que para alquilar una casa hay que tener al menos dos. Y lo que calla el campechano conferenciante es que se trata de penalizar a los “grandes tenedores”, que son los que tienen más de diez casas y alguna de ellas vacía durante, al menos, un año. Y también calla que la propiedad viene a menudo facilitada no por el trabajo de “toa” la vida sino por la especulación, la herencia u otras actividades más inconcretas que incluyen viajes con bolsas de basura desde Andorra y otros lugares más remotos con montañas nevadas, palmeras y cocoteros.

Otra de las estrategias de la demagogia es conceder una relación causa-efecto en donde solo hay una correlación entre variables, como aquel que decía que los fuegos los provocaban los bomberos, de otro modo, ¿por qué habría de haber siempre una patrulla en los incendios?

Un estudio publicado recientemente en la revista The Lancet Planetary Health ha determinado que 43000 personas mueren cada año en las ciudades europeas “por la falta de zonas verdes”. Ahí es nada. Y afinando más la puntería dice el estudio que en España son 3809 las personas que mueren por este motivo en el centenar de ciudades estudiadas; el 25% de las muertes (924) en Barcelona. En mi ciudad, Valencia, son 138 las que se van al otro mundo por vivir a menos de 500 metros del Río, de los Viveros o de cualquier otro pedazo de arbolado. Así de claro lo tienen.

https://elpais.com/clima-y-medio-ambiente/2021-10-08/un-estudio-estima-que-43000-personas-mueren-al-ano-en-las-ciudades-europeas-por-la-falta-de-zonas-verdes.html

¿Y cómo han llegado a tan afinada conclusión? Pues cogen un mapa y toman en consideración las zonas próximas a los parques y las más alejadas y comparan el número de personas que mueren por causas naturales. ¿A que ustedes habrían adivinado los resultados?

¿Y no podría ser que el nivel de renta tenga algo que ver? Apuesto a que los pisos pegaditos al Retiro, Hyde Park o los Jardines de Luxemburgo son considerablemente más caros que los de los bloques de las periferias pegados a las vías del tren y la gente que se puede permitir vivir allí tiene mejores trabajos, hábitos de vida más cómodos y saludables y mucha más renta. Y eso, quizá, también influya.

Pero, claro, como los bomberos estaban por allí, pues ya está claro quién inició el fuego. Y yo, por si acaso, lo arrimo a mi sardina.

Román Rubio

Octubre 2021


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