domingo, 20 de febrero de 2022

SI MARX NO LEVANTARA LA CABEZA

 

SI MARX NO LEVANTARA LA CABEZA


Este fin de semana, haciendo gala de mi condición de desocupado, o casi, me he dado un buen recorrido por la prensa escrita en su versión digital —bien entendu—, pues no están los tiempos como para gastar la celulosa de los bosques rusos y escandinavos.

No, no se preocupen; no comentaré nada del estupendo espectáculo de varietés que han ofrecido la supervedette de Chamberí, Celia Gámez-Ayuso, y los impagables figurones a la vez que empresarios de la revista española, Pablito Clavó un Clavito y Teodoro el del Tesoro. Ya han tenido ustedes cumplido notorio del asunto.

Entre mis ociosas e intrascendentes lecturas encontré una crítica de la película El buen patrón en el diario Público de una persona que se firmaba Barbijoputa. Claro, con el nombre que él, ella o elle se ha buscado, ¿cómo no iba a leerla?

La tal persona, que luego me he enterado que es una famosa bloguera y articulista que mantiene su identidad en secreto (estupenda estrategia), empieza alabando tibiamente el guión, la realización y el papel de Bardem para pasar enseguida al ataque diciendo:

 Los medios especializados hablan auténticas maravillas, siguiendo esa tendencia casi ridícula que tienen los hombres en este sector de alabar el trabajo de otros hombres”. 

En verdad, ¿no puede esta persona considerar —sin que sirva necesariamente de precedente— que un crítico, sea hombre o mujer, pueda confesar que algo le gusta sin mirar el sexo, la raza o si es carne o pescado quien lo produce?

Después, tras acusar al patrón de haber despedido a un trabajador, de acostarse con una becaria (no nombra que este fuera seducido por ella y que después ella se aprovecha de la circunstancia, claro), y de racista (cuando tenía a un moro de capataz), se queja amargamente de que el director construyera una comedia con mimbres tan abyectos.

“Humor sobre la explotación laboral, sobre la prostitución, sobre el racismo, sobre el acoso sexual... pero no desde una perspectiva afirmativa, sino claramente sancionadora”. Y continúa diciendo que ella es fan de la comedia negra, solo “si la historia que se cuenta es ficticia y no si tratan problemones sociales reales, que conllevan a una merma de la calidad de vida y de la salud para la ciudadanía y la democracia”.

No sé por qué clase de comedia aboga la famosa bloguera. Uno, de pequeño, se reía a carcajadas con Tom y Jerry y Correcaminos sin pasarle a uno por la cabeza siquiera si El Coyote era de clase trabajadora o su calidad de vida y su salud se veían mermadas cada vez que acababa planchado en algún lance.

Acaba el artículo dirigiéndose al director  en estos términos:

“Ni ha sido acosada por un jefe (León de Aranoa), ni ha sido explotada sexualmente en un prostíbulo, ni ha sufrido racismo, ni tampoco ha sido despedido con casi 50 años con dos hijos pequeños en el mundo. De haber sido así, dudo mucho que esta película hubiera sido una comedia”.

O sí, famosa bloguera, o sí.

En El País, la escritora Eva Illouz, una reputada socióloga y escritora franco israelí, publica un artículo, este de corte más intelectual, titulado Tinder: el impacto del consumismo en el amor. La verdad es que no veía yo mucha relación entre Tinder, amor y consumismo —ya que ligar es gratis, aunque esforzado—,  pero como tenía reciente yo un documental de Netflix sobre la aplicación, me animé a leerlo. La escritora, marxista de manual, empieza asegurando que las ‘apps’ de citas nos convierten en promesas consumibles de una experiencia sentimental y sexual”, para continuar con lindezas como:


“En el caso de Tinder, la emoción y el capitalismo se vinculan a través del capitalismo escópico; el énfasis en la visualidad es una forma de obtener valor de las emociones de las personas de manera rápida y eficaz.


“La característica más destacada de las aplicaciones para ligar como Tinder es quizá la importancia de lo visual en los modos de presentarse y evaluar”.


“Tinder perturba la socialización: los métodos que emplea la aplicación para utilizar las emociones de la gente y su deseo de experiencias emocionales se convierten en recursos del capitalismo contemporáneo”.


“La visualidad convierte el cuerpo en una mercancía, un objeto consumible que, por tanto, se rige por una lógica de consumo. Lo transforma en un activo dentro del ámbito laboral productivo,…”


Es decir, que el aspecto es determinante para ligar. ¡Ahora lo entiendo todo! ¡Y yo que creía que no tenía nada que ver! Maldita sea. Ojalá esta reputada socióloga me lo hubiera explicado así hace cuarenta años. Y con palabras como capitalismo escópico, ahí es nada.


Y, ahora que lo pienso: el hecho de que liguen más los guapos/as, ¿qué tiene que ver con el capitalismo? ¿Será cosa de Karl o de Groucho?


Román Rubio

Febrero 2020


martes, 8 de febrero de 2022

EL VAR DEL CONGRESO

 

EL VAR DEL CONGRESO


El VAR (Video Assistant Referee) se introdujo en el fútbol de élite con el bienintencionado pero ingenuo propósito de aclarar las dudas arbitrales y corregir las decisiones erróneas  —lo que ha conseguido, parcialmente— y acabar con la polémica —lo que afortunadamente, y en beneficio del fútbol, no ha conseguido—.

En el Congreso de los Diputados se introdujo el sistema telemático de votación para mejorar (aún más) la aperreada vida de los/las/les señores/as diputados/as/es. En principio se contempló para situaciones de maternidad/paternidad o enfermedad grave del representante y después, con el Covid, se generalizó, y pasó a ser usado más o menos a discreción del interesado. Para evitar posibles yerros, el sistema solicita un doble voto y de ese modo evitar la confusión de los señores/as diputados/as/es en algo tan terriblemente complicado como elegir entre SÍ y NO. Parece fácil, ¿verdad? “¿Quiere usted un chalet en Mallorca gratis?” SÍ. “¿Quiere usted un cáncer en el páncreas?”. NO.

Por si hubiera contestado usted de manera errónea al haber hecho la elección al tiempo que, digamos, está a mitad de partida con la Play Station o atendiendo a los caprichos más íntimos de Mariví o de Pablo, el VAR del Congreso le vuelve a preguntar: “¿Quiere usted un chalet en Mallorca?, ¿y un tumor pancreático”? “Ay, espera Mariví que me están haciendo unas preguntas muy difíciles y liosas que requieren toda mi atención”. 

Y voy y me equivoco y pido lo que no quiero.

Pues, bien: este magnífico sainete nos ha ofrecido el Congreso de los Diputados esta pasada semana con el affair conocido como El disputado voto del señor Casero. El tal señor, tras haber apretado dos veces al NO al chalet y SÍ al tumor, y dándose cuenta del error, se presentó en el Congreso a la hora de la votación para decir que no, que se había equivocado.

La pregunta es: ¿qué clase de gastroenteritis aguda tienes, pillín, que te impide ir a la votación presencial pero no a la reclamación? Si estabas en Madrid, que es donde se cobra la dieta del pleno, hombre; ¡acércate a la primera...! He leído que eres soltero; mejor, no quiero ni imaginarme como te habría recibido tu mujer de vuelta a casa.

Hubiera sido un vodevil flojito, la verdad, si el voto del señor Cayo (digo, del señor Casero) hubiese sido uno más, merecedor de un tirón de orejas del jefe del grupo parlamentario, pero no; había de ser necesario para la aprobación de una ley en la que estaba todo el empeño y prestigio de la oposición e supongo que el interés de muchos españoles. Eso sí que es acertar en la función del villano. O mejor, en la del tonto, porque villanos hay más en esta historia.

Piensen ahora en el papelón de los dos diputados de UPN cuyos nombres no he retenido ni me voy a molestar en buscarlos. Traicionan a su partido por unas presuntas bolsitas de denarios, se pierde la votación, los expulsan del partido, no cobran el presunto botín por no haber conseguido el objetivo (ya saben, Roma no paga traidores) y luego tienen que ir por Pamplona con mascarilla, gorra y gafas de sol el resto de sus días, haya o no haya pandemia.

Y todo por una mala partida de la Play Station o un caprichito a deshora de una Mariví o un Pablo cualesquiera.

¡Lo mato!

Román Rubio

Febrero 2020

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jueves, 27 de enero de 2022

SI LA UNIÓN EUROPEA FUERA UNA FAMILIA

 

SI LA UNIÓN EUROPEA FUERA UNA FAMILIA, ¿QUIÉN SERÍA CADA UNO?



Alemania sería el padre y cabeza de familia. Todo el mundo le debe escuchar y si no haces lo que él quiere serás castigado. Por otra parte, él busca lo mejor para cada uno.

 

Francia es la madre. Se casó con Alemania por su dinero, tiene preferencias por alguno de sus hijos, pero al final sigue a su marido.

 

Irlanda es una tía que se empeña en convencer a todo el mundo de que no tiene nada que ver con el Reino Unido.

 

Polonia y Hungría son parientes lejanos que tienen negocios turbios y hacen trampa con las cartas, pero de un modo u otro se las arreglan para ser tolerados en la familia.

 

Bélgica es un hijo que trata de mantener a la familia unida al tiempo que tiene que lidiar con su propio trastorno de identidad.

 

Países Bajos es la hija rebelde que cree saber cómo solucionar los problemas ella solita.

 

Dinamarca es el tío que cree que es mejor que ninguno porque es el más culto y formado y tiene el mejor trabajo.

 

Suecia es el primo que toca en una banda y no toca las drogas.

 

Austria es la sobrina que se cree muy hermosa pero que no se puede casar porque tiene una historia de incesto con los Balcanes.

 

Los Países Bálticos son trillizos repudiados por la madre Rusia y adoptados por Alemania y Francia.

 

Italia es el abuelo anciano harto de que su hijo, Alemania, le diga continuamente lo que tiene que hacer.

 

España es un primo con síndrome hipocondríaco obsesionado con que tiene lepra y puede perder una pierna en cualquier momento. Los otros miembros tratan de convencerle de que no va a ocurrir.

 

Grecia es la abuela con demencia, sabia en sus tiempos, que está viva de milagro.

 

Portugal es un primo al que a menudo se le toma como a un desconocido por lo mucho que se parece a Brasil.

 

Finlandia es un tío raro alcohólico que de una manera u otra se las apaña para salir adelante.

 

Rumanía es un primo con muchas deudas, que te hace cualquier reparación por un precio módico.

 

Croacia y Eslovenia son dos primos propietarios de una gran mansión junto al mar a la que todo el mundo quiere ir en vacaciones.

 

Bulgaria es el tío mayor que no está de acuerdo en que la mansión de Croacia sea más hermosa que la suya, y que la gente teme ir a la suya porque Turquía puede ocuparla en cualquier momento.

 

Chequia es un hijo que asegura haber inventado la cerveza, lo que le provoca un conflicto con Bélgica y Alemania que no están de acuerdo.

 

Eslovaquia es la hija que hace pandilla con Polonia y Hungría por una excusa u otra..

 

Luxemburgo es el hijo pequeño que no entiende por qué los demás andan siempre de pelea.

 

 

Lieven Van de Keere en Quora online magazine (traducido del inglés)

 

Román Rubio

Enero 2022

lunes, 17 de enero de 2022

DJOKOVIC

 

DJOKOVIC

Parece que se ha acabado el entremés “Djokovic en las antípodas”; ya saben, entremés es esa pieza cómica corta, popular en el teatro del Siglo de Oro, que se representaba al principio o entre actos de tragedias y comedias. Sainete por dos razones: porque parece destinado a repetirse en los distintos torneos de Grand Slam que quedan por disputar  —lo que garantiza la diversión—, y porque se representaba entre un acto serio (las cifras de la pandemia) y otro liviano y cómico (el vodevil de cierto ministro, un periódico inglés, el PP y un puñado de vacas).

Ya conocen los hechos de la farsa. El tenista, reacio a la vacuna del COVID, se presenta a un país en el que es preceptivo estar vacunado para jugar un torneo en el que podría (y digo “podría”, en condicional) haberse coronado como el de mejor palmarés del mundo, por encima de Federer y de Nadal, con quienes está empatado en número de Grand Slam.

Las cartas estaban claras: usted no cumple las reglas, luego no puede entrar al país, que es exactamente lo que habría ocurrido con cualquier filipino que hubiese llegado a trabajar de camarero, al gallego de visita a su pariente o a cualquier ciudadano, sea serbio, inglés, ruso o de Requena que fuera a comer al restaurante de la plaza del pueblo de al lado. ¿Tiene usted el certificado de vacunación COVID? No. Pues no puede entrar.

Al final, tras una pugna de once días entre abogados, tribunales y gobierno, el serbio ha sido expulsado del país, lo que en Serbia se ha vivido como un ultraje, no al tenista, sino a la nación

¿Usted perdone? ¿A la nación? ¿Qué tiene que ver la nación con esto?  Miren, no puede haber animadversión alguna contra la nación serbia, en primer lugar porque dudo que dos de cada diez de los australianos —o tres de los de Ponferrada— sean capaces de localizarla en el mapa, con lo que pensar que se le tiene manía a algo que no se sabe adónde está exactamente es signo de arrogancia, de tontuna, o de ambas cosas.

Ya ven, algunos quienes ver una maniobra de la mesa del mal, formada por Bill Gates George Soros, Maduro, Putin, Fumanchú y el espíritu de Fidel Castro para que un mallorquín gane en títulos a un serbio y ensuciar, así, la reputación de la nación serbia.

Me ha recordado la airada reacción de sectores mayoritarios de la prensa y de la opinión pública españolas cuando cierto programa cómico de muñecos de la televisión francesa tildaba de dopado a Nadal tras ver que ganaba una y otra vez su más prestigioso torneo y se permitía, después, la imprudencia de dirigirse al público de París …¡en inglés!. No es que fuera algo contra el tenista, no; para muchos alucinados compatriotas míos, se trataba de otra muestra más de desprecio hacia la nación española. 

Por lo que a mí respecta, me importa un pimiento que gane el español, el serbio, el suizo (si compitiera, que no es el caso) o el apátrida Perico el de los Palotes, siempre y que el ganador esté, eso sí, vacunado.

El sainete, como tantos otros, ha acabado bien: el tenista ha salido como un hombre de principios irrenunciables; los negacionistas tienen a su héroe, su víctima: no hay lucha grande sin victimario; los provacunas (es decir, usted y yo) porque ha triunfado el sentido común; y el gobierno de la nación, porque ha conseguido imponer la ley en proximidad de elecciones. Si acaso, el ganador del torneo verá algo devaluado su triunfo, pero eso durará cuatro días, créanme. Al final, la historia solo recuerda a quien sube al podio. Al tiempo.

Román Rubio

Enero 2022


jueves, 30 de diciembre de 2021

LA MEMORIA DE LOS PUEBLOS

LA MEMORIA DE LOS PUEBLOS



“Los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla”.

¿Cuántas veces han oído la frase en los últimos tiempos? El origen de la misma es incierto. Unos la atribuyen a Cicerón, a Guizot, a Ortega o al mismísimo Napoleón. Probablemente, y dado el uso  tan conveniente para rotos y descosidos, podría haber surgido en cualquier momento y lugar por obra y gracia de la retórica más efectista.

Yo me he molestado en buscar el origen (por hacer algo, dada la futilidad de la empresa) en ese gran Ojo del Gran Hermano que no quiero nombrar, y he descubierto que hay consenso en que la autoría de la frase corresponde al  filósofo, ensayista y poeta José Agustín Nicolás Ruiz de Santayana y Borrás (1863-1952), madrileño de nacimiento y norteamericano de formación, conocido como George Santayana, que escribió toda su obra en inglés y fue catedrático (full professor) en Harvard hasta que cumplió 48 años, en que renunció a la cátedra y dejó los Estados Unidos.

A pesar de haber vivido en Boston desde los cinco años en compañía de su madre inglesa y sus medio hermanos anglófonos, de tener el inglés como primera lengua y de hacer una exitosa vida académica, el tal Jorge (o George) nunca llegó a comulgar con el estilo de vida americano, añorando esa Europa y esa ciudad de Ávila adonde venía sus veranos a visitar a la familia paterna. Él mismo confiesa en una de sus obras: “He procurado escribir en inglés la mayor cantidad de cosas no inglesas que he podido”. A los 48 años recibió una herencia de su madre que le permitió vivir con holgura en Europa: Cambridge, Oxford, Roma… Y allí, en Roma, se quedó sus últimos años en el Convento de las Hermanas Azules donde murió y se hizo enterrar en el panteón español.

La frase es tan rotunda que se hace difícil contradecirla, pero yo no estoy aquí para declarar que el agua moja, que en invierno hace frío y que el cambio climático es malo —para eso están los pregoneros—, sino para ejercer la abogacía de Mefisto.

En primer lugar, cuando oigo máximas que se refieren al “pueblo”, la “patria” y cosas de esas que se pueden agrupar en una bandera o un himno me huele a chamusquina y me pongo alerta.

En segundo lugar, está eso de la memoria. Cada cual tiene la suya, con lo que yo prefiero hablar de “mi memoria” o “muchos tenemos memoria de” más que hablar de abstracciones como las memorias del pueblo o la patria.

La memoria es tan frágil y caprichosa que en las reuniones con amigos de la infancia o de la juventud no hay manera de hacer coincidir en los recuerdos. Uno cuenta una anécdota que recuerda con nitidez y el otro asiente con la cabeza para no desairarle mientras se pregunta si en verdad vivieron lo mismo. Y al contrario: el otro cuenta aquella anécdota desternillante de aquel periplo inolvidable mientras que uno le mira con sonrisa forzada, como diciendo: “¿pero, de verdad que hicimos el mismo viaje?”. Si esto es así tratándose de experiencias entre amigos, ¿qué no será cuando algunos se quieren apropiar, nada menos, de la memoria colectiva de todo “un pueblo”?

Por esta razón, cuando alguien pronuncia la celebrada frase de los pueblos y la memoria en alguna de sus variantes, si están en mi cercanía, me oirán carraspear, que es una manera discreta de ahorrarse el comentario a la obviedad de que en el invierno hace frío en el hemisferio norte y en el sur hace calor. O de que los recuerdos, a veces, son un pesado lastre que dificulta el camino hacia adelante.

Me permito hacerme a mí mismo una observación. Hay un lugar en el que la frase  no despertó en mí carraspeo alguno. En la entrada del pabellón número IV de Auschwitz está escrita la máxima de Santayana: “Those who do not remember the past are condemned to repeat it”, “Quien olvida el pasado está condenado a repetirlo”. Aforismo que, por cierto, no alude específicamente a pueblos o naciones, sino a tipos como usted y como yo.

 


Román Rubio

Diciembre, 2021

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jueves, 16 de diciembre de 2021

ESOS CHISTECITOS

 

ESOS CHISTECITOS


Acababa de leer en El País una entrevista de Jabois a Diego San José, alguien a quien no conocía; se trata de un tipo de Irún de 43 años,  guionista de comedia de profesión, autor, coautor o colaborador de muchos programas de televisión como Vaya semanita, El intermedio o La hora de José Mota y de películas como Ocho apellidos vascos, Pagafantas o la serie de HBO, Venga Juan. Entre otras cosas de interés, el guionista dice: “Una cosa que yo odio en la comedia es hacer chistes sobre cosas que la gente ya tiene claras. Es decir, la ficción que tú haces para dar la razón al espectador en lugares donde se está calentito. Y cuando los trenes están arrancados te subes a ellos”.

La frase me recordó algo que había oído el día anterior a la conductora de la mañana de la SER —y muy respetada por mí—, Ángels Barceló, a propósito de no sé qué elecciones. La catalana se permitió hacer un chistecito sobre lo de que “hay que votar bien, como dice Vargas Llosa, ja, ja, ja”, ridiculizando el aforismo del escritor y, de paso, su postura política. Claro, se trata de la SER, con lo que la periodista —de gran altura, en la mayoría de las ocasiones— se permitía el sarcasmo ante un público que adivinaba entregado. No importa que fuera con una frasecita y no discutiendo el sentido de la misma. No importa que el Nobel lo argumentara con ejemplos como el de que Hitler llegara a la Cancillería por los votos u otros casos sangrantes de la historia en que la elección ha conducido a resultados desastrosos. ¿Quién no va a estar de acuerdo (o en desacuerdo) con un eslogan tan facilón como el que repitió la periodista con sarcasmo? Claro, lo fácil es hacer el chistecito ante el auditorio entregado. Otra cosa sería argumentar en contra. Eso ya… ¡El pueblo siempre tiene razón! ¡Venga! Discútanlo, si se atreven.

En la historia reciente española se puso el referéndum como la panacea de la democracia. Nada parecía ser tan democrático como un referéndum. ¡Que hable el pueblo! Pues, bien; para hacer de abogado del diablo yo proponía a los defensores de la tesis (ojo, no a los defensores del referéndum, cosa que me parece muy aceptable, sino a los defensores de la tesis de este como máxima expresión de la democracia) que consideraran el caso de un plebiscito en el que se preguntara al pueblo por la prohibición de la entrada de moros en el país y del ejercicio de la religión musulmana. ¿Cuál creen que sería el resultado de la votación? Especialmente, si se aprovecha a hacerlo tras un atentado yihadista. “Eso es imposible”, me decían. “¿Por qué?”, preguntaba yo. “Pues porque esa pregunta no se puede plantear”. Efectivamente, ese referéndum, cualquiera que fuera el resultado, no se puede plantear. Y no porque sea moralmente cuestionable: un día te puede juzgar un cura bajo su moral y otro un depravado (aunque hay casos en que se trata de la misma persona), sino porque lo impide nuestras leyes. Lo impide la Constitución, que dice, claramente, que ningún ciudadano puede ser discriminado en función de su raza, ideología o religión.

Esta columna parece que ha quedado algo deslavazada, de modo que, por si necesitan una síntesis, les lanzaré el mensaje: ¡cuidadín con los eslóganes, las frases trilladas y los auditorios entregados!

Sean prudentes.

Román Rubio

Diciembre, 2021

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lunes, 13 de diciembre de 2021

EN DEFENSA DE LA AUTOAYUDA

 

EN DEFENSA DE LA AUTOAYUDA

(O cómo ser anticool)


Entiendo a los que se toman con distancia y una sonrisa condescendiente los mensajes de la autoayuda. Ya saben: esos que nos aparecen en Facebook o en otras redes sociales, a menudo divulgados por algún cándido ciudadano, más o menos amigo, del tipo “El mañana no ha llegado y el pasado ya ocurrió; vive el momento”, o “Caer no significa hundirse, solo que hay que levantarse”, o bien “Cada fracaso es una nueva oportunidad para reinventarse”, o “Todo está a tu alcance; solo hay que empeñarse en conseguirlo”. Muchos le damos el valor que tienen: el de mensajes bienintencionados, un poco moñas, que, sin tener por qué ser estrictamente ciertos (¿cómo voy a poder conseguir hacer realidad mi sueño de ser una estrella de la NBA si le llego al sobaco al más bajito y tengo los pies planos?), pueden tener un efecto optimista, estimulante o balsámico para las personas que necesitan un empujoncito a la moral de vez en cuando  (más o menos, todos nosotros). Al fin y al cabo, esos mensajes, aunque algo ingenuos, siempre serán más beneficiosos que los contrarios de: “Los errores del pasado son imborrables”, “El futuro no traerá más que enfermedad y muerte” o “¿Por qué intentar conseguir tus sueños si mides uno sesenta y no eres ni siquiera inteligente?”

La autoayuda, pues, “ayuda” a muchas personas a seguir en la brecha aportando una pizca de optimismo, por lo que no dejo de ver un tufillo arrogante en quienes se vanaglorian en su desprecio. Mi madre solía hacer uso del empujoncito de la religión y cada sábado y fiesta de guardar acudía a la iglesia en donde pedía por los suyos y salía con optimismo renovado y la seguridad íntima de que nos iba a ir bien, con resultados desiguales. Woody Allen, Tony Soprano y alguno de mis amigos y vecinos (y de los tuyos, lector, aunque no siempre lo confiesan) necesitan de otra pantomima diferente a la religión, pero con fundamentos y efectos parecidos, de modo que, ¿qué mal hay en recurrir a la meditación, el yoga, el mindfulness y los mensajitos algo ingenuos, o las tesis algo más elaboradas de la autoayuda o de la psicología positiva (su prima intelectual) traída al mundo académico por Martin Seligman?

Pues sí; muchos —a menudo de manera oportunista— empiezan a ver la autoayuda como una herramienta del demonio. Unos, psicólogos de titulación, atacan a esta por puro corporativismo: “Si esto ayuda a la gente, ¿qué valor añade la orla colgada en la pared de mi despacho?” Otros aplican su vena filosófico-marxista y alegan: “Si tu bienestar depende de ti y de tu capacidad de levantarte por ti mismo y no del “sistema”, ¿qué sentido tiene eso de la revolución pendiente que ando pregonando?”. Tanto unos como otros mantienen una postura muy cool, no solo de desprecio a la autoayuda (ese alimento de gentes seguidoras de Salsa Rosa y otros inframundos), sino de franca beligerancia, tratando a esta como el opio del pueblo.

Me refiero a posturas como la de Marian Donner en su Manifiesto en contra de la autoayuda (Libros Cúpula) o el artículo de Carlos Javier González Serrano, “Contra la dictadura de la felicidad: el dañino pensamiento positivo” (El vuelo de la lechuza), los dos últimos y más claros alegatos anti-autoayuda que han caído en mis manos.

https://elvuelodelalechuza.com/2021/11/02/contra-la-dictadura-de-la-felicidad-el-danino-pensamiento-positivo/?fbclid=IwAR0msogOi9Iu_9AgWRk_Af-b35A-SLdaXWj3kNpZjRc-0Hi3hXfz9vZ2EzU

Léanlos si tienen gana. Yo, mientras tanto, me estoy entreteniendo con las Cartas a Lucilio (o Epístolas morales) que escribió Séneca en sus últimos años, un poco antes de que su pupilo Nerón le invitara a quitarse la vida. Es un clásico del siglo I, pero, créanme, en realidad se trata de un libro de autoayuda un poco crecido por el brillo de lo añejo.

Porque nunca viene mal un empujoncito a la moral. Y si uno no le tiene fe a los pregoneros del más allá, a los sillones del psicólogo ni a los vendedores de paraísos colectivistas, ¿qué le queda, pues?


Román Rubio

Diciembre 2021

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martes, 23 de noviembre de 2021

EL CABALLO Y EL GORRIÓN

 

EL CABALLO Y EL GORRIÓN


Quienes hayan leído El País del domingo de pe a pa pueden saltarse este artículo: les puede resultar repetitivo; para los demás, les diré que me he familiarizado con lo que en EEUU se ha dado en llamar The Great Resignation, o, de manera más coloquial The Big Quit, y que en español lo traducen como La Gran Dimisión o (y esto es cosecha propia)  La Desbandada.

Lo trata Joaquín Estefanía en su artículo La dimisión del empleo y, de manera exhaustiva, la corresponsal en Nueva York, María A. Sánchez-Vallejo, en su reportaje La Gran Dimisión agita EEUU. Se trata del hecho de que un número muy significativo de personas en aquel país, cuatro millones más o menos, se despiden de sus puestos de trabajo cada mes desde el pasado abril (coincidiendo con el fin de las restricciones de la pandemia), a menudo sin el propósito de buscar otro empleo; o al menos, no inmediatamente.  

 

Las causas son complejas y variadas: la aprensión a volver a las sedes tras acostumbrarse a trabajar en pantuflas para algunos, la acumulación de ahorro originado por las restricciones para otros, los cheques del gobierno para paliar la inactividad y la propia introspección propiciada por meses de reflexión parecen haber hecho mella en muchas personas que han decidido no volver a ese trabajo de mierda mal pagado que les permite (solo) subsistir. Así lo ha expresado Robert Reich, antiguo secretario de trabajo de Bill Clinton y el mismo Biden cuando dijo aquello de “pagadles más”, ante la queja de los empresarios por la falta de trabajadores.

Lo cierto es que muchos andan huyendo de sus trabajos: no solo los que ganan un sueldo de mierda, como dice el ex político, sino otros que tienen buenos puestos en lo que allí llaman “mundo corporativo”. Los empresarios están teniendo problemas para encontrar trabajadores competentes en muchos sectores como el del cuidado de las personas, la sanidad o el transporte, en lo que el Nobel de Economía, Paul Krugman, ha definido como una crisis de oferta, al contrario de la Gran Depresión, que lo fue de demanda.

Y así están las cosas en EEUU, un país con un 5% de desempleo, lo que supone casi el pleno empleo, y con un 3% de desertores (quitters) del mercado laboral.

¿Y qué pasa en Europa? Pues tres cuartos de lo mismo: en Gran Bretaña y en otros países del continente, incluida España, se las ven y se las desean para cubrir puestos de camioneros, con la amenaza de desabastecimiento del mercado. No es de extrañar: cualquiera que haya hecho un par de trayectos de ocho o diez horas con su propio coche sabe lo cansado que es, incluso con la perspectiva de llegar a casa. Imaginen como será si hay que hacer lo mismo al día siguiente y al otro y al otro en la cabina de un camión de varios ejes, teniendo que descansar las horas preceptivas en inhóspitos aparcamientos de carretera. Le hace pensar a uno si vale la pena dar la vida por un sueldo. Algo parecido ocurre con los trabajadores de la construcción, los recolectores de la fruta en el campo y otros esforzados tarzanes de esta vida.

Lo que para unos es una carga insoportable, para otros es un trozo de paraíso. Vayan sino a las fronteras: acérquense por Melilla, el Río Grande o los bosques de Bielorrusia y verán a miles de personas vislumbrando las migajas del camino transustanciadas en maná. Lo que me ha traído a la memoria aquello que el economista John Keenneth Galbraith dio en llamar “the horse and sparrow theory” (la teoría del caballo y del gorrión), que viene a decir que si das de comer al caballo suficiente avena, algo caerá en los caminos para los gorriones; se supone que (de manera sarcástica y algo cruel) a través de los excrementos de la caballería.

Pobres gorriones. Y eso que en los días de verano, cuando acosan las moscas, bien que ayudan a mantenerlas a raya, como en la fábula de Rafael Pombo.

Román Rubio

Noviembre 2021

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miércoles, 3 de noviembre de 2021

PREDICAR Y DAR TRIGO

 

PREDICAR Y DAR TRIGO

Según la sabiduría popular “una cosa es predicar y otra dar trigo”. Lo primero, para las gentes de ética relajada, no compromete a nada, como era el caso de “el escudero de Guadalajara, que de lo que promete a la noche, a la mañana no hay nada”. Está claro que Boris Johnson no conoce los refranes de la lengua castellana. Si acaso, como buen inglés, sabrá aquel más soso de “Deeds speak louder than words”, algo así como que “un hecho vale más que mil palabras” o la más imaginativa de “Put your money where your mouth is”, “pon la pasta en lo que pregonas”, o como dicen los franceses, “Les conseillers ne sont pas les payeurs”; no son los consejeros quienes pagan.

El Primer Ministro acaba de volver a Londres desde Glasgow en un vuelo privado tras atender la Cumbre por el Clima Cop26. En vez de coger un tren que tarda cuatro horas y media ha alquilado un jet privado, un Airbus A321, ya que el Voyager asignado al cargo estaba en revisión. Eso sí, cuando le han echado en cara que unas horas antes acababa de sermonear a los asistentes con que “las palabras sin actos se quedan en nada” y de añadir que “los allí presentes (se supone que él se incluía) serían juzgados por sus hijos si se negaban a actuar”, el pintoresco etoniano —que, al parecer, no se siente intimidado por el eventual juicio de sus seis hijos (de tres mujeres)—, se ha justificado diciendo que el aparato elegido funciona con “fuel de aviación sostenible” y que emite el 50% de CO2 de lo que emite el Voyager. ¿De qué se quejan, pues?

El Príncipe de Gales, otro adalid del ambientalismo, productor de elaboración ecológica en su granja de Gloucesteshire, también ha vuelto de Glasgow en avión privado y no precisamente en el mismo que el Primer Ministro, que compartir avión es casi tan plebeyo como ir en línea regular. Ecológico, sí; pero sin renunciar a la comodidad y los privilegios.

Y, entretanto, Greta Thunberg andaba por allí con su megáfono echándoles en cara lo del blablabla. No consta, sin embargo, cómo se ha desplazado hasta Escocia. Esta vez, lamentablemente, se nos ha privado del relato de la peripecia.

En otro punto alejado del mundo, en Perú, el Ministro del Interior, Luis Barranzuela, obsequió a sus amigotes, algunos de ellos políticos, con una fiesta de Halloween la noche del 31 de Octubre, víspera de Todos los Santos y tradicionalmente el día de celebración de la canción criolla en el país andino. El ruido festivo resultó ser tan molesto que algunos vecinos hubieron de llamar a la Policía Municipal para ver de acallar el alboroto. Junto con la policía se presentó alguna que otra cámara de televisión y saltó el escándalo. La cosa no tendría mayor importancia a no ser porque el prócer había recordado públicamente a los peruanos la semana anterior que las reuniones y fiestas seguían estando prohibidas en atención a un posible repunte de los contagios Covid y que, por tanto, se abstuviesen de celebraciones. Las cosas pasaron a mayores y la Presidenta del país, Mirtha Vásquez, pidió explicaciones. El ministro pillín se excusó diciendo que de festejo nada, que se trataba de una reunión de trabajo y que lo de la música no era cierto, que provenía de las casas de los vecinos, lo que podría haber colado de no haber sido estos los que habían llamado a la policía  por las molestias.

De modo, que ya ven: lo que vale para ti, a mí no me afecta; como ocurría con aquel ya conocido escudero de Guadalajara·, O, como dice de manera rotunda y taimada la lengua castellana: “Una cosa es predicar y otra dar trigo”.

 

Román Rubio

Noviembre 2021 

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