miércoles, 24 de mayo de 2023

LOS ESTOICOS

 

LOS ESTOICOS


La autarquía, la ataraxia y la eudaimonía son conceptos importantes dentro de la filosofía estoica. Los estoicos fueron una escuela de pensamiento filosófico fundada por Zenón de Citio en el siglo III a.C. Sus enseñanzas se centraban en la ética y la búsqueda de la virtud como camino hacia la felicidad.

La autarquía se refiere a la autosuficiencia o independencia interna. Los estoicos creían que la verdadera felicidad y tranquilidad se podían encontrar al liberarse de las pasiones y deseos innecesarios, y al encontrar satisfacción y contentamiento en las cosas que ya poseían. La autarquía implicaba no depender de factores externos para ser feliz, sino cultivar una actitud de satisfacción interna y aceptación de lo que es.

La ataraxia, por otro lado, se refiere a la tranquilidad mental y la ausencia de perturbaciones emocionales. Los estoicos creían que las emociones negativas, como el miedo, la ira y la tristeza, eran el resultado de los juicios erróneos que las personas hacen sobre los eventos externos. Para alcanzar la ataraxia, los estoicos promovían el desarrollo de la sabiduría y la virtud, así como el dominio de las emociones y el apego a lo que estaba fuera de su control.

La eudaimonía es un concepto griego que se traduce comúnmente como "felicidad" o "flourishing" en inglés. Para los estoicos, la eudaimonía no se basaba en el placer físico o en la acumulación de riqueza, sino en la excelencia moral y en vivir de acuerdo con la razón. Consideraban que la eudaimonía se alcanzaba a través del desarrollo de la virtud, que incluía la sabiduría, el coraje, la justicia y la moderación. La eudaimonía era considerada como el estado más elevado de bienestar y plenitud que se podía alcanzar.

En resumen, la autarquía, la ataraxia y la eudaimonía son conceptos estoicos interrelacionados. La autarquía se refiere a la autosuficiencia interna, la ataraxia implica la tranquilidad mental y la ausencia de perturbaciones emocionales, y la eudaimonía se trata de alcanzar la felicidad y el florecimiento a través del desarrollo de la virtud y la adhesión a la razón. Estos conceptos estaban destinados a guiar a los estoicos hacia una vida plena y en armonía con el orden natural del universo.

Sí, ya sé que el texto este no parece mío: es exacto, veraz y clarificador, pero tiene ese estilo encorsetado, con olor a alcanfor. Se debe a que no es de mi autoría. Se trata de mi primer texto elaborado con ChatGTP.

Haciendo pruebas. Que ustedes lo pasen bien.

Román Rubio

Mayo, 2023



viernes, 19 de mayo de 2023

SANCHISMO

 

SANCHISMO


Quienes se dedican a la escritura de manera profesional y los que juntamos letras por hobby de manera ocasional huimos de lo que se conoce como “lugares comunes”, esas frases geniales cuando se inventaron y que acaban convirtiéndose en “perras chicas” desgastadas por el uso. Tratamos (o al menos, ese es mi caso) de evitar expresiones como “el gigante asiático” en vez de China, “imperio del sol naciente” por Japón, “luso” o “galo” para nombrar a nuestros vecinos o “serpiente multicolor” para el Tour, la Vuelta o el Giro, todas ellas recursos baratos para no repetir palabras en los textos. Cada uno, sin embargo, tiene sus debilidades: la mía es el uso de “ese valle de lágrimas” para referirse uno al paso por este mundo.

Los políticos son de otra pasta. Y los de derechas más aún. Vale que los de aquel incipiente Podemos se inventaron lo de la “casta” y le sacaron más brillo que a un canto rodado, o que el Ayatolá de la Injuria, Jiménez Losantos, sacara aquello de “derechita cobarde” para designar a una bandada de tibios como Rajoy, la Santamaría y otras sombras de nombres olvidados. La  ínclita Ayuso concibió aquello de “comunismo o libertad” para enardecer a las tropas requetés y cayetanas con una falacia que no había por donde cogerla, en el que “comunismo” era algo así como llevar mascarilla y “libertad” ir en coche a todas partes y tomar algo en una terraza invadiendo la acera.

Al contrario que los escritores y otros juntaletras, los políticos aman los eslóganes que repiten una y otra vez con papanatismo implacable y sin sentir vergüenza alguna. Hoy, la palabra dominante entre la derecha es “sanchismo”.

¿Qué será eso de “sanchismo”?, me pregunto. Y, sobre todo, ¿a qué viene?

Al parecer, el término se refiere al hecho de las alianzas políticas del Presidente para ejercer el gobierno, como si tuviera todo un arsenal de posibilidades, aparte, claro, de dejar que gobierne la oposición.

Todo el mundo sabe que, una vez consumado el harakiri de Ciudadanos y su renuncia a ser partido bisagra y habida cuenta de la deriva atolondrada a la que se ha lanzado aquella lejana Convergència (¡quién iba a decir que se acabaría echando de menos a Pujol!) las posibilidades de gobierno son dos: el PSOE con Podemos y sus spin offs  más nacionalistas (incluyendo a Bildu),  o el PP junto con Vox. Y no hay más, señoras y señores. De que unos y otros preferirían poder gobernar en solitario no me cabe la menor duda, pero dada la improbabilidad del escenario ya pueden ir acostumbrándose.

Otra de las cualidades del sanchismo, para la derecha, es el atribuir al Presidente el hecho obsceno de querer perpetuarse en el poder (obtenerlo de nuevo, se entiende), cosa que como todo el mundo sabe es algo descabellado que ningún líder político ni partido desea de manera alguna. Todos quieren perder.

Una vez analizado qué es eso del sanchismo, trataremos de explicar el porqué. A alguna lumbrera de las muchas que asesoran a los partidos se le ocurrió un día que al fin y al cabo el PSOE era un partido respetable o, al menos, mucha gente pensaba así, con lo que, con el objeto de pescar votos de simpatizantes que no admitirían una crítica directa, había que personalizar las lacras en la persona y no en el partido. La idea era buena, o a mí me lo parece. Es una lástima que la tabarra de los pregoneros, repitiéndolo una y otra vez, les convierta en ridículos loros que parece que no quieran sino convencer a papanatas que, al fin y al cabo, no tienen necesidad alguna puesto que ya están más que convencidos.

Lo dicho: un valle de lágrimas.

 Román Rubio

Mayo, 2023


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jueves, 20 de abril de 2023

SUCCESSION

 

SUCCESSION



No sé a ustedes, pero a mí, la serie Succession me ha cansado hasta el tedio. La primera temporada la vi con admiración y las dos siguientes con agrado. En la cuarta, algo dentro de mí ha dicho ¡basta!, de modo que para ver un capítulo completo tengo que hacerlo en, al menos, tres intentos.

Como saben, las tribulaciones de la saga de Logan Roy están inspiradas en la familia de Rupert Murdoch, el magnate australiano de los medios de comunicación, empleador del conocido internacionalmente como Ánsar, y dueño, entre otros, de los diarios británicos The Times y The Sun, del norteamericano Wall Street Journal y de las plataformas de comunicación Sky y Fox, la joya de la corona; por cierto, que si quieren conocer la historia de la familia, pueden ver en Filmin el estupendo documental La dinastía Murdoch.

Estos últimos días, Rupert Murdoch, de 92 años, ha sido noticia por varias razones: la primera por haber roto su  compromiso matrimonial con Ann Leslie Smith, de 66 años, excapellán (¿o será capellana?) evangélica de la policía de San Francisco y exmodelo, en el que iba a ser su quinto matrimonio, tras haber cancelado el anterior con Jerry Hall, también de 66, también exmodelo, exesposa de Mick Jagger y protagonista de más de 40 portadas de revistas como Cosmopolitan o Vogue, por medio de un email de once palabras que decía: “Jerry, sadly I’ve decided to call an end to our marriage (Jerry, he decidido poner final a nuestro matrimonio)”. En cuanto a su enlace anterior, con Wendy Deng (el tercero), fue roto por el viejo Rupert en 2003 al haberse enterado este del gran amor y admiración que la joven esposa profesaba por Tony Blair, amigo de la familia. Ni qué decir tiene que todas sus mujeres eran varios decenios más jóvenes que él.

El otro protagonismo del australiano ha sido de distinta índole: La cadena Fox, de su propiedad, ha tenido que pagar 787 millones de dólares a la empresa Dominion para evitar un juicio por difamación. Para quienes no estén familiarizados con el caso, les pondré en antecedentes. Todo el mundo recordará las acusaciones de fraude electoral producidas en las elecciones presidenciales de 2020, en las que Trump perdió la presidencia; acusaciones que dieron lugar a gran revuelo y disturbios que llegaron a conducir a la toma del Congreso por David Crockett y otros héroes del bosque. El altavoz de tan graves y falsas imputaciones ha sido, ¿cómo no?, la cadena Fox, que aún a sabiendas de que se trataba de un bulo continuó denunciando el fraude con insistencia, saña y mala fe (¿quizá con el asesoramiento del especialista de las “montañas y desiertos no tan lejanos”?).

Mientras los bustos parlantes de la cadena se limitaban a desacreditar a las instituciones democráticas, al FBI, al Tribunal Constitucional, al Gobierno federal y del Estado y otras menudencias no pasó nada: ya se sabe que estas instituciones (allí y aquí) son el monigote ese de las marionetas que recibe resignado los palos del señor Guignol y sus compinches para jolgorio y regocijo del público, pero se les ocurrió la insensata idea de incluir en sus críticas de fraude a Dominion, la empresa suministradora de las máquinas de recuento de votos, y eso sí que no: “Con la iglesia hemos topado, Sancho”. ¿A quién en su sano juicio se le ocurre acusar de fraude de manera falsaria a una gran corporación privada en los EEUU sin tener todos los ases y yendo de mano? La empresa, con toda su artillería legal, se lanzó al cuello de los monigotes de Fox, acusando a la cadena de “actual malice” (mala fe manifiesta) y exigiendo el pago de 1.660 millones de dólares, por lo que el millonario se ha avenido a pagar los 787 millones que pedía la parte contraria y evitar así un juicio que intuía perdido.

Entretanto, las trampas, las villanías y el sainete, en este país, tomaban otros derroteros: El presidente del Barça se vio en la delicada posición de tener que explicar que su club se había comportado de manera corrupta —lo que era un insulto al deporte— o eran tontos —lo que era una afrenta ante sus socios— por el hecho de haber pagado la friolera de 7.3 millones de euros al vicepresidente de los árbitros (a Madrit, para entendernos) por unos informes que caben en dos folios por una cara (con ilustraciones).

El Madrid, por su parte, en vez de permanecer quieto y calladito frotándose las manos ante el bonito espectáculo, decidió personarse como parte perjudicada, lo que fue un salvavidas para el catalán, propiciando un salvador cruce de acusaciones sobre quién fue el equipo del Régimen, lo que dio lugar al impagable espectáculo de ver al Madrid acusando a otro equipo de serlo, superando así al capitán Renault cuando ordenó cerrar  el café de Rick “porque se jugaba” mientras recogía el dinero de las ganancias en la ruleta.

Dicen que esto puede ocasionar el descenso del Barça. Yo no termino de creérmelo, pero la verdad es que me encantaría. De ese modo podríamos ver la temporada que viene una interesante segunda división con el Elche, el Valencia, el Levante, el Espanyol y el Barça luchando por el ascenso. Casi, casi una Lliga dels Països Catalans.

Román Rubio

Abril 2023

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martes, 11 de abril de 2023

ESPAÑOL, CASTELLANO Y ÑAMERICANO

 

ESPAÑOL, CASTELLANO Y ÑAMERICANO


Quizá uno es desconfiado por ignorante o lo contrario, pero no tengo ni idea de para qué sirven los Congresos Internacionales de la Lengua Española, como el que se acaba de celebrar en Cádiz, ni cuál es su propósito, ni que se obtiene de ellos, aparte de proporcionar a los ponentes un poco de distracción a uno u otro lado del Atlántico a cargo del contribuyente. Y que conste que me acabo de leer el programa del evento gaditano por ver si encontraba algo que no fueran las vaguedades de siempre, del estilo: “El español ante el desafío de los nuevos retos del siglo XXI” y cosas así, como si de las jornadas de un casino de provincias se tratase, con el objeto de que se luzca algún intelectual de relumbrón. Ya digo, es posible que sea por ignorancia mía, por lo que si ustedes tienen constancia de lo contrario, les pido disculpas.

Lo que más ha trascendido del último evento (a tenor, al menos, de los titulares) ha sido la intervención del escritor argentino Martín Caparrós y su extravagante idea de llamar a la lengua española “ñamericano”. Así, como suena. No podría haber inventado la lumbrera porteña un vocablo más inútil, prescindible y feo.

Pero, poner un nombre nuevo al idioma, ¿para qué? Ya estábamos acostumbrados a la estéril polémica del español o castellano y habíamos convenido (junto con la RAE) que ambas denominaciones son admisibles y correctas: “castellano” porque nació donde nació,  de ese modo se le conoce en muchos sitios de España y Latinoamérica y porque así lo propuso la Academia en el primer diccionario de la lengua castellana o diccionario de Autoridades completado entre 1726 y 1739, y “español” porque así se le denomina en muchas partes de España, al igual que en Méjico, EEUU, Centroamérica, Colombia, Perú y Chile, además de ser conocido por todo el territorio Erasmus y demás  confines del universo como Spanish, espagnol, Spanisch o spagnolo.

La boludez del argentino me recuerda a aquella otra intervención extravagante de mi admirado García Márquez en el congreso de Zacatecas (Méjico) en 1997, en el que el colombiano pronunció un discurso abogando por “simplificar la gramática antes que la gramática nos simplifique a nosotros”. No sé con qué grado de franqueza o sorna el Nobel sugería simplificar la escritura hasta el punto de acabar con las inútiles haches (uerta, ueso y erramienta), negociar el espacio de la “g” y la “j” (jitano, jemido y gerrero), asociar la “b” y la “v” en un mismo grafismo (habría que decidirse en el aperitivo por el ververecho o la bieira) y otras simplificaciones por el estilo.

El discurso del escritor, con el sugerente título de “Botella al mar para el dios de las palabras”, fue muy celebrado y aplaudido por el numeroso público por el ingenio y la calidad literaria con la que el de Aracataca lo presentó, pero la realidad es que nadie se lo tomó en serio. Las palabras forman parte de nuestra esencia y habida cuenta de la polvareda levantada por la tilde de “sólo”, ni imaginar puedo a lo que algunos llegarían si les conminaran a llamar “kasa”  al lugar en el que viven.

La lengua inglesa, huérfana como está de tanta academia y congresos internacionales sí que ha sufrido, sin embargo, algunos intentos de reforma de su ortografía: valga como ejemplo la propuesta por el dramaturgo Bernard Shaw (autor de Pigmalion), que proponía la sustitución del alfabeto latino por uno fonético conocido como “shaviano”, propuesta acogida con el mismo entusiasmo que la de García Márquez.

Hubo una reforma de la ortografía del inglés en EEUU, impulsada por el propio Roosevelt, que sí tuvo cierto éxito, de modo que verán algunas palabras escritas de manera diferente, aunque pronunciadas igual a uno y otro lado del Atlántico, como “center-centre”, “through-thru”, “colour-color”, “programme-program” y otras muchas, que el corrector del ordenador dará por buenas según uno elija el modo de inglés británico o americano. Prueben y verán.

Habrá que esperar al próximo Congreso de la Lengua Española para ver cuál es la última boutade, gilipollez, pelotudez, huevada o pendejada que nos ofrece. Y yo espero estar aquí para contarlo.

 

Román Rubio

Abril 2023

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lunes, 3 de abril de 2023

TITULARES

 

TITULARES

 

Por una razón u otra, llevo últimamente cierta guerra con los titulares de los periódicos; y es que algunos no los entiendo, lo que comienza a preocuparme, porque no sé si echarle (toda) la culpa a los periodistas o a mi menguante capacidad de comprensión.

Por ejemplo, ayer me topé con el titular principal a tropecientas columnas de El País, en su edición digital (si es que hay columnas en los ejemplares digitales): “Yolanda Díaz: ‘Sumar es un revulsivo político, no sería un fracaso sin Podemos’” y debo confesar que me quedé muy confuso. Entendí que la organización Sumar era un fracaso por culpa de Podemos. No fue hasta la tercera lectura y correspondiente reflexión que caí en que  lo que quería decir era que, aún sin el apoyo de Podemos, el nuevo partido, plataforma o lo que sea, iba a tener éxito. Y eso lo entendí porque conocía el contexto.

Enseguida recurrí a mi particular Biblia del periodismo, que es una edición del Libro de estilo de El País de 1990, en dónde se especifica: “Los titulares y la entrada deben  satisfacer la curiosidad primera del lector, que ha de quedar enterado de lo que ocurre sin necesidad de acudir al resto de la información”. Eso es lo que tenía entendido. Por ejemplo: “Niño muerde a perro”. Los hechos quedan explicitados. Ahora solo falta el contexto: la edad del niño, la raza del perro o, en el caso de que sea relevante, la edad del perro y la raza del niño.

Además, el mismo manual, en otro apartado, añade: “Se prefiere la afirmación a la negación. Los titulares incluirán sólo excepcionalmente la palabra ‘no. Normalmente es noticia lo que ocurre y con menos frecuencia lo que no ocurre”, para añadir más adelante: “Se prohíbe terminantemente el uso de expresiones en el titular —también restringidas en los textos— como ‘podría’, ‘no se descarta’, ‘al parecer’, ‘posible’, ‘probable’ y otras semejantes”. En definitiva, que lo correcto es que los titulares sean tan sencillitos como el del niño y el perro para que las personas de inteligencia mediana tirando a baja podamos enterarnos con sólo echar un vistazo.

En el mismo periódico, algo más abajo y con tipografía más modesta encontré otro titular que me intrigó en grado sumo. Dice así: “El absurdo es la nueva sinceridad: dentro del magnífico troleo de la hija de Sofia Coppola en TikTok”. ¿Qué demonios querrá decir eso del absurdo y la sinceridad? ¿Y cómo se puede entrar al troleo de la hija y nieta de Coppola? Y, sobre todo, ¿qué es el troleo de alguien dentro de TikTok? ¿Troleo, a quién o a qué? Claro, con un reclamo así no hay curioso que no acceda a la noticia. Y créanme que vale la pena. La tal vástago de los Coppola es una joven encantadora de 16 añitos y con un tremendo desparpajo ante la cámara que comenta que está cocinando pasta al vodka en su casa por estar castigada sin poder salir. ¿La razón? La chica, inocentemente había contratado con la tarjeta de su padre un traslado en helicóptero de Nueva York (en dónde vive) a Maryland, en dónde vive una amiga, con el objeto de cenar con ella. Normal, ¿no? Ese era el motivo por el que estando en casa se disponía a cocinar, pero en la receta tenía que utilizar cebolla y ajo, cosas tan extrañas que la joven confiesa toda alegre que tuvo que consultar la imagen en Google para poderlas identificar. En fin, todo así: debo reconocer que la Coppola, con su encanto y gracejo, me alegró el día: siempre es reconfortante saber que hay gente que a tan temprana edad alquila helicópteros para ir a cenar con una amiga a 400 km con la tarjeta de su progenitor y que para reconocer el ajo y la cebolla tiene que recurrir a Google. Una prueba más de la bendita variedad de este mundo.

Y lo curioso es que, después de haberme entretenido con la vivaracha jovencita, sigo sin entender el titular.

 

Román Rubio

Abril, 2023 

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jueves, 30 de marzo de 2023

OBREGÓN

 

OBREGÓN


He estado estos últimos días enfrascado en ocupaciones que me han mantenido bastante alejado del ruido informativo, pero no ha sido posible esquivar el asunto Ana Obregón. Cada vez que pasaba cerca de una radio, televisión, pantalla escrita o conversación ajena, salía el tema. Al abrir la prensa la tarde del jueves me encontré con la avalancha de opiniones sobre el asunto. Todos y cada uno, y aún más, todas y cada una (con razón), tenían algo que decir y a menudo vocear al respecto, así que pensé ¿y por qué no yo?, de modo que evité leer la mayoría de las columnas para contaminar lo mínimo mi opinión y me pongo a la faena.

En primer lugar, por los titulares, me llama la atención el furibundo ataque a la nueva (que no joven) mamá —y no solo por salir del hospital en silla de ruedas, ignorando que es protocolo de la institución— sino por el hecho de que “ella” tenga un hijo gestado por “otra” mujer en régimen de explotación e incluso de "violencia hacia la mujer", como se ha apresurado a denunciar una flamante ministra. Veamos:

Imaginemos que yo soy Ana Obregón, lo que resulta plausible solo por el parámetro de la edad y no por ningún otro. Imaginemos que he perdido a mi único hijo veinteañero tras una larga y cruel lucha contra un cáncer. Por seguir elucubrando, imaginemos que, ante la práctica de un agresivo tratamiento y con la casi certeza de quedar estéril, mi hijo decide congelar esperma, con lo que yo, una mujer rota y sola, veo la posibilidad de que su querido hijo le pueda dejar el regalo de una nieta. Aunque, eso sí, tenga que venir disfrazada de hija. Resulta que tengo posibles y hay países (entre ellos el que fue tratado mi hijo) en los que se puede legalmente “alquilar” un vientre gestante. ¿Qué creen que haría yo? O mejor: ¿Qué haría usted? Yo, la verdad, no lo sé. Primero, porque no tengo un hijo único, segundo porque no he perdido ninguno y tercero porque no soy mujer, pero no descarto que, de haberse cumplido estas condiciones, no hubiera hecho lo que ha hecho Ana.

Como comprenderán, este escenario me lo acabo de inventar y que no tengo hilo directo con la artista, solo lo expongo como una posibilidad (por otra parte, plausible) para hacerles pensar que no conocemos las circunstancias personales de la gente y, por tanto, juzgar, como lo hacen tantas ministras, columnistas y demás catequistas. No es más que otra muestra de arrogancia de los Administradores del Bien y del Mal, que nos tienen acostumbrados a tantos sermones, siempre en la posesión no solo de la Verdad sino de la Justicia, la Comunión de los Justos, el Perdón de los Pecados y la Vida Eterna, Amén.

Y no es que uno esté a favor de la concepción subrogada; lo que está uno es en contra del juicio permanente sobre cómo se deben conducir los demás por quiénes sin saber prácticamente nada, creen saberlo todo.

Ahora, veamos la otra parte: “la otra”. La que presta su cuerpo para llevar un embarazo por encargo. Unos condenan el hecho de que algunas mujeres lo hagan por dinero, y la mayoría las consideran víctimas de la necesidad y la pobreza. Y tienen razón: ¿quién, si no, se va a prestar a tan traumática experiencia por el amor al arte? Pero, ¡ojo!, ese dinero que algunos ven como las moneda de Judas, no sabemos de qué pozos negros sacan a esas personas ni qué soluciones les aportan. Es muy fácil tirar piedras desde la comodidad de quién se puede permitir parir niños, contratar ayuda para cuando estos tiene fiebre y elegir colegio (con preferencia con comedor y transporte).

Jesucristo no habría lanzado piedras. Ni a la Obregón ni a “la otra”. Otras, en cambio, sí. Porque ellas poseen la Verdad, solo la Verdad y nada más que la Verdad. Y han venido al mundo para hacérselo saber al resto de los mortales.

Román Rubio

Marzo, 2023

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viernes, 24 de marzo de 2023

TRAICIÓN

 

TRAICIÓN


Para Dante, el pecado más abyecto es el de traición, de ahí que los traidores ocuparan el noveno y último círculo del infierno en donde se congelaban sumergidos en un lago helado tipos tan infames como Caín, Bruto o Judas Iscariote. El primero, por haber matado a su hermano y tratado de engañar a Dios; el segundo, por haber traicionado a César, cuando este había sido su protector y hasta bien podía haber sido su padre, siendo como era el amante de su madre. El tercero, Judas, por haber vendido a su líder y maestro, Jesucristo, por treinta monedas.

La suerte de Caín, tras la maldición de Yavhé, es confusa. La de los otros dos es más bien mala: el romano se suicidó lanzándose contra su propia espada años después tras su derrota por Marco Antonio en la batalla de Filipos. En cuanto al discípulo de Cristo, hay división de opiniones: según el Evangelio de San Mateo (Mateo 37:5), avergonzado y arrepentido de su villanía, quiso devolver las monedas, que no fueron aceptadas por los pagadores, las tiró al suelo del templo para ver de mitigar el remordimiento y acto seguido se ahorcó. Según la versión de los Hechos de los Apóstoles (Hechos 1:18), compró un terreno con el botín y allí, de acuerdo con el relato de Pedro, “habiendo caído de cabeza, reventó y se le salieron todas las entrañas”, lugar aún hoy conocido con el nombre de "campo de sangre" y dedicado al uso de cementerio de extranjeros y peregrinos durante muchos siglos.

En el año 1904 se descubrió en Egipto el códice de papiro de Beni Masar, y en él un texto conocido como El Evangelio de Judas, que no es tal, sino una serie de (supuestos) diálogos entre Judas y Jesús (por cierto, los dos únicos judíos del grupo, ya que los otros eran galileos) en el que se afirma que, de entre todos los discípulos, es Judas el único que entiende con precisión las palabras de su maestro. Al traicionar a Jesús, el traidor no hizo sino cumplir con el propósito de Dios. “Pero en cuanto a ti, tú harás más que todos ellos, pues ofrecerás en sacrificio al hombre que me sirve de envoltura carnal”, llega a decirle Jesucristo a Judas en ese Evangelio de quita y pon.

Ya ven, hay versiones para todos los gustos. Y entre ellas, las de los beneficios de la traición.

En esto estaba pensando yo el otro día cuando leí una entrevista a Javier Cercas en la que señalaba algo de Perogrullo, pero que, como tantas otras verdades, hace falta que alguien te lo señale con el dedito.

El 23 de febrero de 1981 (23F) el teniente coronel Tejero entró en el Congreso de los Diputados y al grito de “Quieto todo el mundo”, sólo (permítanme la licencia de la tilde) hubo tres personas que se mantuvieron erguidas: El Presidente del Gobierno, Adolfo Suarez, el Secretario General del Partido Comunista, Santiago Carrillo, y el Ministro de Defensa, Gutiérrez Mellado.  Los tres, grandes traidores: El primero (Suárez) traicionó los principios del Movimiento al que había pertenecido toda su carrera y había jurado lealtad; el segundo (Carrillo) a la doctrina comunista, aceptando nada menos que la bandera rojigualda y la monarquía constitucional y el tercero (Gutiérrez Mellado) a sus compañeros de armas, que en sus altas esferas estaban por el golpe.

Que Alá bendiga a los traidores (a algunos, claro).

Román Rubio

Marzo 2023

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martes, 14 de marzo de 2023

LA FERIA DE LAS VANIDADES

 

LA FERIA DE LAS VANIDADES


https://youtu.be/kHqNMD3wyIQ

En tiempos pretéritos solía empaparme más o menos de la ceremonia de los Oscar. No porque me interesaran los agradecimientos a las mamás, los papás, los hijos y las hijas,  los miembros del equipo, los contendientes, la raza (siempre que fuera minoritaria), el género (siempre que fuera el femenino) o las patrias —cosas todas ellas que considero de mal gusto expresar en público, de manera tan oportunista y explícita, y que además me importan un bledo—,  sino por razones de trabajo en el teaching bussiness, ya que lo usaba con mis alumnos en clase, dado que vienen a expresarse todos en inglés.

 Este año, quizá por el escaso interés que despertaban en mí las películas o disuadido por la vergonzosa escena del galardonado del año pasado cuyo nombre prefiero omitir, no he visto nada de la ceremonia de los Oscar. Bueno, casi: no he podido evitar ver en la prensa el vídeo de la criticada y divertida entrevista que Ashley Graham hizo a Hugh Grant a la entrada del teatro y por la que las almas cándidas han puesto al actor de vuelta y media.

El contexto es el siguiente: una modelo superguapa con un cuerpo que le permite publicitar tallas grandes (un encomiable guiño del mundo del cine a la diversidad, heterogeneidad, pluralidad, o como quieran ustedes llamar), vestida con una especie de salto de cama negro, con sus amplias y estudiadas transparencias, toda sonrisas y vana superficialidad, entrevista a un zorro inglés de esmoquin, que está a la vuelta de casi todo, poco dispuesto a seguir el hilo de las trivialidades inanes que le propone la americana. ¡Ay, estos ingleses! ¡Si no existieran, habría que inventarlos!

Empieza la mujer preguntando al raposo de Hyde Park qué es lo que le gusta del hecho de venir a los Oscar, ante lo que este, desconcertado, le dice con retintín que es fascinante, que toda la humanidad parece estar allí y bla, bla, bla, bla, haciendo referencia a Vanity Fair (La feria de las vanidades), la famosa novela de Thackeray que satiriza la sociedad inglesa de la época victoriana cegada por la vanidad. La entrevistadora (poco versada, al parecer, en literatura inglesa del siglo XIX) entiende que el actor se refiere a la fiesta que la revista del mismo nombre da después de la ceremonia y contesta con no se qué de relajarse y pasárselo bien, para desconcierto del inglés. Algo así como si yo le hablo a usted de Fortunata y Jacinta y usted entiende que me refiero a las primas del pueblo.

El resto de la conversación se desarrolló en los siguientes términos:

A.G. ¿Qué es lo que más te apetece ver esta noche?

H.G. ¿Ver?

A. G. Sí, bueno, sé que probablemente has visto algunas películas. ¿Te emociona ver ganar a alguien?¿Tienes tus esperanzas puestas en alguien?

H.G. Eh, eh, (tocándose la nariz y mirando a Texas). No, nadie en particular.

A.G. Bueno, ¿y que llevas puesto esta noche?

H.G. Sólo mi traje.

A.G. ¿Tu traje? (aparentando sorpresa), ¿Y quién te lo hizo? Tú no lo hiciste, ¿no?

H.G. No recuerdo. Mi sastre.

A.G. Es O.k. Saludos al sastre. Dime, ¿qué se siente al estar en Glass Onion? Fue una película increíble. De verdad que me encantó. Me encantan los thrillers. ¿Es divertido rodar algo así?

H.G. Bueno, apenas salgo en ella. Salgo unos tres segundos.

A.G. Sí, pero aún así, apareciste y te divertiste, ¿no?

H.G. Eeeeh, casi.

Habida cuenta del éxito de la entrevista, la modelo devolvió con gran contento la conexión al estudio central, mientras el actor hacía un gesto de enorme alivio. A continuación, como aquel valentón sevillano, caló el sombrero, requirió la espada, miró al soslayo, fuese y no hubo nada.

Román Rubio

Marzo 2023

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martes, 7 de marzo de 2023

GUIRIGAY

 

GUIRIGAY


Recuerdo la primera vez que oí esa palabra en boca de un maestro refiriéndose al vocerío y alboroto en una clase de primaria tras el recreo. Otros lo llamaban “algarabía” o “jaula de grillos”.

Últimamente, muchos gurús que escucho en las tertulias radiofónicas y otros contextos de lucimiento de los espadachines del verbo gustan de usar estos términos cuando se refieren al Internet, a las redes sociales y al recién llegado a la fiesta: la inteligencia artificial (IA). Echan pestes de la web mundial culpándola de ser un altavoz para las mentiras, añorando un mundo en el que La Verdad (el mayor problema al que se enfrenta la filosofía, según Kant) dominaba el planeta. 

¿Y qué es lo que añoran estos Voceros de la Verdad? ¿Un mundo dominado por cuatro o cinco grupos de comunicación señalados por el dedo divino para determinar lo que era o no cierto y que les permitían a “ellos” tener la exclusiva de la difusión de la veracidad?  

Es cierto que el nuevo contexto, que da la posibilidad de “publicar” a todo el mundo, crea una especie de Biblioteca de Babel en la que, por estar todo, la verdad se muestra esquiva, pero estar, está. A usted (y no a Cebrián, Pedrojota, Losantos, la Conferencia Episcopal y cuatro más) le corresponde encontrarla.

Pongamos por ejemplo la sopa de ajo. Si quiero elaborar tal delicioso platillo recurro a Google o Youtube. Allí encuentro a Arguiñano y me da una receta, la abuela de León me proporciona otra y el cocinero de Zamora una tercera y yo hago probablemente una diferente, habiendo oído a los tres. Y el que dice sopa de ajo dice poda del ciruelo o medidas contra la gentrificación.

¿Y cómo se comportan los grandes grupos filtradores de la Verdad?

En La Vanguardia del domingo, John Carlin cuenta cómo la cadena Fox, propiedad de Rupert Murdoch (ese que en su día contrató a Aznar) y altavoz de Trump en EEUU, denunció una y otra vez el fraude ocurrido en el recuento de votos en las últimas elecciones a la presidencia de EEUU. Nadie en la cadena creía que esto fuera cierto y sin embargo era la postura que defendían en público una y otra vez. Machaconamente.

Los abogados de Dominion, la empresa encargada de proveer las máquinas de recuento de votos, han demandado a la cadena y recogido cantidad de testimonios en su defensa. Ejecutivos de Fox y conductores de informativos calificaban en privado las teorías de Trump como “alucinantemente chifladas”, “mierda absoluta” y “totalmente ajenas a la realidad”, mientras, sin despeinarse ni un poco, las defendían una y otra vez en pantalla; entre ellos el superfamoso presentador Tucker Carlson, que en privado confesó: “odio esta mieda”, refiriéndose a la bazofia trumpista, mientras apoyaba el despido de una reportera que osó poner en duda en pantalla las teorías del fraude. Carlson llegó a decir de ella en un mensaje: “Esta loca está dañando la empresa. Nuestro valor en bolsa está cayendo. Esto no es broma”. Para que vean cuál es el mundo de la edición profesional de los medios de comunicación establecidos, vigilantes de la Verdad.

Claro que, esto ocurre porque se trata de los EEUU y allí ya se sabe… ¿Se acuerdan cuando una cadena de radio y un periódico, se empeñaron en que los atentados de los trenes madrileños fue obra de ETA en connivencia con Rubalcaba y los servicios secretos marroquíes? ¿Cómo lograron convencer a cientos de miles de ciudadanos con tan burda y maliciosa mentira? Pues, sencillamente porque les contaban aquello que querían oír, y no hay mensaje más grato que ese.

Los nostálgicos del mundo anterior pueden cantar misa. Yo, por mi parte, estoy muy agradecido a este mundo del guirigay y doy la bienvenida a la Inteligencia Artificial. En primer lugar porque la mía es más bien escasa, en segundo porque me permite publicar mi propia bazofia sin que me inspeccione un obispo y en tercer lugar porque he encontrado una forma de hacer una sopa de ajo decente.

Román Rubio

Marzo 2023

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