jueves, 19 de octubre de 2023

COWORKING

 

COWORKING


En los bajos de la casa donde vivo están terminando unas obras que han durado una eternidad y han transformado lo que era un gimnasio en algo difícil de determinar. No se trataba de una tienda ni un supermercado ni obedecía la estructura a lo que podía ser un estudio profesional. Las pesquisas de los vecinos han sido innumerables, y al final de la jugada se ha desvelado el misterio: están haciendo un coworking. En conversación con un vecino, medianamente indignado, salió el tema de la denominación del espacio. ¿Coworking?, se expresaba airoso el profesor de matemáticas jubilado; ¿es que no hay una palabra en español y hay que recurrir siempre al inglés?

Si Macondo era un lugar tan al albor de los tiempos que para designar las cosas había que señalarlas con el dedo, en nuestro tiempo parece que para el propósito haya que recurrir sí o sí al inglés, decía el instruido y medianamente indignado viejo profesor. ¿Y cómo llamarías tú a ese espacio?, dije yo, poniéndole en un pequeño aprieto, ya que —tal y como ocurre en política— es más fácil criticar y quejarse que proponer soluciones. Al final, tras un pequeño debate, llegamos a la conclusión consensuada de que la más precisa denominación en castellano sería “espacio de trabajo compartido”. Los dos convinimos, pues, que en este caso la precisión del inglés mejora el acto comunicativo en la medida de que es capaz de decir con una sola palabra lo que el español necesita cuatro: un ahorro de tiempo precioso para malgastar haciendo meditación, ver series o ir al psiquiatra, actividades favorecidas por un gran número de jubilados y otros civiles y militares. También acordamos que hay otras expresiones innecesarias y pedantes, como es el caso de “fake news” para decir, simple y llanamente “bulo”.

Tras el encuentro anduve yo meditando acerca de la ingente cantidad de vocablos ingleses que se van introduciendo en nuestra lengua al tiempo que pensaba en posibles alternativas castellanas.

Gentrificación: Una de las apariciones estrella llegada para quedarse. Viene del inglés gentry, que es esa clase social conocida como establishment, que compra los cottages y las granjas de la campiña inglesa y las reconvierten en casas de fin de semana para desaliento de los locales — entre otras vilezas—.

Bizarro/a: Hasta hace poco significaba valiente, esforzado. Últimamente se ha colado la acepción de raro o extravagante que tiene en inglés y en francés. Raramente dicen algunos hoy raro; prefieren decir bizarro. Bienvenida sea la palabra.

Real Estate: Absolutamente prescindible: Se puede decir en español propiedad inmobiliaria, bienes raíces, inmueble o finca, dependiendo del contexto.

Hub: (léase jab, no jub ni jiub): Otro invitado profuso. Puede ser eficaz en algunos contextos, como en el de un gran aeropuerto en el que se cambia los aviones, ya que en español deberíamos usar algo tan feo como “intercambiador” (prefiero hub de todas todas). En otros contextos está la alternativa “centro logístico” o “centro de operaciones” y para la mayoría de los casos tenemos la estupenda palabra “nodo”, que nada tiene que ver con aquel NoDo de mayúsculas y grises memorias en donde siempre ganaba el Real Madrid.

Cluster: (españolizado como clúster): Me parece una buena adquisición, al menos en su sentido más usado. La alternativa más exacta sería “conglomerado de empresas de ámbito o actividades comunes y generalmente ubicadas en la misma zona”. Olvídense: se quedarían sin aliento mientras otro dice lo mismo con dos sílabas.

Espóiler: Adaptación muy acertada del inglés spoiler, que se refiere a la revelación del desenlace de obras de ficción para lo que en el español no veo alternativa que no sea la fea “destripe”. Lo que muchos usuarios ignoran es que spoil en inglés tiene un campo semántico muy amplio que no se refiere solo al citado. Un spoiler es también el alerón de un coche y spoil puede significar también echar a perder la comida o mimar a un niño (spoiled child, niño mimado), etc.

Data, Big Data: Poco que comentar. Data significa datos, pues es el plural latino (e inglés) de datum. Perfectamente sustituible por “archivo de datos”.

Start Up: Otro invitado conspicuo. Significa empresa incipiente. Así de fácil.

Hacker: No veo una buena alternativa. Podría ser “pirata informático”, pero dado que el término pirata tiene connotaciones negativas y parece ser que hay hackers buenos, prefiero seguir usando la palabra inglesa.

Lease: Arrendamiento, alquiler. Aunque en nuestro país se emplea como alquiler con opción de compra.

He puesto solo las palabras que se me iban ocurriendo de camino a mi casa. Me asomé al coworking y la verdad es que tiene muy buena pinta. Espero y deseo que les vaya muy bien. Me molesta que tras grandes inversiones en trabajo y dinero los negocios vayan mal, aunque debo confesar que no hace mucho que aprendí una nueva expresión que viene usándose en la prensa anglosajona y que quizá se transmita a nuestra habla, al menos en las publicaciones petulantes: “Urban doom loop”, que se podría traducir como “espiral fatalista urbana”, que se viene dando en San Francisco y otras ciudades. El espacio de oficinas se va vaciando a efectos del trabajo en remoto, los ayuntamientos recaudan menos, dan menos servicios y las ciudades se empobrecen y deterioran. Que no ocurra esto. Casi prefiero la gentrificación.

 

Román Rubio

Octubre 2023


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jueves, 5 de octubre de 2023

QUÉ SERÁ, SERÁ.

 

QUÉ SERÁ, SERÁ


La primera vez que entré a un campo de fútbol en Inglaterra, allá por los lejanos ochenta, me sorprendió escuchar a la grada cantar a pleno pulmón la canción “Qué será, será”. Era en el campo del Sheffield Wednesday, entonces en segunda división, pero que por la grandeza de la competición de Copa —a la que han herido en este país tipos impresentables como Rubiales (y Piqué, ya que nos ponemos)—. Aquel año el Wednesday logró llegar a las semifinales de la competición eliminatoria y se midió con los grandes: Manchester United y Totenham entre otros, con lo que el estadio de Hillsborough (posteriormente célebre con la tragedia en la que murieron 97 seguidores del Liverpool) era una fiesta. Recuerdo estar de pie en la grada general sin tocar suelo cada vez que el equipo local sacaba un córner, empujado por la avalancha humana que quería ver la raya del campo.

Aprendí después que la famosa canción no se canta solo en el histórico Hillsborough, sino en muchos campos ingleses animando a sus equipos a pasar a la siguiente ronda: Que será, será, whatever will be, will be, we’re going to Wembley, que será, será, entonan las gargantas futboleras.

La canción en cuestión, de título Que Sera, Sera (Whatever Will Be, Will Be) fue compuesta por Jay Livngston y Ray Evans para la película de Hitchcock El hombre que sabía demasiado en 1956 y la popularizó Doris Day.

Creía yo que el origen de la frase era español y en castellano hasta que no hace mucho encontré que Dickens, en su novela Tiempos difíciles (Hard Times for These Times) la pone en boca de uno de sus personajes, pero en su grafía italiana Che sarà, sarà, especificando que ese era el lema de una familia aristocrática inglesa. En las estupendas notas a pie de página añadidas por el editor de su publicación española de Altaya, el catedrático Fernando Galván aclara que el lema fue adoptado por el primer Conde de Bedford en 1525, tras la batalla de Pavía, en la que tomó parte y la hizo gravar en su tumba en 1555. Ya ven; el mundo no fue inventado por Hitchcock y Doris Day, como podría pensarse. Como curiosidad añade el editor que uno de los descendientes directos del Conde de Bedford fue Lord John Russell, Primer Ministro del Reino Unido en dos ocasiones a mediados del siglo XIX y abuelo del filósofo y matemático Bertrand Russell.

Lo cierto es que la frase, tanto en español como en italiano, es una mala traducción del inglés, país en el que le dan un sentido de “lo que tenga que ser será”, sin carga interrogativa alguna; y así lo expresa Doris Day cuando le pregunta a su madre si de mayor será bella y rica y esta le contesta Que será será, o lo que es lo mismo: lo que sea sonará, será lo que Dios quiera y ya saldrá el sol por Antequera.

El mundo está lleno de malas traducciones; unas mejoran los mensajes originales y otras, por el contrario, los echan a perder y hasta los envenenan. Cuando se trata de Doris Day el mensaje suele salir mejorado. Habría que contratar a la novia de América  para poner la voz en ciertos pinganillos. Así, quizá mejore los mensajes, que intuyo engorrosos. Y recuerden: lo que sea sonará.

Román Rubio

Octubre 2023 

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jueves, 21 de septiembre de 2023

ESTÁS HECHO UN ADEFESIO

 

ESTÁS HECHO UN ADEFESIO



Eso mismo me dije ante el espejo tras leer en El País Semanal el artículo ¿Son los 60 los nuevos cuarenta? Las últimas técnicas a las que recurren los hombres en busca de su eterna juventud, que trata el tema de por qué los tipos como Clooney, Pitt, Banderas y otros transitan por los sesenta como si nada hubiera ocurrido en sus cuerpos tan favorecidos por los genes.

Tras analizar la imagen de Brad Pitt (59) en Wimbledon, el dermatólogo Juanma Revelles de la clínica Le Boost de Madrid se aventura a decir que el actor se vale de “Neuromoduladores en la frente y el entrecejo para suavizar arrugas y relajar la mirada; relleno en el pómulo para dar soporte a la cara, y en la mandíbula para definirla; radiofrecuencia para tensar la piel y disminuir el surco nasogeniano, y procedimientos para mejorar la textura y luminosidad de la piel”.

Este mismo doctor añade que en su clínica “la masculinización es el tratamiento más popular. Consiste en infiltrar rellenos en el tercio medio e inferior de la cara (pómulos, mentón y mandíbula) para conseguir un rostro cuadrado y anguloso. Lo segundo son los injertos capilares”.

Pero hay actuaciones mucho más radicales: Robert Nielsen (60 años), principal inversor de Altos Labs, empresa biotecnológica de San Francisco que investiga el rejuvenecimiento celular, intenta resetear sus células mediante la reprogramación epigenética y “sigue una intrincada rutina para conseguirlo: toma una docena de pastillas cada día, entre ellas rapamicina (un conocido antitumoral), metformina (un medicamento usado durante años por los diabéticos), y taurina (un nutriente natural cuya producción decae con los años). Dos veces al año se hace una resonancia magnética de cuerpo entero. Visita al dermatólogo cada tres meses y entrena a diario enfundado en un traje de estimulación eléctrica para construir masa muscular”.

Aún más extremo es el caso de Bryan Johnson, biohacker y multimillonario, que lleva invertidos dos millones de dólares en volver a los 18 años. Tiene 45 cumplidos. El proyecto Blueprint —así lo ha nombrado— estructura toda su vida: “se despierta a las cinco de la madrugada y su última comida del día es a las once de la mañana. En ese tiempo debe haber ingresado 2.250 calorías sin añadir sal ni azúcar. Se va a la cama a las 20.30. Entre medias toma 111 pastillas, incluyendo zinc, cúrcuma y litio. Entrena entre 45 y 60 minutos siete días a la semana y juega al tenis y baloncesto. Consume unos 32 kilos de verduras al mes, sobre todo brócoli, coliflor, ajo y jengibre. Entre sus comidas diarias incluye el batido Green Giant, con el que traga 54 suplementos, entre ellos la espermidina, la creatina y los péptidos de colágeno. Después de las cuatro de la tarde no consume bebidas ni ningún tipo de líquido para no perturbar su sueño y usa una máquina para fortalecer el suelo pélvico y prevenir la incontinencia urinaria. Recientemente contó en un podcast que usaba un cóctel de vitaminas y un casco de terapia con luz roja para estimular el cuero cabelludo.

Según dijo a la revista de negocios Bloomberg, usa siete cremas faciales cada día, se hace un peeling ácido semanal, se inyecta grasa en los pómulos y jamás toma el sol. Johnson se considera a sí mismo “un atleta profesional del rejuvenecimiento”.

Desmoralizado como estaba ante mi pusilanimidad me encontré con otro artículo en el mismo periódico que me levantó la moral. Se trata de La paradoja del abstemio, en el que se da cuenta que “los abstemios mueren antes y tienen más riesgos de sufrir depresión que los consumidores moderados de alcohol”. Eso sí que es una descarga a la moral. Y añade:

Un grupo de investigadores de la Universidad de Texas han publicado u estudio con el título de  “Late-Life Alcohol Compsunption and 20-Year Mortality” en el que tras observar durante 20 años a 1824 personas han concluido que el 69% de los abstemios han muerto de forma prematura, superando incluso a los alcohólicos que lo hicieron en un 60% y por supuesto a los consumidores moderados que lo hicieron en un modesto 41%.

La lectura me recordó que Franco, Hitler y Trump se declararon abstemios y decidí pertenecer a la banda de Winston Churchill, amante de vinos y licores. Acostumbraba el rey Jorge a recibir al Primer Ministro en la mesa a mediodía en su entrevista semanal, y como Sir Winston siempre se hacía descorchar una botella, el Rey le increpó: “Winston, no sé cómo eres capaz de beber ya a estas horas”, a lo que el orondo político respondió: “Con mucha práctica, Majestad, con mucha práctica”. Vivió noventa y tantos años siguiendo su relajada dieta.

Mira por donde va a resultar que quienes mostramos marcada debilidad de carácter para  con el alcohol y los hábitos de autocuidado vamos a tener razón, que de nosotros va a ser el reino de los cielos —como ya adelantó el de Nazaret— y que el cementerio está lleno de guapos y de abstemios.

Román Rubio

Septiembre 2023 


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sábado, 16 de septiembre de 2023

Y TRAS LA TEMPESTAD, LA CALMA

 

Y TRAS LA TEMPESTAD, LA CALMA


Eso dice el refrán, aunque no para Libia, ese país ingobernado o quizá ingobernable. En octubre de 2011 cayó preso por los rebeldes y ejecutado sin juicio Muamar el Gadafi, aquel dictador excéntrico que acostumbraba a llevar su jaima e instalarla en el jardín de las residencias oficiales que los estados ponían a su disposición en sus raras visitas al extranjero y que regaló un caballo de raza árabe de nombre Rayo del Líder al ínclito Aznar.

La urgencia por desprenderse de aquel individuo de opereta francesa era tan grande y los adeptos tan numerosos y vehementes —apoyados, eso sí, por los aviones de la OTAN— que nadie pareció pensar en lo que podría venir tras la tempestad. Hoy, muerto y enterrado el tirano de la jaima, que, aunque no lo parezca, nada tenía que ver con el periodista Jesús Quintero, la situación del país es la siguiente:

La parte oeste (en la que se encuentra Trípoli, la capital) está en manos del primer ministro Abdelhamid Dabeida, reconocido por la ONU y que cuenta con el apoyo de Turquía y Qatar, y la parte este del país (en donde ha ocurrido el desastre) está controlada por el mariscal Halifa Hafter, que no está reconocido por la comunidad internacional pero cuenta con el apoyo de Egipto, Rusia y Emiratos Árabes Unidos y que se presentó en 2019 con una columna de 300 vehículos apoyados por la fuerza aérea en las puertas de Trípoli, con el objeto de tomar la ciudad, cosa que no consiguió. A esta situación hay que añadir las decenas de milicias armadas y tribus fuera de control que se benefician del negocio de la migración a Europa.

Y es que una cosa es destruir y otra construir y la primera es mucho más romántica y mucho más sencilla que la segunda, algo que muchas personas no son capaces de asumir, deslumbrados por la nostalgia de aquellos momentos de solidaridad revolucionaria en la que “el pueblo”, ¿dios mío, ¿qué será eso? logra con su acción la caída del dictador y la restitución de la justicia.

En 1979 las masas progresistas de Europa recibían con alborozo la caída del Sha de Persia, Reza Pahleví, forzado a huir de Irán e iniciar un vía crucis tras serle negada por Giscard d’Estaing su acogida en Francia, país al que era bienvenido cuando acudía de salseo. Aquel  tirano, casado con la princesa Soraya primero y con Farah Diba después, al que estábamos acostumbrados a ver en el HOLA, ora esquiando en Saint Moritz, ora bañándose en las aguas de Saint-Tropez o Capri, representaba una ofensa al hospitalario y sufrido pueblo iraní.

Tras desprenderse de tan nefasto tirano habló el pueblo. ¿Y qué dijo? Mandó venir al ayatollah Jomeini (que este sí, vivía libremente en Francia, aunque sin bañarse en Saint Tropez) y se instauró en Irán la República Islámica. Las mujeres que iban a la universidad de Teherán con sus vestiditos occidentales y hasta con minifalda se vieron forzadas por los del turbante a taparse cuerpo y alma y se les conminó a aprender el Corán. Y por si fuera poco se comenzó una guerra contra sus vecinos los iraquíes que tenían la desfachatez de profesar las creencias suníes en su mayoría y no las chiíes, que como todo el mundo sabe, son las verdaderas. Esto es lo que ha venido diciendo el pueblo desde el 79, convirtiendo el país en un puntal del eje del mal, hasta que sus vecinos los afganos consiguieron con el enorme mérito talibán destronarles en el Olimpo y sus otros vecinos (los iraquíes) vieron el avispero revuelto tras la vergonzosa ejecución en la horca del sátrapa Sadam Hussein, culpable de muchas fechorías, pero no por las que se le ajustició: la posesión de armas de destrucción masiva y complicidad en la autoría del atentado a las Torres Gemelas.

¿Y qué me dicen de Egipto? La urgencia por derrocar al dictador Hosni Mubarak, en 2011, trajeron al primer —y único— jefe del estado  elegido democráticamente, Mohammed Morsi, fundador del Partido Libertad y Justicia, nacido en el seno de los Hermanos Musulmanes y hoy en prisión tras el golpe de estado del general Abdel Fatah al Sissi.

Al parecer, el pueblo habló y habló mal, no como querían los defensores del wishful thinking o apóstoles del mundo a su medida y credo; como también habló de mala manera el pueblo argelino, que vivió una guerra cruenta en los 90 por atreverse a votar islamista la única vez que se le dio la oportunidad de hacerlo.

A ver si va a tener razón Vargas Llosa con aquello de que “el pueblo” puede votar bien o mal. El pueblo español votó en el 78 y votó bien. El país aguantó acometidas serias por parte de terroristas por un lado y golpistas por otro. Algunos estamos siendo denostados por los Apóstoles del Nuevo Orden por creer (todavía) inocentemente que esto es así.  Veremos a ver qué traen los tiempos y que Alá, el Misericordioso, nos asista.

Román Rubio

Septiembre 2023 

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jueves, 7 de septiembre de 2023

NO ME HABLES POBRE

 

NO ME HABLES POBRE


Este verano, en una de las ocasiones en que salí de mi agujero y me mezclé con otros humanos, escuché como un joven le decía a un amigo en tono de broma: “A mí no me hables pobre”. Inquirí acerca de la expresión y se me informó que se trataba de un meme que circulaba entre jóvenes (supuestamente de cierto estatus socioeconómico) en el que se denostaba el habla de las clases bajas, sobre todo de la clase trabajadora, que no de los estratos marginales que siempre han gozado de cierto predicamento entre marqueses, marquesas y gentes de barrios finos

En español (o castellano, si así lo prefieren) la procedencia geográfica y de clase social queda bastante bien marcada en el lenguaje para oídos avezados, aunque no llega a la precisión quirúrgica del inglés en el que el nativo es capaz de adivinar lugar y estatus de cada hablante con solo abrir este la boca. Recuerden sino al Profesor Henry Higgins, el de Pigmalión, que se vanagloriaba de poder localizar la procedencia de cualquier inglés con una proximidad de seis millas, de dos si se trataba de Londres, y  que promete y consigue hacer de la vendedora de flores callejera Liza Doolitle una princesa en el plazo de seis meses con solo cambiar su acento.

A estos aspectos de la sociolingüística comencé a dar vueltas cuando leí la noticia en el periódico de la implementación del uso de las lenguas patrias —catalán, gallego y vasco— en el parlamento español, que tendrá obligatoriamente que introducir el pintoresco uso de pinganillos entre sus señorías y obligará a la costosa traducción de montañas de documentación a estos idiomas, al tiempo que me preguntaba en qué situación deja al ciudadano de mi tierra enzarzado en la estéril polémica de si habla catalán, valenciano, catalán-valenciano o valenciano-catalán, y si la palabra muchacho se debería de traducir como xiquet o como noi en los diarios de las sesiones.

Y es que, quienes creen que la lengua (que no el habla) sirve simplemente para comunicarse son unos ingenuos. En los años sesenta del siglo XX, los teóricos de la sociolingüística como William Labov y de la etnografía del habla como Dell Hymes argumentaron que el entendimiento entre las personas es solo la punta del iceberg de la comunicación humana, cosa que Bernard Shaw había descrito con brillantez en su Pigmalión 50 años antes (la literatura siempre por delante).

En el mismo diario encuentro otra noticia relacionada con el tema del lenguaje como afirmación de la nación, la arqueocultura y los fundamentos étnicos: La Presidenta de la República de la India, Droupadi Murmu, ha invitado por carta a los jefes de estado del G20 a una cena formal en Bahrat. Los mandatarios extranjeros se vieron en un aprieto. ¿En Barath?, ¿Qué demonios será eso?, ¿Se tratará de un restaurante, un hotel, un enclave playero? Hasta que sus embajadores les tuvieron que chivar que la cena era en Nueva Delhi, capital del país que conocemos como India. Para la mandataria india, que es, como el Primer Ministro Modi, hindú perteneciente al partido Bharatiya Janata (BJP), que tiene como seña de identidad las esencias hinduistas, el nombre India es un nombre foráneo que nació para designar al territorio más allá del río Indo, un vulgar topónimo, y no como Baraht, que es el apelativo en sánscrito con la que se conocía al territorio del actual Indostán en los textos arcaicos religiosos fundacionales.  ¿Y quién va a querer un vulgar topónimo cuando se puede usar el nombre con que designaban el país los mismísimos Shiva, Brahma y Vishnu? Hay, sin embargo, un pequeño problema: las deidades que dictaron el nombre en sus textos sagrados en aquella erudita lengua son dioses del hinduismo, por lo que excluyen de manera tácita y explícita a los más de 200 millones de musulmanes, los treintaitantos millones de cristianos, budistas y otros. Ya tenemos el lío armado.

Y hay quien cree que la lengua sirve solo para entenderse.

Román Rubio
Septiembre 2023







domingo, 3 de septiembre de 2023

THE GRAND TRUNK

 

THE GRAND TRUNK



Kim es un muchacho del arrabal de la ciudad de Lahore (hoy Pakistán) habituado a desenvolverse en los mercados y las calles de la ciudad en la época colonial del Raj británico, que vive la vida regalada y libre de perro callejero con desenfado, descaro y gran deleite. Acostumbra a hacer recados por la ciudad, muchos de ellos galantes, con lo que se ganaba el cariño, complicidad y protección de muchos haciéndose acreedor del apelativo de Amigo de todos (The Little Friend of All the World). Aunque criado en las calles de Lahore como un golfillo nativo, el chico guarda en un escapulario ciertos documentos que acreditan ser hijo de un soldado irlandés borrachín de apellido O’Hara y una mujer blanca muerta en el parto.

El rapaz conoce a un santón, lama tibetano, que se dirige a Benarés a la búsqueda mística de cierto río de la vida y espoleado por las ganas de conocer mundo y vivir aventuras, se decide a acompañarle y acepta el ofrecimiento de un tratante de caballos afgano para llevar un recado a cierto oficial inglés a una ciudad del camino, recado en clave que resultó ser información de alto interés para el ejército británico.

A partir de aquí la novela de Ruyard Kipling se convierte en una especie de road movie protagonizada por un pícaro y un viejo santón del Tibet por la ruta más atrayente que imaginarse pueda: el camino conocido como The Great Trunk (El Gran Tronco) que discurriría entre Kabul, en Afganistán, hasta la desembocadura del Ganges en el Golfo de Bengala, pasando por Islamabad, Lahore, Delhi, Benarés y Calcuta, trazado de más de dos mil años de antigüedad que cruza de este  a oeste la fértil llanura del Ganges, al sur de los Himalayas. Los ingleses, en la época imperial, construyeron el ferrocarril, con lo que una gran parte del tráfico de mercancías y pasajeros desapareció del camino que Kipling describe así, en boca de un viejo soldado:

“Santón, mira… el Gran Tronco, que es la espina dorsal de la India. En casi toda su longitud está como aquí, sombreada por cuatro hileras de árboles; la parte del centro, de suelo muy duro es la destinada al tráfico ligero. En tiempos anteriores al ferrocarril, los sahibs pasaban por aquí a centenares. Ahora solo viajan carros de labradores y gentes del país. A derecha e izquierda están las carreteras ordinarias para las cargas pesadas, grano y algodón y madera, bohosa, abonos y cueros.(…)

Por aquí pasan hombres de todas las castas y clases. ¡Mirad! Brahmanes y discípulos, prestamistas y caldereros, barberos y bunnias, peregrinos y alfareros…, todo el mundo yendo y viniendo. A  mí me hace el efecto de un río, del cual yo soy una rama arrojada a la orilla por la inundación”.

Y verdaderamente, la Gran Carretera Central llamada Gran Tronco constituye un espectáculo maravilloso. Se extiende en línea recta durante mil quinientas millas, soportando todo el intenso tráfico de la India, constituyendo un río de vida como no existe en ningún otro lugar del mundo”.

Así era la ruta indostánica en 1901, cuando la describió Kipling, y así había sido en los siglos anteriores. Hoy, la vía ha sido, en su mayor parte, transformada en carreteras de alta capacidad, con muchos tramos de doble calzada como las autopistas NH1, NH2 y NH91. Quienquiera que haya visitado la India habrá viajado por alguna de esas carreteras y se habrá encontrado con ese tráfico infernal de camiones con neumáticos lisos haciendo sonar incansablemente el claxon, llenos de lucecitas y una combustión tan deficiente que cada uno de ellos contamina más que todos los vehículos de Oslo juntos, autobuses atestados de gente dentro, colgados en las ventanillas y sentados en el techo, tuck-tucks, motocicletas de baja cilindrada con familias enteras, vacas y peregrinos, con esos descansos en la orilla en que los camioneros comen a discreción un revuelto de verduras con curry por unas pocas rupias y se refrescan en depósitos de agua semidesnudos en el aparcamiento. Ha cambiado algo el paisaje, pero la Carretera Central de la India sigue pareciendo el Río de la Vida, empequeñeciendo y trivializando otras vías mucho más modestas como la tan celebrada y sosa Ruta 66 norteamericana.

Kim es un pícaro, pero tiene una característica que lo diferencia de los pícaros de la novela española. A diferencia del Buscón o del Lazarillo no resulta ser un perro apaleado y de fondo amargo. Más bien es un tipo desenfadado y alegre que se las apaña para salir airoso siempre y  ser dichoso en su condición de golfillo, a lo que se resiste a renunciar a pesar de las oportunidades que le brinda su origen europeo y a lo que finalmente accede.

De este modo se vio el rapaz cuando llegó a la ciudad de Lucknow:

“Kim se vio a sí mismo solo, vestido como un discípulo de monje tibetano, equipado con un cuenco de mendigar, un rosario y un revólver Colt: “Un rey no podría ser más rico”. Se compró unos dulces en una hoja a modo de plato del puesto de un hindú, y se los comió con gran deleite hasta que un policía le ordenó que se levantara de las escaleras”.

Esa es la actitud.

Román Rubio

Septiembre 2023

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jueves, 10 de agosto de 2023

OTRA VEZ PEDROCHE

 

OTRA VEZ PEDROCHE

No sé que tienen tus ojitos que me vuelven loco, decía la rumba. Pues eso, no sé qué haces, Pedroche, que tienes la capacidad de enervar al personal (mayoritariamente femenino, pero no solo) con tus apariciones en biquini, desnuda, semidesnuda o a medio vestir, en la Puerta del Sol, en la nieve o ante el espejo de tu casa.

Ni contigo ni sin ti: si te muestras de negro tapada hasta el cuello y los tobillos, al modo de los usos arábigos y lutos pretéritos, eres víctima del odioso patriarcado que te obliga a ocultar tu cuerpo, y si lo haces con el textil justo para tapar las (breves y muy prietas) vergüenzas, porque te prestas a sus procaces caprichos. "Contigo porque no vivo y sin ti porque me muero". Hagas lo que hagas, la exposición de tus alicientes corporales despierta enconados rechazos.

El público femenino (y hasta el binario, el no binario y el yuxtapuesto) se pone de uñas porque pones tu cuerpo al servicio del patriarcado. Es posible que así sea, pero no deja de ser una curiosa dominación patriarcal esta en que a los hombres les importa un pimiento lo que te pones o te quitas y son mayormente las mujeres las que se muestran molestas, cuando no insultadas por tus lucimientos.

El último agravio han sido tus poses en biquini a tres semanas del alumbramiento y la portentosa recuperación, que, de no tener truco, parece ser obra de brujería o concurrencia de la Virgen de Entrevías, pues diríase que trajo el niño la cigüeña. 

¿Y qué ven en esas fotos muchas personas —algunas de ellas muy ilustres—según expresan en la prensa y otros medios?

Unas se quejan de tu cuerpo escultural, cosa imperdonable para la mayoría, que, como quien esto escribe, reciben del espejo una imagen muy, pero que muy, mejorable. Para ellas, tu cuerpo es un insulto que provoca la desdicha de tantas otras que se amargan al compararse, lo que es mala cosa, pues como dijo Montesquieu, ser feliz sería muy fácil a no ser por ese empeño humano por compararse de continuo con los demás.

Otras ven la ofensa en el hecho de que supuestamente tienes unos ingresos holgados que te permiten ayuda en el hogar (cosa que algunas de quienes te critican comparten, con aprovechamiento modesto o nulo), un entrenador personal y otros privilegios de clase, o más bien de estatus, que el hecho de ser de Vallecas indigna aún más a muchas de tus detractoras, que deciden obviar que es la disciplina, el sacrificio y los genes—y no el entrenador ni las burbujas del jacuzzi— lo que consigue los efectos que saltan a la vista, limitándose a ver el resultado y no el proceso.

Algunas se lamentan de la falta de respeto y solidaridad con la mayoría de mujeres que han vivido con comprensible aflicción el deterioro corporal tras el duro trance del parto, como si Dios repartiera las dádivas con equidad y merecimiento.

Y otras te culpan de todo ello junto, haciéndote responsable de tanto malestar entre tantas otras mujeres por el hecho de tener el cuerpo que la naturaleza y los aciertos evolutivos te dieron y que parecen envidiar.

Es curioso que el fenómeno Pedroche no se dé en hombres por igual. Nunca he oído a ninguno quejarse del cuerpo de Brando, Eastwood, Osborne, Newman, Pitt o Beckham, a cualquier edad en la que estos han tenido a bien mostrarse en camiseta de tirantes y otros paños de tamaño reducido. Los hombres hemos visto las imágenes de estos y otros Adonis con generosa resignación y hasta hemos felicitado a Mastroianni por mostrarse en calzoncillos blancos y calcetines negros con liguero sin pudor alguno. Sin envidias ni rencores. Algo bueno teníamos que tener.

Román Rubio

Agosto 2023 





    




viernes, 4 de agosto de 2023

UN PALETO EN LA CORTE DEL REY ARTURO

 

UN PALETO EN LA CORTE DEL REY ARTURO



Estábamos (mal)acostumbrados a ver a Nadia Calviño manteniendo embelesado con su cháchara inteligente a un corro de hombres con traje gris, y a un Presidente Sánchez moviéndose con soltura en los pasillos de los encuentros internacionales charlando de esto y lo otro con Macron, Rishi Sunak, Biden o Scholz, y trayendo de esos encuentros mejoras notables como la excepción ibérica para las energías y otros suculentos caramelos.

Diríase que habíamos superado el “is very difficult todo esto” del inefable Mariano, el relamido “relaxing cup of café con leche” o el impostado acento tejano al que nos tenían acostumbrados los políticos anteriores, verdaderas nulidades a la hora de la comunicación en foros internacionales y que nos forzaban a admitir como axioma inapelable la “excepción hispana” (que no ibérica, pues ya se sabe que los portugueses siempre nos han aventajado en ese campo). Al parecer, ningún Presidente anterior excepto Felipe González —que se manejaba bastante bien en francés, aunque era nulo en inglés— era capaz de comunicarse en una lengua que no fuera la castellana. Se dice que Calvo Sotelo sí que lo era, aunque fue tan fugaz en el cargo que nadie recuerda haberlo oído hablar en lengua alguna.  

¿Qué es eso de ir hablando por ahí sin intérprete? ¿Se trata acaso de otro signo de decadencia imperial y un insulto a las sagradas tradiciones hispanas? ¡Que aprendan ellos español, hombre! ¿Qué ha sido del preciado legado de Paco Martínez Soria, Lina Morgan, Sarita Montiel, el Alfredo Landa de Vente a Alemania Pepe o el Sacristán de Lo verde empieza en los Pirineos? ¿Adónde ha ido a parar la Ramona de Fernando Esteso, el flamante tractor amarillo y esa pareja de viejos que van camino de Albacete? Miren, lo máximo que estamos dispuestos a aceptar en beneficio del cosmopolitanismo son las bromas del Gomaespuminglish, que aquello sí que era divertido: “Gomaespuminglish, lección para lechones. Lechon uan”. Ahí sí que nos reíamos. Eso era diversión de la buena, sin nada de la afectación de estos listillos pretenciosos.

Había que invocar a las fuerzas patrias y el mismísimo Sánchez convocó elecciones, y los españoles (con la acostumbrada excepción de catalanes y vascos), nostálgicos de aquellos tiempos, votaron mayoritariamente a un tipo que dice Bruce Sprintrer cuando habla del Boss, Kevin Klein para referirse a sus calzoncillos de los domingos y Guchi a la marca del bolso de su señora, lo que me recuerda a aquel puesto del mercadillo de mi barrio que para anunciar las rebajas de noviembre puso el cartel de “Blas Fraile”. En fin, ¿qué se puede esperar de un tipo que dice que George Orwell escribió su famosa distopía ¡en 1984!?

Sé que algunos no lo ven así, y me pregunto por qué ven normal que se exija un nivel alto de inglés para cualquier trabajo de cierta proyección internacional (y a veces hasta comarcal, por aquello de sacar pecho ante los del pueblo de al lado) y no lo hagan para el máximo representante del Estado, que tiene que estar lidiando asuntos con otros dirigentes que, ellos sí, hablan inglés con fluidez.

¿Imaginan a Luis Vives, Erasmo de Rotterdam, Guillermo de Ockham o Copérnico siendo incapaces de comunicarse en latín? Claro que la excepción de la regla es el caso de nuestro San Vicente Ferrer. Ese sí, que “predicando siempre en su ‘lengua valenciana’ era comprendido por castellanos, franceses, vascos, italianos del Piamonte y Lombardía…”, pero, claro, se trataba de un santo y los santos pueden hacer milagros. No tengo claro que el ilustre lucense pueda hacer con el gallego lo que Vicente consiguió con el valenciano.

Román Rubio

Agosto 2023 


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martes, 11 de julio de 2023

TADZIO

 

TADZIO



¿Quién no tiene en el recuerdo aquel muchacho que  exhibía su hierática belleza por la playa del Lido de Venecia mientras sonaba el Adaggieto de la Quinta de Mahler? Algunos otros evocarán quizá al Tadzio de la novela de Thomas Mann, La muerte en Venecia, en la que el escritor maduro Gustav von Aschenbach se ve capturado hasta perder la cordura la respetabilidad y hasta la vida por el efecto de un adolescente lánguido y apolíneo, de una belleza fría y perfecta de estatua clásica y ojos color de mar, en una Venecia que empezaba a ser tomada por el cólera. ¿Qué hay de real y qué de imaginario en la novella del autor alemán que se convirtiera años después en Premio Nobel de Literatura?

Lo cierto es que el escritor, casado y padre de seis hijos, y que había tenido enamoramientos con otros hombres, coincidió con su Tadzio particular en una estancia en el Grand Hôtel des Bains del Lido veneciano en 1911. Se trataba del joven barón polaco Wladyslav Moes, de unos trece años de edad, que tal y como aparece tanto en la novela como en la bastante fiel película se alojó en dicho hotel en compañía de su familia por recomendación médica en la primavera de aquel año.

La propia esposa del escritor, Katia Mann, explica cuál fue la inspiración de su marido:

En el comedor, el primer día de llegar, vimos a esa familia polaca que aparecían exactamente como los describía mi marido: las niñas vestían de manera rígida y severa, y el encantador y bello muchacho de unos trece años vestía un traje marinero con cuello abierto y bonitos lazos. Captó inmediatamente la atención de mi marido. El chico era tremendamente atractivo y mi marido estaba siempre mirándolo en la playa con sus compañeros. No lo perseguía por Venecia, sin embargo, pero el chico lo tenía fascinado y pensaba en él a menudo…

El joven barón, ajeno a la atención que despertaba en el alemán, se hizo hombre y se casó en 1935 con la también noble Anna Belina-Brzozowska, con la que tuvo dos hijos. En 1939 ejerció como oficial del  ejército polaco, luchó en la batalla de Bzura y fue hecho prisionero y enviado a Oflag (campo de prisioneros para oficiales) en donde pasó casi seis años. Luego llegaron los rusos y el noble terrateniente fue desposeído de sus propiedades y se ganó la vida trabajando, mayormente como intérprete y en la Embajada iraní de Varsovia. Murió y fue enterrado en esa ciudad en 1986.

En 1964, Moes dio un interviú al traductor de Thomas Mann al polaco en el que revelaba que él había sido el inspirador de Tadzio en La muerte en Venecia.

Yo soy el chico. Incluso en Venecia me llamaban Adzio o a veces Wadzio… Pero en la historia se me llama Tadzio… así es como lo debió de entender el maestro... En la historia encuentro todo descrito exactamente, incluso mi ropa, my comportamiento —bueno o malo— y las bromas toscas en los juegos con mi amigo en la arena.

Yo estaba considerado como un chico muy guapo y las mujeres me admiraban y besaban cuando caminaba por el paseo. Algunas me dibujaban (…). El escritor debió quedarse impresionado por mis ropas poco convencionales y las describió sin omitir detalle: un traje de lino a rayas y una corbata roja, así como mi chaqueta favorita azul con botones dorados.

De modo que en la historia ya hemos desenmascarado a dos personajes protagonistas: Gustav Aschenbach, que no es otro que el mismo Thomas Mann, y el joven noble polaco, Wladyslav Moes, involuntario ídolo objeto del deseo estético (que no sexual) del escritor maduro. Ahora falta desenmascarar al tercero: el actor que impersona al joven Apolo en la película. Se trataba de un muchacho sueco, de nombre Björn Andrésen, al que Visconti  encontró en Estocolmo tras haberlo buscado por toda Europa al negarse Luis Miguel Dominguín a que el papel lo hiciera su hijo adolescente que vivía en Madrid y se llamaba Miguel Bosé. Y eso que Visconti era el padrino de la criatura.

El muchacho, el sueco, era algo mayor de lo que el director italiano buscaba, ya que tenía 15 años, y un poco demasiado alto para el gusto del director. Aún así, cuando se lo presentaron en el casting, Luchino fue consciente de que había visto a Tadzio.

Hoy, Björn tiene sesenta y tantos, se ha convertido en un hombre enjuto y triste, de largo pelo y barba blancos y vive en Estocolmo en un pequeño piso, al bode del  desahucio por su situación cercana al Diógenes. La película documental The Most Beautiful Boy in the World, presentada en el festival Sundance de 2021 y disponible en Filmin, da cuenta de su circunstancia actual y de lo que significó ese papel en la vida de un muchacho que nunca conoció a su padre y criado por su abuela tras la temprana muerte de su madre encontrada muerta en el bosque. Si les interesan las vidas tristes no se la pierdan. No es fácil ser el chico más guapo del mundo, como lo calificara Visconti en aquella lejana rueda de prensa de Cannes.

Aunque se tenga talento —y estoy pensando ahora también en el caso del español—, la carga puede ser demasiado pesada para ser llevada sin riesgo de derrumbe.

 

Román Rubio

Julio 2023

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