viernes, 28 de agosto de 2015

MUSEOS

MUSEOS


 Me encantan los museos. Cuando visito una ciudad me gusta tragarme alguno que otro, y de los grandes. El Louvre, el British, el Metropolitan…¡A ver!, lo que más me interesa de las ciudades es la calle y sus gentes: las tiendas, los bares, el metro, la cartelería, las aceras, la arquitectura y a la hora de comer, los restaurantes. Pero esto es agotador y el devenir, errático. Una visita al museo ayuda a llenar de contenido un día de idas y venidas añadiéndole la fatiga de largos periodos de tiempo de pie mirando atentamente, que es lo que más cansa del mundo, después de la siega con hoz, cosa que los de mi generación hemos visto cuando no practicado. Era la época en que esta (la hoz) estaba prohibido usarla junto al martillo y no como ahora que está demodé.

Yo no sé si a ustedes les ocurre igual pero el problema es que una vez salgo por la puerta se produce en mi mente un vacío que me impide acordarme de nada de lo que he visto dentro, Por ejemplo: sé que en una ocasión, hace unos seis años, pasé una jornada casi completa de mi vida recorriendo el Metropolitan Museum de Nueva York. Lo sé porque me hice una foto en un patio con cristalera a Central Park y en un cajón de mi escritorio encontré una chapa con el anagrama del museo que recuerdo que me dieron con el ticket de entrada. Y nada más. Lo demás es un vacío. No recuerdo nada de lo que pude ver allí. Nada. Me suena que pasé cierto tiempo en unas salas de ¿arte africano? Pero quizás fue en alguna tienda de Ruzafa importadora de artesanía senegalesa a la que fui meses más tarde… No sé. Del British, en el que he estado varias veces, recuerdo, sobre todo, la cúpula de Foster que cubre el patio que conocí como tal en mis primeras visitas; tengo un nítido recuerdo de la biblioteca –The Reading Room- circular, que encontré cerrada por reformas en mi ¿última? visita y vagamente algunas momias y grandes figuras de granito o similar que asocio con el arte asirio.

 Del Louvre… bueno, del Louvre me vienen a la memoria grandes multitudes. La imagen más poderosa del museo parisino es la de decenas de personas, muchos con rasgos orientales fotografiando La Gioconda. Recuerdo también al vigilante de la sala recriminándome el hecho de que yo me dedicara a fotografiar a los fotografiadores de la dama florentina en una especie de metajuego burlesco. Eso, y las sales de arte musulmán a las que mi amigo Alfredo Jorquera (parisino de pro) me llevara para huir de las muchedumbres y de las que recuerdo eso, las salas y nada del contenido.
De la National Gallery sólo me viene a la memoria una secuencia de cuadros, marriage-a-la-mode, de William Hogart, a quien dedico un artículo de este blog (Dos caricaturistas, Enero 2015) y porque fui a verla ex profeso. Del Museo de la Academia de Venecia que visité recientemente, recuerdo metros y metros cuadrados de tediosas escenas venecianas, de celebraciones y eventos en el Gran Canal y en la Plaza de San Marcos y en cuanto al Arte Moderno  ¿qué quieren que les diga? Recuerdo con agrado el último piso del Museo d’Orsay, dedicado mayoritariamente a los impresionistas y las salas de los siglos XVIII, XIX y XX de la National Portrait de Londres, uno de mis museos favoritos, más como testimonio de la historia de Inglaterra que por la calidad artística de sus pinturas, que sin duda la tiene. El Arte Contemporáneo, simplemente pasa desapercibido para mí. De hecho son los textos crípticos y pretenciosos que acompañan al objeto artístico lo que más me llama la atención de gran parte de las exposiciones que he visitado, incluido museos.

Son los museos pequeños los que dejan huella en mi memoria. Recuerdo uno en una localidad perdida de Oklahoma en dónde se exhibía carretas de colonos con sus pobres utensilios y unos estupendos mapas mostrando los famosos cattle trails de conducción de ganado de Texas al ferrocarril de Abilene o Dodge City en Kansas. Anexo al Museo, atendido exclusivamente por voluntarios (otra de las grandezas del país norteamericano) se encontraba la casa del que fuera gobernador o Administrador del Territorio, pues ese era el estatus de unas tierras que no se convertirían en Estado de la Unión hasta 1914. Aún recuerdo con ternura la bandeja con el pollo y los vegetales de plástico que había en el horno de la cocina de la mansión para dar más realismo a la escena de época.

Unos miles de kilómetros más al Este, en la localidad de Requena existe el Museo Municipal, al cual fui hace poco, más que nada, por revisitar el edificio, viejo conocido mío por razones que no vienen al caso. Entre maquinaria arcaica de elaboración del vino y recopilación arqueológica (y mineral) de la zona hay modestas recolecciones etnográficas de cosas como la vivienda de la zona desde el 1800 o la vestimenta de la comarca durante los tres últimos siglos, así como documentos fotográficos de labores domésticas y agrícolas como la matanza o la vendimia. En fin, algo para mí conocido, menos exótico que las costumbres de los colonos americanos pero en el plano personal más interesante que la mayoría de los espacios de Arte Contemporáneo. Y si para mí la matanza del cerdo o la vendimia no es algo que me resulte exótico o atrayente, seguro que lo será para los Cherokee de Oklahoma…

Román Rubio
@roman_rubio
Agosto 2015

martes, 25 de agosto de 2015

LIVERPOOL

LIVERPOOL                              
















“This is Anfield” reza el cartel que hay a la salida al terreno de juego en el estadio de Anfield Road, en Liverpool. El mensaje advierte al visitante de que está en una tarde de las grandes, en las que hay que sufrir y al local le recuerda para quién juega. Aquí hay que darlo todo. Nada de tonterías ni medias tintas. Por si alguien olvidara mirar al cartel o no entendiera bien el mensaje, el público le recibirá con un cántico de hermandad y entrega: el You’ll never walk alone”, himno del Liverpool F.C (los reds), para hacer ver a los jugadores que aquello es una hermandad, que están con ellos a muerte y que esperan de ellos lo mismo, o más. Si el visitante es el Manchester United, el gran adversario de la ciudad hermana y rival del interior, el clamor del estadio será atronador,  y si se trata del Everton (el otro equipo de Liverpool) también. El fútbol ostenta sin ninguna duda un lugar prominente en la vida de la vieja ciudad portuaria y sus escenarios son Goodison Park (Everton ) y Anfield (Liverpool).

La tribuna más famosa del equipo de los reds es, sin duda, la conocida como The Spion Kop en honor a la batalla de la guerra de los Boers, en suelo africano, en la que perdieron la vida más de 300 hombres del Regimiento de Lancashire, muchos de ellos de Liverpool (scousers, como se les conoce en Reino Unido). En la actualidad, después de que se instalaran asientos en 1994, aloja a 12.390 seguidores o kopites, pero antes de la remodelación albergaba cada tarde unos treinta mil. El hacinamiento era tan considerable que a menudo uno no tocaba con los pies en el suelo, sobre todo cuando alguien como Ian Rush pisaba el área contraria. Según testimonio de un hincha había que ir con los bolsillos vacíos a la grada. “Yo dejaba las llaves en casa y me gastaba hasta el último penique en pintas antes de entrar al campo”. Los desvanecimientos eran frecuentes y quienes tenían la mala suerte de caer desmayados eran sacados de la grada por los mismos espectadores por encima de sus cabezas, y era tradición vaciarle los bolsillos. Era la ley: el que se desmayaba, pagaba una ronda. La grada está regida por unas leyes sencillas y que se echan de menos en otras latitudes (incluyendo mi tierra): aplaudir al rival si jugó mejor, animar al Liverpool con independencia de rival y resultado y prohibición de banderas inglesas y gritos racistas. Los insultos al rival no están bien vistos. No me digan que no se unirían a un club de tipos que te vacían los bolsillos de manera “voluntaria” para pagar la ronda si tienes la descortesía de desmayarte y se comportan con esa caballerosidad vociferante en el estadio. ¡Nada que ver con los descerebrados que acostumbro a ver en mis visitas a Mestalla!
Liverpool es una ciudad legendaria por muchas razones. De su puerto salieron unos dos mil barcos negreros entre 1730 y 1770, que transportaron más de 300.000 esclavos de las costas africanas a América y gestionaba el 40% del comercio mundial a principios del siglo XIX. Allí se traían las materias primas de todas partes del mundo para ser transformadas en el hinterland del norte de Inglaterra en productos manufacturados y ser devueltas al puerto del estuario del Mersey para ser distribuidas por todo el mundo.

Para ello se construyó la primera línea de ferrocarril Manchester- Liverpool servido por locomotoras a vapor que corrían a la vertiginosa velocidad de 27 km/h espantando con sus atronadores bufidos a personas y animales a lo largo del trayecto y produciendo vértigos, esterilidad y otros trastornos provocados por la velocidad. Cada milla o menos se encontraba apostado un policía que debía indicar al conductor de la locomotora que la vía estaba libre extendiendo ambos brazos. En caso de bloqueo de la vía, el agente debía correr una milla en dirección contraria para indicárselo al conductor del siguiente tren…



 Pero si hay algo que está grabado a fuego en el ADN de la ciudad y de lo que los habitantes hacen gala es de ser la ciudad de los Beatles. Si llegas en avión, lo harás al aeropuerto John Lennon y si tratas con locales y visitas sus casas te contarán que al final de esa misma calle vivió George Harrison, está la escuela en la que estudió Paul McCartney o todavía vive el primo hermano de John Lennon. El pub de la esquina era frecuentado por Ringo y el taller de reparación de coches es el garaje en el que ensayaban The Beatles antes de su estancia en Hamburgo. Eso, y The Cavern, que como todo el mundo sabe es el club en el que actuaron 292 veces entre 1961 y 1962. Hay un dato, sin embargo, del que los locales no están muy orgullosos. En mis visitas a la ciudad nadie me señaló nunca la casa en la que nació Ringo Starr. Ringo nació en el número 10 de Madryn Street, en Dingle, distrito próximo a los muelles y zona de derribo como pueda ser la del Cabañal, en mi ciudad. Si nos acercamos a ella desde Google Street View apreciaremos la desolada imagen de casitas –terraces- victorianas deshabitadas con paneles en puertas y ventanas. El distrito de Dingle, dentro de la zona de Toxteth es el lugar en el que se produjeron los violentos disturbios de 1981, los Toxteht riots. Durante nueve noches consecutivas, las llamadas nueve noches de la ira, los enfrentamientos entre jóvenes y policía, ocasionados por el paro, las condiciones de vida y la brutalidad policial, dieron con 470 policías heridos y setenta edificios incendiados que requirieron demolición. Desde aquel episodio, si no antes, el área se ha convertido en un devastado barrio en el corazón de una ciudad que ha visto reducida su población a la mitad; de los ochocientos mil que contaba en 1931 a algo más de cuatrocientos mil con que cuenta en la actualidad

Como dijo mi amigo Albert McGregor (Glaswegian de origen, catalán de residencia ¿y corazón?) en su Facebook, refiriéndose al precio irrisorio de la casa del beatle  en el mercado inmobiliario: ¡la infancia de Ringo, tasada en 525 libras!
Las otras las ganó luego, ¡con dos palitos!

Román Rubio
@roman_rubio
Agosto 20015

martes, 18 de agosto de 2015

LA IZQUIERDA Y EL GASTO

LA IZQUIERDA Y EL GASTO

En mi último artículo (Dispendios) me referí al gasto sin sustancia que algunas regiones españolas (todas, en realidad) habían llevado a cabo en los últimos tiempos. Me refería a Valencia y Madrid, pero sospecho que poniendo la lupa en el asunto del derroche podía haberme referido a cualquier otra región: La Ciudad de la Cultura en Santiago y el Museo de las Palabras de Vigo (no me digan que el nombrecito no invita, por sí solo, a tirar mano a proteger la cartera del contribuyente), la Ciudad de la Energía de Soria, la Torre del Agua de Zaragoza (que no la de Chicago), la estación de esquí seca de Valladolid, los tranvías de Jaén, Vélez-Málaga, Parla… los múltiples aeropuertos infrautilizados (Huesca, Lleida, Murcia II, Castellón…), las autopistas prescindibles y los numerosos kilómetros de AVE, que hacen de la infraestructura ferroviaria un lastre de deuda que se tardará más de 65 años en amortizar; bueno, en amortizar no; en pagar, que se parece pero no es lo mismo. Eso sí, la hipoteca sobre la generación que nos sigue permitirá que nos podamos desplazar (a Madrid, claro) más cómoda y rápidamente que ningún otro ciudadano en el mundo. ¡Toma ya!

La deuda pública supera el billón de euros, situándose próxima al 100%, lo que supone más de 22.000 euros por persona, y la izquierda pide… más gasto. Los analistas de izquierdas, los tertulianos de izquierdas, los políticos de izquierdas, los amigos de izquierdas, los vecinos de izquierdas y hasta Felipe González, que como Toni Blair no se sabe bien si es de izquierdas o no, piden, día sí día también, luchar contra lo que llaman el “austericidio” alemán y abogan por el aumento del gasto. Más gasto para España, para Grecia, para Alemania, para el mundo, para lo que sea: más gasto, de modo que si –como es mi caso- te posicionas en la discusión de parte de la austeridad, el ahorro y el cumplimiento de las obligaciones contraídas te tachan de traidor a los fundamentos de la izquierda.
Pues, no, señores. El núcleo de la posición de la izquierda no ha sido el gasto sino la distribución del mismo. No se trata de cuánto se gasta sino de cómo se distribuye. Ese fue el fundamento de las políticas de Clement Atlee en Gran Bretaña, de Willy Brandt y de Olof Palme. El socialismo democrático, tal y como se le conoce tras el abandono de las tesis  marxistas ocurrido tras la segunda guerra  mundial aboga por una intervención estatal en los procesos de redistribución más que en los procesos de producción –punto de vista marxista-, utilizando el instrumento de una política fiscal progresiva. Esta estrategia (socialista) es la que edificó el estado de bienestar en Europa, al que nosotros, los españoles nos sumamos con retraso y deberíamos velar por no perder. Que algunos confundan el estado del bienestar (garante de pensiones, servicio de salud y educación de calidad) con pistas de esquí en la meseta y autopista a su pueblo es algo que me inquieta, sobre todo cuando cada vez que hay que pagar paga extraordinaria a los pensionistas hay que echar mano del fondo de reserva y cuando los trabajadores que se incorporan al mundo laboral son cada vez menos y peor pagados.
El gasto por el gasto no genera más que deuda y la deuda hay que pagarla. Me sorprende que amigos notoriamente de izquierdas y observantes de normas morales estrictas en su vida privada se desmelenen pidiendo más gasto y condonación de deuda para Grecia, Portugal, España, Comunidad Valenciana, Puerto Rico, California o Detroit. Personas que en lo personal han sido escrupulosos y comedidos en el gasto y que jamás han pedido ni un céntimo que no se hubieran visto seguros de devolver, tal como habían aprendido de sus padres y abuelos, se muestren indulgentes con la perniciosa gestión de políticos nefastos y apuesten por hipotecar el futuro de otra generación (la de sus nietos, puesto que la de sus hijos ya está hipotecada) para seguir haciendo payasadas como las descritas, o para mantener anacrónicos y elitistas ejércitos (caso griego), llevar a cabo obras innecesarias o mantener pensiones más altas que los salarios a prejubilados gorditos y holgazanes. ¿A qué viene esa disociación a lo Dr. Jekill y Mr. Hyde de austeridad en lo privado y gasto en lo público?

 
No, señores. No se trata de eso. Algunos, para argumentar su desvarío, alegan el caso de la condonación de deuda a Alemania como argumento, sin tener en consideración que la deuda alemana, en su origen, provenía de unas condiciones draconianas impuestas por los aliados en el armisticio de la Primera Guerra Mundial y que fue la causa principal de la Segunda Guerra, acrecentada esta por los gastos de la reconstrucción del país en los años cincuenta y sesenta. Seamos serios: reconozcamos que la situación es tan distinta que podemos cambiar la vara de medir. No se trata de levantar un país asolado por la guerra sino permitir que éste viva por encima de lo que produce en bienes y servicios.

Así lo aprendimos de nuestros padres y nuestros abuelos y así lo hemos aplicado a nuestra situación personal y familiar (algunos), tanto de izquierdas como de derechas: gasta lo que ganes, pide lo que estés seguro que puedes devolver y guarda algo “for a rainy day”. Lo demás, milongas. Milongas favorecidas por chamarileros, vendehumos, fantasiosos, tramposillos, pillastres, muñidores de bolsa ajena, charlatanes, demoradores de pago, ingenierillos financieros, trileros y contemporizadores de la dignidad, la seriedad y el respeto. Chiquilicuatres.
Román Rubio
@roman_rubio
Agosto 2015


domingo, 16 de agosto de 2015

DISPENDIOS

DISPENDIOS                                                                                                                                                                                                          
             
Se nos achaca a los valencianos –y con razón- la posición de campeones en el tiovivo del dispendio soez e innecesario que ha sacudido España en los últimos años. Nuestras Ciudades Quiméricas: la de La Luz en Alicante, la de Las Artes y las Ciencias (¿podría existir un nombre más pomposo e infantiloide?) en Valencia, el aeropuerto de Castellón, nuestros ruinosos eventos deportivos, las caravanas de coches oficiales que guiaban a nuestros iluminados líderes (votados por cientos de miles de pardillos) por los mejores y más caros hoteles de la geografía española, o de Bruselas, o Nueva York, en donde se alquilaban los  mejores salones para que los elegidos por nuestros intelectualmente deficitarios paisanos, se elogiaran unos a otros, se impusieran medallas  y hartos de loarse recíprocamente en su tierra, lo hicieran en lugares con más caché y muchísimo más caros, aunque con la misma trascendencia.

Los valencianos con seso –entre quienes me cuento- creíamos haberlo visto todo. No había ningún dispendio,  nada baldío, superfluo o prescindible en que se pudiera derrochar el dinero que no hubiéramos visto ya. O eso creía yo. Hasta que fui a Madrid.

El mes pasado viajé con mi coche a la capital con el propósito de recoger a alguien del aeropuerto. Comoquiera que la persona llegaba en un vuelo a las ocho y pico de la tarde, decidí coger una habitación en un hotel cercano al aeropuerto, en un lugar en el que la ciudad, sin dejar de serlo, pierde su cara más aseada y compacta para convertirse en el reino del chapista, el almacén, el moderno edificio de oficinas y la sede del periódico en español con vocación global (ya me entienden). La distancia al aeropuerto debía de ser mínima: ¿un par de kilómetros? pero mi impericia al volante y la sobreinformación de paneles de autopista me condujeron a una vía… de peaje. La verdad es que siento pudor al confesarlo, porque la distancia a recorrer era tan insignificante y la dirección tan recta que el asunto resulta ridículo, pero es así. Salgan ustedes por Alcalá, sigan indicaciones al Aeropuerto y verán una señal que les dirige a la T4 (con peaje). Ni que decir tiene que el único vehículo en tan holgada y a todas luces innecesaria autopista era el mío. Bueno, no. Coincidí en la cabina de pago con un BMV que pagaba (como yo) diligentemente sus modestos dos euros y pico de impuesto revolucionario a la elite extractora del país. Nos miramos ambos y bajamos la vista como cuando te encuentras con alguien orinando a la vuelta del arbusto.

   
  


La siguiente sorpresa fue la T4. Llegué con más de media hora de antelación y me dediqué a recorrerla. Aburrido de las puertas de llegada, copadas por papás y mamás que recogían a sus hijos de vuelta de los ruinosos e improductivos viajes al Reino Unido a aprender algo de italiano o japonés, subí al área de salidas en busca de emociones exóticas. Para mi sorpresa, me encontré con un vestíbulo inmenso, pero inmenso, prácticamente vacío; sólo estaban ocupados el quince o veinte por ciento de los mostradores de facturación y éstos (con un par de excepciones de líneas del Oriente Medio) con un puñado de pasajeros facturando; el resto tenía las persianas cerradas y las cintas de bloqueo del paso puertas. Y me pregunto: ¿hacía falta tal desmesurado y caro templo para tan modesta parroquia?

En el camino de vuelta había más sorpresas, pero la prudencia me invitó a programar el GPS de modo que evitara los traicioneros peajes y debí conducir atento a los cruces, de modo que las obvié. Bueno, todas menos una. En un momento dado me topé con todo un estadio, llamado FCC (Florentino Contreras Carvajal) según el cartel y conocido como La Peineta, o algo así. Y lo entendí todo. Eran (son) tan manguis como nosotros y sus electores tan débiles mentales, pero más numerosos.

Román Rubio
@roman_rubio
Agosto 2015

jueves, 13 de agosto de 2015

VERANEO

VERANEO


Veraneo a las afueras de un pueblo (uno de los miles de pueblos de España; semipintoresco, con vestigios de lo que un día fuera un castillo y buen agua; como decía mi padre: “cuídate de los pueblos que presumen de buen agua. Suelen ser los más aburridos”. El mío lo es. O lo es para mí que no gusto, como otros,  de largas partidas de dominó en las tórridas tardes del agosto ni me entusiasman los bailes en la plaza. El porqué de mi afición por pasar aquí gran parte del verano “el veraneo” es algo que no deja de intrigarme. ¿Será porque pasé aquí los veranos de mi infancia y hay una memoria de sensaciones olfativas y cutáneas ancestrales, telúricas casi? ¿Será que amo o necesito el tedio?, ¿es simplemente masoquismo? Lo cierto es que cuando intento huir del aburrimiento y me aventuro a la costa para unirme a fiestorros y celebraciones echo de menos la quietud, el silencio intenso del pueblo solo roto por las chicharras y las monótonas campanadas de la torre de la iglesia. Y aquí vuelvo. Y aquí estoy.
Mi casa está en una parcela de unos 4oo metros cuadrados junto a otras casas, todas ellas de parcela y jardín; las de mis inmediatos vecinos, de parcela mas grande. No sé si a ustedes les ocurre lo mismo, pero mis vecinos poseen toda clase de máquinas outdoor imaginable: cortadora de césped a motor de combustión, motosierra, podadora de setos, aspiradora y hasta máquina de barrer. Sí, se trata de ese aparato con el que se afanaba mi laboriosa vecina el otro día como a las diez de la noche y que, a costa de un ruido  desagradable, desplaza a soplidos las hojas y agujas de pino hacia un lugar en el que, inevitablemente, tenemos que recurrir a la escoba y el recogedor, que es con lo que, de seguir los dictados del  sentido común, deberíamos haber empezado.
A ver, mis vecinos son gente estupenda, de los que elegiríamos como tales si el caso se presentara. Amantes de la vida en familia, son educados (un plus en los tiempos que corren), gentes de bien, prestos a echar una mano si hace falta y poco amigos de fiestas con música y griterío, lo que es de agradecer. Solo tienen un defecto;  probablemente el mismo que los tuyos, amigo lector: les gusta hacer muchas cosas (son gente activa) y les gusta hacerlo con máquinas que, aconsejados por el diablo del consumo, adquieren compulsivamente en almacenes de bricolaje. Sin atender al ruido que puedan producir, la energía que consuman, las posibles averías o la cantidad de trabajo a realizar: si hay máquina para ello, me la compro.


Recuerdo un artículo del escritor Bill Bryson, que es quien mejor sabe poner la lupa en las rendijas de la vida americana cotidiana, en que el autor va a una de esas inmensas tiendas de su país, paraíso del DIY, con la ingenua pretensión de comprar un cortacésped de los que no tienen motor, que funcionan con el solo impulso que le damos al andar. ¿Para qué iba a querer alguien algo simple, sin averías, que haya que empujar habiendo otro con motor, que produce un ruido infernal, necesita gasolina para funcionar y encima tiene averías? Seria de tontos. O de tipos como Bill, que aunque americano de nacimiento, ha vivido largos años en Yorkshire (Inglaterra). Los dependientes le miraban con cara de incrédulos al verse en presencia de alguien tan absurdo que quisiera comprar algo a lo que hubiera que empujar y al final hubo que encargarlo del catálogo de la tienda. ¿Para qué habría de haber en stock máquina tan desfasada y absurda? No pareció reparar nadie que para los sesenta metros de césped de la casa del escritor no hacía falta comprar un tractor como el que dieron a Forrest Gump para que se entretuviera cortando (gratis) el césped del campo de fútbol.


Mis vecinos –gente honrada y de buen trato, como ya he dicho- son de los que sienten un sudor frío ante la perspectiva de recoger hojas con algo tan simple y arcaico como un  rastrillo o una escoba; ni en sus peores sueños contemplan el hecho de recortar un seto con tijeras de podar ni usar un artefacto al que haya que empujar para hacer algo: “Ophra does not walk, Ophra does not do stairs”, dijo Ophra Winfrey en una ocasión, según versión de su biógrafa Kity Kelley. Tiempos hubieron en los que la niña de Kosciusko (Misisipi) tenía que andar o subir escaleras, pero no después de que se convirtiera en una celebridad y hablara de ella misma en tercera persona, lo que no está nada mal para alguien nacido en Kosciusko; ¿no hay acaso coches y ascensores? Y si hay que andar, por aquello de los michelines y  la salud cardiovascular, para eso está la cinta del gimnasio, tan cómoda ella. Me mide la distancia recorrida, me regula el paso, consume electricidad, se estropea de vez en cuando, me da la oportunidad de adquirir una  de tanto en tanto con funciones nuevas y la puedo usar al tiempo que veo mi programa de televisión favorito. Yo no tengo programa favorito, de modo que hago zapping hasta que encuentro uno en el que no sale Marhuenda.

Román Rubio
 @roman_rubio
Agosto 2015

miércoles, 5 de agosto de 2015

CATALANES Y ESPAÑOLES

CATALANES Y ESPAÑOLES









A propósito de mi artículo titulado Doblajes, mi amigo de Madrid, Bernardo Gandía (nombre aproximado), hombre de mundo y con gran inquietud por los asuntos de actualidad,  me contesta vía red social en los siguientes términos:

 Me daba pereza, pero hay tantos caminos desde donde se puede abordar la boutade que lanzas en tu ultimo párrafo, que al final te enlazo uno. Tambien podríamos hablar de 30 años de doblajes en catalán, donde los únicos personajes que hablan en español son las putas, los asesinos o los indios, en los westerns clásicos, o algunos vaqueros y los soldados, como en La Puerta del Diablo o Bailando con Lobos, donde los indios son los buenos y los malos son esos blancos que hablan en español. Pero ya conocemos esos doblajes, llevamos viendolos toda la vida. Así que te dejo este otro tema, que toca tangencialmente el tema del latino, para darle vueltas a por qué un continente entero de 450 millones acepta ese acento, mientras en España, siendo 45 millones, nos peleamos por imponer una u otra de nuestras 5 o 6 lenguas cooficiales sobre la que suma 500 millones de hablante, también en los doblajes de películas

Comoquiera que mi respuesta va a ser más larga que lo que aceptan las reglas de cortesía de las redes sociales, he decidido contestar “en abierto”. Tienes razón, Bernardo, al considerar mi última frase (no párrafo) como una boutade: lo de “doblar con acento catalán para pasmo de muchos”. En realidad es esa última frase que se escribe sin otro propósito que el de desconcertar al lector y hacerle preguntarse si  había entendido bien lo leído anteriormente; en fin, una chorrada. También estoy totalmente  de acuerdo con la tesis de del artículo de Roncagliolo en el diario El País


 del que me mandas el enlace y que ya había leído y aplaudido. Barcelona (que no Cataluña), ha perdido (está perdiendo), para su desgracia, su antiguo rol de capital de las letras en español, de hub de las editoriales en lengua española, para España y para el mundo, de meca de escritores españoles y suramericanos (García Márquez, Vargas Llosa…) que, en su día, fueron a vivir a una capital catalana cercana a Europa, acogedora y libre de prejuicios, capital de las letras hispanas compartida con Buenos Aires y el DF, para convertirse, tras este vendaval nacionalista, solo en la capital de Cataluña. Mal negocio, a mi parecer, al tuyo y al de Rocagliolo.

Los nacionalistas catalanes –y muchos otros no nacionalistas de allí- han  visto al castellano bien como la lengua de los pobres desarrapados que llegaban a su país desde Andalucía, Extremadura o La Mancha en busca de comida (no considerando, a menudo, que también venían a “producir” comida) o bien como la lengua de dominación y represión: la de la Policía Nacional, Guardia Civil, planes de enseñanza, jueces y juzgados  e Iglesia, lo que es una tremenda simplificación de los registros de una lengua hablada por más de cuatrocientos millones. Hasta aquí, totalmente de acuerdo.

Pero, amigo Bernardo, ¿Qué hay por la otra parte? Esa que, formada por tantos miles y miles de madrileños, leoneses, cordobeses, murcianos y conquenses, manifiestan de manera continua e irreflexiva (o demasiado reflexiva) su burla y menosprecio por la lengua de Cataluña en las redes sociales, medios de comunicación y chistecitos entre amigos. Te recuerdo que en la España que tú y yo hemos vivido (aún vivimos, por fortuna) era común aquello de: “A mí, hábleme usted en cristiano”; este comentario podía oírse en cualquier lugar en que hablase un catalán en su lengua, fuese en la mili o en el estanco y lamentablemente, también en Barcelona, Tarragona o Lleida.

Por alguna razón que ignoro, el mero sonido (la fonética) de la lengua catalana irrita de manera inconsciente, y misteriosa al castellano. Parece ser visceral. Lo he podido apreciar claramente viviendo en el extranjero y relacionándome allí con catalanes y no catalanes. Como valenciano, familiarizado con el catalán y semihablante de esa lengua me ha llamado la atención el fenómeno de rechazo ancestral que el catalán produce en las tripas de muchos castellanoparlantes, cosa que no ocurre con el gallego y, ni siquiera, con el vascuence (o eusquera).

Muchos catalanes atribuyen a esta actitud el origen de su desamor por España. Para muchos otros castellanos son las continuas coces que los catalanes con sus iniciativas independentistas lanzan,  la causa del inevitable alejamiento. Lo cierto es que estamos en el irresoluble y estúpido acertijo del huevo y la gallina. Para ti, insigne madrileño, es el huevo el origen de la vida, para otros buenos amigos catalanes (e independentistas) que sé que siguen este blog, es la gallina; o trasladado al escenario iconográficamente más enconado y cutre: el toro y el asno.

La dinámica es esa. Y el resultado, mal que me pese, será, antes o después, la segregación de Cataluña. Y eso, muy a pesar de quienes sí que hemos sentido una sincera admiración y respeto por esa tierra y sus expresiones culturales. Veo imposible el acercamiento de posturas. Es más, cada día lo veo más lejano. Unos quieren romper la pareja por puro desamor. Otros quieren mantenerla, pero no por amor, ni porque hayan cambiado sus sentimientos, sino por puro sentimiento de posesión. Y eso no lleva más que al divorcio. Quienes no quieren la separación aducen que esta es ilegal. Y es cierto. Pero nosotros, tú y yo, que conocemos el mundo antes de que el divorcio fuera legal, sabemos que cuando uno quiere largarse –y el otro no le ama, solo quiere poseerle- termina yéndose, y que la ley no la escribe Dios grabada en tablas como nos contaban los maestros en la escuela: la hacen los hombres, y a menudo, para legitimar hechos consumados.

Román Rubio
#roman_rubio
Agosto 2015 

lunes, 3 de agosto de 2015

BOOKTUBERS. LAS PALABRAS DE FA

BOOKTUBERS. LAS PALABRAS DE FA











La gente no lee. A pesar del ingente número de canales de televisión en mi país, no conozco un solo programa dedicado a los libros. Los hubo; y todos murieron por inanición. Relegados a horas imposibles, fuera de la máxima audiencia, personajes como Sánchez Dragó –en su Faro de Alejandría- se sentaba en una mesa con un montón de libros y algún invitado (autores en promoción de su producto, sobre todo) y se dedicaban a parlamentar y a escucharse unos a otros convencidos de que casi nadie iba a escucharles a ellos, aparte de los técnicos de la casa, que así se ganaban la vida.


Hasta los franceses dejaron de emitir el programa Apostrophes. En 1990, el afamado e independiente  (de las editoriales) Bernard Pivot grabó su última entrega del prestigioso programa que se venía emitiendo en Antenne 2 desde 1975 los viernes a las 21.30, hora de máxima audiencia. ¡Franceses tenían que ser!.

En otros lugares, como los Estado Unidos –país que no conozco lo suficiente- he visto de manera esporádica como personajes como Oprah Winfrey en un pasado reciente y algún otro monstruo de la televisión presentan y hacen crítica de libros en alguna sección de sus magazines. Poca cosa y, a menudo, con un tufillo comercial.

Los comentarios de mis compañeros (y sin embargo amigos) profesores de Lengua y Literatura son, a menudo, descorazonadores. Los alumnos no leen, no quieren hacerlo y no les interesa la lectura. Todo lo que está fuera del ámbito de la imagen y de lo digital les es ajeno; y la culpa no es enteramente de ellos; sus padres tampoco lo hacen y los alumnos -los jóvenes- no son sino un reflejo de una sociedad ignorante y hedonista incapaz de procrastrinar y dosificar el placer a la manera que la literatura nos propone. Punto.

Pues bien, esto no es así. O no del todo. Recientemente he descubierto un personaje, Fátima Orozco, mejicana, de 21 añitos que me ha desmontado  los prejuicios que yo compartía con mis compañeros de tarima.

Veamos, la chavita (que me perdone si el apelativo es inadecuado –no controlo los modismos de allá-) tiene un canal en You Tube que se llama “las palabras de Fa” con más de 26.500 suscriptores y más de 11 millones de reproducciones y la encantadora joven no hace exhibicionismo ni sube vídeos –o videos como dicen ellos- de gatitos y bebés, no. Solo habla de libros. ¿Que les cuesta trabajo creerlo? Pues compruébenlo. Por utilizar su propio lenguaje (el de Fa) se lo linkeo aquí abajo para que ustedes lo puedan clickear y comprobarlo:





Si la primera sorpresa es el éxito del canal, la segunda es el lenguaje. Fátima (Fa) exhibe un gesticulador desparpajo en un español pleno de modismos mejicanos y salpicado de innumerables voces inglesas (inglés americano). Por ejemplo: hablando de la novela –y película- Cincuenta sombras de Grey, dice cosas del estilo: “No porque yo sea bien persignada y diga: Oh, my god!… no, no. Es que ella (Anastasia, la protagonista) es así como: What’s going on? Porque es así como supervirgin…” Sostiene que la novela (o novelas) nació como un fan fiction de Crepúsculo y añade que lo leyó en inglés por recomendación de una amiga porque si en inglés ya encuentra ridículo el argumento (so funny), en español ya es el acabose. Christian Grey no para de decir cosas ridículas como “nena, nena”, -lo que para un mejicano debe ser el colmo de lo estrafalario y risible-.

En un momento dado, Christian “dice algo asi… de lo mas psycho apoyado por una música, lo cual, a veces es medio creepy”, y en otro momento “Christian está diciendo algo supercañón a esta morra”… En el lavabo, en donde se había proyectado la película a cuyo preestreno había sido invitada Fa, las mujeres se lamentaban de que “todo no fuera así, algo más específico, if you know what I mean…”

Ya se pueden hacer una idea del estilo, pero si quieren empaparse de verdad, véanla en su canal. No les decepcionará. ¿O sí?

La mejicana no es un fenómeno aislado : son los booktubers, un mundo en el que los jóvenes se comentan las lecturas, se las recomiendan unos a otros y ejercen de críticos, sin academicismos, a su manera. En EEUU, el cómico Creg Edwards, en su canal Thug Notes ha conseguido que su relato de la novela Matar un ruiseñor sea leído por más de 850.000 personas, y los vídeos de Fátima superan la cifra de público más optimista que puedan tener las reseñas en un suplemento cultural como Babelia (El País).

En España también tenemos nuestros populares booktubers. Aparte de Javier Ruescas y el prolífico Sebas G Mouret, he consultado los canales de May R Ayamonte (31.382 seguidores, 56.875 visualizaciones), Fly like a butterfly (28.100 seguidores) y Nube de palabras (42.156 seguidores), todos ellos conducidas por chicas de entre 20 y 25 años y todas ellas hablando apasionadamente de libros y también de cosas como book tags (juegos y preguntas), challenges (retos), wrap ups (libros del mes) y bookhauls (libros adquiridos). No garantizan calidad y/o rigor; lo único cierto es que cada una de ellas tiene una enorme influencia en la opinión y gustos literarios de la gente de su generación. De manera libre, alejada de las tarimas, editoriales y empresas de comunicación. Por su cara bonita y bien hacer.



¡Y estos son los que no leen! ¿No será que lo hacen de otra manera?, ¿o que se lo cuentan entre ellos de otro modo? No conozco las cifras de las editoriales. Sospecho, eso sí, que son considerables en lo referente a literatura juvenil y fantástica. No soy, pues, capaz de hacer un análisis profundo del tema pero a lo que sí me atrevo es a recomendar a todos mis amigos profesores de literatura a bucear en este mundo de los booktubers durante unos cuantos días aprovechando las vacaciones de verano. Sacarán muchas ideas que probablemente les servirán para sus clases; y, sobre todo, verán por dónde van los tiros. Si no lo saben ya.
Román Rubio
#roman_rubio
Agosto 2015 


jueves, 30 de julio de 2015

DOBLAJES

DOBLAJES













Nueva Zelanda es un país lejano, lo que, dada la forma esférica del mundo, es un contrasentido;  como dijo el torero de Triana tras torear en Bilbao: “Sevilla está donde tiene que estar, lo que está lejos es esto”. Hay un geocentrismo muy aceptado. En los mapas mundi  Europa está en posición central; a la derecha el oriente (Asia) y a la izquierda el oeste (América). Para algo debe servir el haber inventado la cartografía. He visto alguna vez algún mapamundi con América en el centro, pero es un fiasco. A un lado Europa y al otro un enorme vacío azul (el Pacífico) y la punta de un continente (Asia). A pesar de  los mapas, los americanos se ven en el centro del mundo: a un lado Asia, al otro Europa y allá a su frente, Oklahoma. No sé cómo dibujan los mapas los neozelandeses, nunca he estado allí, pero me temo que usan el punto de vista europeo, con lo que están  resignados a verse en un rincón del mundo.

 Son anglosajones de origen en su mayoría y hablan inglés, lo que es bueno para jugar un papel en el teatro del mundo y corrige en gran medida la frustración de estar en el rincón del mapa que les hace estar cerca de… Australia, otro outcast.

Me consta que es un país precioso. La isla sur está recorrida por los Alpes neozelandeses y el extremo sur de la isla, Fiorland, goza de un paisaje de fiordos similar al de Noruega. Fue, sin duda, la espectacularidad de sus paisajes el motivo decisivo por el que se decidió rodar allí la saga cinematográfica de “El Señor de los Anillos” y eso es algo de lo que los neozelandeses están orgullosos, eso y su equipo de rugby, los All Blacks, que con su danza guerrera tratan de intimidar al adversario, algo que, a tenor de los resultados, consiguen a menudo.

Me contaba un natural del país, orgulloso, alguna peculiaridad del rodaje de las películas, lo que allí supuso un acontecimiento nacional y en especial lo relativo al acento (o acentos) del inglés. No he visto las películas en versión original –ni dobladas, a no ser por los inevitables retazos en la tele- pero me he documentado. En primer lugar, los americanos, que por estar acostumbrados al cine en su acento propio parecen no admitir otro, se olvidan de su preferencia en cuanto tratan temas medievales. Para los de Kansas o Idaho el inglés británico y sus múltiples variedades regionales da sentido a historias de espadas, reinos, magos y sortilegios, de modo que los productores contrataron a Andrew Jack, un especialista en dialectos del inglés muy conocido a ambos lados del Atlántico para asesorar en el tema de las hablas y hacerlo acorde al espíritu de las novelas de Tolkien, filólogo él, por cierto.



Así, los Hobbits hablan con acento de Gloucestershire, dándoles un cierto aire rústico e intemporal respetando en el habla las diferencias de clase, en Gondor se habla con acento RP (inglés BBC) con un toque del norte de Inglaterra y en Rohan una mezcla de ambos. Los Orcos, con lenguaje gutural que expresara su maldad,  se les hizo hablar con acento “cockney”, dándoles un aire urbano distinto a la idea inicial, y así todo: extremadamente cuidado.





Nosotros, en España, somos también muy cuidadosos en cuanto al lenguaje (acento más bien) de las películas, le dije al antípoda. No admitimos un acento que no sea el español, o lo que, a fuerza de películas y uso en medios de comunicación, identificamos como español neutro. De hecho, las películas americanas tienen que ser dobladas dos veces: al español de España y al de Latinoamérica. Podemos ver de buen grado películas de autor mejicanas, argentinas o cubanas en su sonido original pero la idea de ver cine de aventuras, comedia romántica o thriller de Hollywood con acento mejicano o puertorriqueño nos produce cierto rechazo, cosa de telenovela, de poco valor artístico. En Hispanoamérica, sin embargo, han sabido encontrar un acento neutro “latino” que les viene bien a todos usando actores de doblaje de los distintos países y siendo cuidadosos con los modismos. Y me pregunto yo: ¿qué tendrá el español de  España, o ese que se usa en los doblajes y que solo una parte de los españoles habla que lo hace inaceptable para los latinoamericanos? ¿Qué connotaciones tiene para un mejicano o chileno esa lengua de España, ese castellano que prefiere doblar las cintas en una especie de lingua franca latinoamericana?, ¿tan agresivo le resulta? Y nosotros, ¿podríamos acostumbrarnos a la versión latina de nuestra propia lengua en el cine sin que desvirtuase la calidad de la cinta? Solución: la V.O. (versión original) y de paso mejoramos nuestras lenguas extranjeras, que tampoco nos vendría mal. Eso, o doblarlas con acento catalán, para pasmo de muchos.

Román Rubio
#roman_rubio
Julio 2015 

domingo, 26 de julio de 2015

DE SÍMBOLOS Y ADULADORES

DE SÍMBOLOS Y ADULADORES

Ha llegado una nueva corriente. Junto a los booktubers, los fanfics, el aquabiking y las pobladas barbas de colorines: el repudio a los símbolos monárquicos por parte de los nuevos administradores municipales y ¿pronto? autonómicos; porque, háganme caso, estas cosas se reproducen como los vídeos de gatitos y bebés en las redes sociales.


La alcaldesa de Barcelona ha mandado retirar el busto del Rey ¿en excedencia? Juan Carlos I del Salón de Plenos del Ayuntamiento de la ciudad. La sustitución por un retrato del nuevo Rey Felipe VI que de manera voluntariosa había hecho un tal Alberto Fernández Díaz, del PP y hermano del Ministro del Interior, que –como Aute-, pasaba por allí, no ha surtido efecto. No sé qué se exhibirá en el lugar, si es que se exhibe algo. En A Rúa (Orense) la alcaldesa del BNG lo tenía más claro: tras quitar del sitio acostumbrado el retrato del Rey, colocó en su lugar el mapa de Galicia. Bravo, alcaldesa: a ti nadie podrá acusarte de sectarismo, y no como a la regidora de Moreña (Pontevedra), de tu mismo partido, que cambió el vituperado retrato del Rey cazaelefantes por el de Daniel Rodríguez Castelao, histórico nacionalista gallego o al alcalde de Cádiz, que nada más coger la vara de coger higos quitó el retrato del Rey Juan Carlos para colocar en su lugar el de Fermín Salvochea, alcalde anarquista de la ciudad durante la I República.

El Ayuntamiento de Moncada i Reixach (Barcelona) decidió en pleno retirar el retrato del Rey de no sé qué dependencia municipal y el Ayuntamiento de Zaragoza ha decidido cambiar el nombre del Pabellón Príncipe Felipe por el del héroe del baloncesto local Luis Albós. Así están las cosas de momento, pero sospecho que pronto se extenderá la mancha de manera más o menos general, porque como todos sabemos, así funcionan esto, antes y después de que Ortega lo formulara en “la Estupidez de las Masas”.

Me parece inmerecido. Ni Juan Carlos , más o menos garante de y trabajador por la democracia,  ha hecho nada que merezca el repudio de la ciudadanía, aparte de unas canitas al aire que resultan hasta entrañables, ni tampoco Felipe VI, con lo fino que es y lo elegantes y dignas que quedan sus presentaciones por ahí por el mundo: estoy pensando en la presentación del Madrid Olímpico (en inglés) o la alocución (en francés) a la Asamblea Nacional Francesa, sin punto de comparación con las lamentables apariciones de  nuestros próceres electos, catalanes incluidos.

Totalmente inmerecido. Pero ¡cuidado! Más inmerecido aún me parece que la mitad de los pabellones de deportes –como el de Zaragoza-, teatros de nueva construcción, plaza de toros portátil, y ronda urbana se tengan que llamar con apelativos reales. ¿A qué viene esa pobreza intelectual, ese vasallaje, esa mediocridad, esa pleitesía de remota provincia de nominar a todo lo que se mueve con nombre de Rey, Príncipe, Princesa o Infanta?


En mí país (Valencia), gobernado en los últimos años por los campeones del vasallaje, la miseria intelectual y la pleitesía gatuna –de esa que produce ronroneos cuando se les pasa la mano por la espalda- han tenido la original mediocre y aduladora idea de llamar Príncipe Felipe a un museo –pretendidamente de las Ciencias-, Juan Carlos I a una marina portuaria, Reina Sofía a un teatro de la ópera y, como parece que no habían hecho bastante la pelota a la familia borbónica… Príncipe Felipe, de nuevo, a un Centro de Investigación que, por lo que leo en la prensa, está medio desmantelado.

¿Es que estos insectos que nos han gobernado durante tantos años no tenían medida ni eran capaces de poner límite a la desfachatez de la servil adulación? A veces me he preguntado cuál era realmente el motivo por el que estos personajes -es hora de decirlo, del PP- podían llegar a ser tan patéticamente melifluos y pelotas. Creo que la razón final es tan simple y trivial como que querían codearse con la realeza. Creo que el político local pensaba –y a menudo acertaba- que si ponía Reina Sofía de nombre a alguna cosa, esta –la reina- vendría y ella –alcaldesa de pro- tendría la ocasión de estrenar ese vestido nuevo y compartir mesa y mantel con tan regia visita. Además de que la asistencia podría ayudar a la publicidad del inútil chiringuito al tiempo que a ella le proporcionaba votos de sus semianalfabetos votantes, contentos de que sus autoridades “sepan poner su tierra en el mapa”. Tal ha sido la miseria moral e intelectual de nuestros líderes (y gran parte de nuestro pueblo).

Lamento que retiren las imágenes y los nombres de los borbones. En su momento me lamentaba, junto con muchos otros, que los usaran para museos de la ciencia que podrían llamarse Albert Einstein o Ramón y Cajal; espacios musicales que podrían usar el nombre de Beethoven o Falla y puertos deportivos que podrían ostentar nombres de algún excelente marino español o extranjero.

No me hacían mucho caso cuando denunciaba la abusiva y mediocre tendencia de mis  –lameculos- gobernantes. No me harán ahora, cuando confieso que lo contrario tampoco me hace gracia; lo sé. Algunos parecemos nadar contracorriente. En mi caso, de manera significativa. ¡Miren que auguré que la tablet sería un fracaso comercial por tamaño y prestaciones…!

Román Rubio
#roman_rubio

Julio 2015 

miércoles, 22 de julio de 2015

DEFECTOS Y VIRTUDES

DEFECTOS Y VIRTUDES




Esperanza de vida al nacer







Si tuviera que señalar un punto fuerte de mi país, en comparación con los de su entorno, señalaría el clima de jovialidad y optimismo, casi alegría, que se respira de manera permanente y que se expresa en  esa vida en la calle, en las terrazas de los bares, en donde los ciudadanos charlan alrededor de unas cañas o unos cafés. Eso, y la facilidad de trato que los españoles parecemos detentar de manera natural. Si me preguntan por algo negativo, no tengo duda: el ruido; el ruido constante, innecesario y desconsiderado, zafio e insolente con el que nos regalamos unos a otros a diario: la moto a la que se oye cada cambio de marchas en diez kilómetros a la redonda, la música del coche en el semáforo, el griterío en el bar o restaurante de poco o moderado postín, los altavoces de la verbena de la Virgen del Perpetuo Estruendo, la fiesta infantil de los vecinos, casi cualquier conversación telefónica o cara a cara, cuya exhibición de intimidad trivial y chabacana nos hace sonrojar a quienes, sin poderlo evitar, la escuchamos.

En aspectos sociales y económicos también acostumbramos a compararnos con otros pueblos. En mi país, especialmente los liberales, pero no sólo, gustan de hacer comparación con el mundo anglosajón en general y con los Estados Unidos en particular como paradigma de éxito y cumbre de la civilización. No es que yo no crea que no haya que mirar al gran país del otro lado del Atlántico. Pues claro que hay mucho que aprender de ellos; no hay más que ver la cola de la Embajada de los EEUU en todos los países en demanda de visados. Por lo que a mí respecta, sólo el hecho de la creación y popularización de Internet ya supone motivo de admiración. Ahora bien: “Habrá cosas que hagamos mejor que ellos, ¿o no?” Pongamos algún ejemplo:

Población reclusa



El hecho de que la tasa de población reclusa quintuplique a la española es sorprendente, siendo que la española, de la que no hay demasiados motivos para presumir, casi duplica a la alemana. Las cifras americanas son síntoma de enormes desequilibrios y fracturas sociales, tanto más si tenemos en cuenta los pormenores: uno de cada cien ciudadanos americanos se encuentra en chirona: ¿alguien da más?, el 60% de los reclusos son negros o hispanos; un negro de cada 35, un hispano de cada 88 y un blanco de cada 214 están entre rejas, lo que muestra el fracturado panorama social. Pero es que además si consideramos la población por sexos y edades, las conclusiones son más significativas. Según datos del instituto Pew Center uno de cada quince varones adultos negros está en  prisión, una cifra que asciende a uno de cada nueve en la franja de edad comprendida entre los 20 y 34 años. Demoledor.
 La tasa en sí, no sería significativa si no la relacionamos con el índice de delincuencia. Si este fuera muy bajo podríamos convenir que la prisión sirve de algo, pero ¿es esto así? Tanto el nivel de delitos como, significativamente, el de homicidios supera el de cualquier país europeo y el de Canadá aunque se sitúa por debajo del de la mayoría de países centroamericanos y algunos africanos. Creo, por tanto, que en lo que atañe al delito y a su persecución es la sociedad americana la que debería mirar hacia aquí y no al revés.

Hay otro apartado que a los españoles nos resulta chocante de la sociedad americana. Se trata del hecho de que, teniendo uno de los gastos sanitarios más altos del mundo y siendo el país puntero en investigación médica y farmacéutica, consigan unos resultados tan mediocres en términos de esperanza de vida, lo que muestra, de nuevo, un sistema que deja tanta gente en desamparo. Veamos los datos:


Según datos de la Organización Mundial de la Salud, referidos a 2013, España, con 82 años de esperanza de vida al nacer ocupa el octavo puesto del mundo muy cerca de la cabeza  en una tabla liderada por Japón con 84, lo que da una idea del equilibrio existente entre estilo de vida, hábitos de salud, dieta y sobre todo de calidad y cobertura del sistema sanitario. Los Estados Unidos se ven relegados a un modesto puesto 34 del mundo, a la altura de países muy alejados en términos de renta como Cuba o Costa Rica. Decepcionante; sobre todo si cruzamos el dato con el de gasto sanitario por países.




Según datos del banco mundial referidos al gasto sanitario por países (público y privado) los EEUU gastan anualmente en salud $9.146 por habitante, mientras que los españoles gastamos $2.581 con un resultado mucho mejor si nos atenemos a las cifras de la esperanza de vida al nacer. Esto se puede leer de varias maneras: o la atención sanitaria en los EEUU es incompetente y de ínfima calidad, lo cual descartamos ya que el país acoge la elite de la investigación, o está agarrotada por querellas continuas sobre la cobertura de los seguros o la limitación de la cobertura deja a muchos ciudadanos con los pies fuera de la manta -lo que repercute en muerte prematura-, o la combinación de varios de estos factores. Para poner en contexto los datos de gasto sanitario, véase la tabla del link anterior. Como resumen diré que Francia gasta la cantidad anual de $4.864, Alemania $5006, Reino Unido $3.598, Italia $3.155, Canadá $5.718 y Japón $3.966. Sólo Noruega y Suiza están al nivel de gasto americano aunque todos estos países obtienen resultados mucho mejores en cuanto a esperanza de vida. España, con un modesto gasto que supone la mitad del gasto francés y la cuarta parte del norteamericano obtiene resultados espectaculares. Sigamos pues por ese camino y no nos dejemos llevar por cantos de sirena ni anuncios de neón desde la Ruta 66. Sería nefasto que, en el empeño de copiar todo lo que la cultura mainstream nos presenta, copiemos también lo nefasto.

Román Rubio
#roman_rubio
Julio 2015