lunes, 28 de agosto de 2017

DEPILARSE LAS CEJAS

DEPILARSE LAS CEJAS

La predicadora islámica de Sidney Umm Jamaal ud-Din,  también conocida como Mouna Park, les recordó a sus seguidoras no hace mucho que depilarse las cejas es pecado, contraviene los preceptos del islam y “provoca la ira de Alá”, lo que hace pensar, en primer lugar, qué clase de Dios es ese que se enfada por el hecho de que las mujeres se depilen las cejas y las axilas o intervenga en debates sobre pantalones acampanados o de pitillo y otros jugosos dilemas propios de territorio Vogue. Este tipo de argumentos de “humanización de la deidad” no hacen sino devaluar la idea de un Dios creador del universo, paradójicamente omnipotente y tan atento a los detalles que coge berrinches cuando las mujeres se depilan esto y lo otro, lo que explica que ande siempre enfadado y presto a mostrar su ira ante el espectáculo veraniego de cualquier playa mediterránea.
Lo de la omnipotencia divina es una de las grandes paradojas de la religión monoteísta y lo de la relación del Dios con sus adoradores, otra. No hace mucho que en Madeira, en el transcurso de una romería al santuario de Nuestra Señora del Monte, en el momento de mayor fervor religioso, la caída de un roble centenario sobre la multitud provocó 14 muertes y 49 heridos, algunos de gravedad. El enorme árbol, que había permanecido erecto durante dos siglos aprovechó el momento en que miles de personas fueron a adorar a su dios para caerse provocando un desastre similar al de La Rambla. Explíquenme eso.
Pero no es la omnipotencia divina el tema de hoy. La predicadora islámica, al igual que innumerables imanes, sacerdotes, pastores, rabinos y creyentes en general creen saber “lo que ofende a Dios”. Es más, asumen que Dios es “ofendible” atribuyendo así a la deidad cualidades humanas del mismo modo que La Fontaine o Samaniego lo hacían con las ranas y los burros. De ahí, el culto; que es la asunción de que Dios se sentirá halagado con el hecho de la adoración (y de la oración), como si de verdad al Creador le importara un bledo el hecho de ser adorado, como importa a los dictadorzuelos. En su delirio oratorio hay quien pide hasta que gane su equipo poniendo a Dios en un aprieto puesto que, para que gane el Celta tiene que hacer perder al pobre Levante, condenando a sus seguidores (menos rezadores ellos) a la miseria.

Cuando los americanos entraron en Bagdad, en su torpeza infinita, televisaron en directo el patético derribo de una de las numerosas estatuas de Sadam Hussein que se resistía a caer. En mi país vivimos hace ya unas décadas  la retirada de las figuras del General Franco de pueblos y ciudades, al tiempo que desaparecían plazas del Caudillo y avenidas del Generalísimo de todos y cada uno de los municipios de España. Aún hoy quedan estatuas y retratos murales de Lenin en muchos rincones del planeta soviético y las imágenes de Kim Jong-un y su dinastía dominan el paisaje urbano y rural de Corea del Norte. El líder, en un curioso rasgo humano de enfermiza autocomplacencia, parece que llega a creerse su condición de mito superior y el pueblo, en otro rasgo de ridícula, cuando no interesada y servil egolatría, se muestra dispuesto a otorgarle el estatus.

Y no sólo de dioses y de dictadores vive el hombre: de manera más doméstica, tiende a “humanizar” o “personificar” a los seres animados y hasta inanimados que le rodean. Pensemos en las mascotas: las populares, entrañables e inocentes  mascotas. El occidental civilizado provee a gatos y perros de asistencia médica (veterinaria) tan completa como la humana (más, puesto que incluye la piadosa eutanasia), confina al animal en una vivienda climatizada, restringe o anula  la relación del chucho con sus iguales a fuerza de estirones de la correa, le castra o esteriliza por su propio supuesto bienestar, le lleva a la peluquería y salón de belleza para que, entre otras actuaciones, le corten las uñas para mejor preservar tapizados y cortinas y contrata Netflix pensando en el solaz y regocijo del animal en esas entretenidas tardes en el salón viendo Juego de Tronos en compañía de su señor y su hueso favorito. Y a eso, al confort humano, le llaman bienestar, con la arrogancia de quien cree saber lo que hace “feliz” al animal, dando por sentado que el concepto de “felicidad” tiene sentido en el mundo de los de cuatro patas y que el chucho, si se le pregunta, vendería su libertad por la castración, la calefacción central y un plato de comida.

Solo el enfermizo afán del hombre por agradar da lugar al origen de la adoración del líder y al culto a los dioses y solo su petulancia  le hace arrogarse el conocimiento de  la naturaleza de la “felicidad animal” y hasta de la complacencia divina. Y eso que muchos de ellos necesitan de fármacos para llegar a manejar su propia felicidad. Pronto (si no está ocurriendo ya) se los administrarán a sus pobres y muy confortables  mascotas, que se verán atestadas de prozacs, trankimacines y orfidales. Al tiempo.


Román Rubio
Agosto 2017

martes, 22 de agosto de 2017

CARGAR CON EL MOCHUELO

CARGAR CON EL MOCHUELO

Recuerdo la escena de una película española de los primeros setenta en que un ministro del gobierno de España (Arturo Fernández, en la pantalla), con el objeto de tener tiempo libre, contrata los servicios de un tipo idéntico a él para que le suplantara en determinados actos y por un periodo establecido. El doble, un tipo simpático y golfo, en su primera intervención como ministro, despacha unos asuntos en el sillón ministerial y entonces pronuncia la única frase que recuerdo del film: “llevo unos minutos en este sillón y ya me cuesta levantarme”

El ejercicio de la política, y por ende de los cargos públicos, tiene, sin duda, enormes compensaciones personales. En la vida del político que accede a altos cargos siempre hay  una tormentosa noche en la que suscribe un pacto con el diablo: tendrá todo lo que un humano puede desear de sus semejantes al tiempo que se expone a la más dura de las caídas, al desprecio y la humillación absoluta, cosa que ocurre a menudo –sino que se lo pregunten a Rato o Rita-. Las condiciones, aunque parezcan leoninas, deben de ser ventajosas dado el denuedo que todos ponen en conseguir e cargo y  perpetuarse en él.
A menudo, el estatus conlleva sinsabores importantes, como el que estos días está, sin duda, viviendo Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, objeto de un pertinaz ataque en las redes por no haber instalado bolardos en la cabecera del boulevard de Las Ramblas, lugar por donde entró la furgoneta asesina. Si bien la culpa, para gran parte de la horda españolista –pintorescos curas incluidos-, ha sido de Alá y sus secuaces, la responsabilidad por los muertos hay que otorgarla, en primer lugar, al inane podemismo buenista y en segundo lugar, al separatismo pérfido y desagradecido. La alcaldesa Colau, en su buenismo podemista y progre de “to er mundo es güeno” habría sido, en parte, responsable del atentado. ¿Y qué tiene que ver el suceso con el separatismo catalán?, dirán ustedes: pues para los susodichos, el hecho de no instalar las defensas responde a una situación de desobediencia civil, al haber sido recomendado por un organismo del gobierno central –el Ministerio del Interior, si no recuerdo mal-. Al parecer, en unas recomendaciones de Interior sobre protección civil, había una serie de lugares, fechas y acontecimientos, que, por lo icónicos y concurridos eran susceptibles de sufrir atentados  terroristas.
Como ha explicado la alcaldesa, la junta de seguridad municipal, en su momento, no consideró  instalar bolardos en ese punto por la sencilla razón de que el vehículo asesino podría haber entrado al boulevard por cualquiera de los dos lados o en las aceras laterales. Supongamos que La Rambla estuviera lo suficientemente protegida por bolardos y pesados maceteros. El conductor asesino elegiría, como es natural, cualquier otra acera, paseo, verbena o carrera popular que viniera a mano. A no ser, claro está, que las ciudades se convirtieran en gigantescos bolardos. ¿Es tan difícil aceptar el hecho de que la seguridad total es imposible cuando se trata de protegerse de alguien que quiere hacer daño sin importarle su propia muerte? ¿Llegará el día que tengamos que pasar un escáner y ser cacheados para que se nos permita el acceso al Mercado de la Boquería o a El Corte Inglés? ¿Adónde debemos poner el límite de lo que es aceptable “conceder” en aras de una ilusoria seguridad total?

Estamos acostumbrados. En este país, digo. A la hora de buscar culpables de cualquier barbaridad terrorista miro a mi lado, veo quienes son mis enemigos políticos o personales y les cargo el mochuelo. En el espantoso atentado de Madrid, los de siempre culparon a ETA, a Francia, al Reino de Marruecos, a Rubalcaba, a los policías que habían (presuntamente) grabado a Pedro J. Ramírez y a los masones. Hoy es Colau quien, por separatista y progre, no se avino a poner unos bolardos. Mañana (porque inevitablemente lo habrá) será quienquiera que interese a los de siempre (incluyendo a algún curita requeté) el que cargará con el mochuelo. Ya lo verán.


Román Rubio
Agosto 2017

P.S.  Según María Moliner, “cargar con el mochuelo” alude al hecho de cargar con el “mocho”, una especie de arcabuz o arma pesada que dificultaba la marcha del soldado al que le tocaba llevarlo al hombro. Hay, sin embargo otra explicación al origen  de la expresión mucho más divertida. Se trata de la anécdota en que un joven andaluz y otro gallego llegan a una venta y preguntan que hay para cenar. El posadero les dice que hay una perdiz y un mochuelo para repartir como ellos convengan. El astuto andaluz da a elegir al gallego con la siguiente proposición: “o tú te comes el mochuelo y yo la perdiz; o yo me como la perdiz y tú te cargas el mochuelo”. Así de listo, el tipo.

viernes, 18 de agosto de 2017

CELTIBERIA SHOW



CELTIBERIA SHOW

Luis Carandell era uno de esos catalanes de Madrid con seny. Cronista parlamentario y periodista de clase tuvo una celebrada columna en la revista Triunfo durante muchos años con el nombre de Celtiberia Show. Para muchos como yo era un argumento para comprar la revista cuando salíamos de viaje en aquella España preAVE y empezar a leerla por la simpática columna, en dónde Carandell recogía y comentaba con fina ironía todo el anecdotario racial y esperpéntico que daba de sí  aquella España primitiva, ignorante y orgullosa, de locales llenos de humo y carreteras plagadas de SEAT 127. Tengo el dudoso honor de haber sido objeto (bueno, no yo, sino un texto que redacté para cierta comisión de fiestas) de uno de sus jugosos y divertidos artículos, contenido que callaré para salvaguarda de la poca reputación que me queda. ¡Ay, la juventud! El nombre no está escogido al azar. Aludiendo a Celtiberia quería el autor, sin duda, atribuir a esa remota, a la vez que céntrica región, todas las esencias y carencias de la España rural y profunda. Para enmarcar geográficamente ese país impreciso me remito a la wikipedia: “Vendría a coincidir con el territorio antaño poblado por las tribus celtíberas, sirviendo de vértices de la región, orientativamente, las ciudades de: Sigüenza y Molina de Aragón (Guadalajara), Medinaceli, Burgo de Osma y Soria (Castilla y León) y Teruel, Daroca, Calatayud y Tarazona (Aragón)”.  Este es el marco que configura una región agreste y mesetaria, con una densidad de población similar a la de Laponia y que vendría a personificar, para el periodista catalán, ese hinterland español guardián de las esencias más ancestrales y primitivas de Iberia.

Hoy, Carandell tendría que incluir en esa Celtiberia estrafalaria a la ciudad de Sabadell, regida por la izquierda irredenta (la CUP, ERC y otros). En su delirio antiespañolista (además de anticapitalista y anti casi todo), la Concejala de Cultura Montserrat Chacón, de ERC y con un apellido tan catalán, ha encargado un estudio al historiador local Josep Abad, de apellido también catalán de pura cepa,  para la renovación del nomenclátor del callejero de la ciudad. El delirante resultado es bien conocido dado el amplio eco que ha tenido en toda la prensa nacional. El informe estima que el nombre de Antonio Machado debe desaparecer del callejero sabadellense por “españolista” y “anticatalanista”. Está claro que con aquello de: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, (…) mi juventud, veinte años por tierras de Castilla;…” Don Antonio confiesa ser español, no sé si españolista, pero tampoco dio nunca muestras de ser anticatalanista. Al menos no más que Einstein, Mozart, Dostoiewski o el Dr Fleming (el de la penicilina, no el de las novelas de 007). En mi ciudad hay una plaza dedicada a Nelson Mandela y no me consta que hiciera el hombre declaración alguna de valencianía ni nadie, en su sano juicio, se lo habría exigido. También proscribe el informe nombres como el de Quevedo, Lope de Vega o Góngora, todos ellos “excesos de un modelo pseudocultural franquista”. ¡Ay, si Quevedo levantara la cabeza, que murió, el pobre, sin llegar a saber que formaba parte de un “modelo pseudocultural franquista”! Una lástima, pues nos habría dejado algún magistral soneto sobre tan entretenido tema. El despropósito continúa cuestionando los nombres de regiones españolas como La Rioja o Región de Murcia, de donde provienen tantos sabadellenses (quizá el mismo autor y la misma concejala)  y a otros personajes que, como Dolores Ibarruri, “mostró una postura ética cuestionable al apoyar a Stalin”. Y toda esa ridícula polvareda levantada por un señor que se llama Abad, apellido originario de Guipúzcoa y extendido por toda España, cercano a la CUP, y una señora que se llama Chacón (de ERC) cuyo apellido es, para algunos de origen gallego y navarro para otros, arraigado en Ocaña (Toledo).

¡Cuánto se echa hoy de menos a tipos como don Luis, de apellidos Carandell i Robusté, estos sí, catalanes de pura cepa o don Manuel, apellidado Vázquez Montalbán, natural de Barcelona y de ancestros murcianos. A ver si estos catalanes-madrileños o murcianos-catalanes eran capaces de añadir un poco de cordura y seny a la estupidez de tantos.

P.D. El Alcalde de la ciudad, Maties Serracat, de la CUP, probablemente presionado por la magnitud de las críticas, ha declarado finalmente que “Machado se queda”. Veremos a ver qué pasa con Lope, Quevedo y los demás. La CUP y ERC tienen la palabra.

Román Rubio
Agosto 2017 

martes, 15 de agosto de 2017

EL CÓNDOR PASA

EL CÓNDOR PASA
En agosto, mientras algunos viajan a los confines del mundo conocido, otros nos recluimos en algún agujero de la España interior. Yo lo hago en algún punto fronterizo entre la España Citerior y Celtiberia. Con ello, evito esas horribles colas que se ven en los controles de seguridad de los aeropuertos y otras muchas inconveniencias y apreturas. Por las noches, salgo al jardín a mirar a esos puntitos de  luz intermitentes que son los aviones en ruta y que encuentro mucho más entretenidos e inspiradores que las estrellas. Por varios motivos: en primer lugar, invitan a adivinar la procedencia y el destino. Aquel, por la dirección, parece venir de Glasgow o Copenhague y va a Alicante y aquel otro parece llevar  la dirección de Sevilla, Faro o Tenerife y viene de Milán, Berlín o San Petersburgo. Y, ¿qué cavilaciones provocan las estrellas a alguien tan poco dotado para la poesía como el que escribe? En primer lugar, parecen estar quietas, con lo que las posibilidades de elucubración se reducen mucho y en segundo lugar, según se nos ha explicado, muchas (la inmensa mayoría, de hecho) están tan lejos de nosotros que la luz que vemos es la que emitieron hace años, lustros, siglos… y algunas de ellas ya ni existen, se han apagado. Un auténtico timo, la verdad, lo de las estrellas, incluyendo las perseidas, que por no ser, no son ni estrellas.

Lo de recluirse en un lugar cómodo y fresco a dejar transcurrir unas semanas tiene sus inconvenientes, no crean. En mi caso es la inquietante sensación de estar perdiéndose el rico menú del ancho y variado mundo en aras al confortable bienestar de trillados senderos y paisajes familiares. La sensación viene acrecentada por el ubicuo Facebook. Allí, tus amigos y conocidos exhiben sus colosales aventuras geográficas de manera impúdica mostrándote todo lo que te estás perdiendo por haberte retirado a tus cuarteles de verano: El refulgente esplendor de las Rusias (imperial y soviética), la insolente arrogancia de Manhattan,  el frescor de las Highlands escocesas y los coloristas mercados y lujuriante verdor de Indochina y el sureste asiático, todo ello documentado  con las mejores y más estudiadas (y predecibles)  fotos, a menudo  decoradas con un montón de caras sonrientes que parecen estar pasándoselo en grande. Todo el tiempo. Sin la mínima concesión al aburrimiento.

Entre las fotos que han subido mis contactos al Facebook este periodo estival, una ha llamado mi atención sobre las demás.  Se trata de un humilde y perdido cementerio en algún lugar del altiplano peruano. El enclave me resulta de una belleza extraordinaria, sencillo y salvaje, con la elegancia y sosiego de lo natural e incontaminado, de lo agreste, brutalmente inclemente y, a la vez, sereno. Como oí decir en una ocasión al poeta, siempre dado a la hipérbole: “Con cementerios así, ¿quién querría estar vivo?” Es cierto que la realidad no suele ser exactamente como nos muestra la foto. ¿Qué hay, por ejemplo, detrás o al lado del fotógrafo? La toma, de manera premeditada, podría ocultar una transitada carretera de ruidosos y destartalados camiones, un barrio de precarias chabolas insalubres, un desguace de coches o una charca inmunda, pero nosotros preferimos imaginarlo tal y como nos lo muestra la imagen: como un puñado de tumbas aisladas ocupando el vacío de un  horizonte hostil, descarnado, perfecto.

El lugar me evoca a otro cementerio que vi en Fort Reno, Oklahoma, en medio de la pradera, un humilde recinto rodeado de una sencilla cerca de madera y salpicado de grandes robles en medio de la planura herbosa; y a los de Normandía en donde descansan los aliados caídos de la Segunda Guerra, con sus sencillas cruces, medias lunas y estrellas de David en impoluto blanco sobre  verde de césped bien cuidado, desprovisto de estatuaria e imaginería mediterránea de ángeles con espada y apocalíptica trompeta. Y sin tanto marmóreo y lúgubre cenotafio; tan latino, tan de Almodóvar, tan desagradable.

¡Qué lujo!, descansar allí, vigilado por el vuelo del cóndor. 

Román Rubio
Agosto 2017 

martes, 8 de agosto de 2017

TURISMOFILIA

TURISMOFILIA
Condicionado, quizá, por el hecho de que veraneo en un pueblo del interior, de los de boina, botijo y buena agua, tengo que admitir que me sitúo más bien en el bando de los turismófilos que en el de los turismofóbicos, como parece ser el sentimiento generalizado según la matraca de los medios de comunicación. No hay problema: algunos estamos acostumbrados a nadar contracorriente. Aquí, en este pueblo del interior, para bien o para mal, estamos a salvo de la millonada de turistas extranjeros que según los críticos vienen a desnaturalizar nuestro paisaje, usos, costumbres y economía. En vez de las legiones de chicas nórdicas dispuestas a pasarlo bien, tenemos grupos de mujeres locales en babi andando en grupos junto a las acequias que dan  riego a la huerta con un ramito de romero en la mano. Esto obedece a la iniciativa del médico local, que decidió, con  buen criterio, reducir las pastillas del colesterol, la tensión y el azúcar y poner a todas a caminar y familiarizarse con el paisaje de las afueras del pueblo, ignoto para muchas de ellas, acostumbradas como estaban a largas sesiones de brasero y tele. Y yo, qué quieren que les diga: lo que se gana en tranquilidad y autenticidad se pierde en glamour. Como oí decir a aquel viejo sabio: “cuidado con los pueblos de buena agua; suelen ser los más aburridos”. Esta misma mañana, la del colmado se quejaba del “poco turismo” del lugar y el albañil local lamentaba su poca aplicación en la escuela que le había condenado a estar allí, en el secano, trabajando al sol, cuando a él lo que de verdad le gustaría es estar en Ibiza, de vacaciones. La isla se ha convertido en el paraíso soñado de la clase trabajadora que imagina una vida regalada en una cala de aguas claras, buen pescado, cerveza fría y mujeres, a ser posible, sin babi ni tallo de romero (el hecho de que la cerveza esté servida por alguien que tienen que vivir en una furgoneta compartida con otros cuatro a precio de oro es un detalle no relevante que no aparece en el sueño del albañil).

Lo cierto es que la premisa de que España va a recibir este año ochenta millones o así de turistas pudiendo producir un colapso es un hecho que, sin dejar de ser cierto, es engañoso. Como leí en una ocasión en un artículo de Manuel Vicent, España es como una campana vacía en el interior y con Madrid en el centro, que es el badajo. Veamos: Según los últimos datos del INE, referidos al mes de junio de este año, Castilla La Mancha, una extensa región de 79.463 km, que abarca las provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo había registrado 194.986 pernoctaciones de turistas, tanto nacionales como extranjeros, durante ese mes. En el mismo periodo, Benidorm registró 197.000 (2.000 más), la ciudad de Sevilla 242.000 (47.000 más) y Barcelona 710.000 (casi cuatro veces más). O esto otro: la suma de las pernoctaciones de turistas en Castilla La Mancha, Castilla y León, Extremadura y Aragón, una extensa área de 263.000 km (más de la mitad de España) ascienden a 985.330, que vienen a ser 210.000 menos que los que acogió, ella solita, la primera provincia catalana.
Los números son obstinados y tienden a contradecirse y a enmascarar dogmas como el del mito del gran éxito turístico “español” que se reduce, en realidad, al éxito de la costa (mayormente mediterránea y canaria) al que habría que añadir lugares puntuales como las ciudades de Granada, Sevilla, Toledo, Santiago y Madrid. Incluso dentro de las provincias costeras se reproduce el mismo patrón. No hay más que alejarse del mar una o dos decenas de kilómetros en provincias como la de Valencia o Castellón para encontrarse con cientos de kilómetros cuadrados de terreno poco o nada pisado por el turismo, tal como ocurre en la Celtiberia interior, esa región difusa, con una densidad de población similar a Laponia, conformada  (más o menos) por las provincias de Guadalajara, Cuenca, Soria y Teruel y que reciben, entre todas, una cantidad de turistas mensuales (108.505) inferior a la minúscula Vizcaya (131.244).
No hay, pues, noticias de Arran en Ciudad Real ni se le espera atacando lugares turísticos, como no se conocen en Albacete grupos como CAIN (Comando Artístico Isleño Nihilista), primero porque lo de Isleño suena raro en La Mancha, segundo porque esas pintas que llevan medio hippie con sus sacos en bandolera no son muy apreciadas en el lugar y en tercer lugar porque lo de Nihilista tampoco tiene mucho caché en Albacete y alrededores.

Y me pregunto: si la alternativa es la masificación, la incomodidad, el ruido y los precios absurdos, ¿no consistirá el lujo en tragos de agua fresca del botijo y paseos en babi al atardecer junto a carpetovetónico río cangrejero?

Román Rubio
Agosto 2017


jueves, 3 de agosto de 2017

DULCEIDA

DULCEIDA
No sabía de su existencia  hasta la semana pasada. En una encuesta a jóvenes (chicos y chicas) españoles salía como uno de los referentes entre las chicas a la pregunta de “a quién te querrías parecer”. Al cabo de uno o dos días se levantó un pequeño revuelo en las redes a propósito de un mensaje que la tal Dulcinea (digo, Dulceida) de Barcelona –bloguera e “influencer”- subió a su cuenta de Facebook. Decía:
De haber sido su profesor de Lengua Española le habría dicho que “sí” se escribe con acento (en este caso) y que “sabéis” e “iré” también; que “saludarme” debería ser “saludadme” como imperativo que es y que entre “importantes” y “jajaja” debería haber (quizá) un punto. En fin, todo esto es perdonable, incluso a alguien que tiene 1.9 millones de seguidores en Instagram y 1.3 millones de suscriptores en su canal de YouTube. Como yo solía decir a mis alumnos: “No aprendáis ortografía. La mayoría de las personas que conozco a quienes les va bien en la vida no saben escribir correctamente y mucho menos puntuar un texto” –debo confesar que muchos siguieron el consejo sin gran oposición-. Lo que me resulta enternecedor es el estilo: eso de “la playi”, “las fotis” y las “pintas importantes”, tengo que reconocer que me subyugó y me dio alguna pista del porqué de su éxito como “influencer”.
En cuanto al mensaje en sí, al contrario que a muchos de sus seguidores,  a mí me resultó totalmente indiferente, teniendo en cuenta que veraneo en un pueblo de boina y botijo, lo que hace improbable  un encuentro en “la playi” con la celebridad, sea con o sin “fotis”. De las pintas, mejor no hablar.

En la misma semana, en La Línea de la Concepción, un policía local murió en el transcurso de una persecución de un traficante que logró escapar. El caso produjo gran consternación en todo el Campo de Gibraltar dando lugar a manifestaciones en apoyo y reconocimiento a la familia y los compañeros del fallecido. Bueno, no todos mostraron su consternación: una joven de 22 años de La Línea fue arrestada y puesta a disposición judicial por subir a las redes el comentario:
“Sois una vergüenza la policía anda ijos de puta keya no vais a encontrar el chaval no tiene culpa ke vuestro compañero este muerto kebien muerto esta yo me alegro keste muerto”.
Seguido de este otro:
 “Aber si se mueren todos os policías porke para loke valen me importa un carajo loke opine la gente porke hay muchos come culoss!”.
Señoría, no hay comentarios, como diría el abogado. Pero fíjense qué curioso: La chica salió del juzgado en libertad con cargos y subió a las redes este otro mensaje:
“Con mis palabras pude hacer daño sin mirar las consecuencias hacia sus seres queridos solo pedir perdón ya que no hay excusas para mi comportamiento aunque yo estuviera pasando por una mala experiencia en mi vida no es excusa ni motivo ni comportamiento para hacer decir lo que dije”.
La joven, en su corta estancia en comisaría y en presencia del juez, además de experimentar una mutación moral importante, milagrosamente, había aprendido a escribir. Bueno, el texto no es que sea un ejemplo de estilo pero tampoco hay porqué ponerse a hilar tan fino. Lo cierto es que la policía y el juez consiguieron en un plisplás lo que sus maestros y profesores no habían conseguido con años de dictados y otras amenidades didácticas.

Hay quien domina la técnica de la escritura (o se le supone) y decide, sin embargo, saltarse las reglas, provocando, sin querer, su propia ruina. Este es el caso de Enrique Sardá Valls, Cónsul de España en Washington, cesado por el Ministro Dasís hace un par de días por subir a su cuenta de Facebook (solo para sus amigos) el siguiente mensaje referido a Susana I de Andalucía:
 “Verano tórrido. Hay que ver qué ozadía y mar gusto de la Susi. Mira que ponerse iguá que Letizia. Como se ve ke no sabe na de protocolo ella tan der pueblo y de izquielda. Nos ha esho quedar fatá a los andaluse. Dimisión ya”.
Ya ven, por la pluma y de la pluma  muere y vive el pez.

Román Rubio
Agosto 2017 



martes, 1 de agosto de 2017

REACCIONARIOS

REACCIONARIOS

MIRIAM BLASCO, la yudoca española que ganó el primer oro en Barcelona 92 se casó años después con su rival, la británica a la que venció en la final de aquella olimpiada. Es una bonita historia por lo insólita. No es algo que esté al alcance de todos el disputar una final olímpica en lucha. Aún así, las posibilidades de oro se reducen por estadística a un 50%, pero el hecho de que surja el chispazo del amor por la rival (del mismo sexo), de ser correspondida y que llegue a consumarse el matrimonio es ya de novela de la abuelita de Lady Di. Todo encaja perfectamente en la novela rosa. Todo menos el hecho de que la española fuera Senadora por el PP y se pronunciara –y votara-, en contra del matrimonio homosexual. Es decir: que, como tantos otros, tiene que agradecer a sus rivales políticos el hecho de que, en contra de su propio credo y el de su grupo, viva al amparo de una ley que le permite ejercer su propia voluntad personal con libertad.

Es la historia de siempre. Quienes tenemos una cierta edad vivimos, en el ya lejano año de 1981, la aprobación de la Ley de Divorcio en España. Como era de esperar, la reacción de los de siempre fue feroz. Para los católicos practicantes, Cofrades del Peor de los Dolores, taurinos, requetés y sacristanes de bolilla aquello iba a significar la ruptura y desmoronamiento de los fundamentos de España, hasta que,  pese a su obstinada y cerril oposición, se aprobó la ley. Al día siguiente, miles de los que encarnizadamente se opusieron se afanaban a acudir a los juzgados para divorciarse. Muchos de aquellos franquistas de peso y lustre habían mandado a sus hijas a abortar a Londres mientras se oponían implacablemente a la regulación del asunto en España. Volvieron a alzar la voz contra el médico del hospital de Leganés por la aplicación de los métodos paliativos a los terminales. Verán ustedes como piden que les administren esto y lo otro cuando las cosas vengan negras. Cuando se quiso limpiar el aire de los bares y restaurantes prohibiendo el tabaco (acuérdense de Zapatero, El Iluminado) alzaron la voz convirtiéndose en adalides de la libertad con derecho a humo propio y ajeno, y si se quiere mejorar la ciudad peatonalizando calles o fomentando el uso de la bicicleta sentirán herido su espíritu liberal, libertino y hasta libertario expresando su frustración por no poder llegar con su coche al mismísimo Corte Inglés, como hiciera el señor Zoido cuando lideraba la oposición en el ayuntamiento de Sevilla. Después, se convirtió en alcalde y, ante la evidencia de una ciudad en la que el 9% de los desplazamientos se hacían en bici dijo aquello de “¡bueno, no era contra la bici sino con la manera de…!” Estamos acostumbrados. Es la estiba con la que los ciudadanos como usted y como yo  tenemos que cargar: los reaccionarios. Parece como si el principal designio de su existencia sea el hecho de meter el dedo en el ojo del prójimo y poner trabas a todo aquello que signifique progreso y/o sirva para hacer más felices  (o menos desdichados) a sus semejantes.

El término reaccionario se usaba bastante en mi juventud, época en la que la ideología marxista predominaba en el mundo universitario. Para los del PCE, reaccionarios eran tanto los trotskistas como los socialdemócratas. El estalinista llamaba reaccionario al krushchovista y este a los eurocomunistas de Berlinguer y Carrillo. Los democratacristianos, por su parte, llamaban reaccionarios a los franquistas y los anarquistas a todos.
El término, no obstante, se originó en la época de la Revolución Francesa para designar a los defensores del Ancien Régime. Estuvo en boca de los jacobinos para designar a los girondinos, a quienes pasaron por la guillotina antes de verse ellos mismos desvinculados de sus cabezas a manos de los de de la Reacción de Termidor, fuerza reaccionaria y conservadora ganadora de tan arriesgado concurso.

Hoy, guardamos la palabra para quienes, como la brava yudoca, se posiciona en contra de un matrimonio que contradice su propia naturaleza. Para quienes, como el ministro Zoido,  contempla la bicicleta como malévolo instrumento que funciona sin gasolina y que sirve para espantar y amedrentar a cristianos motorizados, hasta que los ciclistas se convierten en votantes. Para los que están a favor de la vida y piden morfina a punta de pala cuando ellos o sus familiares están en  trance del penúltimo sufrimiento horrible e inútil y, en general, para todos aquellos que hacen de la frase “vicios privados, públicas virtudes” el lema de sus fariseas vidas y quieren, siempre y a toda costa, arrastrar a los demás a sus paraísos de hipocresía y buenas costumbres. Son como los yihadistas, pero con modelitos de El Corte Inglés al que se desplazan, por supuesto, en coche.


Román Rubio
Agosto 2017

sábado, 29 de julio de 2017

GENTRIFICACIÓN

GENTRIFICACIÓN
Tengo amigos a quienes les gusta quejarse. De esto y de lo otro. Como de lo chulo, incómodo, desnaturalizado, caro, desabastecido y turistizado que se está poniendo su barrio. Los hay que viven en el centro y se lamentan del desfile de turistas, de los pisos de alquiler y la desaparición del comercio tradicional. Parece como si en vez de necesitar comprar cebollas y pan se alimentara uno de muñequitas vestidas de sevillana, sombreros made in China o toritos para poner encima del televisor. Se lamentan de que en vez de vecinos tienen en el piso de abajo (o lo que es peor en el de arriba) una sucesión de grupos de jóvenes holandeses contentísimos de experimentar los precios bajos de la cerveza y el vino de España. Otros, que viven en Ruzafa, se quejan de que el barrio se ha convertido en una gran cafetería con rincones propios para la venta de vinilos y otros productos vintage, presentaciones e intercambios de libros abstrusos o sobre mindfulness y el diseño y venta de cualquier cosa que no se encuentre en El Corte Inglés  entre mojito y taza de rooibos. Ninguno se queja, por cierto, del hecho de que su propiedad, que compraron por cuatro perras, ahora, gracias a todos estos inconvenientes de la turistificación, vale un buen montón de euros en el mercado.

Y es que el capitalismo es lo que tiene: que los fenómenos o tendencias, tal como explicaba Marx, al depender de estímulos económicos se mueven a estirones, sin planificación, orden ni concierto, obedeciendo, exclusivamente, a las reglas del provecho. Las zonas urbanas, cuando se deterioran, lo hacen de verdad, pero cuando se ponen de moda y deciden  acicalarse, lo hacen arrasando con el tejido social y encareciendo el producto. En mi ciudad, y como muestra del amor que la burguesía, la clase empresarial y la derecha política locales han tenido por Jávea y Benicassim, han conseguido el deterioro total del litoral marítimo de la ciudad. Empezaron asesinando (irremediablemente) Nazaret, gracias a las ampliaciones portuarias, y siguieron con el acoso y derribo del Cabanyal declarando la zona absurda y empecinadamente de derribo. Chapeau. La ínclita alcaldesa de Valencia y España estará sonriendo satisfecha desde el más allá al ver el desaguisado. Tardará El Cabanyal unos cuantos lustros en lucir, pero, créanme: lo hará. Se convertirá en un barrio lucido (quizá también lúcido) y caro. Y nuestros amigos que hayan comprado allí propiedad y que hoy se quejan del deterioro del lugar se continuarán quejando, tras ver aumentado su valor con desdén, del hecho de que haya perdido su esencia y sabor marinero para  acabar convertido en “otro” barrio boutique.

Entiendo que muchos se quejen de la gentrificación de sus barrios en la medida en la que se llenan de turistas. Turismo significa ocio y este (a menudo) conlleva alcohol, fiesta y ruido. Admito que el fenómeno de los apartamentos turísticos de alquiler, con su cambio continuo de residentes, dificulta la vida de vecindario, pero mi objeción es: ¿cuál era el punto de partida anterior? ¿Es que vienen, acaso, de parajes idílicos? Lo cierto es que tanto Ruzafa como el casco antiguo de mi ciudad (el Carmen, Velluters y Xerea) vienen de sufrir un deterioro considerable. Por motivos conocidos por todos,  el público abandonó los centros históricos, en un principio por los ensanches, después por los barrios periféricos de pisos nuevos y finalmente por zonas suburbanas de chalets y adosados, provocando su decadencia y deterioro. ¿O es que no recordamos El Carmen y, sobre todo, Velluters en un estado decrépito y sucio, focos  de delincuencia y marginalidad? Tengo memorias de los barrios barceloneses del Raval y el Born, con sus insalubres callejuelas e infraviviendas en edificios apuntalados por riesgo de demolición en que los vecinos tendían la ropa a la napolitana (en la fachada) y tiraban la bolsa de basura por la ventana para ahorrarse la empinada y oscura escalera. ¿Es eso preferible al barrio lleno de viviendas de alquiler a turistas que cambian cada pocos días, que solo compran alcohol y muñequitos de torero? Sí, ya lo sé. Lo ideal sería un barrio limpio, ordenado, con gente de aquí, con sus niños y sus ancianos, sus supermercados, su horno con comida para llevar y gran variedad de comercio de conveniencia, algún bar y restaurante de pronto cierre, céntrico y bien comunicado, con colegios para los niños, residencias para los ancianos y clínicas, salones de belleza y tiendas para las mascotas (verdaderos reyes del lugar).

Ring, ring, ¿me pone con el señor Marx? No, con Maduro no, ni con Raúl tampoco; he dicho con el señor Marx. Me da igual que sea Karl o Groucho.

Román Rubio
Julio 2017

domingo, 23 de julio de 2017

POR SI LAS PITONISAS

POR SI LAS PITONISAS
Me pregunto por qué a tantos les resulta tan difícil creer que Miguel Blesa se haya suicidado. No sé si es por mala conciencia por haber deseado su mal tantas veces o, simplemente, por haber visto demasiadas películas de Bourne. Por algún motivo, el suicidio de un notable lleva a muchos a pensar en el asesinato y el asesinato en el complot. El común de los mortales o “pueblo llano” siempre ve oscuras tramas en donde hay muerte violenta quizá porque quiere que el mundo se parezca a las películas y porque el muerto nunca va a desmentir sus complicadas elucubraciones.

Lo cierto es que la muerte de Blesa cuadra a la perfección con el suicidio. Su caída a los infiernos fue vertiginosa: de la cúspide del poder económico, con sus viajes en avión alquilado para matar  mastodontes en cualquier confín del mundo, a la pobreza de quien se las ve y se las desea para pagar el gas por el bloqueo a sus cuentas y propiedades impuesto por el juez. Del prestigio deslumbrador del poderoso al estatus contaminante del apestado. El lugar elegido es el idóneo -¿quién habría de querer hacerlo en el salón de su casa?-. El campo es limpio, es discreto en su amplitud y no mancha a nadie. Descartado el campo abierto, lo que supongo que debía ser la primera opción (¿quizá porque se debía de asegurar de que alguien oyera el tiro?), el hombre lo hizo discretamente en el garaje de la casa y no, como es natural, en la zona habitable. El tiro, al pecho. Por dos razones: una, porque se trataba de  su rifle y su munición y sabía exactamente el efecto del tiro en su cuerpo. Lo había visto en animales en innumerables ocasiones. La segunda, por no desfigurar su cara. ¿Quién querría destrozar su cara y cabeza si tiene la certeza que va a morir con un tiro al pecho? ¡Ay, la vanidad! Como dijo Sábato, “…es tan fantástica que hasta nos induce a preocuparnos por lo que pensarán de nosotros una vez  muertos y enterrados”.

¿Y qué ocurre con la herencia? En la antigua Roma se invitaba a los enemigos del Emperador a cometer suicidio como única manera de que sus herederos pudieran conservar sus propiedades.
En el caso que nos ocupa, los herederos tienen tres salidas: renunciar a la herencia, aceptarla con las cargas que puedan sobrevenir del desenlace civil de los procesos iniciados o aceptarla a beneficio de inventario; es decir, hacer frente a los cargos sólo por el montante de lo heredado. Ellos sabrán.

La rápida incineración del cuerpo del banquero evita el esperpento que se ha vivido con el caso Dalí, al que se enterró en su día bien embalsamado. Pilar Abel alega ser hija no reconocida del pintor surrealista de sexualidad muy, pero que muy imprecisa. Algo de base debe de haber en la reclamación puesto que ha sido aceptada por el juzgado, para lo que se ha debido de exhumar el cadáver del pintor y mutilarlo para tomar muestras con las que llevar a cabo las pruebas de ADN. Lo cierto es que, de probarse la paternidad biológica, la tal Pilar tendría derecho a usar el apellido Dalí y (según su abogado) a un 25% del patrimonio del pintor en el momento de su muerte, lo que debe significar mucho pero que mucho dinero, en la actualidad propiedad del Estado español.
Pilar Adán, presunta hija del artista surrealista y de profesión (ex)pitonisa, había conducido un programa de adivinación en la televisión local de Girona y en 2005 presentó una querella contra Javier Cercas basándose en las similitudes con la Pitonisa Jasmine (Conchi) que aparece en la novela Soldados de Salamina, reclamación archivada por el juez en 2009. Entre las similitudes que señalaba la demandante, de profesión querellante, estaba su atuendo habitual, a saber: “las minifaldas ajustadas, los tacones de aguja y “hasta” el pelo oxigenado” por lo que ella reclamaba 600.000 € de indemnización.

¡Ay!, la vanidad. Ya ven, Blesa salvó su cara para que las llamas destruyeran todo lo demás. Dalí, sin embargo se hizo embalsamar para estar presentable en la eternidad sin sospechar que iba a salir otra vez en este mundo, con su bigote marcando las diez y diez,  para que le tomaran muestras.
Yo lo tengo claro. Me haré incinerar. Por si las pitonisas.

Román Rubio
Julio 2017

martes, 18 de julio de 2017

¡QUIÉRETEME!

¡QUIÉRETEME!
No daba crédito. Me advirtió mi amigo Benito Ledesma por WhatsApp. Decía haber oído la exhortación por la radio y yo le creí a medias, pensando que era rizar demasiado  el rizo. Hasta que en la mañana de ayer la escuché con estos oídos. Se trata del anuncio de unos grandes almacenes. Al final de toda la retahíla de consejos comerciales sobre pareos, polos de caballero, sandalias de playa y vestidos frescos para el verano, la interpelación directa al cliente: ¡Quiéreteme!

Todo venía porque yo le había comentado con anterioridad a mi amigo lo irritante que me resultaba el uso del pronombre enclítico de primera persona “me” entre desconocidos, en lo que para mí es un intento marrullerete y simplón de impostar campechanía y cercanía. Le relaté como acompañé a una familiar mía a hacerse una sencilla operación quirúrgica de ojos. En la consulta, la oftalmóloga -una pizpireta y bronceada mujer de treintaitantos- le daba a mi familiar, entre golpe y golpe de melena, recomendaciones del tipo “no ‘me’ abras los ojos a pleno sol” “no te ‘me’ limpies la lágrima con el dorso de la mano” y cosas así. Yo, confieso que tenía que morderme la lengua en cada ocasión para no rectificarle y decir: “¡Ah!, ¿quieres decir que ‘no abra’ los ojos o ‘se limpie’ con el dorso de la mano?”, haciéndole ver que ese “me” suena a falsa impostura, es paternalista y da otra vuelta de tuerca al infantilismo dominante en nuestra sociedad, en un empeño de hacernos a todos niños mimados. Bastante tuvimos algunos en la infancia cuando nuestras madres decían aquello de: “mi hijo me come muy bien” o “qué mal que me come esta criatura”. Pero, en fin, se trataba de nuestras madres y ellas sufrían “de verdad” cada bocado que dejaba de dar su hijo, cosa que no parece ser el caso de la desenfadada y muy bien remunerada oftalmóloga de pago y de lucida melena.

La primera parte del mensaje comercial –“Quiérete”- insiste en la línea de la marca, que hace unos años sacó la campaña “Porque tú te lo mereces” ¿Se acuerdan? Era aquello de: ¿No querías ese vestido tan elegante y que te quedaba tan bien de Vincenzo & Porquino? Pues es tuyo, mujer. ¿Y los zapatos de Ruperto Vespino, aquellos tan caros? Pues también, “porque tú te lo mereces”. Y tú, muchacho, te mereces ese traje de Leovigildo Plegma que antes valía 700€ y ahora sólo 650€, con el que vas a arrasar… En definitiva, todos, para los grandes almacenes, nos merecemos “lo mejor”, que no es sino, exactamente, lo que ellos venden. Lo que ya me parece un alarde de estrambótico funambulismo es la última parte del mensaje: ese “me” atrevido, falso como un doblón de hojalata y ofensivamente paternalista.

Y como hoy va de pronombres enclíticos (aquellos que se posponen  a los infinitivos, gerundios e imperativos de los verbos) no dejaré de mencionar la que, sin duda, es la noticia de la semana –con el permiso de la última movida del separatismo catalán y la detención de tal o cual prócer-. Se trata de la decisión de la RAE de aceptar “iros” como forma válida para el imperativo del verbo ir, que tenía (y seguirá teniendo) “idos” como forma normativa, asunto que los suramericanos y canarios  tenían ya solucionado con su “váyanse”, como en “váyase, señor González”. Ha sido estupendo. De un día para otro han salido defensores y detractores de una y otra forma en las redes sociales. Los cultos, el puñado y medio que usaban  “idos”, han saltado enfurecidos ante lo que era un clamor, como un día ocurrirá con el “andé” y el “anduve”. Han visto devaluado ese conocimiento que les hacía mirar por encima del hombro a los pobres desgraciados incultos que decían “iros” de la misma manera que estos miraban por encima del hombro a los que, como la inefable Lola Flores, decían: “¡Si me queréis, irse!”.

Estoy con Pérez Reverte cuando manifiesta lo de: “Ahora resulta que los que decían y escribían ‘idos’ eran muchísimos y estaban todos en Twitter. Qué sorpresas te da la vida”.

Román Rubio
Julio 2017

martes, 11 de julio de 2017

TANINOS

TANINOS

En el libro que estoy leyendo, alguien (no diré de quién se trata, ya que la identidad del “personaje” es peculiar y muy relevante) se dispone a hablar de un vino que se está bebiendo en la mesa y del que no puede ver la etiqueta. Y lo hace en los siguientes términos: “Me veo forzado a aventurar que se trata de un Échézeaux Grand Cru. Si me pusieran una pistola en la cabeza para que arriesgara el “domain” (la zona) soltaría La Romanée- Conti, aunque solo fuera por el aroma a grosella y picota. El toque de violetas y delicados taninos sugieren el letárgico y suave verano de 2005, tan a salvo de las olas de calor, aunque un juguetón y remoto aroma de moca, así como uno más próximo de banana madura, conducen al dominio de Jean Grivot de 2009 (…)”. ¿Grosella?, ¿picota?, ¿violetas?, ¿moca?, ¿banana madura? ¿De verdad que el vino que te estás bebiendo “te sabe” a todo eso? Ahora tengo otro dato sobre el porqué de mi limitado éxito en la vida: Quizás se deba a mi falta de sofisticación, porque a mí, lectores, el vino me suele saber a vino. Ni a frutos del bosque ni a hojarasca otoñal (gracias a dios) ni, mucho menos, a setas. En cuanto a los taninos… qué quieren que les diga, si ni siquiera sé muy bien qué son, ¿cómo voy a saber a qué saben?

Lo que parece claro es que la cháchara de los prosistas del vino, al contrario que las ciencias puras, no cumple la propiedad conmutativa, esa de A+B = B+A. Veamos el planteamiento en sentido inverso: ¿Qué sabor tiene un plato con grosellas y picotas salpicadas con un puñado de violetas, algo de moca y una banana madura aliñado con taninos? Está claro, ¿no?; sabe a vino Échézeaux Grand Cru de 800 pavos la botella. O quizá no. Es imposible definir un sabor o un olor con palabras. Todo lo que somos capaces de hacer es hacerlo por aproximación, nombrando, de manera imprecisa, sabores parecidos. Torpes aproximaciones.

Provengo de un pueblo de zona no vinícola. Aún así, algunos lugareños conservaban una viña para elaborar vino para el consumo de la casa y vender el excedente. Mi padre me mandaba a comprar vino con una garrafa de cinco litros a casa de un cosechero del pueblo siendo niño. Allí, en la bodega de la casa, la tía Belén se sentaba en un taburete, abría el grifo del tonel y mientras la garrafa se llenaba de líquido, mis narices lo hacían de un aroma intenso. Ese es, para mí, el olor del vino. El auténtico. He pasado el resto de mi vida midiendo el aroma del vino con el de aquella bodega, y el sabor, con el del trago que yo invariablemente daba de la garrafa en el camino de casa. Para mí, ese ha sido y sigue siendo el patrón sobre el que giran el aroma y el sabor del vino (o caldo, como llaman algunos). Conozco a quién la medida del sabor le viene dado por el sorbo que escamoteaban del vino del cura mientras preparaban los utensilios de la misa siendo monaguillos y otros, del trago de la bota que les ofrecían de niños los adultos en los descansos de las labores agrícolas.

Muchos años después, los monaguillos y pillastres de aquella pobre España  “aprendimos” que el vino se bebe en copa de buen cristal y no en los vasos de carajillo en los que se chateaba antaño, presenciamos con naturalidad y casi con indiferencia cómo nos cambiaban la copa en el restaurante cada vez que se cambiaba la botella de la mesa y sobre todo, aprendimos a hacer ridículas aproximaciones lingüísticas tratando de explicar o definir el sabor del vino, cuando en realidad solo sabe a vino, como la manzana a manzana y la picota a picota. Y a vino sabe el que lleva en la bota mi amigo Leo de Miguel cuando salimos de excursión. Nunca pregunto sobre la etiqueta de lo que pone dentro. A mí me sabe, no a grosellas, ni a moras ni a moca ni mucho menos a taninos. Me sabe a gloria; como el de la bodega de la tía Belén.

P.D. El libro que estoy leyendo es Nutshell (Cáscara de nuez) de Ian McEwan, y es muy bueno.

Román Rubio
Julio 2017

sábado, 8 de julio de 2017

SELECTIVO

                                                              SELECTIVO
Con referencia a mi anterior artículo, LOGSE, he recibido comentarios de personas remarcando la idea de que la enseñanza privada (y/o subvencionada) es superior a la pública, y de ahí la mayor demanda existente en los sitios en que estas entran en competencia. Argumentan que la concertada es más barata y obtiene mejores resultados. Como profesor de la pública que he sido durante muchos años les puedo asegurar que  esto no es así, o no es así del todo. Ni en una cosa ni en otra. Y si es así, lo es con matices. Veamos:
El hecho de que la enseñanza privada sea de pago introduce un poderoso sesgo. Sólo los pudientes pueden acceder a ella, lo que la hace exclusiva de la clase media- alta y alta que estadísticamente obtienen mejores resultados que el conjunto de la población, aunque solo sea por selección natural de la especie. La concertada introduce “contribuciones” monetarias en concepto de colaboración y mejoras, material escolar, actividades extraescolares, uniforme, etc. que encarece el servicio lo suficiente para que las capas más frágiles de la sociedad se autoexcluyan, con lo que logran, ”cristianamente”, desentenderse de muchos alumnos de extracto desfavorecido y rendimiento pobre que hacen bajar los logros. Esta misma circunstancia obliga al sistema a proveer a los centros públicos con especialistas en logopedia, refuerzos, etc. liberando a los concertados del gasto y del alumnado con problemas de aprendizaje. Además, la pública, por el hecho de que no tiene que ser necesariamente rentable, se ocupa de atender las necesidades rurales de población dispersa en donde a los centros concertados, y mucho menos los privados, ni se les ve ni se les espera, encareciendo el producto final. La pública es más cara, sí, pero cubre todo lo poco rentable del espectro. Alguien lo tiene que hacer.

Si en algún sitio se puede analizar comparativamente el sistema, aunque con los sesgos que he apuntado antes es en el Selectivo, las pruebas PAU de acceso a la universidad. Veamos cuales han sido los resultados de Cataluña en las pruebas de este curso 2016-2017: Ha habido cuatro chicas que han obtenido la nota máxima de 9.8: Ivet Boada, del IES Santiago Sobregués Vidal de Girona, María Torras, del IES Pius Font i Quer de Manresa, Mónica Torrecilla, del Colegio Santa Teresa Ganduxer (Teresianas) de Barcelona y Anna Sallés del Colegio Aula Escuela Europea. Todo chicas, dos provenientes de la pública (de Girona y Manresa) y dos de la privada (ambas de Barcelona, de los barrios ricos de Pedralves y Sarriá- San Gervasi); es decir, en la gran ciudad, donde la privada tiene más presencia (es más rentable), la privada se lleva los alumnos provenientes de las élites, igualando -que no mejorando- las calificaciones de alumnos de la pública de lugares donde hay menos oferta privada.
La nota más alta de Tarragona (un 9.75) la ha obtenido Arnau Dolç, del IES Antoni de Martí i Franqués (centro público) y la más alta de Lleida (9.5) ha sido compartida por los alumnos Oriol Ruiz y Pol Morer, ambos del IES Samuel Gili i Gaya y Laia Angrill del IES Arrells II, también público.
¿Dónde está pues la pretendida superioridad de la enseñanza privada y concertada sobre la pública? Desde luego, no en la excelencia. Quizá esté en el porcentaje de alumnos que presentan a selectivo sobre el número total de matriculados, pero ahí interviene mucho el sesgo de la procedencia familiar del alumnado.

Un par de cosas tengo claras:
Un buen alumno es bueno en la enseñanza pública, en la privada y en la concertada.
En igualdad de condiciones, los alumnos de la pública obtienen tan buenos resultados (a menudo mejores, como es el caso que nos ocupa) que los de centros privados y concertados.

Un año más, un hurra por el profesorado, tanto de la pública como de la privada y concertada, que ha conseguido sacar, con esfuerzo y dedicación (¡oh, Dios, odio esa expresión!) lo que los jóvenes llevan dentro.

Román Rubio

Julio 2017 

lunes, 3 de julio de 2017

LOGSE

LOGSE
No hace mucho que escuché en esRadio un debate sobre educación. Conducía por carreteras secundarias y la emisora de Federico se entrometió en mi dial. Era por la tarde de modo que lo que los intervinientes,  desconocidos para mí exceptuando a Garci, seguían la venenosa línea del jefe aunque sin el gracejo y chispeante elocuencia de aquel. Las posturas eran bien conocidas en el lugar. Los tertulianos se empeñaban en contradecir la asunción popular de que la generación de jóvenes actuales, obligada a emigrar en gran número, sea “la más preparada de la historia de España”. No es cierto, afirmaban los intervinientes. Y para apoyar tan peregrina e injusta afirmación aportaban razones como que muchos de “los jóvenes preparados” no sabían dónde nacía tal o cual río de España, que ellos habían aprendido tan bien en la Enciclopedia Álvarez y otras vetustas fuentes. Hablaban como si el lugar de nacimiento de, digamos, el Duero, la lista de los Reyes Godos o las Bienaventuranzas fueran argumentos que hoy en día sirvieran para acreditar el bagaje de alguien que no sea un rancio tertuliano (o escuchante) de esRadio. Los jóvenes de hoy (para los radioparlantes) son poco menos que asnos, producto del buenismo izquierdista, de la LOGSE y de Zapatero, y su preparación solo les hace aptos para servir platos en restaurantes de países europeos en donde sí que se aprenden cosas de verdad –sin especificar si allí aprenden donde nace el Duero-. No consideraron, como es habitual en ellos, que muchos de esos jóvenes “ignorantes” trabajan como ingenieros, informáticos o arquitectos en las firmas más relevantes, son capaces de hablar dos idiomas además del suyo (tres si son catalanes) y no como ellos, incapaces de decir algo inteligible en una lengua distinta de la castellana -como vimos con Garci en su momento-, o que son capaces de trabajar en entornos digitales de los que los ilustrados intervinientes no han oído ni hablar. También criticaban el hecho de que algunos cometieran faltas de ortografía y acentuación y tuvieran una redacción deficiente. Ellos, al parecer, dicen llevarlo bien, lo que no es gran proeza dado que algunos son periodistas profesionales y solo conocen una lengua, desprecian el catalán y consideran a los políglotas con el argumento de que “se puede ser tonto en varias lenguas” (cosa que he oído en esa emisora referido a alguien que habla lenguas extranjeras y tiene la desfachatez de “además” ser rojo, progresista, ecologista, animalista, sindicalista, feminista, marxista, leninista, castrista o cualquier “ista” que no sea “falangista” -que tampoco son bien vistos, pero hay cierta condescendencia si se trata de camisas viejas-).

Les conozco. Cuando empiezan en ese tono siempre acaban siempre echando la culpa al PSOE, a Zapatero y al hecho de que los alumnos pasen de curso sin aprobar las asignaturas y sin saber hacer la “o” con un canuto. Pues bien, señores. Es mentira. Eso no es ni ha sido nunca así. Ni antes ni después de Zapatero. Se ha promocionado de curso a pesar de tener suspensos cuando ya se ha repetido una vez (o varias, en el ciclo) intentando evitar que haya niños de 15 o 16 años, con barba y bigote, en aulas de niños de 11, como ocurriría si no se adoptaran ese tipo de medidas. Me gustaría oír a los intervinientes si tuvieran, en la clase de su hijo/a de 9 años tres o cuatro muchachos de trece o catorce, repetidores profesionales, de comportamiento disruptivo y pendenciero.

Los tertulianos conocen (o deberían conocer) que la pedagogía, como tantas otras cosas en la vida, se rige por movimientos pendulares y que, tras años de separación del rebaño juvenil por conocimientos y capacidades y viendo las deficiencias del sistema en términos de cohesión social, se optó, no solo en España sino en todo el mundo civilizado, por el sistema inclusivo de “todos en un mismo rebaño”. Así, nacieron las “Comprehensive Schools” en el Reino Unido de los años sesenta y, con este sistema de enseñanza inclusiva -y pública- países como Finlandia consiguen estar en el grupo de cabeza en resultados escolares. Deberían conocer también que muchos de los países a los que los nuestros jóvenes emigran tienen resultados similares a España en las pruebas y que la mayoría de ellos han dejado de enseñar listas de reyes y ríos y hacen trabajar a los niños,  monitorizados por el profesor, en proyectos participativos y activos con presentaciones y exposiciones finales, reforzando aspectos como el de hablar en público, el trabajo en equipo y la búsqueda de soluciones a problemas, dejando de  lado, entre otras cosas, las Bienaventuranzas y hasta, si me apuran, el recorrido del Duero.

Lo que en realidad parecían querer decir (tácitamente) los tertulianos es: quiero una clase para mi hijo en la que aprueben todos y si alguno no lo hace, que repita, pero que no admitan repetidores de años anteriores, sobre todo de carácter rebelde, que impidan o dificulten la marcha de la clase. Y si hay repetidores (porque parece ser que en este mundo tiene que haber de todo) que los manden a la pública y a mí que me den dinero de todos en forma de cheque, convenio, concierto o subvención para que pueda llevar a mi hijo (a ser posible de manera gratuita) a un colegio con derecho de admisión en el que no admitan repetidores, golfos, pobres (si no son aseados, estudiosos y dóciles), desharrapados y mocosos, gitanos, inmigrantes (diferénciense estos de los expatriados), moros (hágase la vista gorda con saudíes), pegones, autistas y Froilanes en general. Y que les enseñen donde nacen y desembocan los ríos “de España”, por favor. A ser posible, en inglés, que lo que vale para los demás no tiene porqué valer para mí.

Román Rubio
Julio 2017