viernes, 27 de abril de 2018

LA CIFU



LA CIFU


Cristina Cifuentes ha caído con estrépito. Tras el feo asunto del máster -un descrédito para su persona y, sobre todo, para cierta universidad pública creada ad hoc por el PP-  una zancadilla traicionera ha podido con ella. El asunto ha generado entre muchas personas cierto mal sabor de boca acompañado por cierta lástima por alguien por quien no tenían ninguna simpatía. Es ese sentimiento de decir, ¡así no…! Eso no se hace ni a tus enemigos. Al fin y al cabo, ¿a quién no cogieron de joven en El Corte Inglés robando un disco de Carlos Santana o el libro de Las enseñanzas de D. Juan de Castaneda?  Es cierto que se trataba de estudiantes y gentes menudas y de poco peso económico y social y no vice-lo-que-sea de grupo parlamentario, pero aún así, guardarse siete años un video humillante de alguien para sacarlo con el propósito de hacer daño  dice mucho de la catadura moral de alguno.

En política ya se sabe: Hay quien se guarda un vestido con los vestigios del paso por el despacho oval. Los cuchillos andan afilados y los fantasmas del pasado están siempre prestos a aparecer. Aquí y en todos lados.

Hay un entretenido documental de TV sobre trenes presentado por Michael Portillo que se ha hecho notablemente popular. Ayuda mucho el hecho de que el inglés anda siempre vistiendo unas americanas de colores  verde pistacho, rojo o rosa fucsia que combina de manera imaginativa con pantalones beige o azulones y camisas de algún color indeterminado. Cae simpático. Pocos conocen, en cambio, la historia del hombre de dentro de la americana verde pistacho. Inglés, hijo de un republicano español, fue un miembro muy pero que muy  relevante del Partido Conservador británico. Por allá por los ochenta era el ojito derecho de Margaret Thatcher y llegó a ser Ministro de Defensa. Podría haber llegado a ser Primer Ministro cuando perdió, inesperadamente, su circunscripción en la elección de 1997 en que arrasó Tony Blair. Eso y que, en el momento justo, alguien salió a airear sus escarceos amorosos con otros caballeros, incluyendo cierto compañero de fatigas de sus días universitarios. Hoy, Portillo es un exitoso hombre dedicado a su carrera en los medios de comunicación que vive alejado de la política con un pie en Londres y otro en Carmona (Sevilla).

Estoy leyendo un libro de relatos que compré no hace mucho en un aeropuerto asiático ante la perspectiva de un largo viaje en avión. El libro, Tell Tale, estaba en el número uno de los best sellers del país y su autor es Jeffrey Archer, otro ángel caído y aupado. La vida de Archer es como la vida de seis o siete ciudadanos comunes. En su juventud llegó a formar parte del equipo de atletismo de Gran Bretaña en competiciones internacionales. Se convirtió en autor de libros, de los que ha vendido más de 330 millones de copias en todo el mundo que incluyen títulos como Kane and Abel (Grijalbo, 1976), El cuarto poder (Grijalbo, 1996) o El impostor (Grijalbo, 2009),  tras una aventura financiera relacionada con una inversión minera en Canadá que lo dejó en la ruina. Se dedicó también a la política ganando su puesto como diputado en varias ocasiones. Las fiestas de cumpleaños que daba en su ático de Londres junto al Támesis eran la cita que más celebridades reunían en la ciudad a la llamada del shepperd’s pie &Krug y en su casa de Grantchester, una vieja vicaría, celebraba por todo lo alto su fiesta anual de aniversario junto a su mujer, Mary Archer, catedrática de física en Cambridge.  Fue distinguido por la realeza con el título nobiliario de Barón Archer de Weston-super-Mare, que le otorgó el derecho vitalicio a un puesto en la Cámara de los Lores y era el candidato del Partido Conservador para la alcaldía de Londres, cuando se vio envuelto en un asunto que le hizo darse un paseo por los infiernos.
El Daily Star sacó la historia de que Archer había usado los servicios de pago de la prostituta Monica Couhgland  a la que habría pagado  £2.000 para que desapareciera. Archer denunció al periódico al que exigió una disculpa y una cuantiosa indemnización de £500.000, ganando el caso. So far so good. ¡Ay!, pero unos años después, en 2000, Ted Francis, un colaborador (fuego amigo), tras la muerte accidental de Monica, denunció la falsa coartada del político y se reabrió el caso. Como resultado, Archer fue declarado culpable de perjurio y condenado a devolver al periódico las 500.000 libras, a pagar más de un millón de multa y a pasar cuatro años en una cómoda prisión de su majestad a cargo del contribuyente, de los que consumó dos. Ni que decir tiene que el listo de Archer salió de prisión con un nuevo libro con el que enjugar las pérdidas sufridas. Se cree que es el primero que no ha escrito en su mansión de Mallorca en donde se recluye entre viaje y viaje a Westminster a echar una cabezadita en la Cámara de los Lores.

A Cifuentes le toca ahora darse un garbeo por los infiernos. No pasa nada. Lo dijo Churchill: “If you are walking through hell, keep walking” (Si está atravesando un infierno, sigue caminando).

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 16 de abril de 2018

JUBILADOS



JUBILADOS




Día sí día también las calles se llenan de jubilados encolerizados por lo que (según muchos) es una subida tacaña de la pensión. El Gobierno ofrece un 0.25% de subida y el IPC aumenta ¿el 1.1%?  Y en esas estamos: que si la pérdida de poder adquisitivo, que si tal, que si cual. Total, por unos pocos euros que ni son solución para el jubilado ni lo es para el gobierno. El gobierno (todos los gobiernos) se dan cuenta de estar en una  situación inasumible, que el sistema no se puede mantener y se tira tierra a los ojos subiendo una cantidad irrisoria para aplazar el problema; y los jubilados, que intuyen que el sistema se colapsa, piden unos eurillos más sin darse cuenta (o sin querer hacerlo) de que el verdadero problema es que, en algún momento, llegará un gobierno que no podrá pagar la nómina. Ni corregida ni sin corregir con el IPC. Así de sencillo.

¿Y eso, por qué? Pues por lo que ya saben: las pensiones se pagan bien por imposiciones de los trabajadores o por aportaciones del estado, vía impuestos. Los trabajadores nuevos son pocos y delgaduchos: vendedores de crecepelos por teléfono, repartidores, captadores callejeros de ONGs, empaquetadores de compras online, dependientes,  vigilantes, camareros y kellies que poco pueden aportar a las arcas del trabajo —bastante tienen con sobrevivir—. También hay informáticos, ingenieros y arquitectos, y muy buenos, pero esos suelen ser becarios de magro sueldo desarrollando trabajo de profesional o bien están trabajando en Alemania cobrando un buen dinero y aportan allí. La segunda manera de financiar las pensiones es la aportación del estado vía impuestos con lo que habría que subir estos, cosa que, según los expertos, no traería sino huída de capital de los grandes y asfixia de la pequeña empresa, de los autónomos y de los emprendedores. Mal asunto.
Lo cierto es que cada año hay más jubilados y con pensiones mayores mientras que los que aportan son los mismos (o menos) con sueldos de colibrí. Así,  los meses de la extraordinaria, el gobierno tiene que echar mano del fondo de la hucha de las pensiones que ha pasado de tener 66.815 millones en 2011 a cero hoy en día. Y todo en un momento de vacas godas en que los astros están alineados a favor de la economía de un país que debería estar ahorrando para (como dicen los ingleses) los días de lluvia. A saber:

Las exportaciones van viento en popa. En 2017 se exportó por valor de 277.126 millones de euros, un 8.9% más que el año anterior. Por cierto: la autonomía líder en exportación es Cataluña, con un 25,6% del total.
El turismo (nuestra mayor y más exitosa industria) rompe cada año las costuras del corsé. En 2017 se registraron 82.5 millones de entradas de turistas, más turistas que nunca y más que nadie en el mundo, exceptuando Francia,  que hicieron un gasto de 87.000 millones de euros (un 12.4% más que el año anterior). Adivinen cual es la región española líder en el sector.
El petróleo y el gas (fuentes energéticas que España tiene que comprar en el extranjero —casi— en su totalidad) se mantienen a precios razonables. De hecho, el precio del barril de crudo ha desaparecido de los telediarios.
La financiación del Reino de España está garantizada por un Banco Central Europeo que decidió en su momento intervenir con sus reservas siempre que fuera necesario para garantizar la viabilidad financiera del país. Desde ese mismo momento la famosa Prima de Riesgo, que irrumpió sin ser invitada en un momento de nuestras vidas,  ha desaparecido en la bruma como si se tratara de nuestras semiolvidadas primas de Reus o de Ponferrada.

¿Me pueden decir que tiene que ocurrir para que el sistema de pensiones sea solvente? ¿Y, qué ocurrirá cuando dos o tres de estas circunstancias soplen de cara? Porque ocurrir, todos sabemos que ocurrirá. Según Murphy y mi abuela, lo que pasa una vez, vuelve a pasar. Siempre.
Lo tengo dicho: tendremos que acostumbrarnos a vivir con menos. No pasa nada. Un coche pequeño mejor que uno grande y una scooter puede sustituir al pequeño. No hay porqué jugar al golf; la petanca es también muy distraída y el viaje al Perito Moreno siempre pueden ser sustituido por las fiestas del pueblo, que son tan divertidas o más. El huerto es una buena y barata opción para proveer la casa de verduras frescas que son más sanas que las carnes rojas y si nos da el terreno para tener unas gallinitas, mejor que mejor. Y a lo nuestro: a clases de Pilates tres veces a la semana, media hora de meditación diaria y a seguir con nuestros hábitos de desayunar nuestra quinoa,  nuestro té verde y nuestro tallito de apio mojado en zumo de tomate ecológico acompañado de dos nueces los domingos. Y a vivir que son dos días. O 120 años, ¿quién sabe?

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 9 de abril de 2018

MÁSTER (& COMMANDER)


MÁSTER (& COMMANDER)




He sido profesor de un máster (Máster del Profesorado de Secundaria) en la Universidad de Valencia durante cinco años y, en base a mi experiencia, me veo en la necesidad de aclarar algunas cosas:

Primero: El curso -como el que cursó Cifuentes- era presencial, lo que significa que la asistencia a las clases es obligatoria. En cada clase se pasaba la hoja de asistencia que firmaban los alumnos. Al final del curso me aseguraba de que ninguno de ellos hubiera faltado a más del 20% de las sesiones so pena de perder el derecho a la evaluación. Esas eran las reglas que nos imponía a principio del curso el coordinador del máster y en su observancia nos conducíamos tanto los profesores como los alumnos. Recuerdo una ocasión (excepcional) de dos alumnas a las que evalué sin alcanzar el 80% de la asistencia, y eso, por instrucción del coordinador que mostró al profesorado un documento de exención de asistencia por haber cursado, o estar cursando, otro máster de contenido homologable. Aún así, las alumnas hubieron de superar las mismas  pruebas a las que se sometió al resto.

Segundo: A cada profesor se nos asignaba un número de alumnos a los que tutorizar el trabajo de fin de máster (TFM), que debían exponer (o simplemente presentar si se optaba solo al aprobado) una vez acreditaban tener todas las asignaturas aprobadas. En ese momento se iniciaba una serie de e-mails y entrevistas alumno-profesor para determinar el título, diseño y desarrollo del trabajo que incluía  todas las sugerencias, comentarios, correcciones o simplemente aprobación por parte del profesor de las distintas partes que el alumno iba redactando. De todo lo cual queda constancia en el correo de la Universidad tanto del alumno como del profesor.

Tercero: Para la evaluación del trabajo de fin de máster (TFM) se constituían unos tribunales formados por tres profesores del máster que debían evaluar un número de alumnos/trabajos a los que habían tutorizado otros (para evitar sesgos o preferencias). Cada trabajo era leído por tres personas diferentes que después, en sesión de evaluación, y tras la presentación del mismo -en su caso-  por parte del alumno, se evaluaba con una nota de 0 a 10. Tras la lectura de los trabajos yo tenía la costumbre de anotar el título, los puntos fuertes, los mejorables y la calificación, ya que tenía que argumentar, discutir, y finalmente consensuar con mis compañeros en la sesión de evaluación la calificación. Aún hoy, cuatro años después, sería capaz de reconstruir el tema, los logros y deficiencias y muchos otros pormenores de cada uno de los trabajos de los alumnos a los que tutoricé y a los que evalué en los tribunales de los que formé parte con solo mirar las anotaciones.

Así de simple. Escribo esto para decirles que no hay nada creíble en este embrollo, que a la Commander no le queda otra salida que la dimisión que, con toda seguridad, tendrá lugar más pronto que tarde; y que el marrón es, principalmente, para la Universidad, que tendrá que investigar quién y por qué ha falsificado documentos oficiales. Solo así conseguirán lavar la credibilidad de quienes sí, en todo momento, cumplimos con nuestra obligación, para con nuestros alumnos y para con la sociedad. Y, por favor, déjense de trampas.

Román Rubio
Abril 2018

martes, 3 de abril de 2018

LOS PERROS DE BENARÉS



LOS PERROS DE BENARÉS



En India, los perros -como las vacas- andan sueltos. En grupos o solos, andan de acá para allá o se tumban a la bartola en cualquier lado: en la cuneta, a la puerta de la tienda o en medio de la calle atestada de tráfico si les viene en gana. Y a nadie se le ocurre espantarlos con una patada o algún gesto más violento que el común bocinazo, como tampoco se hace con un mendigo o un santón de esos que parecen salir del Antiguo Testamento. Los perros no conocen ataduras ni collares. Vagan, fornican, duermen, buscan comida y sombra a su aire. A veces se tumban inmóviles en la calzada y es difícil determinar si están vivos o muertos hasta que el olor o la visita de los cuervos o las avispas entrando por los ojos delatan su estado de tránsito a la reencarnación. No conocen vacuna ni veterinario ni su cuerpo ha conocido el agua aparte del ocasional chapuzón en el riachuelo infecto o en el solo un poco menos infecto Ganges. Nadie les castra ni esteriliza y ni buscan ni huyen de la compañía del humano a quien ven como una criatura hermana de la creación.

El indio es enormemente respetuoso con la vida de los animales, por lo que el número de vegetarianos del país es muy alto. Los hindúes no comen vaca y los musulmanes no comen cerdo. Como son los dos grupos religiosos más numerosos del país parece que hay una entente cordiale de sacar el vacuno y el cerdo de las mesas y las carnicerías, reduciendo la gama al pollo, que muchos, ya puestos, excluyen de su dieta o lo toman en raras ocasiones.

En el extremo animalista de  la India se encuentran los más de cuatro millones de jansenistas. Estrictamente vegetarianos,  la vida de cualquier animal –hasta de los microbios- es igual de importante, cualquiera que sea su estatus en la escala zoológica. Limpian con escobones el terreno que van a pisar para no dañar la vida de los insectos, llevan mascarilla para no tragar involuntariamente mosquito alguno y prefieren comer frutos a otros alimentos cuya obtención suponga la muerte de la planta por lo que no comen nada que se críe por debajo de la tierra,  como patatas o cebollas.

En mi país la gente se atiborra de carne: vacas, cerdos, corderos, pollos y pavos son conducidos a miles diariamente a los mataderos y  los perros van siempre atados (a veces con longanizas) hasta el punto de que no conocen el mundo sin ataduras fuera de la casa. Se les lava regularmente con suaves champús y se les hace manicura, se les lleva al veterinario y tienen su cartilla de vacunación, como los niños (los de aquí, no los de la India). Se les da de comer una dieta equilibrada que incluye paella los domingos, se les castra o esteriliza sin su consentimiento y la mayoría muere sin conocer los arrebatos de la fornicación. También se les niega el derecho a la muerte natural. Para evitar el sufrimiento (mayormente del dueño, al verlo morir) se le administra la eutanasia sin necesidad de consentimiento  del interesado.

¿Y los humanos? A falta de una vida con sentido, los dueños de los perros, consumidores entusiastas de trankimacines y orfidales, parecen encontrarse en continua terapia. Y no me refiero a aquellos que lamentablemente están recibiendo las temidas quimio y radio, no. Hablo de los que reciben la hidroterapia de las aguas sin estar enfermos o son objeto de los placenteros beneficios de la talasoterapia (que viene a ser lo mismo, pero de mar), la  masoterapia de los masajes sin estar ni siquiera cansados, la aromaterapia de las esencias para regular el estado emocional (quebradizo, por lo general), las enigmáticas  chocoterapia (curación con chocolate) ¿?,  cromoterapia (curación con el uso del color) ¿?, crioterapia (uso del frío) o la equinoterapia o tratamiento por contacto con caballería.   Algunos otros se inclinan por la ozonoterapia para ver de sortear sus inconcretas aflicciones y otros por la musicoterapia (algo que ya sabíamos los de mi generación cuando nos encerrábamos tardes enteras en la habitación con el último de los Stones), o la risoterapia, que consiste, según creo, en reír y reír sin gana para obtener así el efecto catártico de la risa liberadora. En definitiva, comer sin hambre, beber sin sed, fornicar sin deseo y dormir sin sueño ni cansancio.

Y digo yo: si los perros de Benarés supieran de este mundo de amos en terapias varias, peluquerías, cadenas y collares, vacunas, comida segura, castraciones y eutanasia por decreto, ¿creen que se cambiarían? Quizá sí, pero no estoy seguro.

Román Rubio
Abril 2018

lunes, 19 de marzo de 2018

LA CULTURA DE LA QUEJA



LA CULTURA DE LA QUEJA


No sé ustedes pero yo tengo amigos (sobre todo digitales) que se pasan el día, ¿qué digo el día?, la vida, quejándose. De la (malísima) atención médica, del copago de 1,2€ por caja de su medicación crónica que tiene para 50 días; de que las bicicletas vayan por las aceras -aunque nunca les hayan ni siquiera rozado-, de que las bicicletas vayan por los carriles bici ocupando sitio de otros vehículos, de que las bicicletas existan; de que solo les suban un 2.5% el sueldo, digo pensión, de dos mil y pico euros que llevan cobrando desde los cincuenta y dos años de edad en que su empresa acometió el ERE de los rajás; de que los políticos se perpetúen en los cargos, de que  se retiren de la política e inicien exitosas carreras en el sector privado; de que haya coches, de que haya muchos coches, de que a su coche le pongan multas, impuestos o restricciones por emisiones o lo que sea; de que los vecinos hagan ruido, de que el piso de arriba esté vacío y golpee la ventana con el aire; de que haya un restaurante en el bajo de su finca que produce olores, de que no haya un restaurante en el bajo de su finca donde tomar algo mientras ve el fútbol;  de que haya tantos chinos, de que haya tantos moros, de que no encuentran muchacha extranjera que cuide de su madre, del deterioro cognitivo de su progenitora, de la pensión de su progenitora (insuficiente para pagar a la mujer extranjera que la habría de cuidar), de lo mal que los demás (nunca ellos) gestionan todo aquello que les rodea -la finca, el municipio, la autonomía, la nación y el mundo en general-. Se quejan de todo eso y de muchas otras cosas. De todo a la vez y continuamente.

Y te lo transmiten de continuo buscando tu aquiescencia y aprobación. La queja es una liberación de la ira del quejica y una perversión: se trata de hacer que el  interlocutor comparta su propia ira sabiendo que no puede hacer nada para evitar el problema. El quejica quiere trasladarte el mal rollo involucrándote en su propio enfado para descargar así parte del suyo. ¿Quieren mi consejo? Huyan, huyan del quejica profesional y sistemático. Son, como dicen por ahí afuera, unos passion killers; peor que la lencería de esparto. Su único objetivo es hacer la vida más ácida, indignada e infeliz contagiando a todo quisqui su perpetuo estado de irascibilidad.

Para contrarrestar tan molestos tocapelotas, en el otro lado del espectro digital tenemos a los snowflakes o copitos de nieve. Estos te inundan con mensajes optimistas de blanda psicología positivista al estilo de: “Eres un copo de nieve único y diferente a los demás”, “todo está al alcance de tu increíble capacidad”, “tú te lo mereces todo y más” “eres maravilloso” y “no importa el número de fracasos. Es solo que tu idea de éxito es errónea”.  Aunque tengas que vivir en un barril. Si le fue bien a Diógenes…

Y hablando de quejas, quejicas y quejones: Robert Hughes, en la ya lejana fecha de 1994, publicó el libro La cultura de la queja (Anagrama) sobre la epidemia norteamericana de la reclamación. Aquí un par de curiosos ejemplos:

Una mujer de 79 años logró unos 700.000 dólares como indemnización de la cadena McDonald’s por haberse producido quemaduras en los muslos al caérsele encima un café comprado en una de sus tiendas… mientras iba conduciendo. Se ganó el pleito y la indemnización  alegando que en el vaso de polietileno no se informaba de que estaba caliente.
Un tal Grazinski, de Oklahoma, demandó al fabricante de su caravana Winnebago por salirse de la carretera tras programar una velocidad constante de 100 km/h e ir a la parte de atrás a prepararse un café mientras iba en marcha. La reclamación se basó en que en el manual no se especificaba que el programador de velocidad no era un piloto automático y, claro, se salió en la primera curva. Consiguió 1.750.000$ y una caravana nueva como indemnización.
Estos quejicas sí que son listos y no otros que yo me sé. O el mundo está loco, loco.


Román Rubio
Marzo 2018

jueves, 15 de marzo de 2018

ANA JULIA


ANA JULIA




Ha tenido que ser ella: mujer, inmigrante, negra y de izquierdas. Este es el mensaje que predomina en Twitter a propósito del lamentable asesinato del niño Gabriel en la bella y extraña tierra próxima a Las Negras. Tras la detención hecha con las manos en la mesa, las turbas enardecidas, como siempre, se lanzaron al linchamiento físico, que, cual Jesucristo en el caso de la prostituta, tuvo que ser evitado por la Guardia Civil; y tras el físico, el de las redes. Bastarda, malnacida, rastrera, miserable son algunos de los apelativos de las redes para la que se desean las muertes más despiadadas y atroces. ¡Cómo les gusta a algunos ajusticiar en masa! Hace unos días que trascendió en la prensa algún que otro linchamiento público en India contra sujetos que habían cometido un delito u otro, aunque, quizá, no tan grave como el presuntamente cometido por la odiada Ana Julia.

Escribo en Twitter el nombre de la desdichada y leo, al azar:

A. R. (omito el apelativo completo del autor por discreción).
Vamos que “Ana Julia Quezada” la asesina de Gabriel Cruz. Es Negra, inmigrante y de #Podemos
Será todo un espectáculo de circo ver como van a tratar el tema los progres españoles.


Sí, ya sé que la escritura en las redes es precipitada y descuidada pero, aún así, el mensaje reproduce en parte el cutrerío intelectual de quienes, en este caso, se ponen a lanzar piedras contra la presunta, aunque confesa, asesina: mujer, inmigrante, negra y de izquierdas, mientras se regocija de la incómoda posición en que según el autor del texto  se van a ver los progres españoles. Pues bien, como profesor que soy, vamos, en primer lugar, a atender ciertos asuntos formales:
Señor A. R.: En el primer párrafo de su corto texto faltan dos comas y sobra un punto. Nunca se escribe punto de separación entre un sujeto (“Ana Julia Quezada” la asesina de Gabriel Cruz) y el predicado (es negra, inmigrante y de Podemos).
En el segundo párrafo también comete usted, en su precipitado discurso, una falta de ortografía: la palabra “como” debería llevar acento (“cómo”) ya que tiene sentido interrogativo. En cuanto a lo de escribir “Negra” con mayúscula, bueno, aunque incorrecto se lo voy a pasar, en la medida en la que su propósito es resaltar la condición racial para resultar así más humillante y perdonavidas.

Correctamente escrita, su misiva vendría a ser algo así como:
         Vamos, que “Ana Julia Quezada”, la asesina de Gabriel Cruz, es negra, inmigrante
          y de #Podemos.
          Será todo un espectáculo de circo cómo van a tratar el tema los progres españoles.

El mensaje tendría la misma carga xenófoba, racista, sexista y facha pero, al menos, estaría bien escrito y la gente (o muchos de nosotros que, a pesar de no exhibir banderitas nacionales, tenemos el gusto por la lengua española bien hablada y escrita) lo tomaríamos a usted más en serio.


Pues sí, la asesina ha sido una mujer. No es lo normal. La inmensa mayoría de la violencia la ejercen los hombres. A veces contra las mujeres, pero muchas otras  contra otros hombres. En este caso ha sido contra un niño, con lo que creo que podemos despojar al suceso de connotaciones de género. Y sí, es inmigrante y además de raza negra. ¿Cambia eso algo? Ah, claro, olvidaba que era, es, dice ser o dicen que es (no sé de dónde han sacado la información) de izquierdas, incluso de Podemos -que es todavía un escalón más cerca de los infiernos-. ¿Y?

Quiero recordar a los lectores que el asesinato más despiadado, frío y el que más dolor ha ocasionado en el mundo occidental desde que uno tiene memoria fue ejecutado por un hombre, blanco y rubio, de frente despejada y ojos verdes,  ciudadano con pedigrí de uno de los países más evolucionados del mundo y de derechas, muy de derechas. Se llamaba (se llama, ya que en chirona también tiene nombre la gente) Anders Beringh Breivick y un día de julio de 2011, tras poner una bomba en el centro de Oslo y matar a unos cuantos, se vistió de policía, agarró el arsenal del que disponía y se fue a la isla de Utoya en donde había una concentración de jóvenes laboristas de entre 16 y 24 años y empezó a disparar indiscriminadamente. Después anduvo paseándose entre los heridos disparando uno a uno para rematarlos. Se cargó a más de noventa.

Habrán otros asesinatos: personalizados, masivos, indiscriminados… y los cometerán hombres, mujeres (más hombres que mujeres), blancos, negros, musulmanes y cristianos. Y las turbas, enfervorecidas, saldrán a linchar al asesino presunto o confeso. Esperemos que caiga por allí Jesucristo. O la Guardia Civil. Lo de las redes ya es otra cosa.


Román Rubio
Marzo 2018

lunes, 12 de marzo de 2018

EUFEMISMOS


EUFEMISMOS



En el estupendo libro Arden las redes, Juan Soto Ibars dedica un capítulo a la corrección política y señala jugosos ejemplos en los que las palabras, tras un cierto uso, adquieren una connotación denigratoria y son sustituidas por otras neutras que al cabo del tiempo necesitarán ser repuestas por el mismo motivo. Se trata del eufemismo o suavización del mensaje. Ocurre en todas las lenguas, pero es en el inglés norteamericano donde adquiere cotas drásticas. En la época de Mark Twain la palabra nigger (negro) era comúnmente aceptada; tanto que aparece 219 veces en el libro Huckleberry Finn. Hoy en día es tan enormemente ofensiva que se sustituye por otras más neutras en las ediciones escolares, mistificando así la obra literaria. Le sustituyó black  que dejó de usarse en los 70 en beneficio de  coloured  (persona de color) para devenir finalmente en afro-american. Me pregunto: ¿Cuál será la palaba que la sustituirá cuando esta quede manchada por el desprestigio?  George Carlin, el famoso monologuista fallecido en el 2008 solía hacer repaso de esta absurda competición americana por la corrección política que impregnaba asuntos de raza, religión, estados físicos y mentales y hasta temas económicos o militares. Lo que en la Primera Guerra Mundial se llamó “neurosis de guerra” (shell shock), pasó a llamarse “fatiga de batalla” (battle fatigue) en la Segunda para evolucionar en “agotamiento operacional” (operational exahustion) tras la guerra de Corea  y “desorden de estrés postraumático” (post-traumatic stress disorder) en la guerra del Golfo. Palabras distintas, cada vez más asépticas, para designar exactamente la misma cosa.

EL Decreto 2421/1868 del 20  de septiembre de las Cortes franquistas se redactó para regular y potenciar la protección del menor con taras físicas o psíquicas. Se puede leer en el preámbulo:
(…) Un programa de protección a los menores subnormales debe atender a su bienestar y rehabilitación, protegiendo, ayudando y reeducando al deficiente o disminuido para hacer efectivas (…)
¿Subnormal, deficiente…? ¿Está redactado acaso para humillar a estos niños? En absoluto. De hecho, la palabra subnormal era en sí un eufemismo que vino a suavizar  los altamente ofensivos, incluso para la época, idiota e imbécil. El hecho de que estas palabras se usaran para insultar,  hurtaron a las mismas de su inicial sentido denotativo. El hecho de que discapacitado sea considerado injurioso es cuestión de tiempo. De hecho ya son “persona discapacitada” o “diverso funcional” apelaciones más aceptadas. Es igual. Al final habrá que encontrar otra palabra o expresión para designar la misma cosa.

El sábado, en un editorial de El País referido  al asunto del espía ruso envenenado con gas nervioso en Inglaterra en compañía de su hija, leo:
“Lo sucedido el domingo además ha afectado a más personas que al objetivo del presunto ataque. Se trata pues de una acción terrorista indiscriminada (…)” 
¿Acción terrorista indiscriminada? Es cierto que el agente de policía que acudió en su auxilio resultó contaminado, con lo que podríamos considerarle una “víctima colateral”. Vale que llamen acto terrorista a lo que suena como una venganza a un espía que había traicionado a los suyos por dinero, pero  que digan que es un ataque indiscriminado, no. No trago. Indiscriminado es cuando se mata, hiere o hace daño a alguien sin atender a su identidad, como ocurrió en el atentado de Las Ramblas y en tantos otros, pero  cuando se trata de hacerlo a una persona concreta es muy, pero que muy, discriminado.  Ay, las palabras. Como les gusta a algunos etiquetar las cosas, aunque sea solo para confundir.

No hace mucho que la feria de arte Arco retiró de la exposición una obra titulada Presos Políticos, mural que constaba de fotos de personas entre las que se incluían a los Jordis y a Junqueras. El problema no era ético sino semántico. Creo que la obra no habría sido retirada de haberse llamado, por ejemplo, Personas. En un alarde de funambulismo lingüístico, algunos ocurrentes salieron diciendo que no son presos políticos sino políticos presos. Y tan contentos con su hallazgo de Perogrullo.

Y mi favorita: algunos lectores se dirigieron indignados a la defensora del lector del periódico que leo (para pasmo de muchos de mis conocidos que lo consideran anacrónico y demodé) porque un redactor había usado de manera jocosa en su columna el término viejenials refiriéndose a los mayores, lo que podría constituir no ya un eufemismo sino un disfemismo (palabra o expresión deliberadamente despectiva e insultante que se usa en vez de una más neutral). Uy, uy, uy; no les llamen viejos que los ánimos están exaltados.

Román Rubio
Marzo 2018

lunes, 5 de marzo de 2018

LA TRIBU


LA TRIBU



Por allá por los ochenta, un señor francés, burgués de provincias,  me hizo una confesión que me sorprendió. El hombre se declaró admirador de España, como país. No sé si son conscientes del contexto, pero los españoles acabábamos de nacer como democracia, veníamos de abortar un golpe de estado y conspiraciones varias, ETA ponía unos cuantos muertos cada mes y, sobre todo, estaba en Francia. Y allí siempre se nos había mirado (¿aún se nos mira?) por encima del hombro, como se mira a ese pariente pueblerino, pobre, atrasado, algo bronco y levantisco. La afirmación fue chocante: ¿Qué ciudadano de la libre y democrática República, cuna de la liberté, egalité, fraternité y el chauvinismo, habría de admirar o envidiar a esta España cainita de encarnizados enfrentamientos a cara de perro? Luego vino la argumentación, y ahí todo quedó claro: España había tenido la valentía y el sentido común de, en un momento de su historia, haber expulsado a los musulmanes y a los judíos de su territorio, con lo que, para el cabeza de familia normando –que resultó ser votante y miembro del partido de Le Pen (padre)-  había garantizado  la integridad tribal de una raza, una lengua ¿?, una cultura ¿? y una religión, al tiempo que, según él, nos ponía al abrigo de la violencia islamista.
 Algunos podrán pensar que los atentados islamistas en la ciudad de Paris es cosa moderna. No es así. En la década de los 80  hubo seis atentados en los medios de transporte y lugares comerciales de la ciudad, incluyendo una bomba en un tren Toulouse-París y otra en los almacenes Tati, de la calle Rennes. Todos ellos con víctimas.
Mi anfitrión francés no era alguien a quien tomarse mucho en serio. En aquel tiempo, la Comunidad Económica Europea estaba en tránsito para convertirse en una Unión, con su moneda y todo, España y Portugal estaban en negociaciones para unirse, Yugoslavia no había iniciado aún su proceso de descomposición y en Alemania empezaban a vislumbrarse movimientos centrípetos. Parecía que era posible, y hasta deseable, el hecho de que en un país pudieran convivir diversas etnias, lenguas, culturas y hasta religiones sin romper las costuras nacionales. Así lo creíamos muchos; y sobre todo lo creía la izquierda. Ingenuos.

En el periódico del domingo, unos cuarenta años después, me encontré con un Trump que quiere cerrar las fronteras americanas poniendo aranceles a diestro y siniestro bajo el lema de America First. En Alemania, Alice Weidel, la lideresa de Alternativa para Alemania opera bajo el lema Los alemanes primero y persigue una Alemania sin inmigrantes indeseados y guardiana de sus esencias. En Italia andaban de elecciones y me informo de que la Liga Norte ha dejado de ser tal para ser una Liga que abarca todo el país y que ha dejado, quizá temporalmente, el propósito de independencia de Padania por el eslogan Italia para los italianos y cuyo objetivo es liberarse de los inmigrantes con acuerdos de repatriación y otras artimañas. El líder, Matteo Salvini, divorciado y padre de dos hijos, congregó en la Plaza del Duomo de Milán a las familias de “italianos de bien”, sacó un rosario, un Evangelio y juró el cargo de Primer Ministro en una grotesca pantomima que me recuerda la proclamación de otras repúblicas exclusivistas que tenemos aún más cerca.

La tribu está de moda. El nacionalismo hoy no es expansivo, como lo fue en el siglo XX. Salvini no quiere Libia ni Etiopía para Italia. Lo que quiere es que Italia se mantenga pura, sin libios ni etíopes. Alice Weidel no quiere la expansión de Alemania ni la anexión de otros territorios. Por el contrario, lo que quiere es salir del Euro, deshacer la Unión Europea y dejar Alemania para los alemanes. Los catalanes no quieren conquistar el Mediterráneo. Hasta parecen haber renunciado momentáneamente a los Països Catalans. Solo quieren una patria étnica, cultural y lingüísticamente pura. Todos parecen querer lo mismo: guardar las esencias y contaminarse lo menos posible con sangre, cultura, lengua y religión ajenas. Cada cual a su tribu y a cada tribu su territorio.
Siempre nos quedará Suiza. Esperemos que no acabe como el Líbano y puedan disfrutar de su proverbial aburrimiento los prosistema (urdangarines), las antisistema (annas gabrieles) y los mediopensionistas.

Román Rubio
Marzo 2018


martes, 27 de febrero de 2018

POBRE ESPAÑA


POBRE ESPAÑA


¿Qué maldición tiene España que no puede soportar la idea de la convivencia, la paz y el progreso sin sentir la necesidad de suicidarse una y otra vez? Los catalanes reniegan de ella como de una madrastra cruel, rancia y fascista, los vascos también y el proceso de descomposición va de fuera adentro como diagnosticó Ortega hace casi un siglo. Ay, triste España de Caín, que dijera aquel anarquista conservador, creyente –que no católico-, republicano de derechas que murió en Salamanca en la Nochevieja del 36 y que elogió tanto como aborreció el Alzamiento de Franco. Mientras unos sueñan con romperla y ven en la desvinculación de los otros la fuente de la felicidad y el progreso, otros, que no tienen donde independizarse quieren romperlo todo. La izquierda, nostálgica de una República de Durrutis y Pasionarias, ataca la Constitución a la que acusa de  obsoleta, ineficaz, anacrónica y esclavizadora, como a la Monarquía. ¿La Transición? Una bajada de pantalones, una concesión a l’ancien régime fascista y tradicionalista que ha dado lugar a un régimen corrupto y rendido al capital. Hay que desmoronar todo de nuevo. No importa que el país –de manera excepcional- haya vivido 50 años de paz y progreso-, en la medida en que las cosas no son como yo las quiero.

El español –e incluyo al vasco y el catalán- tiene una marcada inclinación a la ira y la obcecación y una aversión a lo que los anglosajones llaman compromise que no es sino  saber encontrar el punto en el que  llegar a un acuerdo que sea aceptable para todas las partes. Porque hay que vivir juntos. No vale matar o enviar a la cárcel o al exilio al contrario. Sí, ya sé que no se juzgó a los responsables de la represión tras la guerra civil que sí que habían juzgado a los que habían “paseado” a terratenientes y curas, pero en algún momento había que parar la barbarie. Se amnistió a todo quisqui y pocos quedaron contentos. Yo, sí.  El día en que mi padre cobró la primera paga de jubilación por haber sido oficial del ejército republicano di por consumada la conciliación de las españas. Aunque aún hoy, muchos miserables se opongan a que otros busquen a antepasados en las cunetas aludiendo de manera rastrera a “subvenciones”.

¿Y la Monarquía? Me resulta difícil defender racionalmente una institución que es hereditaria y aparentemente inútil: es anacrónica, es injusta (en la medida que goza de privilegios –que otros ven como cargas-) y puede ser costosa para un país. Por tanto, solo aportaré, como abogado del diablo, argumentos empíricos en su defensa: Alemania, Francia, Italia y Portugal son repúblicas perfectamente democráticas. Reino Unido, Holanda, Suecia, Noruega y Dinamarca son monarquías parlamentarias. ¿De verdad creen que la calidad democrática de las repúblicas es superior a la de las monarquías? En serio. No digo que sea inferior pero, ¿superior? En Oriente Próximo, Arabia Saudita es una Monarquía con un régimen poco envidiable, pero tampoco  la República Islámica de Irán lo es: de hecho, no estoy seguro de que sea mejor que la Persia del sha. Y en Extremo Oriente, ¿es superior el régimen republicano chino al imperial de Japón en términos de calidad democrática, justicia social y ejercicio de las libertades?

Hoy todo el mundo habla de la necesidad de reformar la Constitución. Parece ser que no hay nada más urgente ni apremiante. No importa que el país tenga un paro endémico  inasumible, que la curva demográfica sea preocupante, que los jóvenes solo consigan trabajos de chicha y nabo y que los cerebros (como siempre) se tengan que marchar al extranjero, no: lo importante es reformar la Constitución. Pues bien, hagámoslo. Pero, hay que tener en cuenta que las reformas se hacen con consensos y que si uno no obtiene lo que quiere, debe (aunque sea en contra de su voluntad) aceptar los resultados. Hagámoslo. ¿Creeis que quiénes piden la reforma con urgencia aceptarían los resultados del consenso? Bla, bla, bla.


Román Rubio
Febrero 2018

sábado, 17 de febrero de 2018

COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS


COMPAÑEROS Y COMPAÑERAS



Hace nada que subí un mensaje a Facebook afirmando con sorna, medio en broma medio en serio (más bien en serio que en broma), que no habría de votar a ningún partido cuyo líder (o lideresa) se dirigiera a sus audiencias con la fórmula “ciudadanos y ciudadanas, valencianos y valencianas, alumnos y alumnas”. El tema, candente como está, levantó opiniones a favor y en contra entre mis amigos, tanto en la red como en el “tête à tête”.
Desde principios del siglo XX, en que Ferdinand de Saussure inaugurara el estructuralismo lingüístico con su obra póstuma Curso de lingüística general (1917), se entiende la diferenciación entre lingüística interna (estudio de las lenguas en sí mismas) y externa (componente social de las mismas). En este contexto, el uso continuado de las locuciones como “ciudadanos y ciudadanas”, a pesar de lo cansino que puedan resultar en el discurso, son admisibles en cuanto que atienden al reforzamiento de “lo femenino” en el lenguaje, obviamente relegado.
Ahora bien: estas fórmulas generan otro tipo de discriminaciones. ¿Ciudadanos y ciudadanas o ciudadanas y ciudadanos? Elegir un orden siempre supone discriminar. Por cierto, que en el tradicional lenguaje machista la fórmula usada para dirigirse a una audiencia ha sido “señoras y caballeros” o, la todavía más igualitaria, “señoras y señores”, anteponiendo siempre a las señoras. Imagino que en ciertos círculos feministas proclives a las portavozas se verá como un paternalismo insoportable. No quiero ni pensar qué opinarían si fuese al contrario.
La doble formulación genera además un problema de concordancia en la frase que atenta a la cohesión y la coherencia de los textos. Cuando el político dice “los valencianos y las valencianas estamos hartos de tanto corrupto” está cometiendo un atentado a las concordancias del texto, ya que, en buen orden, debería decir “los valencianos y las valencianas estamos hartos y hartas de tanto corrupto y corrupta”. Otra cosa es la de usar, en la medida de lo posible, sustantivos epicenos que no admiten la doble fórmula, como hartazgo y corrupción: “los valencianos y las valencianas sufrimos un hartazgo (o empacho) de tanta corrupción”, haciendo más llevadero el empalagoso discurso. De todos modos, nótese que hartazgo es masculino (el hartazgo) y corrupción –con perdón- femenino (la corrupción).

Los países de habla inglesa lo tienen más fácil ya que perdieron el triple género masculino/femenino/neutro del antiguo germánico en algún momento de la historia. En los años 70 algunas palabras  con  el sufijo femenino ess se transformaron ( stewardess  devino flight attendant)  y otras, con el prefijo masculino man, se convirtieron en otras cosas: fireman en firefighter, policeman en police officer (o police agent), barman en bartender, postman en post worker (o mail carrier) y chairman en chair woman o simplemente chair. Y poco más. También es cierto que la simplicidad del inglés en este asunto  lo hace más confuso. She has a friend no señala si se trata de un amigo o una amiga y créanme que puede ser muy relevante. Para ello se puede usar girl-friend o boy-friend, lo que aún puede enredar más el discurso. Al final lo tienen que resolver con un poco elegante she-friend o he-friend, al igual que con el bebé (he-baby) o con la gata (she-cat).

El francés, sin embargo, ofrece un panorama más tormentoso. No hace mucho que la Academia Francesa de la Lengua (los 40 sabios) ha denunciado la iniciativa de lenguaje inclusivo que afloró recientemente en Francia tras distribuirse un libro escrito con esta fórmula para la asignatura de ciudadanía en los institutos.
Según las normas de este lenguaje los nombres que admiten el masculino y el femenino como “los franceses”, deberán escribirse les Français·es, especificando las dos terminaciones, separadas por un punto, pero ojo, por un punto de mitad de línea, que no está en el teclado y que se obtiene con Alt 250 en el  PC y Alt+May+F en el Mac. Así pues, “todos los asalariados” que tradicionalmente se escribía tous les salariés se convierte en tou·te·s les salarié·e·s y la frase “son numerosos” ils sont nombreux deviene  elles·ils sont nombreux·ses.  En fin, un lío. No sé si ustedes han estudiado francés. Si lo han hecho convendrán conmigo en que es una lengua de ortografía endemoniada, mucho más complicada que la del español ya que, como las terminaciones se pronuncian igual, todo depende del juego de las concordancias en la escritura. Y esto ha provocado el rechazo frontal de la Academia. Si es tan difícil de aprender a escribir el francés, ¿por qué complicarlo hasta ese extremo?
 También recomiendan hacer la concordancia de género, no con el masculino sino con el nombre más próximo: les hommes et les femmes sont belles (los hombres y las mujeres son bellas) o les filles et les garçons sont gentils (las chicas y los chicos son simpáticos), lo que parece tener más sentido.
En fin, un lío. Ustedes mismo·a·s. O si lo prefieren: Ustedes mismos/as. O Ustedes mism@s. Como quieran.

Román Rubio
Febrero 2018

domingo, 11 de febrero de 2018

MISIVAS DEL MÁS ALLÁ


MISIVAS DEL MÁS ALLÁ

“Ha dejado este mundo sin aportar nada de interés, creyente en un Dios que espero que exista”. Esta es la misiva que aparecía en la esquela de un tal Emilio Miró Paniello en La Vanguardia. El reportero que tenía que incluir la necrológica, ante tan peculiar mensaje de despedida, sospechando que no era cosa de la familia, fue al entierro, se entrevistó con sus allegados y se enteró de que esa frase era la voluntad del finado. No ha trascendido qué clase de vida había llevado el personaje, pero humilde y honesto, el tipo, era. Por una parte reconoce la levedad de su paso por el mundo rebajándola hasta la insignificancia (algo que compartimos muchos otros) y por otra expresa sus dudas sobre la existencia de un Dios en el que parece haber creído (otro signo de lucidez –la duda, digo-)

El músico ruso Serguéi Prokófiev, en pleno proceso de creación de su Concierto para piano y orquesta nº. 2, recibió una breve carta de su amigo Maximilian Schmitdthof, colega de estudios del Conservatorio de San Petersburgo y dedicatario de alguna de sus obras, que decía: “Querido Serguéi, te comunico las novedades más recientes: me he suicidado. No te entristezcas, permanece indiferente: sinceramente, es todo lo que este incidente merece. Adiós. Las causas no son importantes”.
Es difícil adivinar el efecto de tan crudas y francas palabras en la mente de Prokófiev, máxime cuando no se sabe exactamente la relación que había entre un declarado  homosexual, Schmitdthof, y un Prokofiev de sexualidad incierta, pero el efecto debió ser profundo puesto que el amigo muerto fue objeto de la dedicatoria del Concierto que tenía entre manos y que gozara de una acogida tan controvertida. También le dedicó las sonatas para piano número 2 y número 4. Todo un amigo.

Pero de todas las misivas del más allá, la que es quizá más ingeniosa es la que envió André Gide (1896-1951) al escritor Paul Claudel (1868-1955). Gide escribió novelas que desafiaban la moral cristiana y mostraba la sexualidad (en su versión homo) sin pudor alguno. Claudel era recatado, pudoroso y profundamente católico. Ambos mantuvieron una larga y fecunda correspondencia. Gide le llamaba en sus artículos, santurrón y fariseo  y éste depravado sexual y gusano inmundo, pero en el fondo se respetaban como escritores. La relación se rompe cuando en Les Caves du Vatican, Gide  describe la perversa atracción que siente por un candoroso monaguillo, lo que provoca la indignación de Claudel que corta en seco la relación. André Gide recibiría el Nobel en 1947. Se cuenta que, a las pocas horas de morir André Gide, Claudel recibió un telegrama firmado por el muerto que decía: El infierno no existe, Puedes hacer locuras.

Román Rubio
Febrero 2018