lunes, 26 de noviembre de 2018

GIBRALTAR



GIBRALTAR


En La hoguera de las vanidades, Tom Wolfe escribe un memorable capítulo titulado Gibraltar. En el ideario anglosajón, la palabra es sinónimo de fortaleza o lugar inexpugnable por la solidez de sus defensas. En la novela se refiere, de manera metafórica, al Palacio de Justicia del Bronx, único lugar seguro —incluso para jueces y policías— en aquel truculento Bronx de los ochenta, al que es conducido el infortunado Sherman McCoy en lo que sería el inicio de su descenso a los infiernos.

El Peñón de Gibraltar (el de verdad) es enclave británico desde 1713, año en que se firmó el Tratado de Utrecht. En las últimas semanas ha sido motivo de toma y daca diplomático a tres bandas y un serio obstáculo para llegar a un acuerdo entre la UE y Gran Bretaña sobre el Brexit. Tras muchos tira y afloja, dimes y diretes, amenazas españolas de veto a la firma del acuerdo y otras zarandajas, el gobierno de Sánchez ha obtenido una Declaración de los Veintisiete y de la Comisión de que cualquier negociación futura sobre Gibraltar tendrá que contar con el visto bueno previo de España.

Tengo una comprensión de los asuntos diplomáticos tan limitada como tú, lector, pero me atrevo a decir que es un muy buen acuerdo el obtenido por Sánchez. ¿Y saben por qué? Pues porque los euroescépticos del partido de Teresa May no han tardado ni un minuto en atacar a esta por supuestas cesiones de soberanía y Pablo Casado en acusar al presidente de “humillación histórica”. ¿Se puede tener más garantías de la bondad de la resolución que el hecho de que los nacionalistas radicales británicos por un lado y Casado por el otro estén tan cabreados? Significa que se ha llegado a un punto intermedio aceptable por las partes y por las personas de buena voluntad (o de voluntad de llegar a acuerdos, que viene a ser lo mismo).

Quienes no aceptan nada que no sea “Gibraltar español” saben que están en vía muerta por la sencilla razón de que los gibraltareños “no” quieren ser españoles y así lo han manifestado una y otra vez siempre que se les ha preguntado, de la misma manera que en Ceuta y Melilla, los lugareños (intuyo que, incluso, la mayoría de los de origen musulmán) “no” quieren ser marroquíes y así lo manifestarían si se les preguntara. Y por razones similares.

Es fácil de entender. En primer lugar, existe la falsa impresión de que los llanitos, con su simpático acento andaluz salpicado de anglicismos, son españoles o de origen español. Esto no es así. La población española abandonó el lugar tras la ocupación extranjera y se instalaron allí gentes de origen británico, genovés, maltés, hindú o judío, como se puede ver en los apellidos de sus ciudadanos (Aldorino, Picardo, Bossano, Hammond, (¿se acuerdan del romanticón Albert Hammond?), Caruana…). Para los británicos, hoy en día, el asunto es muy poco relevante, y están, o han estado, dispuestos en su mayoría a ceder la soberanía (o parte de ella) a España, pero esto ha sido rechazado una y otra vez por los ciudadanos del peñón, que ven amenazado su bienestar económico, su estatus de tierra de nadie y centro financiero fronterizo y tramposete. En 1967 se llevó a cabo la primera consulta para ver de acabar con la anomalía colonial, pero para desencanto de los españoles, el 99’6% de los votos fueron a favor de permanecer bajo soberanía británica. En 2002, por iniciativa conjunta hispano-británica, se hizo de nuevo un referéndum con la pregunta ¿Aprueba el principio de que el Reino Unido y España compartan la soberanía de Gibraltar? La participación fue de un 88% y el 99% votó “no”. Solo 183 ciudadanos lo hicieron a favor de la cosoberanía española. El resultado fue tan alto y tan claro como lo fue el del referéndum del Brexit, en el que el 95% de la población votó quedarse (remain) en la UE.

Así las cosas, creo que el acuerdo conseguido por Sánchez no solo no es una “humillación histórica” sino, más bien un éxito diplomático, conseguido, en parte, por el bien hacer de un Ministro de Exteriores al que se le escupe en el Congreso.

Por cierto, en el enclave gibraltareño hay una playa conocida como La Caleta cuyo nombre oficial es Catalan Bay. Pueden consultar el origen del nombre si tienen curiosidad. Yo lo he hecho.


Román Rubio

martes, 20 de noviembre de 2018

LLUVIA


LLUVIA






“…Y se abrieron las compuertas de los cielos; y llovió a torrentes sobre la tierra cuarenta días y cuarenta noches”.

Génesis (7:2)


Llovió una barbaridad. En el Génesis, digo. Aquí también, pero no hay comparación. Nada que ver con los cuarenta días y cuarenta noches que vio llover Noé desde su arca-zoológico.

 “Fueron aumentando cada vez más las aguas sobre la tierra, y cubrieron los montes más altos que hay debajo de todos los cielos. Las aguas subieron quince codos por encima de los montes y quedaron estos totalmente cubiertos”.

¿Ven cómo nos quejamos de vicio? Eso era lluvia de verdad y no lo que acabamos de pasar. Claro que las consecuencias tampoco tuvieron nada que ver con lo de hoy:

“Toda carne que se movía por la tierra pereció: aves, ganados, animales salvajes y todo ser que pululaba sobre la tierra y todo hombre”.

Hasta que:

Se acordó Dios de Noé, de todos los animales y de todas las bestias que estaban con él en el arca. Entonces hizo pasar Dios un viento sobre la tierra y fueron descendiendo las aguas”.

 Menos mal que se acordó y mandó un poniente seco. ¿Qué habría sido del mundo de no haberse acordado Yahveh de que Noé llevaba aburrido 40 días y cuarenta noches viendo llover por el ventanuco? Gracias a que Noé, previsor él, llevaba comida almacenada para su familia y los animales.

Y así acabó la película:

“Cerráronse las fuentes del abismo y las compuertas de los cielos, y cesó la lluvia torrencial de los cielos”

La lluvia había terminado (gracias al hallazgo memorístico de Yahveh) pero ¿se podía saltar del arca e irse cada uno por su lado? En absoluto.

“En el mes séptimo, el día diecisiete del mes, se posó el arca sobre los montes de Ararat. Y siguieron disminuyendo las aguas hasta el mes décimo; y en el mes décimo, el día primero del mes, aparecieron las cimas de los montes.

¡Hurra! ¡Tierra! Gritó el de Triana, engalgado en la cofa del palo mayor. Ya era hora de acabar con el aburrimiento insoportable de estar confinados en aquel cuchitril con rinocerontes, serpientes y cucarachas.

“Al cabo de cuarenta días abrió Noé la ventana del arca y soltó un cuervo (…) Soltó después una paloma (…) Esperó aún otros siete días y soltó otra vez la paloma fuera del arca. Por la tarde regresó a él la paloma con una hoja de olivo en su pico…”

Parece que la historia del chubasco había acabado, pero no fue así del todo. Una vez secada la tierra aún hubo de transcurrir un mes para que el Ciudadano Justo recibiera la orden del Ser Omnisciente de salir con su familia y los animales de la embarcación.
Aunque, a decir verdad, las referencias temporales hay que ponerlas en entredicho, sobre todo teniendo en cuenta que Noé era hijo de Lámek, que había sido engendrado por Matusalén cuando este tenía ciento ochenta y siete años —un adolescente, si tenemos en cuenta que vivió seiscientos ochenta y dos más—. El mismo Noé tenía quinientos años cuando engendró a Sem, Cam y Jafet, todo un prodigio de fecundidad y vigor de una tardía juventud.

En todo esto me dio por pensar anoche cuando, lloviendo, me dispuse a tomar un autobús para volver a casa. En la paraba indicaba que el tiempo de espera era de nueve minutos. ¡Nueve minutos en la Gran Vía para el primero de las múltiples líneas que hacen el recorrido!
¿Lo ven? Todo es muy relativo. Fue pensar en Noé y se esfumó toda sombra de enojo para con la EMT y con el mundo. Nueve minutos. ¿En qué clase de seres nos estamos convirtiendo? Según datos proporcionados por Google y Microsoft, empezamos a abandonar una página de internet si tarda en cargarse más de 250 milisegundos —en 2006 eran cuatro segundos— y un vídeo si tarda dos segundos en comenzar, según un estudio sobre una base de datos de 23 millones de vídeos visionados por cerca de siete millones de personas. Y el estudio es de 2012. ¿Cuál será ahora el umbral de nuestra paciencia? O mejor, ¿qué expectativas tenemos de un vídeo al que no le damos ni dos segundos para abrirse?

Piénsenlo. Y piensen en Noé; en su fe, en su determinación, en su bendita paciencia y en sus proezas fecundadoras. ¡A los quinientos años! ¿Habrase visto?

Román Rubio
Noviembre 2018


lunes, 12 de noviembre de 2018

BIG BROTHER IS WATCHING YOU



BIG BROTHER IS WATCHING YOU

Googleito de mi vida, / eres niño como yo;
por eso te quiero tanto / que te doy mi información.
Tómala, tómala, / tuya es, mía no.

Encuentro muy, pero que muy chocante esa actitud generalizada de crítica, desconfianza y, a menudo, rechazo frontal al hecho de proporcionar información a las grandes empresas —Google, Facebook o Instagram...— con nuestras andanzas. Pues claro que se la proporcionamos. Y valiosa. Aunque, en realidad, sospecho que no es “nuestra” información lo que interesa a estas empresas, sino la de millones de individuos como nosotros que conforman el Big Data y que tiene aplicaciones comerciales y políticas indudables.
Saben de lo que hablo: buscas información turística sobre San Petersburgo y estás dos meses recibiendo pequeños anuncios de hoteles o vuelos a aquella ciudad. Abras la página de internet que abras, allí está la última oferta. No quiero ni pensar la de anuncios que uno recibirá si compra en Amazon un látigo de cuero negro con púas. Usted lo sabrá, lector pillín. Y esto resulta insoportablemente irritante a algunos. A mí también me resulta irritante, por supuesto, pero solo ligeramente. Me confieso un incondicional de Google y le perdono sus pequeñas venganzas. Es tanto lo que me da que estoy dispuesto a sacrificar una parte de mi libertad (o, mejor dicho, de mi privacidad) con tal de beneficiarme de su omnisciencia. A lo mejor porque nunca he comprado un látigo de cuero con púas en internet.

“No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero y el panadero de donde esperamos obtener nuestra cena, sino de la atención a su propio interés”, escribió Adam Smith en La riqueza de las naciones (An Inquiry into The Nature and Causes of the Wealth of Nations, 1776). En efecto, este es el fundamento de la economía que ha hecho rodar el circo desde el inicio y que define lo que es, en esencia, un buen negocio: una transacción en la que ambas partes salen beneficiadas. El proveedor ofrece un producto o servicio que el cliente quiere poseer y, a cambio, le pide un dinero que necesita y/o enriquece. Y ambos resultan satisfechos. No vale que una parte salga beneficiada en detrimento de la otra, como en el caso del mafioso, que cobra por ofrecer una protección contra su propia agresión. Eso no es negocio, es extorsión. Ni el del tratante que da anfetaminas al burro para venderlo en la feria de ganado tampoco; eso es engaño. Negocio redondo es —como me explicó un día un vendedor de coches de la marca Mercedes— el acto comercial en que el comprador paga mucho dinero por un producto excelente que desea poseer.
Google, WhatsApp, Facebook o Instagram no engañan: proporcionan servicios que uno, en plena libertad, decide usar. Y resultan gratuitos. Bueno, no exactamente. A cambio usan tus datos para orientar las campañas de marketing. Y ese es el negocio. En una parte de la balanza está el contenido del servicio (la Biblioteca de Babel, en el caso de Google), en la otra, el requerimiento de tu información personal. ¿Qué pesa más para ti? El dilema es muy sencillo: si los beneficios que te reportan estas compañías superan a tus remilgos sobre privacidad, los usas; y si es al contrario, pues no los usas. ¿Qué hay de difícil en ello?
Eso sí, si huyen de la policía porque han matado a su vecino, les recomiendo que no usen su móvil ni su Visa. O, mejor, no maten a su vecino.

Conocí a alguien que, además de hacer gala a menudo de tener un cerebro de chorlito, se quejaba amargamente de que el uso de su tarjeta Visa daba información (al Gran Hermano) de por donde andaba, cuales eran sus gustos y su nivel de gasto. Lo que no consideraba mi conocido (me resisto a llamar amigo) era que, en el otro lado de la balanza, una simple tarjeta de plástico le permitía andar sin dinero cosido en la faltriquera y obtener efectivo en cualquier rincón del mundo. Por qué usaba la tarjeta, exponiéndose impúdicamente al escrutinio del Ser Omnisciente, es algo que se escapa a mi comprensión, a no ser que se tratara del ejercicio de expiación que le suponía el hecho de quejarse.
Y no es que yo no vea peligros e inconvenientes en el uso y abuso de las redes sociales que, en mi opinión, van por otro lado: mayormente por el del comportamiento. Son instrumentos diseñados para ser adictivos y pueden ocasionar perjuicios a muchas personas con personalidad lábil y dependiente —a menudo adolescentes, pero no solo— que viven esclavas del “me gusta” y que pueden verse muy afectadas cuando el número de estos no cumplen las expectativas.

Yo, por mi parte, me dispongo a buscar en Google látigos de cuero con pinchitos y adquiriré uno en Amazon. A ver como reacciona Big Brother. Ya les contaré.

Román Rubio
Octubre 2018

lunes, 5 de noviembre de 2018

¿ESTAQUÉ? ESTATINAS, HOMBRE, ESTATINAS


¿ESTAQUÉ? ESTATINAS, HOMBRE, ESTATINAS







Hace ya un par de años publiqué en este mismo blog un artículo titulado Colesterol del malo que tuvo cierta popularidad entre los seguidores de este blog y otras personas a las que llegó por medio de las redes sociales. En él argumentaba mi negativa a tomar las estatinas que el médico me había prescrito tras comprobar el alto nivel de colesterol que consignaba mi análisis de sangre.
Señalaba yo en el artículo que, si el 70 de por cien de mis amigos y conocidos estaban bajo tratamiento para el colesterol, significaba que el umbral de medir estaba mal delimitado (¿torticera e interesadamente?) al no corresponderse con la distribución “normal” de la población, entendiendo el término como normalidad estadística, es decir, la que se explicaría en la panza de la campana de Gauss.


Hoy sigo sin tomar la pastillita (y milagrosamente vivo) y no por capricho, sino por ver de evitar los efectos secundarios. A saber: potenciación del deterioro cognitivo (pérdida de memoria), debilitamiento, atonía y dolores musculares, desregulación del azúcar en la sangre y de la tensión arterial y otros. En fin, ya saben: se trata de desnudar a un santo para vestir a otro.
Hace poco he seguido la polémica sobre el colesterol y las estatinas que se ha generado en The Guardian y he leído algunas opiniones a favor y en contra de seguir la medicación. He elegido (y traducido) una de las opiniones porque creo que expresa un punto de vista original. Dice así:


El Instituto Nacional para la Excelencia del Cuidado y la Salud recomienda la ingesta de las estatinas para aquellos con una probabilidad de un 10% de tener un ataque al corazón en los próximos 10 años. Examinemos esto con detalle: cien personas con un riesgo de ataque al corazón o ictus del 10% implica que al final de esos 10 años, 90 de esas personas no tendrán un ataque al corazón o un derrame cerebral y diez personas lo sufrirán. Si todas esas 100 personas toman estatinas durante diez años su riesgo se ve reducido en —más o menos— un tercio. Esto significa que, tras diez años de estatinas, en vez de haber 90 personas a salvo de un ataque al corazón, 93 evitarán uno. Siete de ellos tendrán un ataque incluso tomando estatinas durante todo el periodo de diez años, y tres personas afortunadas, que podrían haber sufrido un ataque, lo evitan. Lo que no sabemos es como identificar a esos que se beneficiarán.
Esto quiere decir que 97 personas tienen que tomarse las pastillas durante 10 años para que tres personas se beneficien del efecto. El gran problema con las estatinas pues, no es si benefician a los que tienen un alto riesgo (que sí les benefician), sino la incuestionada medicación en masa de gente con poco riesgo (97%) que no obtienen beneficio alguno. Los que no se benefician están, sin embargo, expuestos a los potenciales efectos secundarios, entre los que se incluye un incremento en la tasa de diabetes. ¿Qué impulsa estas recomendaciones de medicar a grandes cantidades de población para el beneficio de unos pocos?
Avril Dankzak
Manchester

Román Rubio
Octubre 2018

miércoles, 31 de octubre de 2018

LA BRECHA DIGITAL


LA BRECHA DIGITAL




¿Se acuerdan de aquellos lejanos tiempos (es decir, hace tres o cuatro telediarios) en que hablábamos de brecha digital entre niños privilegiados (con acceso a internet ilimitado) y desfavorecidos (sin acceso a la web)? Si, hombre. Hablábamos de equipación informática en los hogares, de conexión a internet y de colegios en los que, en un principio, iban los alumnos una(s) hora(s) a la semana a la “clase de informática”, en la que se sentaban en número de dos o tres por ordenador a darse codazos para presionar las teclas y resolver nimiedades. Pronto todos los colegios (incluidos los públicos) disponían del servicio. Entonces, los privilegiados, los de pago, a los que asistían los cachorros de las élites económicas del país sacaban pecho proporcionando un ordenador personal a todos y cada uno de los alumnos mientras se burlaban con la mano en la nariz de los pobres que aún andaban yendo al “aula de informática” a darse codazos con el compañero.  Algunos presidentes autonómicos, haciendo un esfuerzo económico considerable, conseguían igualar la apuesta y lo pregonaban orgullosos en cada elección mientras los colegios de los ricachones proporcionaban una tableta. A este fenómeno le llamábamos “brecha digital”, dando por sentado que los recursos digitales habían de proporcionar el dominio del entorno laboral y la llave del éxito del infante en el futuro. ¡Qué tiempos aquellos en los que la humilde libreta, el lápiz y la goma de borrar nos parecía un atraso, instrumentos que apartaban a los niños del mundo de las oportunidades!
Y, ¿en qué estado nos encontramos ahora? La semana pasada venían dos artículos en el New Yok Times que hacían referencia a este asunto y de los que me he permitido trasladar aquí algunos párrafos: el primero es Sillicon Valley Nannies Are Phone Police for Kids:

“De Cupertino a San Francisco, ha emergido un consenso creciente de que el tiempo de pantalla es malo para los niños. De ello se deriva que los padres exigen a los/las nannies que mantengan ocultos los teléfonos, tabletas, ordenadores y TVs en todo momento. Algunos hacen, incluso, firmar contratos de prohibición de uso del teléfono que garanticen la ausencia absoluta de exposición de los niños a las pantallas.
“El miedo a las pantallas ha alcanzado el nivel de pánico en Sillicon Valley. “Vigilantes” ahora, suben fotos a portales de padres de posibles “nannies” usando los móviles cerca de los niños. Lo que quiere decir que la misma gente que elabora los flamantes e hiperestimulantes portales digitales se están viendo aterrorizados por ellos. Lo que ha puesto a las “nannies” en una posición extraña.”

Los llamados “vigilantes” no son sino personas que, voluntariamente, denuncian, en portales especializados para padres, las posibles infracciones de las nannies que miran el teléfono o escriben mensajes en el móvil mientras empujan el carro del niño o vigilan el columpio.

El otro artículo publicado en el mismo periódico y titulado The Digital Gap Between Rich and Poor Kids Is not What We Expected, se centra en el asunto de la brecha digital escolar:

“No hace mucho que la preocupación era que los estudiantes ricos tuvieran temprano acceso a internet, ganando habilidades tecnológicas y generando una brecha digital. Las escuelas pidiendo hacer deberes online mientras solo alrededor de dos tercios de la gente en los EEUU disponía de servicio de internet de banda ancha. Ahora, en cambio, los padres que trabajan en Sillicon Valley expresan cada vez más pánico al impacto que las pantallas tienen sobre sus hijos y se encaminan hacia estilos de vida libres de pantallas, lo que aumenta la preocupación hacia una nueva brecha digital. Podría ocurrir que los hijos de las clases pobres y medias-bajas sean educados por pantallas mientras los hijos de la élite de Sillicon Valley vuelven a los juguetes de madera y al lujo de la interacción humana.”
“Los adolescentes de familias de renta baja pasan una media de ocho horas y siete minutos al día usando pantallas como entretenimiento, mientras los de rentas más altas pasan cinco horas y cuarenta y dos minutos (…) Dos estudios que tuvieron en cuenta la raza concluyeron que los blancos están expuestos a las pantallas significativamente menos que los negros y los hispanos.”
“Los padres dicen que hay una brecha tecnológica creciente entre escuelas públicas y privadas, incluso en la misma área. Mientras que la privada Waldorf School of the Peninsula, popular entre los ejecutivos de Sillicon Valley, rehúye el uso de las pantallas, la cercana escuela pública Hillview Middle School publicita su programa 1:1 iPad (tableta por alumno)”
“La brecha digital se trataba del acceso a la tecnología, y ahora que todo el mundo tiene acceso, la brecha digital se trata de limitar el acceso a la tecnología,” dice Chris Anderson, el antiguo director de la revista Wired.”

Ya ven: en época de mi abuela, las mujeres del pueblo con posibles eran conminadas por sus madres a llevar sombrilla en verano para que no les diera el sol y el bronceado delatara su condición de campesinas. En los años sesenta, con la llegada de extranjeras de países en los que el bronceado indicaba esquí, tiempo libre y cosas así, este devino prestigioso. Hasta hoy. Veremos en el futuro; porque lo que es bueno, en la medida en la que se pone al alcance de todos, pierde el prestigio y las élites dirigen el péndulo al lado contrario.
Entretanto, disfruten del internet. Y hasta de las redes sociales, si así les place. Pronto se convertirán en cosa de pringadillos. Como usted y como yo.

Román Rubio
Octubre 2018

sábado, 27 de octubre de 2018

DIOS SALVE AL REY



DIOS SALVE AL REY

El Ayuntamiento de Barcelona acaba de pedir la abolición de la monarquía, a iniciativa de la CUP y con los votos de Barcelona en Comú y, por supuesto, ERC y PDeCat. Bien. Cada cual tiene derecho a expresar su preferencia por la manera de regirse, gobernarse y administrarse, y la monarquía, hoy, está cuestionada desde el ámbito territorial y el de la izquierda. Correcto. Pero, lo que ya no veo tan claro son los argumentos para el repudio. Veamos: el ayuntamiento barcelonés alega dos motivos fundamentales. El primero es el del papel que el rey (la institución monárquica) jugó durante el “conflicto catalán”, refiriéndose claramente al famoso discurso (que yo no escuché) y en el que se alineó claramente en una posición de defensa de la Constitución —(el hecho de que un jefe del Estado sea rey, presidente o caudillo no lo haga es algo que no me cabe en la cabeza, pero ¡en fin!)—. ¿Fue el infausto discurso lo que abrió la brecha entre la monarquía y el pueblo catalán? Desde luego, no es lo que todos apreciábamos en las broncas con que la afición barcelonista acogía al monarca cada vez que le daba la Copa del Rey al Barça (por ejemplo).

En segundo lugar, la repudia del consistorio al monarca “reafirma el compromiso con los valores republicanos y apuesta por la abolición de una institución caduca y antidemocrática como la monarquía”. De acuerdo con la primera parte —la del compromiso con los “valores republicanos” (signifique eso lo que signifique)— pero ¿por qué hay que dar por supuesta la obsolescencia y la antidemocracia de la institución monárquica? Es cierto que en el plano racional tiene difícil defensa la monarquía, pero ¿y en el pragmático o funcional? Veamos:


El Índice de Democracia (Democracy Index) es una clasificación hecha por la Unidad de Inteligencia de The Economist para determinar el rango de democracia de 167 países. Para ello se analizan 60 indicadores agrupados en cinco categorías: proceso electoral y pluralismo, libertades civiles, funcionamiento del gobierno, participación política y cultura política. Con el análisis de estas variables, agrupan a los países en: países con democracia plena, países con democracia imperfecta, países con regímenes híbridos y países con regímenes autoritarios. Pues, bien: España (esa entelequia tan denostada hoy) está en el primer grupo, por encima de otras (repúblicas) como Francia, Italia o los EEUU. ¿Quieren saber cuál es el ránking de los diez países con mayor calidad democrática y sus puntuaciones?
Noruega (9.87), Islandia (9.58), Suecia (9.39), Nueva Zelanda (9.26), Dinamarca (9.22), Canadá/Irlanda (9.15), Australia (9.09), Suiza/Finlandia (9.03).
Era previsible, ¿verdad? ¿A que no les llama en absoluto la atención? Pues bien: Noruega (1º), Suecia (3º) y Dinamarca (5º) son monarquías parlamentarias, mientras Islandia, Irlanda, Suiza y Finlandia son repúblicas. ¿Y Nueva Zelanda, Canadá y Australia? Pues, aunque sea de manera remota y algo simbólica, aceptan gustosos a Su Caduca y Antidemocrática Graciosa y Sosa Majestad, figurando en sus constituciones el estatus de monarquías parlamentarias. En serio: seis de los diez países más democráticos y transparentes del mundo son monarquías parlamentarias, a pesar de la opinión del consistorio barcelonés.
¿Y los 10 puestos siguientes que completan los 19 países de democracia plena? Pues son:
Países Bajos (8.89), Luxemburgo (8.81), Alemania (8.61), Reino Unido (8.53), Austria (8.42), Mauricio (8.22), Malta (8.15), Uruguay (8.12) y España (8.08).
Pue sí; Países Bajos, Reino Unido y Luxemburgo también son monarquías parlamentarias. Y España se sitúa entre los 20 primeros; por delante de las repúblicas de EEUU e Italia (7.98), Francia (7.80) y la mismísima Bélgica —país en el que, por cierto, se encuentra Waterloo— (7.78).

Es evidente que el hecho de ser monarquía o república no afecta a la calidad democrática del país. Noruega, Suecia y Dinamarca son monarquías. Islandia, Finlandia y Suiza son repúblicas. Reino Unido y Países bajos son monarquías; Alemania y Francia repúblicas. Arabia Saudita es una monarquía y Japón también. Suiza es una república, como también lo son Cuba y Venezuela. Y en el último lugar del ránking democrático (según la clasificación de The Economist) se encuentra Corea del Norte, que se hace llamar república pero que de facto está en manos de una dinastía.
¿No les gusta el Rey de España? Pues, muy bien, abajo con él, no seré yo quien se juegue su reputación, vida y hacienda en su defensa, pero no lo vistan con argumentos tramposillos y falaces. La monarquía tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas. Es algo absurda, pero te protege de berlusconis, trumps pujoles y gentes así. Y no invitan a tomar “a relaxing cup of café con leche en la Plaza Mayor” en sus discursos. Tienen más clase.


Román Rubio
Octubre 2018

martes, 23 de octubre de 2018

GHOSTWRITER


GHOSTWRITER




¿Que no saben quién es Aitana Ocaña? Yo tampoco lo sabía hasta que me enteré que había presentado un libro titulado La tinta de mis ojos (Alfaguara) en la Fnac de Callao, en Madrid, y que se está vendiendo, al parecer, muy, pero que muy bien. El hecho de que uno no la conociera no quiere decir, en absoluto, que la mujer (la joven, más bien, si nos atenemos a su edad, puesto que ronda la veintena) no sea famosa. Había participado en una edición reciente de Operación Triunfo. Y ya se sabe: no hay famoso que no escriba un libro. O más bien, no hay famoso a quien no le escriban uno.

En el caso de la joven, no hay duda de que se lo escribió otra persona. En su presentación confesó, sin dar nombres, que había contado con la ayuda de una “coach literaria” (pronúnciese couch,   /ˈkəʊtʃ/), ya que según ella “nunca he hecho un libro en mi vida, yo no escribo, no sé cómo hacerlo. Siempre he tenido faltas de ortografía y nunca me he sabido expresar muy bien”. Bravo, por lo menos es sincera. Lo que no impide que a su corta edad ya tenga un libro de memorias en el mercado. Eso es aprovechar el tiempo. Si a los veinte años ya has publicado (que no escrito) un libro de memorias, ¿qué no habrás conseguido al final de una larga y exitosa vida artístico-laboral? Ni imaginármelo puedo.

Me encanta lo de “coach literaria” para referirse a quien te escribió el libro, aunque las vidas (y las memorias) dan lo que dan, y a tenor de la crítica de la obra, lo de la chica —de momento— da para poco. Según la periodista Lorena G. Maldonado: “Malas noticias para la literatura: Aitana publica un libro escrito por una ‘negra’ literaria, con 15 ilustraciones y poesía de baratillo”. De lo que se infieren dos cosas: que lo único que aportó al libro Aitana fueron las ilustraciones y los poemillas y que la ‘negra’ literaria no era la periodista que hizo la crítica.

El español tiene un problema para designar a la persona que escribe un libro por encargo de otra. Siempre se le ha llamado “negro”, lo que es improcedente: en primer lugar, porque el rol es ejercido hoy en día mayoritariamente por mujeres (habría que usar, pues, “negra”), y en segundo lugar porque lo de “negro” puede resultar ofensivo a muchos, además de inexacto. En inglés se usa la palabra ghostwriter (escritor fantasma) para designar a la persona, lo que daba título a la buena novela de Richard Harris sobre el incierto presente y turbio pasado de un reconocible Toni Blair, que llevó al cine magistralmente Roman Polanski con el nombre en español de El escritor.

Muchas celebridades han usado un “negro/negra” para sacar a la luz sus cortas o largas memorias: Ana Rosa Quintana, David Bisbal y, de manera significativa, Victoria Beckham. En 2007 publicó su libro That Extra Half an Inch: Hair, Heels and Everythig in Between (Penguin), escrito por la periodista Hadley Freeman (tal y como ella misma confesó años después en un artículo en The Guardian). No he leído el libro; dudo que lea alguna vez un libro de o sobre Victoria Beckham, pero hay que reconocer que el título es genial: Esa media pulgada extra: pelo, tacones y todo lo que hay en medio. ¿Quién de las dos sería la autora de título tan desvelador? Me pregunto.

Ahora bien, hay personajes famosos que, habiendo publicado sus memorias o no, han conseguido ponerles un título de manera brillante. Es como si toda su vida hubiese girado, de manera voluntaria o no, en torno al título de su libro de memorias. Fuera del alcance de especialistas en marketing, coaches literarios y otros gurús de la comunicación. Les propongo un juego: yo les digo el título del libro y ustedes adivinan el personaje, ¿de acuerdo?

¡Españoles! Franco… ha muerto.
Hilillos de plastilina.
¡Yo, por mi hija, mato!
¡Si me queréis, irse!
Un finiquito en diferido.
A Relaxing Cup of Café con Leche
 El caloret.


Román Rubio
Octubre 2018

domingo, 14 de octubre de 2018

CERRAR EN FALSO


CERRAR EN FALSO




En el diario El País del sábado leí un sabroso artículo del maestro Manuel Vicent titulado “Renau, Sert y el ‘Guernica’, otra vez”, en el que relata la visita de Josep Renau —director general de Bellas Artes de la República— a París, para recabar la participación de los artistas españoles en el pabellón de la República de la Exposición Internacional de 1937.
En él se relata con gracia como Renau contactó con Picasso para solicitar una participación que se consumó con la elaboración del “Guernica”. El embajador español, pensando que el valenciano no iba vestido de manera adecuada a la ciudad y a su cargo, lo equipó con bombín, cuello de pajarita, guantes amarillos de cabritilla, zapatos de media caña de paño con botones y bastón corto de bailarín de claqué, equipación de la que el político se desprendió en parte tirándola a un cubo de basura porque se sentía ridículo. Al llegar al lugar de la cita, el malagueño-francés le presentó a un par de tipos de Corbera de Alcira, asentadores de frutas del mercado de Les Halles, con quien Picasso estaba jugando a las cartas y contando chascarrillos y chistes verdes. Y allí mismo, al parecer, en una servilleta del bistró, se firmó el contrato de lo que habría de ser la obra pictórica más importante del siglo XX español.

La pintura se exhibió en el pabellón español de la exposición parisina, obra de los arquitectos Josep Lluis Sert y Luis Lacasa.

Cuenta Vicent que el arquitecto Josep Lluis Sert le confesó un día: “Si en el café de Flore, en París, en plena guerra, —(lugar en el que el arquitecto se reunía con Picasso)— nos hubieran dicho que el Guernica volvería a España con un borbón en el trono, con un presidente del Gobierno que se llamaría Calvo Sotelo, con un cura, el padre Sopeña, como Director del Museo del Prado, con la Guardia Civil custodiando el cuadro y con Dolores Ibárruri presente en los actos de inauguración, hubiéramos creído que se trataba de una broma surrealista de Luis Buñuel”.

En la misma edición del diario, Julio Llamazares firma el artículo “Franco no se acaba nunca” en el que sostiene la irritante premisa (enormemente extendida, por otra parte) de que las historias que se cierran en falso nunca acaban de desaparecer, atribuyendo a la Transición la cualidad de cierre en falso de un episodio de la historia de España. Entiéndanme: respeto mucho a Llamazares como escritor. Me impresionó su libro “La lluvia amarilla” uno de los (en mi opinión) mejores de la literatura española de la segunda parte del pasado siglo, pero la afirmación del cierre en falso, por muy extendida que esté, o es una perogrullada o es algo peor: es malintencionada. No es que la página se cerrara en falso. Es que muchos se empeñan en que la página no  se cierre.
Se lo explicó muy bien el arquitecto Sert a Vicent un día bajo la cúpula del Hotel Palace: que la Pasionaria (y supongo que Alberti y otros) asistiera a un acto en el que el cuadro que simboliza el repudio a la rebelión y sus fechorías fuera custodiado por la Guardia Civil para ser exhibido en un museo dirigido por un cura y ser visionado por todos los españoles estando un Calvo Sotelo como presidente del gobierno “es” para muchos de nosotros exactamente eso: cerrar una etapa de la historia. Porque, para cerrar una etapa dolorosa de la historia o de la vida, hay que tener, en primer lugar, la voluntad de cerrarla. Después, buscar el consenso, a sabiendas que se deben hacer concesiones para conseguirlo —cualquier consenso—, y una vez conseguido, el propósito de respetarlo. Quienes no lo ven así, sus razones tendrán, pero me temo que les falla la primera premisa: la de la voluntad.

Se atribuye a Bismark la revelación que hizo a cierto embajador español de que admiraba a España. Al preguntarle el embajador por la razón, el Canciller le dijo que, porque ni siquiera los españoles, en su empeño, habían conseguido acabar con ella. O algo así. Reproduzco la frase aquí porque la he visto citada muchas veces, pero no tengo documentada la autoría. Me da igual: lo dijera Bismark o no, es una verdad atronadora. Los españoles, cualquiera que sea el éxito como nación conseguido por consenso y respetando las reglas (y/o el marco jurídico), están siempre dispuestos a sacar la pistola. Si no para disparar al oponente (lo que sucede a menudo), para pegarse un tiro en el pie.
Repasen la historia de los dos últimos siglos y lo verán. Aunque algunos, como les es propio, dirán que es debido a que se cierra la historia en falso. Deberían aclarar lo que significa eso. Supongo que es no hacerlo a su manera, claro. Bismark tenía razón.

Román Rubio
Octubre 2018

lunes, 8 de octubre de 2018

GAMBERRADAS


GAMBERRADAS




Las hay con gracia y sin ella. Banksy, el incógnito artista, referente del Street Art, las hace con gracia. Se subastaba en Sotheby’s, de Londres, un cuadro suyo; en concreto el de la niña intentando alcanzar el globo rojo con forma de corazón, versión del original que una vez apareciera en una pared de Shoreditch, en Londres, y que había sido elegida por el público inglés en una macroencuesta como el cuadro favorito de entre todos los de artistas británicos, incluidos Turner, Lucien Freud, Francis Bacon y todos los demás. Tras producirse la venta, en la misma sala de subastas, el cuadro, como si de la cinta del superagente 86 se tratara, se autodestruyó. Al parecer, había un dispositivo instalado en el mismo marco que actuó como una trituradora de documentos y la mitad inferior del cuadro quedó cortada a finas tiras. Un comprador desconocido acababa de pagar por él 1.2 millones de euros. Lo nunca visto. Casualmente, un tipo “que se parecía” a Robin Gunningham, el artista de Bristol que parte de la prensa identifica con el misterioso artista, había sido expulsado de la sala por los de seguridad poco antes de iniciarse la subasta.
Todo muy confuso, chocante y gamberro, como el propio Banksy. Ahora bien, si lo que pretendía el artista era burlarse de los atributos del capitalismo y su pecaminoso efecto de mercantilización, le ha salido el tiro por la culata. Resulta que la obra triturada ha aumentado su valor en medio millón de libras, penique arriba o abajo, según los expertos tasadores. El dinero no admite burlas ni mascaradas. El misterioso comprador, lejos de verse perjudicado, salió aún más forrado. Aunque, tratándose de Banksy, no se sabe si hay aún alguna sorpresa.

En 2013 hizo algunas notables gamberradas en Nueva York para poner en evidencia la compleja, y a menudo absurda, relación entre dinero y arte. El 13 de octubre de aquel año, el artista instaló junto a Central Park, y durante un solo día, un puesto de venta de láminas de su autoría, firmadas por él, por el módico precio de $60 la pieza. Por supuesto, sin avisar. El hombre que atendía el puesto fue filmado aburriéndose casi todo el día por falta de clientes. Los turistas pasaban ignorando por completo el producto. A mediodía, una mujer compró dos para la habitación de los niños, no sin antes regatear y obtener un descuento de dos por uno. Otro hombre que dijo estar decorando su apartamento vacío de Chicago, compró cuatro y una turista de Nueva Zelanda dos más. Eso fue todo. En total se obtuvo $240. Cada obra estaba valorada en $30.000.
Y otra: El cuadro del artista conocido como “The Banality of the Banality of Evil” apareció, como por olvido, en el pequeño local de la asociación benéfica neoyorquina Housing Work -dedicada a ayudar a personas que viven en la calle-. Se trataba del cuadro de un paisaje, de los que se adquieren en una casa de muebles por unos pocos dólares, al que el artista había añadido la figura de un personaje sentado de espaldas que se identifica con Hitler, tranquilamente admirando el pacífico paisaje. La venta del cuadro supuso a la asociación la cantidad de $600.000. Regalo de Banksy.


Román Rubio
Octubre 2018

domingo, 30 de septiembre de 2018

BUEN CAMINO



BUEN CAMINO



Acabo de hacer el tramo del Camino de Santiago del Norte de Gijón (Asturias) a Ribadeo (Lugo), de unos 140 kilómetros, con lo que, por el momento, he completado a pie gran parte de la cornisa cantábrica, de Irún a Galicia, en varias acometidas. Primero atravesé el País Vasco; en otra ocasión Cantabria, y en dos veces (hay que ver lo ancha que es), Asturias.
He venido algo cansado, con los pies doloridos y una notable tendinitis con una ligera inflamación en el tobillo izquierdo. Extenuado, pero con el firme propósito de volver en otra ocasión a continuar un Camino que, por otra parte, no es el primeo que hago.

Al Camino de Santiago se le ama o se le odia. A lo largo de mis incursiones he conocido a verdaderos adictos. Gentes que vienen de Brasil, Canadá o Australia a atravesar España a pie para repetir la experiencia tres, cuatro o más veces recorriendo el Camino Francés, el Portugués, el del Norte o el Primitivo; a veces, para volver a empezar el ciclo. Acompañados o solos y contentos de verse paseando sus pensamientos por esas sendas de Dios. Tengo, por otra parte, amigos y familiares que ven en el empeño de caminar largas distancias acarreando una mochila, sufriendo inclemencias climatológicas, aguantando llagas, ampollas y fístulas en los pies y otras incomodidades propias de la larga marcha, una estupidez, acrecentada por el hecho de hacerlo voluntariamente. Son los amigos de la comodidad. Quienes, de manera plausible, piensan que las penalidades y los esfuerzos, cuanto más lejos mejor. Son los Sancho Panzas de este mundo, que de todo tiene que haber en la viña del señor.

Pero, hablemos de cifras: En el año 2017, la Oficina del Peregrino de la Catedral de Santiago expidió 301.036 certificados o compostelanas de gente que había completado el Camino, al menos, en sus últimos 100 kilómetros, lo que quiere decir que, si bien muchos comenzaron en Sarria o Tuy (los últimos tramos), otros muchos recorrieron tramos sin llegar a la meta. Por otra parte, no la totalidad de personas que hacen el Camino quieren obtener una certificación que (entre ustedes y yo) sirve para poco y se guardan el pasaporte sellado que (ese sí) puede tener mayor valor documental y sentimental. Consideremos, pues, solo las cifras oficiales que da la Oficina del Peregrino de Santiago en beneficio del argumento.

El 92.5% de los peregrinos hicieron el Camino a pie y el 7.29% en bicicleta, 417 personas lo hicieron a caballo, 143 a vela y 43 en silla de ruedas. El 49.2% de ellos fueron mujeres y el 50.8% hombres, aunque repartidos de manera desigual: los hombres superan con mucho a las mujeres en los meses de diciembre, enero y febrero (en enero sumaron un 67%).
Los extranjeros, 168.577 (55.99%) el pasado año, superaron ampliamente a los españoles, 132.478 (44.01%), excepto en los meses de julio y agosto, los meses más concurridos, en que los españoles supusieron el 57.08% y el 59.29% de las llegadas. En el mes de mayo, por ejemplo, el porcentaje de extranjeros entre los más de 35.300 caminantes que recorren los caminos de España supuso el 73.78%.
Los meses más concurridos son, como es previsible, julio y agosto, en donde se registran llegadas en torno a los 60.000 peregrinos y los menos concurridos son enero y febrero, meses en los que se registran cifras de alrededor de los 1.500.

Por nacionalidades, los 27.073 italianos, (16.06%), son los más numerosos, seguidos de los alemanes (13.78%), y los estadounidenses (10.40%), pero estas cifras se distorsionan si se analizan por meses. Si obviamos los meses de julio y agosto, en que los italianos ganan por goleada, los reyes del Camino son los alemanes, los más numerosos en casi todos los meses del año si exceptuamos octubre, en que los norteamericanos les superan ligeramente, diciembre, en que les superan los portugueses y los meses duros y fríos de enero y febrero en que los extranjeros más numerosos son… ¡A ver si lo adivinan ustedes! Exacto: los coreanos. En enero del año pasado se presentaron en las oficinas compostelanas 209 coreanos (el 26.42% de los caminantes del frío mes) y en febrero, 265. ¿Qué les parece? Soy un gran amante del Camino, por lo que estoy predispuesto a entender cualquier argumento en su defensa, a pesar de las incomodidades, las inclemencias y otras penurias; pero, la verdad, la explicación de por qué cientos de coreanos deciden que lo mejor que les puede pasar en sus vidas es tomar un vuelo al otro lado del mundo para recorrer a pie la estepa leonesa en pleno invierno, con temperaturas bajo cero y alojándose en albergues, a menudo sin calefactar, les aseguro que se me escapa.


Román Rubio
Septiembre 2018

sábado, 15 de septiembre de 2018

BLASFEMIAS


BLASFEMIAS




Oí contar a mi padre que en los remotos años 20 del siglo pasado, había llegado a conocer la línea de diligencia que comunicaba a diario Albarracín y Teruel. Al gobierno del carruaje había un tipo entrañable y endurecido por el clima inclemente de los llanos de Teruel. El personaje tenía algunos vicios y otras tantas virtudes. Entre los vicios se contaban el continuo tiento a la bota de vino que siempre colgaba del pescante (no existían restricciones de alcohol para los conductores hace un siglo) y el vocabulario blasfemo e irreverente con que celebraba cada incidencia concerniente a las ruedas del carruaje, las condiciones del terreno o la disposición de las mulas. Entre las virtudes se contaban el hecho de que ofrecía la bota a cualquiera que la quisiera tentar y de que, después de maldecir todo lo sagrado que existía en la cúpula de los cielos y en los lugares más sagrados de las iglesias y catedrales por un quítame esas pajas, se giraba y, si veía alguna remilgada señora o cura entre el pasaje, decía: “con perdón”, para seguir mentando a todos los habitantes del cielo en el siguiente bache.

Hace poco que el actor Willy Toledo ha sido detenido por cagarse en dios. Bueno, en realidad era por no presentarse ante el juez ante el que debía prestar declaración por haber dicho esto y otras cosas por el estilo en su defensa de las mujeres que protagonizaron en Sevilla la procesión de la Anarcofradía del Coño Insumiso. Si hubiera que haber encarcelado en este país de blasfemos a cada uno que se hubiera cagado en dios, la virgen o el copón bendito, las cárceles habrían estado a rebosar en todo momento. No es eso. Se trata de que el actor es justo lo contrario que el carretero de Albarracín. Siendo como es (o así lo parece) una persona instruida, culta y hasta bien hablada, solo blasfema con el propósito de molestar. Lo que en boca del entrañable y honesto carretero era un colorido homenaje a la espontaneidad y al disparate de vivir, en la del actor se convierte en una impostura sin sustancia ni autenticidad.
 No tengo nada contra de la blasfemia ni los blasfemos. Yo mismo uso de tan catártico recurso cada vez que me cojo el dedo en una puerta, pero no me gustan los que lo hacen escuchándose o voceándolas para que se les escuche, haciendo de ello un acto político y arrogándose después el papel de mártires.


No solo de religión vive el hombre. Los símbolos nacionales (banderas, himnos y demás parafernalia) también cuentan. Hay quien decide amarlos (no hay más que ver nuestro país, o algunas de sus partes) y hay quien no.
En Australia, una niña de nueve años fue recriminada en su escuela por no levantarse mostrando respeto al himno nacional. ¿Y la razón? Por no respetar a los pueblos aborígenes del continente. “Será aborigen, ella” —dirán ustedes—. Pues no. Es blanca como el nácar y de ascendencia de Europa del norte (se apellida Nielsen), lo que no impide que esté enfadadísima con el hecho de que “sus” tatarabuelos (y no los míos o los tuyos, lector) ocupasen un continente en medio del Pacífico Sur, marginando a sus habitantes autóctonos. Alega que la línea del himno que dice “Advance Australia Fair” es injusta con los aborígenes, puesto que “Fair” se refiere a “rubio” o “blanco”, obviando que también puede significar “justo”, que ambas lecturas son correctas.
Otra cosa que la niña no sabe (o no comprende) es que no hay “habitantes autóctonos”. Sus propios orígenes —en parte, británicos— son muy mestizos: unos celtas que fueron dominados por unos romanos que, en un momento dado, fueron invadidos por unos pueblos germánicos (anglos, sajones y jutos) y unos vikingos y que después serían dominados a la fuerza por unos normandos (estos froggies…).

Como ven, no hay verdades absolutas sino falta de perspectiva. O perspectivas viciadas, vaya.


Román Rubio
Septiembre 2018

lunes, 10 de septiembre de 2018

IDEAS CLARAS



IDEAS CLARAS




En la primavera de 2007 presencié por televisión un debate para las elecciones presidenciales francesas entre la socialista Ségolène Royal y el candidato derechista Nicolas Sarkocy. Cuando terminó el debate yo tenía la convicción de que el presidente de la República sería Sarkocy. La elegante y elocuente socialista presentaba un programa progresista y sólido y andaba bien en el debate, hasta que el astuto Petit Napoleon la acorraló con una pregunta: “Señora Royale, ¿está usted a favor o en contra de la energía nuclear?”, pregunta a la que la candidata empezó a contestar con vaguedades aludiendo a la “cesta energética” y cosas así. La pregunta volvía a caer una y otra vez como coz en cristalería. “Sí, sí, eso ya lo sabemos, pero ¿está usted a favor o en contra de que Francia siga con su programa nuclear? Y vuelta con las vaguedades de la “cesta energética”. La postura de la candidata era difícil. Por una parte, un número importante de su electorado estaba a favor del cambio de modelo hacia las renovables. Por otra, Francia es el país con mayor número de centrales nucleares por habitante, capaces de garantizar la autonomía energética, con una tecnología propia (y exportable) y de la que depende gran número de empleos. Ganó Sarkocy. En aquel momento comprendí que no es que los franceses prefiriesen la energía atómica a otra clase de energía. Los franceses querían que su presidente fuera capaz de decir sí o no. Sin ambages ni medias tintas.

En este mar de indefinición, entre el sí, el no, el depende, y el sí pero no —a lo Ségolène— anda de lleno este gobierno. No soy politólogo, pero intuyo que lo pagará.

Hace una semana o así que la ministra de defensa anunció a bombo y platillo que no serviría el encargo de 400 bombas de fabricación española a Arabia Saudita por su presunto uso en el conflicto de Yemen, para, a la semana siguiente, caerse del guindo y darse cuenta de que hay un encargo de cinco corbetas a Navantia por valor de 1.800 millones que garantizan el empleo durante años de miles de trabajadores en la zona de mayor número de parados de España. ¿Pero, no lo sabía la ministra? Y si lo sabía, si no es ético que España venda bombas a los saudíes, ¿lo es que venda barcos de guerra? Ya estamos con el sí, pero no. O es ético o no lo es. Y si no lo es, pues construyan cruceros, oiga. O cállense.

Durante toda la gestión de Rajoy, el PSOE y Podemos se dedicaron a maldecir la instalación de concertinas en las vallas de Ceuta y Melilla. Son peligrosas y hieren a quien intenta saltarlas. Es así. Con ese propósito se diseñaron. Hasta que han llegado al poder y se han encontrado con las avalanchas de inmigrantes, momento en que las concertinas parecen ser menos hirientes y las devoluciones en caliente ya no son tan antihumanitarias. Eso, o encontrar acomodo y ser capaces de proporcionar un trabajo y un futuro a todo el que quiera venir. ¿Eres capaz de hacerlo?
Al principio del verano, Valencia (y el gobierno de España) se ofreció para acoger al barco de Aquarius, de la ONG Open Arms, con 600 inmigrantes a bordo, al que Italia y Malta habían negado la acogida. Se preparó un gran recibimiento con televisiones, radios, vítores, bombos y platillos. Al fin, gobierno y opinión pública andaban aunados en feliz sintonía. En ese mismo fin de semana, Salvamento Marítimo rescató a 982 personas que viajaban en 69 pateras en aguas del Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán. Entre ellos, cuatro cadáveres. Sin focos ni clarines. ¿Y qué hay de los barcos y los fuegos de artificio?

¿Y con Cataluña? Todos sabemos que el asunto de la permanencia de Cataluña en España tiene difícil solución. Esta pasaría por convocar un referéndum y ganarlo. Hay otra salida (transitoria): negarse a hacerlo —por anticonstitucional—. Y uno se sitúa en una u otra posición. Pues bien; el gobierno de Sánchez ha elegido la vía Ségoléne —de sí, pero no—. Vamos a hacerlo, pero este va a ser de autogobierno, no de autodeterminación ¿?, consiguiendo solo enzarzarse en una pintoresca discusión de vodevil, lo que puede que amenice la función, pero lo que es solucionar, nada de nada.

Lo siento. Me prometí no hablar de política y ya me estoy traicionando. No volverá a ocurrir (creo). Que tengan un feliz —y caliente— otoño.

Román Rubio

Septiembre 2018

miércoles, 5 de septiembre de 2018

ANUNCIOS POR PALABRAS


ANUNCIOS POR PALABRAS





“SE BUSCAN HOMBRES para viaje peligroso, sueldo bajo, frío extremo, largos meses de completa oscuridad, peligro constante. Retorno con vida no garantizado, honor y reconocimiento en caso de éxito.


Este desmotivador anuncio puso Shackleton en los periódicos londinenses un día de 1914 con el propósito de seleccionar a los hombres que habrían de acompañarle a su épica exploración antártica Endurance, sin mencionarla. Recibió más de cinco mil solicitudes (incluidas las de tres señoritas deportistas) entre las que habría de seleccionar a las pocas decenas que habrían de formar parte de la que sería una de las más famosas exploraciones antárticas. La expedición no consiguió su objetivo de atravesar el continente pasando por el polo, pero ha pasado a la historia como un episodio único de heroísmo y supervivencia, en la que la totalidad de la tripulación regresó sana y salva tras perder el barco, aprisionado y roto por el hielo y pasar dos inviernos en las soledades antárticas.




Hace no mucho que apareció un anuncio de trabajo en la prensa inglesa con evocaciones mucho menos épicas, pero con algún punto en común.


Philip Blackwell es fundador de una compañía que se llama Ultimate Library (La biblioteca definitiva), especializada en crear bibliotecas y librerías con contenidos diseñados ad hoc para grandes hoteles, casas de campo, cruceros y resorts turísticos exclusivos a lo largo y ancho del mundo. El personaje, que vendió en 2006 la cadena de librerías (Blackwell’s) que había pertenecido a su familia, se dedica en su nueva empresa a diseñar y proporcionar las colecciones de libros que considera más apropiadas para cada uno de esos selectos y caros lugares de esparcimiento (ignorando, como buen caballero tozudo escocés, que lo primero que hoy pregunta cualquier huésped es la clave para el wifi).
Sea como fuere, la compañía necesitaba de un librero para atender el punto de venta y préstamo de Soneva Fushi, un complejo hotelero exclusivo en la isla Kunfunadhoo, en las Maldivas, en el que el precio de la cabaña oscila entre los $2.000 y los $26.000 la noche, para lo que se anunció con los siguientes argumentos:

«Se necesita “librero descalzo” para atender librería en Soneva Fushi, en las Maldivas. El salario es irrisorio, pero los incentivos adicionales son imbatibles (the pay is derisory but the fringe benefits unparalleled).Mínima estancia, tres meses».

Si bien es cierto que en esta ocasión no se anunciaban peligros continuos, frío extremo, largos meses de oscuridad total y retorno dudoso, la oferta de paga escasa —como la de Shackleton hace un siglo— tuvo un éxito extraordinario, convirtiéndose el anuncio en viral. Según Blackwell, se han recibido miles de currículos de 40 países diferentes. Se trata de gentes de entre 18 y 83 años, provenientes de contextos laborales tan diferentes como la banca, la poesía, la biología o el surf (comprensible, por otra parte), incluyendo la solicitud de un miembro del equipo de prensa de la Casa Blanca (también comprensible). No sé exactamente qué es lo que busca el de Washington, pero me creo capaz de adivinar de qué huye.

Yo mismo envié mi propia solicitud. Quiero comprobar si hay un mundo más allá de el de los lazos amarillos y de un lugar al que llaman Valle de los Caídos, en el que creo que estuve una vez, pero no estoy seguro.

Román Rubio
Septiembre 2018

P.D. Acabo de enterarme de que han llamado a los quince preseleccionados para una entrevista en Londres y yo no estoy entre ellos. Lástima. Me quedaré sin saber si hay vida más allá de Waterloo. Para Napoleón no la hubo.