lunes, 27 de mayo de 2019

SÍNDROME DE ZELIG


SÍNDROME DE ZELIG




Muchos de ustedes recordarán aquella película del genial Woody Allen (hoy denostado por dudosas acusaciones) en la que el personaje de Leonard Zelig tiene la capacidad sobrenatural de cambiar de apariencia adaptándose al medio en que se desenvuelve. Tan pronto se convertía en el prototipo de un rabino con su barba, sus tirabuzones y su indumentaria entre los judíos de Brooklyn, como nazi entre los nazis, gordo entre los gordos o negro entre los negros de Harlem. La historia está contada de manera ingeniosa como falso documental en el que Mia Farrow, en el papel de psicoanalista, intenta desentrañar los atributos del hombre camaleón.

Lo que quizá no sepan ustedes es que el síndrome de Zelig es una enfermedad real. Una enfermedad de las llamadas “raras”. Tan “rara” que solo se ha documentado un caso en la literatura médica. Fue en el Hospital Clinic Villa Camaldoni, en Nápoles. El tipo en cuestión asumía distintos roles sociales dependiendo del entorno interpretando el papel que más se adaptaba a la situación, ya fuera el de médico entre médicos o psicólogo entre psicólogos. Los especialistas atribuyeron el desvarío a una inhibición del lóbulo frontal (donde reside la identidad) por hipoxia frontotemporal.

Debo confesar que yo tengo algo de Zelig. Me he sentido vasco en un frontón de un pueblo vizcaíno y baturro casi cada vez que escucho una jota, cowboy en los corrales del mercado de ganado en Oklahoma mientras suena música country y fallero con un nudo en la garganta cuando veo desfilar a las comisiones en la ofrenda a la Mare de Deu. Ayer, una persona de mi familia compartió por internet fotos y video de una competición de sumo en Kioto y sentí nostalgia de no estar allí, en ese entorno de kimonos, ideogramas, tragos de sake, árbitros disfrazados de samuráis, puñados de sal al aire y palmadas en los muslos de los hombres gordos. Creo que hasta me sentiría japonés  entre todos esos rituales y folclóricas usanzas.

Me siento escocés cuando cantan el himno en el estadio antes de un partido de las Cinco Naciones contra Inglaterra (para mí nunca ha habido más de cinco en el torneo) y me emociono cuando salta al campo Boca en un partido decisivo contra River. Adoro Sevilla y las quinientas mil sevillanas haciendo sus posturitas al ritmo de la música a poco que me tome unos rebujitos y se me hace un nudo en la garganta oyendo el ruido de la muleta arrastrándose por la arena de una silenciosa Maestranza. Hasta me dan ganas de rezar mirando a La Meca cuando entro a una mezquita. Y el ambiente de una plaza de pueblo cuando hay una exhibición de castellers acompañados por la música de las dolçainas me subyuga.

Sí, ya sé que no es normal emocionarse con los roles de cowboy, sevillana, fallero, pelotari, torero o japonés, que los hombres sensatos deben elegir pero, ¿qué le vamos a hacer? Los Zelig somos así.

Y, sobre todo, detesto a quienes “solo” dicen apreciar y emocionarse con la música country, las sevillanas, la boina y el frontón o los castells, en especial si acaban por creerse que “lo suyo” es lo mejor y miran por encima del hombro lo de los otros. Se pierden todo lo demás y a los Zelig nos menosprecian, por tibios, desleales y poco patriotas.

¡Vivan los Zelig de este mundo!


Román Rubio

lunes, 20 de mayo de 2019

JUEGO DE TRONOS


JUEGO DE TRONOS




Acaba de terminar Juego de tronos, o eso me dice el periódico porque yo no he visto ni uno solo de los 73 capítulos que forman las siete u ocho temporadas que dura la serie. A pesar de ello he intentado enterarme de qué va. Me ha sido imposible. He leído (o intentado, al menos) el artículo de Natalia Marcios en la edición digital de El País de hoy el resumen y no ha hecho sino aumentar mi confusión: se habla de Las ruinas del desembarco del Rey, Jon un mar de dudas, El Trono de Hierro, Un nuevo rey, Despedidas… en fin, un galimatías. Otro enlace remite a un artículo de la misma persona (parece ser la cronista de la serie en el diario) titulado Juego de tronos, la serie que rompió los límites: Cada capítulo se ha vivido como la final de un mundial. ¿Será verdad? Parece ser que sí
En la misma portada del periódico, algo más abajo, Manuel Jabois escribe su artículo titulado ‘Juego de tronos’ 8x06: Cuántos asesinatos hay que cometer para ser buenos y José Rodríguez Marcos el suyo titulado La era de la psicosis del ‘spoiler’.

Habrá terminado el diario con Juego de tronos, dirán ustedes. Quiá.

En la sección de opinión, Guillermo Altares escribe sus reflexiones del final de la obra y tras declarar que el texto “no contiene ‘spoilers’ (claramente lo escribió antes de ver el último capítulo) se pregunta que hará el personal ahora que le falta ese material “capaz de cumplir con las exigencias de nuestra imaginación, que son también las de la vida”. Lo cual nos deja a quienes no hemos visto ningún capítulo algo zaheridos: con una imaginación anémica y prácticamente sin vida.
En la edición digital del periódico aparecen de vez en cuando unos vídeos inspiracionales al estilo de las charlas TED, patrocinados por el BBV, en los que personajes influyentes hablan de temas referidos generalmente a la educación. El matemático inglés Keith Devlin presenta su charla, ¿cómo no?, titulada La curiosa relación entre las matemáticas y ‘Juego de tronos’. ¿Tendrá algo que ver? No sé.

Algo más abajo, dentro de la revista o sección Verne, Héctor Llanos Martínez, en su Así era el mundo cuando se estrenó Juego de tronos reflexiona sobre que hacían (hacíamos) los humanos antes de existir la dichosa serie y se contesta él mismo diciendo que “escuchar a Adele y ver películas de Woody Allen”. Bueno, y otras cosas: Obama y Zapatero reinaban en los Siete Reinos, ETA no sé qué y China iba a igualar, adelantar o al menos se le acercaba a los EEUU. Hay en el artículo, eso sí, un interesante mapa de España en el que me entero de que, por provincias, Castellón, Valladolid, Girona, Álava y La Rioja son los lugares en donde hay más niñas con el nombre de Ayra. También sé (por otro artículo que leí) que algunas madres están arrepentidas de haber puesto a sus hijas el nombre de Daynerys, porque al parecer, las cualidades morales del personaje no satisficieron las expectativas de las bienintencionadas mamás. Siempre tendrán la posibilidad de ir al juzgado y cambiar el nombre de las niñas  por el de cualquier nueva heroína de la próxima serie.

En la portada de ICON (también en la misma pantalla de portada), Juan Sanguino firma ¿Por qué ha desaparecido el sexo en ‘Juego de tronos’ y en MeriStation Se acabó ‘Juego de tronos’: ¿quiénes han muerto? ¿Quiénes han sobrevivido?
Ya ven ustedes que, para no haber seguido la saga, información no me falta. Y eso, antes de haber encendido siquiera la radio.

Sé que se trata de una especie de epopeya a lo Eneida —y, por tanto, a lo Ilíada y Odisea— con referencias shakesperianas (Lady Macbeth y otras) en una versión fantástica, a lo Tolkien, en el marco de una fantasiosa Inglaterra medieval inspirada en las luchas dinásticas de la Guerra de las Dos Rosas entre los Lancaster y los York (Lannister y Stark en la serie).
Sé que algunos capítulos se han rodado en España porque he visto colas de gente en Zumaia o Bermeo que se han desviado del Camino para conocer lugares como la playa de Itzurun o San Juan de Gaztelugatxe porque los habían visto en la pantalla y tacharlos así de la lista de deberes; y que Cáceres, Almodóvar del Río y otros lugares han servido de escenarios para la serie.

En realidad, sé tantas cosas de la serie que ya solo me falta verla. Lo he considerado, pero la magnitud de la empresa me tira para atrás. Creo que si fuera inmortal lo haría. Tendría el tiempo necesario. Pero ya no tendría gracia. Es una tontería ver algo tan largo conociendo el final. Por eso, quizá, no la he visto. Sabía desde antes incluso de empezar el primer capítulo que reinarían los Lancaster. Y que el rey jorobado, sin descendencia, habría de morir en la batalla; y que sus restos, 500 años después, habrían de ser descubiertos bajo un aparcamiento del centro comercial de Leicester, pero eso ya es una historia para la próxima serie.

Román Rubio
Mayo 2019

jueves, 16 de mayo de 2019

MICK JAGGER


MICK JAGGER




Mario Vargas Llosa dijo en una entrevista que Gabriel García Márquez le había deslumbrado con sus Cien años de soledad y reconocía que fue el más grande de todos los de su generación precisamente por ello, pero que después de ese libro se convirtió en alguien que trataba de parecerse a García Márquez, que se limitó a copiarse a sí mismo. No sé cuanto de sincero hay en esa declaración de Vargas Llosa ni qué parte de la misma está contaminada por celos profesionales, por el hecho de que consiguiera el Nobel antes que él, por diferencias políticas o por lo que fuera que motivara el ojo a la funerala que le puso al colombiano de un puñetazo en un cine de México, pero lo cierto es que algo de razón tenía.
Por muy buen escritor que Gabo fuera, por muchas y muy buenas páginas que escribiera, nunca llegó a igualar la fascinación con que conquistó el mundo con aquello de:

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de 20 casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo.

Fue como oír una voz nueva. Una forma deslumbrante de relatar, personal y única, que nunca habíamos oído antes.
Y lo intentó. ¡Vaya si lo intentó! Y con textos tan valiosos como:

Aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría en el transcurso de sus años incontables que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad, había llegado sin asombro a la ficción de ignominia de mandar sin poder, de ser exaltado sin gloria y de ser obedecido sin autoridad cuando se convenció en el reguero de hojas amarillas de su otoño que nunca había de ser dueño de todo su poder.

Hoy he visto en las noticias a un tipo que se parece mucho a sí mismo. Tiene 75 años, cinco nietos y un bisnieto, y no ha mucho que le fue practicado un cateterismo para cambiar, reparar —o lo que quiera que se consiga con ello— una válvula del corazón. Se llama Mick Jagger, salta y baila como un atleta y luce una forma física admirable, todo fibra, sin gramo de grasa. Se dice que corre diez kilómetros diarios y hace muchas horas de ejercicio con un entrenador personal. Luce un tipito admirable de lejos y si se obvian las arrugas de la cara es difícil determinar quien es el joven y quien el viejo cuando se le compara con sus vídeos juveniles en blanco y negro. Sin embargo —como le pasara a Gabo, según Vargas Llosa—, da la impresión de ser un tipo que se esfuerza en imitarse a sí mismo. Frente a un espejo intenta —y consigue con notable éxito— reproducir aquellos movimientos que una vez hacía de manera natural y con los que conquistó el mundo. Le salen bien, y de lejos (en un escenario) da el pego, pero no es lo mismo. A muchos ya no nos sorprende y fascina. Al fin y al cabo, no deja de ser un imitador, alguien que se imita a sí mismo. Aunque le salga muy bien.

Román Rubio
Mayo 2019

domingo, 12 de mayo de 2019

Y EL PAÍS MENOS FEMINISTA DEL MUNDO ES… ¿DINAMARCA?


Y EL PAÍS MENOS FEMINISTA DEL MUNDO ES… ¿DINAMARCA?



Una encuesta entre más de 25.000 personas en 23 países descubrió que solo uno de cada seis daneses se considera feminista.




La encuesta concluye que solo una cuarta parte de las mujeres danesas se consideran feministas.
Es uno de los mejores lugares del mundo para ser mujer, con una brecha salarial muy baja, derechos de empleo igualitarios, servicios de guardería universales y uno de los países del mundo donde las mujeres obtienen las pensiones más altas.
En cambio, resulta una sorpresa descubrir que, en una encuesta global sobre las actitudes hacia el género, la igualdad de derechos y el movimiento MeToo, Dinamarca es uno de los países menos feministas del mundo.
La encuesta, llevada a cabo por el YouGov-Cambridge Globalist Project, a más de 25.000 personas en 23 grandes países, desveló que solo uno de cada seis daneses se considera feminista, un tercio dijo encontrar aceptable silbar a una mujer en la calle y dos de cada cinco mostraron una opinión desfavorable del movimiento MeToo.
“Es una pregunta difícil. ¿Qué es una ser feminista moderna?” Alega Helene Frost Hansen, una consultora de 37 años, mientras muerde un sándwich a la puerta de su oficina en la Plaza del Ayuntamiento de Copenhague. “Yo no quiero ser igual en todos los sentidos”.
De acuerdo con los datos obtenidos, solo una cuarta parte de las mujeres danesas se considera feminista, en crudo contraste con sus vecinas suecas, donde el 46% lo hace, y una proporción menor incluso que en países como Italia, España y el Reino Unido, países que, por el contrario, se encuentran muy por detrás de Dinamarca en igualdad entre los sexos.

Incluso la ministra para la igualdad Karen Ellemann declaró que no se consideraba una feminista cuando aceptó el puesto hace tres años.

De hecho, más mujeres danesas aceptan el hecho de que se les silbe que el de ser llamadas feministas, de acuerdo con la encuesta. Un tercio de ellas lo considera aceptable, la proporción más alta de ningún país después de Nigeria.
“A mí no me importa si se hace de una manera amable”, dice Hansen. “De hecho, lo tomo como un cumplido”, dice. “Muchas mujeres danesas dicen que les gustaría que los hombres fueran más como los del sur de Europa y que te dijeran si estás guapa”.

Rikke Andreassen, catedrática de Estudios de Comunicación en la Universidad Roskilde alega que una de las razones por las que las danesas toleran el acoso sexual de baja intensidad es la creencia de que lo que está hecho con buena intención debe ser disculpado.
“Tenemos una cultura en la que lo que dices no es racista o sexista si no lo haces con intención”, explica. Puedes tocar amablemente a una mujer en la medida en la que es “una broma”, explica, entonces, culturalmente vemos que no es tan malo”.
Ese puede ser parte del motivo de que el debate desencadenado por el movimiento MeToo ha prendido de manera tan diferente en Dinamarca de lo que lo ha hecho en Suecia, al otro lado del Estrecho de Öresund.
Solo el 4% de los hombres y el 8% de las mujeres de Dinamarca participantes en la encuesta manifestaron una expresión” muy favorable” hacia el movimiento MeToo, comparado con el 16% y 34% de Suecia y el 19% y 24% del resto de los países de la encuesta.

A Sara Pihl, de 32 años, que está paseando a su bebé en la céntrica Plaza Kultorvet, le preocupa que el movimiento MeToo haga que los hombres se inhiban en sus relaciones con las mujeres. “Creo que algunos hombres tienen miedo de hablar con las mujeres en el trabajo, por si se les acusa de algo”.

Las investigaciones de Andreassen sobre el movimiento MeToo ha descubierto que mientras en Suecia los medios de comunicación lo han tratado como un asunto político, en Dinamarca se le ha dado una cobertura en las secciones de cultura y opinión de los periódicos exponiendo a pocos hombres.
“Ha habido mucha gente escribiendo sobre el hecho de si es realmente cierto que las mujeres estén siendo acosadas o si están siendo demasiado susceptibles”, dice. “Y se han centrado mucho en lo que le ocurriría al hombre al que se le acusara falsamente”.

La catedrática sospecha que la resistencia a ver el acoso como problema puede ser el reflejo de la manera en que los políticos en Dinamarca, que han considerado el abuso sobre las mujeres como un asunto entre los musulmanes del país.
“Pero hay otra razón que quizá no deberías poner en mi boca”, dice, riendo. “Quizá mi país sea simplemente misógino”.

Traducido de The Guardian, 11/05/2019

Román Rubio
Mayo 2019







jueves, 2 de mayo de 2019

DE HEISEI A REIWA


DE HEISEI A REIWA


El emperador Akihito (82 años), ha sorprendido al público japonés, poco dado a innovaciones en lo que respecta al respeto de las tradiciones sintoístas, abdicando al Trono del Crisantemo en favor de su hijo Naruhito, de 59 años. Se inaugura pues la era Reiwa (Hermosa armonía) que sustituye a la era Heisei (Lograr la paz) que había sustituido al turbulento periodo de Showa (Armonía ilustrada, 1926-1988) en el que el Emperador Hiroito dejó de ser divino para ser (solo) un símbolo del pueblo japonés, siguiendo las directrices constitucionales impuestas por los aliados tras la II Guerra Mundial.
Lo cierto es que Akihito, que fue operado de un cáncer de próstata en 2003 y se le había practicado un bypass coronario en 2012, ha dicho basta; que su salud no le permite desempeñar su función y que debe de ser su hijo el que cargue con las servidumbres del cargo. Y lo hizo en una alocución televisada en lo que ha sido la segunda vez que el emperador habla directamente al pueblo desde 1989, en que inició su reinado. Seguía así la senda abierta por el papa Ratzinger, trillada por nuestro emérito borbón y vista con aparente desdén por Isabel II de Inglaterra, once años mayor que el anciano japonés.

Pero ¿tiene el emperador derecho a abdicar? Muchos ven en su decisión de abdicación un síntoma de su fracaso a la hora de comprender la naturaleza única del cargo, en especial los grupos más conservadores, celosos guardianes de las esencias niponas.
Murata Haruki (no confundir con el escritor Haruki Murakami), miembro del Nipon Kaigi (Conferencia de Japón) —un poderoso grupo de presión dominada por dirigentes sintoístas; entre otros, por los sacerdotes responsables de los santuarios de Ise, Jasukuni y Milje— publicó en la revista Seiron un artículo en el que critica duramente la decisión del emperador y la aquiescencia del gobierno haciendo los cambios constitucionales pertinentes y hace una lectura fascinante del del emperador:
“El emperador no puede referirse a sí mismo como individuo (como hace en el discurso televisado) puesto que es semidivino; no tiene necesidad de aprobación popular porque no es un político ni un actor, sino un descendiente de la diosa del Sol; no tiene por qué dirigirse por televisión al pueblo; a quienes debería dirigirse es a sus antepasados (y, ante todo, a la diosa del Sol y al primer emperador Jinmu)”.
Para Haruki, como para muchos esencialistas del sintonismo nipón, el emperador ha infringido la ley al inmiscuirse en la práctica legislativa requiriendo cambios constitucionales.

El titular del Trono del Crisantemo ha demostrado con su acción no tener nada de divino, sino de humano, requiriendo para sí un espacio más pequeño, más íntimo. En una ocasión leí un artículo de Manuel Vicent en el que expresaba la relación del ser humano con el mundo. Pasa sus primeros tiempos confinado en un pequeño espacio: la cuna, para requerir, a medida que crece, horizontes cada vez más amplios. En la madurez el escenario vital es el mundo; es el momento de los aeropuertos y los grandes viajes, para terminar en el sillón orejero y finalmente en una caja de madera de dimensiones similares a la cuna de la que partió. Akihito está ahora requiriendo su sillón orejero o lo que quiera que usen los japoneses en su lugar.

Estos días, enterrada en los escombros del bombardeo electoral, he leído otra noticia de las que me gustan: de las que ni son noticia ni son nada, pero que dan cuenta de cómo el mundo continúa incansable en su deambular por el universo. Guantánamo, el infausto penal de Guantánamo, en el que están recluidos los presos islamistas que no pueden estarlo dentro del territorio de los EEUU, por no cumplir su detención con las garantías penales y procesales, se está convirtiendo en un geriátrico con el implacable paso del tiempo. Con los problemas que ello conlleva de ayudas para la movilidad, mascarillas para la apnea, incontinencias varias, cirugías de caderas y rodillas y otros contratiempos de personas que no requieren ni vigilancia porque van olvidando quiénes son y por qué están allí. Los despiadados carceleros y torturadores deberán reciclarse en celadores geriátricos para atender a tan decrépita y desmemoriada clientela.
Lo que es la vida.

Román Rubio
Mayo 2019 

lunes, 29 de abril de 2019

FACHAS Y FASCISTAS


FACHAS Y FASCISTAS




Lo malo que tiene el uso excesivo de las cosas es que se desgastan. Pasa con los neumáticos de los coches y con las palabras. Algunas están tan desgastadas que dejan de significar gran cosa. Como “fascista”, “nazi” y la versión amable de ir por casa “facha”. Ya saben a qué me refiero: ¿Que el vecino de la puerta cuatro pone un letrero en el ascensor previniendo a los vecinos de tirar colillas en el rellano? Es un facha, el tío. ¿Que el director del instituto retira el papel higiénico de los váteres harto de que acaben los rollos dentro de la taza a los cinco minutos? Porque es un nazi. O un fascista.
Desde hoy tenemos un nuevo actor en la política española al que muchos llaman “facha”. Bien, admitamos el término coloquial. Pogresistas y rojos, ciertamente, no son, pero ¿fascistas o nazis? Para llamar a alguien fascista debe ser, en primer lugar, fascista y deberían al menos participar de su ideología, de:

Exaltación de la patria: Está claro que los nuevos actores son agitadores de banderas, criaturas de parranda y montería, devotos de Ronaldo (mayormente) y de María, de espíritu ramplón y de alma roma, pero ¿acaso se puede llamar fascistas a todos los mediocres agitadores del espantajo de la Patria? Ni los americanos que cantan el himno con la mano en el pecho ni Stalin ni Mao lo son.

Exaltación de la raza: Vale, también es un rasgo fascista, pero no exclusivo de ellos. Los franceses inventaron la palabra chauvinismo. Y los ingleses siempre han pensado que la pausa del té en medio de un partido de críquet es la máxima expresión de la civilización. Franco (este sí, un fascista rarillo —por católico—) intentó convencernos de que existía una raza española y que esta era superior a las vecinas, sin precisar muy bien cuales eran, cosa que todo el mundo se tomaba a pitorreo al comprobar que los holandeses, los suecos y los alemanes eran mucho más altos y tenían mejores coches y Torra, en unos ejercicios espirituales en Montserrat, recibió la revelación de que el catalán es un ser puro mientras el español ¿quién será ese?, es algo así como “una bestia carroñera”, lo que todo el mundo ve como un arrebato de infantil pataleo más que una convicción sincera de superioridad étnica.

Lo que define a un fascista, además del amor exacerbado a la patria y la primacía étnica no es su devoción a los toros y a las procesiones, que también, sino algo más peligroso:

El fascismo manifiesta un culto ciego a la autoridad, disciplina y obediencia, de ahí la relevancia del líder, Caudillo, Führer o Duce y rechaza el diálogo y la democracia, lo que ve como signos de debilidad. El fascismo es enemigo irreconciliable del comunismo y su carácter igualitario, aunque tenga un componente social innegable y es, por lo general (y quitando la versión nacionalcatolicista española), laico. Tiene una disposición revolucionaria y tiene en la disciplina y el ejercicio de la violencia sus rasgos característicos.

Por tanto, hablemos con propiedad: tradicionalistas y carcas, quizá; pero fascistas no los veo. Y los españoles de cierta edad sabemos mucho de eso. Hemos visto mucho correaje y mucho Cara al sol con la mano alzada para confundir las cosas.

En cuanto a lo de “extrema derecha”, no sé. Si le quieren llamar así, pues vale, pero cuidado, que cuando vengan los del correaje y la pistola al cinto soltando mamporros no sé cómo les van a llamar: ¿extremísima derecha? Es lo que tiene usar tanto los adjetivos. Que se desgastan.

Román Rubio
Abril 2019


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viernes, 19 de abril de 2019

LO QUE QUEREMOS OÍR


LO QUE QUEREMOS OÍR


Acabo de ver la película pro-Brexit The Uncivil War, de Toby Haynes, una defensa a ultranza de la salida del Reino Unido de la Unión Europea calificada por muchos como una gran mentira propagandística. Para algunos es “la verdad” y para otros un cínico y elaborado ejercicio de propaganda, un bulo. O como dicen ahora “Fake News”; (por cierto, alguien tendría que advertir a algunos políticos, periodistas y otros apóstoles de la modernidad que el sustantivo News (noticias, en inglés) solo existe en plural y que decir una “fake new”, como creo que dijo un tal Albert, de Ciudadanos, es no solo pretencioso, sino, también, incorrecto). He visto, también vídeos de Channel 4 subidos a Facebook por amigos británicos que exponen las burdas patrañas que se difundieron por las redes para apoyar el voto de salida de la UE. En uno, un tipo sale con su pequeño barco de Dover para demostrar lo fácil que era escamotear inmigrantes dentro del Reino Unido desde la costa francesa. Los documentalistas demostraron que ni el barco había recogido a nadie en Francia (se desplazó de Dover a Folkestone) ni los supuestos inmigrantes eran tales sino (como dijo el mismo armador) “normal chaps” semiocultos con capuchas con la excusa de no ser reconocidos. En otro vídeo, unas chicas eran asaltadas sexualmente en un callejón de Londres por supuestos inmigrantes que, por las ropas y capuchas, resultaron parecerse mucho a los supuestos “inmigrantes ilegales”. La burda propaganda de siempre. Nada nuevo bajo el sol.

Conozco a mucha gente convencida de que el Brexit ganó el referéndum porque a la gente se la engañó, pero no es así. Eso es faltar el respeto a la inteligencia de las personas. Aquí nadie engaña a nadie. Ni Boris Johnson, ni Trump, ni Abascal, ni Bolsonaro, ni Puigdemont ni Borrell. Ni siquiera Putin o Borgoglio. Solo exponen sus argumentos y ocultan los contrarios.

 ¿Y los demás? ¿Los conocidos como el común de los mortales? Los demás estamos esperando que nos cuenten lo que queremos oír. Y lo compramos con mucho gusto.  


Román Rubio
Abril 2019

lunes, 15 de abril de 2019

CAPERUCITA


CAPERUCITA




Viene a cuento de la retirada de algunas libros infantiles de cierta escuela de Barcelona en la que los padres, los profesores, el AMPA o quienquiera que se cree en la posesión de la llave de la verdad y de la moral ha decidido quitar de la biblioteca infantil los cuentos que como Caperucita, Hansel y Gretel o Las siete cabritillas vienen a desafiar la blanca moral de las puras avecillas del siglo XXI, solidarias, pacifistas y feministas que ven en el caduco patriarcado el germen de la violencia, la crueldad el sometimiento del débil y todos los otros males que nos aquejan.

Es lo que tienen los clásicos. El astuto lobo (nunca la loba, que necesita la carne para producir leche y amamantar a sus lobeznos) se come a la abuelita, a Caperucita, a las cabritas y a los cerditos (¿o era a las cerditas?). Otelo fue un maltratador asesino arrastrado por los celos, Macbeth otro asesino atormentado inducido al crimen por unas brujas lamentables y por una pérfida y ambiciosa esposa y Don Quijote un estúpido violento que se lanzó al monte a pesar del consejo y buen juicio de su sobrina y su ama. Además, le dio por tratar a Dulcinea con un paternalismo inaceptable y rancio, nada en consonancia con lo que debía ser el trato a una mujer libre y dueña de su destino.

Los guardianes de la moral parece que son incapaces de entender que ni los niños ni los adultos, de esta o de ninguna otra época, son tan estúpidos como para confundir la ficción con la realidad (solo ellos se creen con el don del discernimiento) y deben ser protegidos de su propia estupidez. Las personas normales, en cambio, tendemos a ver los cuentos como lo que son: cuentos; y no conozco a ningún niño que se crea que el lobo espolvoreado de harina pase por una oveja o se confunda con la abuelita por el hecho de llevar cofia. Como no consta que Agatha Christie fuera por ahí matando a personas, ni en el Nilo ni en cualquier otro lugar.

De todas las interpretaciones sobre Caperucita hay una que propone Nora Catelli, profesora de la Universidad de Barcelona y premio Anagrama de ensayo en El País del domingo que se aparta de una versión paternalista para apuntar otra todavía más estrafalaria:

“Una madre y su hija viven solas en el linde de un bosque. Del otro lado del bosque vive la abuela. Tres mujeres: tres edades. La madre fértil, la niña que se convertirá en fértil. A pesar de conocer los peligros del bosque, la madre fértil envía a la niña, al borde de la pubertad a llevar alimentos a la abuela. ¿Por qué la niña está ataviada con algo tan llamativo como una caperuza roja? Se ha interpretado en ocasiones que esa caperuza roja es una señal que atrae a los depredadores del bosque. Y lo es: es un clítoris en estado de turgencia. La madre ha intuido oscuramente que tendrá una rival y se desprende de ella. La entrega a la abuela, que no puede ser rival…”

¿Caperucita un clítoris andante? ¿Cómo puede haber alguien tan retorcido como para pergeñar tan extravagante disparate? ¡Y la maldad ha dejado de ser, por una vez, paternalista para ser exclusivamente femenina! ¡Qué efecto tan desmesurado ha tenido el maestro Freud y sus complejos sobre algunos, amantes de explicaciones rebuscadas! No sé si será un dato relevante añadir que la escritora Nora Catelli es argentina de nacimiento.

Pero no solo los cuentos infantiles (y me temo que pronto también las obras maestras de la literatura y la pintura) son objeto de interpretaciones estrambóticas, acusadoras de paternalismo, no. Los trenes también.

En la Laponia finlandesa y escandinava habitan los samis, pueblo autóctono europeo, que viven de atender a sus rebaños de renos. Lógicamente están de uñas con el gobierno finlandés que les quiere hacer una vía férrea de alta velocidad que atraviesa su territorio. No quieren que les pase con sus rebaños como a los tractoristas de Cuenca, que tienen que hacer diez o quince kilómetros con el tractor hasta un paso elevado para labrar el medio majuelo que les ha caído a la otra parte de la vía del AVE. En Navarra, ciertos colectivos feministas se han puesto en contra de la construcción del TAV (tren de alta velocidad) en aquella región porque, según ellos, es una iniciativa paternalista. Y eso sí que no: los trenes pueden ser rápidos, lentos, cómodos, modernos, ruidosos y hasta caros e innecesarios… pero ni paternalistas ni homófobos ni machistas; de verdad. Me niego a creer que haya trenes paternalistas y a ver en la capucha de Caperucita a un clítoris paseando por el bosque. Por principios.

Román Rubio
Abril 2019

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viernes, 12 de abril de 2019

ISLAM


ISLAM




Acabo de llegar de viaje de un país musulmán y como siempre que voy por aquellos lugares me convenzo de que el islam es la más boyante de las religiones, al menos de las monoteístas. Es la que más crece en número de fieles año tras año ocupando cada vez más territorio. No hay más que ver las masas de hombres y mujeres de todas las edades y condición social que atienden a la oración de mediodía o de la tarde en las grandes mezquitas de Estambul, El Cairo o Tánger. Y el fervor con el que se conducen y que hace resaltar más la apatía y tibieza del mundo cristiano de grandes iglesias y catedrales, casi siempre vacías, visitadas casi exclusivamente por turistas. Si es cierto que, como dicen los padres de la iglesia, el materialismo imperante está alejando cada vez más al hombre de Dios, conduciendo a la humanidad a la deshumanización (sociedad sin valores), esto no ocurre en el mundo musulmán, o al menos a simple vista, a tenor de la cantidad de gente que llena las mezquitas y la devoción que manifiesta.

Mi condición de no creyente me hace mantenerme al margen de ciertos prejuicios y me permite reflexionar sobre el porqué de la, para mí evidente, popularidad hegemónica y éxito del islam:

-En el islam no hay jerarquías ni clero. El imán no es un clérigo, ni siquiera tiene que ser el más virtuoso de la comunidad. Es solo el mejor conocedor del Corán y más apto para repetir en lengua árabe los preceptos del libro y su cargo dura lo que dura la oración. Al menos en el mayoritario rito suní.
-Al no haber jerarquías ni clero no hay liturgia; o esta es tan sencilla que hasta un niño podría ejecutarla. Olvídense de advientos (época de los nabos), colores de las estolas y ceremonias complicadas. Se trata solo de recitar la palabra de Dios.
-No hay imaginería, lo que otorga a los espacios sagrados carácter de autenticidad. Lo sagrado es irreproducible, tanto en imaginería como en iconografía. Al despojar a Dios de atributos humanos se adapta mejor a su condición de omnisciencia, omnipresencia, justicia infinita y otros atributos sobrehumanos, al tiempo que aleja del abaratamiento emocional que suponen las dolorosas, nazarenos, y figuras menores del más allá (ángeles, demonios y santos) con que se adorna el cristianismo y que tanto trivializa el sentimiento religioso auténtico. Por no mencionar la feria de dioses, campanitas y ritos banales con que se muestran el hinduismo y el budismo (religiones estas no reveladas).
-Todo es seriedad, simplicidad y “autenticidad” en el islam. Sin ornamentos ni exageraciones. Se trata del Hombre (y la Mujer) en diálogo con Dios sin intermediación de estatuitas y campanillas de por medio. Todos mirando a un mismo punto, desde el norte, el sur, el este y el oeste, en comunión universal.
-La postura de la oración es un magnífico ejercicio de yoga o gimnasia aeróbica y postural. Pónganse en cuclillas y apoyen la frente y la nariz en tierra varias veces. Repítalo cinco veces al día al tiempo que repiten fórmulas tántricas de relajación muscular y respiratoria y sentirá los beneficios del particular yoga islámico. Aunque no crea en Alá ni entienda las fórmulas en árabe del Corán. La oración previene molestias en las rodillas (prácticamente desconocidas entre los practicantes musulmanes de cualquier edad), espalda y aparato digestivo, al tiempo que la afluencia de sangre en la cabeza y la repetición de consignas tántricas ejercen su efecto balsámico en los pensamientos.

Los cinco pilares del islam son:
1.  La declaración de fe. Alá es Alá. Moisés, Jesús y el mismo Mahoma son profetas.
2. La oración. Son obligatorias cinco oraciones diarias (al alba, a mediodía, a media tarde, al ocaso y en la noche). Se debe hacer a ser posible en la mezquita, descalzos y purificados por unas abluciones.
3. El zakat: el pudiente debe entregar el 2.5 de su ahorro anual para obras de misericordia. Se debe ayudar en primer lugar al hermano, al vecino, al pariente o al paisano necesitado, ensanchando el círculo lo que sea menester.
4. El ayuno. Es obligatorio ayunar durante el mes de Ramadán cada año. Supone la abstención de comer, beber y tener conocimiento carnal desde el alba hasta pasada la oración de la noche. El ayuno purifica el cuerpo, fortalece la voluntad y ayuda al creyente a conocer como se siente el necesitado.
5. La peregrinación a La Meca. Todo musulmán con capacidad física, mental y económica debe realizar esta peregrinación al menos una vez en la vida para rezar al unísono con millones de fieles de todas partes del mundo.


En cuanto al mensaje, poco les puedo decir; no entiendo el árabe, con lo que las misivas orales me resultan incomprensibles. Me he hecho con un Corán en castellano y leo algunos párrafos de vez en cuando. Si encuentro algo de interés se lo haré saber en este mismo blog, aunque les aviso: no esperen de mí a un converso.


Román Rubio
Abril 2019

domingo, 31 de marzo de 2019

CONSTITUCIÓN


CONSTITUCIÓN




No me gustó la entrevista que Borrell dio a la cadena de televisión alemana en lengua inglesa Deutsche Welle News. El ministro, incómodo, se quitó el micrófono, se levantó y pidió que cesara la grabación a mitad. ¿La razón? Porque el entrevistador comenzó a interpelarle de manera torticera a propósito del procés. Y él, como ministro de Asuntos Exteriores de España está ahí para explicar, no para sentirse ofendido con las preguntas por poco amables que estas sean. El periodista, Tim Sebastian, curtido en la BBC y claramente convencido de las tesis independentistas, empieza preguntando por qué el gobierno permite la prisión preventiva a personas que no están condenadas y Borrell responde con tranquilidad que los jueces en este país son independientes. Cuando Borrell le dice que los independentistas podían haber presentado un plan para reformar la constitución como habían hecho los vascos en su momento, el periodista le interpeló diciendo que por qué no habían promovido ellos (el gobierno) la reforma de una constitución que, según el CIS, quiere el 70% de los españoles. Ahí el ministro no pudo más y se rebotó.

Lo cierto es, señor Borrell, que lo que dijo el periodista es verdad, aunque lo dijera de una manera tramposilla de la que se podría inferir que el setenta por ciento quiere plantear el asunto de la autodeterminación de las regiones y territorios de España, lo que es completamente falso. Y usted, señor ministro, está ahí para explicarlo, no para ofenderse. Eso (ofenderse) es lo que habría hecho yo o cualquier otro ciudadano de medio pelo, pero de usted esperábamos más, por muy impertinentes y tendenciosas que fueran las preguntas. Porque los otros (los que dan legitimidad a la proclamación de independencia) lo saben hacer muy bien.

He visto los resultados de la encuesta del CIS a los que se refiere el periodista sobre la reforma de la Constitución y he hecho mis propias pesquisas, que no tienen valor estadístico alguno pero que ustedes probablemente reconocerán y harán suyas.

Entre un círculo de amigos y conocidos que puede sumar la docena, dos (a favor del procés) querrían la reforma que contemplara el derecho a la autodeterminación, cuatro o cinco cuestionarían y someterían a referéndum la Corona y proclamarían la República Española, siete u ocho (todos los que se han pasado la vida votando a partidos como Izquierda Unida) ven urgente la reforma electoral que acabe con el eterno escarnio de la distribución territorial de los votos, y un par de ellos abrirían el melón para ver de cargarse las autonomías, derrochadoras ellas, además de desestructuradoras del territorio. Solo dos o tres (entre los que me incluyo) pensamos que en tiempos de tribulación no hay que hacer mudanza y que se si abre el debate se delimite el alcance con anterioridad en vez de lanzarse directos al precipicio sin que nadie empuje (especialidad española, como la tortilla de patatas).

 ¿Y creen ustedes que una reforma de la Constitución conformaría al personal? Bueno, solo a los que les solucionara el tema del “¿qué hay de lo mío?”, sin admitir (como parece ser común entre los españoles) que la Constitución necesita consenso, que consenso engloba “a todos” y que para conseguirlo hay que renunciar a vindicaciones propias en beneficio de las de otros. Y eso me parece que está muy lejos de la mentalidad del español. Incluyendo a mis amigos.


Román Rubio
Marzo 2019

jueves, 28 de marzo de 2019

LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO


LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO




Acabo de hojear la última novela de Antonio Muñoz Molina Tus pasos en la escalera. Casi siempre, cuando ojeo un libro, me suelo fijar en la primera frase. A veces (muy raramente) es suficiente para meterme en el relato. La de Muñoz Molina empieza así: “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”, y quedé atrapado. Se trata de Lisboa, lugar en el que el protagonista se instala a la espera de que se reúna con él su mujer tras cerrar una época de vida común en Nueva York marcada por la huella indeleble del 11-S.

El comienzo trajo a mi memoria otro principio, de otro autor. Paul Auster comienza Brooklyn Follies con la frase: “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Winchester y me fui para allá a reconocer el terreno” ¿Un sitio tranquilo para morir? ¿Brooklyn? Me resultó tan chocante la asociación que me atrapó de inmediato. No es que tenga gran conocimiento de ese lugar en el que solo he estado unas horas, pero la conjunción “Brooklyn-tranquilidad” me pareció a la vez disonante y arriesgada, y lo que venía después no defraudó las expectativas.

Las coincidencias (o divergencias) entre las dos ficciones van más allá: la historia de Auster termina exactamente el 11 de septiembre de 2011 en que el protagonista sale de su casa y ve las dos gigantescas columnas de humo que salían de Manhattan. El fin del mundo o comienzo de un orden nuevo de Auster es el comienzo de “otro” fin del mundo para Muñoz Molina: “En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe”.

Muchas grandes novelas comienzan con la anticipación de la muerte, la propia o la de otros. El que se ha confirmado como comienzo de novela más famoso de todos los tiempos junto con el de “En un lugar de La Mancha…” de nuestro Quijote y el de “Todas las familias felices se parecen…” de Anna Karenina es aquel de “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” con el que García Márquez subyuga al lector desde la primerísima sentencia de su Cien años de soledad. ¿Quién podría resistirse a seguir leyendo algo que comienza de esa manera?
 Otra historia suya, Crónica de una muerte anunciada, empieza: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”, sustrayendo de ese modo al lector de cualquier clase de duda o suspense a propósito del destino del protagonista, como queriendo decirnos: ¡Eh, que aquí no vamos de acertijos de si ha sido o no el mayordomo!

También Borges comenzó su relato El Aleph con la mención de la muerte de alguien a quien amó sin ser correspondido, resaltando la indiferencia del mundo hacia el duelo privado: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.”

Ya ven, la adorada Beatriz Viterbo se muere en inmisericorde agonía y el mundo, indiferente, decide ese mismo día que hay que cambiar el cartel de cigarrillos de la Plaza Constitución. The Show Must Go On.


Román Rubio
Marzo 2019






 





viernes, 22 de marzo de 2019

CARTELES


CARTELES




No entiendo por qué no hay una ley que prohíba colgar cartelitos en los centros oficiales. Cualquier cartelito, todos los cartelitos. Por bienintencionado e incuestionable que pueda parecer el mensaje. Sea en tiempo electoral o fuera de él. Hoy es Torra con su Llibertat presos polítics i exiliats/ Free political prisoners and exiles, junto a un lazo blanco tachado en rojo en sustitución del amarillo en infantil jueguecito de cache-cache, quien toma las fachadas de los edificios públicos de la Generalitat de Cataluña como si fueran la fachada de su casa o su partido. Pues no, señor Torra, no es su casa ni la de su partido ni la solapa de su chaqueta. Es la casa (las casas) de todos los catalanes y un poco la de todos los españoles. Sí, la de Inés Arrimadas también. Y la de Borrell. Por mucha manía que usted les tenga. A continuación, el President, en una burda maniobra de legitimación de su jueguecito de carteles, añade el de Llibertat d’expresió, ¿Quién puede oponerse a tan consensuado principio de libertad? Nos toma por tontos, claro. ¿Aceptaría usted como llibertat d’expresió la leyenda Puigdemont traidor en caso de un —pongamos ayuntamiento— de mayoría de Ciudadanos? Está claro que el concepto llibertat d’expresió funciona mejor para nuestras proclamas que para las del otro.
 Lo mismo critiqué en este mimo blog en una ocasión en la que visité Madrid y vi en el balcón una enorme pancarta con la leyenda Welcome Refugees, en la ladina asunción de mi admirada Carmena de que quien criticara tal proclama se señalaría como recalcitrante malvado. Pues no, señora Carmena: se puede estar a favor de acoger a refugiados y a darles la bienvenida y al mismo tiempo en contra de que usted ponga en la fachada del Ayuntamiento (la casa de todos) el cartel, de la misma manera que puede uno lamentar que haya políticos catalanes presos y/o exiliados (o presos políticos, como quieran) y repudiar su fútil e insolente maniobra, señor Torra.
Y, atendiendo a la libertad de expresión, puestos a poner carteles, tengo algunas ideas:

Dios no existe.
Nadie podrá nunca demostrar lo contrario. Bueno, lo hizo Santo Tomás, pero de manera que algunos consideramos poco consistente.
Dios existe.
Lo mismo que la leyenda anterior. Nadie demostró jamás lo contrario.
(Ambos carteles se pueden poner, uno en Aldaya y otro en Alacuás o uno en Pinto y el otro en Valdemoro, o en Oviedo y Gijón, por ver de equilibrar).
Franco ha muerto.
Verdad que habría que recordar a quienes quieren sacarlo a pasear (para asustar) y a quienes quieren revivirlo (por nostalgia), lo que abarcaría, más o menos, a la totalidad de la población (de mayores de 50, claro)
Trabajo en Valencia. Respiro en Tuéjar.
Se pueden cambiar los nombres. Donde pone Tuéjar póngase Camporrobles o Montanejos, y donde pone Valencia escríbase Madrid o Barcelona. Se puede cambiar “respiro” por “vivo”, “disfruto”, etc. Leyenda muy común en los adhesivos de los coches de los años setenta y ochenta (costumbre lamentablemente perdida) que denotaba mucha clase y cosmopolitismo entre los que la exhibían.
Recoja la caca de su perro.
Muy útil. Sí, ya sé que es algo absurdo que los humanos recojan la caca de los perros y no la de otros humanos impedidos, pero ¿qué le vamos a hacer? Nos hace la vida más fácil a todos.
Forasteros al pilón.
Ya se sabe. Vienen con el prestigio de la novedad y obtienen los favores de las chicas más guapas del pueblo.
Que se mueran los feos. To er mundo es güeno. ¡Al suelo, coño! Que te Calles Karmele. ¡Vosotros, maristas, sois los terroristas! Prietas las nalgas (digo, las filas…).

Ya saben, la llibertat d’expresió da para mucho. Estas y otras muchas consignas podrían ocupar las fachadas de nuestros ayuntamientos y edificios oficiales para nuestro solaz y entretenimiento. Vayan añadiendo ustedes mismos sus favoritas, que hay libertad. Por ahora.


Román Rubio
Marzo 2019