viernes, 27 de marzo de 2020

MEDIAS VERDADES


MEDIAS VERDADES




En las facultades de periodismo se cuenta una anécdota de dudosa veracidad para ilustrar el poder de la ambigüedad de los titulares.
En 1905, y recién desembarcado en Nueva York, el arzobispo de Canterbury y primado de la Iglesia anglicana declaró a los periodistas que le recibieron que el propósito de su visita era estrechar vínculos entre la Iglesia de Inglaterra y las diferentes confesiones evangélicas del Nuevo Mundo. En el posterior turno de preguntas, un periodista le pidió su opinión sobre la gran cantidad de prostíbulos existente entonces en Manhattan, y el arzobispo, tratando de eludir el tema, respondió: “¿Hay muchas prostitutas en Manhattan?”. Al día siguiente, un diario publicó a toda página: Primera pregunta del Arzobispo de Canterbury al llegar a Nueva York: ¿Hay prostitutas en Manhattan? 

Estos son los titulares de  de las ediciones digitales de hoy de las tres cabeceras valencianas:

Las Provincias

La Comunitat Valenciana se sitúa a la cola de España en curados de coronavirus con sólo un 1,8%

Y es cierto. O casi. Dejando fuera Ceuta y Melilla, la Comunitat está en el furgón de cola en curaciones, solo superada por Murcia, con 1’5% y Aragón, con un 0.4%. Entre las últimas sí, pero no la última.
Pero, veamos: si consideramos, en cambio, el número de muertos, la Comunitat Valenciana, con un 5.22%, está bastante por detrás de Madrid 12.18%, Cataluña 5.8%, Castilla y León 5.91%, Castilla la Mancha 9.34%, etc., lo que sería una buena noticia. ¿Y quién querría dar una buena noticia pudiendo dar una mala si gobierna quien gobierna?
Fijémonos ahora en la ortografía. Observen que el “sólo” del titular lleva tilde. Es incorrecto. Según la Ortografía de la lengua española de la RAE, “solo” no lleva tilde, tanto cuando es adverbio (“solo estoy cansado”) como cuando es adjetivo (“me siento solo”). Únicamente en el caso que se pueda dar ambigüedad en el significado (“El Presidente acudió solo a la cumbre iberoamericana”) es admisible —que no obligatoria— la tilde.
¿Y creen que el redactor responsable del titular del periódico no lo sabe, o está puesta la tilde deliberadamente para enfatizar el hecho de la escualidez de la cifra?

Levante

Rafael Ortí: "Pronto se verá el efecto del encierro. Los nuevos casos son contagios de hace 15 días"

El titular es un mensaje de esperanza. El Presidente de  la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Rafael Ortí, declara que estamos viviendo lo peor y que pronto se notarán los efectos positivos del confinamiento. Que así sea.

Valencia Plaza

La Generalitat, impotente para atajar la catástrofe del coronavirus en las residencias de ancianos.

El sujeto agente de una frase es el que realiza, controla o preside la acción que ejecuta el verbo (en este caso omitido). ¿Y cuál es el sujeto de la frase?, ¿el malvado coronavirus? Qué va: la Generalitat. Y para reforzar el mensaje, en el predicado se incluyen las palabras “impotente” y “catástrofe”. ¿Se puede ser más explícito?
Por supuesto: acompañando el titular por un primer plano de Mónica Oltra de frente pasando la mano por el hombro de la Consellera Barceló mientras atiende solícita una confesión de esta al oído.

Ustedes mismos.

Román Rubio
Marzo 2020

jueves, 26 de marzo de 2020

A TORO PASADO TODOS SOMOS MANOLETE


A TORO PASADO TODOS SOMOS MANOLETE




En un pueblo del interior de Valencia, cuyo nombre omito deliberadamente, se celebraba cada año (no sé si se seguirá haciendo) una semana de toros con motivo de las fiestas de verano. Los toros recorrían las calles debidamente protegidas con sus burladeros y llegaban finalmente a la plaza, donde los mozos, con trozos de tela u otros artefactos más crueles, como varas,  mostraban sus habilidades taurinas y su “valentía” delante de todos los paisanos.

Una de las acciones más celebradas de la fiesta era la que protagonizaba Andrés, un disminuido (¿o era discapacitado?) psíquico local al que en aquel pueblo y en aquella época terrible y cruel de la pos-posguerra se le conocía como “Andrés el Tonto”. El mozo estaba bien apostado y protegido tras la barrera y una vez había pasado el toro salía con su capote y escenificaba unas elaboradas piruetas mirando fijamente y con chulería al frente, como si allí estuviera el cornúpeta.

El personal, conocedor del entrañable ritual que Andrés repetía año tras año, hacía de este uno de los momentos estelares de la fiesta y acompañaba sus poses con desaforados y calurosos “oléeeeee”, lo que hacía que el joven se viniera arriba, viviera su momento anual de gloria y brindara con su gorrilla el toro a todo el pueblo, causando gran hilaridad y regocijo. Eso sí, el muchacho podía tener sus facultades psíquicas disminuidas, pero de tonto no tenía un pelo, ya que siempre esperó a que pasara el toro para hacer sus piruetas. Nunca se equivocó y salió antes de hora.

Es lo que tiene la cosa: que todo es mucho más fácil cuando ha pasado el toro. Hoy, el personal, acostumbrado a no correr ningún riesgo y a culpabilizar siempre a otro —o a otros— de su infortunio, se dedica a culpar a sus dirigentes  de la inédita tragedia que se está viviendo con la pandemia. He visto cómo algunos, críticos implacables de que se suspendieran las Fallas y de que se jugara el partido del Valencia-Atalanta a puerta cerrada y asistentes asiduos a las “mascletaes” prefalleras, claman ahora contra quienes tomaron aquellas permisivas medidas, les culpan de no haber sido talibanes del confinamiento y se dedican a explicar con todo lujo de detalles y razones cómo se ejecutan las chicuelinas y las medias verónicas. Eso sí: una vez que ha pasado el toro; como el bueno de Andrés.

Y el público, bien provisto de papel higiénico, aplaudiendo desde la barrera, o haciendo sonar cacerolas.


Román Rubio

jueves, 19 de marzo de 2020

FOR A RAINY DAY


FOR A RAINY DAY




En inglés, la expresión for a rainy day (para un día lluvioso), hace referencia a la necesidad  de guardar cuando hay abundancia para cuando las cosas vienen mal dadas. En español hablamos de vacas flacas, esas que, indefectiblemente, siguen a las gordas.

Aprendimos en la escuela la historia del astuto José, hijo de Jacob, que desveló al Faraón el significado del intrigante sueño de este en el que siete vacas flacas devoraban a siete vacas gordas: tras siete años venturosos de abundancia vendrían otros tantos de sequías, plagas y malas cosechas. El Faraón y las autoridades imperiales habrían de guardar en graneros los excedentes de las cosechas de los años de abundancia para proteger al pueblo de las penurias en la época de los de escasez. Gracias a tan acertado proceder el pueblo de Egipto se salvó de grandes hambrunas y como premio, el pueblo de Israel obtuvo su libertad, aunque luego tuviera que recurrir a las artes sobrenaturales de Moisés en el Mar Rojo, pero esa es otra historia.

También aprendimos en la escuela la fábula de La cigarra y la hormiga, atribuida a Esopo y recreada por La Fontaine y nuestro Félix María de Samaniego. Mientras la cigarra pasaba la época  estival cantando sin parar y disfrutando del buen tiempo y de la abundancia de grano tras la siega, la hormiga andaba sacrificada todo el día con grandes cargas a sus espaldas llenando el granero. Hasta que llegó el invierno, y con él las nieves, los fríos y la escasez de alimento, y la cigarra  “…viose desproveída del precioso sustento: sin mosca, sin gusano, sin trigo, sin centeno”, al tiempo que la hormiga se refugiaba en su hormiguero, abría las puertas del granero y aguantaba calentita y alimentada hasta la primavera.

Hoy han llegado las vacas flacas,  subrepticiamente, sin avisar y sin anunciarse, y donde había prosperidad se anuncia la escasez y la ruina y se oye alto y claro el clamor del pueblo: ¡Abran los graneros!, y los graneros fueron abiertos; pero para pasmo de la muchachada estos están semivacíos. Las cigarras habían pasado los años buenos al sol bien cebaditas cantando fados, seguidillas, tarantelas y sirtakis sin preocuparse demasiado del nivel de los silos.

Menos la hormiguita Merkel que, aconsejada por su particular José — de cara adusta y usuario de silla de ruedas, apellidado Schäuble—, al abrir la puerta del granero, se lo ha encontrado a rebosar. Y eso a pesar de las chanzas, cuando no críticas abiertas de las cigarras meridionales que la conminaban a gastar y gastar, cosa que horroriza a la hija del pastor protestante educada bajo el lema: “gasta lo que tienes”.

No sé en qué quedará esta hambruna, pero intuyo que los bronceados tonadilleros exigirán a la superhormiga que se reparta lo del granero. Y no sé por qué, pero creo que esta dirá como en la fábula:

(...)
Que faisiez-vous au temps chaud?
Dit-elle à cette emprunteuse.
- Nuit et jour à tout venant
Je chantais, ne vous déplaise.
- Vous chantiez ? j'en suis fort aise.

Eh bien! dansez maintenant.

Jean de La Fontaine (1621-1695)


En alemán, claro.


Román Rubio
Marzo 2020

lunes, 16 de marzo de 2020

WILT


WILT




A los libros y a las películas les pasa como a las personas: algunas soportan mal el paso del tiempo. Otras, sin embargo, atraviesan las épocas con una gran dignidad y solvencia: por ejemplo, la película Casablanca; no importan los años ni las veces que la vea: cada vez que la cojo en la tele y me quedo a verla continúa emocionándome la historia y de manera notable, la categoría moral de ese Rick, el héroe auténtico, el que lo es sin pretenderlo ni mucho menos buscarlo.

Me acaba de ocurrir lo mismo con Wilt, de Tom Sharpe,  la novela satírica por excelencia, para mi gusto. Necesitaba acercarme a una obra  humorística por motivos de investigación literaria y me acerqué a Wilt con miedo. ¿Habría pasado la historia la prueba del tiempo con dignidad? ¿Seguiría levantando en mí, no solo la sonrisa que proporciona la fina ironía, sino la carcajada de la sátira inteligente más descarnada y salvaje? ¿Serían aceptables hoy en día los postulados éticos y morales que conforman la trama?

La respuesta es sí, sí y sí. La encontré desternillante y tremendamente inquisitiva. El protagonista, Henry Wilt, profesor de grado básico en una escuela de Formación Profesional con pretensiones de convertirse en Politécnico, había sido rechazado de nuevo para un ascenso, con lo que seguía encadenado a dar frustrantes, humillantes e interminables horas de clase de Humanidades —que incluían, a menudo, la lectura de El señor de las moscas— a cursos de Albañilería, Carnicería y Fontanería cuyo interés estaban muy alejados de la forma y el mensaje de la obra.

Wilt vuelve a casa cada día para encontrarse con Eva, su mujer,  emocionalmente inmadura y físicamente poderosa, permanentemente entregada a sus arrebatos de entusiasmo por la meditación transcendental, el yoga, los arreglos florales o cualquier otra actividad que se cruzase en su camino. Un día Eva conoce a los Pringsheim, una estrambótica pareja de americanos, que invitan al matrimonio Wilt a una fiesta y allí comienza el enredo, que incluye los avatares de Wilt para desprenderse de una muñeca hinchable, la huída de Eva con los americanos y los desternillantes interrogatorios a los que Wilt se va sometido por el Inspector Flint, bajo la sospecha de haber matado a su esposa y haberse desprendido del cadáver.

Así, lo que en 1976, año en el que se publicó la novela resultó ser una desternillante sátira del sistema educativo inglés, del lenguaje pomposo y huero con que se conducían las autoridades académicas y los delirantes postulados de cierto feminismo sexuado y lésbico de la época, hace que sea hoy motivo de fuerte rechazo por gran número de personas. ¿Y por qué? Porque Wilt, en sus cotidianos paseos con el perro fantaseaba con el asesinato de Eva Wilt y lo agradable que podía ser la vida sin ella. O con una Eva diferente, vaya. Lo cierto es que Wilt nunca lo hizo. Pero lo pensó. Y eso, para algunos, parece ser suficiente para condenar al personaje, a la novela y al mismísimo autor, el hoy fallecido Tom Sharpe.

Hay quien es amigo de condenar lo que contradice su moral y ejercerían la censura sobre todo aquello que consideran éticamente reprobable sin llegar a discernir entre ficción y realidad. Habría que explicarles que el hecho de que a uno le guste la película de El silencio de los corderos no quiere decir que acepte el canibalismo; ni el asesinato premeditado y sistemático por la afinidad con El Padrino. La novela negra es un entretenimiento y no conlleva afición de sus devotos por el asesinato.
Los cerditos, las cabritas y el lobo no hablan, ni se construyen casas de paja o ladrillo ni se esconden detrás del reloj. Nosotros lo sabemos. Los niños también lo saben; excepto, quizá, los hijos de los talibanes que no saben distinguir entre lo que es ficción y lo que no.

El concepto se conoce como Concepto de suspensión de incredulidad (willing suspensión of disbelief” y lo formuló Samuel Taylor Coleridge en el siglo XIX, sobre algo que Aristóteles ya había descrito como uno de los principios del teatro. Se trata de la voluntad del sujeto para dejar de lado (suspender) su sentido crítico, pasando por alto hechos fácticos (existencia de unicornios, dragones, etc.) y su percepción cognoscible de la realidad en la obra de ficción permitiendo adentrarse y disfrutar del mundo ficticio recreado.

Pues, eso. Si quieren pasar un buen rato, lean Wilt y véanlo como lo que es: como una excelente y bien escrita obra de ficción humorística para divertirse. Sin más. Ni menos.



Román Rubio
Mrzo, 2020

domingo, 8 de marzo de 2020

¡VIVA LA ESPAÑA VACÍA! ¡MUERA LA VACIADA!


¡VIVA LA ESPAÑA VACÍA! ¡MUERA LA VACIADA!




¿De izquierdas o de derechas?, ¿constitucionalista o independentista?, ¿del Madrid o del Barça?, ¿trap o hipster? Nada de nada. Ha nacido una nueva división entre españoles: los partidarios de la “España vacía” contra los de la “España vaciada”.
No importa que hablemos de lo mismo, ni que ambos términos sean correctos, como se encargaron de explicar Álex Grijelmo y la Fundéu. Hay que tomar partido. Yo, desde el principio, elegí mi sitio en la trinchera. Soy de la “España vacía”, a muerte, sin discusión alguna. El término me parece elegante, sencillo, expresivo y lleno de contenido y no pretenciosete, sabiondongo, quejumbroso, y reprochosillo, como dicen los relamidos de la “vaciada”, como queriendo culpar  al maestro armero, al malvado capitalismo o al contubernio de Múnich de que en el lugar más idílico y venturoso del mundo —su pueblo, of course— no se vea un alma por la calle, excepto en el mes de agosto.
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—Oiga, llamo por lo de la casa. ¿Se alquila vacía o con muebles?
—Nada de vacía. Se alquila vaciada, que para eso nos pegamos la paliza mi mujer y yo, llevando viajes al punto limpio.
—Vale, ¿y cuánto piden?
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—Se te ve el bolsillo lleno
—Ni hablar. Lo tengo llenado.
—¿Y eso?
—Pues porque me he metido las llaves, los pañuelos y el móvil. Antes estaba vaciado.
—¡Ah!
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—¿De dónde eres?
—De un pueblo cerca de Calamocha. De la España vacía.
—será de la España vaciada.
—Bueno, ¿y tú?
—Yo de Badalona. De la España llenada.
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—Tienes la camisa sucia.
—Querrás decir ensuciada.
—Los pantalones, en cambio, se ven limpios.
—Yo más bien diría limpiados, perdona.
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—Por Dios, ¡qué oscuro es ese cuadro!
—¿Y no le parece más bien que está oscurecido?
—En cambio, ese otro es bien claro.
—Sí. Se le ve muy aclarado.
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—Mamá, mamá, en el jardín de la casa de al lado hay un hombre desnudo.
—No te alarmes, hija. Está solo desnudado; pronto se vestirá.
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España está vaciada.
Quién la desenvaciará?
El desenvaciador que la desenvacíe,
buen desenvaciador será.

Román Rubio
Febrero 2020

martes, 25 de febrero de 2020

PORNOVENGANZA


PORNOVENGANZA




No hace mucho que se ha dado el caso en Francia. El candidato “macronista” a la alcaldía de París ha renunciado a la candidatura. ¿La razón? Un video de los atributos masculinos del candidato en plena acción, enviado a una mujer y con el que trataba de impresionarla, seducirla, agasajarla o a saber qué. La mujer, Alexandra de Taddeo, es la nueva pareja del “artista” ruso Piotr Palensky, autor de radicales “performances” anti-Putin, anti-patrióticas y anti lo que sea, en la más depurada tradición del nihilismo ruso de finales del XIX. Para Piotr, acostumbrado a autolesionarse desnudo en público y otras lindezas, las imágenes del político en tan comprometida situación fue una bendición para su autopromoción y no dudó en difundirlas, asfixiando la carrera del candidato al tiempo que pontificaba sobre la pureza del mundo mundial.

El caso nos ha recordado a otros más domésticos como el del entrenador del Málaga, dimitido o cesado por el club tras ser víctima de extorsión por un vídeo similar y el tan celebrado de Olvido Hormigo, concejala socialista de un pueblo de Toledo, que envió al portero del equipo de fútbol local un vídeo de su cuerpo en pleno frenesí orgásmico  con el mensaje de: “lo que te estás perdiendo”. Vean la diferencia: en París se ve  involucrado un artista conceptual-nihilista ruso y aquí el portero del equipo de regional preferente del pueblo. Es como en París, pero con boina.

El asunto trae consigo siempre un debate sobre el conflicto entre el derecho a la imagen y la libertad de expresión. Unas consideraciones:

1ª.- El mostrar públicamente o difundir esa clase de vídeos es una enorme villanía merecedora de desprecio y reprobación. Es cobarde y malvado y propio de personas mezquinas y miserables.
2ª.- El hecho de hacer la fechoría no tiene por qué ser delito; al menos en el caso de que la imagen haya sido proporcionada por el propio "actor". Una cosa es que alguien hackee el teléfono y lo difunda (lo que es delito flagrante) y otra dar publicidad a las imágenes que voluntariamente ha facilitado el sujeto, lo que hace que la infracción sea más discutible.
3ª.- Para difundir ese tipo de imágenes uno ha de ser un majadero, muy poco prudente o ambas cosas. Una cosa es que a uno le guste meterse plátanos por un orificio corporal distinto de la boca, lo que, aunque algo rarillo, es un acuerdo tácito o explícito entre la persona y el plátano (dos adultos), y otra cosa es grabarlo, lo que ya indica un cierto grado de perversión. Lo de difundirlo ya, pasa al terreno de la estupidez, teniendo en cuenta que desde el momento que se sube a internet termina uno perdiendo el control y la propiedad de la imagen.
4ª.- Para que estas situaciones se produzcan se debe dar la concurrencia, de, al menos, dos ejemplares: un jactancioso y descuidado patán y un bellaco desleal y sin principios, lo que convierte el asunto en un festín trágico.

Ha habido casos sonados en que la difusión de las imágenes o el relato (en su caso) se han hecho sin la connivencia del autor. En España se difundió un jugoso vídeo en que el entonces director del periódico El Mundo disfrutaba de un momento de asueto extramarital con la famosa Exuperancia y en EEUU, Monica Lewinski, en una acción unilateral sin precedentes, anunció a bombo y platillo que había succionado las partes bajas del presidente Clinton en el mismísimo Despacho Oval. Así, sin venir a cuento. ¿Y cómo podía demostrarlo la solícita becaria si no había habido documento gráfico, dirán ustedes? Pues porque la calculadora muchacha conservaba el vestido con los vestigios del ADN presidencial y lo guardaba como oro en paño cuidándose muy mucho de llevarlo a la tintorería.
El caso más insólito de extorsión sexual lo vivió, sin embargo el tenista Boris Becker. Este fue requerido en los tribunales en una demanda de paternidad por la modelo rusa Ermakova, que afirmaba que el tenista alemán era el padre (y pedía una cierta cantidad de millones en concepto de manutención) de su hija Anna. El tenista, extrañado, confesó que no había mantenido relaciones sexuales con la rusa, pero la prueba de ADN confirmó la paternidad. ¿Qué había pasado, pues? Según testimonio de la mujer, esta le había practicado sexo oral al alemán y se había guardado el resultado en un tarro, sustancia que se hizo inocular obteniendo así el embarazo deseado.

Ahí lo tienen: otro ejemplo de que la realidad puede ser más enrevesada que la ficción.

Román Rubio
Febrero 2020





martes, 11 de febrero de 2020

¡ESTOS GRINGOS!...

¡ESTOS GRINGOS!...

Se ha celebrado la ceremonia de los Óscar y ahora viene la resaca. La participación española ha vuelto de vacío. Ni la película de animación Klaus ni la de Almodóvar ganaron estatuilla y la publicitada aparición de la cantante  Gisela duró… siete segundos en solitario y otros pocos haciendo coro. Ya ven: viaje a Los Ángeles, minuciosos ensayos, vestido de trinqui Premium de Primark y tediosas sesiones de maquillaje y peluquería para siete segundos de gloria, pero ya saben que los designios del entertainment se escriben con caprichosas grafías.

Y, mira por dónde, saltó el sainete. La canción de Frozen, “Into the unknown”, fue interpretada en inglés por Idina Menzel y nueve cantantes más que intervenían en su propia lengua (danés, noruego, alemán, ruso, tailandés, japonés y… español). O mejor dicho: español y castellano, ya que, para los organizadores,  la catalana Gisela interpretó su parte en castellano (Castilian) y la mexicana Carmen Sarahí en español (Spanish).


Hay que ver, estos gringos. Primero encuadran a Antonio Banderas como actor “de color” cuando todo el mundo sabe que es de Málaga y después rotulan la versión de la cantante española como Castilian y la de la mexicana como Spanish, cuando todo el mundo sabe que se trata de la misma lengua.

¿Y a qué viene el despropósito?, dirán ustedes. Pues tiene su explicación. Y lógica, además.  Disney tiene como norma hacer dos versiones de doblaje: una para España y otra para Latinoamérica, con distintos acentos y actores de doblaje. Y esa era la razón por la que había dos intérpretes en español en la gala de los Oscar: representando las dos versiones. Así de simple. De modo que, al rotulista de la gala se le planteó el problema de tener que diferenciar las dos interpretaciones y eligió un camino, a mi parecer, de lógica intachable. ¿No son español y castellano la misma cosa? Pues llamo español (término más global) a la versión para EEUU y América Latina y castellano a la versión para la península ibérica. Normal, ¿no?

Entonces, ¿a qué tanto revuelo? Imaginen si no, qué otra opción podía haber tomado el responsable de los rótulos. O mejor: por qué término se habría inclinado usted de haber estado en su lugar. Apuesto a que cualquier otra decisión que hubiera tomado habría sido —al menos— tan controvertida, comentada y criticada como la del (no tan) ignorante gringo.

Y es que, en asuntos de España y de los españoles, todo resulta ser un poquito más complicado que lo que en realidad es. Lo dicho: tormentas en vasos de agua.

Román Rubio
Febrero 2020

viernes, 7 de febrero de 2020

MINISTROS Y MINISTRAS

MINISTROS Y MINISTRAS

—¿Te acuerdas de cuando Azaña era Ministro de la Guerra, Nemesio?
—Pero, ¿cómo me voy a acordar, si eso fue en la República y yo nací en el 42, Abelardo; cómo me voy a acordar?
—Pues mira, ahora es una mujer. Aquí lo pone —dijo Abelardo, doblando el periódico—: Margarita Robles, Ministra de Defensa.
—¿De Defensa? ¿Pero no era de la Guerra?
—Eso era antes, hombre. Cuando los países atacaban. Ahora solo se defienden.
—De modo que ahora, en la guerra, todos se defienden y ninguno ataca…
—Pues claro.
—Y Fernando de los Ríos ya no estará en Instrucción Pública, digo yo…
—Pero ¿en qué mundo vives, Nemesio? ¿Qué es eso de Instrucción Pública y Bellas Artes? Ahora hay al menos cuatro ministerios que hacen lo que hacía aquel. Mira: hay un Ministerio de Ciencia e Innovación dirigido por Pedro Duque, que fue astronauta, otro de Educación y Formación Profesional, encabezado por Isabel Celáa y otro de Cultura y Deporte.
—Pero, ¿no has dicho que eran cuatro?
—Ah, sí. Está también el de Universidades, que se me olvidaba, dirigido por Manuel Castells, de Hellín, que es un sociólogo muy reputado.
—¿Y todo eso para uno de los de antes? Hay que ver. ¿Y en Fomento?
—Está Ábalos. Un profesional. Pero ya no se llama así. Ahora es Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana.
—¿Agenda, qué? ¿Qué quiere decir eso, que se va a ocupar solo de las ciudades? Y de los pueblos, ¿qué?
—Para eso está Teresa Ribera, ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico.
—Ah, bueno. Mientras haya uno que se ocupe de Economía…
—¿Cómo uno? Lo menos cuatro. Mira, por un lado está María Jesús Montero en Hacienda, otro en Agricultura, Pesca y Alimentación, otra para Industria, Comercio y Turismo y a Nadia Calviño para Asuntos Económicos y Transformación Digital.
—¿Y con tantos como son no se pisarán los unos a otros por los pasillos a la hora de controlar el precio de la merluza congelada?, digo yo.
—No hombre, no. Para eso está el ministro de Consumo, que es un muchacho de izquierdas muy responsable: para que no se atropellen los unos a los otros en esos menesteres.
—¿Y se llama así de sencillo el ministerio? ¿Consumo?
—Sí, a pesar de que un asesor se emperró en cambiar el nombre por el de Consumo y Lucha contra la Obsolescencia Programada y el Abuso de los Intermediarios.
—Joder, no me extraña que no lo pusieran. Así, simple, como Exteriores.
—Nada de eso, Nemesio. El de Exteriores es ahora Ministerio de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación.
—No me jodas, ¿pero es que ahora nadie puede pensar en nada sencillo?
—Sí. Sanidad se llama Sanidad y no Ministerio de la Cura y Prevención de las Enfermedades y Mejora de la Calidad de Vida.
—¿Y Gobernación?
—Ahora se llama Interior.
—Pues tengo una idea. Hay que cambiarlo por Ministerio de Mossos, Erzaintzas y Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, que queda más moderno, ¿no?
—Déjalos venir. No des ideas, Nemesio, no des ideas.

 Román Rubio
Febrero 2020

martes, 28 de enero de 2020

AMARILLO-RUGOSO


AMARILLO-RUGOSO




Quien más quien menos recuerda algo de las Leyes de Mendel sobre la herencia genética que estudió en el bachillerato. Mendel (1822-1884) fue un agustino que formuló unas reveladoras leyes de herencia en las que reveló el hecho del carácter de rasgos dominantes y recesivos y cómo se manifiestan en las distintas generaciones. Para sus experimentos utilizó guisantes de dos colores: amarillos y verdes y concluyó que el amarillo era el rasgo dominante (que se manifestaba en la primera generación) y el verde el recesivo (que se manifestaba en determinados ejemplares de las siguientes). Pronto vio que el método era demasiado simple y decidió dar un paso más introduciendo  la textura: los guisantes lisos y los rugosos, en donde el liso resultó ser el carácter dominante y el rugoso el recesivo, y con ello formuló la segunda ley de la herencia, en la que se daban los genotipos de amarillo-liso, amarillo- rugoso, verde-liso y verde-rugoso.

Algunos quieren ver en el panorama político español la simplicidad de los guisantes amarillos y verdes de Mendel en un escenario de izquierda-derecha cuando, en realidad, responde al de la segunda ley, siendo el asunto territorial el de la textura liso-rugoso. Así, se dan distintos fenotipos: el constitucionalista o unionista (también llamado españolista) de izquierdas, el de derecha-separatista o nacionalista (véase Torra), y sus contrapuestos: izquierda-nacionalista y derecha-unionista. Podía haber un elemento centrista en el espectro, pero unos guisantes de color naranja renegaron del papel.
Algo similar ocurre en el Reino Unido, en donde el hecho de ser tory (conservador) o labour (social-demócrata) no explica gran cosa si no se considera el parámetro de los pro y antieuropeista (Brexit), que se encuentran mezclados —que  no revueltos— en ambos lados del espectro.

En Bagdad se han producido manifestaciones masivas de personas de mayoría chií en contra de la presencia de tropas norteamericanas en el país. Para entender la naturaleza de los fenotipos que se dan en aquel país, Mendel tendría que haberse aplicado más con sus variantes, ya que  el escenario excede la complejidad de los dos ejes de color y textura  que consideró el fraile. Allí, a la consabida dialéctica izquierda y derecha y la territorial (kurdo o árabe) habría que añadir la de estado laico-estado islámico y dentro de esta a la de chií (61% de la población y con tendencia proiraní) o suní (39%, más próxima a la tutela de los saudíes), con lo que la tipología de los guisantes se multiplica.

¿Y hay algo que una al chií, kurdo, suní, islamista, laico o socialista? Pues, sí: el odio a Israel.

Ayer vi en la 2 el documental sobre el verdadero Schinder (el de la lista) y hace un par de días la película de Polanski sobre el caso Dreyfus y me pregunto: ¿qué pasa con los judíos?

Román Rubio
Enero 2020

lunes, 20 de enero de 2020

RACIALIZAR


RACIALIZAR




—¿Sabes que a Antonio Banderas lo han puesto en la categoría de actor de color?
—¿Pero cómo?, ¿no es español?
—Claro, por eso. Español, hispano, latino…
—Pero si es de Málaga, ¿qué coño, latino ni hispano ni leches?
—¿Y?
—Pues que es blanco como “la nácar”. De color serán otros. Por cierto, ¿qué es ser de color?
—Pues eso digo yo, chica, porque una vez fui a Nueva York y allí no sabe una ni lo que es. Yo no sabía si era blanca, de color o qué. Tuve que rellenar unos impresos para denunciar el robo de la cámara, ¿sabes? Y tenía que marcar si era Caucasian (es decir, blanca), Latin, Hispanic, Arabic, Afroamerican, Asian y qué se yo. Vaya lío.
—¿Y qué pusiste?
—Ah, yo Caucasian, como marcaban todos los blanquitos de allí. Aunque, la verdad, no sé ni por qué. Porque yo, con el Cáucaso no tengo nada que ver. Ni he ido allí ni se me espera. Ahora que ellos, aún menos, que no saben ni donde está.
—¿Y qué le pareció al policía?
—¿A él? Muy bien. Era puertorriqueño o cubano o algo así. Él me dijo que era Hispanic.
—¿Y qué diferencia hay entre Hispanic y Latin?
—Y yo qué sé. Parece ser que eres hispano si hablas español y latino si hablas portugués, criollo o…
—¿O qué?
—O español. Pero de América, claro.
—Pues yo, ¿sabes qué te digo? Que habría puesto Latin, ¿o es que el español no viene del latín?
—Ya. Entonces, ¿los franceses y los italianos son también latinos?
—No. Los italianos son italianos y los franceses, franceses. Lógico, ¿no? Bueno, Capone, Scorcese, Corleone y Pacino son italoamericanos. Los demás, caucásicos.
—¿Y Messi? ¿Es blanco o latino?
—Pues blanco, ¿que no lo ves? Si tiene la barba pelirroja como un irlandés.
—¿Y Simeone?
—Latino.
—¡Anda! Eso es “racializar”.
—Raci… ¿qué?
—Racializar, que significa discriminar a un colectivo por su raza o etnia.
—Entonces, ¿lo que hacen con Banderas es racializar?
—¡Y yo qué sé chica! Estoy hecha un lío.

Román Rubio
Enero 2020

domingo, 5 de enero de 2020

CONSTITUCIÓN


CONSTITUCIÓN




Cuando se va a empezar una partida de póker los jugadores deben tomar algunas decisiones: ¿se juega con la baraja completa o se quitan cartas? ¿Con comodines o sin ellos? En caso de poner uno o dos comodines ¿vale más el repóker o la escalera de color? ¿El color vale más o menos que el full? Una vez decididas esas cuestiones sobre las jugadas se pasa a fijar las reglas de la apuesta: ¿se juega con resto? —es decir, ¿puedo ir a cualquier jugada con el dinero que tengo sobre la mesa?—, ¿puedo sacar dinero a mitad de partida o de jugada?, ¿se juega con “po” (igualando el total de la apuesta de la jugada anterior, de la que todos han pasado) o sin él? Una vez decidido el reglamento se da la primera carta.
Lo que han hecho los jugadores, lo sepan o no, ha sido un proceso constituyente. Se ha aprobado por unanimidad o mayoría sustancial el reglamento de la partida. Y todos saben que hay que respetar las reglas. ¿Se pueden cambiar estas? Pues, claro. ¿Cuántas veces? Tantas y como se consiga un consenso. Nunca sin él. Así de simple.

Los alemanes han consensuado 60 cambios en su Constitución de 1959 en temas fundamentales como el servicio militar o la regulación de la Hacienda Pública, pero tienen una “clausula de eternidad” (art. 79.3) que impide la modificación de los principios formulados en los artículos 1 y 20 (referentes a la dignidad del ser humano y a la organización estatal como Estado federal, democrático y social.

Los norteamericanos han hecho veintisiete enmiendas (10 de ellas simultáneamente) en su Constitución de 1787, ese icónico texto que empieza por “Nosotros el Pueblo” (We the People), pero hay otras seis enmiendas que no han sido aprobadas por los estados. Cuatro están técnicamente pendientes y las otras han expirado en sus propios términos. ¿Y por qué no han prosperado? Pues porque no han superado el procedimiento de aprobación. La enmienda debe ser propuesta a los estados por un voto de dos tercios de ambas cámaras del Congreso y ser ratificada por tres cuartos de los estados. Lo que, si lo piensan un poco, no es nada fácil; necesita un amplísimo consenso. Quizá sea esa la razón por la que no han conseguido frenar la tenencia y uso de armas de fuego que tantos disgustos da.

Recuerdo el referéndum que se hizo en España para la aprobación de la Constitución Europea. Yo voté SI. Lo tuve claro desde el principio. “¿Cómo lo tienes tan claro?, “¿es que acaso la has leído?” —me dijo un buen amigo—. “Por supuesto que no: ¿cómo iba a leer un texto tan abultado y farragoso?” Voto SÍ porque se ha conseguido un consenso entre tropocientos países y nosecuantos partidos y eso para mí es suficiente. Mi amigo, finalmente votó NO. ¿Y saben por qué? Porque alguien de Compromís le convenció. Él tampoco lo había leído.
La cuestión era que la Iglesia (la Conferencia Episcopal de Rouco y su Cope) pedían el “no” porque el texto declaraba el espacio europeo como laico y aconfesional, los independentistas (CIU, ERC, Eusko Alkartasuna y otros —excepto PNV—) votaban NO porque no se reconocía el derecho de autodeterminación y la izquierda (IN) —(ay, la izquierda, otrora internacionalista—, porque decían que se estaba construyendo una Europa de los mercaderes y no de los pueblos. Al final ganó el SÍ y no sirvió de nada: Francia y Holanda tiraron por tierra el proyecto, pero eso es otra historia.

Hoy se está pidiendo a gritos cambios en la Constitución Española. Unos quieren república, otros autodeterminación, otros una ley electoral nueva, otros abolir las autonomías, otros incluir el derecho a la muerte digna (yo mismo), otros todo ello junto y otros nada. Perfecto. Pero lo que al español le parece difícil aceptar es que para que haya cambios debe haber consensos, y consensos claros, porque si no, habría que repetir el proceso cada mayoría parlamentaria (es decir, cada ocho años, de media) lo que haría a un país, ingobernable.

Ya lo hicimos en el 1812, en 1837, 1845, 1852 (proyecto), 1856 (no promulgada), 1876, 1929 (proyecto), 1931, 1938 (Leyes Fundamentales del Reino) y 1978. ¿Cuántas veces más habrá que hacerlo? Y sobre todo, ¿para durar cuánto?

En fin, nosotros a lo de siempre: “o me echan las cartas que quiero o rompo la baraja”.


Román Rubio
Enero 2020