sábado, 27 de marzo de 2021

SIMONE & WEILFUNKEL

 

SIMONE & WEILFUNKEL



A veces pasa. No has oído hablar de una persona en años y de pronto te la nombran por aquí y por allá y te aparece hasta en la sopa. Me acaba de ocurrir con una mujer que tenía semiolvidada (o, más bien, olvidada del todo): la francesa Simone Weil.

Emmanuel Carrère la cita no una sino varias veces en su último libro, Yoga, que acabo de leer, y en el mismo fin de semana en que acabé la lectura, me encontré con que la periodista Laura Fernández abre su reportaje-entrevista a la escritora Siri Hustvedt en El País con otra cita literal de la Weil en boca de la novelista americana. En el mismo diario del 24 de marzo se me revela que Camus, gran admirador de Simone, la calificó como “el único gran espíritu de nuestra época”. Vaya, por dios, tanto tiempo sin haber oído de la francesa y todas esas referencias me aparecen a lo largo de una mañana de lectura.

Recordé y constaté que Pablo D’Ors abre su inspirador librito Biografía del silencio con unos celebrados versos de la Weil, esos que empiezan por “El deseo de luz produce luz…” y me vino también a la memoria cierto artículo de Muñoz Molina titulado Vasos comunicantes, en el que el escritor confiesa ser un lector devoto de Simone hasta el punto de confesar: “Desde que descubrí a Simone Weil, su lectura es como un bajo continuo que acompaña de  fondo a otros libros”.

Ante tan abundante presencia de referencias no pude evitar consultar la biografía de la autora, cuya vida se me hace más accesible que sus escritos (que desconozco). He aquí algunos rasgos biográficos de la filósofa, mística y activista francesa:

Simone Weil (1909-1943) nació en el seno de una familia burguesa parisina. Su padre era un eminente médico y su hermano mayor, André Weil, un matemático reputado. A los dieciocho años ingresó, con la calificación más alta, en la Escuela Normal Superior de París, superando en nota a su insigne tocaya Simone de Beavoir, que también se formó en la prestigiosa institución. Convertida en profesora de liceo tras graduarse fue transferida de varios centros por activismo político y críticas a los métodos pedagógicos. Entró de obrera en la Renault en donde dijo aquello de “allí recibí la marca del esclavo”, trabajó como peón agrícola en la región de Marsella y tuvo contacto con Trotsky en París. Sindicalista revolucionaria, abogaba por un pacifismo radical, lo que no impidió que se enrolara en la Columna Durruti en la Guerra de España. En el frente de Aragón tomó parte en acciones de combate y allí presenció el fusilamiento de un joven falangista, lo que provocó su reflexión: “Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad contrarios al ideal libertario”.

A pesar de que sus escritos, aunque heterodoxos, exhiben un aura católica enfrentada con el judaísmo, su familia fue declarada como no-aria durante la ocupación alemana de Francia por lo que huyó a Londres en donde colaboró con la resistencia desde la emisora Francia Libre, liderada por De Gaulle. Allí, en Inglaterra, se le diagnosticó una tuberculosis, enfermedad que, según algunos, le vino por alimentarse mal en solidaridad con los ciudadanos de la Francia ocupada (creía que no tenía derecho moral a comer mejor que ellos) y murió a la edad de 34 años haciéndose bautizar poco antes de morir, dejando una gran cantidad de escritos, ensayos y poesía en donde expresa su filosofía, su ideario y su mística.

Conmovido por la figura de la francesa, eché un vistazo al periódico que quedó sobre la mesa y vi que en la portada (¡sí, en la portada!) venía la historia de otra mujer cuyo nombre prefiero eludir, que había aparecido en cierto canal de televisión y acaparado una audiencia extraordinaria contando, por entregas, sus irrelevantes experiencias conyugales y familiares. En el debate público consiguiente—que ocupó páginas y páginas en los periódicos del fin de semana— participaban un par de Ministras de la nación y un buen número de opinador@s cuyos nombres e identidades ni retuve ni haré el esfuerzo de investigar.

Por respeto a la Weil.

Román Rubio

Marzo 2021


domingo, 14 de marzo de 2021

SE BUSCA TRADUCTOR

 

SE BUSCA TRADUCTOR


Imaginen que quieren contratar a la persona idónea para hacerles un trabajo. Cualquier trabajo; preferiblemente de índole intelectual o artística. Por ejemplo, una guía turística de la localidad, un montaje teatral o una exposición de cuadros de artistas locales. El que sea. Y como condición para la contratación anuncian que la persona elegida debe ser  hombre, blanco y de ideario conservador. ¿Qué creen que ocurriría? No sé ustedes pero a mí no me gustaría estar en el pellejo de quien hace esos requerimientos. En primer lugar, porque me parece injusto y deshonesto; en segundo lugar porque es anticonstitucional y denunciable y en tercero porque el ataque social sería tan implacable que me resultaría incómodo abrir el correo, las redes sociales y hasta salir a la calle.

Ahora, vean el caso contrario. La editorial de Amanda Borman, la joven poeta que se hizo mundialmente famosa al leer el poema The Hill We Climb en la toma de posesión del Presidente Biden, está en el proceso de traducir la obra de la joven en otras lenguas y, como es natural, necesita de traductores. Y ahí estás el problema, pues el requerimiento de los agentes de la autora exigen (o priorizan, porque exigir imagino que sería delito) que la persona que lo traduzca sea mujer, de raza negra y activista señalada. Lo primero es fácil de identificar (bueno, no tanto, como se verá después), lo segundo también: el color se ve hasta en una foto y para lo tercero, ay, para lo tercero piden a la editorial del país un currículo en el que se señale si ha colaborado con alguna ONG o ha estado involucrada en alguna lucha (significativamente racial o de género), de modo que, como los cristianos viejos, hay que demostrar la pureza de sangre y de ideas. Yo, por mi parte, estaría excluido por no cumplir ninguno de los requisitos exigidos. Ni soy mujer, ni de raza negra y mi mayor “compromiso” con el activismo social fue el de ser monaguillo a la edad de nueve años. Y eso creo que no cuenta.

Pero dejemos mi caso. Para su edición en catalán, la editorial Univers, que tiene los derechos, encargó la traducción del poemario The Hill We Climb (El turó que enfilem, en catalán) a Víctor Obiols, poeta y músico experimentado, que cuenta entre sus traducciones a Shakespeare y a Óscar Wilde. Pues bien, con el trabajo ya casi acabado fue descartado por la agencia representante de la autora americana por no reunir las condiciones de mujer y de raza negra. No sabemos si su pedigrí como activista pasó el filtro de pureza impuesto por la caprichosa y exigente poeta. El traductor adujo en su cuenta de Twitter que quizá debía haberse pintado la cara de betún, lo que supuso la cancelación de su cuenta por parte de la compañía del gorjeo. La editorial ha buscado ahora una segunda traductora: María Cabrera, y se cruzan los dedos esperando que la opción sea aceptada por el tribunal de pureza de sangre, como ha aceptado la traducción en castellano de Lumen por Nuria Barrios, poeta, novelista y traductora de, entre otros, John Banville y James Joyce. Eso sí, ninguna de las dos son negras.

El asunto trae cola. Para la traducción al neerlandés, la editorial holandesa buscó una figura de primera fila: le encargó la traducción a Marieke Lucas Rijneveld, persona no binaria, que no se identifica como hombre ni como mujer, que había sido ganadora/ganador/ganador@/ganadore del prestigioso premio Booker International con su primera novela La inquietud de la noche a la edad de 29 años.

Todo iba bien hasta que una activista negra neerlandesa, Janice Deul, iniciara una campaña en contra de Marieke, de cabello rubio y género indeterminado lamentándose de no haber elegido una artista del “spoken word y orgullosamente negra”, lo que provocó la renuncia de Marieke.

En fin, para la edición inglesa de mis libros estoy buscando un traductor que me abra el mercado anglosajón y con ello las puertas de la opulencia. Exigiré algunas cualidades: que sea alto y guapo, como el autor; indolente y perezoso, como el mismo, y que haya sido monaguillo o, en su defecto, miembro del coro de la iglesia en su niñez. Me da igual que sea hombre o mujer, con tal que sepa hacer la o con la ayuda de un canuto. Como el autor.

Román Rubio

Marzo 2020

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lunes, 8 de marzo de 2021

CARONTE AGUARDA

 

CARONTE AGUARDA



Ya se sabe cómo es Caronte: hosco, tacaño, envuelto en harapos, encapuchado, amante de las tinieblas, siniestro y paciente, muy paciente. Siempre está ahí, sentado en su barca en la penumbra, escondiendo su cara semicomida por la lepra y con la mano —llena de soriasis y sabañones— siempre extendida, presta  a recoger como pago la moneda necesaria para pasar a uno al otro lado de la Laguna Estigia, hasta la orilla del Reino de Hades. ¡Y ay, de quien no lleve encima la moneda! Caronte es tozudo, inmisericorde, inamovible y dejará al alma vagar en pena cien años en la orilla sin poder alcanzar el merecido, aunque lúgubre, descanso del Averno.

Hay que llevar siempre en el bolsillo la moneda de euro, el doblón, la guinea, el duro de plata isabelina, por si (dios no lo quiera) tiene uno que encontrarse cara a cara con Caronte de manera inesperada. Eso y lo de la ropa interior: siempre limpia. La tía Aurelia a menudo conminaba a sus sobrinos (y sobrinas) a llevar siempre la ropa interior limpia y las uñas de los pies cortadas y arregladas porque la muy pulcra tenía pánico a que, por accidente o trampa del destino, hubiera de ser sometida a examen médico de manera inesperada.

Prudente, la tía Aurelia. Y limpia.

Gaudí no escuchaba los consejos de la discreta señora y el 10 de junio de 1926 fue atropellado por un tranvía en la calle Cortes de Barcelona cuando se dirigía a pie a la Parroquia San Felipe de Neri a visitar a su confesor, cosa que hacía con regularidad. No hay constancia del estado de su ropa interior, pero el aspecto que ofrecía era el de un mendigo y la atención recibida, en una sociedad clasista como la de la época, fue deficiente, y aún habría sido peor de no haber sido por un guardia civil que pasaba por allí y obligó a un coche a que llevara al herido al Hospital de la Santa Cruz, entonces de Beneficencia, donde murió —ya desvelada su identidad— sesenta horas después.

El 19 de abril de 1906, Pierre Curie murió atropellado por un coche de caballos en la calle parisina de Dauphine, junto al Pont Neuf de la capital francesa, puente que, a pesar de su nombre, fue construido a finales del siglo XVI y resulta ser el más antiguo de la ciudad. El científico —Premio Nobel de Física junto a su mujer, Marie— absorto, quizá en sus meditaciones, fue arrollado fatalmente por el vehículo y enterrado en el cementerio de Sceaux, en las afueras de París. En 1965 fue exhumado junto a su esposa para ser trasladados ambos al Panteón de personas ilustres. Marie, que había muerto de leucemia —provocada, con toda probabilidad, por su exposición a materiales radiactivos—, había sido enterrada en ataúd de plomo, pero Pierre, muerto mucho antes, no; y hay testigos de la exhumación (exagerados ellos) que dicen que los huesos brillaban como si fueran de neón, tal había sido la exposición del científico a materiales radiactivos, cuyos tubos se guardaba en los bolsillos. Caronte no habría aceptado una moneda que brillara como un fosforito.

Entre Mónaco y Niza hay unos 20 kilómetros, y en ese tramo fueron al encuentro del barquero, de manera inesperada y no deseada, dos mujeres en su madurez. La primera, bailarina de postín subió al descapotable del joven mecánico italiano que era su amante un 14 de septiembre de 1927, vistiendo un vistoso y largo pañuelo de seda rodeando su cuello. El pañuelo resultó enredado en los radios de la rueda del coche y la mujer, Isadora, murió in situ por estrangulamiento. Algunos años después, Grace, la gran Grace, estrella de Hollywood y Princesa consorte del pequeño país mediterráneo del glamur y el juego resultó muerta a 20 kilómetros de allí cuando recorría en su Rover el camino de regreso a casa en compañía de su hija Estefanía.

En todas estos encuentros indeseados con Caronte andaba yo pensando el otro día cuando escuché por la radio la muerte de un tal Álex Casademunt, cantante, participante en un remoto programa de Operación Triunfo y al que deseo que hubiera tenido la precaución de guardar una moneda en el bolsillo para vencer la tacañería de tan siniestro barquero.

Román Rubio

Marzo 2021

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martes, 23 de febrero de 2021

LESA MAJESTAD

 

LESA MAJESTAD


A propósito del encarcelamiento de cierto personaje cuyo nombre soy reacio a  mencionar, me he dedicado a investigar si el delito de injurias al Jefe del Estado y a sus símbolos (bandera, himno…) es una peculiaridad de nuestro sistema legal (propio de un “estat feixista”, como he oído decir por ahí) o, por el contrario, está en consonancia con lo dispuesto en otros países de nuestro entorno.

Para ello, he consultado el informe del Representante de la Libertad en los Medios de la  OSCE  (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), un documento de 267 páginas, en inglés, que supone un recorrido exhaustivo por el sistema legal de 58 países, en su mayor parte europeos.

https://www.osce.org/files/f/documents/b/8/303181.pdf

Los resultados de la consulta son esclarecedores. Dado el volumen de información he decidido destacar unos pocos países como ejemplo que puedan servir de comparación. La conclusión es que, exceptuando el Reino Unido y Noruega —que no tienen legislación específica al respecto—, los demás (repúblicas y monarquías) todos tienen regulado el tema con mayor o menor severidad.

España.-

La calumnia y la difamación dirigidas al Rey, la Reina, ascendientes y descendientes, consortes… es un delito criminal (Art. 490.3) del Código Penal. Si la ofensa es grave, la pena es de prisión de entre seis meses y dos años o de entre seis y doce meses para las de menor gravedad. Además, el mal uso de la imagen real de manera que “pueda dañar el prestigio de la Corona es un delito criminal castigado con una pena de entre seis meses y dos años.

También está penada la difamación del estado y sus símbolos… contra España, Comunidades Autónomas, Poder Judicial, Tribunales Superior y Supremo, ejército y fuerzas y cuerpos de seguridad del estado, con penas de entre siete y doce meses.

Francia.-

En 1981 fue derogada la ley que se refería a las ofensas al Jefe del Estado, incluyéndole en la del resto de altos cargos. La difamación pública de funcionarios del estado se castiga con multas de hasta €45.000. La lista incluye al presidente, ministros, diputados, senadores y cargos religiosos, de religiones subvencionadas por el estado. En casos especiales se aplica prisión de hasta un año.

La difamación del estado, sus símbolos e instituciones castiga el ultraje (insulto grave) al himno o la bandera tricolor con una multa de €7500 y seis meses de prisión si es “cometida como grupo de acción” ¿?

Alemania.-

La injuria o difamación pública al Jefe del Estado y del Gobierno está penada en Alemania con pena de entre tres meses y cinco años de prisión.

La difamación del Estado y sus símbolos (colores nacionales, bandera escudo) y la expresión de desprecio hacia Alemania, sus regiones o el orden constitucional son considerados ofensa criminal castigada con hasta tres años de reclusión.

Además, el código alemán castiga a quienes “intencionadamente apoyan las iniciativas contra la existencia de la República Federal de Alemania o contra sus principios constitucionales”.

Por si hay tentaciones separatistas, se entiende.

Italia.-

La ofensa al honor o el prestigio del presidente se castiga con pena de prisión de entre uno y cinco años.

La difamación de la República, Tribunal Constitucional, fuerzas armadas, bandera y emblemas nacionales se castiga con multas de entre €1000 y €5000, que asciende a entre €5000 y €10000 si se cometen en acto público o ceremonia oficial.

Países Bajos.-

Las injurias difamatorias al Rey se castiga con pena de prisión de hasta cinco años. El cónyuge, el heredero y, en su caso, el Regente están protegidos con penas de hasta cuatro años.

 

Portugal.-

El insulto o difamación al Presidente de Portugal se castiga con tres meses de prisión, que se ve incrementado a prisión de entre seis meses a tres años si la ofensa es cometida públicamente.

La difamación del estado, sus símbolos e instituciones está penada con prisión de entre seis meses y 240 días. El insulto al Estado, la bandera o el himno se castiga con una pena de prisión de un máximo de dos años o una multa de hasta 240 días.

 

En fin; Dinamarca, Suecia, Austria, Bélgica y en general todos los países recogidos en el informe (exceptuando, como he señalado antes a Reino Unido y Noruega) tienen recogida en sus respectivas legislaciones la represión y castigo de toda forma de injuria o difamación a los Jefes de Estado y a sus instituciones, así como a la bandera, himno y otras representaciones del estado con mayor o menor dureza.

Otra cosa es la frecuencia y rigor con los que la legislación se aplica, que difiere bastante entre países. Esto podría dar lugar a pensar que:

 1º.- Algún Estado (¿el nuestro, quizá?) fuera demasiado riguroso y exageradamente  implacable en la aplicación de la ley.

2º.- Que una parte significativa de la ciudadanía de la nación sea más montaraz, cerril, irrespetuosa y desleal que en otros lugares.

3º.- Ambas cosas.

Ustedes mismos.

 

Román Rubio

Febrero 2021 


sábado, 13 de febrero de 2021

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA

 

NO HAY MAL QUE POR BIEN NO VENGA


Quizá conozcan ustedes la historia: andaba de caza el maharajá con su ayudante cuando cayó de su caballo y se dislocó la muñeca. Comenzó el soberano a maldecir su suerte mientras el criado le vendaba y le insistía en que no hay mal que por bien no venga. El noble, indignado por las frasecitas de filosofía barata del criado, le empujó a un pozo y le dejó allí para que muriera de inanición mientras proseguía su camino. Más adelante el soberano fue capturado por una banda de ladrones que tras robar sus pertenencias se dispusieron a sacrificarlo en ofrecimiento a su dios. Uno de los bandidos se dio cuenta de la rotura del antebrazo y paralizaron el sacrificio ya que solo eran aptos les seres sin tara o defecto alguno y le dieron libertad. El príncipe, de vuelta a palacio, sacó del pozo a su criado y se postró en lágrimas solicitando el perdón de este. “¿Perdón?”, dijo el criado. “No hay nada que perdonar. Si no me hubieras tirado al pozo habríamos sido apresados los dos y sería a mí a quien habrían sacrificado. Recuerde Su Alteza que no hay mal que por bien no venga”.

´Corría septiembre de 2013 cuando Madrid presentó en Buenos Aires su candidatura para organizar los Juegos Olímpicos de 2020 consiguiendo un rotundo fracaso aunque dejando para la posteridad, eso sí, aquello de la “relaxing cup of café con leche en la Plaza Mayor” como frase icónica superando al celebrado “is very difficult todo esto” que espetó el inimitable Mariano Rajoy en una visita a la Casa Blanca.

La expresión por la que se recordará siempre a la inane alcaldesa de Madrid, que lo fue por obra y gracia de Gallardón,  dejó a los madrileños —y de rebote a todos los demás— con un cierto sabor de ridículo, no por la sintaxis del discurso —que fue aceptable—, y ni siquiera por la pronunciación (hemos visto a otros líderes en situaciones incluso peores) sino, más bien, por ese tonillo ridículo de “seño” que trata al mundo como si estuviera habitado por párvulos sin destetar. También es cierto que en aquel acto también intervinieron Gasol y el Príncipe Felipe y ambos lograron elevar el mensaje lo suficiente como para librar a la candidatura del ridículo.

Lo cierto es que lo que se vio como un estrepitoso fracaso, a la larga, no lo ha sido tanto. Veamos: el ganador —Tokio— no pudo celebrar los juegos en 2020 por causa de la pandemia y ahora se enfrenta a unos retos descomunales para poder hacerlo en julio y agosto de 2021. El gobierno japonés ha invertido una cantidad de 10.000 millones de euros en preparar la ciudad y poder alojar y hacer competir a los 11.000 deportistas de 206 países, descontando unas pérdidas de 2.700 millones de euros de patrocinadores locales y 660 millones en entradas, ya que todas las competiciones se celebrarán sin público.

Los ingresos por turismo se han esfumado, con lo que se han ido al traste las expectativas de restaurantes, atracciones turísticas y gasto en general de turistas extranjeros. Los visitantes, periodistas y otros, no podrán hacer uso del transporte público ni salir de la villa olímpica por otro medio que no sea el transporte olímpico oficial y los atletas deberán olvidarse de la proverbial convivencia estrecha con los pares ya que deberán guardar las normas de seguridad: comer en los comedores de la propia villa respetando la distancia de dos metros entre comensales, además de pasar una PCR obligatoria cada cuatro días, medida que afecta a atletas, técnicos, periodistas  y  todo el personal implicado.

¿Y si hay positivos? Más vale no pensar en ello. Si se da un positivo en un equipo, este, en su totalidad, deberá retirarse de la competición temporalmente y guardar cuarentena; no solo ellos sino los componentes del último equipo con el que han competido, lo que puede hacer de la competición y sus eliminatorias un completo caos.

En fin, que los Juegos de 2020 no son ninguna peladilla y las consecuencias económicas y de todo tipo para Madrid y para España, el país más arruinado de occidente por la pandemia, habrían sido desastrosas.

De modo que, mira por dónde, la “relaxing cup of café con leche” ha contribuido finalmente y sin proponérselo a aliviar, sino a evitar la ruina. Sabio que era, el criado del maharajá.

Román Rubio

Febrero 2021



lunes, 8 de febrero de 2021

DEMOCRACIA

 

DEMOCRACIA

https://www.economist.com/graphic-detail/2021/02/02/global-democracy-has-a-very-bad-year


El equipo de investigación de The Economist acaba de hacer público su Índice democrático de los países del ejercicio 2020 concluyendo que, debido a la pandemia, ha habido un retroceso global. El equipo de especialistas evalúa el sistema y la sociedad de 167 naciones atendiendo a 60 indicadores que dan una imagen bastante precisa del parámetro democracia-autoritarismo de cada país otorgando a cada uno una puntuación de 0 a 10 y estableciendo un ranking. En el mapa se puede apreciar por colores la salud democrática de los países, yendo del azul intenso (democracias plenas) al rojo intenso (regímenes autoritarios)

Los países con mayor democracia —de azul fuerte en el mapa— puntúan todos por encima de 9, y son, por este orden: Noruega (9.81), Islandia  (9.37), Suecia, Nueva Zelanda, Canadá, Finlandia, Dinamarca y la República de Irlanda. Nada nuevo. Como de costumbre, los países escandinavos están encaramados en la cima del desarrollo social y antiautoritario, acompañados por los neozelandeses, los canadienses y los irlandeses del Eire. Por cierto: de estos países, Noruega, Suecia y Dinamarca son monarquías y Nueva Zelanda y Canadá también dicen serlo, o al menos así consta en sus constituciones y expresa la efigie de sus billetes.

En un segundo grupo  están las naciones que son consideradas una “democracia plena” y puntúan por encima de 8 en esta variable. Y en este grupo privilegiado, algo por detrás de Reino Unido y Alemania, en el lugar 22 del mundo, con una honrosa puntuación de 8.12 está España y olé: entre Japón y Corea del Sur, puntuando por encima de países tan tradicionalmente democráticos como Francia (7.99), EEUU (7.92), Portugal (7.90) o Italia (7.74), considerados estos como “democracias defectuosas”, y pintados en un azulillo más rebajado que el nuestro.

Como buena noticia hay que señalar que Uruguay (8.61), Chile (8.28) y Costa Rica (8.16) están en el grupo de notable alto para acallar a quienes solo quieren ver en Latinoamérica atraso y fatalismo.

¿Y en el furgón de cola? Detrás de los grandes países de naranja intenso como China, Arabia Saudita, Venezuela, Cuba o Irán, en rojo bermellón van los auténticos parias del mundo: la franja maldita del África central que va de Libia al Congo, pasando por Chad y la República Centroafricana, la desdichada Siria y el farolillo rojo otro año más: Corea del Norte, que con una puntuación de 1.08 ocupa el lugar 167 y último de los rebaños del Señor.

 

Román Rubio

Febrero 2021


viernes, 29 de enero de 2021

¡ILLA, ILLA, ILLA!, ¡ILLA, MARAVILLA!

 

¡ILLA, ILLA, ILLA!, ¡ILLA, MARAVILLA!


Ni contigo ni sin ti

tienen mis males remedio,

contigo porque no vivo

y sin ti, porque me muero

¿O era Villa?

Salvador Illa, ministro de Sanidad durante los difíciles tiempos de la pandemia ha dimitido de su cargo para presentarse como candidato del PSC a las elecciones catalanas.

Y ¿cómo no? se ha armado un revuelo. Algunos le echan en cara que haya abandonado el barco a mitad de tormenta, como si no hubiera otro capitán en la marina mercante.

He de confesar que yo he tenido respeto y hasta admiración por este catalán con cara de venir del tanatorio de dar el pésame, al que parecía imposible alterar ni los broncos embates de sus oponentes ni las marrullerías del “fuego amigo” y otras viborillas. El enlutado y fúnebre (que no sombrío) catalán parece no conocer otro lugar que sus propias casillas, de las que resulta imposible sacarle por mucho empeño que se ponga.

Entiendo a quienes dicen que abandona ante al peligro, pero, díganme: ¿cuántos de ellos  son los mismos que le insultaban y llamaban no solo incompetente sino culpable —con la colaboración del escudero Simón— de la muerte de docenas de miles de españoles? Y eso no, mire usted: o el ministro es un incompetente y usted debería alegrarse de su marcha o es competente en su cargo y habría entonces que lamentarse de que se vaya. Pero culparle de irse y de incompetencia no es de recibo.

A eso se refería Hegel cuando hablaba de contradicción dialéctica.

En Las Provincias leo un titular que me hace pensar en otra contradicción dialéctica, esta marxista: “La cuarta parte de los vecinos de Valencia rechazan la vacuna”… “De 1320 entrevistas el pasado diciembre, el 25.8% de los participantes rechaza la vacuna contra el coronavirus, un 10.8% se muestra a favor pero con dudas, mientras que un 5.8% no acierta a dar una respuesta”.

Y ahora, díganme: ¿Cuántos de esos “ciudadanos” que rechazan la vacuna se están rasgando las vestiduras por el hecho de que algunos alcaldes, obispos y generales se hayan aprovechado de su estatus para vacunarse? Estamos en lo de siempre: yo no como y aquí no come ni dios.

Para los tramposillos que se la han saltado la cola, la Consellera Barceló parece que les niega la segunda parte de la vacuna, lo que quizá sea justo, pero, desde luego, no parece muy inteligente, pues cuando les toque el turno (que les ha de tocar) necesitarán sus dos dosis, con lo que cada uno de ellos gastará no dos sino tres.

Entretanto, en Oregon, en la Costa Oeste de los EEUU, un equipo de sanitarios que venían de vacunar y se vieron bloqueados en la carretera por la nieve tomaron las vacunas sobrantes que llevaban en el vehículo y que caducaban en el plazo de seis horas y se pusieron a vacunar a los otros conductores atrapados que se prestaron a ello. Para que no se desperdiciara ninguna dosis.

Pero ya se sabe, son de otra pasta y la vicepresidenta Harris, en vez de esconderse, se vacunó delante de las cámaras de TV y conminó a los ciudadanos a hacerlo (supongo que respetando el turno). ¡Estos yanquis!

Ahora mismo, en contra de toda exhortación del sentido común, me voy al teatro a ver El perro del hortelano, que lo hace el grupo de teatro de mi pueblo y creo que el autor es uno de Oregon, muy prolífico y mujeriego.

Román Rubio

Enero 2021

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martes, 19 de enero de 2021

SE VA PARA BARRANQUILLA

 

SE VA PARA BARRANQUILLA


Mientras recorría el Camino de Santiago del Norte solía preguntar a los caminantes que habían hecho el Camino completo una o varias veces qué significaba el Camino para ellos. Una mujer alemana, Helga, que tenía varios caminos en su haber, que había conocido a su marido en su primera travesía y que se casó en la Catedral de Santiago con él tras hacerlo juntos por segunda vez, me dio una explicación que me satisfizo y tomé nota. Me dijo:

“Los primeros días, la primera semana o así, son jornadas de sufrimiento en los que hay que acostumbrarse a la nueva rutina de sacrificio y esfuerzo. Ampollas, dolores musculares, agujetas y cansancio. A menudo nos asalta la pregunta: ¿qué estoy haciendo aquí? Después viene otro periodo de un par de semanas (que en el caso del Camino Francés se corresponde con la amplia meseta castellana) en que la cabeza del caminante parece vaciarse de todo, como el paisaje. También el corazón, y luego vienen los diez o doce días finales en que uno mira hacia el futuro y empieza a hacer planes. Al final —concluyó Helga—, el Camino ha surtido su efecto. La regeneración se ha producido”.

Poco tiempo después, mientras me documentaba para escribir, ¡A Santiago voy! Memorias del Camino del Norte, me topé con el libro de Hape Herkeling, Bueno, me largo (Debolsillo, 2016), extraordinario éxito editorial en Alemania y fuente de inspiración para muchos germanos. En él, el autor escribe:

“Este camino es duro y maravilloso. Es un desafío, una invitación. Te destruye y te vacía. Por completo. Y te reconstruye. A fondo. Te quita todas las fuerzas y te las devuelve triplicadas…”

Cuando leí el razonamiento del autor, un showman, actor y comediante de la televisión alemana, tan popular allí como puede ser para nosotros Buenafuente, me pregunté cuánto del testimonio de Helga era de su propia cosecha y qué parte había de la opinión de Herkelin —una figura de autoridad en el mundo germano—  tras leer el libro de este.

 A veces nos pasa que, al leer un libro o un artículo, levantamos la vista del texto y nos decimos a nosotros mismos: “Esto es exactamente lo que yo pienso, pero bien explicado”, y uno lo hace suyo, a veces de manera no del todo consciente.

Es lo que nos ha pasado a muchos españoles con las píldoras de Iñaqui Gabilondo, que dice “estar empachado” y se retira de dar su alocución diaria. Para muchos ha sido durante años la voz que validaba el pensamiento propio. Ponía en palabras lo que muchos creían o intuían, haciendo bueno aquello que sostienen los filósofos del lenguaje (otra vez Wittgenstein) de que solo existe aquello que somos capaces de verbalizar, que el límite de nuestro mundo no es otro que el de nuestras palabras.

No se trata de convertir a las masas, ni siquiera de liderar. Dudo que Gabilondo convenciera de algo a la tropa de Jiménez Losantos y otras aves de corral, pero para los suyos, los de pensamiento bien o mal llamado “progresista”, ha sido la fuente de autoridad validadora de opiniones. ¿Crees o intuyes que el mundo es redondo? Pues espérate que mañana Iñaqui te lo argumentará en su arenga diaria y quedará convertido en “verdad”.

El rol de Iñaqui ha sido duro y no me extraña que haya acabado “empachado”. Hay que tener anchas espaldas para convertir en ley  la opinión de tantas personas. A diario. Todos los días. Sin permitirse equivocación alguna. Y en las raras ocasiones en que esto ha ocurrido, no le han dolido prendas reconocerlo a posteriori sin tapujos ni medias tintas, lo que hace aún más creíble sus manifiestos.

Se va Iñaqui, pero intuyo que no se irá muy lejos y seguirá opinando de manera ocasional aquí y allá alumbrando con su verbo claro y preciso el pensamiento de tantas gentes y explicando con simplicidad al faraón sus sueños de vacas y espigas, mientras otros contribuyen a la confusión con birlibirloques de fases fálicas, Edipos, Electras y otros complejos del subconsciente.

Lo dicho: se va el caimán, se va para Barranquilla. Que tampoco está tan lejos.

 

Román Rubio

Enero 2021

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jueves, 14 de enero de 2021

FILOMENA, A MI PESAR

 

FILOMENA, A MI PESAR



En el año 1988, Gonzalo Torrente Ballester ganó el Planeta con la novela Filomeno, a mi pesar, las Memorias de un señorito descolocado (según el subtítulo del libro), que narra las andanzas de un tipo gallego de origen portugués que arrastra un nombre indeseado que, según él, suena a ridículo.

Pocas veces había oído uno el nombre después de aquel premio hasta que Filomena entró en nuestras vidas y, ¡mira por dónde!, los españoles, además de recibir la nieve y el frío, nos enteramos de que ¡en Madrid había nevado! No unos copos inciertos de decorado invernal sino una nevada de padre y muy señor mío, tanto que no han tardado en pedir para la capital el estatus de zona catastrófica alegando que… bueno, que hacía mucho frío, que se andaba mal y se circulaba peor  y que… bueno, ustedes ya saben, argumentos que deben sonar algo tibios a los de Vitoria, Molina de Aragón, Calamocha o Valle de Arán.

Uno de estos días en que Filomena se presentaba en nuestra mesa en cada telediario y nos acompañaba en el coche a través de la radio en todo momento escuché en una emisora algo que me chocó: una mujer, cuya madre, abuela y hermana se llamaban Filomena, se quejaba de que la denominación atribuida de manera injusta e ignominiosa a la borrasca venía a “estigmatizar” y mancillar el buen nombre de sus buenísimas madre, hermana y abuela y que deberían de poner nombres (quienesquiera que se encarguen de tan importante cometido) neutros, incapaces de herir los sentimientos de las personas. Vamos, que sus allegadas eran  la chanza del vecindario por su nombre y no les hacía ni puñetera gracia.

Entiendo el descontento de la mujer que ve como la gente hace mofa y befa del nombre de sus familiares, pero debe entender que los nombres se otorgan por El Gran Hermano sin el conocimiento de cómo se llaman nuestros parientes y, en todo caso, sin ánimo de ofender. Y para quienes sean susceptibles, que se chinchen. Especialmente si tiene por nombre Gaetan, Hortense, Ignacio, Justine, Karim, Lola, Mathieu, Nadia, Octave, Paula, Rodrigo, Sofia, Tristan, Vivianne y Walter, que es como se bautizarán las siguientes borrascas, siguiendo escrupuloso orden alfabético, tal y como he visto proclamado por AEMET en algún lugar.

La polémica me recordó a la película francesa El nombre (Le Prénom, 2012), en la que, en el transcurso de una cena, trasciende la elección del nombre de Adolfo (Adolphe, en francés) para el bebé que se espera y desencadena una serie de tormentas en las relaciones personales en un grupo de amigos y familiares. Todo porque en Alemania había habido un tipo que se llamó Adolfo (Adolf) de tan nefasto recuerdo que la idea del nombre provoca sarpullidos en un grupo de burgueses parisinos.

Nunca ha sido el personal tan susceptible con el lenguaje. Los académicos de la lengua no se cansan de repetirlo: cuando se dice que algo es un “cáncer” para la sociedad no se quiere ofender ni denigrar a las personas que tienen o que conviven con la enfermedad, si se dice que el amor es “ciego” no se dice con el objeto de burlarse de los ciegos, y si se dice que el argumento “cojea”, tampoco se hace para ofender a los cojos. Y los que se ofenden por ello, como quien lo hace porque llamen Filomena a una borrasca, están condenados por desconfiados, pues el que es malicioso, como el ladrón, no ve sino malicia a su alrededor.

Yo, por mi parte, seguiré llamando “mercado negro” al cambalache desregulado, “locura de amor” cuando alguien es capaz de hacer cualquier tontería por obtener el favor de otra persona y Filomena a la borrasca que ha hecho que nieve en Madrid, aunque los demás casi no nos hayamos enterado.

Román Rubio

Enero 2021

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viernes, 8 de enero de 2021

QUE VIENEN LOS REYES

 

QUE VIENEN LOS REYES



No, no me refiero a Felipe VI y la Reina Noticia, como le oí decir a un locutor radiofónico hace poco en un lapsus linguae. Ni al que se fue al Oriente por adorar al becerrillo dorado de sus ahorros en vez de a un niño en un pesebre. Me refiero a los Magos, a los de Oriente y los males de cabeza que traen consigo a algunos alcaldes.

Llegaron a Valencia, y desde su alocución desde el balcón del Ayuntamiento congregaron a más gente, quizá, de la que sería aconsejable en tiempos de pandemia. Y así se lo han echado en cara al alcalde sus enemigos y rivales políticos: los mismos que unos días antes le criticaban por no poner más luces navideñas que tuvieran un efecto llamada para atraer a las masas a los comercios del centro. Ya conocen el dicho italiano: ¡Piove, porco governo! O como decía aquel “ciudadano” valenciano en un video que corrió no hace mucho en las redes sociales ante el micrófono de un periodista: “¿I per què s’inunda tant este túnel?” “Molt ‘senzillo’, perque l’alcalde es un fill de puta”.

https://www.youtube.com/watch?v=d4HFFI4WKeg

Empezaron los problemas con la representación de Baltasar, el rey negro. ¿Debía personificarlo un concejal del PP con la cara embadurnada de betún y los labios agrandados en rojo o era mejor vestir de rey al futbolista estrella de raza negra del equipo local, bien conocido por los niños de la localidad? He aquí el dilema: ético, político y práctico a la vez. La solución podía haber sido fácil: eliminemos al rey negro; hagámoslos todos blancos. Habría estado resuelto si los niños lo hubieran aceptado, pero parece difícil que estos acepten una versión sin rey negro. Los pequeños son amantes de la tradición y quizá por eso les gusta que se les cuente la misma historia una y otra vez por las noches antes de dormir. Por esa razón, la hija de siete años de Cayetana Álvarez de Toledo se puso a llorar cuando vio a los Reyes del Madrid de Manuela Carmena vestidos a lo Mago Merlín con una especie de cortinas de baño de Leroy Merlin. La niña quedó traumatizada para siempre por la visión de los impostores y la madre por cualquier cosa que hiciera la alcaldesa.

No hace mucho que Carmena confesó en una entrevista que a ella tampoco le gustaron los trajes de los Reyes y Ribó también ha confesado que quizá calcularon mal el efecto llamada de los reyes y deberían haber sido más prudentes, con lo que imagino que le servirá de excusa para desconvocar la cita anual de las Reinas Magas —Libertad, Igualdad y Fraternidad—, un revival republicano rescatado en Valencia, con más críticas que tirón popular.

Lo cierto es que la historia de los Reyes es confusa. Para empezar, de los cuatro evangelios canónicos, solo el de Mateo habla de ellos. Ni Marcos, ni Lucas ni Juan dicen nada al respecto. En cuanto a lo de reyes… Mateo escribió su Evangelio en los años 70 de nuestra era en arameo, aunque a nosotros nos ha llegado solo la versión griega. En la traducción al español (del griego clásico) se lee: “Después de nacer Jesús en Belén de Judea, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén preguntando: ¿dónde está el rey de los judíos que ha nacido?”, y en la Enciclopedia Británica, en su entrada de los Magos se lee: Magi, singular Magus, also called Wise Men. The noble pilgrims “from the East” who followed a miraculous guiding star… (Matthew 2:1 – 12)

Y continúa:

Eastern traditions sets the number of Magi at 12, but western traditions set their number at three, probably based on the three gifts of gold….

De modo que no está claro; ni lo de que se trate de reyes, ni de que sean tres ni de que haya un negro. Lo único cierto es que traerán cola en los años venideros. Y no hablo de la cola de la estrella.

Román Rubio

Enero 2021




miércoles, 30 de diciembre de 2020

LOS WITTGENSTEIN

 

LOS WITTGENSTEIN


Me gusta escuchar la radio en el coche y para evitar el ruido inane propiciado por un  continuo alboroto de nimiedades suelo sintonizar Radio Clásica, en donde la música proporciona cierto sosiego, los locutores muestran un tono de voz más apacible, no se esfuerzan demasiado en hacer gracietas y por lo general evitan informar sobre todas y cada una de las vacunas que se administran a unos “héroes”  que lo único que han hecho para adquirir tal estatus es haber vivido el tiempo suficiente y arremangarse para que alguien bien adiestrado les ponga un pinchacito.

En esas estaba yo cuando sonó el Concierto para la mano izquierda en re mayor de Ravel, que el maestro compuso en 1931 para que la tocara el prestigioso pianista Paul Wittgenstein, que había perdido el brazo derecho en la Primera Guerra Mundial. El concierto me recordó la figura singular del pianista y la extraordinaria historia de su familia.

Paul, el pianista manco, era hermano de Ludwig, el famoso filósofo del lenguaje, profesor en Cambridge, discípulo primero y después colega de Bertrand Russell en el Trinity College, autor entre otras obras del Tractatus Logico-Philosophicus y protagonista de una curiosa anécdota en la que supuestamente amenazó con el atizador de la chimenea a otro filósofo, Karl Popper, vienés y judío (como el mismo Ludwig) tras una conferencia de este en la que bajo el título “¿Existen realmente problemas filosóficos?” exponía puntos discrepantes con los de Wittgenstein. Se dice que Wittgenstein, tras interrumpir varias veces el discurso, encolerizado, se dirigió a Popper con el hierro en la mano diciendo: “¿me puedes poner un solo ejemplo de principio moral?” A lo que Popper respondió: “No amenazar a los profesores visitantes”.

Pianista y filósofo provenían del seno de la familia más adinerada del Imperio Austrohúngaro, en cuyo palacio vienés se recibía a grandes músicos, como Brahms, Mahler o Richard Strauss. Eran ocho hermanos. De los cinco varones, tres murieron por suicidio y Ludwig murió en Cambridge en 1951, de cáncer de próstata, para el que se negó a seguir tratamiento. Acababa de cumplir 62. Paul, al que no se vetó actuar al piano en la Austria ocupada por sus ancestros judíos (aunque bautizado católico, como el resto de sus hermanos), vivió en Norteamérica el resto de sus días y Ludwig obtuvo la nacionalidad británica. Hubieron de renunciar a la inmensa fortuna familiar en favor del régimen nazi, valorada en unos seis mil millones de dólares de la época, para proteger a sus dos hermanas, Helene y Hermine, que se habían quedado  en Viena, y obtener para ellas el estatus de “no-judías”, permitiéndoles seguir viviendo en el palacio familiar vienés y ganando el derecho a no ser detenidas y deportadas.

Ludwig, entretanto, dejó la cómoda vida universitaria para hacerse maestro de primaria en Austria, trabajo que hubo de abandonar tras los problemas surgidos con las familias de alumnos a los que maltrató por su poca habilidad con las matemáticas. Vivió dos episodios de retiro quasi monacal. El primero, en una cabaña en el bosque noruego a la que se retiró a centrar sus pensamientos y el segundo, en otro apartado lugar cercano a Galway, en la costa irlandesa. Volvió a sus lecciones en Cambridge, en donde, a pesar de su timidez y cierto tartamudeo y ayudado, quizá, por su porte de Apolo rubio y de ojos azules, de belleza serena y pensamiento profundo y hermético, solía dar sus lecciones en su cuarto, sin notas ni texto alguno y arrastraba tras de sí a una cohorte de seguidores que se conducían  a la espera de la anotación de la genialidad del pensador, como si de un moderno y apuesto Sócrates se tratara.

¿Y qué sabemos del niño y el adolescente que fue Ludwig? Pues no mucho, aparte de que estudió en la Realschule Bundesrealgymnasium  Fadingerstrasse de Lidz y tuvo como compañero a un muchacho que se llamaba Adolf Hitler, con el que comparte foto de clase y que años después escribiría un librito llamado Mein kampf en el que habla de un niño judío que bien podría haber sido Ludwig Wittgenstein.

Para que luego digan de la vida de la Pantoja.

 

Román Rubio

Diciembre 2020

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martes, 22 de diciembre de 2020

CORRECAMINOS. ¡BEEP-BEEP!

 

CORRECAMINOS. ¡BEEP-BEEP!



Las reglas, las normas y las leyes tienen una cosa buena y una mala: la buena es que obliga a la gente a cumplirlas, la mala es que a nosotros también.

En todos los pueblos se contaba entre los albañiles la historia de aquel operario que, aplicado con diligencia y buen ánimo a construir una “gorrinera” (la solución habitacional de los cerdos o “gorrinos”), andaba tan ensimismado y displicente en la tarea que quedó dentro de la misma y hubo de derribarla para poder salir. Estúpido, dirán ustedes. O distraído, que tampoco hay por qué ser tan severos.

Acuérdense  también de aquel presidente autonómico que inauguró a bombo y platillo cierta prisión del norte de la capital y que acabó al tiempo en ella como inquilino, ¿quién lo iba a decir?

Lo sabía muy bien un tal Tom, un gato decidido que en el intento de atrapar al ratoncito Jerry con el que cohabitaba (que no convivía), acababa siendo objeto de la potencia destructiva de su propio arsenal; o aquel Coyote, a menudo malherido en su empeño por atrapar al veloz Correcaminos.

En París ha ocurrido algo del estilo. El Ministerio de Función Pública de Francia ha impuesto una multa de 90.000 euros al Ayuntamiento de la ciudad —gobernado por Anne Hidalgo— por el terrible delito de tener más mujeres de las debidas en puestos de responsabilidad. En el año 2018, la administración Hidalgo tenía a 11 mujeres (69%) y 5 hombres (31%) en altos puestos, incumpliendo la Ley de Paridad, derogada en 2019, que estipulaba que la relación de hombres o de mujeres no podía exceder el 40%. La imposición de la cuota, pensada para beneficiar a la mujer, se ha vuelto en contra. El tiro por la culata.

“Absurda, injusta, irresponsable y peligrosa”, ha calificado la alcaldesa la sanción. Estoy de acuerdo en las dos primeras calificaciones: “Absurda e injusta”. En cuanto a las otras, no tanto: no se puede tachar la medida de “irresponsable” porque lo irresponsable es siempre “no” aplicar la ley y “peligrosa” tampoco la veo por el mismo motivo. Y es que lo malo de las leyes es que hay que cumplirlas, tanto si te favorecen como si no. Por cierto, como colofón a la paradoja, la sanción viene impuesta por la Ministra Amélie de Montchalin, conocida feminista.

Y si el caso de París parece el de Tom y Jerry, el de Otegui se asemeja al del Coyote y Correcaminos.

Otegui, que ha pasado más de seis años en la cárcel por el intento de reconstrucción de Batasuna, solicitó la anulación de la condena impuesta en 2011 por la Audiencia Nacional alegando la no neutralidad requerida de una jueza del tribunal. Esta preguntó al entonces acusado si condenaba a ETA a lo que Otegui se negó a responder. La jueza contestó “lo imaginaba”. Este diálogo ha sido en lo que se ha basado el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) para declarar la nulidad del juicio. ¿Quiere decir que Otegui es inocente? En absoluto. El tribunal no se ha pronunciado. Lo único que ha dicho es que el juicio no es válido y, por lo tanto, se tiene que repetir.

De nuevo el Coyote ha salido chamuscado. No sé si saldrá muy perjudicado, pero todo indica que no ha conseguido, de nuevo, la presa.

Es lo que tienen las leyes.

 

Román Rubio

Diciembre 2020

 

P.D. Leo con sorpresa que Raphael ha dado dos recitales en Madrid a los que han asistido unas 8.000 personas en tiempo de pandemia. Estoy anonadado. No sé si por saber que aún canta, porque haya todavía alguien que pague por verle (desde que murió su gran fan Carmen Polo, a la que, por cierto, le regalaban la entrada) o porque el concierto haya sido en un lugar al que llaman WiZink (en serio).

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