¡AY, EL DESTINO!
Ya lo saben: cuando lean o escuchen un aforismo brillante y audaz tienen muchas posibilidades de que se le atribuya a Oscar Wide, lo haya escrito él o no (hay muchas probabilidades de que lo sea). Uno de estos aforismos, según leo en un ensayo de Borges sobre Wilde, es que “la noción de cada individuo encierra a priori todos los hechos que a este le ocurrirán”. Según ese fatalismo dialéctico, y siguiendo el modelo panteísta de Leibniz, el hecho de que Alejandro el Grande moriría en Babilonia no es un accidente, sino una cualidad de ese rey, como la soberbia.
A mí me parece un poco exagerada esta conclusión ontológica. Creo que el conocimiento de una persona, ciertamente, nos da indicios de su pasado (incluyendo las generaciones anteriores) y alguna clave de lo que le ocurrirá, pero de ahí a saber si le tocará o no la lotería, pues qué quieren que les diga, no termino de verlo.
En eso estaba yo pensando hace ya unas semanas mientras veía en TVE el programa Anatomía de un instante y por enésima vez elevada al cuadrado la imagen del bigotudo teniente coronel gritando ¡Todos al suelo!, seguido de la anuencia de los señores diputados. Todos menos los tres traidores: Suárez, traidor al Movimiento, Gutiérrez Mellado, al ejército franquista, y Carrillo, que traicionó a los principios de ese Partido Comunista que combatió el franquismo admitiendo la monarquía y la rojigualda.
Acto seguido, el Gobierno desclasificó los papeles del ominoso acto y Tejero, ese mismo día, eligió el momento para morir.
Mi madre, de entre todos los días del año, eligió (o fue elegida) para morir un 27 de noviembre: una fecha anodina, pero para una mujer de su generación, católica (que no beata), significaba mucho morir el día del santo patrono del pueblo donde nació, al que tenía una gran devoción y a quien había pedido intercesión celestial para el bienestar de todos nosotros, con resultados desiguales. ¿Un premio del santo? ¿Una casualidad?
Otras personas se encuentran con la muerte en momentos tan especiales de su vida que resulta difícil admitir el azar como único agente. Díganme sino como explicarse el caso de Rita Barberá, que tras ser repudiada por su propio partido y relegada al saco de los “mixtos” en el Congreso, eligió (o fue elegida) para morir la mismísima noche anterior al día de su humillante comparecencia ante el juez, salvaguardando así su dignidad de mandataria casi perpetua de la ciudad de las flores, de la luz y del amor.
¿Y qué me dicen de José Antonio Primo de Rivera, conducido al pelotón de fusilamiento de manera totalmente involuntaria un 20 de noviembre, misma fecha en la que el General Franco fuera conducido al triaje de San Pedro unos años después?
Todo esto se puede atribuir al azar; extraño, pero posible. Ahora bien, el hecho de que Tejero fuera a morir el mismo día en que se desclasificaron los papeles del golpe, de manera incompleta pero suficiente para conocer la opinión de su mujer sobre sus habilidades para manejar su propio destino y el de la patria llamándole tonto, no cuela. Aquí hay gato encerrado. Da la impresión de que la de la guadaña se muestra en ocasiones caprichosa y juguetona.
¿Tendrá alguna sorpresa reservada para los ciudadanos Trump y Netanyahu? Veremos.
Román Rubio
Marzo 2026
