lunes, 29 de abril de 2019

FACHAS Y FASCISTAS


FACHAS Y FASCISTAS




Lo malo que tiene el uso excesivo de las cosas es que se desgastan. Pasa con los neumáticos de los coches y con las palabras. Algunas están tan desgastadas que dejan de significar gran cosa. Como “fascista”, “nazi” y la versión amable de ir por casa “facha”. Ya saben a qué me refiero: ¿Que el vecino de la puerta cuatro pone un letrero en el ascensor previniendo a los vecinos de tirar colillas en el rellano? Es un facha, el tío. ¿Que el director del instituto retira el papel higiénico de los váteres harto de que acaben los rollos dentro de la taza a los cinco minutos? Porque es un nazi. O un fascista.
Desde hoy tenemos un nuevo actor en la política española al que muchos llaman “facha”. Bien, admitamos el término coloquial. Pogresistas y rojos, ciertamente, no son, pero ¿fascistas o nazis? Para llamar a alguien fascista debe ser, en primer lugar, fascista y deberían al menos participar de su ideología, de:

Exaltación de la patria: Está claro que los nuevos actores son agitadores de banderas, criaturas de parranda y montería, devotos de Ronaldo (mayormente) y de María, de espíritu ramplón y de alma roma, pero ¿acaso se puede llamar fascistas a todos los mediocres agitadores del espantajo de la Patria? Ni los americanos que cantan el himno con la mano en el pecho ni Stalin ni Mao lo son.

Exaltación de la raza: Vale, también es un rasgo fascista, pero no exclusivo de ellos. Los franceses inventaron la palabra chauvinismo. Y los ingleses siempre han pensado que la pausa del té en medio de un partido de críquet es la máxima expresión de la civilización. Franco (este sí, un fascista rarillo —por católico—) intentó convencernos de que existía una raza española y que esta era superior a las vecinas, sin precisar muy bien cuales eran, cosa que todo el mundo se tomaba a pitorreo al comprobar que los holandeses, los suecos y los alemanes eran mucho más altos y tenían mejores coches y Torra, en unos ejercicios espirituales en Montserrat, recibió la revelación de que el catalán es un ser puro mientras el español ¿quién será ese?, es algo así como “una bestia carroñera”, lo que todo el mundo ve como un arrebato de infantil pataleo más que una convicción sincera de superioridad étnica.

Lo que define a un fascista, además del amor exacerbado a la patria y la primacía étnica no es su devoción a los toros y a las procesiones, que también, sino algo más peligroso:

El fascismo manifiesta un culto ciego a la autoridad, disciplina y obediencia, de ahí la relevancia del líder, Caudillo, Führer o Duce y rechaza el diálogo y la democracia, lo que ve como signos de debilidad. El fascismo es enemigo irreconciliable del comunismo y su carácter igualitario, aunque tenga un componente social innegable y es, por lo general (y quitando la versión nacionalcatolicista española), laico. Tiene una disposición revolucionaria y tiene en la disciplina y el ejercicio de la violencia sus rasgos característicos.

Por tanto, hablemos con propiedad: tradicionalistas y carcas, quizá; pero fascistas no los veo. Y los españoles de cierta edad sabemos mucho de eso. Hemos visto mucho correaje y mucho Cara al sol con la mano alzada para confundir las cosas.

En cuanto a lo de “extrema derecha”, no sé. Si le quieren llamar así, pues vale, pero cuidado, que cuando vengan los del correaje y la pistola al cinto soltando mamporros no sé cómo les van a llamar: ¿extremísima derecha? Es lo que tiene usar tanto los adjetivos. Que se desgastan.

Román Rubio
Abril 2019


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viernes, 19 de abril de 2019

LO QUE QUEREMOS OÍR


LO QUE QUEREMOS OÍR


Acabo de ver la película pro-Brexit The Uncivil War, de Toby Haynes, una defensa a ultranza de la salida del Reino Unido de la Unión Europea calificada por muchos como una gran mentira propagandística. Para algunos es “la verdad” y para otros un cínico y elaborado ejercicio de propaganda, un bulo. O como dicen ahora Fake News”; (por cierto, alguien tendría que advertir a algunos políticos, periodistas y otros apóstoles de la modernidad que el sustantivo News (noticias, en inglés) solo existe en plural y que decir una “fake new”, como creo que dijo un tal Albert, de Ciudadanos, es no solo pretencioso, sino, también, incorrecto). He visto, también vídeos de Channel 4 subidos a Facebook por amigos británicos que exponen las burdas patrañas que se difundieron por las redes para apoyar el voto de salida de la UE. En uno, un tipo sale con su pequeño barco de Dover para demostrar lo fácil que era escamotear inmigrantes dentro del Reino Unido desde la costa francesa. Los documentalistas demostraron que ni el barco había recogido a nadie en Francia (se desplazó de Dover a Folkestone) ni los supuestos inmigrantes eran tales sino (como dijo el mismo armador) “normal chaps” semiocultos con capuchas con la excusa de no ser reconocidos. En otro vídeo, unas chicas eran asaltadas sexualmente en un callejón de Londres por supuestos inmigrantes que, por las ropas y capuchas, resultaron parecerse mucho a los supuestos “inmigrantes ilegales”. La burda propaganda de siempre. Nada nuevo bajo el sol.

Conozco a mucha gente convencida de que el Brexit ganó el referéndum porque a la gente se la engañó, pero no es así. Eso es faltar el respeto a la inteligencia de las personas. Aquí nadie engaña a nadie. Ni Boris Johnson, ni Trump, ni Abascal, ni Bolsonaro, ni Puigdemont ni Borrell. Ni siquiera Putin o Borgoglio. Solo exponen sus argumentos y ocultan los contrarios.

 ¿Y los demás? ¿Los conocidos como el común de los mortales? Los demás estamos esperando que nos cuenten lo que queremos oír. Y lo compramos con mucho gusto.  


Román Rubio
Abril 2019

lunes, 15 de abril de 2019

CAPERUCITA


CAPERUCITA




Viene a cuento de la retirada de algunas libros infantiles de cierta escuela de Barcelona en la que los padres, los profesores, el AMPA o quienquiera que se cree en la posesión de la llave de la verdad y de la moral ha decidido quitar de la biblioteca infantil los cuentos que como Caperucita, Hansel y Gretel o Las siete cabritillas vienen a desafiar la blanca moral de las puras avecillas del siglo XXI, solidarias, pacifistas y feministas que ven en el caduco patriarcado el germen de la violencia, la crueldad el sometimiento del débil y todos los otros males que nos aquejan.

Es lo que tienen los clásicos. El astuto lobo (nunca la loba, que necesita la carne para producir leche y amamantar a sus lobeznos) se come a la abuelita, a Caperucita, a las cabritas y a los cerditos (¿o era a las cerditas?). Otelo fue un maltratador asesino arrastrado por los celos, Macbeth otro asesino atormentado inducido al crimen por unas brujas lamentables y por una pérfida y ambiciosa esposa y Don Quijote un estúpido violento que se lanzó al monte a pesar del consejo y buen juicio de su sobrina y su ama. Además, le dio por tratar a Dulcinea con un paternalismo inaceptable y rancio, nada en consonancia con lo que debía ser el trato a una mujer libre y dueña de su destino.

Los guardianes de la moral parece que son incapaces de entender que ni los niños ni los adultos, de esta o de ninguna otra época, son tan estúpidos como para confundir la ficción con la realidad (solo ellos se creen con el don del discernimiento) y deben ser protegidos de su propia estupidez. Las personas normales, en cambio, tendemos a ver los cuentos como lo que son: cuentos; y no conozco a ningún niño que se crea que el lobo espolvoreado de harina pase por una oveja o se confunda con la abuelita por el hecho de llevar cofia. Como no consta que Agatha Christie fuera por ahí matando a personas, ni en el Nilo ni en cualquier otro lugar.

De todas las interpretaciones sobre Caperucita hay una que propone Nora Catelli, profesora de la Universidad de Barcelona y premio Anagrama de ensayo en El País del domingo que se aparta de una versión paternalista para apuntar otra todavía más estrafalaria:

“Una madre y su hija viven solas en el linde de un bosque. Del otro lado del bosque vive la abuela. Tres mujeres: tres edades. La madre fértil, la niña que se convertirá en fértil. A pesar de conocer los peligros del bosque, la madre fértil envía a la niña, al borde de la pubertad a llevar alimentos a la abuela. ¿Por qué la niña está ataviada con algo tan llamativo como una caperuza roja? Se ha interpretado en ocasiones que esa caperuza roja es una señal que atrae a los depredadores del bosque. Y lo es: es un clítoris en estado de turgencia. La madre ha intuido oscuramente que tendrá una rival y se desprende de ella. La entrega a la abuela, que no puede ser rival…”

¿Caperucita un clítoris andante? ¿Cómo puede haber alguien tan retorcido como para pergeñar tan extravagante disparate? ¡Y la maldad ha dejado de ser, por una vez, paternalista para ser exclusivamente femenina! ¡Qué efecto tan desmesurado ha tenido el maestro Freud y sus complejos sobre algunos, amantes de explicaciones rebuscadas! No sé si será un dato relevante añadir que la escritora Nora Catelli es argentina de nacimiento.

Pero no solo los cuentos infantiles (y me temo que pronto también las obras maestras de la literatura y la pintura) son objeto de interpretaciones estrambóticas, acusadoras de paternalismo, no. Los trenes también.

En la Laponia finlandesa y escandinava habitan los samis, pueblo autóctono europeo, que viven de atender a sus rebaños de renos. Lógicamente están de uñas con el gobierno finlandés que les quiere hacer una vía férrea de alta velocidad que atraviesa su territorio. No quieren que les pase con sus rebaños como a los tractoristas de Cuenca, que tienen que hacer diez o quince kilómetros con el tractor hasta un paso elevado para labrar el medio majuelo que les ha caído a la otra parte de la vía del AVE. En Navarra, ciertos colectivos feministas se han puesto en contra de la construcción del TAV (tren de alta velocidad) en aquella región porque, según ellos, es una iniciativa paternalista. Y eso sí que no: los trenes pueden ser rápidos, lentos, cómodos, modernos, ruidosos y hasta caros e innecesarios… pero ni paternalistas ni homófobos ni machistas; de verdad. Me niego a creer que haya trenes paternalistas y a ver en la capucha de Caperucita a un clítoris paseando por el bosque. Por principios.

Román Rubio
Abril 2019

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viernes, 12 de abril de 2019

ISLAM


ISLAM




Acabo de llegar de viaje de un país musulmán y como siempre que voy por aquellos lugares me convenzo de que el islam es la más boyante de las religiones, al menos de las monoteístas. Es la que más crece en número de fieles año tras año ocupando cada vez más territorio. No hay más que ver las masas de hombres y mujeres de todas las edades y condición social que atienden a la oración de mediodía o de la tarde en las grandes mezquitas de Estambul, El Cairo o Tánger. Y el fervor con el que se conducen y que hace resaltar más la apatía y tibieza del mundo cristiano de grandes iglesias y catedrales, casi siempre vacías, visitadas casi exclusivamente por turistas. Si es cierto que, como dicen los padres de la iglesia, el materialismo imperante está alejando cada vez más al hombre de Dios, conduciendo a la humanidad a la deshumanización (sociedad sin valores), esto no ocurre en el mundo musulmán, o al menos a simple vista, a tenor de la cantidad de gente que llena las mezquitas y la devoción que manifiesta.

Mi condición de no creyente me hace mantenerme al margen de ciertos prejuicios y me permite reflexionar sobre el porqué de la, para mí evidente, popularidad hegemónica y éxito del islam:

-En el islam no hay jerarquías ni clero. El imán no es un clérigo, ni siquiera tiene que ser el más virtuoso de la comunidad. Es solo el mejor conocedor del Corán y más apto para repetir en lengua árabe los preceptos del libro y su cargo dura lo que dura la oración. Al menos en el mayoritario rito suní.
-Al no haber jerarquías ni clero no hay liturgia; o esta es tan sencilla que hasta un niño podría ejecutarla. Olvídense de advientos (época de los nabos), colores de las estolas y ceremonias complicadas. Se trata solo de recitar la palabra de Dios.
-No hay imaginería, lo que otorga a los espacios sagrados carácter de autenticidad. Lo sagrado es irreproducible, tanto en imaginería como en iconografía. Al despojar a Dios de atributos humanos se adapta mejor a su condición de omnisciencia, omnipresencia, justicia infinita y otros atributos sobrehumanos, al tiempo que aleja del abaratamiento emocional que suponen las dolorosas, nazarenos, y figuras menores del más allá (ángeles, demonios y santos) con que se adorna el cristianismo y que tanto trivializa el sentimiento religioso auténtico. Por no mencionar la feria de dioses, campanitas y ritos banales con que se muestran el hinduismo y el budismo (religiones estas no reveladas).
-Todo es seriedad, simplicidad y “autenticidad” en el islam. Sin ornamentos ni exageraciones. Se trata del Hombre (y la Mujer) en diálogo con Dios sin intermediación de estatuitas y campanillas de por medio. Todos mirando a un mismo punto, desde el norte, el sur, el este y el oeste, en comunión universal.
-La postura de la oración es un magnífico ejercicio de yoga o gimnasia aeróbica y postural. Pónganse en cuclillas y apoyen la frente y la nariz en tierra varias veces. Repítalo cinco veces al día al tiempo que repiten fórmulas tántricas de relajación muscular y respiratoria y sentirá los beneficios del particular yoga islámico. Aunque no crea en Alá ni entienda las fórmulas en árabe del Corán. La oración previene molestias en las rodillas (prácticamente desconocidas entre los practicantes musulmanes de cualquier edad), espalda y aparato digestivo, al tiempo que la afluencia de sangre en la cabeza y la repetición de consignas tántricas ejercen su efecto balsámico en los pensamientos.

Los cinco pilares del islam son:
1.  La declaración de fe. Alá es Alá. Moisés, Jesús y el mismo Mahoma son profetas.
2. La oración. Son obligatorias cinco oraciones diarias (al alba, a mediodía, a media tarde, al ocaso y en la noche). Se debe hacer a ser posible en la mezquita, descalzos y purificados por unas abluciones.
3. El zakat: el pudiente debe entregar el 2.5 de su ahorro anual para obras de misericordia. Se debe ayudar en primer lugar al hermano, al vecino, al pariente o al paisano necesitado, ensanchando el círculo lo que sea menester.
4. El ayuno. Es obligatorio ayunar durante el mes de Ramadán cada año. Supone la abstención de comer, beber y tener conocimiento carnal desde el alba hasta pasada la oración de la noche. El ayuno purifica el cuerpo, fortalece la voluntad y ayuda al creyente a conocer como se siente el necesitado.
5. La peregrinación a La Meca. Todo musulmán con capacidad física, mental y económica debe realizar esta peregrinación al menos una vez en la vida para rezar al unísono con millones de fieles de todas partes del mundo.


En cuanto al mensaje, poco les puedo decir; no entiendo el árabe, con lo que las misivas orales me resultan incomprensibles. Me he hecho con un Corán en castellano y leo algunos párrafos de vez en cuando. Si encuentro algo de interés se lo haré saber en este mismo blog, aunque les aviso: no esperen de mí a un converso.


Román Rubio
Abril 2019

domingo, 31 de marzo de 2019

CONSTITUCIÓN


CONSTITUCIÓN




No me gustó la entrevista que Borrell dio a la cadena de televisión alemana en lengua inglesa Deutsche Welle News. El ministro, incómodo, se quitó el micrófono, se levantó y pidió que cesara la grabación a mitad. ¿La razón? Porque el entrevistador comenzó a interpelarle de manera torticera a propósito del procés. Y él, como ministro de Asuntos Exteriores de España está ahí para explicar, no para sentirse ofendido con las preguntas por poco amables que estas sean. El periodista, Tim Sebastian, curtido en la BBC y claramente convencido de las tesis independentistas, empieza preguntando por qué el gobierno permite la prisión preventiva a personas que no están condenadas y Borrell responde con tranquilidad que los jueces en este país son independientes. Cuando Borrell le dice que los independentistas podían haber presentado un plan para reformar la constitución como habían hecho los vascos en su momento, el periodista le interpeló diciendo que por qué no habían promovido ellos (el gobierno) la reforma de una constitución que, según el CIS, quiere el 70% de los españoles. Ahí el ministro no pudo más y se rebotó.

Lo cierto es, señor Borrell, que lo que dijo el periodista es verdad, aunque lo dijera de una manera tramposilla de la que se podría inferir que el setenta por ciento quiere plantear el asunto de la autodeterminación de las regiones y territorios de España, lo que es completamente falso. Y usted, señor ministro, está ahí para explicarlo, no para ofenderse. Eso (ofenderse) es lo que habría hecho yo o cualquier otro ciudadano de medio pelo, pero de usted esperábamos más, por muy impertinentes y tendenciosas que fueran las preguntas. Porque los otros (los que dan legitimidad a la proclamación de independencia) lo saben hacer muy bien.

He visto los resultados de la encuesta del CIS a los que se refiere el periodista sobre la reforma de la Constitución y he hecho mis propias pesquisas, que no tienen valor estadístico alguno pero que ustedes probablemente reconocerán y harán suyas.

Entre un círculo de amigos y conocidos que puede sumar la docena, dos (a favor del procés) querrían la reforma que contemplara el derecho a la autodeterminación, cuatro o cinco cuestionarían y someterían a referéndum la Corona y proclamarían la República Española, siete u ocho (todos los que se han pasado la vida votando a partidos como Izquierda Unida) ven urgente la reforma electoral que acabe con el eterno escarnio de la distribución territorial de los votos, y un par de ellos abrirían el melón para ver de cargarse las autonomías, derrochadoras ellas, además de desestructuradoras del territorio. Solo dos o tres (entre los que me incluyo) pensamos que en tiempos de tribulación no hay que hacer mudanza y que se si abre el debate se delimite el alcance con anterioridad en vez de lanzarse directos al precipicio sin que nadie empuje (especialidad española, como la tortilla de patatas).

 ¿Y creen ustedes que una reforma de la Constitución conformaría al personal? Bueno, solo a los que les solucionara el tema del “¿qué hay de lo mío?”, sin admitir (como parece ser común entre los españoles) que la Constitución necesita consenso, que consenso engloba “a todos” y que para conseguirlo hay que renunciar a vindicaciones propias en beneficio de las de otros. Y eso me parece que está muy lejos de la mentalidad del español. Incluyendo a mis amigos.


Román Rubio
Marzo 2019

jueves, 28 de marzo de 2019

LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO


LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO




Acabo de hojear la última novela de Antonio Muñoz Molina Tus pasos en la escalera. Casi siempre, cuando ojeo un libro, me suelo fijar en la primera frase. A veces (muy raramente) es suficiente para meterme en el relato. La de Muñoz Molina empieza así: “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”, y quedé atrapado. Se trata de Lisboa, lugar en el que el protagonista se instala a la espera de que se reúna con él su mujer tras cerrar una época de vida común en Nueva York marcada por la huella indeleble del 11-S.

El comienzo trajo a mi memoria otro principio, de otro autor. Paul Auster comienza Brooklyn Follies con la frase: “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Winchester y me fui para allá a reconocer el terreno” ¿Un sitio tranquilo para morir? ¿Brooklyn? Me resultó tan chocante la asociación que me atrapó de inmediato. No es que tenga gran conocimiento de ese lugar en el que solo he estado unas horas, pero la conjunción “Brooklyn-tranquilidad” me pareció a la vez disonante y arriesgada, y lo que venía después no defraudó las expectativas.

Las coincidencias (o divergencias) entre las dos ficciones van más allá: la historia de Auster termina exactamente el 11 de septiembre de 2011 en que el protagonista sale de su casa y ve las dos gigantescas columnas de humo que salían de Manhattan. El fin del mundo o comienzo de un orden nuevo de Auster es el comienzo de “otro” fin del mundo para Muñoz Molina: “En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe”.

Muchas grandes novelas comienzan con la anticipación de la muerte, la propia o la de otros. El que se ha confirmado como comienzo de novela más famoso de todos los tiempos junto con el de “En un lugar de La Mancha…” de nuestro Quijote y el de “Todas las familias felices se parecen…” de Anna Karenina es aquel de “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” con el que García Márquez subyuga al lector desde la primerísima sentencia de su Cien años de soledad. ¿Quién podría resistirse a seguir leyendo algo que comienza de esa manera?
 Otra historia suya, Crónica de una muerte anunciada, empieza: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”, sustrayendo de ese modo al lector de cualquier clase de duda o suspense a propósito del destino del protagonista, como queriendo decirnos: ¡Eh, que aquí no vamos de acertijos de si ha sido o no el mayordomo!

También Borges comenzó su relato El Aleph con la mención de la muerte de alguien a quien amó sin ser correspondido, resaltando la indiferencia del mundo hacia el duelo privado: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.”

Ya ven, la adorada Beatriz Viterbo se muere en inmisericorde agonía y el mundo, indiferente, decide ese mismo día que hay que cambiar el cartel de cigarrillos de la Plaza Constitución. The Show Must Go On.


Román Rubio
Marzo 2019






 





viernes, 22 de marzo de 2019

CARTELES


CARTELES




No entiendo por qué no hay una ley que prohíba colgar cartelitos en los centros oficiales. Cualquier cartelito, todos los cartelitos. Por bienintencionado e incuestionable que pueda parecer el mensaje. Sea en tiempo electoral o fuera de él. Hoy es Torra con su Llibertat presos polítics i exiliats/ Free political prisoners and exiles, junto a un lazo blanco tachado en rojo en sustitución del amarillo en infantil jueguecito de cache-cache, quien toma las fachadas de los edificios públicos de la Generalitat de Cataluña como si fueran la fachada de su casa o su partido. Pues no, señor Torra, no es su casa ni la de su partido ni la solapa de su chaqueta. Es la casa (las casas) de todos los catalanes y un poco la de todos los españoles. Sí, la de Inés Arrimadas también. Y la de Borrell. Por mucha manía que usted les tenga. A continuación, el President, en una burda maniobra de legitimación de su jueguecito de carteles, añade el de Llibertat d’expresió, ¿Quién puede oponerse a tan consensuado principio de libertad? Nos toma por tontos, claro. ¿Aceptaría usted como llibertat d’expresió la leyenda Puigdemont traidor en caso de un —pongamos ayuntamiento— de mayoría de Ciudadanos? Está claro que el concepto llibertat d’expresió funciona mejor para nuestras proclamas que para las del otro.
 Lo mismo critiqué en este mimo blog en una ocasión en la que visité Madrid y vi en el balcón una enorme pancarta con la leyenda Welcome Refugees, en la ladina asunción de mi admirada Carmena de que quien criticara tal proclama se señalaría como recalcitrante malvado. Pues no, señora Carmena: se puede estar a favor de acoger a refugiados y a darles la bienvenida y al mismo tiempo en contra de que usted ponga en la fachada del Ayuntamiento (la casa de todos) el cartel, de la misma manera que puede uno lamentar que haya políticos catalanes presos y/o exiliados (o presos políticos, como quieran) y repudiar su fútil e insolente maniobra, señor Torra.
Y, atendiendo a la libertad de expresión, puestos a poner carteles, tengo algunas ideas:

Dios no existe.
Nadie podrá nunca demostrar lo contrario. Bueno, lo hizo Santo Tomás, pero de manera que algunos consideramos poco consistente.
Dios existe.
Lo mismo que la leyenda anterior. Nadie demostró jamás lo contrario.
(Ambos carteles se pueden poner, uno en Aldaya y otro en Alacuás o uno en Pinto y el otro en Valdemoro, o en Oviedo y Gijón, por ver de equilibrar).
Franco ha muerto.
Verdad que habría que recordar a quienes quieren sacarlo a pasear (para asustar) y a quienes quieren revivirlo (por nostalgia), lo que abarcaría, más o menos, a la totalidad de la población (de mayores de 50, claro)
Trabajo en Valencia. Respiro en Tuéjar.
Se pueden cambiar los nombres. Donde pone Tuéjar póngase Camporrobles o Montanejos, y donde pone Valencia escríbase Madrid o Barcelona. Se puede cambiar “respiro” por “vivo”, “disfruto”, etc. Leyenda muy común en los adhesivos de los coches de los años setenta y ochenta (costumbre lamentablemente perdida) que denotaba mucha clase y cosmopolitismo entre los que la exhibían.
Recoja la caca de su perro.
Muy útil. Sí, ya sé que es algo absurdo que los humanos recojan la caca de los perros y no la de otros humanos impedidos, pero ¿qué le vamos a hacer? Nos hace la vida más fácil a todos.
Forasteros al pilón.
Ya se sabe. Vienen con el prestigio de la novedad y obtienen los favores de las chicas más guapas del pueblo.
Que se mueran los feos. To er mundo es güeno. ¡Al suelo, coño! Que te Calles Karmele. ¡Vosotros, maristas, sois los terroristas! Prietas las nalgas (digo, las filas…).

Ya saben, la llibertat d’expresió da para mucho. Estas y otras muchas consignas podrían ocupar las fachadas de nuestros ayuntamientos y edificios oficiales para nuestro solaz y entretenimiento. Vayan añadiendo ustedes mismos sus favoritas, que hay libertad. Por ahora.


Román Rubio
Marzo 2019







jueves, 14 de marzo de 2019

LA TRIBU Y EL TERRITORIO


LA TRIBU Y EL TERRITORIO




Dice Netanyahu que “el Estado de Israel —y el territorio, se entiende— no pertenece a todo el mundo, sino solo al pueblo judío”. Con ello excluye a los árabes (que son la quinta parte de la población), y si tomamos la declaración al pie de la letra, a los cristianos, a los budistas y a los ateos. El mensaje es claro: podéis estar aquí, pero bajo la ley judía. Esto es nuestro.

Trump quiere levantar un muro en el sur de los EEUU para evitar la entrada de hispanos en el país, en el convencimiento de que el territorio les pertenece. ¿A quién?, pues a los blancos descendientes de los europeos, a ser posible wasps (blanco, anglosajón y protestante, en sus siglas en inglés). Haciendo manga ancha, habrá que admitir también a “otros” europeos de tribus cercanas como los irlandeses (católicos), italianos y otros dagoes (con reservas) y hasta (con aún más reservas) a los judíos.

En Crimea, la población —de mayoría rusa— no ha consentido en renunciar a sus rasgos tribales para integrarse en Ucrania, una vez desintegrada la Unión Soviética y, con la ayuda de Rusia, decidieron unirse a este país haciendo valer los lazos de sangre; y en los Balcanes ya sabemos lo que ocurrió: una vez debilitada Yugoslavia, los croatas, los serbios, bosnios, eslovenos y demás tribus decidieron apelar a sus ritos, lenguas, religiones, mitos y leyendas comunes y se dieron codazos hasta conseguir parcelar el territorio y poder decir: “esto es mío”.

La tribu demanda su suelo y no está dispuesta a compartirlo con quien no sea “uno de los nuestros”, entendiendo la tribu como “el conjunto culturalmente uniforme de familias con un antepasado común real o mítico que ocupa un territorio”.

En Cataluña, el apellido más corriente es García, seguido de Martínez, López, Sánchez, Rodríguez y Fernández. Si cogen al azar a 1000 personas de una calle catalana tendrán entre ellos a 23 García, 16 Martínez y 15 López.


Si tomamos, en cambio, las cabezas de listas de las candidaturas mayoritarias al gobierno del territorio en las últimas elecciones (diciembre, 2017), los nombres son: Puigdemont i Casamajó, Sánchez i Picanyol, Ponsatí Pubiols, Turull i Negre, Bevás i Castanyer y Rull i Andreu por Junts per Catalunya y Junqueras i Vies, Rovira i Vergés, Romeva i Rueda, Forcadell Lluís y Mundó Blanch por ER. Solo Sánchez aparece púdicamente semiescondido en la retahíla de nombres catalanes de pura cepa. Lo dicho: La tribu reclamando su territorio.

En Irlanda del Norte, los apellidos más comunes (según el banco de datos Eurostat) son: Wilson, Campbell, Kelly, Johnston, Morre y Thompson, todos 100% British; en tanto que en la República de Irlanda (la del Sur) son: Murphy, Kelly/ O’Kelly, Sullivan/ O’Sullivan, Walsh, O’Brien, O’Connor. Ya ven, esa plebe de tipos ruidosos y pendencieros que tienen muchos hijos pelirrojos jugando en la calle con los mocos colgando. Está claro que necesitan una frontera.

Estoy empezando a pensar que las cosas son así: que cada tribu reclama su territorio como los leones su territorio de caza. O el perro de mi vecina la esquina del chaflán.

Román Rubio
Marzo 2019


jueves, 7 de marzo de 2019

FILÍPICAS FILIPINAS


FILÍPICAS FILIPINAS




   El presidente Duterte de Filipinas quiere cambiar el nombre del país, Filipinas, por Maharlika, que hace referencia al pasado prehispánico del archipiélago. Con ello quiere borrar la huella colonial hispánica: El nombre de Filipinas se debe al explorador español Ruy López de Villalobos, que bautizó así a las islas en honor a Felipe II, entonces Príncipe de Asturias

   La huella colonial francesa del vecindario ya fue eliminada hace años cuando Indochina se convirtió en Vietnam, Laos, Camboya y Birmania, digo… Myanmar. Las Islas Cook, en el Pacífico, están también en trámites de cambio de nombre intentando dar un contenido maorí a la denominación, lejos de referencias coloniales, aunque su vicepresidente, Mark Brown, no parece tenerlo claro.  

   Otra herencia desgraciada parece ser la de Colón, de quien, más o menos, todo el mundo reniega. Hace poco que en Los Ángeles se retiró una estatua del personaje que “descubrió” América, un lugar que, según muchos blanquitos (y hasta negros) ciudadanos del lugar, no tenía ningún interés en ser descubierta. No sería de extrañar que la alcaldesa Colau propusiera la sustitución de la estatua del navegante y la plaza homónima barcelonesa por algún personaje de su agrado —al fin y al cabo, ya lo hizo a unos metros de allí sustituyendo “por facha” al Almirall Cervera (el de la Armada de Cuba) por el actor Pepe Rubianes, cuyo sustrato ideológico pasaba la prueba del algodón—. Al parecer, el almirante se hizo “facha” años antes del advenimiento del fascismo. También lo tiene a huevo Colombia que podría renegar de su pasado colonial (al menos en lo del nombre) y que mira con envidia a Bolivia, cuyos habitantes viven acogidos bajo el manto del Libertador (criollo descendiente de guipuzcoanos, eso sí, pero nadie es perfecto).

   Los cambios de nombre son cosa divertida. Yo todavía llamo Caudillo de cuando en cuando a la plaza principal de mi ciudad —que tiene el honroso nombre de Plaça del Ajuntament—, en parte por descuido o pereza y en parte por desvincular el significante del significado.

   Hay calles que tienen suerte con el nombre y otras que no, como las personas. En mi ciudad a la que yo conocí como Avenida de José Antonio se la había denominado antes Avenida 14 de abril y hoy se tiene que conformarse con el deshonroso Avinguda del Antic Regne de València. ¿Antic? ¿Por qué Antic y no Regne de València? Supongo que porque la timorata derecha local no quería molestar a la monarquía con algo que se saliera del “rey no hay más que uno”.

   La aburrida, por lo recta, Avenida del Puerto ha tenido suertes diversas. Fue Avenida de Lenin durante la República y se convirtió en Avenida del Doncel García Sanchiz en la Dictadura, aunque dudo que nadie, excepto los carteros, la llamara nunca así. ¿Que no saben quién fue tal doncel? Pues se trataba de un grumete muerto en el hundimiento del barco Baleares, en la Guerra Civil, hijo único de un tal Federico García Sanchiz, académico valenciano y de profesión “charlista” (mezcla de conferenciante y monologuista), modalidad muy popular en la época en la que el tal Federico parecía ser meritoria figura.

   El Paseo Blasco Ibáñez nació con el bonito nombre de Paseo al Mar, convertido en Paseo de la Unión Soviética durante la República y la Plaza de Cánovas fue la de la Generalitat Catalana en el periodo republicano (imaginen el pasmo que ocasionaría hoy tal nombre en ese sector de la población en el que usted y yo estamos pensando). Y mi favorita: la Gran Vía Marqués del Turia se llamó en el periodo republicano Gran Vía Buenaventura Durruti. “¿Quieres Marqués? Pues toma dos platos”.


Román Rubio
Marzo 2019

jueves, 28 de febrero de 2019

IRENE Y LOS FARISEOS


IRENE Y LOS FARISEOS




Irene Lozano ha estado en el candelero últimamente por razones varias. En primer lugar, por haber dado “forma literaria”, haber escrito, coescrito o haber hecho de “negra” en el libro de Pedro Sánchez Manual de resistencia. En él, además de colaborar con el diablo, cometió el gravísimo pecado de poner en boca de San Juan de la Cruz aquello de “como decíamos ayer”, cuando todo el mundo sabe que, de haberlo dicho alguien (lo cual no está del todo claro), fue Fray Luis de León. Demasiado para los fariseos, siempre prestos a rasgarse las vestiduras, aunque el error sea confundir a un fraile por otro, tan contemporáneos que hasta murieron en el mismo año (1591). Nada, en fin, que no pueda corregirse en la segunda edición.

Otra circunstancia por la que Irene Lozano se ha visto en la plaza pública atacada y denostada por los fariseos ha sido por una entrevista que, en condición de su cargo de secretaria de Estado de la España Global, o algo así, concedió a la cadena británica Sky News. Argumentaba la española en un estupendo inglés (que ya es más que de lo que la mayoría de quienes la critican pueden acreditar) que por muy democrático que sea el hecho de votar, en España (y en el resto de países del entorno -y esto es añadido mío-) hacerlo sin permiso y fuera de la cobertura del marco legal es delito. De la misma manera, añadió Lozano, que “el sexo está muy bien, pero hacerlo sin el permiso de la otra parte es delito y hasta violación”. El fariseo que la entrevistaba (británico él, que también los hay, y muchos, de aquella nacionalidad) se empeñó en afearle el hecho de que ella estaba “comparando” la ofensa de votar con la de la violación.

Alex Grijelmo, en su artículo de El País del domingo, lo explicó de manera certera. Claro que Irene Lozano comparó una cosa con otra, ¿y qué? Una cosa es “comparar” y otra “equiparar”. "Yo -dice Grijelmo- puedo 'comparar' el Burgos Club de fútbol con el Real Madrid, ¿por qué no? Ahora bien, la 'equiparación' sería una estupidez, aunque solo fuera por lo del presupuesto".

Los fariseos siempre están ojo avizor, revisando los textos con su lupa y sus orejeras bien ajustadas, para escandalizarse y tratar de confundir al personal haciendo ver que la velocidad y el tocino se asemejan (perdón por lo del tocino, que puede ofender a los musulmanes)

Los mensajes se simplifican hasta el término de consignas y en vez de ideas el personal parece moverse por signos y poses que adquieren la categoría de verdades incontestables, de modo que disfrazarse del Rey Baltasar pintándose la cara de negro es una ofensa racista y un chiste de mariquitas se convierte en una ofensa homófoba inaceptable. Mira por donde, El Titi, que vivió toda su vida contando chistes de esa clase era un homófobo impresentable, carne de hoguera de los inquisidores intérpretes de la doctrina sagrada de la modernidad.

El miedo a no traspasar la delgada capa de los fariseos (y las fariseas) es tan grande que he leído en algún sitio que la ceremonia de entrega de los Oscar de este año no ha encontrado un presentador que garantizara la “blancura” del humor. Parece que es difícil hoy abrir la boca en público sin ofender a alguien: a los negros a los enfermos, a los torpes, a los mansos de corazón o a los pobres de espíritu y decir que alguien o algo es un “cáncer” para la sociedad molesta a los enfermos de cáncer y sus familiares (como si no fuéramos todos miembros de ese colectivo) y estar “ciego” a la evidencia puede molestar a los invidentes. Eso sí; la subida al escenario habilita a cualquiera a soltar su mitin en defensa de esto y lo otro, venga o no a cuento.

Nunca he sentido gran simpatía por la figura de la cantante Alaska. No me ha gustado como cantante y su imagen me ha transmitido siempre más artificio que sustancia. Hasta hace unos días. Alguien le preguntó si había sido víctima de alguna agresión sexual. “No he tenido la oportunidad. Siempre he estado rodeada de maricones”, respondió la artista. En ese momento me conquistó y entré a formar parte de los fans de Alaska. Y nadie, por muy fariseo que sea, se atreverá a acusar a Alaska de homofobia. ¿O sí?

Román Rubio
Febrero 2018

viernes, 22 de febrero de 2019

LA HORA VIOLETA


LA HORA VIOLETA


   Acabo de leer uno de esos libros que uno leería de un tirón, pero lo hace poco a poco para que le dure más. Se trata de La hora violeta, de Sergio del Molino. Conozco al autor. Le he saludado un par de veces, le sigo de cuando en cuando en los medios -Onda Cero, El País, la SER…- en los que tanto se prodiga, y había leído con agrado otros libros suyos: La España vacía, Lugares fuera de sitio…, pero nunca me había atrevido con este. La primera vez que oí hablar del libro fue en el programa de La Ventana en el que le entrevistó Francino, hace ya algunos años. El tema me conmovió y me dije a mí mismo que iba a ser uno de esos libros que yo no leería jamás. Se trata del relato de la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, a los dos o tres años de edad, como consecuencia de una leucemia. En el programa se habló de la circunstancia de que, así como existe la palabra viudo o viuda para designar a la persona a la que se le muere su cónyuge y huérfano/a para quien pierde a un padre o una madre, no existe palabra en español (ni en el resto de las lenguas conocidas por los intervinientes) para designar a quien pierde un hijo o una hija. Es como si ni siquiera el lenguaje, en sus siglos y siglos de evolución y desarrollo, hubiera podido inventar la palabra capaz de delimitar, significar o denotar el dolor e incoherencia que provoca tal subversión del orden natural de las cosas.

   Tenía miedo al libro. Temía adentrarme en el territorio de los monstruos. Como el propio autor explica con esa prosa sólida, precisa, rica e imaginativa que le es propia, es el miedo a introducirse en territorios o mares fuera de lo explorado, que en los mapas antiguos venían representados por monstruos, lugares situados más allá del miedo, fuera de los parámetros del temor, de la impiedad, del desconsuelo, vedados a tipos medrosos como yo y hasta a tipos corajudos como Colón y Magallanes: el demoledor cáncer infantil.

   Tenía otro prejuicio contra el libro. Algo en mí me decía que había algo de impúdico en mostrar uno sus sentimientos más íntimos, desgarradores y profundos. No el hecho de escribir esos sentimientos -que puede servir, y a muchos ha servido, como terapia para el alma- sino de exhibirlos. Era un asunto de alto riesgo solo apto para un maestro de la narración. Había muchas trampas: en manos de un prosista menos dotado o con una sensibilidad más burda podía convertirse en un panfleto lacrimógeno o, por el contrario, en un trivial librillo de frasecitas de autoayuda. ¡Era tan difícil contar lo que ocurre en el territorio de los monstruos sin caer en esos peligros! Del Molino consigue lo impensable: mantener el respeto y la ternura del lector hacia la persona que se va (nunca deja de usar su nombre: Pablo, huyendo de otras referencias como “niño” -y mucho menos cosas como “ángel”- que abaratarían todo) y hacernos compartir sus sentimientos de desesperación, miedo, ternura y amor sin caer en el devaluado melodrama. Un ejercicio extraordinario y contenido de escritura con las tripas y una apología a la maquinaria humana del sistema nacional de salud que lucha un día sí y otro también, todos los días del año, contra un enemigo poderoso al que a veces vencen y a veces no y contra su propio desánimo, al que vencen siempre.

   Magistral, emotivo y emocionante. Depurada literatura de los sentimientos. 

   Román Rubio Martínez
   Febrero 2019

domingo, 10 de febrero de 2019

PERMISO PARA NACER




PERMISO PARA NACER


En Rochester (Nueva York), Lian Murphy, de trece años, ha denunciado a sus padres en un tribunal de justicia por ser pelirrojo. El chico, hijo de padres bermejos, alega que estos  conocían la alta probabilidad de que heredara el ¿indeseable? rasgo. Como compensación a su vida de “dolor y sufrimiento” pide 2 millones de dólares a sus progenitores (electricista y peluquera de profesión).

En San Luis (Misuri), Anthony Dwight, de 17, ha denunciado a sus padres en los tribunales por… ser blanco. El joven dice haber sufrido toda su vida el oprobio de serlo. “De niño pasaba horas en la ducha tratando de quitarme el color de mi piel”. Su abogado alega que su cliente tiene síntomas depresivos y suicidas por lo que este llama “la carga del privilegio blanco” (the burden of white privilege). Éste pide a sus padres una compensación de (solo) 20.000 dólares para seguir un tratamiento de oscurecimiento de piel. 



                                         The Guardian. Martes, 5 Feb, 2019
¿Diste tu consentimiento para nacer? Por qué un hombre ha denunciado a sus padres por haber nacido.
Raphael Samuel, un antinatalista de 27 años de Bombay cree que fue una equivocación de su padre y su madre traerlo a este mundo sin su consentimiento.

Samuel: “Traer a un niño a este mundo, ¿no es un modo de secuestro y esclavitud?”

Nombre. Raphael Samuel.
Edad. 27 años.
Estado. Vivo y arrepentido de estarlo.
¿Por qué? Porque no pidió nacer.
Ni yo tampoco, vaya. No, pero tú, probablemente no estás planeando denunciar a tus padres por haberte traído al mundo.
Yo no. ¿Y él? Él dice que sí. De acuerdo con sus declaraciones, Samuel, de Bombay, es un ferviente antinatalista.
¡Vaya, hombre! Me debí perder esa clase también. El antinatalismo es un sistema de creencias que sostiene la inmoralidad de la procreación y afirma que se podría evitar una gran cantidad de sufrimiento humano simplemente con el hecho de no existir.
En todo caso, parece tratarse de una escuela filosófica con un número de miembros muy escaso ¿no? Se trata de un movimiento creciente, con adeptos en todo el mundo.
¿Cuándo dices “en todo el mundo” te refieres “en Facebook y en YouTube?” Sí, pero el antinatalismo tiene un pedigrí largo y respetado: algunas formas surgen en el seno del budismo y del cristianismo, y más de un filósofo ha alegado que el mejor desenlace para la humanidad sería su propia extinción.
Y todo ello lleva a la decisión de denunciar a los padres de uno por su nacimiento: Exacto: esa sería la singular aportación de Samuel al debate.
¿Cuál es su argumento, exactamente? “Quiero a mis padres”, afirma en Facebook “y tenemos una relación estupenda, pero ellos me concibieron por placer y diversión”
¡Cabronazos egoístas, eso es lo que son! Samuel parece creer que sus padres cometieron un error al tirar adelante y crearle sin su consentimiento.
Tampoco es que estuvieran en posición de preguntarle. Ni él de dar el permiso para nacer.
¿No podrían ellos buscar alguna clase de permiso retroactivo de su hijo? Él no parece dispuesto a llegar a un acuerdo. Y alega: “¿No se trata de forzar a un niño a venir a este mundo y obligarle, así,  a una trayectoria de secuestro y esclavitud?
Por una parte, me parece una completa estupidez. Por otra, mi yo de 15 años está con Samuel al 100%. Él también afirma: “La única razón por la que un chico se enfrenta a problemas es porque lo has concebido”.
Ay, Dios mío, ¿dónde estaba este tipo cuando suspendí el Selectivo? Aún no había nacido.
Diga: “Queridos papá y mamá, todo lo que soy y lo que llegaré a ser es gracias a vosotros. Nos vemos en los tribunales”.
No diga: “P.D. – No encuentro las toallas limpias”.

Traducido de The Guardian.

Román Rubio
Febrero 2019

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL RELATOR


EL RELATOR




   En el último artículo me referí a la huella que las palabras mountain (montaña) y hill (colina) podían dejar en el ánimo colectivo de una pequeña localidad galesa que no se resignaba a que la pérfida Royal Geographic Society de Londres determinara que la altura más elevada de Gales, situada junto a su pueblo, fuera denominada “colina” a falta de unos pocos metros para adquirir el estatus de “montaña”.

   Ayer hablábamos de la diferencia entre patriota y nacionalista, negro y afroamericano y minusválido y discapacitado. Hoy tenemos una nueva joya: “relator”, el eufemismo del día. Ustedes conocen el contexto, pero yo, con su permiso, se lo voy a refrescar:

   1.- El gobierno de España necesita apoyo para aprobar los presupuestos. Además, había prometido diálogo.
   2.- Los partidos independentistas necesitan avances en el proceso de diálogo (negociación) sobre el tema de la autodeterminación (independencia), especialmente en estas fechas cercanas al juicio de sus líderes encarcelados. Y, sobre todo, necesitan -ante los suyos- no “otorgar” nada sin algo a cambio.
   3.- Para los independentistas es importante introducir en las conversaciones un “mediador”. Ayudaría a presentar el asunto en el ámbito internacional como discrepancias entre iguales y se lo anotaría como un éxito, tanto de cara afuera como entre sus votantes y seguidores.
   4.- El gobierno de España no puede admitir la figura de un “mediador” en lo que considera (según la Constitución vigente) una conversación entre el gobierno del Estado y el de una parte de ese mismo estado.
   6.- A los partidos independentistas catalanes les interesa, sobre todas las cosas, que este gobierno siga. Por dos razones: porque ha prometido una suculenta inyección de dinero a su territorio y porque si cae, la alternativa sería mucho peor para el país. Hacer caer al gobierno sería, pues, perjudicial para los intereses catalanes (y no sé si catalanistas).

   Con tal de desfacer el entuerto, alguien llegó con la brillante y vieja idea de cambiarlo todo para que todo siga igual: olvidémonos de un “mediador” y designemos a un “relator”, que viene a ser lo mismo que quitar a un negro para poner a un subsahariano o cambiar a un moro por un magrebí. De este modo, los independentistas salvan la cara ofreciendo la figura como mediador entre iguales en conflicto en la escena internacional (ya saben ustedes lo ambiguas que pueden ser a veces las traducciones) y así se lo venden a los suyos. El gobierno, por su parte, salva la suya por el hecho de que no han cedido nombrando ningún mediador, lo que sería humillante para un gobierno soberano.
   ¿Se dan cuenta del poder de la palabra? Pueden servir tanto para un roto como para un descosido. Ahora, bien, en política, lo que suma puede también restar. Los independentistas “no” han conseguido tener un “mediador” y el gobierno central se ha tenido que tragar un “relator”. Uno u otro lo pagará. Con “el relato”.


Román Rubio
Febrero 2019