jueves, 28 de febrero de 2019

IRENE Y LOS FARISEOS


IRENE Y LOS FARISEOS




Irene Lozano ha estado en el candelero últimamente por razones varias. En primer lugar, por haber dado “forma literaria”, haber escrito, coescrito o haber hecho de “negra” en el libro de Pedro Sánchez Manual de resistencia. En él, además de colaborar con el diablo, cometió el gravísimo pecado de poner en boca de San Juan de la Cruz aquello de “como decíamos ayer”, cuando todo el mundo sabe que, de haberlo dicho alguien (lo cual no está del todo claro), fue Fray Luis de León. Demasiado para los fariseos, siempre prestos a rasgarse las vestiduras, aunque el error sea confundir a un fraile por otro, tan contemporáneos que hasta murieron en el mismo año (1591). Nada, en fin, que no pueda corregirse en la segunda edición.

Otra circunstancia por la que Irene Lozano se ha visto en la plaza pública atacada y denostada por los fariseos ha sido por una entrevista que, en condición de su cargo de secretaria de Estado de la España Global, o algo así, concedió a la cadena británica Sky News. Argumentaba la española en un estupendo inglés (que ya es más que de lo que la mayoría de quienes la critican pueden acreditar) que por muy democrático que sea el hecho de votar, en España (y en el resto de países del entorno -y esto es añadido mío-) hacerlo sin permiso y fuera de la cobertura del marco legal es delito. De la misma manera, añadió Lozano, que “el sexo está muy bien, pero hacerlo sin el permiso de la otra parte es delito y hasta violación”. El fariseo que la entrevistaba (británico él, que también los hay, y muchos, de aquella nacionalidad) se empeñó en afearle el hecho de que ella estaba “comparando” la ofensa de votar con la de la violación.

Alex Grijelmo, en su artículo de El País del domingo, lo explicó de manera certera. Claro que Irene Lozano comparó una cosa con otra, ¿y qué? Una cosa es “comparar” y otra “equiparar”. "Yo -dice Grijelmo- puedo 'comparar' el Burgos Club de fútbol con el Real Madrid, ¿por qué no? Ahora bien, la 'equiparación' sería una estupidez, aunque solo fuera por lo del presupuesto".

Los fariseos siempre están ojo avizor, revisando los textos con su lupa y sus orejeras bien ajustadas, para escandalizarse y tratar de confundir al personal haciendo ver que la velocidad y el tocino se asemejan (perdón por lo del tocino, que puede ofender a los musulmanes)

Los mensajes se simplifican hasta el término de consignas y en vez de ideas el personal parece moverse por signos y poses que adquieren la categoría de verdades incontestables, de modo que disfrazarse del Rey Baltasar pintándose la cara de negro es una ofensa racista y un chiste de mariquitas se convierte en una ofensa homófoba inaceptable. Mira por donde, El Titi, que vivió toda su vida contando chistes de esa clase era un homófobo impresentable, carne de hoguera de los inquisidores intérpretes de la doctrina sagrada de la modernidad.

El miedo a no traspasar la delgada capa de los fariseos (y las fariseas) es tan grande que he leído en algún sitio que la ceremonia de entrega de los Oscar de este año no ha encontrado un presentador que garantizara la “blancura” del humor. Parece que es difícil hoy abrir la boca en público sin ofender a alguien: a los negros a los enfermos, a los torpes, a los mansos de corazón o a los pobres de espíritu y decir que alguien o algo es un “cáncer” para la sociedad molesta a los enfermos de cáncer y sus familiares (como si no fuéramos todos miembros de ese colectivo) y estar “ciego” a la evidencia puede molestar a los invidentes. Eso sí; la subida al escenario habilita a cualquiera a soltar su mitin en defensa de esto y lo otro, venga o no a cuento.

Nunca he sentido gran simpatía por la figura de la cantante Alaska. No me ha gustado como cantante y su imagen me ha transmitido siempre más artificio que sustancia. Hasta hace unos días. Alguien le preguntó si había sido víctima de alguna agresión sexual. “No he tenido la oportunidad. Siempre he estado rodeada de maricones”, respondió la artista. En ese momento me conquistó y entré a formar parte de los fans de Alaska. Y nadie, por muy fariseo que sea, se atreverá a acusar a Alaska de homofobia. ¿O sí?

Román Rubio
Febrero 2018

viernes, 22 de febrero de 2019

LA HORA VIOLETA


LA HORA VIOLETA


   Acabo de leer uno de esos libros que uno leería de un tirón, pero lo hace poco a poco para que le dure más. Se trata de La hora violeta, de Sergio del Molino. Conozco al autor. Le he saludado un par de veces, le sigo de cuando en cuando en los medios -Onda Cero, El País, la SER…- en los que tanto se prodiga, y había leído con agrado otros libros suyos: La España vacía, Lugares fuera de sitio…, pero nunca me había atrevido con este. La primera vez que oí hablar del libro fue en el programa de La Ventana en el que le entrevistó Francino, hace ya algunos años. El tema me conmovió y me dije a mí mismo que iba a ser uno de esos libros que yo no leería jamás. Se trata del relato de la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, a los dos o tres años de edad, como consecuencia de una leucemia. En el programa se habló de la circunstancia de que, así como existe la palabra viudo o viuda para designar a la persona a la que se le muere su cónyuge y huérfano/a para quien pierde a un padre o una madre, no existe palabra en español (ni en el resto de las lenguas conocidas por los intervinientes) para designar a quien pierde un hijo o una hija. Es como si ni siquiera el lenguaje, en sus siglos y siglos de evolución y desarrollo, hubiera podido inventar la palabra capaz de delimitar, significar o denotar el dolor e incoherencia que provoca tal subversión del orden natural de las cosas.

   Tenía miedo al libro. Temía adentrarme en el territorio de los monstruos. Como el propio autor explica con esa prosa sólida, precisa, rica e imaginativa que le es propia, es el miedo a introducirse en territorios o mares fuera de lo explorado, que en los mapas antiguos venían representados por monstruos, lugares situados más allá del miedo, fuera de los parámetros del temor, de la impiedad, del desconsuelo, vedados a tipos medrosos como yo y hasta a tipos corajudos como Colón y Magallanes: el demoledor cáncer infantil.

   Tenía otro prejuicio contra el libro. Algo en mí me decía que había algo de impúdico en mostrar uno sus sentimientos más íntimos, desgarradores y profundos. No el hecho de escribir esos sentimientos -que puede servir, y a muchos ha servido, como terapia para el alma- sino de exhibirlos. Era un asunto de alto riesgo solo apto para un maestro de la narración. Había muchas trampas: en manos de un prosista menos dotado o con una sensibilidad más burda podía convertirse en un panfleto lacrimógeno o, por el contrario, en un trivial librillo de frasecitas de autoayuda. ¡Era tan difícil contar lo que ocurre en el territorio de los monstruos sin caer en esos peligros! Del Molino consigue lo impensable: mantener el respeto y la ternura del lector hacia la persona que se va (nunca deja de usar su nombre: Pablo, huyendo de otras referencias como “niño” -y mucho menos cosas como “ángel”- que abaratarían todo) y hacernos compartir sus sentimientos de desesperación, miedo, ternura y amor sin caer en el devaluado melodrama. Un ejercicio extraordinario y contenido de escritura con las tripas y una apología a la maquinaria humana del sistema nacional de salud que lucha un día sí y otro también, todos los días del año, contra un enemigo poderoso al que a veces vencen y a veces no y contra su propio desánimo, al que vencen siempre.

   Magistral, emotivo y emocionante. Depurada literatura de los sentimientos. 

   Román Rubio Martínez
   Febrero 2019

domingo, 10 de febrero de 2019

PERMISO PARA NACER




PERMISO PARA NACER


En Rochester (Nueva York), Lian Murphy, de trece años, ha denunciado a sus padres en un tribunal de justicia por ser pelirrojo. El chico, hijo de padres bermejos, alega que estos  conocían la alta probabilidad de que heredara el ¿indeseable? rasgo. Como compensación a su vida de “dolor y sufrimiento” pide 2 millones de dólares a sus progenitores (electricista y peluquera de profesión).

En San Luis (Misuri), Anthony Dwight, de 17, ha denunciado a sus padres en los tribunales por… ser blanco. El joven dice haber sufrido toda su vida el oprobio de serlo. “De niño pasaba horas en la ducha tratando de quitarme el color de mi piel”. Su abogado alega que su cliente tiene síntomas depresivos y suicidas por lo que este llama “la carga del privilegio blanco” (the burden of white privilege). Éste pide a sus padres una compensación de (solo) 20.000 dólares para seguir un tratamiento de oscurecimiento de piel. 



                                         The Guardian. Martes, 5 Feb, 2019
¿Diste tu consentimiento para nacer? Por qué un hombre ha denunciado a sus padres por haber nacido.
Raphael Samuel, un antinatalista de 27 años de Bombay cree que fue una equivocación de su padre y su madre traerlo a este mundo sin su consentimiento.

Samuel: “Traer a un niño a este mundo, ¿no es un modo de secuestro y esclavitud?”

Nombre. Raphael Samuel.
Edad. 27 años.
Estado. Vivo y arrepentido de estarlo.
¿Por qué? Porque no pidió nacer.
Ni yo tampoco, vaya. No, pero tú, probablemente no estás planeando denunciar a tus padres por haberte traído al mundo.
Yo no. ¿Y él? Él dice que sí. De acuerdo con sus declaraciones, Samuel, de Bombay, es un ferviente antinatalista.
¡Vaya, hombre! Me debí perder esa clase también. El antinatalismo es un sistema de creencias que sostiene la inmoralidad de la procreación y afirma que se podría evitar una gran cantidad de sufrimiento humano simplemente con el hecho de no existir.
En todo caso, parece tratarse de una escuela filosófica con un número de miembros muy escaso ¿no? Se trata de un movimiento creciente, con adeptos en todo el mundo.
¿Cuándo dices “en todo el mundo” te refieres “en Facebook y en YouTube?” Sí, pero el antinatalismo tiene un pedigrí largo y respetado: algunas formas surgen en el seno del budismo y del cristianismo, y más de un filósofo ha alegado que el mejor desenlace para la humanidad sería su propia extinción.
Y todo ello lleva a la decisión de denunciar a los padres de uno por su nacimiento: Exacto: esa sería la singular aportación de Samuel al debate.
¿Cuál es su argumento, exactamente? “Quiero a mis padres”, afirma en Facebook “y tenemos una relación estupenda, pero ellos me concibieron por placer y diversión”
¡Cabronazos egoístas, eso es lo que son! Samuel parece creer que sus padres cometieron un error al tirar adelante y crearle sin su consentimiento.
Tampoco es que estuvieran en posición de preguntarle. Ni él de dar el permiso para nacer.
¿No podrían ellos buscar alguna clase de permiso retroactivo de su hijo? Él no parece dispuesto a llegar a un acuerdo. Y alega: “¿No se trata de forzar a un niño a venir a este mundo y obligarle, así,  a una trayectoria de secuestro y esclavitud?
Por una parte, me parece una completa estupidez. Por otra, mi yo de 15 años está con Samuel al 100%. Él también afirma: “La única razón por la que un chico se enfrenta a problemas es porque lo has concebido”.
Ay, Dios mío, ¿dónde estaba este tipo cuando suspendí el Selectivo? Aún no había nacido.
Diga: “Queridos papá y mamá, todo lo que soy y lo que llegaré a ser es gracias a vosotros. Nos vemos en los tribunales”.
No diga: “P.D. – No encuentro las toallas limpias”.

Traducido de The Guardian.

Román Rubio
Febrero 2019

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL RELATOR


EL RELATOR




   En el último artículo me referí a la huella que las palabras mountain (montaña) y hill (colina) podían dejar en el ánimo colectivo de una pequeña localidad galesa que no se resignaba a que la pérfida Royal Geographic Society de Londres determinara que la altura más elevada de Gales, situada junto a su pueblo, fuera denominada “colina” a falta de unos pocos metros para adquirir el estatus de “montaña”.

   Ayer hablábamos de la diferencia entre patriota y nacionalista, negro y afroamericano y minusválido y discapacitado. Hoy tenemos una nueva joya: “relator”, el eufemismo del día. Ustedes conocen el contexto, pero yo, con su permiso, se lo voy a refrescar:

   1.- El gobierno de España necesita apoyo para aprobar los presupuestos. Además, había prometido diálogo.
   2.- Los partidos independentistas necesitan avances en el proceso de diálogo (negociación) sobre el tema de la autodeterminación (independencia), especialmente en estas fechas cercanas al juicio de sus líderes encarcelados. Y, sobre todo, necesitan -ante los suyos- no “otorgar” nada sin algo a cambio.
   3.- Para los independentistas es importante introducir en las conversaciones un “mediador”. Ayudaría a presentar el asunto en el ámbito internacional como discrepancias entre iguales y se lo anotaría como un éxito, tanto de cara afuera como entre sus votantes y seguidores.
   4.- El gobierno de España no puede admitir la figura de un “mediador” en lo que considera (según la Constitución vigente) una conversación entre el gobierno del Estado y el de una parte de ese mismo estado.
   6.- A los partidos independentistas catalanes les interesa, sobre todas las cosas, que este gobierno siga. Por dos razones: porque ha prometido una suculenta inyección de dinero a su territorio y porque si cae, la alternativa sería mucho peor para el país. Hacer caer al gobierno sería, pues, perjudicial para los intereses catalanes (y no sé si catalanistas).

   Con tal de desfacer el entuerto, alguien llegó con la brillante y vieja idea de cambiarlo todo para que todo siga igual: olvidémonos de un “mediador” y designemos a un “relator”, que viene a ser lo mismo que quitar a un negro para poner a un subsahariano o cambiar a un moro por un magrebí. De este modo, los independentistas salvan la cara ofreciendo la figura como mediador entre iguales en conflicto en la escena internacional (ya saben ustedes lo ambiguas que pueden ser a veces las traducciones) y así se lo venden a los suyos. El gobierno, por su parte, salva la suya por el hecho de que no han cedido nombrando ningún mediador, lo que sería humillante para un gobierno soberano.
   ¿Se dan cuenta del poder de la palabra? Pueden servir tanto para un roto como para un descosido. Ahora, bien, en política, lo que suma puede también restar. Los independentistas “no” han conseguido tener un “mediador” y el gobierno central se ha tenido que tragar un “relator”. Uno u otro lo pagará. Con “el relato”.


Román Rubio
Febrero 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

VOX (Populi)


VOX (Populi)




Seguramente el nombre de Fynnon Garw no les dirá nada, con lo que les haré memoria: se trata del pequeño pueblo galés al que llegan dos cartógrafos del ejército británico (Hugh Grant y Ian McNeice, en pantalla) a medir el terreno y dan a los paisanos la noticia de que el monte que tienen junto al pueblo no llega a ser una montaña y se queda en la categoría de colina, ya que le falta unos metros para alcanzar los 1000 pies (305 metros) que la Royal Geografical Society determina como  necesarios.
Recordarán el desenlace: los ofendidos vecinos, espoleados por sus improvisados líderes (¿populistas?), el cura y el cantinero, se conminan a añadir un promontorio en la cima que elevara la cumbre por encima de los mil pies y conseguir así la categoría de montaña.
La película El inglés que subió una colina, pero bajó una montaña es una alegoría perfecta sobre la condición convencional del lenguaje. El monte es el mismo, pero su denominación depende de que usted y yo nos pongamos de acuerdo en cómo llamarle, y en el caso de la Geographical Society, son ellos (esa élite de ingleses arrogantes) los que lo deciden, para humillación de los buenos galeses.

En eso andaba yo pensando el otro día cuando escuché por la radio que en España hay un ministerio que se llama Ministerio para la Transición Ecológica. Nada menos. Y me preguntaba qué tenía de malo lo de Ministerio de Medio Ambiente, en mi opinión una denominación más completa, exacta y menos pretenciosa y amanerada. Me recordó aquello de cambiar el Ministerio de la Guerra por el de Defensa, aunque sea para atacar a “enemigos” como Irak.

Vivimos un momento en el que los símbolos y las convenciones parecen tan importantes o más que los propios hechos hasta el punto de que, según he leído en The Guardian, se acaban de publicar ediciones de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain (para uso escolar, pero no solo), en que la palabra nigger (negro) ha sido sustituida por otras más blanditas, con connotaciones menos ofensivas para los oídos de hoy. No sé si son conscientes del hecho: Mark Twain era un individuo antirracista. En su vida real se significó por sus iniciativas a favor de la integración de los negros y de la mejora de sus condiciones de vida y sus novelas tienen el antirracismo en sus tesis, pero ¡ay, amigo!, le falla el lenguaje. Fue incapaz, al escribir sus libros, de adivinar que su lenguaje era políticamente incorrecto, aunque fuera un siglo antes de que apareciera, siquiera, el término.

En otros artículos me he referido al hecho de que patriota y nacionalista era exactamente lo mismo, visto desde un lado u otro de la frontera. Hoy me referiré al término populismo, que según la RAE no es sino una “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”, lo que, no sé a ustedes, pero a mí me suena una aceptable definición del concepto de democracia, ya que esta se basa en la hegemonía de la mayoría y las “clases populares” (y no las élites) son la mayoría, de momento. Pregunten, sin embargo, a sus conocidos por el significado de “populismo” y verán las variadas y pintorescas versiones que obtienen.
Y de populista se tacha a VOX. Correcto. Lo que no sé es si se trata de una descalificación o de un cumplido. Y a continuación se le tacha de “extrema derecha”, lo que no me parece ni exacto ni una buena denominación. Si “extremo” es lo más de lo más, ¿cómo llamar, pues, a los violentos? ¿Recuerdan a los seguidores de Blas Piñar?, ¿y a los que salen en mi ciudad (Valencia) en determinadas fechas a insultar y agredir a quiénes se manifiestan pacíficamente? ¿Qué son esos, “extremísima” derecha? Es lo que tienen los adjetivos, los cuantificadores y los otros. Quienes escribimos, ya sea de manera profesional o por afición, sabemos de lo tramposos que son y de la moderación y prudencia con que hay que usarlos. De otro modo, se corre el riesgo de trivializar y devaluar los términos, de vaciarlos de contenido.   


Román Rubio
Enero 2019





sábado, 19 de enero de 2019

LA REBELIÓN DE LOS PALETOS


LA REBELIÓN DE LOS PALETOS




Vale, el título es demasiado radical. Es una concesión al marketing. He observado que el número de lectores de este blog varía dependiendo del impacto del titular, de modo que haré como la Sexta: a partir de ahora “Niño muerde a perro” será la tónica que ha de llevar a este autor al buscado (y no encontrado) loor de multitud. Utilicé la expresión “rebelión de los paletos” hace poco en una conversación, de manera algo provocadora, refiriéndome a las revueltas de los chalecos amarillos en Francia. Un amigo se sintió algo ofendido por el hecho de que yo llamara “paletos” a quienes protestaban (¿protestan?) en Francia de manera violenta por algunas iniciativas gubernamentales (subida del precio del gasoil, entre otras). La protesta de mi amigo se debe a dos razones: la primera es el poso izquierdista. Es y ha sido simpatizante de la izquierda y hay una condescendencia atávica en la izquierda hacia la revuelta y el desorden callejero (kale borroka, CDR…), que tiende a verse como una expresión de la defensa de los derechos de un pueblo soberano e indómito contra las élites culturales y económicas. Más o menos, la continuación del esquema burguesía-proletariado y la dialéctica de la lucha de clases del marxismo. La segunda es la apreciación de muchos de que el pueblo (en una extrapolación roussoniana de la ética de lo individual a lo social) es por naturaleza, bueno; y sus dirigentes, malvados, como si “los dirigentes” (políticos y miembros destacados del establishment) no salieran del pueblo y fueran unos marcianos que algún ser perverso hubiera traído al lugar para regir los destinos de unos pobres corderitos que prefieren pagar sin factura para ahorrarse el IVA.

Los gilet jaunes no son de izquierdas ni de derechas, cosa que confunde a algunos que parecen no entender de qué van las cosas ahora en el mundo occidental: quieren medidas proteccionistas para preservar el modo de vida del mundo rural francés: que los productos de la campiña valgan lo que cuesta producirlos, lo que evitaría la despoblación de las provincias y la supervivencia de los paisanos (les paysans). Muchos de los votantes de Trump en EEUU (esos rednecks ignorantes, consumidores de hamburguesas triples, que gustan conducir camionetas con fusil bajo el asiento) fueron, en su momento, votantes demócratas y quieren lo mismo: han visto como las industrias han ido desapareciendo de muchas áreas del país, antes prósperas, para localizar la producción en lugares como China primero y luego Vietnam, India o Bangladesh, trayendo a los EEUU el paro (poco) y la despoblación de algunas áreas (la ciudad de Detroit ha pasado de 1.850.000 habitantes en los años 50 a 700.000 gracias a la “deslocalización” de la industria del automóvil). Los británicos que apoyaron al Brexit provienen mayoritariamente de los condados rurales y forman una masa de shopkeepers (tenderos, como Thatcher), labourers (fontaneros y granjeros) y gentry (terratenientes de Land Rover y wellingtons -botas de agua verdes hasta la rodilla-) y quieren la misma cosa: salir de la UE para controlar ellos mismos la política migratoria y la localización de sus empresas sin pecaminosa intromisión extranjera. Todos buscando lo mismo: el fortalecimiento de la tribu, en el convencimiento de que viviendo dentro del muro se preservan las esencias y el mundo es mejor. Los pagesos y los botiguers constituyen un corpus muy importante en el procés de desvinculación de Cataluña Y Vox ha venido a afirmar sin pudor las “esencias españolas” que parecen ser (o así lo son para ellos) la vida campera, los toros, la caza, la Semana Santa y olé. Todo por la tribu.

No soy profeta y no sé, por tanto, el recorrido que tiene esta tendencia, pero tengo la sensación de que es largo y profundo. Tampoco sé si será bueno ni malo, ni para quién. Lo que sí sé es que cada año, gracias a la competencia “desleal” de la deslocalización, millones de personas en India Vietnam o Bangladesh salen de la pobreza y que 300€ al mes de salario, que para algunos significa semiesclavitud, es, para otros, la diferencia entre comer o no comer, ir o no poder ir al médico. Y quiero recordarles a todos los gilets jaunes del mundo que en mi infancia salían las mujeres de la pobre España a recoger dinero en unas huchas para que comieran “los chinitos”, los mismos que ahora tratan de comer sin pedir, solo fabricando chalecos de obligatorio porte en el coche.


Román Rubio

jueves, 10 de enero de 2019

ROMA


ROMA




No he visto la película Roma del mejicano Alfonso Cuarón. Por un motivo muy simple: no estoy abonado a Netflix, aunque como lector de prensa que soy, tengo la suficiente información de la misma para saber que está rodada en blanco y negro y trata, a través del día a día, de una familia, de las especiales relaciones personales y de clase entre hombres y mujeres, señores y criados (y señoras y criadas) y sus roles prácticos y afectivos en el desarrollo de la vida familiar y su imbricación en el orden social del México de los setenta del siglo pasado. Pero no es de la película de lo que quiero hablar sino de la polémica levantada a propósito del subtitulado de la misma en “español de España” para su exhibición en nuestro país, de modo que mientras escuchamos cosas como “la playa de Veracruz está bien fea”, leemos en los subtítulos: “la playa de Veracruz es fea”, más acorde a lo que diría un “español”, o alguien que se supone que habla un español “neutro”. Para adaptarse al gusto de aquí, “boleto” se convierte en “billete” en el subtítulo; “se ha enojado” en “se ha enfadado”, “ustedes” en “vosotros” y lo que ya es rizar el rizo: “mamá” en “madre”. Por si alguien no lo había entendido.

Las críticas han sido variadas y desde todos los frentes: el mismo Cuarón ha tachado la iniciativa de “parroquial ¿?, ignorante y ofensiva” y el escritor mexicano residente en Barcelona Jordi Soler dice que es un acto “paternalista, ofensivo y provinciano” y llega a decir que “no es para entender los diálogos; es para colonizarnos”. Hasta mi admirado Alex Grijelmo ha salido a la palestra opinando que la “traducción” (que no la transcripción) de los diálogos es innecesaria ya que el contexto y la fuerza analógica del idioma resuelven las dudas. Estoy de acuerdo: si una mujer dice “estar de encargo” por “estar embarazada” suele quedar explicado en el contexto, especialmente si se toca la pancha, lo cuenta como un problema y se ha visto acosada por el señorito. Con mayor motivo parece innecesario escribir “¡espera!” cuando se escucha “¡aguarda!”.

Creo, sin embargo, que se exagera. Que no hay motivo para rasgarse las vestiduras. Pienso que algunos (principalmente mexicanos) ven paternalismo, colonialismo y provincianismo donde solo hay un sentido práctico del uso de la lengua. Los subtítulos siguen las directrices de las distribuidoras y se atienen a los principios de claridad y economía en la exposición. Ningún diálogo, de ninguna película, se traduce o transcribe literalmente. Ocuparía mucho espacio de pantalla, quitando imagen, y no daría tiempo al espectador a leer todo en determinadas escenas. Por eso, atendiendo a la claridad y la economía, el “traductor” se debe esmerar en intentar poner el mensaje completo de la manera más clara y con un número reducido de palabras. Y si se trata de interpretar lo que dicen los personajes, ¿por qué habría que respetar todos los modismos que dificultan la comprensión del espectador?

Quizá el lector no sepa que cuando se dobla una película de Hollywood en nuestro idioma se suelen hacer dos versiones: la versión de “español sudamericano” (se ha conseguido hacer una jerga asumible para hablantes tan distintos como los puertorriqueños y los chilenos) y la de “español”, se entiende que el europeo peninsular y ni el español (a fuerza de costumbre) acepta de buen grado que Michael Caine hable en “argentino” porteño ni el argentino que hable “español” de Valladolid.

No conozco detalles de como el inglés ha solucionado el problema para que los personajes de Liverpool o Glasgow de Ken Loach sean entendidos en Oklahoma (si es que hay alguien allí interesado en hacerlo) o de si los londinenses pueden digerir los episodios de The Wire sin “traducción” alguna, pero sí conozco los detalles con los que se atendió a los asuntos lingüísticos en el rodaje de El señor de los anillos, en los que se puso mucha atención y cuidado.

Se desechó el acento americano como siempre que se trata de territorios de leyendas supuestamente ancestrales. Así, los Hobbits hablan con acento de Gloucestershire, dándoles un aire rústico e intemporal, respetando en el habla las diferencias de clase; en Gondor se habla con acento RP (inglés BBC) con un toque del norte de Inglaterra y en Rohan una mezcla de ambos. Y a los Orcos, se les confirió un acento “cokney” urbano, con una voz ronca, en un intento de reflejar su maldad. Para hacerse asesorar, los productores contrataron a Andrew Jack, un especialista en dialectos del inglés, filólogo, como lo era el mismo Tolkien.

Y todo el mundo parece que quedó tan contento: los de Iowa, los de Edimburgo y los de Perth. No hay nada como querer conformarse.

Román Rubio
Enero 2019




jueves, 3 de enero de 2019

POGRAMA, POGRAMA Y POGRAMA.


POGRAMA, POGRAMA Y POGRAMA.




Acabo de leer en Valencia Plaza una entrevista a Luis Santamaría, presidente de la gestora popular en la ciudad de València, o algo así. Supongo que será el candidato de los populares a la alcaldía de València. Por si gana (y todo es posible desde que conocemos el resultado en Andalucía), el líder anuncia sus propuestas, que, según declara en la entrevista, son:
“Recuperar la denominación en castellano de la ciudad”, permitiendo llamar “las cosas por su nombre, como hacen las personas de esta ciudad”. Para quienes no sean de por aquí, les aclararé que la denominación de la ciudad en castellano es “Valencia”, en tanto que en valenciano es “València”. Y eso es todo, amigos. El hecho de hacer de un acento (que no es ni siquiera tónico, y que solo sirve para marcar la calidad de la “e”) el plato fuerte de una candidatura no es ser populista, no; es lo siguiente: se trata de elevar el símbolo a categoría de fundamento. O, como decimos por aquí: “de forment, ni un grá”. En una ocasión, un conductor profesional me contó que tenía instrucciones de ir a Génova desde Barcelona con un autocar a recoger unos turistas del puerto. El hombre pasó la frontera con su vehículo vacío y siguió las indicaciones en la autopista a Genève (Ginebra). Al llegar a la ciudad suiza, el conductor (que no era un lince en geografía), tras admirar el géiser del centro del lago Leman, comprendió que allí no había ningún crucero ni siquiera puerto, y telefoneó a su jefe en Barcelona que le relató en catalán, castellano y francés la secuencia detallada de cómo debía morirse, además de cuándo podía pasar a recoger el finiquito. Se entiende que en el caso de Vitoria-Gasteiz, San Sebastián-Donostia o Amberes-Anvers-Antwerpen pueda adquirir relevancia este tipo de argumento, pero, seamos serios: ¿Alguien se puede llamar a engaño por el caso que nos ocupa?

Pero ¡ojo!, que el avispado “pepero” no quiere dejar escapar los votos de los valencianoparlantes, con lo que señala que se mantendrá también la forma valenciana: “Aquí cabemos todos, los valencianohablantes y los castellanohablantes, lo que no caben son las exclusiones”, aunque, en lo que se refiere a la denominación en valenciano, precisa: “se respetará la ortografía real, la que habla la gente, la que se enseña a los valencianos desde el siglo XIX en los cursos de Lo Rat Penat”. Y vuelve a meter la pata el prohombre valenciano. Señor Santamaría: la “gente” no “habla” ninguna ortografía. Ni la de Lo Rat Penat ni ninguna otra. Por la sencilla razón que la ortografía es “la parte de la gramática que se ocupa de dictar normas para la “escritura” de una lengua”. Resumiendo: que lo que quiere es quitar el acento de la “e” y que cada uno lo pronuncie como quiera. ¿De verdad alguien cree que el acento grave de la “e” es algo que quita o añade algo a la vida de ochocientos mil ciudadanos?

Después de confesarse escandalizado por el cuestionado aumento de delincuencia en barrios como Velluters, Cabanyal y Orriols sin hacer ningún tipo de autocrítica (¿quién se empeñó, empecinadamente, en derribar el barrio del Cabanyal, fomentando la creación de la Zona Cero?) promete “devolver a los vecinos los espacios urbanos que, como los jardines, se han convertido en supermercados de droga y son auténticos puntos negros de la ciudad”. ¿No le parece, señor lo que sea, un poquito exagerado? Yo recorro varias veces a la semana el Parque del Turia (jardín urbano por excelencia) y veo gente jugando al fútbol, rugby o baseball, ensayando bailes, entrenando perros, y a muchas familias, ciclistas, paseantes y runners, sobre todo runners (antes corredores), pero lo que es vendedores de drogas, nunca me he encontrado con ninguno, que yo haya podido apreciar, porque alguno habrá. Como supongo que habrá sastres, zapateros remendones o empleados de El Corte Inglés, y no veo a ninguno dando puntos con la aguja o poniendo tacones.

Y, por último, otro de los caballos de batalla de los del PP: “Vamos a aprobar una ordenanza que regule la movilidad de los valencianos sin criminalizar ningún tipo de vehículo y acabando con los atascos interminables en los que nos ha sumido el tripartito”. Y otra vez se le ve el plumero al lumbreras. Yo, los atascos no los veo por ningún lado. Ahora bien: en un momento de mi vida acepté que no podía ir a ponerle una vela a la Mare de Deu en coche. Y me acostumbré a ir caminando. Y no demonizo ningún vehículo. Tengo coche, bicicleta y bonobús. Y voy donde quiero y como quiero (o como más cómodo me resulta). Me falta el patinete, pero si se trata de dar por saco al susodicho y a sus palmeros, me compraré uno.

Román Rubio
Enero 2019









martes, 1 de enero de 2019

SOR PEDROCHE


SOR PEDROCHE




Habría que preguntar a Jesucristo si es lícito que la criatura de Vallecas se exponga año tras año en un balcón de cierta céntrica plaza madrileña a medianoche con una cantidad de tela cada vez más escueta y/o liviana y transparente, en pleno invierno mesetario. Ya saben: el de Nazaret era un maestro en salir airoso de las preguntas trampa a las que se veía sometido por los taimados fariseos, siempre prestos a cogerle en un renuncio. “¿Es lícito pagar impuestos a Roma?” Preguntaron los fariseos. Si el hijo del carpintero decía que no, se congraciaba con el pueblo judío (su pueblo), sometido por la colonización de Roma y se buscaba un lío con el centurión. Y si decía que sí, quedaba ante sus compatriotas como un pelota, indigno de liderar las aspiraciones nacionalistas de los de la estelada de los Magos de Oriente. Jesús, viendo la perfidia en la insidiosa pregunta, se salió por la tangente con aquello de: “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mateo 22.21), que no sé si es decir mucho o nada, pero sale del paso de maravilla.

El feminismo está dividido con el vestido de la Pedroche. Una parte (la parte farisea) sostiene que el hecho de que la descarada muchacha aparezca (semi)desnuda, año tras año, a la intemperie madrileña, luciendo sus bien definidos atributos junto al irrelevante tipo de turno con esmoquin es una vergüenza, un retroceso en la lucha por la liberación de la mujer que la hace merecedora de lapidación. Otra parte (la herodista) sostiene que no hay nada más feminista que ponerse (o quitarse) lo que a una le venga en gana, y que si a la joven presentadora le apetece (semi)desnudarse en mitad de la noche invernal y exhibirse de esa guisa en un balcón de la plaza del pueblo, ¿quién se puede arrogar la autoridad moral para reprobar tan animosa actitud? Como dijo el de Nazaret: “Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

Este año la Pedroche nos ha sorprendido con un simple bikini con motivos florales. El dos piezas llevaba cosidas a mano 250 flores de organza natural, lo que ha llevado a la diseñadora y su equipo más de 90 horas de trabajo. Y sí, claro: de nuevo se ha acusado de plagio a la autora de tan imaginativa equipación. Se parece más de lo que sería razonable a un descocado vestido de novia que Leaticia Casta lució en un desfile para Ives Saint Laurent en la colección primavera-verano de 1999, con su etérea colita de tul y todo.

Lo que sí es cierto es que el asunto ocupa espacio en la portada de los periódicos en sus ediciones digitales. Veamos:

El País: “Bikini de flores y tul: así es el esperado estilismo de Cristina Pedroche en las campanadas”, (Carlos Megía) y “Sus majestades Pedroche y Mota, Reyes indiscutibles de la Nochevieja”, (Sergio del Molino).
La Vanguardia: “’Una hada del bosque’ Cristina Pedroche deja sin palabras con su bikini de Nochevieja”, (Cristina Sierra) y “¿Podría ser acusado de plagio el vestido de Nochevieja de Cristina Pedroche?, (Sandra Arbat).
El Mundo: “Pedroche o el cansancio” (Luís Martínez) y “El bikini de flores que quemó la Nochevieja”, (Esther Mucientes).
ABC: “El vestido de Cristina Pedroche, de las trasparencias al carnaval”.

Me conformé con ver a la vallecana, ya que, dada la animada cháchara del personal con quien compartí cena y resopón, no escuché nada de lo que dijo ni de lo que se dijo de ella. Por lo que dice la prensa, vindicó (cómo no) su firme postura feminista —(sin especificar, eso sí, la facción)— y su inquebrantable apoyo a la causa del medio ambiente. Para ello, su vestido no solo era escueto, sino que las flores no eran reales sino de organza; y los brillos de los zapatos provenían de trozos de cristal de un par de botellas de Mahou rotas. Para que vean hasta donde llega el compromiso de la joven con el planeta.

Escribo esto mientras arranca en la tele el Concierto de Año Nuevo con la Marcha de Schönfeld desde la Sala Dorada de la Musikverein de Viena, adornada con unos cuantos miles de flores (estas sí, reales) cortadas de los jardines vieneses.

La de Vallecas se exhibe de nuevo (des)vestida en un balcón de Madrid y la Filarmónica de Viena se arranca con las marchas, polkas y valses vieneses que culminan con las desangeladas palmas de acompañamiento de millonarios japoneses. Acaba de empezar, sin sorpresas, 2019.


Román Rubio
Enero 2019









jueves, 27 de diciembre de 2018

PALABRA DEL AÑO


PALABRA DEL AÑO




Escrache (2013), selfi (2014), refugiado (2015), populismo (2016) y aporofobia (2017) han sido las palabras elegidas por Fundéu (Fundación del Español Urgente) como palabra del año desde que se empezó a hacerlo en el 1013. No se trata de que sean, necesariamente, palabras nuevas o calcos recién importados. Se trata de que sean voces que hayan irrumpido con fuerza en el año en el debate público en medios de comunicación y conversaciones privadas a lo largo y ancho del ámbito del español (España e Hispanoamérica) y que tengan cierto interés lingüístico que haya dado lugar a recomendaciones de uso por parte de esta institución de custodia del buen uso de la lengua.

Las candidatas para conseguir el galardón de “palabra del año” 2018 son: arancel, nacionalpopulismo, microplásticos, hibridar, VAR, procrastinar, mena, los nadie, micromachismo, descarbonizar, dataísmo y sobreturismo. 

Los temas sociales y ambientales son los que aportan mayor número de palabras: microplásticos, hibridar y descarbonizar se refieren a la preservación del medio ambiente y los nadie (personas invisibilizadas), mena (menores migrantes no acompañados), micromachismo (actos discriminatorios “de baja intensidad” contra la mujer) al tema social, siendo nacionalpopulismo la única proveniente del mundo de la política.

El VAR (Árbitro Asistente de Vídeo, en sus siglas en inglés) ha sido un fenómeno del año que no requiere explicación alguna. Es un acrónimo que ha entrado con una fuerza que solo el fútbol es capaz de otorgar. Pero hay dos palabras que quiero resaltar: La palabra procrastinar aparece en el diccionario de la RAE desde el siglo XVIII, pero ha sido este año cuando, por influencia del inglés (procrastinate), ha entrado con decisión en nuestro lenguaje cotidiano. Ayuda la rara formación y difícil pronunciación de la palabra (esa segunda “r”), lo que la hace objeto de innumerables consultas a la página de la RAE y de Fundéu, tanto por profesionales como por particulares. Significa aplazar, pero ¿quién va a decir algo sencillo y simple como “aplazar” cuando puede decir algo complicado de pronunciar y raro como “procrastinar”, con la pátina de persona culta que confiere su extravagante formación? Sería tan absurdo como llamar “ruido” a la “contaminación acústica”. La otra palabra a la que me quiero referir y a la que auguro un gran futuro es dataísmo. Intuyo que pronto estará en boca de todos, pues viene a reemplazar a la voz inglesa Big Data, de tan poca gracia en español y que se usa para significar el flujo de datos digitales.

Por su parte, el Institut d’Estudis Catalans (IEC) y la Universitat Pompeu i Fabra han dado también su lista de neologismos del año, que, en Cataluña, según los organismos citados, han sido: sororidad, épico/a, demofobia, techo de cristal, migrante, microplástico, criptomoneda, seriófilo, narcopiso y piso colmena. Por ese orden. Me gustaría resaltar de la lista catalana los hallazgos de seriófilo (persona adicta a las series de televisión) o demofobia (aversión a las fórmulas o actitudes democráticas) y la coincidencia de microplástico, con la lista de Fundéu. En cuanto a la primera de todas, sororidad (solidaridad entre mujeres), añadir que se forma con el prefijo latino soror (hermana) de la misma forma que fraternidad lo hace con frater (hermano) y que Miguel de Unamuno ya usara la palabra en La tía Tula, en el año 1921 y que se ha venido usando también en el inglés (sorority) para designar a las asociaciones o clubs de alumnas que se forman en las universidades americanas.

Microplásticos, procrastinar, dataísmo… Intuyo que entre esas tres palabras estará la del año 2018.


Román Rubio




martes, 18 de diciembre de 2018

¿ME HAS LLAMADO NEBULOSA?


¿ME HAS LLAMADO NEBULOSA?




En la última cumbre europea se produjo una situación insólita y algo absurda. Theresa May se dirigió al presidente de la Comisión Europea Jean-Claude Juncker y con gesto ofendido y desafiante le espetó: “¿Qué me has llamado? ¿Me has llamado nebulosa?”. El luxemburgués le contestó que ni hablar, que no iba dirigido a ella, sino a las conversaciones, etc., etc. El presidente holandés, cualquiera que sea su nombre, intervino para desactivar lo que parecía que podía terminar en una bronca de bar. Pero ¿qué clase de insulto es ese? ¿Nebulosa? ¿Cómo se puede ofender alguien a quién otro llama nebulosa, por muy Primera Ministra del Reino Unido que sea? Y, visto desde el otro punto de vista ¿por qué llamar a alguien nebulosa a un ser como May que más parece un personaje de comic que uno real? Merkel es (y parece) una persona real. May más bien se asemeja a un híbrido entre El Buitre Buitaker y la Castafiore de los tebeos de Tintin expuesta a dieta severa.
Eso ni son insultos ni son nada. Nebulosa, ¿adónde iremos a parar? Imaginen a nuestro ayatolá del insulto, el turolense colérico Jiménez Losantos en un entorno como el de la cumbre europea. Si a uno de sus enemigos íntimos (señor Zarzalejos) le llamó “sicario”, “necio”, “inútil, “calvorota”, “torgo”, “detritus”, “escobilla para los restos”, “melón”, “zote”, “embustero”, “traidor”, “falsario”, “miserable”, “pobre enfermo”,” despojo intelectual”…, (a menudo, varias cosas juntas) y sobre el Ministro de Exteriores del gobierno socialista de la época, señor Moratinos, regalaba los oídos de sus oyentes con frases como: “es la nada con sobrepeso”, “ el holograma obeso de Zapatero”,” una nada con colesterol y alopécico”…, podemos imaginar los epítetos que sacaría de la chistera era para referirse a la premier británica.

No hace falta ser tan sofisticado en el insulto como expresaban Quevedo y Góngora con sus celebradas puyas:

Yo te untaré mis obras con tocino 
porque no me las muerdas, Gongorilla, 
perro de los ingenios de Castilla, 
docto en pullas, cual mozo de camino; 
Apenas hombre, sacerdote indino, 
que aprendiste sin cristus la cartilla;

Ni tan disparatado e inofensivo como Haddock, y sus:  
“Ectoplasma”, “extracto de hidrocarburo”, “filoxera”, “Mussolini de carnaval”, “patata”.

Pero tampoco obliga nadie a ser tan soso como lo son algunos en el parlamento español, que se limitan a llamarse fascistas unos a otros, lo que además de aburrido es inexacto y devalúa la palabra fascista trivializando el significado y el significante del término.
Cuando el señor Tardá llama fascista a Rivera sabe que está diciendo una tontería. Para ganarse uno el apelativo tiene que cumplir unas condiciones que Rivera no cumple, ni de lejos. En primer lugar, un fascista expresa su exaltación firme y continuada a la patria, lo que sí que se puede achacar al dirigente de ciudadanos. A los de ERC también, claro, pero eso es otra historia. Además, habría de tener una disposición revolucionaria, expresar culto a la autoridad, aprobar, ejercer y promulgar el uso de la violencia para conseguir el poder, abogar por la militarización y el uso de la fuerza, tener la convicción de la primacía de la raza o grupo étnico, ejercer la adoración a un líder o caudillo, y oponerse ciegamente al comunismo y a las fórmulas democráticas convencionales. Eso es ser fascista, señor Tardá. Rivera no lo es. Usted tampoco, por mucho que le llamen así a veces a usted y a los suyos. Lo de golpista ya… Otro día, quizá, hablaremos de eso.

Román Rubio
Diciembre 2018



martes, 11 de diciembre de 2018

LOS OTROS


LOS OTROS




En ocasiones me he expresado aquí sobre lo cansino de determinadas controversias lingüísticas, en concreto acerca del supuesto agravio del denominado “masculino genérico” o “género no marcado”. Tengo que reconocer que, en muchos casos, yo también me he pasado a la tesis feminista de que el lenguaje tiende a producir cierta invisibilización de la mujer en el discurso y me he acostumbrado a decir “la jueza” y hasta “la fiscala” en vez de “la juez” o “la fiscal”, como era mi costumbre. Que estos cambios sirvan para algo, para mucho o para nada en el camino de consolidar la igualdad entre sexos es algo que no tengo muy claro. 
No me resulta natural, sin embargo, hacerme a la feminización de palabras como “la pilota”, “la perita”, "la conserja" o "la portavoza" y me resulta más amable decir “la piloto” o “la perito”, del mismo modo que adopté de buen grado “la doctora” y de manera mucho más reticente “la médica” (tratándose de la misma persona). Tampoco me he llegado a acostumbrar al trillado “los andaluces y las andaluzas” o “los trabajadores y las trabajadoras”, que no aportan nada a la forma inclusiva del masculino y que, en mi opinión, no hacen sino añadir prosa huera, aunque desde siempre hemos venido usando (y encontramos natural) el “señoras y señores” o “damas y caballeros”.

La determinación de delimitar el género con empecinamiento puede llevar a la tendencia opuesta: la de masculinizar los sustantivos inclusivos acabados en “a”, al modo de “mi dentisto es muy bueno, pero naba barato” o “Alberto, cuando se vino del pueblo, se hizo taxisto”.

Además, supone un esfuerzo a la hora de expresarse y puede llevar a situaciones curiosas y algo incongruentes. Vean si no: En el cuadernillo Ideas de El País del pasado domingo, la escritora Edurne Portela, en una columna en la que trata del advenimiento inesperado de Vox y sus previsibles desmanes, escribe la siguiente frase:

¿Cuántas nos hemos vuelto inquietas al pensar que esos votantes están entre nosotras?

¿Ven a lo que me refiero? La autora —por otra parte, una estupenda novelista según críticas de gentes fiables— rehuye el masculino genérico “cuántos” (que incluye hombres y mujeres) para usar el femenino, de forma explícita e intencionada. Nos imaginamos (porque así queda explicitado en el discurso) a muchas mujeres, inquietas y alarmadas porque “esos votantes” —y cambia de género para referirse a “los” votantes de Vox, (ellos sí, en masculino)—, anden por ahí mezclados con tantas mujeres de buena fe, otorgando al femenino la parte meliorativa y al masculino la peyorativa del discurso, en una pirueta de ética dudosa.
Vale; es cierto que el líder de la formación y el candidato por Andalucía eran (son) hombres, pero ¿no han visto en las imágenes de los mítines multitud de mujeres agitando banderas y coreando los eslóganes? ¿O soy el único que las vio? ¿O quizá no resulta inquietante el hecho de que esas votantes estén entre nosotros y nosotras?


Román Rubio
Diciembre 2018




domingo, 9 de diciembre de 2018

NI PERRO NI GATO (de aquella color)


NI PERRO NI GATO (de aquella color)

PETA (Personas por el Trato Ético de los Animales, en sus siglas en inglés) es una organización no gubernamental de carácter internacional cuyo cometido es la lucha contra el maltrato animal con la que coincido en la mayoría de sus postulados. Me horrorizo (como tú, lector) cuando veo las ocasionales imágenes de perros entrenados acosando y matando a pacíficos animales salvajes o cuando vemos reportajes sobre las condiciones de estabulación de animales de granja. No soy vegano, por lo que tengo que convivir con la contradicción ética de aceptar la cría estabulada de animales y la existencia de mataderos al tiempo que exijo que lo que se tenga que hacer se haga con el menor sufrimiento posible.
Los animalistas de PETA han dado otra vuelta de tuerca con una curiosa iniciativa: no solo hay que eliminar el sufrimiento animal, sino que hay que eliminarlo del lenguaje, cambiando toda suerte de refranes y dichos por otros más amables para con el mundo animal.  




“Kill two birds with one stone” (matar dos pájaros de una pedrada -de un tiro, en español-) se convierte en “Feed two birds with one scone” (alimentar dos pájaros con un bollo), y queda tan bonito. Además, “stone” rima con “scone”.
“Be the guinea pig” (ser conejillo de indias) se convierte en “Be the test tube” (ser tubo de ensayo, literalmente, en español)
“Beat a dead horse” (golpear a un caballo muerto) deviene “Feed a fed horse” (dar de comer a un caballo alimentado).
“Bring home the bacon” (traer el tocino a casa) proponen convertirlo en “Bring home the bagels” (traer las rosquillas “the bagels” a casa), expresión que los españoles no tendríamos que adaptar puesto que no solemos traer el tocino sino el pan para alimentar a la familia.
Por último, “Take the bull by the horns” (coger el toro por los cuernos) se convierte en el ambiguo mensaje de “Take the flower by the thorns” (coger la flor por las espinas) en un éticamente dudoso intento de transferir al humano el sufrimiento animal.

Una vez adaptadas las crueles expresiones, podemos ir buscando equivalentes a otros refranes propios del español. Por ejemplo: “Matar moscas a cañonazos” se puede convertir en “acariciar mosquitos con manoplas”, “matar el gusanillo” en algo como “dar de comer a la solitaria” y habrá también que corregir a Quevedo cuando decía aquello de: “Bermejo, ni perro ni gato de aquella color” por un más apañado: “Bermejo, al perro y al gato, favorecedor”.

Y una vez corregido el refranero, una vez limpiado este de cualquier matiz ofensivo para el animal, no sea que de manera inadvertida nos esté oyendo el perro hablar de él de manera irrespetuosa, vamos con la Constitución, tan denostada ella. Alex Grijelmo publicó en la edición digital del Día de la Constitución (un día antes al anuncio de la supresión en el texto de los términos disminuido y minusválido) unas observaciones sobre la posible y demandada corrección del texto para adaptarlo a una forma inclusiva más amable. Si la adaptación atendiera a la reclamación hasta sus penúltimas consecuencias, algunos artículos quedarían así:

Artículo 117:
“Los jueces y las juezas y los magistrados y las magistradas no podrán ser separados ni separadas, suspendidos ni suspendidas, trasladados ni trasladadas, jubilados ni jubiladas sino por alguna de las causas y con las garantías previstas en la ley”.
Y el 159:
“Los miembros y las miembros del Tribunal Constitucional deberán ser nombrados y nombradas entre magistrados y magistradas y fiscales y fiscalas, profesores y profesoras de Universidad, funcionarios y funcionarias públicos y públicas y abogadas y abogados, todos ellos y todas ellas juristas de reconocida competencia”.

Obsérvese que en el 159 se propone el término “las miembros” y no “las miembras”, como ha sido sugerido por algunas personas, como testimonio de que aún hay territorio más allá del Rubicón.

Román Rubio
Diciembre 2018