domingo, 31 de marzo de 2019

CONSTITUCIÓN


CONSTITUCIÓN




No me gustó la entrevista que Borrell dio a la cadena de televisión alemana en lengua inglesa Deutsche Welle News. El ministro, incómodo, se quitó el micrófono, se levantó y pidió que cesara la grabación a mitad. ¿La razón? Porque el entrevistador comenzó a interpelarle de manera torticera a propósito del procés. Y él, como ministro de Asuntos Exteriores de España está ahí para explicar, no para sentirse ofendido con las preguntas por poco amables que estas sean. El periodista, Tim Sebastian, curtido en la BBC y claramente convencido de las tesis independentistas, empieza preguntando por qué el gobierno permite la prisión preventiva a personas que no están condenadas y Borrell responde con tranquilidad que los jueces en este país son independientes. Cuando Borrell le dice que los independentistas podían haber presentado un plan para reformar la constitución como habían hecho los vascos en su momento, el periodista le interpeló diciendo que por qué no habían promovido ellos (el gobierno) la reforma de una constitución que, según el CIS, quiere el 70% de los españoles. Ahí el ministro no pudo más y se rebotó.

Lo cierto es, señor Borrell, que lo que dijo el periodista es verdad, aunque lo dijera de una manera tramposilla de la que se podría inferir que el setenta por ciento quiere plantear el asunto de la autodeterminación de las regiones y territorios de España, lo que es completamente falso. Y usted, señor ministro, está ahí para explicarlo, no para ofenderse. Eso (ofenderse) es lo que habría hecho yo o cualquier otro ciudadano de medio pelo, pero de usted esperábamos más, por muy impertinentes y tendenciosas que fueran las preguntas. Porque los otros (los que dan legitimidad a la proclamación de independencia) lo saben hacer muy bien.

He visto los resultados de la encuesta del CIS a los que se refiere el periodista sobre la reforma de la Constitución y he hecho mis propias pesquisas, que no tienen valor estadístico alguno pero que ustedes probablemente reconocerán y harán suyas.

Entre un círculo de amigos y conocidos que puede sumar la docena, dos (a favor del procés) querrían la reforma que contemplara el derecho a la autodeterminación, cuatro o cinco cuestionarían y someterían a referéndum la Corona y proclamarían la República Española, siete u ocho (todos los que se han pasado la vida votando a partidos como Izquierda Unida) ven urgente la reforma electoral que acabe con el eterno escarnio de la distribución territorial de los votos, y un par de ellos abrirían el melón para ver de cargarse las autonomías, derrochadoras ellas, además de desestructuradoras del territorio. Solo dos o tres (entre los que me incluyo) pensamos que en tiempos de tribulación no hay que hacer mudanza y que se si abre el debate se delimite el alcance con anterioridad en vez de lanzarse directos al precipicio sin que nadie empuje (especialidad española, como la tortilla de patatas).

 ¿Y creen ustedes que una reforma de la Constitución conformaría al personal? Bueno, solo a los que les solucionara el tema del “¿qué hay de lo mío?”, sin admitir (como parece ser común entre los españoles) que la Constitución necesita consenso, que consenso engloba “a todos” y que para conseguirlo hay que renunciar a vindicaciones propias en beneficio de las de otros. Y eso me parece que está muy lejos de la mentalidad del español. Incluyendo a mis amigos.


Román Rubio
Marzo 2019

jueves, 28 de marzo de 2019

LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO


LA MUERTE DESDE EL PRINCIPIO




Acabo de hojear la última novela de Antonio Muñoz Molina Tus pasos en la escalera. Casi siempre, cuando ojeo un libro, me suelo fijar en la primera frase. A veces (muy raramente) es suficiente para meterme en el relato. La de Muñoz Molina empieza así: “Me he instalado en esta ciudad para esperar en ella el fin del mundo”, y quedé atrapado. Se trata de Lisboa, lugar en el que el protagonista se instala a la espera de que se reúna con él su mujer tras cerrar una época de vida común en Nueva York marcada por la huella indeleble del 11-S.

El comienzo trajo a mi memoria otro principio, de otro autor. Paul Auster comienza Brooklyn Follies con la frase: “Estaba buscando un sitio tranquilo para morir. Alguien me recomendó Brooklyn, de manera que al día siguiente salí de Winchester y me fui para allá a reconocer el terreno” ¿Un sitio tranquilo para morir? ¿Brooklyn? Me resultó tan chocante la asociación que me atrapó de inmediato. No es que tenga gran conocimiento de ese lugar en el que solo he estado unas horas, pero la conjunción “Brooklyn-tranquilidad” me pareció a la vez disonante y arriesgada, y lo que venía después no defraudó las expectativas.

Las coincidencias (o divergencias) entre las dos ficciones van más allá: la historia de Auster termina exactamente el 11 de septiembre de 2011 en que el protagonista sale de su casa y ve las dos gigantescas columnas de humo que salían de Manhattan. El fin del mundo o comienzo de un orden nuevo de Auster es el comienzo de “otro” fin del mundo para Muñoz Molina: “En Siberia hay ahora mismo temperaturas de cuarenta grados. En Suecia el fuego alimentado por un calor inaudito arrasa los bosques que se extienden más allá del Círculo Polar Ártico. En California incendios que abarcan centenares de miles de hectáreas llevan ardiendo meses seguidos y reciben nombres propios, como los huracanes del Caribe”.

Muchas grandes novelas comienzan con la anticipación de la muerte, la propia o la de otros. El que se ha confirmado como comienzo de novela más famoso de todos los tiempos junto con el de “En un lugar de La Mancha…” de nuestro Quijote y el de “Todas las familias felices se parecen…” de Anna Karenina es aquel de “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo” con el que García Márquez subyuga al lector desde la primerísima sentencia de su Cien años de soledad. ¿Quién podría resistirse a seguir leyendo algo que comienza de esa manera?
 Otra historia suya, Crónica de una muerte anunciada, empieza: “El día que lo iban a matar, Santiago Nasar se levantó a las 5:30 de la mañana para esperar el buque en que llegaba el obispo”, sustrayendo de ese modo al lector de cualquier clase de duda o suspense a propósito del destino del protagonista, como queriendo decirnos: ¡Eh, que aquí no vamos de acertijos de si ha sido o no el mayordomo!

También Borges comenzó su relato El Aleph con la mención de la muerte de alguien a quien amó sin ser correspondido, resaltando la indiferencia del mundo hacia el duelo privado: “La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita.”

Ya ven, la adorada Beatriz Viterbo se muere en inmisericorde agonía y el mundo, indiferente, decide ese mismo día que hay que cambiar el cartel de cigarrillos de la Plaza Constitución. The Show Must Go On.


Román Rubio
Marzo 2019






 





viernes, 22 de marzo de 2019

CARTELES


CARTELES




No entiendo por qué no hay una ley que prohíba colgar cartelitos en los centros oficiales. Cualquier cartelito, todos los cartelitos. Por bienintencionado e incuestionable que pueda parecer el mensaje. Sea en tiempo electoral o fuera de él. Hoy es Torra con su Llibertat presos polítics i exiliats/ Free political prisoners and exiles, junto a un lazo blanco tachado en rojo en sustitución del amarillo en infantil jueguecito de cache-cache, quien toma las fachadas de los edificios públicos de la Generalitat de Cataluña como si fueran la fachada de su casa o su partido. Pues no, señor Torra, no es su casa ni la de su partido ni la solapa de su chaqueta. Es la casa (las casas) de todos los catalanes y un poco la de todos los españoles. Sí, la de Inés Arrimadas también. Y la de Borrell. Por mucha manía que usted les tenga. A continuación, el President, en una burda maniobra de legitimación de su jueguecito de carteles, añade el de Llibertat d’expresió, ¿Quién puede oponerse a tan consensuado principio de libertad? Nos toma por tontos, claro. ¿Aceptaría usted como llibertat d’expresió la leyenda Puigdemont traidor en caso de un —pongamos ayuntamiento— de mayoría de Ciudadanos? Está claro que el concepto llibertat d’expresió funciona mejor para nuestras proclamas que para las del otro.
 Lo mismo critiqué en este mimo blog en una ocasión en la que visité Madrid y vi en el balcón una enorme pancarta con la leyenda Welcome Refugees, en la ladina asunción de mi admirada Carmena de que quien criticara tal proclama se señalaría como recalcitrante malvado. Pues no, señora Carmena: se puede estar a favor de acoger a refugiados y a darles la bienvenida y al mismo tiempo en contra de que usted ponga en la fachada del Ayuntamiento (la casa de todos) el cartel, de la misma manera que puede uno lamentar que haya políticos catalanes presos y/o exiliados (o presos políticos, como quieran) y repudiar su fútil e insolente maniobra, señor Torra.
Y, atendiendo a la libertad de expresión, puestos a poner carteles, tengo algunas ideas:

Dios no existe.
Nadie podrá nunca demostrar lo contrario. Bueno, lo hizo Santo Tomás, pero de manera que algunos consideramos poco consistente.
Dios existe.
Lo mismo que la leyenda anterior. Nadie demostró jamás lo contrario.
(Ambos carteles se pueden poner, uno en Aldaya y otro en Alacuás o uno en Pinto y el otro en Valdemoro, o en Oviedo y Gijón, por ver de equilibrar).
Franco ha muerto.
Verdad que habría que recordar a quienes quieren sacarlo a pasear (para asustar) y a quienes quieren revivirlo (por nostalgia), lo que abarcaría, más o menos, a la totalidad de la población (de mayores de 50, claro)
Trabajo en Valencia. Respiro en Tuéjar.
Se pueden cambiar los nombres. Donde pone Tuéjar póngase Camporrobles o Montanejos, y donde pone Valencia escríbase Madrid o Barcelona. Se puede cambiar “respiro” por “vivo”, “disfruto”, etc. Leyenda muy común en los adhesivos de los coches de los años setenta y ochenta (costumbre lamentablemente perdida) que denotaba mucha clase y cosmopolitismo entre los que la exhibían.
Recoja la caca de su perro.
Muy útil. Sí, ya sé que es algo absurdo que los humanos recojan la caca de los perros y no la de otros humanos impedidos, pero ¿qué le vamos a hacer? Nos hace la vida más fácil a todos.
Forasteros al pilón.
Ya se sabe. Vienen con el prestigio de la novedad y obtienen los favores de las chicas más guapas del pueblo.
Que se mueran los feos. To er mundo es güeno. ¡Al suelo, coño! Que te Calles Karmele. ¡Vosotros, maristas, sois los terroristas! Prietas las nalgas (digo, las filas…).

Ya saben, la llibertat d’expresió da para mucho. Estas y otras muchas consignas podrían ocupar las fachadas de nuestros ayuntamientos y edificios oficiales para nuestro solaz y entretenimiento. Vayan añadiendo ustedes mismos sus favoritas, que hay libertad. Por ahora.


Román Rubio
Marzo 2019







jueves, 14 de marzo de 2019

LA TRIBU Y EL TERRITORIO


LA TRIBU Y EL TERRITORIO




Dice Netanyahu que “el Estado de Israel —y el territorio, se entiende— no pertenece a todo el mundo, sino solo al pueblo judío”. Con ello excluye a los árabes (que son la quinta parte de la población), y si tomamos la declaración al pie de la letra, a los cristianos, a los budistas y a los ateos. El mensaje es claro: podéis estar aquí, pero bajo la ley judía. Esto es nuestro.

Trump quiere levantar un muro en el sur de los EEUU para evitar la entrada de hispanos en el país, en el convencimiento de que el territorio les pertenece. ¿A quién?, pues a los blancos descendientes de los europeos, a ser posible wasps (blanco, anglosajón y protestante, en sus siglas en inglés). Haciendo manga ancha, habrá que admitir también a “otros” europeos de tribus cercanas como los irlandeses (católicos), italianos y otros dagoes (con reservas) y hasta (con aún más reservas) a los judíos.

En Crimea, la población —de mayoría rusa— no ha consentido en renunciar a sus rasgos tribales para integrarse en Ucrania, una vez desintegrada la Unión Soviética y, con la ayuda de Rusia, decidieron unirse a este país haciendo valer los lazos de sangre; y en los Balcanes ya sabemos lo que ocurrió: una vez debilitada Yugoslavia, los croatas, los serbios, bosnios, eslovenos y demás tribus decidieron apelar a sus ritos, lenguas, religiones, mitos y leyendas comunes y se dieron codazos hasta conseguir parcelar el territorio y poder decir: “esto es mío”.

La tribu demanda su suelo y no está dispuesta a compartirlo con quien no sea “uno de los nuestros”, entendiendo la tribu como “el conjunto culturalmente uniforme de familias con un antepasado común real o mítico que ocupa un territorio”.

En Cataluña, el apellido más corriente es García, seguido de Martínez, López, Sánchez, Rodríguez y Fernández. Si cogen al azar a 1000 personas de una calle catalana tendrán entre ellos a 23 García, 16 Martínez y 15 López.


Si tomamos, en cambio, las cabezas de listas de las candidaturas mayoritarias al gobierno del territorio en las últimas elecciones (diciembre, 2017), los nombres son: Puigdemont i Casamajó, Sánchez i Picanyol, Ponsatí Pubiols, Turull i Negre, Bevás i Castanyer y Rull i Andreu por Junts per Catalunya y Junqueras i Vies, Rovira i Vergés, Romeva i Rueda, Forcadell Lluís y Mundó Blanch por ER. Solo Sánchez aparece púdicamente semiescondido en la retahíla de nombres catalanes de pura cepa. Lo dicho: La tribu reclamando su territorio.

En Irlanda del Norte, los apellidos más comunes (según el banco de datos Eurostat) son: Wilson, Campbell, Kelly, Johnston, Morre y Thompson, todos 100% British; en tanto que en la República de Irlanda (la del Sur) son: Murphy, Kelly/ O’Kelly, Sullivan/ O’Sullivan, Walsh, O’Brien, O’Connor. Ya ven, esa plebe de tipos ruidosos y pendencieros que tienen muchos hijos pelirrojos jugando en la calle con los mocos colgando. Está claro que necesitan una frontera.

Estoy empezando a pensar que las cosas son así: que cada tribu reclama su territorio como los leones su territorio de caza. O el perro de mi vecina la esquina del chaflán.

Román Rubio
Marzo 2019


jueves, 7 de marzo de 2019

FILÍPICAS FILIPINAS


FILÍPICAS FILIPINAS




   El presidente Duterte de Filipinas quiere cambiar el nombre del país, Filipinas, por Maharlika, que hace referencia al pasado prehispánico del archipiélago. Con ello quiere borrar la huella colonial hispánica: El nombre de Filipinas se debe al explorador español Ruy López de Villalobos, que bautizó así a las islas en honor a Felipe II, entonces Príncipe de Asturias

   La huella colonial francesa del vecindario ya fue eliminada hace años cuando Indochina se convirtió en Vietnam, Laos, Camboya y Birmania, digo… Myanmar. Las Islas Cook, en el Pacífico, están también en trámites de cambio de nombre intentando dar un contenido maorí a la denominación, lejos de referencias coloniales, aunque su vicepresidente, Mark Brown, no parece tenerlo claro.  

   Otra herencia desgraciada parece ser la de Colón, de quien, más o menos, todo el mundo reniega. Hace poco que en Los Ángeles se retiró una estatua del personaje que “descubrió” América, un lugar que, según muchos blanquitos (y hasta negros) ciudadanos del lugar, no tenía ningún interés en ser descubierta. No sería de extrañar que la alcaldesa Colau propusiera la sustitución de la estatua del navegante y la plaza homónima barcelonesa por algún personaje de su agrado —al fin y al cabo, ya lo hizo a unos metros de allí sustituyendo “por facha” al Almirall Cervera (el de la Armada de Cuba) por el actor Pepe Rubianes, cuyo sustrato ideológico pasaba la prueba del algodón—. Al parecer, el almirante se hizo “facha” años antes del advenimiento del fascismo. También lo tiene a huevo Colombia que podría renegar de su pasado colonial (al menos en lo del nombre) y que mira con envidia a Bolivia, cuyos habitantes viven acogidos bajo el manto del Libertador (criollo descendiente de guipuzcoanos, eso sí, pero nadie es perfecto).

   Los cambios de nombre son cosa divertida. Yo todavía llamo Caudillo de cuando en cuando a la plaza principal de mi ciudad —que tiene el honroso nombre de Plaça del Ajuntament—, en parte por descuido o pereza y en parte por desvincular el significante del significado.

   Hay calles que tienen suerte con el nombre y otras que no, como las personas. En mi ciudad a la que yo conocí como Avenida de José Antonio se la había denominado antes Avenida 14 de abril y hoy se tiene que conformarse con el deshonroso Avinguda del Antic Regne de València. ¿Antic? ¿Por qué Antic y no Regne de València? Supongo que porque la timorata derecha local no quería molestar a la monarquía con algo que se saliera del “rey no hay más que uno”.

   La aburrida, por lo recta, Avenida del Puerto ha tenido suertes diversas. Fue Avenida de Lenin durante la República y se convirtió en Avenida del Doncel García Sanchiz en la Dictadura, aunque dudo que nadie, excepto los carteros, la llamara nunca así. ¿Que no saben quién fue tal doncel? Pues se trataba de un grumete muerto en el hundimiento del barco Baleares, en la Guerra Civil, hijo único de un tal Federico García Sanchiz, académico valenciano y de profesión “charlista” (mezcla de conferenciante y monologuista), modalidad muy popular en la época en la que el tal Federico parecía ser meritoria figura.

   El Paseo Blasco Ibáñez nació con el bonito nombre de Paseo al Mar, convertido en Paseo de la Unión Soviética durante la República y la Plaza de Cánovas fue la de la Generalitat Catalana en el periodo republicano (imaginen el pasmo que ocasionaría hoy tal nombre en ese sector de la población en el que usted y yo estamos pensando). Y mi favorita: la Gran Vía Marqués del Turia se llamó en el periodo republicano Gran Vía Buenaventura Durruti. “¿Quieres Marqués? Pues toma dos platos”.


Román Rubio
Marzo 2019

jueves, 28 de febrero de 2019

IRENE Y LOS FARISEOS


IRENE Y LOS FARISEOS




Irene Lozano ha estado en el candelero últimamente por razones varias. En primer lugar, por haber dado “forma literaria”, haber escrito, coescrito o haber hecho de “negra” en el libro de Pedro Sánchez Manual de resistencia. En él, además de colaborar con el diablo, cometió el gravísimo pecado de poner en boca de San Juan de la Cruz aquello de “como decíamos ayer”, cuando todo el mundo sabe que, de haberlo dicho alguien (lo cual no está del todo claro), fue Fray Luis de León. Demasiado para los fariseos, siempre prestos a rasgarse las vestiduras, aunque el error sea confundir a un fraile por otro, tan contemporáneos que hasta murieron en el mismo año (1591). Nada, en fin, que no pueda corregirse en la segunda edición.

Otra circunstancia por la que Irene Lozano se ha visto en la plaza pública atacada y denostada por los fariseos ha sido por una entrevista que, en condición de su cargo de secretaria de Estado de la España Global, o algo así, concedió a la cadena británica Sky News. Argumentaba la española en un estupendo inglés (que ya es más que de lo que la mayoría de quienes la critican pueden acreditar) que por muy democrático que sea el hecho de votar, en España (y en el resto de países del entorno -y esto es añadido mío-) hacerlo sin permiso y fuera de la cobertura del marco legal es delito. De la misma manera, añadió Lozano, que “el sexo está muy bien, pero hacerlo sin el permiso de la otra parte es delito y hasta violación”. El fariseo que la entrevistaba (británico él, que también los hay, y muchos, de aquella nacionalidad) se empeñó en afearle el hecho de que ella estaba “comparando” la ofensa de votar con la de la violación.

Alex Grijelmo, en su artículo de El País del domingo, lo explicó de manera certera. Claro que Irene Lozano comparó una cosa con otra, ¿y qué? Una cosa es “comparar” y otra “equiparar”. "Yo -dice Grijelmo- puedo 'comparar' el Burgos Club de fútbol con el Real Madrid, ¿por qué no? Ahora bien, la 'equiparación' sería una estupidez, aunque solo fuera por lo del presupuesto".

Los fariseos siempre están ojo avizor, revisando los textos con su lupa y sus orejeras bien ajustadas, para escandalizarse y tratar de confundir al personal haciendo ver que la velocidad y el tocino se asemejan (perdón por lo del tocino, que puede ofender a los musulmanes)

Los mensajes se simplifican hasta el término de consignas y en vez de ideas el personal parece moverse por signos y poses que adquieren la categoría de verdades incontestables, de modo que disfrazarse del Rey Baltasar pintándose la cara de negro es una ofensa racista y un chiste de mariquitas se convierte en una ofensa homófoba inaceptable. Mira por donde, El Titi, que vivió toda su vida contando chistes de esa clase era un homófobo impresentable, carne de hoguera de los inquisidores intérpretes de la doctrina sagrada de la modernidad.

El miedo a no traspasar la delgada capa de los fariseos (y las fariseas) es tan grande que he leído en algún sitio que la ceremonia de entrega de los Oscar de este año no ha encontrado un presentador que garantizara la “blancura” del humor. Parece que es difícil hoy abrir la boca en público sin ofender a alguien: a los negros a los enfermos, a los torpes, a los mansos de corazón o a los pobres de espíritu y decir que alguien o algo es un “cáncer” para la sociedad molesta a los enfermos de cáncer y sus familiares (como si no fuéramos todos miembros de ese colectivo) y estar “ciego” a la evidencia puede molestar a los invidentes. Eso sí; la subida al escenario habilita a cualquiera a soltar su mitin en defensa de esto y lo otro, venga o no a cuento.

Nunca he sentido gran simpatía por la figura de la cantante Alaska. No me ha gustado como cantante y su imagen me ha transmitido siempre más artificio que sustancia. Hasta hace unos días. Alguien le preguntó si había sido víctima de alguna agresión sexual. “No he tenido la oportunidad. Siempre he estado rodeada de maricones”, respondió la artista. En ese momento me conquistó y entré a formar parte de los fans de Alaska. Y nadie, por muy fariseo que sea, se atreverá a acusar a Alaska de homofobia. ¿O sí?

Román Rubio
Febrero 2018

viernes, 22 de febrero de 2019

LA HORA VIOLETA


LA HORA VIOLETA


   Acabo de leer uno de esos libros que uno leería de un tirón, pero lo hace poco a poco para que le dure más. Se trata de La hora violeta, de Sergio del Molino. Conozco al autor. Le he saludado un par de veces, le sigo de cuando en cuando en los medios -Onda Cero, El País, la SER…- en los que tanto se prodiga, y había leído con agrado otros libros suyos: La España vacía, Lugares fuera de sitio…, pero nunca me había atrevido con este. La primera vez que oí hablar del libro fue en el programa de La Ventana en el que le entrevistó Francino, hace ya algunos años. El tema me conmovió y me dije a mí mismo que iba a ser uno de esos libros que yo no leería jamás. Se trata del relato de la enfermedad y muerte de su hijo Pablo, a los dos o tres años de edad, como consecuencia de una leucemia. En el programa se habló de la circunstancia de que, así como existe la palabra viudo o viuda para designar a la persona a la que se le muere su cónyuge y huérfano/a para quien pierde a un padre o una madre, no existe palabra en español (ni en el resto de las lenguas conocidas por los intervinientes) para designar a quien pierde un hijo o una hija. Es como si ni siquiera el lenguaje, en sus siglos y siglos de evolución y desarrollo, hubiera podido inventar la palabra capaz de delimitar, significar o denotar el dolor e incoherencia que provoca tal subversión del orden natural de las cosas.

   Tenía miedo al libro. Temía adentrarme en el territorio de los monstruos. Como el propio autor explica con esa prosa sólida, precisa, rica e imaginativa que le es propia, es el miedo a introducirse en territorios o mares fuera de lo explorado, que en los mapas antiguos venían representados por monstruos, lugares situados más allá del miedo, fuera de los parámetros del temor, de la impiedad, del desconsuelo, vedados a tipos medrosos como yo y hasta a tipos corajudos como Colón y Magallanes: el demoledor cáncer infantil.

   Tenía otro prejuicio contra el libro. Algo en mí me decía que había algo de impúdico en mostrar uno sus sentimientos más íntimos, desgarradores y profundos. No el hecho de escribir esos sentimientos -que puede servir, y a muchos ha servido, como terapia para el alma- sino de exhibirlos. Era un asunto de alto riesgo solo apto para un maestro de la narración. Había muchas trampas: en manos de un prosista menos dotado o con una sensibilidad más burda podía convertirse en un panfleto lacrimógeno o, por el contrario, en un trivial librillo de frasecitas de autoayuda. ¡Era tan difícil contar lo que ocurre en el territorio de los monstruos sin caer en esos peligros! Del Molino consigue lo impensable: mantener el respeto y la ternura del lector hacia la persona que se va (nunca deja de usar su nombre: Pablo, huyendo de otras referencias como “niño” -y mucho menos cosas como “ángel”- que abaratarían todo) y hacernos compartir sus sentimientos de desesperación, miedo, ternura y amor sin caer en el devaluado melodrama. Un ejercicio extraordinario y contenido de escritura con las tripas y una apología a la maquinaria humana del sistema nacional de salud que lucha un día sí y otro también, todos los días del año, contra un enemigo poderoso al que a veces vencen y a veces no y contra su propio desánimo, al que vencen siempre.

   Magistral, emotivo y emocionante. Depurada literatura de los sentimientos. 

   Román Rubio Martínez
   Febrero 2019

domingo, 10 de febrero de 2019

PERMISO PARA NACER




PERMISO PARA NACER


En Rochester (Nueva York), Lian Murphy, de trece años, ha denunciado a sus padres en un tribunal de justicia por ser pelirrojo. El chico, hijo de padres bermejos, alega que estos  conocían la alta probabilidad de que heredara el ¿indeseable? rasgo. Como compensación a su vida de “dolor y sufrimiento” pide 2 millones de dólares a sus progenitores (electricista y peluquera de profesión).

En San Luis (Misuri), Anthony Dwight, de 17, ha denunciado a sus padres en los tribunales por… ser blanco. El joven dice haber sufrido toda su vida el oprobio de serlo. “De niño pasaba horas en la ducha tratando de quitarme el color de mi piel”. Su abogado alega que su cliente tiene síntomas depresivos y suicidas por lo que este llama “la carga del privilegio blanco” (the burden of white privilege). Éste pide a sus padres una compensación de (solo) 20.000 dólares para seguir un tratamiento de oscurecimiento de piel. 



                                         The Guardian. Martes, 5 Feb, 2019
¿Diste tu consentimiento para nacer? Por qué un hombre ha denunciado a sus padres por haber nacido.
Raphael Samuel, un antinatalista de 27 años de Bombay cree que fue una equivocación de su padre y su madre traerlo a este mundo sin su consentimiento.

Samuel: “Traer a un niño a este mundo, ¿no es un modo de secuestro y esclavitud?”

Nombre. Raphael Samuel.
Edad. 27 años.
Estado. Vivo y arrepentido de estarlo.
¿Por qué? Porque no pidió nacer.
Ni yo tampoco, vaya. No, pero tú, probablemente no estás planeando denunciar a tus padres por haberte traído al mundo.
Yo no. ¿Y él? Él dice que sí. De acuerdo con sus declaraciones, Samuel, de Bombay, es un ferviente antinatalista.
¡Vaya, hombre! Me debí perder esa clase también. El antinatalismo es un sistema de creencias que sostiene la inmoralidad de la procreación y afirma que se podría evitar una gran cantidad de sufrimiento humano simplemente con el hecho de no existir.
En todo caso, parece tratarse de una escuela filosófica con un número de miembros muy escaso ¿no? Se trata de un movimiento creciente, con adeptos en todo el mundo.
¿Cuándo dices “en todo el mundo” te refieres “en Facebook y en YouTube?” Sí, pero el antinatalismo tiene un pedigrí largo y respetado: algunas formas surgen en el seno del budismo y del cristianismo, y más de un filósofo ha alegado que el mejor desenlace para la humanidad sería su propia extinción.
Y todo ello lleva a la decisión de denunciar a los padres de uno por su nacimiento: Exacto: esa sería la singular aportación de Samuel al debate.
¿Cuál es su argumento, exactamente? “Quiero a mis padres”, afirma en Facebook “y tenemos una relación estupenda, pero ellos me concibieron por placer y diversión”
¡Cabronazos egoístas, eso es lo que son! Samuel parece creer que sus padres cometieron un error al tirar adelante y crearle sin su consentimiento.
Tampoco es que estuvieran en posición de preguntarle. Ni él de dar el permiso para nacer.
¿No podrían ellos buscar alguna clase de permiso retroactivo de su hijo? Él no parece dispuesto a llegar a un acuerdo. Y alega: “¿No se trata de forzar a un niño a venir a este mundo y obligarle, así,  a una trayectoria de secuestro y esclavitud?
Por una parte, me parece una completa estupidez. Por otra, mi yo de 15 años está con Samuel al 100%. Él también afirma: “La única razón por la que un chico se enfrenta a problemas es porque lo has concebido”.
Ay, Dios mío, ¿dónde estaba este tipo cuando suspendí el Selectivo? Aún no había nacido.
Diga: “Queridos papá y mamá, todo lo que soy y lo que llegaré a ser es gracias a vosotros. Nos vemos en los tribunales”.
No diga: “P.D. – No encuentro las toallas limpias”.

Traducido de The Guardian.

Román Rubio
Febrero 2019

miércoles, 6 de febrero de 2019

EL RELATOR


EL RELATOR




   En el último artículo me referí a la huella que las palabras mountain (montaña) y hill (colina) podían dejar en el ánimo colectivo de una pequeña localidad galesa que no se resignaba a que la pérfida Royal Geographic Society de Londres determinara que la altura más elevada de Gales, situada junto a su pueblo, fuera denominada “colina” a falta de unos pocos metros para adquirir el estatus de “montaña”.

   Ayer hablábamos de la diferencia entre patriota y nacionalista, negro y afroamericano y minusválido y discapacitado. Hoy tenemos una nueva joya: “relator”, el eufemismo del día. Ustedes conocen el contexto, pero yo, con su permiso, se lo voy a refrescar:

   1.- El gobierno de España necesita apoyo para aprobar los presupuestos. Además, había prometido diálogo.
   2.- Los partidos independentistas necesitan avances en el proceso de diálogo (negociación) sobre el tema de la autodeterminación (independencia), especialmente en estas fechas cercanas al juicio de sus líderes encarcelados. Y, sobre todo, necesitan -ante los suyos- no “otorgar” nada sin algo a cambio.
   3.- Para los independentistas es importante introducir en las conversaciones un “mediador”. Ayudaría a presentar el asunto en el ámbito internacional como discrepancias entre iguales y se lo anotaría como un éxito, tanto de cara afuera como entre sus votantes y seguidores.
   4.- El gobierno de España no puede admitir la figura de un “mediador” en lo que considera (según la Constitución vigente) una conversación entre el gobierno del Estado y el de una parte de ese mismo estado.
   6.- A los partidos independentistas catalanes les interesa, sobre todas las cosas, que este gobierno siga. Por dos razones: porque ha prometido una suculenta inyección de dinero a su territorio y porque si cae, la alternativa sería mucho peor para el país. Hacer caer al gobierno sería, pues, perjudicial para los intereses catalanes (y no sé si catalanistas).

   Con tal de desfacer el entuerto, alguien llegó con la brillante y vieja idea de cambiarlo todo para que todo siga igual: olvidémonos de un “mediador” y designemos a un “relator”, que viene a ser lo mismo que quitar a un negro para poner a un subsahariano o cambiar a un moro por un magrebí. De este modo, los independentistas salvan la cara ofreciendo la figura como mediador entre iguales en conflicto en la escena internacional (ya saben ustedes lo ambiguas que pueden ser a veces las traducciones) y así se lo venden a los suyos. El gobierno, por su parte, salva la suya por el hecho de que no han cedido nombrando ningún mediador, lo que sería humillante para un gobierno soberano.
   ¿Se dan cuenta del poder de la palabra? Pueden servir tanto para un roto como para un descosido. Ahora, bien, en política, lo que suma puede también restar. Los independentistas “no” han conseguido tener un “mediador” y el gobierno central se ha tenido que tragar un “relator”. Uno u otro lo pagará. Con “el relato”.


Román Rubio
Febrero 2019

miércoles, 30 de enero de 2019

VOX (Populi)


VOX (Populi)




Seguramente el nombre de Fynnon Garw no les dirá nada, con lo que les haré memoria: se trata del pequeño pueblo galés al que llegan dos cartógrafos del ejército británico (Hugh Grant y Ian McNeice, en pantalla) a medir el terreno y dan a los paisanos la noticia de que el monte que tienen junto al pueblo no llega a ser una montaña y se queda en la categoría de colina, ya que le falta unos metros para alcanzar los 1000 pies (305 metros) que la Royal Geografical Society determina como  necesarios.
Recordarán el desenlace: los ofendidos vecinos, espoleados por sus improvisados líderes (¿populistas?), el cura y el cantinero, se conminan a añadir un promontorio en la cima que elevara la cumbre por encima de los mil pies y conseguir así la categoría de montaña.
La película El inglés que subió una colina, pero bajó una montaña es una alegoría perfecta sobre la condición convencional del lenguaje. El monte es el mismo, pero su denominación depende de que usted y yo nos pongamos de acuerdo en cómo llamarle, y en el caso de la Geographical Society, son ellos (esa élite de ingleses arrogantes) los que lo deciden, para humillación de los buenos galeses.

En eso andaba yo pensando el otro día cuando escuché por la radio que en España hay un ministerio que se llama Ministerio para la Transición Ecológica. Nada menos. Y me preguntaba qué tenía de malo lo de Ministerio de Medio Ambiente, en mi opinión una denominación más completa, exacta y menos pretenciosa y amanerada. Me recordó aquello de cambiar el Ministerio de la Guerra por el de Defensa, aunque sea para atacar a “enemigos” como Irak.

Vivimos un momento en el que los símbolos y las convenciones parecen tan importantes o más que los propios hechos hasta el punto de que, según he leído en The Guardian, se acaban de publicar ediciones de Las aventuras de Tom Sawyer, de Mark Twain (para uso escolar, pero no solo), en que la palabra nigger (negro) ha sido sustituida por otras más blanditas, con connotaciones menos ofensivas para los oídos de hoy. No sé si son conscientes del hecho: Mark Twain era un individuo antirracista. En su vida real se significó por sus iniciativas a favor de la integración de los negros y de la mejora de sus condiciones de vida y sus novelas tienen el antirracismo en sus tesis, pero ¡ay, amigo!, le falla el lenguaje. Fue incapaz, al escribir sus libros, de adivinar que su lenguaje era políticamente incorrecto, aunque fuera un siglo antes de que apareciera, siquiera, el término.

En otros artículos me he referido al hecho de que patriota y nacionalista era exactamente lo mismo, visto desde un lado u otro de la frontera. Hoy me referiré al término populismo, que según la RAE no es sino una “Tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”, lo que, no sé a ustedes, pero a mí me suena una aceptable definición del concepto de democracia, ya que esta se basa en la hegemonía de la mayoría y las “clases populares” (y no las élites) son la mayoría, de momento. Pregunten, sin embargo, a sus conocidos por el significado de “populismo” y verán las variadas y pintorescas versiones que obtienen.
Y de populista se tacha a VOX. Correcto. Lo que no sé es si se trata de una descalificación o de un cumplido. Y a continuación se le tacha de “extrema derecha”, lo que no me parece ni exacto ni una buena denominación. Si “extremo” es lo más de lo más, ¿cómo llamar, pues, a los violentos? ¿Recuerdan a los seguidores de Blas Piñar?, ¿y a los que salen en mi ciudad (Valencia) en determinadas fechas a insultar y agredir a quiénes se manifiestan pacíficamente? ¿Qué son esos, “extremísima” derecha? Es lo que tienen los adjetivos, los cuantificadores y los otros. Quienes escribimos, ya sea de manera profesional o por afición, sabemos de lo tramposos que son y de la moderación y prudencia con que hay que usarlos. De otro modo, se corre el riesgo de trivializar y devaluar los términos, de vaciarlos de contenido.   


Román Rubio
Enero 2019





sábado, 19 de enero de 2019

LA REBELIÓN DE LOS PALETOS


LA REBELIÓN DE LOS PALETOS




Vale, el título es demasiado radical. Es una concesión al marketing. He observado que el número de lectores de este blog varía dependiendo del impacto del titular, de modo que haré como la Sexta: a partir de ahora “Niño muerde a perro” será la tónica que ha de llevar a este autor al buscado (y no encontrado) loor de multitud. Utilicé la expresión “rebelión de los paletos” hace poco en una conversación, de manera algo provocadora, refiriéndome a las revueltas de los chalecos amarillos en Francia. Un amigo se sintió algo ofendido por el hecho de que yo llamara “paletos” a quienes protestaban (¿protestan?) en Francia de manera violenta por algunas iniciativas gubernamentales (subida del precio del gasoil, entre otras). La protesta de mi amigo se debe a dos razones: la primera es el poso izquierdista. Es y ha sido simpatizante de la izquierda y hay una condescendencia atávica en la izquierda hacia la revuelta y el desorden callejero (kale borroka, CDR…), que tiende a verse como una expresión de la defensa de los derechos de un pueblo soberano e indómito contra las élites culturales y económicas. Más o menos, la continuación del esquema burguesía-proletariado y la dialéctica de la lucha de clases del marxismo. La segunda es la apreciación de muchos de que el pueblo (en una extrapolación roussoniana de la ética de lo individual a lo social) es por naturaleza, bueno; y sus dirigentes, malvados, como si “los dirigentes” (políticos y miembros destacados del establishment) no salieran del pueblo y fueran unos marcianos que algún ser perverso hubiera traído al lugar para regir los destinos de unos pobres corderitos que prefieren pagar sin factura para ahorrarse el IVA.

Los gilet jaunes no son de izquierdas ni de derechas, cosa que confunde a algunos que parecen no entender de qué van las cosas ahora en el mundo occidental: quieren medidas proteccionistas para preservar el modo de vida del mundo rural francés: que los productos de la campiña valgan lo que cuesta producirlos, lo que evitaría la despoblación de las provincias y la supervivencia de los paisanos (les paysans). Muchos de los votantes de Trump en EEUU (esos rednecks ignorantes, consumidores de hamburguesas triples, que gustan conducir camionetas con fusil bajo el asiento) fueron, en su momento, votantes demócratas y quieren lo mismo: han visto como las industrias han ido desapareciendo de muchas áreas del país, antes prósperas, para localizar la producción en lugares como China primero y luego Vietnam, India o Bangladesh, trayendo a los EEUU el paro (poco) y la despoblación de algunas áreas (la ciudad de Detroit ha pasado de 1.850.000 habitantes en los años 50 a 700.000 gracias a la “deslocalización” de la industria del automóvil). Los británicos que apoyaron al Brexit provienen mayoritariamente de los condados rurales y forman una masa de shopkeepers (tenderos, como Thatcher), labourers (fontaneros y granjeros) y gentry (terratenientes de Land Rover y wellingtons -botas de agua verdes hasta la rodilla-) y quieren la misma cosa: salir de la UE para controlar ellos mismos la política migratoria y la localización de sus empresas sin pecaminosa intromisión extranjera. Todos buscando lo mismo: el fortalecimiento de la tribu, en el convencimiento de que viviendo dentro del muro se preservan las esencias y el mundo es mejor. Los pagesos y los botiguers constituyen un corpus muy importante en el procés de desvinculación de Cataluña Y Vox ha venido a afirmar sin pudor las “esencias españolas” que parecen ser (o así lo son para ellos) la vida campera, los toros, la caza, la Semana Santa y olé. Todo por la tribu.

No soy profeta y no sé, por tanto, el recorrido que tiene esta tendencia, pero tengo la sensación de que es largo y profundo. Tampoco sé si será bueno ni malo, ni para quién. Lo que sí sé es que cada año, gracias a la competencia “desleal” de la deslocalización, millones de personas en India Vietnam o Bangladesh salen de la pobreza y que 300€ al mes de salario, que para algunos significa semiesclavitud, es, para otros, la diferencia entre comer o no comer, ir o no poder ir al médico. Y quiero recordarles a todos los gilets jaunes del mundo que en mi infancia salían las mujeres de la pobre España a recoger dinero en unas huchas para que comieran “los chinitos”, los mismos que ahora tratan de comer sin pedir, solo fabricando chalecos de obligatorio porte en el coche.


Román Rubio

jueves, 10 de enero de 2019

ROMA


ROMA




No he visto la película Roma del mejicano Alfonso Cuarón. Por un motivo muy simple: no estoy abonado a Netflix, aunque como lector de prensa que soy, tengo la suficiente información de la misma para saber que está rodada en blanco y negro y trata, a través del día a día, de una familia, de las especiales relaciones personales y de clase entre hombres y mujeres, señores y criados (y señoras y criadas) y sus roles prácticos y afectivos en el desarrollo de la vida familiar y su imbricación en el orden social del México de los setenta del siglo pasado. Pero no es de la película de lo que quiero hablar sino de la polémica levantada a propósito del subtitulado de la misma en “español de España” para su exhibición en nuestro país, de modo que mientras escuchamos cosas como “la playa de Veracruz está bien fea”, leemos en los subtítulos: “la playa de Veracruz es fea”, más acorde a lo que diría un “español”, o alguien que se supone que habla un español “neutro”. Para adaptarse al gusto de aquí, “boleto” se convierte en “billete” en el subtítulo; “se ha enojado” en “se ha enfadado”, “ustedes” en “vosotros” y lo que ya es rizar el rizo: “mamá” en “madre”. Por si alguien no lo había entendido.

Las críticas han sido variadas y desde todos los frentes: el mismo Cuarón ha tachado la iniciativa de “parroquial ¿?, ignorante y ofensiva” y el escritor mexicano residente en Barcelona Jordi Soler dice que es un acto “paternalista, ofensivo y provinciano” y llega a decir que “no es para entender los diálogos; es para colonizarnos”. Hasta mi admirado Alex Grijelmo ha salido a la palestra opinando que la “traducción” (que no la transcripción) de los diálogos es innecesaria ya que el contexto y la fuerza analógica del idioma resuelven las dudas. Estoy de acuerdo: si una mujer dice “estar de encargo” por “estar embarazada” suele quedar explicado en el contexto, especialmente si se toca la pancha, lo cuenta como un problema y se ha visto acosada por el señorito. Con mayor motivo parece innecesario escribir “¡espera!” cuando se escucha “¡aguarda!”.

Creo, sin embargo, que se exagera. Que no hay motivo para rasgarse las vestiduras. Pienso que algunos (principalmente mexicanos) ven paternalismo, colonialismo y provincianismo donde solo hay un sentido práctico del uso de la lengua. Los subtítulos siguen las directrices de las distribuidoras y se atienen a los principios de claridad y economía en la exposición. Ningún diálogo, de ninguna película, se traduce o transcribe literalmente. Ocuparía mucho espacio de pantalla, quitando imagen, y no daría tiempo al espectador a leer todo en determinadas escenas. Por eso, atendiendo a la claridad y la economía, el “traductor” se debe esmerar en intentar poner el mensaje completo de la manera más clara y con un número reducido de palabras. Y si se trata de interpretar lo que dicen los personajes, ¿por qué habría que respetar todos los modismos que dificultan la comprensión del espectador?

Quizá el lector no sepa que cuando se dobla una película de Hollywood en nuestro idioma se suelen hacer dos versiones: la versión de “español sudamericano” (se ha conseguido hacer una jerga asumible para hablantes tan distintos como los puertorriqueños y los chilenos) y la de “español”, se entiende que el europeo peninsular y ni el español (a fuerza de costumbre) acepta de buen grado que Michael Caine hable en “argentino” porteño ni el argentino que hable “español” de Valladolid.

No conozco detalles de como el inglés ha solucionado el problema para que los personajes de Liverpool o Glasgow de Ken Loach sean entendidos en Oklahoma (si es que hay alguien allí interesado en hacerlo) o de si los londinenses pueden digerir los episodios de The Wire sin “traducción” alguna, pero sí conozco los detalles con los que se atendió a los asuntos lingüísticos en el rodaje de El señor de los anillos, en los que se puso mucha atención y cuidado.

Se desechó el acento americano como siempre que se trata de territorios de leyendas supuestamente ancestrales. Así, los Hobbits hablan con acento de Gloucestershire, dándoles un aire rústico e intemporal, respetando en el habla las diferencias de clase; en Gondor se habla con acento RP (inglés BBC) con un toque del norte de Inglaterra y en Rohan una mezcla de ambos. Y a los Orcos, se les confirió un acento “cokney” urbano, con una voz ronca, en un intento de reflejar su maldad. Para hacerse asesorar, los productores contrataron a Andrew Jack, un especialista en dialectos del inglés, filólogo, como lo era el mismo Tolkien.

Y todo el mundo parece que quedó tan contento: los de Iowa, los de Edimburgo y los de Perth. No hay nada como querer conformarse.

Román Rubio
Enero 2019




jueves, 3 de enero de 2019

POGRAMA, POGRAMA Y POGRAMA.


POGRAMA, POGRAMA Y POGRAMA.




Acabo de leer en Valencia Plaza una entrevista a Luis Santamaría, presidente de la gestora popular en la ciudad de València, o algo así. Supongo que será el candidato de los populares a la alcaldía de València. Por si gana (y todo es posible desde que conocemos el resultado en Andalucía), el líder anuncia sus propuestas, que, según declara en la entrevista, son:
“Recuperar la denominación en castellano de la ciudad”, permitiendo llamar “las cosas por su nombre, como hacen las personas de esta ciudad”. Para quienes no sean de por aquí, les aclararé que la denominación de la ciudad en castellano es “Valencia”, en tanto que en valenciano es “València”. Y eso es todo, amigos. El hecho de hacer de un acento (que no es ni siquiera tónico, y que solo sirve para marcar la calidad de la “e”) el plato fuerte de una candidatura no es ser populista, no; es lo siguiente: se trata de elevar el símbolo a categoría de fundamento. O, como decimos por aquí: “de forment, ni un grá”. En una ocasión, un conductor profesional me contó que tenía instrucciones de ir a Génova desde Barcelona con un autocar a recoger unos turistas del puerto. El hombre pasó la frontera con su vehículo vacío y siguió las indicaciones en la autopista a Genève (Ginebra). Al llegar a la ciudad suiza, el conductor (que no era un lince en geografía), tras admirar el géiser del centro del lago Leman, comprendió que allí no había ningún crucero ni siquiera puerto, y telefoneó a su jefe en Barcelona que le relató en catalán, castellano y francés la secuencia detallada de cómo debía morirse, además de cuándo podía pasar a recoger el finiquito. Se entiende que en el caso de Vitoria-Gasteiz, San Sebastián-Donostia o Amberes-Anvers-Antwerpen pueda adquirir relevancia este tipo de argumento, pero, seamos serios: ¿Alguien se puede llamar a engaño por el caso que nos ocupa?

Pero ¡ojo!, que el avispado “pepero” no quiere dejar escapar los votos de los valencianoparlantes, con lo que señala que se mantendrá también la forma valenciana: “Aquí cabemos todos, los valencianohablantes y los castellanohablantes, lo que no caben son las exclusiones”, aunque, en lo que se refiere a la denominación en valenciano, precisa: “se respetará la ortografía real, la que habla la gente, la que se enseña a los valencianos desde el siglo XIX en los cursos de Lo Rat Penat”. Y vuelve a meter la pata el prohombre valenciano. Señor Santamaría: la “gente” no “habla” ninguna ortografía. Ni la de Lo Rat Penat ni ninguna otra. Por la sencilla razón que la ortografía es “la parte de la gramática que se ocupa de dictar normas para la “escritura” de una lengua”. Resumiendo: que lo que quiere es quitar el acento de la “e” y que cada uno lo pronuncie como quiera. ¿De verdad alguien cree que el acento grave de la “e” es algo que quita o añade algo a la vida de ochocientos mil ciudadanos?

Después de confesarse escandalizado por el cuestionado aumento de delincuencia en barrios como Velluters, Cabanyal y Orriols sin hacer ningún tipo de autocrítica (¿quién se empeñó, empecinadamente, en derribar el barrio del Cabanyal, fomentando la creación de la Zona Cero?) promete “devolver a los vecinos los espacios urbanos que, como los jardines, se han convertido en supermercados de droga y son auténticos puntos negros de la ciudad”. ¿No le parece, señor lo que sea, un poquito exagerado? Yo recorro varias veces a la semana el Parque del Turia (jardín urbano por excelencia) y veo gente jugando al fútbol, rugby o baseball, ensayando bailes, entrenando perros, y a muchas familias, ciclistas, paseantes y runners, sobre todo runners (antes corredores), pero lo que es vendedores de drogas, nunca me he encontrado con ninguno, que yo haya podido apreciar, porque alguno habrá. Como supongo que habrá sastres, zapateros remendones o empleados de El Corte Inglés, y no veo a ninguno dando puntos con la aguja o poniendo tacones.

Y, por último, otro de los caballos de batalla de los del PP: “Vamos a aprobar una ordenanza que regule la movilidad de los valencianos sin criminalizar ningún tipo de vehículo y acabando con los atascos interminables en los que nos ha sumido el tripartito”. Y otra vez se le ve el plumero al lumbreras. Yo, los atascos no los veo por ningún lado. Ahora bien: en un momento de mi vida acepté que no podía ir a ponerle una vela a la Mare de Deu en coche. Y me acostumbré a ir caminando. Y no demonizo ningún vehículo. Tengo coche, bicicleta y bonobús. Y voy donde quiero y como quiero (o como más cómodo me resulta). Me falta el patinete, pero si se trata de dar por saco al susodicho y a sus palmeros, me compraré uno.

Román Rubio
Enero 2019