INFAMIA
En 1934 se editó en Buenos Aires el libro Historia universal de la infamia, una colección de relatos que un joven Jorge Luís Borges había publicado por separado en el diario Crítica. Hubo una reedición del libro en 1954 en la que el mismo Borges se distancia en el prólogo señalando cierto barroquismo y de tratarse de “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”, algunas tan jugosas y sorprendentes como la de El impostor inverosímil Tom Castro, el marino hijo de un carnicero londinense que se hizo pasar por un aristócrata inglés desaparecido en el mar o la archiconocida historia de Bill Harrigan, conocido como Billy el Niño, muerto a tiros a los 21 años por el sheriff Pat Garret y al que se le imputaban 21 muertes —“sin contar mejicanos”.
Claro, que Borges trata la acepción de la palabra que según el diccionario de la RAE es “maldad o vileza en cualquier línea” —antónimo de bondad— y evita la primera acepción, que es: “descrédito, deshonra” —antónimo de “nobleza, honor—. Y ahí es donde algunos personajes de nuestro tiempo podrían llenar unas cuantas páginas.
Infamia es lo de la opositora al régimen chavista venezolano María Corina Machado, que tras haber recibido el premio Nobel de la Paz en Oslo no tardó ni un mes en ir a Washington a ofrecerle el premio al emperador, tan pronto como se enteró que el matón no había pensado en ella para dirigir su propio país, humillando así a su persona, a su país y al jurado que la honró.
Infamia es la reunión que tuvo lugar en Washington hace unos meses cuando Macron, Starmer, Merz, Meloni (¡ayyy, Meloni!), Von der Pony y el innombrable Secretario General de la OTAN (con la digna ausencia del denostado inquilino de la Moncloa) se sentaron en el despacho oval frente a la mesa del amo a escuchar sus admoniciones y reprimendas. (Salvo a Zelenski del oprobio, puesto que el hombre no tenía —ni tiene— opción sino arrodillarse).
¡Ay si De Gaulle levantara la cabeza! Él, que inició su política de “grandeur” fomentando la independencia de Francia liberándola de las bases norteamericanas, saliendo de la OTAN e iniciando el programa nuclear, posicionándose contra la intervención en Vietnam, la hegemonía del dólar y cualquier concesión a la pleitesía.
¿Y Mitterrand? ¿Se imaginan al zorro socialista sentado junto a cinco o seis ganapanes pedigüeños, genuflexos y dóciles corderillos humillándose y humillando a Francia frente a un matón?
Hasta el florentino Dominique de Villepin, bajo el paraguas de Chirac, tuvo las agallas de enfrentarse al entonces emperador Bush (un angelito comparado con el presente) por la vergonzante invasión de Irak, que de manera tan servil defendieron Aznar y su peón, Ana Palacios, en su bochornosa y humillante intervención ante el Consejo de Seguridad de la ONU.
Se creen los aduladores que con la estrategia del apaciguamiento y la sumisión se ganan la benevolencia del jefe, pero esto no es así. El tirano, en su sadismo ególatra, desprecia la debilidad y castiga con más saña al que se humilla.
Infamia es lo de la Presidenta de Extremadura cuando, tras el robo en una oficina de Correos en la que había un centenar de votos por correo sugiere que la culpa es del Gobierno de la nación que trata de intervenir en el resultado de unas elecciones que ganó. Imaginen lo que habría dicho si las hubiera perdido.
Infamia es lo de Vox, que tras la tragedia de Adamuz salen a la palestra declarando que el transporte en España “ya” no es seguro (pongan atención a ese “ya”), aprovechando que aún había cuerpos entre el amasijo de hierros para meter el miedo en los españoles (ellos, tan patriotas) y de paso sugerir que esto es lo que pasa con Sánchez en el Gobierno, olvidando quién gobernaba cuando lo de Santiago de Compostela o el metro de Valencia.
Infamias de seres infames, o más bien infamillos, que no dan ni para un librico, ni de Borges ni mío ni de usted.
Román Rubio
Enero, 2026
