lunes, 28 de agosto de 2017

DEPILARSE LAS CEJAS

DEPILARSE LAS CEJAS

La predicadora islámica de Sidney Umm Jamaal ud-Din,  también conocida como Mouna Park, les recordó a sus seguidoras no hace mucho que depilarse las cejas es pecado, contraviene los preceptos del islam y “provoca la ira de Alá”, lo que hace pensar, en primer lugar, qué clase de Dios es ese que se enfada por el hecho de que las mujeres se depilen las cejas y las axilas o intervenga en debates sobre pantalones acampanados o de pitillo y otros jugosos dilemas propios de territorio Vogue. Este tipo de argumentos de “humanización de la deidad” no hacen sino devaluar la idea de un Dios creador del universo, paradójicamente omnipotente y tan atento a los detalles que coge berrinches cuando las mujeres se depilan esto y lo otro, lo que explica que ande siempre enfadado y presto a mostrar su ira ante el espectáculo veraniego de cualquier playa mediterránea.
Lo de la omnipotencia divina es una de las grandes paradojas de la religión monoteísta y lo de la relación del Dios con sus adoradores, otra. No hace mucho que en Madeira, en el transcurso de una romería al santuario de Nuestra Señora del Monte, en el momento de mayor fervor religioso, la caída de un roble centenario sobre la multitud provocó 14 muertes y 49 heridos, algunos de gravedad. El enorme árbol, que había permanecido erecto durante dos siglos aprovechó el momento en que miles de personas fueron a adorar a su dios para caerse provocando un desastre similar al de La Rambla. Explíquenme eso.
Pero no es la omnipotencia divina el tema de hoy. La predicadora islámica, al igual que innumerables imanes, sacerdotes, pastores, rabinos y creyentes en general creen saber “lo que ofende a Dios”. Es más, asumen que Dios es “ofendible” atribuyendo así a la deidad cualidades humanas del mismo modo que La Fontaine o Samaniego lo hacían con las ranas y los burros. De ahí, el culto; que es la asunción de que Dios se sentirá halagado con el hecho de la adoración (y de la oración), como si de verdad al Creador le importara un bledo el hecho de ser adorado, como importa a los dictadorzuelos. En su delirio oratorio hay quien pide hasta que gane su equipo poniendo a Dios en un aprieto puesto que, para que gane el Celta tiene que hacer perder al pobre Levante, condenando a sus seguidores (menos rezadores ellos) a la miseria.

Cuando los americanos entraron en Bagdad, en su torpeza infinita, televisaron en directo el patético derribo de una de las numerosas estatuas de Sadam Hussein que se resistía a caer. En mi país vivimos hace ya unas décadas  la retirada de las figuras del General Franco de pueblos y ciudades, al tiempo que desaparecían plazas del Caudillo y avenidas del Generalísimo de todos y cada uno de los municipios de España. Aún hoy quedan estatuas y retratos murales de Lenin en muchos rincones del planeta soviético y las imágenes de Kim Jong-un y su dinastía dominan el paisaje urbano y rural de Corea del Norte. El líder, en un curioso rasgo humano de enfermiza autocomplacencia, parece que llega a creerse su condición de mito superior y el pueblo, en otro rasgo de ridícula, cuando no interesada y servil egolatría, se muestra dispuesto a otorgarle el estatus.

Y no sólo de dioses y de dictadores vive el hombre: de manera más doméstica, tiende a “humanizar” o “personificar” a los seres animados y hasta inanimados que le rodean. Pensemos en las mascotas: las populares, entrañables e inocentes  mascotas. El occidental civilizado provee a gatos y perros de asistencia médica (veterinaria) tan completa como la humana (más, puesto que incluye la piadosa eutanasia), confina al animal en una vivienda climatizada, restringe o anula  la relación del chucho con sus iguales a fuerza de estirones de la correa, le castra o esteriliza por su propio supuesto bienestar, le lleva a la peluquería y salón de belleza para que, entre otras actuaciones, le corten las uñas para mejor preservar tapizados y cortinas y contrata Netflix pensando en el solaz y regocijo del animal en esas entretenidas tardes en el salón viendo Juego de Tronos en compañía de su señor y su hueso favorito. Y a eso, al confort humano, le llaman bienestar, con la arrogancia de quien cree saber lo que hace “feliz” al animal, dando por sentado que el concepto de “felicidad” tiene sentido en el mundo de los de cuatro patas y que el chucho, si se le pregunta, vendería su libertad por la castración, la calefacción central y un plato de comida.

Solo el enfermizo afán del hombre por agradar da lugar al origen de la adoración del líder y al culto a los dioses y solo su petulancia  le hace arrogarse el conocimiento de  la naturaleza de la “felicidad animal” y hasta de la complacencia divina. Y eso que muchos de ellos necesitan de fármacos para llegar a manejar su propia felicidad. Pronto (si no está ocurriendo ya) se los administrarán a sus pobres y muy confortables  mascotas, que se verán atestadas de prozacs, trankimacines y orfidales. Al tiempo.


Román Rubio
Agosto 2017

martes, 22 de agosto de 2017

CARGAR CON EL MOCHUELO

CARGAR CON EL MOCHUELO

Recuerdo la escena de una película española de los primeros setenta en que un ministro del gobierno de España (Arturo Fernández, en la pantalla), con el objeto de tener tiempo libre, contrata los servicios de un tipo idéntico a él para que le suplantara en determinados actos y por un periodo establecido. El doble, un tipo simpático y golfo, en su primera intervención como ministro, despacha unos asuntos en el sillón ministerial y entonces pronuncia la única frase que recuerdo del film: “llevo unos minutos en este sillón y ya me cuesta levantarme”

El ejercicio de la política, y por ende de los cargos públicos, tiene, sin duda, enormes compensaciones personales. En la vida del político que accede a altos cargos siempre hay  una tormentosa noche en la que suscribe un pacto con el diablo: tendrá todo lo que un humano puede desear de sus semejantes al tiempo que se expone a la más dura de las caídas, al desprecio y la humillación absoluta, cosa que ocurre a menudo –sino que se lo pregunten a Rato o Rita-. Las condiciones, aunque parezcan leoninas, deben de ser ventajosas dado el denuedo que todos ponen en conseguir e cargo y  perpetuarse en él.
A menudo, el estatus conlleva sinsabores importantes, como el que estos días está, sin duda, viviendo Ada Colau, la alcaldesa de Barcelona, objeto de un pertinaz ataque en las redes por no haber instalado bolardos en la cabecera del boulevard de Las Ramblas, lugar por donde entró la furgoneta asesina. Si bien la culpa, para gran parte de la horda españolista –pintorescos curas incluidos-, ha sido de Alá y sus secuaces, la responsabilidad por los muertos hay que otorgarla, en primer lugar, al inane podemismo buenista y en segundo lugar, al separatismo pérfido y desagradecido. La alcaldesa Colau, en su buenismo podemista y progre de “to er mundo es güeno” habría sido, en parte, responsable del atentado. ¿Y qué tiene que ver el suceso con el separatismo catalán?, dirán ustedes: pues para los susodichos, el hecho de no instalar las defensas responde a una situación de desobediencia civil, al haber sido recomendado por un organismo del gobierno central –el Ministerio del Interior, si no recuerdo mal-. Al parecer, en unas recomendaciones de Interior sobre protección civil, había una serie de lugares, fechas y acontecimientos, que, por lo icónicos y concurridos eran susceptibles de sufrir atentados  terroristas.
Como ha explicado la alcaldesa, la junta de seguridad municipal, en su momento, no consideró  instalar bolardos en ese punto por la sencilla razón de que el vehículo asesino podría haber entrado al boulevard por cualquiera de los dos lados o en las aceras laterales. Supongamos que La Rambla estuviera lo suficientemente protegida por bolardos y pesados maceteros. El conductor asesino elegiría, como es natural, cualquier otra acera, paseo, verbena o carrera popular que viniera a mano. A no ser, claro está, que las ciudades se convirtieran en gigantescos bolardos. ¿Es tan difícil aceptar el hecho de que la seguridad total es imposible cuando se trata de protegerse de alguien que quiere hacer daño sin importarle su propia muerte? ¿Llegará el día que tengamos que pasar un escáner y ser cacheados para que se nos permita el acceso al Mercado de la Boquería o a El Corte Inglés? ¿Adónde debemos poner el límite de lo que es aceptable “conceder” en aras de una ilusoria seguridad total?

Estamos acostumbrados. En este país, digo. A la hora de buscar culpables de cualquier barbaridad terrorista miro a mi lado, veo quienes son mis enemigos políticos o personales y les cargo el mochuelo. En el espantoso atentado de Madrid, los de siempre culparon a ETA, a Francia, al Reino de Marruecos, a Rubalcaba, a los policías que habían (presuntamente) grabado a Pedro J. Ramírez y a los masones. Hoy es Colau quien, por separatista y progre, no se avino a poner unos bolardos. Mañana (porque inevitablemente lo habrá) será quienquiera que interese a los de siempre (incluyendo a algún curita requeté) el que cargará con el mochuelo. Ya lo verán.


Román Rubio
Agosto 2017

P.S.  Según María Moliner, “cargar con el mochuelo” alude al hecho de cargar con el “mocho”, una especie de arcabuz o arma pesada que dificultaba la marcha del soldado al que le tocaba llevarlo al hombro. Hay, sin embargo otra explicación al origen  de la expresión mucho más divertida. Se trata de la anécdota en que un joven andaluz y otro gallego llegan a una venta y preguntan que hay para cenar. El posadero les dice que hay una perdiz y un mochuelo para repartir como ellos convengan. El astuto andaluz da a elegir al gallego con la siguiente proposición: “o tú te comes el mochuelo y yo la perdiz; o yo me como la perdiz y tú te cargas el mochuelo”. Así de listo, el tipo.

viernes, 18 de agosto de 2017

CELTIBERIA SHOW



CELTIBERIA SHOW

Luis Carandell era uno de esos catalanes de Madrid con seny. Cronista parlamentario y periodista de clase tuvo una celebrada columna en la revista Triunfo durante muchos años con el nombre de Celtiberia Show. Para muchos como yo era un argumento para comprar la revista cuando salíamos de viaje en aquella España preAVE y empezar a leerla por la simpática columna, en dónde Carandell recogía y comentaba con fina ironía todo el anecdotario racial y esperpéntico que daba de sí  aquella España primitiva, ignorante y orgullosa, de locales llenos de humo y carreteras plagadas de SEAT 127. Tengo el dudoso honor de haber sido objeto (bueno, no yo, sino un texto que redacté para cierta comisión de fiestas) de uno de sus jugosos y divertidos artículos, contenido que callaré para salvaguarda de la poca reputación que me queda. ¡Ay, la juventud! El nombre no está escogido al azar. Aludiendo a Celtiberia quería el autor, sin duda, atribuir a esa remota, a la vez que céntrica región, todas las esencias y carencias de la España rural y profunda. Para enmarcar geográficamente ese país impreciso me remito a la wikipedia: “Vendría a coincidir con el territorio antaño poblado por las tribus celtíberas, sirviendo de vértices de la región, orientativamente, las ciudades de: Sigüenza y Molina de Aragón (Guadalajara), Medinaceli, Burgo de Osma y Soria (Castilla y León) y Teruel, Daroca, Calatayud y Tarazona (Aragón)”.  Este es el marco que configura una región agreste y mesetaria, con una densidad de población similar a la de Laponia y que vendría a personificar, para el periodista catalán, ese hinterland español guardián de las esencias más ancestrales y primitivas de Iberia.

Hoy, Carandell tendría que incluir en esa Celtiberia estrafalaria a la ciudad de Sabadell, regida por la izquierda irredenta (la CUP, ERC y otros). En su delirio antiespañolista (además de anticapitalista y anti casi todo), la Concejala de Cultura Montserrat Chacón, de ERC y con un apellido tan catalán, ha encargado un estudio al historiador local Josep Abad, de apellido también catalán de pura cepa,  para la renovación del nomenclátor del callejero de la ciudad. El delirante resultado es bien conocido dado el amplio eco que ha tenido en toda la prensa nacional. El informe estima que el nombre de Antonio Machado debe desaparecer del callejero sabadellense por “españolista” y “anticatalanista”. Está claro que con aquello de: “Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla, (…) mi juventud, veinte años por tierras de Castilla;…” Don Antonio confiesa ser español, no sé si españolista, pero tampoco dio nunca muestras de ser anticatalanista. Al menos no más que Einstein, Mozart, Dostoiewski o el Dr Fleming (el de la penicilina, no el de las novelas de 007). En mi ciudad hay una plaza dedicada a Nelson Mandela y no me consta que hiciera el hombre declaración alguna de valencianía ni nadie, en su sano juicio, se lo habría exigido. También proscribe el informe nombres como el de Quevedo, Lope de Vega o Góngora, todos ellos “excesos de un modelo pseudocultural franquista”. ¡Ay, si Quevedo levantara la cabeza, que murió, el pobre, sin llegar a saber que formaba parte de un “modelo pseudocultural franquista”! Una lástima, pues nos habría dejado algún magistral soneto sobre tan entretenido tema. El despropósito continúa cuestionando los nombres de regiones españolas como La Rioja o Región de Murcia, de donde provienen tantos sabadellenses (quizá el mismo autor y la misma concejala)  y a otros personajes que, como Dolores Ibarruri, “mostró una postura ética cuestionable al apoyar a Stalin”. Y toda esa ridícula polvareda levantada por un señor que se llama Abad, apellido originario de Guipúzcoa y extendido por toda España, cercano a la CUP, y una señora que se llama Chacón (de ERC) cuyo apellido es, para algunos de origen gallego y navarro para otros, arraigado en Ocaña (Toledo).

¡Cuánto se echa hoy de menos a tipos como don Luis, de apellidos Carandell i Robusté, estos sí, catalanes de pura cepa o don Manuel, apellidado Vázquez Montalbán, natural de Barcelona y de ancestros murcianos. A ver si estos catalanes-madrileños o murcianos-catalanes eran capaces de añadir un poco de cordura y seny a la estupidez de tantos.

P.D. El Alcalde de la ciudad, Maties Serracat, de la CUP, probablemente presionado por la magnitud de las críticas, ha declarado finalmente que “Machado se queda”. Veremos a ver qué pasa con Lope, Quevedo y los demás. La CUP y ERC tienen la palabra.

Román Rubio
Agosto 2017 

martes, 15 de agosto de 2017

EL CÓNDOR PASA

EL CÓNDOR PASA
En agosto, mientras algunos viajan a los confines del mundo conocido, otros nos recluimos en algún agujero de la España interior. Yo lo hago en algún punto fronterizo entre la España Citerior y Celtiberia. Con ello, evito esas horribles colas que se ven en los controles de seguridad de los aeropuertos y otras muchas inconveniencias y apreturas. Por las noches, salgo al jardín a mirar a esos puntitos de  luz intermitentes que son los aviones en ruta y que encuentro mucho más entretenidos e inspiradores que las estrellas. Por varios motivos: en primer lugar, invitan a adivinar la procedencia y el destino. Aquel, por la dirección, parece venir de Glasgow o Copenhague y va a Alicante y aquel otro parece llevar  la dirección de Sevilla, Faro o Tenerife y viene de Milán, Berlín o San Petersburgo. Y, ¿qué cavilaciones provocan las estrellas a alguien tan poco dotado para la poesía como el que escribe? En primer lugar, parecen estar quietas, con lo que las posibilidades de elucubración se reducen mucho y en segundo lugar, según se nos ha explicado, muchas (la inmensa mayoría, de hecho) están tan lejos de nosotros que la luz que vemos es la que emitieron hace años, lustros, siglos… y algunas de ellas ya ni existen, se han apagado. Un auténtico timo, la verdad, lo de las estrellas, incluyendo las perseidas, que por no ser, no son ni estrellas.

Lo de recluirse en un lugar cómodo y fresco a dejar transcurrir unas semanas tiene sus inconvenientes, no crean. En mi caso es la inquietante sensación de estar perdiéndose el rico menú del ancho y variado mundo en aras al confortable bienestar de trillados senderos y paisajes familiares. La sensación viene acrecentada por el ubicuo Facebook. Allí, tus amigos y conocidos exhiben sus colosales aventuras geográficas de manera impúdica mostrándote todo lo que te estás perdiendo por haberte retirado a tus cuarteles de verano: El refulgente esplendor de las Rusias (imperial y soviética), la insolente arrogancia de Manhattan,  el frescor de las Highlands escocesas y los coloristas mercados y lujuriante verdor de Indochina y el sureste asiático, todo ello documentado  con las mejores y más estudiadas (y predecibles)  fotos, a menudo  decoradas con un montón de caras sonrientes que parecen estar pasándoselo en grande. Todo el tiempo. Sin la mínima concesión al aburrimiento.

Entre las fotos que han subido mis contactos al Facebook este periodo estival, una ha llamado mi atención sobre las demás.  Se trata de un humilde y perdido cementerio en algún lugar del altiplano peruano. El enclave me resulta de una belleza extraordinaria, sencillo y salvaje, con la elegancia y sosiego de lo natural e incontaminado, de lo agreste, brutalmente inclemente y, a la vez, sereno. Como oí decir en una ocasión al poeta, siempre dado a la hipérbole: “Con cementerios así, ¿quién querría estar vivo?” Es cierto que la realidad no suele ser exactamente como nos muestra la foto. ¿Qué hay, por ejemplo, detrás o al lado del fotógrafo? La toma, de manera premeditada, podría ocultar una transitada carretera de ruidosos y destartalados camiones, un barrio de precarias chabolas insalubres, un desguace de coches o una charca inmunda, pero nosotros preferimos imaginarlo tal y como nos lo muestra la imagen: como un puñado de tumbas aisladas ocupando el vacío de un  horizonte hostil, descarnado, perfecto.

El lugar me evoca a otro cementerio que vi en Fort Reno, Oklahoma, en medio de la pradera, un humilde recinto rodeado de una sencilla cerca de madera y salpicado de grandes robles en medio de la planura herbosa; y a los de Normandía en donde descansan los aliados caídos de la Segunda Guerra, con sus sencillas cruces, medias lunas y estrellas de David en impoluto blanco sobre  verde de césped bien cuidado, desprovisto de estatuaria e imaginería mediterránea de ángeles con espada y apocalíptica trompeta. Y sin tanto marmóreo y lúgubre cenotafio; tan latino, tan de Almodóvar, tan desagradable.

¡Qué lujo!, descansar allí, vigilado por el vuelo del cóndor. 

Román Rubio
Agosto 2017 

martes, 8 de agosto de 2017

TURISMOFILIA

TURISMOFILIA
Condicionado, quizá, por el hecho de que veraneo en un pueblo del interior, de los de boina, botijo y buena agua, tengo que admitir que me sitúo más bien en el bando de los turismófilos que en el de los turismofóbicos, como parece ser el sentimiento generalizado según la matraca de los medios de comunicación. No hay problema: algunos estamos acostumbrados a nadar contracorriente. Aquí, en este pueblo del interior, para bien o para mal, estamos a salvo de la millonada de turistas extranjeros que según los críticos vienen a desnaturalizar nuestro paisaje, usos, costumbres y economía. En vez de las legiones de chicas nórdicas dispuestas a pasarlo bien, tenemos grupos de mujeres locales en babi andando en grupos junto a las acequias que dan  riego a la huerta con un ramito de romero en la mano. Esto obedece a la iniciativa del médico local, que decidió, con  buen criterio, reducir las pastillas del colesterol, la tensión y el azúcar y poner a todas a caminar y familiarizarse con el paisaje de las afueras del pueblo, ignoto para muchas de ellas, acostumbradas como estaban a largas sesiones de brasero y tele. Y yo, qué quieren que les diga: lo que se gana en tranquilidad y autenticidad se pierde en glamour. Como oí decir a aquel viejo sabio: “cuidado con los pueblos de buena agua; suelen ser los más aburridos”. Esta misma mañana, la del colmado se quejaba del “poco turismo” del lugar y el albañil local lamentaba su poca aplicación en la escuela que le había condenado a estar allí, en el secano, trabajando al sol, cuando a él lo que de verdad le gustaría es estar en Ibiza, de vacaciones. La isla se ha convertido en el paraíso soñado de la clase trabajadora que imagina una vida regalada en una cala de aguas claras, buen pescado, cerveza fría y mujeres, a ser posible, sin babi ni tallo de romero (el hecho de que la cerveza esté servida por alguien que tienen que vivir en una furgoneta compartida con otros cuatro a precio de oro es un detalle no relevante que no aparece en el sueño del albañil).

Lo cierto es que la premisa de que España va a recibir este año ochenta millones o así de turistas pudiendo producir un colapso es un hecho que, sin dejar de ser cierto, es engañoso. Como leí en una ocasión en un artículo de Manuel Vicent, España es como una campana vacía en el interior y con Madrid en el centro, que es el badajo. Veamos: Según los últimos datos del INE, referidos al mes de junio de este año, Castilla La Mancha, una extensa región de 79.463 km, que abarca las provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara y Toledo había registrado 194.986 pernoctaciones de turistas, tanto nacionales como extranjeros, durante ese mes. En el mismo periodo, Benidorm registró 197.000 (2.000 más), la ciudad de Sevilla 242.000 (47.000 más) y Barcelona 710.000 (casi cuatro veces más). O esto otro: la suma de las pernoctaciones de turistas en Castilla La Mancha, Castilla y León, Extremadura y Aragón, una extensa área de 263.000 km (más de la mitad de España) ascienden a 985.330, que vienen a ser 210.000 menos que los que acogió, ella solita, la primera provincia catalana.
Los números son obstinados y tienden a contradecirse y a enmascarar dogmas como el del mito del gran éxito turístico “español” que se reduce, en realidad, al éxito de la costa (mayormente mediterránea y canaria) al que habría que añadir lugares puntuales como las ciudades de Granada, Sevilla, Toledo, Santiago y Madrid. Incluso dentro de las provincias costeras se reproduce el mismo patrón. No hay más que alejarse del mar una o dos decenas de kilómetros en provincias como la de Valencia o Castellón para encontrarse con cientos de kilómetros cuadrados de terreno poco o nada pisado por el turismo, tal como ocurre en la Celtiberia interior, esa región difusa, con una densidad de población similar a Laponia, conformada  (más o menos) por las provincias de Guadalajara, Cuenca, Soria y Teruel y que reciben, entre todas, una cantidad de turistas mensuales (108.505) inferior a la minúscula Vizcaya (131.244).
No hay, pues, noticias de Arran en Ciudad Real ni se le espera atacando lugares turísticos, como no se conocen en Albacete grupos como CAIN (Comando Artístico Isleño Nihilista), primero porque lo de Isleño suena raro en La Mancha, segundo porque esas pintas que llevan medio hippie con sus sacos en bandolera no son muy apreciadas en el lugar y en tercer lugar porque lo de Nihilista tampoco tiene mucho caché en Albacete y alrededores.

Y me pregunto: si la alternativa es la masificación, la incomodidad, el ruido y los precios absurdos, ¿no consistirá el lujo en tragos de agua fresca del botijo y paseos en babi al atardecer junto a carpetovetónico río cangrejero?

Román Rubio
Agosto 2017


jueves, 3 de agosto de 2017

DULCEIDA

DULCEIDA
No sabía de su existencia  hasta la semana pasada. En una encuesta a jóvenes (chicos y chicas) españoles salía como uno de los referentes entre las chicas a la pregunta de “a quién te querrías parecer”. Al cabo de uno o dos días se levantó un pequeño revuelo en las redes a propósito de un mensaje que la tal Dulcinea (digo, Dulceida) de Barcelona –bloguera e “influencer”- subió a su cuenta de Facebook. Decía:
De haber sido su profesor de Lengua Española le habría dicho que “sí” se escribe con acento (en este caso) y que “sabéis” e “iré” también; que “saludarme” debería ser “saludadme” como imperativo que es y que entre “importantes” y “jajaja” debería haber (quizá) un punto. En fin, todo esto es perdonable, incluso a alguien que tiene 1.9 millones de seguidores en Instagram y 1.3 millones de suscriptores en su canal de YouTube. Como yo solía decir a mis alumnos: “No aprendáis ortografía. La mayoría de las personas que conozco a quienes les va bien en la vida no saben escribir correctamente y mucho menos puntuar un texto” –debo confesar que muchos siguieron el consejo sin gran oposición-. Lo que me resulta enternecedor es el estilo: eso de “la playi”, “las fotis” y las “pintas importantes”, tengo que reconocer que me subyugó y me dio alguna pista del porqué de su éxito como “influencer”.
En cuanto al mensaje en sí, al contrario que a muchos de sus seguidores,  a mí me resultó totalmente indiferente, teniendo en cuenta que veraneo en un pueblo de boina y botijo, lo que hace improbable  un encuentro en “la playi” con la celebridad, sea con o sin “fotis”. De las pintas, mejor no hablar.

En la misma semana, en La Línea de la Concepción, un policía local murió en el transcurso de una persecución de un traficante que logró escapar. El caso produjo gran consternación en todo el Campo de Gibraltar dando lugar a manifestaciones en apoyo y reconocimiento a la familia y los compañeros del fallecido. Bueno, no todos mostraron su consternación: una joven de 22 años de La Línea fue arrestada y puesta a disposición judicial por subir a las redes el comentario:
“Sois una vergüenza la policía anda ijos de puta keya no vais a encontrar el chaval no tiene culpa ke vuestro compañero este muerto kebien muerto esta yo me alegro keste muerto”.
Seguido de este otro:
 “Aber si se mueren todos os policías porke para loke valen me importa un carajo loke opine la gente porke hay muchos come culoss!”.
Señoría, no hay comentarios, como diría el abogado. Pero fíjense qué curioso: La chica salió del juzgado en libertad con cargos y subió a las redes este otro mensaje:
“Con mis palabras pude hacer daño sin mirar las consecuencias hacia sus seres queridos solo pedir perdón ya que no hay excusas para mi comportamiento aunque yo estuviera pasando por una mala experiencia en mi vida no es excusa ni motivo ni comportamiento para hacer decir lo que dije”.
La joven, en su corta estancia en comisaría y en presencia del juez, además de experimentar una mutación moral importante, milagrosamente, había aprendido a escribir. Bueno, el texto no es que sea un ejemplo de estilo pero tampoco hay porqué ponerse a hilar tan fino. Lo cierto es que la policía y el juez consiguieron en un plisplás lo que sus maestros y profesores no habían conseguido con años de dictados y otras amenidades didácticas.

Hay quien domina la técnica de la escritura (o se le supone) y decide, sin embargo, saltarse las reglas, provocando, sin querer, su propia ruina. Este es el caso de Enrique Sardá Valls, Cónsul de España en Washington, cesado por el Ministro Dasís hace un par de días por subir a su cuenta de Facebook (solo para sus amigos) el siguiente mensaje referido a Susana I de Andalucía:
 “Verano tórrido. Hay que ver qué ozadía y mar gusto de la Susi. Mira que ponerse iguá que Letizia. Como se ve ke no sabe na de protocolo ella tan der pueblo y de izquielda. Nos ha esho quedar fatá a los andaluse. Dimisión ya”.
Ya ven, por la pluma y de la pluma  muere y vive el pez.

Román Rubio
Agosto 2017 



martes, 1 de agosto de 2017

REACCIONARIOS

REACCIONARIOS

MIRIAM BLASCO, la yudoca española que ganó el primer oro en Barcelona 92 se casó años después con su rival, la británica a la que venció en la final de aquella olimpiada. Es una bonita historia por lo insólita. No es algo que esté al alcance de todos el disputar una final olímpica en lucha. Aún así, las posibilidades de oro se reducen por estadística a un 50%, pero el hecho de que surja el chispazo del amor por la rival (del mismo sexo), de ser correspondida y que llegue a consumarse el matrimonio es ya de novela de la abuelita de Lady Di. Todo encaja perfectamente en la novela rosa. Todo menos el hecho de que la española fuera Senadora por el PP y se pronunciara –y votara-, en contra del matrimonio homosexual. Es decir: que, como tantos otros, tiene que agradecer a sus rivales políticos el hecho de que, en contra de su propio credo y el de su grupo, viva al amparo de una ley que le permite ejercer su propia voluntad personal con libertad.

Es la historia de siempre. Quienes tenemos una cierta edad vivimos, en el ya lejano año de 1981, la aprobación de la Ley de Divorcio en España. Como era de esperar, la reacción de los de siempre fue feroz. Para los católicos practicantes, Cofrades del Peor de los Dolores, taurinos, requetés y sacristanes de bolilla aquello iba a significar la ruptura y desmoronamiento de los fundamentos de España, hasta que,  pese a su obstinada y cerril oposición, se aprobó la ley. Al día siguiente, miles de los que encarnizadamente se opusieron se afanaban a acudir a los juzgados para divorciarse. Muchos de aquellos franquistas de peso y lustre habían mandado a sus hijas a abortar a Londres mientras se oponían implacablemente a la regulación del asunto en España. Volvieron a alzar la voz contra el médico del hospital de Leganés por la aplicación de los métodos paliativos a los terminales. Verán ustedes como piden que les administren esto y lo otro cuando las cosas vengan negras. Cuando se quiso limpiar el aire de los bares y restaurantes prohibiendo el tabaco (acuérdense de Zapatero, El Iluminado) alzaron la voz convirtiéndose en adalides de la libertad con derecho a humo propio y ajeno, y si se quiere mejorar la ciudad peatonalizando calles o fomentando el uso de la bicicleta sentirán herido su espíritu liberal, libertino y hasta libertario expresando su frustración por no poder llegar con su coche al mismísimo Corte Inglés, como hiciera el señor Zoido cuando lideraba la oposición en el ayuntamiento de Sevilla. Después, se convirtió en alcalde y, ante la evidencia de una ciudad en la que el 9% de los desplazamientos se hacían en bici dijo aquello de “¡bueno, no era contra la bici sino con la manera de…!” Estamos acostumbrados. Es la estiba con la que los ciudadanos como usted y como yo  tenemos que cargar: los reaccionarios. Parece como si el principal designio de su existencia sea el hecho de meter el dedo en el ojo del prójimo y poner trabas a todo aquello que signifique progreso y/o sirva para hacer más felices  (o menos desdichados) a sus semejantes.

El término reaccionario se usaba bastante en mi juventud, época en la que la ideología marxista predominaba en el mundo universitario. Para los del PCE, reaccionarios eran tanto los trotskistas como los socialdemócratas. El estalinista llamaba reaccionario al krushchovista y este a los eurocomunistas de Berlinguer y Carrillo. Los democratacristianos, por su parte, llamaban reaccionarios a los franquistas y los anarquistas a todos.
El término, no obstante, se originó en la época de la Revolución Francesa para designar a los defensores del Ancien Régime. Estuvo en boca de los jacobinos para designar a los girondinos, a quienes pasaron por la guillotina antes de verse ellos mismos desvinculados de sus cabezas a manos de los de de la Reacción de Termidor, fuerza reaccionaria y conservadora ganadora de tan arriesgado concurso.

Hoy, guardamos la palabra para quienes, como la brava yudoca, se posiciona en contra de un matrimonio que contradice su propia naturaleza. Para quienes, como el ministro Zoido,  contempla la bicicleta como malévolo instrumento que funciona sin gasolina y que sirve para espantar y amedrentar a cristianos motorizados, hasta que los ciclistas se convierten en votantes. Para los que están a favor de la vida y piden morfina a punta de pala cuando ellos o sus familiares están en  trance del penúltimo sufrimiento horrible e inútil y, en general, para todos aquellos que hacen de la frase “vicios privados, públicas virtudes” el lema de sus fariseas vidas y quieren, siempre y a toda costa, arrastrar a los demás a sus paraísos de hipocresía y buenas costumbres. Son como los yihadistas, pero con modelitos de El Corte Inglés al que se desplazan, por supuesto, en coche.


Román Rubio
Agosto 2017