martes, 15 de agosto de 2017

EL CÓNDOR PASA

EL CÓNDOR PASA
En agosto, mientras algunos viajan a los confines del mundo conocido, otros nos recluimos en algún agujero de la España interior. Yo lo hago en algún punto fronterizo entre la España Citerior y Celtiberia. Con ello, evito esas horribles colas que se ven en los controles de seguridad de los aeropuertos y otras muchas inconveniencias y apreturas. Por las noches, salgo al jardín a mirar a esos puntitos de  luz intermitentes que son los aviones en ruta y que encuentro mucho más entretenidos e inspiradores que las estrellas. Por varios motivos: en primer lugar, invitan a adivinar la procedencia y el destino. Aquel, por la dirección, parece venir de Glasgow o Copenhague y va a Alicante y aquel otro parece llevar  la dirección de Sevilla, Faro o Tenerife y viene de Milán, Berlín o San Petersburgo. Y, ¿qué cavilaciones provocan las estrellas a alguien tan poco dotado para la poesía como el que escribe? En primer lugar, parecen estar quietas, con lo que las posibilidades de elucubración se reducen mucho y en segundo lugar, según se nos ha explicado, muchas (la inmensa mayoría, de hecho) están tan lejos de nosotros que la luz que vemos es la que emitieron hace años, lustros, siglos… y algunas de ellas ya ni existen, se han apagado. Un auténtico timo, la verdad, lo de las estrellas, incluyendo las perseidas, que por no ser, no son ni estrellas.

Lo de recluirse en un lugar cómodo y fresco a dejar transcurrir unas semanas tiene sus inconvenientes, no crean. En mi caso es la inquietante sensación de estar perdiéndose el rico menú del ancho y variado mundo en aras al confortable bienestar de trillados senderos y paisajes familiares. La sensación viene acrecentada por el ubicuo Facebook. Allí, tus amigos y conocidos exhiben sus colosales aventuras geográficas de manera impúdica mostrándote todo lo que te estás perdiendo por haberte retirado a tus cuarteles de verano: El refulgente esplendor de las Rusias (imperial y soviética), la insolente arrogancia de Manhattan,  el frescor de las Highlands escocesas y los coloristas mercados y lujuriante verdor de Indochina y el sureste asiático, todo ello documentado  con las mejores y más estudiadas (y predecibles)  fotos, a menudo  decoradas con un montón de caras sonrientes que parecen estar pasándoselo en grande. Todo el tiempo. Sin la mínima concesión al aburrimiento.

Entre las fotos que han subido mis contactos al Facebook este periodo estival, una ha llamado mi atención sobre las demás.  Se trata de un humilde y perdido cementerio en algún lugar del altiplano peruano. El enclave me resulta de una belleza extraordinaria, sencillo y salvaje, con la elegancia y sosiego de lo natural e incontaminado, de lo agreste, brutalmente inclemente y, a la vez, sereno. Como oí decir en una ocasión al poeta, siempre dado a la hipérbole: “Con cementerios así, ¿quién querría estar vivo?” Es cierto que la realidad no suele ser exactamente como nos muestra la foto. ¿Qué hay, por ejemplo, detrás o al lado del fotógrafo? La toma, de manera premeditada, podría ocultar una transitada carretera de ruidosos y destartalados camiones, un barrio de precarias chabolas insalubres, un desguace de coches o una charca inmunda, pero nosotros preferimos imaginarlo tal y como nos lo muestra la imagen: como un puñado de tumbas aisladas ocupando el vacío de un  horizonte hostil, descarnado, perfecto.

El lugar me evoca a otro cementerio que vi en Fort Reno, Oklahoma, en medio de la pradera, un humilde recinto rodeado de una sencilla cerca de madera y salpicado de grandes robles en medio de la planura herbosa; y a los de Normandía en donde descansan los aliados caídos de la Segunda Guerra, con sus sencillas cruces, medias lunas y estrellas de David en impoluto blanco sobre  verde de césped bien cuidado, desprovisto de estatuaria e imaginería mediterránea de ángeles con espada y apocalíptica trompeta. Y sin tanto marmóreo y lúgubre cenotafio; tan latino, tan de Almodóvar, tan desagradable.

¡Qué lujo!, descansar allí, vigilado por el vuelo del cóndor. 

Román Rubio
Agosto 2017 

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