jueves, 29 de diciembre de 2016

LAS DIEZ MEJORES… DEL AÑO

LAS DIEZ MEJORES… DEL AÑO

Ha llegado el momento del año de hacer balance. De todo. Listas de los vídeos más vistos, los libros más leídos, la canción más escuchada, la palabra favorita y, ¿cómo no?, la de famosos muertos. Como cada año, la lista es nutrida y como cada año también, se le concede el apelativo de año negro para las letras, la música o las artes en general. De las pocas cosas buenas que tienen la edad, y yo la tengo, es que ésta te da perspectiva y con la mía propia os digo, lectores, que al año que viene se morirán otros, tan relevantes como los de este año o más y al otro ocurrirá lo mismo y lo mismo al otro y al otro. Y un año te morirás tú y yo y el vecino que no paga la comunidad. Esto es así. Y cuando tengas mi edad  sonreirás de manera condescendiente cuando en las redes se desgarren las vestiduras fariseos y plañideras calificando al año como negro, con la convicción de que todos lo son.

De todas las listas que he encontrado estos días os muestro mi favorita: el ranking de las 20 películas españolas menos vistas. La encabeza Manolo Tena, un extraño en el paraíso, estrenada el 5 de octubre y que fue capaz de reunir a 4 espectadores y recaudar 14 euros.  Como lo oyen. No conozco más detalles aparte  del frío dato sacado de la prensa, pero me ha dado que pensar: ¿es que Manolo tenía sólo 4 amigos? ¿O quizá tenía más y éstos entraron gratis? ¿Se conoce la identidad de quienes pagaron? ¿Son conscientes estos que han sido los únicos en rascarse el bolsillo por ver la peli? ¿Lo hicieron de manera consciente y deliberada y conservan la entrada como recuerdo? ¿Cuántas sesiones se mantuvo el film en cartel? Todas estas preguntas se agolpaban en mi cabeza sin obtener respuesta, de modo que seguí con la lista. El 27 de octubre se estrenó el documental Contra la impunidad obteniendo las modestas cifras de 6 espectadores y una recaudación de 29 euros. El mismo número de espectadores (seis) consiguió el documental Cervantes: la búsqueda, aunque consiguiera recaudar 38 euros en taquilla. La fiesta de los locos con 15 espectadores y 70 euros, Querida Gina con 17 espectadores y 85 euros y La muerte en la Alcarria con 45 espectadores y 315 euros siguen en la lista. ¡Alto ahí! Ya sé que la Alcarria es una entrañable región de la España vacía castigada por la despoblación, pero aun así, me resulta difícil creer que no hubiera más de 45 personas interesadas en ver el documento. Entre Valencia y Madrid conozco yo más de esa cantidad de alcarreños dispuestos a dejarse unos pavos en beneficio de su terruño. Para mi sorpresa, unos puestos más abajo, me encontré con una película que yo sí había visto. Se trata de L’Ovidi: el making of de la pel-licula que mai es va fer. Lo cierto es que debo confesar con algo de vergüenza que ni la vi entera ni pagué por ello. De hecho, vi un trozo en un pase gratuito en el Aula Magna de la Universidad de mi ciudad adonde me condujo el azar una tediosa tarde de otoño.

En el mismo reportaje se citaba la lista de las películas más exitosas, lo que me animó a seguir leyendo. Para mi sorpresa encontré que la número uno del año fue Un monstruo viene a verme, con 4.6 millones de espectadores y 26.3 millones de euros de taquilla, de la que nunca había oído hablar. Le seguía Cuerpo de élite con 1.1 millones y 6.5 millones de recaudación, también desconocida para mi, seguida por Kiki, el amor se hace (sin comentarios). En el cuarto puesto estaba  Cien años de perdón, estupenda película que, esta sí, había visto meses atrás con agrado.

Salí del bar en el que había leído el periódico sintiéndome un tipo satisfecho de sí mismo porque había visto una película del grupo de  las más comerciales y otra del de las menos vistas del año. Un tipo equilibrado, ¿no creen? También me dio por pensar en quién demonios se presta a pagar una película capaz de convocar en taquilla a 15 o 20 personas el día del estreno, pero eso es otra historia. Es un misterio como aquel de la financiación de las Diputaciones.

Román Rubio

martes, 27 de diciembre de 2016

¿QUÉ OS PASA, ESPAÑOLES?

¿QUÉ OS PASA, ESPAÑOLES?

Lo dicho: los nervios están a flor de piel. Que se lo digan a Manuela Carmena, por ejemplo. Cualquier cosa que hagas o intentes hacer en este país, si no es del gusto del españolito iracundo (lo que ocurre en el 90% de los casos, tratándose de cambios o novedades) es objeto de los más airados ataques, se trate de la indumentaria de los Reyes Magos, las figuritas de los semáforos, el atuendo de las falleras o el trayecto de la procesión del Corpus. El españolito medio, ese ser irascible, tirando a vago y amante de la prebenda, vociferante las más veces y permanentemente enfadado cuando no baila pasodoble, se muestra como si siempre le estuvieran pisando el callo. Haya o no haya razón.


Habrán visto en la prensa un cuadro con las horas en que los españoles, franceses, italianos, alemanes y suecos solemos comer, trabajar, dormir, etc. en el que se ve el desfase de nuestro país con respecto al resto de Europa. Esto es un hecho, no una opinión. Los numerosos turistas quedan sorprendidos al conocer los curiosos hábitos tardíos de los españoles, hábitos que no se corresponden (o no totalmente) a la dicotomía Norte-Sur, puesto que Marruecos y los otros países africanos  siguen el horario europeo, como también lo hacen Portugal y Grecia. Constituye, por tanto, una peculiaridad: la peculiaridad española. Existe también, como es natural, la polémica del huso horario.  Estando como está el Meridiano de Greenwich a la línea de Castellón, nuestro país adoptó hace años y por motivos espurios la hora de Berlín, en tanto que Portugal y Canarias adoptaron la de Londres, que cae más alineado. Nada es mejor ni peor. Todo es opinable. Cada postura tiene sus ventajas y sus inconvenientes. De este modo amanece algo más tarde (según el reloj) y también anochece una hora después. No pasa nada. ¿No pasa nada? Sigan la polémica en Facebook, por ejemplo. Yo lo he hecho. Alguien de entre mis amigos de la Red subió el artículo que recogió unos 300 comentarios. He tenido la paciencia de leérmelos y no he tardado en toparme con la furia española. Hagan la prueba: tras cuatro o cinco comentarios apoyando una u otra postura ya habrá alguien llamando idiota al anterior; algo después habrá alguien diciendo a otro que no se entera de nada y cuatro más abajo, alguien muy enfadado por alguna trivialidad llamará subnormal al de antes, que a su vez le había echado en cara cuán lerdo y mostrenco es él, que no ha salido de su pueblo. Siempre ha sido así y sospecho que siempre lo será, en la medida en la que pongas un grupo de españoles lo suficientemente numeroso, un tema polémico y discutible y el debido anonimato que proporciona la Red. Pero, ¿qué os pasa españoles?, ¿por qué si declaráis ser la sal del mundo andáis permanentemente enfadados?

Es como la bocina del coche. Dele un automóvil a un español con una potente y conminatoria bocina con la que el sujeto pueda impunemente amedrentar a automovilistas y transeúntes. Ponga delante de él a un conductor forastero que hace algún gesto dubitativo en la conducción, aunque sea sin peligro alguno, y verá el prolongado rebuzno mecánico que el del claxon le regala, protegido, eso sí, por el habitáculo de hierro.
¡Valientes, que son unos valientes! Y maleducados e irrespetuosos también. Y vocingleros.  


Román Rubio
Diciembre 2016 

domingo, 25 de diciembre de 2016

EL BIZARRO AÑO DEL SORPASO

EL BIZARRO AÑO DEL SORPASO

Hace un año por estas fechas escribí un artículo comentando las palabras del 2015 al que titulé Memes, vocablo que aprendimos para designar los montajes fotográficos o de vídeo con ocurrente mensaje que viajan por las redes sociales y los entornos de mensajería del smartphone. La palabra no era nueva, la había usado por primera vez Richard Dawkins en 1976 en su libro The Selfish Gene, pero tendría que nacer Internet y sus canales para que se popularizara. Unos pocos años antes habíamos aprendido la palabra smartphone, objeto con el que aprendimos a hacer selfies y ahora nos preguntamos cómo pudimos vivir tantos años haciendo con la cámara algo que no sabíamos ni llamar por su nombre. El año anterior ¿o fue hace tres? habíamos aprendido a decir precuela, hipster, tsunami, emoticono, tunear, coworking, fracking y otros neologismos o préstamos lingüísticos del inglés que parece que hayan estado con nosotros desde hace siglos.

¿Y este año? ¿Qué palabras nuevas o seminuevas nos ha traído el año de la posverdad? Pues bien, la Fundación Fundéu acaba de sacar el listado de las doce palabras que, según ellos, han venido con el año; de entre ellas saldrá el neologismo favorito de los españoles. En primer lugar, para quien no conozca la institución a la que me refiero, les diré que Fundéu -o Fundación del español urgente- es un prestigioso organismo patrocinado por la Agencia Efe y el BBVA, asesorado por la RAE, cuyo objetivo es el buen uso del español en los medios de comunicación. La biblia del uso de la lengua, vaya.
Las doce palabras son: sorpaso, bizarro, youtubero, populismo, LGTfobia, posverdad, abstenciocracia, cuñadismo, ningufoneo, vendehúmos, videoarbitraje y papilomavirus.
No tengo comentarios que hacer sobre algunas de ellas, como por ejemplo populismo: muchos la hemos usado siempre, aunque quizá con menor frecuencia que ahora, por razones obvias. Tampoco me merecen atención vendehúmos (también de uso común, al menos en mi círculo), ni videoarbitraje, ni youtubero (por fea y malsonante) ni papilomavirus que no sé ni lo que es. Sí me interesan algo más las otras.

Sorpaso (o sorpasso, como la conocíamos) era usada en el contexto de la prehistoria (años 60 y 70) de la política italiana, escenario en el que el PCI siempre estaba a punto de ganar a la Democracia Cristiana y nunca lo conseguía. Con bizarro ocurría algo curioso: el significado español se refería a algo audaz, valiente desinteresado y caballeroso, en tanto que en el inglés y el francés significa extraño, raro. Poco a poco el habla cotidiana empezó a dotar a la palabra con el sentido nuevo hasta convertirse en la segunda palabra más buscada en el diccionario de la RAE en el año. Otro caso interesante es el de cuñadismo, que ha pasado de referirse al nepotismo a designar la cansina letanía del pariente que todo lo sabe. No comentaré posverdad (de post-truth, la favorita del año del Oxford Dictionary), que fue motivo de un artículo en este mismo blog, pero sí me referiré a ningufoneo, neologismo absolutamente necesario -aunque feo- para designar el hecho común de ignorar a la persona que está con uno en beneficio de la atención a la pantalla del móvil.

No quiero dejar de mencionar dos neologismos del inglés que también he aprendido este año. El primero es mansplaining (de man, hombre y explain, explicar). Se trata de esa irritante actitud de los hombres de explicar las cosas a las mujeres de manera condescendiente y paternalista. Si: el ¡deja que te explique!, al tiempo que se interrumpe el discurso femenino. El segundo –más irritante aún, a mi parecer- es esa manía que tienen (o tenemos) los hombres de sentarnos despatarrados en los lugares comunes como autobuses o metro. Le llaman manspreading, queda fatal, y dicen que lo hacemos a menudo. ¡Ay, Dios!

Román Rubio
Diciembre 2016

miércoles, 21 de diciembre de 2016

FREAKS

FREAKS


La mujer barbuda, el gigante, el enano, la niña de las cuatro piernas… son los freaks, seres anómalos, fenómenos de la naturaleza, bichos raros que se exhibían en los circos en tiempos pretéritos y que se ganaban la vida explotando la malsana curiosidad y la conmiseración -cuando no burla- del personal, que salía del encuentro  asombrado al tiempo que aliviado y reconfortado con su propia imagen de “normal”. La voz inglesa freaky ha dado lugar a nuestro friki para designar a lo que es raro o peculiar, a menudo con un sentido entrañable de excéntrico y desprovisto del mal rollo de la deformidad.

De freaks iba el programa de televisión que vi el otro día. Se trata de un documental que se llama algo así como “Mi vida con trescientos kilos” y trata de eso: de cómo es la vida cotidiana de esas personas que pesan más de un cuarto de tonelada, como se las arreglan para sobrevivir a la cotidianeidad y su lucha por tratar de perder peso ayudados (imagino) por un contrato con la productora de televisión que a cambio exhibe todos los pasos, semana a semana, mes a mes, de la tortura del sujeto y sus cuitas con regímenes, ejercicio, visitas médicas, cirugía de reducción de estómago, etc.

Ni que decir tiene que la lucha de estas personas contra la báscula no es fácil. Es algo titánico y cruel. Sus enormes cuerpos –por la cantidad de tejido que tienen- demandan una cantidad de comida fabulosa y negárselo supone una tortura considerable, de la misma manera que el ejercicio, que para nosotros puede ser incómodo, para quien tiene que mover trescientos kilos se convierte en un esfuerzo agónico. El caso que vi se trataba de un muchacho de 27 o 37 años (no lo oí bien), de Texas, que tras perder unos 40 kilos tras un régimen severo fue aceptado para que se le hiciera una operación de reducción de estómago. El chico, que ya había visto morir a su padre y a su hermana a causa de la obesidad mórbida se avino a intentar cambiar su fatal destino de muerte prematura. En el documental se aprecian algunos rasgos de la vida americana. El principal es que allí, en el Medio Oeste la gente no camina. Nunca. Van en coche a todos lados: al supermercado y al médico; a la copistería y a la farmacia; a la oficina de correos y a la iglesia. En un momento dado y para cumplimentar el programa de ejercicio que le habían marcado, el chico va a la piscina a hacer gimnasia acuática y a practicar golf… en coche. Allí, en el parking del campo de golf le esperaba el instructor que, en un cochecito eléctrico, le llevaba al terreno en dónde practicar el putt… Y eso era todo el ejercicio: coche al campo, cochecito eléctrico al lugar de entrenamiento y golpecitos en el green.

Lo cierto es que el hombre perdió unos noventa o cien kilos a lo largo de los meses que cubría el programa y en varias ocasiones declaró sentirse muy orgulloso de sí mismo por lo conseguido. No seré yo quien dé un golpe a la autoestima del tipo,  pero mi objeción es: ¿cómo ha podido  llegar ahí?  El programa empieza presentándonos a una persona de 300 kilos, pero es porque en etapas anteriores de su vida ha pesado 90, 100, 120, 150… sin poner remedio. Por los años de los años. ¿Cómo puede alguien llegar a un estado que le impide caminar y casi moverse sin haber tomado medidas a mitad del camino? Quizá tú, lector, tengas problema de sobrepeso o lo tiene alguien próximo a ti. Normalmente, las personas cuando pasan de los 90 o los cien, sienten que les saltan las alarmas y se lanzan a la lucha tozuda e incómoda contra la báscula. Por estética, por miedo a la diabetes, por preservar la facultad de poder andar, por sus articulaciones, por autonomía, por amor propio, por lealtad y servicio a los suyos, por sentido común y porque una cosa estar gordito y otra ser una ballena. Y créanme: por lo que he visto en gente conocida y por lo que vi en el programa de la tele, es más fácil luchar contra la gordura a los cien que a los trescientos. Feliz Navidad.

Román Rubio
Diciembre 2016 

lunes, 19 de diciembre de 2016

ILUSTRADORES

ILUSTRADORES

Hace poco que publiqué el libro ¡Socorro! Me jubilo y, como es natural, he recibido de mis amigos y/o lectores toda clase de feedback: bueno, en su mayor parte, tratándose como se trata de gente allegada. Un amigo voluntarioso me hizo, por el contrario, toda una lista de temas tratados en el texto que él consideraba prescindibles y otra lista de cosas que según él habría sido interesante que se trataran, sin darse cuenta de que ese habría sido “su” libro y yo había escrito el mío.

Tengo la costumbre desde hace unos cuarenta años de leer a diario el periódico El País, hoy en día, en su versión digital a diario y en papel los sábados y domingos, días en  que me proporciona un par de horas de agradable lectura. Sigo fiel a la cita aunque tenga entre mis amigos a algunos que han abandonado el idilio con el diario por lo que muchos consideran como traición a los preceptos, ideales, intereses y estrategias de la izquierda, de “su” izquierda. No tengo ninguna objeción. Es posible que el diario (su línea editorial) se haya movido en esa dirección conducido por el antipático Cebrián o quizá nunca estuvo en el sitio en el que mis amigos recalcitrantes estiman que debería estar y es posible, ¿por qué no?, que quienes se han movido de la silla hayan sido mis amigos y no el periódico, o tal vez todos, como es natural, se hayan desplazado algo a un lado u otro tras periodo tan largo de tiempo. Lo cierto es que muchos tienen la sensación de que ya no es “su” periódico.

En la edición del domingo hay un curioso artículo de la defensora del lector, Lola Galán, que da luz al argumento del sentido de lealtad o filiación a un diario. Expone la periodista que ha recibido cierto número de cartas de lectores quejándose de las viñetas humorísticas de Ros, argumentando alguno de ellos que no las entiende y sugiriendo que deberían llevar alguna aclaración o explicación del chiste. ¿Se imaginan? Como saben los lectores de El País, Ros es la última incorporación en humor gráfico al periódico y hace unas deliciosas viñetas  de carácter apolítico, extemporáneo ¿o es intemporal?, alejado de los personajes que acaparan la vida pública, desvinculado del día a día y a veces algo absurdo. Humor puro. Otro gran viñetista de El País es El Roto, el gran Roto, de un humor tan demoledor, amargo y cargado de sentido político que parecen píldoras de conciencia social directas al hígado. Pues bien: ¿saben de qué se queja algún que otro lector? Pues precisamente de eso; un señor de Huesca, guardián de la ortodoxia, se lamenta de que en una viñeta, en plena crisis del PSOE aparezca Franco rodeado de serpientes proclamando que él también habría intentado evitar nuevas elecciones. ¿Y Forges?, ¿qué pasa con Forges? Pues lo mismo: hay lectores que se quejan de esto y lo otro: uno de ellos lamenta que el gran Antonio Fraguas se dedique a expresar sus opiniones políticas en vez de hacer sonreír al personal. Como si una cosa excluyera a la otra. En fin…

Ya ven: hay quien demanda conciencia social en Ros, dulzura en El Roto y anemia política en Forges. Los quieren a su manera y les encantaría poder dictarles ellos mismos el chiste diario; de ese modo tendrían la garantía de que sería de su agrado. Yo por mi parte seguiré buscando las viñetas de los maestros para regocijarme con las escenas atemporales, apolíticas, asépticas y casi celestiales de Ros, la píldora quirúrgicamenrte precisa y amarga de El Roto y el lúcido disparate de las tiernas figuras de Forges con la pretensión, con la casi seguridad, de que conseguirán levantar mi sonrisa, unos días con más y otros con menos acierto. Tal como son.
En todo caso, ¿quién soy yo para darles indicaciones y hacerles cambiar? Y tengo bien claro que el periódico no es mi periódico sino el de todos. Nunca compraría un periódico que dijera exactamente lo que yo querría decir sobre todas las cosas. Para eso, mi blog.

Román Rubio
Diciembre 2016 

jueves, 15 de diciembre de 2016

IMÁGENES

IMÁGENES















Recuerdo un tiempo en que las personas acudíamos a los eventos a ver, escuchar y, de vez en cuando, participar en ellos. Llegó el vídeo, y con él, la cámara doméstica. Los papás (también las mamás, pero menos) acudían a los festivales infantiles y otros eventos familiares y lo filmaban todo. No parecía importar mucho, pues la aportación a la fiesta cuando no rodaban era tan irrelevante que el hecho de manipular la máquina parecía ayudar al desarrollo del evento, fuera este coro, teatro infantil o ceremonia religiosa. De este modo, el papá se podía liberar de manifestar sus emociones (ninguna, de hecho), concentrado como estaba en mirar por el objetivo. Llegó la cámara digital y con ella el abaratamiento de la fotografía hasta la gratuidad, con lo que el mudo social podía estar entretenido indefinidamente con la estupenda coartada de las fotos y las imágenes. Después llegó la cámara de fotos y vídeo en el teléfono, permitiendo que “todos” llevaran el aparato de filmar “siempre” en el bolsillo. La verdadera eclosión, sin embargo, llegó con los programas de mensajería instantánea. A partir de ahí, la captación de imágenes y su distribución se convirtió no en el testigo de la fiesta sino en la fiesta misma. No se trata de cenar sino de retratar, filmar y distribuir las imágenes de la cena. ¿Excursión o fotos de la misma?, ¿viaje o reportaje?, ¿huella en el disco duro o documento gráfico?
El fenómeno ha llegado a cotas verdaderamente absurdas, especialmente en cuanto a celebridades se refiere: no hay visita de Obama o Shakira a las tropas de, digamos, Afganistán en que no estén todos, y digo “todos”, filmando al líder al tiempo que le dan la mano o acompañan en el paseo en un ridículo, además de  grosero  ritual. ¿Se dan cuenta de qué clase de relación, conversación, o intercambio de opiniones o experiencias puede tener un líder o famoso entre veinte o treinta compatriotas que están filmándole con un aparato en la mano derecha al tiempo que hablan con él o se ponen a su lado cachete con cachete para sacar un selfie? Sencillamente, ridículo.
Si visitan El Louvre les recomiendo encarecidamente que no dejen de visitar La Gioconda. No para que vean el cuadro –que difícilmente lo podrán hacer con la mínima tranquilidad-, no; para eso miren cualquier reproducción en su ordenador.  Se encontrarán con una sala abarrotada de gente, muchos de ellos asiáticos (por pura estadística) con una mano en alto retratando allá en la lejanía, la famosa pintura. ¿Con qué objeto? Ustedes me dirán. ¿Para verlo después? Bueno, en Google encontrarán reproducciones excelentes. ¿Para decir o decirse a sí mismos que han estado ahí? ¡Pero si ya lo saben! ¿Me pueden decir pues, para qué quieren esa foto? ¿No será para mantenerse ocupados y de ese modo tener “algo que hacer” en una situación en la que, no tendrían nada que decir ni (lo que es más preocupante) que pensar. La última vez que estuve en el Museo parisino quedé fascinado ante el espectáculo fotográfico e intenté sacar mi propia foto: la de los fotógrafos, que era para mí un documento sociológico más interesante que el cuadro. Me lo impidieron los empleados del Museo. Cuando encuadraba al personal desde el ángulo elegido, un ujier se puso delante de mí, indicándome la prohibición de mi acto. Todavía no entiendo porqué pero desistí de discutir con el tipo y, por consiguiente, de la instantánea, teniendo que conformarme con hacer la foto de la espalda de la gente, desde el encuadre convencional. Lástima. Habría sido la mejor instantánea de París: la vacua futilidad del ciudadano turista.














Hace muchos años, en la Era que precedió a la fotografía digital y coincidiendo con la Semana de la Moda de París, me encontré por azar a la puerta del Petit Palais y me tropecé con los invitados que llegaban al desfile de una gran casa de moda parisina. Semidepueblo como uno es, y poco familiarizado con el brillo y oropel del llamado “gran mundo”, quedé moderadamente impresionado por el aspecto de tanto individuo alfa y el fulgor de sus atuendos y ornamentos. Sigo, lamentablemente, sin ser invitado a ninguno de esos eventos, pero veo por las fotos que allí dentro hacen lo que en la comunión del niño: filmar con el iPhone. Como los de La Gioconda, pero más arregladitos.

Román Rubio
Diciembre 2016 

lunes, 12 de diciembre de 2016

CON LOS NIÑOS NO SE JUEGA

CON LOS NIÑOS NO SE JUEGA




















Con los niños se juega pero con su sufrimiento, no. Me refiero al caso Nadia, la niña con una enfermedad rara, la tricotiodistrofia, presuntamente aprovechada por sus padres como la fuente de ingresos de la familia. Aprovechándose de la compasión que genera el sufrimiento infantil, los padres –el padre, Fernando Blanco y la madre, Marga Garau- han llevado el caso por televisiones y otras plataformas obteniendo casi un millón de euros destinados a la curación de su hija que luego iban a parar a otras cosas: básicamente a la supervivencia y al lujo. Para ello contaban historias extravagantes que incluyen curanderos en cuevas de Afganistán, tratamientos con punciones en tal o cual sitio, curanderos, “médicos” homeópatas con nombres como Dr. Brown en Madrid, Toulouse, París… y otras historias pintorescas con las que provocar la conmiseración del personal y hacer que, en un acto de piadosa solidaridad, se rascara el bolsillo en auxilio de la niña inocente. El hecho de que los medios de comunicación se hicieran eco de la historia y la difundieran es algo que debería hacernos reflexionar. No sé a ustedes, pero yo, si soy responsable de la edición de un medio y me vienen con historias sensibleras de captación de dinero respaldadas por visitas a curanderos internacionales con nombres en inglés y cuevas en Asia, se me encenderían las alarmas. Por otra parte, no me extraña que el caso fuera acogido con los brazos abiertos por muchos medios dado el alto contenido sensiblero y melodramático.

Hay otra historia en la prensa de la semana que incluye sufrimiento infantil y dinero, aunque de otra categoría moral. Adrian es un niño valenciano de ocho o nueve años que padece cáncer y es aficionado a los toros. El mundo taurino se volcó con generosidad con el chico, organizándole un homenaje en el que toreros profesionales le llevaron a hombros por la plaza, reconociendo el valor de la lucha del chaval y tratando de aliviar un poco la cruel realidad del sufrimiento sin causa (si es que lo hay con causa).
La imagen entrañable del chico pelado por la quimio, a hombros, feliz y homenajeado por toreros fue el revulsivo que provocó a algunos malnacidos que desearon la muerte del chaval en las redes sociales. En su momento lo comenté: no tengo palabras para calificar la catadura moral de estas personas. Supongo que, en su ignorancia, no sabrán a lo que el chico está siendo sometido, el alcance de la tortura al que la enfermedad y la medicina están infligiendo a su cuerpo. Yo, casi tampoco, pero he oído de pasada a algunos padres relatar el suplicio por el que tuvo que pasar su criatura, en situación similar a la de Adrian, y se me han puesto los pelos de punta. Sea por ignorancia o maledicencia, la vida nos ha vuelto a demostrar que la vileza de algunos (de los menos) puede ser descomunal, lo que en mi opinión no implica que haya delito, sino sólo maldad: ruin y mezquina, pero inocua maldad. No veo ningún delito en desear la muerte a alguien, ni siquiera a un niño enfermo, o a manifestarlo, como no vi delito en su momento en los chistes desafortunados y mezquinos del concejal madrileño de Ahora Madrid, Guillermo Zapata, referidos a las lesiones de Irene Villa, o a los comentarios de César Strawberry sobre esto y lo otro.

La familia del chico parece que está ahora en los tribunales con el trámite de obtener una indemnización por ¿perjuicios, injurias, incitación al odio? a los maldicientes. No ensucien con dinero el nombre del niño, por favor. Déjenlo. Y no deseen tampoco que los inquisidores, algún día, se tengan que enfrentar, como padres, a lo que están viviendo en la casa del niño torero. Es demasiado cruel, incluso para los bellacos.

Román Rubio
Diciembre 2016 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA GRAN VÍA

LA GRAN VÍA













Me voy a permitir hablar de algo que quizás no conozca lo suficiente por no ser madrileño. Soy valenciano y como ya voy teniendo cierta edad recuerdo una ciudad muy diferente de la que es ahora. Cuando tuve mi primer coche solía ir a la Plaza de la Virgen en coche para verme con amigos allí, en la cafetería Roma. Poco después se peatonalizó el lugar y teníamos que aparcar en las callejuelas vecinas ocupando la estrecha acera subiendo dos ruedas para así, poder dejar paso a los otros vehículos. Al peatón… bueno, que se buscara la vida. Eran tiempos en que se fumaba en los aviones -“¿smoking or no smoking?”-, en los bares y restaurantes, en las aulas de institutos y facultades y en los pasillos de los hospitales. ¿Recuerdan? “Salgo a fumar al pasillo”, decíamos en la habitación si es que el interno no estaba fumando, en cuyo caso fumábamos dentro. Eran tiempos en los que los conductores bebíamos lo que nos daba la gana con la convicción de que ningún Policía ni Guardia Civil se iba a entrometer en nuestra libertad de empinar el codo. Poco a poco, y ante la resistencia de la caverna inmovilista y derechona el mundo fue cambiando: y empezamos a ir al centro en transporte público, a fumar (sólo) al aire libre y a beber cuando no íbamos a conducir. Y aprendimos a restringir nuestras libertades en aras al bien común. Entendimos que la libertad del pez grande es la condena del pequeño, que no podemos invadir las aceras con los coches y que el humo del tabaco en un hospital o un avión es una aberración. Costó comprender que los bares y restaurantes serían mejores sin humo y, a regañadientes, casi obligados por la tozudez iluminada del vituperado Zapatero, llegamos a admitir que era así. Hoy nadie daría marcha atrás ante lo que se ve como logros sociales.

Y llegamos a la Gran Vía madrileña y Esperanza Aguirre. Se ha restringido el tráfico por la céntrica calle con la intención de hacerla más amigable, menos hostil y agresiva al peatón; quitando ruidos, humos y estrés de tráfico. Un paso más a la humanización del espacio urbano. ¿Y quién se niega a la medida hasta anunciar que la llevará “seguro” a los tribunales? La misma persona que detiene su coche en el carril bus para sacar dinero en un cajero y derriba la moto del guardia que la denuncia. Según la pizpireta concejala “es una medida que “pisotea” los derechos de los ciudadanos”. ¿De qué ciudadanos?, ¿de quienes pasean por las aceras o de quienes pretenden ir al cuarto de baño con su coche?  Que “dónde se ha visto (la restricción de tráfico) en una zona comercial de una gran ciudad occidental”. ¿En Oxford Street de Londres, por ejemplo? ¿En El Portal del Ángel de Barcelona, quizá? La cuestión es oponerse a todo lo que signifique evolución hacia un lugar común más amigable. Hasta los comerciantes saben que a medio plazo una calle peatonalizada mejora las ventas. Los carcas saben que tienen las de perder, que habrá restricciones a los diesel primero y a los gasolinas después y que viviremos en el futuro en ciudades con vehículos limpios, de la misma manera que en un momento dado se depuraron las aguas y se sacaron las industrias de los núcleos urbanos, se restringió el fumar en cualquier lado y se obligó a recoger el excremento de los perros. Lo saben, pero tienen que tocar las narices al personal ante cualquier cambio hacia el bien común que suponga un mínimo esfuerzo. Y para eso necesitan a la campechana aristócrata madrileña. Para intentar poner freno al progreso y puertas al campo.

Estoy harto de las personas que son capaces de esperar el ascensor del centro comercial largos minutos para no bajar dos pisos por las escaleras y de los que piden bolsa de plástico cuando compran el periódico. Estoy harto de los que odian la bicicleta y adoran ir al centro en coche. Estoy harto de quienes no reciclan porque dicen que no sirve para nada y a los políticos que les representan, que, como nuestra Rita que está en los cielos y su Esperanza que está en la tierra, piensan que quienes van en bici, piden calles peatonales y no se alojan en hoteles de 500€ la noche (a cargo de las arcas públicas) son (somos) unos cutres.

Román Rubio
Diciembre 2016

domingo, 4 de diciembre de 2016

VIEJUNO

VIEJUNO














Hace no mucho que hablé de mi poca afición a las encuestas de televisión a pie de calle en las que se espera que el transeúnte (generalmente del centro de Madrid) o cliente del mercado diga algo interesante o gracioso. Normalmente son ejercicios estériles de entretenimiento, que sólo consiguen poner incómodo al entrevistado -que intercambia un poco de embarazoso ridículo por un minuto de popularidad- y provocar aburrimiento y vergüenza ajena en el espectador con sensibilidad. Esta parece ser la función de Thais Villas en el programa de Wyoming al que estoy condenado a ver a diario por razones que no vienen al caso.

El otro día transcurrió de la siguiente manera: la periodista se situó a la puerta del Congreso de los Diputados y allí asaltaba a unos y a otros con la pretensión de que hablaran del estilo de ropa que llevaban ellos y otros diputados y diputadas de su grupo y de grupos rivales. La conversación más o menos se desarrollaba de la siguiente manera: ¿cómo definirías tu propio estilo de vestir?, ¿trendy, casual, formal, clásico, sport…? Y allí, cada cual, se defendía como podía. Imagínense a Errejón, con su parka cubriendo una camisa azul pálido por fuera de un pantalón cinco bolsillos de color indeterminado y zapatos del montón tratando de determinar si lo suyo era trendy, casual o sport. ¿Y yo qué sé? ¿Lo sabes tú, Thais? Pues dímelo. Por cierto, de paso me explicas qué quiere decir casual, porque no significa casual ¿verdad? Casual sería ponerse lo primero que encuentra uno, como parece ser el caso de Guirauta, de Ciudadanos, que iba más o menos conjuntado hasta que le enfocaron los zapatos, negros, como de baseball con cordones rojos. Un cuadro. Impresionista.

Por allí desfilaron otros como Madina (PSOE), con pantalón cinco bolsillos beige o así, camisa azul claro y chaqueta azul oscuro. Como los zapatos eran de ante, el voluntarioso diputado acertó a describirlos como bilbaínos, ¡Campechano él! A continuación pasó Celia Villalobos que nos brindó otra oportunidad de asombrarnos de cómo con tan pocos mimbres puede llegar alguien a tanto en la vida. Debería escribir un libro esta mujer explicándolo. Y llegó la estrella de la entrevista. Nada más ni nada menos que Fernando Martínez Maíllo, hablando de estilo: del suyo y del de los otros. No sé de qué lugares de la España profunda saca el PP a tipos como Maíllo o Floriano, que parecen traídos del casino de algún poblachón cabeza de partido. El asunto es que el hombre, tras lidiar mal que bien con su propio estilo, se permitió llamar “antiguo” al estilo de los de Podemos: “esos cuadros, esas pintas, como antiguas…” se permitió decir precisamente él, el tal Maíllo, cuya cara parece sacada de una sacristía de Vetusta. Creo no haberle oído decir que tenían una pinta “así como viejuna”, con lo que habría vetado para siempre al diputado como improbable amigo hasta del Facebook. Empecé prescindiendo de la amistad de quienes hacían las comillas (inglesas) con los dedos de las dos manos, continué negando el saludo a quienes usaban la expresión “punto pelota” –que Allah les confunda- y ahora estoy tachando de mi agenda a los que a lo obsoleto, anacrónico, anticuado, demodé o simplemente viejo le llaman “viejuno”. Ya casi no tengo amigos.

Román Rubio
Diciembre 2016