martes, 1 de agosto de 2017

REACCIONARIOS

REACCIONARIOS

MIRIAM BLASCO, la yudoca española que ganó el primer oro en Barcelona 92 se casó años después con su rival, la británica a la que venció en la final de aquella olimpiada. Es una bonita historia por lo insólita. No es algo que esté al alcance de todos el disputar una final olímpica en lucha. Aún así, las posibilidades de oro se reducen por estadística a un 50%, pero el hecho de que surja el chispazo del amor por la rival (del mismo sexo), de ser correspondida y que llegue a consumarse el matrimonio es ya de novela de la abuelita de Lady Di. Todo encaja perfectamente en la novela rosa. Todo menos el hecho de que la española fuera Senadora por el PP y se pronunciara –y votara-, en contra del matrimonio homosexual. Es decir: que, como tantos otros, tiene que agradecer a sus rivales políticos el hecho de que, en contra de su propio credo y el de su grupo, viva al amparo de una ley que le permite ejercer su propia voluntad personal con libertad.

Es la historia de siempre. Quienes tenemos una cierta edad vivimos, en el ya lejano año de 1981, la aprobación de la Ley de Divorcio en España. Como era de esperar, la reacción de los de siempre fue feroz. Para los católicos practicantes, Cofrades del Peor de los Dolores, taurinos, requetés y sacristanes de bolilla aquello iba a significar la ruptura y desmoronamiento de los fundamentos de España, hasta que,  pese a su obstinada y cerril oposición, se aprobó la ley. Al día siguiente, miles de los que encarnizadamente se opusieron se afanaban a acudir a los juzgados para divorciarse. Muchos de aquellos franquistas de peso y lustre habían mandado a sus hijas a abortar a Londres mientras se oponían implacablemente a la regulación del asunto en España. Volvieron a alzar la voz contra el médico del hospital de Leganés por la aplicación de los métodos paliativos a los terminales. Verán ustedes como piden que les administren esto y lo otro cuando las cosas vengan negras. Cuando se quiso limpiar el aire de los bares y restaurantes prohibiendo el tabaco (acuérdense de Zapatero, El Iluminado) alzaron la voz convirtiéndose en adalides de la libertad con derecho a humo propio y ajeno, y si se quiere mejorar la ciudad peatonalizando calles o fomentando el uso de la bicicleta sentirán herido su espíritu liberal, libertino y hasta libertario expresando su frustración por no poder llegar con su coche al mismísimo Corte Inglés, como hiciera el señor Zoido cuando lideraba la oposición en el ayuntamiento de Sevilla. Después, se convirtió en alcalde y, ante la evidencia de una ciudad en la que el 9% de los desplazamientos se hacían en bici dijo aquello de “¡bueno, no era contra la bici sino con la manera de…!” Estamos acostumbrados. Es la estiba con la que los ciudadanos como usted y como yo  tenemos que cargar: los reaccionarios. Parece como si el principal designio de su existencia sea el hecho de meter el dedo en el ojo del prójimo y poner trabas a todo aquello que signifique progreso y/o sirva para hacer más felices  (o menos desdichados) a sus semejantes.

El término reaccionario se usaba bastante en mi juventud, época en la que la ideología marxista predominaba en el mundo universitario. Para los del PCE, reaccionarios eran tanto los trotskistas como los socialdemócratas. El estalinista llamaba reaccionario al krushchovista y este a los eurocomunistas de Berlinguer y Carrillo. Los democratacristianos, por su parte, llamaban reaccionarios a los franquistas y los anarquistas a todos.
El término, no obstante, se originó en la época de la Revolución Francesa para designar a los defensores del Ancien Régime. Estuvo en boca de los jacobinos para designar a los girondinos, a quienes pasaron por la guillotina antes de verse ellos mismos desvinculados de sus cabezas a manos de los de de la Reacción de Termidor, fuerza reaccionaria y conservadora ganadora de tan arriesgado concurso.

Hoy, guardamos la palabra para quienes, como la brava yudoca, se posiciona en contra de un matrimonio que contradice su propia naturaleza. Para quienes, como el ministro Zoido,  contempla la bicicleta como malévolo instrumento que funciona sin gasolina y que sirve para espantar y amedrentar a cristianos motorizados, hasta que los ciclistas se convierten en votantes. Para los que están a favor de la vida y piden morfina a punta de pala cuando ellos o sus familiares están en  trance del penúltimo sufrimiento horrible e inútil y, en general, para todos aquellos que hacen de la frase “vicios privados, públicas virtudes” el lema de sus fariseas vidas y quieren, siempre y a toda costa, arrastrar a los demás a sus paraísos de hipocresía y buenas costumbres. Son como los yihadistas, pero con modelitos de El Corte Inglés al que se desplazan, por supuesto, en coche.


Román Rubio
Agosto 2017

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