lunes, 28 de agosto de 2017

DEPILARSE LAS CEJAS

DEPILARSE LAS CEJAS

La predicadora islámica de Sidney Umm Jamaal ud-Din,  también conocida como Mouna Park, les recordó a sus seguidoras no hace mucho que depilarse las cejas es pecado, contraviene los preceptos del islam y “provoca la ira de Alá”, lo que hace pensar, en primer lugar, qué clase de Dios es ese que se enfada por el hecho de que las mujeres se depilen las cejas y las axilas o intervenga en debates sobre pantalones acampanados o de pitillo y otros jugosos dilemas propios de territorio Vogue. Este tipo de argumentos de “humanización de la deidad” no hacen sino devaluar la idea de un Dios creador del universo, paradójicamente omnipotente y tan atento a los detalles que coge berrinches cuando las mujeres se depilan esto y lo otro, lo que explica que ande siempre enfadado y presto a mostrar su ira ante el espectáculo veraniego de cualquier playa mediterránea.
Lo de la omnipotencia divina es una de las grandes paradojas de la religión monoteísta y lo de la relación del Dios con sus adoradores, otra. No hace mucho que en Madeira, en el transcurso de una romería al santuario de Nuestra Señora del Monte, en el momento de mayor fervor religioso, la caída de un roble centenario sobre la multitud provocó 14 muertes y 49 heridos, algunos de gravedad. El enorme árbol, que había permanecido erecto durante dos siglos aprovechó el momento en que miles de personas fueron a adorar a su dios para caerse provocando un desastre similar al de La Rambla. Explíquenme eso.
Pero no es la omnipotencia divina el tema de hoy. La predicadora islámica, al igual que innumerables imanes, sacerdotes, pastores, rabinos y creyentes en general creen saber “lo que ofende a Dios”. Es más, asumen que Dios es “ofendible” atribuyendo así a la deidad cualidades humanas del mismo modo que La Fontaine o Samaniego lo hacían con las ranas y los burros. De ahí, el culto; que es la asunción de que Dios se sentirá halagado con el hecho de la adoración (y de la oración), como si de verdad al Creador le importara un bledo el hecho de ser adorado, como importa a los dictadorzuelos. En su delirio oratorio hay quien pide hasta que gane su equipo poniendo a Dios en un aprieto puesto que, para que gane el Celta tiene que hacer perder al pobre Levante, condenando a sus seguidores (menos rezadores ellos) a la miseria.

Cuando los americanos entraron en Bagdad, en su torpeza infinita, televisaron en directo el patético derribo de una de las numerosas estatuas de Sadam Hussein que se resistía a caer. En mi país vivimos hace ya unas décadas  la retirada de las figuras del General Franco de pueblos y ciudades, al tiempo que desaparecían plazas del Caudillo y avenidas del Generalísimo de todos y cada uno de los municipios de España. Aún hoy quedan estatuas y retratos murales de Lenin en muchos rincones del planeta soviético y las imágenes de Kim Jong-un y su dinastía dominan el paisaje urbano y rural de Corea del Norte. El líder, en un curioso rasgo humano de enfermiza autocomplacencia, parece que llega a creerse su condición de mito superior y el pueblo, en otro rasgo de ridícula, cuando no interesada y servil egolatría, se muestra dispuesto a otorgarle el estatus.

Y no sólo de dioses y de dictadores vive el hombre: de manera más doméstica, tiende a “humanizar” o “personificar” a los seres animados y hasta inanimados que le rodean. Pensemos en las mascotas: las populares, entrañables e inocentes  mascotas. El occidental civilizado provee a gatos y perros de asistencia médica (veterinaria) tan completa como la humana (más, puesto que incluye la piadosa eutanasia), confina al animal en una vivienda climatizada, restringe o anula  la relación del chucho con sus iguales a fuerza de estirones de la correa, le castra o esteriliza por su propio supuesto bienestar, le lleva a la peluquería y salón de belleza para que, entre otras actuaciones, le corten las uñas para mejor preservar tapizados y cortinas y contrata Netflix pensando en el solaz y regocijo del animal en esas entretenidas tardes en el salón viendo Juego de Tronos en compañía de su señor y su hueso favorito. Y a eso, al confort humano, le llaman bienestar, con la arrogancia de quien cree saber lo que hace “feliz” al animal, dando por sentado que el concepto de “felicidad” tiene sentido en el mundo de los de cuatro patas y que el chucho, si se le pregunta, vendería su libertad por la castración, la calefacción central y un plato de comida.

Solo el enfermizo afán del hombre por agradar da lugar al origen de la adoración del líder y al culto a los dioses y solo su petulancia  le hace arrogarse el conocimiento de  la naturaleza de la “felicidad animal” y hasta de la complacencia divina. Y eso que muchos de ellos necesitan de fármacos para llegar a manejar su propia felicidad. Pronto (si no está ocurriendo ya) se los administrarán a sus pobres y muy confortables  mascotas, que se verán atestadas de prozacs, trankimacines y orfidales. Al tiempo.


Román Rubio
Agosto 2017

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