lunes, 4 de septiembre de 2017

HÉROES

HÉROES
El Palleter es el héroe local de los valencianos y no Rita Barberá como se empeñan algunos. El desharrapado paiportí, Vicent Doménech, pajero de profesión (con perdón) rompió el papel de sello de Bonaparte, se hizo con un palo y un trapo rojo y azuzó a las masas en rebeldía contra el francés al grito de “Vixca Fernando VII i muiren els traidors”. Daoiz y Velarde protagonizaron la resistencia madrileña y el alcalde (o los alcaldes) de Móstoles declararon la guerra a las tropas napoleónicas antes, mucho antes de que nadie llamara al programa Encarna de noche a publicitar las empanadillas de tan celebrada localidad. Agustina de Aragón (que, por cierto, era catalana de nacimiento, -¡vaya, por Dios!- y también apellidada Doménech) prendió la mecha del cañón que encontró desatendido cuando llevaba la comida a su marido artillero, demorando así, unos minutos más la entrada de los asediadores por una de las puertas de Zaragoza. El Timbaler del Bruch era un adolescente que, aporreando valientemente un tambor en el Macizo de Montserrat, hizo creer a los apocados franceses que la resistencia española era mucho mayor de lo que realmente era, inculcando el miedo en los gabachos y provocando, probablemente, la desbandada.  También están El Empecinado y tantos otros, pero mi favorita es Juana la Galana, de Valdepeñas, que salió con una cachiporra a la puerta de su casa y se lió a mamporrazos con todo francés que osara pasar por allí, de modo que en compañía de otros valientes de la zona  como El Cura Calao, Francisco Abad Chaleco y la Fraila consiguieron demorar a los franceses lo suficiente como para que el General Castaños pudiera organizar su ejército que infligió a los invasores la dolorosa derrota de Bailén.

Estos y otros son los héroes de la Guerra de España, conocida aquí como Guerra de la Independencia, algunos de ellos mostrando su arrojo de manera más bien a resguardo: el Palleter era un valiente de boquilla que no hizo más que arengar a las masas cuando aún no había ni un francés en las calles de Valencia, el alcalde de Móstoles dictar un bando en similares circunstancias, el chico de Cataluña tocar un tambor en un desfiladero y Agustina de Aragón prender la mecha del cañón, actos nada excepcionales, y con un riesgo tan limitado que hasta personas tan alejadas del heroísmo como usted o yo  podríamos haber llevado a cabo, dadas las circunstancias. Otra cosa es mi Juana de Valdepeñas. Esa sí que, de ser verdad su proeza, se jugaba las castañuelas.

Estos fueron los héroes que, según la Enciclopedia Álvarez y otros instrumentos didácticos animados e inanimados de mi época, consiguieron la derrota de Napoleón. En un alarde de nacionalismo infantil y hasta cómico de aquella España nacional-catolicista se nos quería hacer creer –y hasta lo consiguieron, a medias- que aquel variopinto elenco de frikis fueron capaces de derrotar a la Grande Armée. Tras elogiar las hazañas de nuestros descamisados héroes que parecían sacados de la aldea de Astérix, así, como de pasada, se añadía que, bueno, que el Duque de Wellington también estaba por aquí, y que, al mando del ejército angloportugués también colaboró en sacar al francés, aunque fuera un poquito.
Lo cierto es que el general inglés fue quien expulsó a los franceses de la península en confrontaciones que fueron decisivas, traspasando los Pirineos y acosándolos hasta las mismas puertas de Toulouse, ya en tierras francesas. En los Arapiles, cerca de Ciudad Rodrigo, los británicos sufrieron 3.176 bajas, 2083 los portugueses y 6 los españoles. En la batalla definitiva en suelo español, la de Vitoria, los británicos tuvieron 3.675 bajas, 921 los portugueses y 562 los españoles. Los franceses, muchas más.
Esa es la realidad. Wellington volvería a derrotar a Napoleon en Waterloo y fue enterrado en San Pablo de Londres con honores de héroe nacional a la altura de Nelson, Montgomery o Churchill. Terminadas las campañas se dedicó a la política llegando a Primer Ministro por los tories. En el cargo tuvo sus sinsabores. En la inauguración de la primera línea de ferrocarril del mundo, la Liverpool-Manchester, las masas de Manchester, enfurecidas por cierta iniciativa gubernamental que lesionaba, según ellos, los intereses industriales del norte, comenzaron a mostrar su hostilidad contra la autoridad en forma de proyectiles impidiendo que el héroe nacional y Primer Ministro pudiera siquiera tocar tierra, con lo que se ordenó la salida inmediata del convoy de vuelta a Liverpool en un muy accidentado viaje.

La causa catalana carece de héroes. La secretaria general de ERC y portavoz de Junts pel Sí, Marta Rovira, ha advertido de que “si hubiese una ofensiva del Gobierno para retirar urnas, entonces, evidentemente, movilizaremos a los ciudadanos para que esto no pase y para que la Generalitat y la administración constituida puedan garantizar que los colegios electorales abran con normalidad”.
Estamos a la espera del advenimiento de los nuevos Palleters y Tamborilers, llámense o no Doménech,  que darán contenido a las Enciclopedias Álvarez del porvenir. Eso sí, en catalán.


Román Rubio
Septiembre 2017

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