lunes, 27 de julio de 2020

HAKUNA MATATA


HAKUNA MATATA




En su delirio antropocéntrico, el ser humano (el Hombre, como se le llamaba antes) se ha explicado el mundo con sus propios parámetros, en los que engloba el mundo natural, el reino animal y el mismísimo cosmos si se pone a tiro.

Samaniego, Iriarte y La Fontaine hacían hablar a la zorra, la rana, el escorpión, la cigarra, la hormiga, la abeja, el asno y a cualquiera que pasara por allí y hacía personificar con sus atributos cualquier rasgo o veleidad propia de los humanos. A eso se le llamó fábula, y como tal se entendía: como un juego ocurrente en el que no había de tomarse en serio el hecho de que las zorras hablaran o los burros se vanagloriaran de lo bien que tocaban la flauta.

En un paso más de sofisticación, primero Ruyard Kipling y después Disney, hicieron de la humanización de los animales algo mucho más complejo. Las aventuras de Simba, Scar, Mufasa, Timón, Pumba o Rafiki por el dominio de Pride Lands añadieron un toque shakesperiano al mundo de los leones en el que rasgos humanos como la ambición, la envidia, la soberbia, la predestinación o las ansias de poder rigen la conducta animal como en cualquier tragedia o drama clásico.

Y una vez humanizado el mundo natural hay que racionalizarlo y que este responda a las demandas filosóficas, políticas, ideológicas o religiosas propias de los humanos, despreciando, de manera arrogante, el concurso del azar.

En eso andaba yo pensando mientras miraba el mapa de incidencia de coronavirus en España por provincias. El virus (¿un ser vivo?) parece andar por donde le da la gana y sin pasaporte alguno, a veces respondiendo a los patrones racionales que se esperan de él y otras de manera caprichosa, desobedeciendo las mínimas normas de comportamiento predecible, como riéndose del personal.

El irrespetuoso virus no parece querer aceptar que Cataluña y Aragón son dos países distintos y ha decidido atacar a ambos por igual, sin respetar lenguas ni banderas, empeñado en burlarse de aquello de que Madrid nos mata. De hecho, el virus ni siquiera sabe donde está Madrid o si forma parte de España o no; o siquiera qué es España. Tampoco Lleida. Matan los asesinos (o los virus) y roban los ladrones, que haberlos haylos por todas partes.

Barcelona y Madrid se muestran como focos de contagio, lo que es normal, dada la densidad de población y el hacinamiento de las provincias, pero ¿Lleida?, ¿por qué Lleida? ¿Y Huesca? Ninguna de las dos provincias tiene gran trasiego de personal, ni aeropuerto con tráfico significativo. Ah, se trata de los temporeros. Entonces, ¿por qué provincias como Huelva o Murcia tienen una incidencia de contagios tan baja?

Valencia, Sevilla y Alicante (las más pobladas tras Madrid y Barcelona) son también provincias con una incidencia baja. En Sevilla, por ejemplo, que tiene una afluencia considerable de turistas, se contabilizan 1.5 casos por millón, mientras en su vecina Badajoz, mucho menos poblada y con un número irrisorio de visitantes, se contabilizan 11 (nueve veces más) y en Ciudad Real, 15. En Galicia, la provincia más castigada es Lugo (8.6 casos por millón) mientras A Coruña y Pontevedra (las más cosmopolitas y pobladas) tienen una incidencia mucho menor.  

Y me pregunto: si en Huesca y Lleida se da tal intensidad de contagio, ¿por qué en Estambul, El Cairo o Delhi no están todos muertos? El caprichoso virus sabrá. Y el azar.

Román Rubio
Julio 2020

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