miércoles, 2 de diciembre de 2020

MARADONA

 

MARADONA


Me ha costado ponerme a escribir estas líneas, dada la profusión de artículos y comentarios —a favor y en contra— escritas por gente mucho más cercana que yo a la persona.

Maradona tenía el don de la relación con la pelota y con el juego. De niño, cuando actuaba de recogepelotas en Argentinos Juniors, el público le reclamaba en los descansos con el grito de “¡Pelusa, Pelusa!” y el chico se ponía a hacer toques y aguantando el balón en el aire, en la frente, en la oreja, o donde quería para deleite del público que adoraba a aquel chaval bajito, descarado y alegre que venía de Villa Fiorito, uno de los arrabales miserables del conurbano sur de Buenos Aires. Y esa habilidad con el balón, Dios la había depositado no en un descendiente directo del Libertador sino en las botas desatadas de un desharrapado chico de los arrabales bonaerenses de procedencia y porte plebeyos, lo que le convierte en un favorito del pueblo, como lo fueron el torero robagallinas o el púgil rebacoches del guetto de Detroit.

El muchacho se hace jugador profesional y se convierte en un jugador de élite, para muchos el mejor jugador del mundo. De momento no hay nada excepcional. Tenemos a  un jugador que podría ser el mejor de su época (en todas las épocas hay uno, ya se llame Bekenbauer, Di Stéfano, Cruyff, Pelé, Zidane o Messi), en su versión arrabalera.

Pero para llegar a mito y provocar el vocerío que ha provocado su muerte hacía falta ser algo más que el mejor jugador de una época, e incluso de todas las épocas. Para llegar a la altura de mito, el fenómeno Maradona se explica en dos lugares: Argentina y Nápoles.

En 1982 los argentinos se apropiaron de las Malvinas (o las Falklands, como prefieran), de administración británica, en una acción de la dictadura para reafirmar el orgullo nacional y su propia pervivencia, pensando que los británicos no se iban a atrever a intervenir. Lo hicieron. La Primera Ministra, Margaret Thatcher, envió una armada en un viaje de 12000 kilómetros y, en un tiempo récord, tomaron las islas. Fue una acción inútil en términos prácticos: las Falklands habían servido al Imperio Británico como puerto seguro para aprovisionar sus barcos en la peligrosa travesía del Cabo de Hornos, ruta comercial abandonada desde la apertura del Canal de Panamá. El esfuerzo de tomarlas fue un asunto de orgullo nacional. El resultado se vivió en Argentina como una severa humillación nacional.

Cuatro años después, en 1996, Argentina se cruza con Inglaterra en el Mundial de Mexico y Maradona capitaneaba el equipo argentino. Era el momento de los grandes, una lid de la que uno puede salir como héroe o villano. En el minuto 51 Maradona marca el primer gol. Todo el mundo ve que lo hace con la mano, de manera torticera y con propósito de engaño. Todos menos el árbitro, que dio el tanto por bueno. Cuatro minutos después, mientras los argentinos celebran con alegría inaudita el gol tramposillo y el resto del mundo echa en cara las malas artes del jugador, Maradona se inventa el mejor gol de ese campeonato y de todos los posteriores. Saliendo de su campo se deshace de Beardsley, Peter Reid, Terry Butcher (dos veces), Terry Fenwick y el portero Peter Shilton y marca el gol más celebrado de la historia del fútbol. Posteriormente ganaría el mundial el equipo argentino. Los astros se habían alineado y un hombre, el desharrapado muchacho del suburbio, había restituido el orgullo nacional. Ese gol significó en Argentina mucho más que la campaña militar en Reino Unido. Al fin y al cabo, los británicos necesitaron todo un ejército para derrotar a los argentinos. A estos les bastó con un muchacho bajito y descarado del arrabal. ¿Cómo no amar a ese muchacho?

El otro lugar fue Nápoles. Llegó y consiguió con el equipo local los dos únicos scudetti del club, permitiendo a los napolitanos mirar a los poderosos millonarios turineses de la Fiat y a los financieros milaneses de tú a tú. El argentino se ganó la pleitesía del pueblo napolitano.

Es cierto que después llegó el periodo de las adicciones, la obesidad, las difíciles relaciones familiares y las enormes depresiones y salidas de tono de aquel muchacho al que el traje de héroe divino le vino demasiado grande, pero, si lo piensan, solo Superman ha sido capaz de llevar el traje de héroe sin perder la cabeza. Y nunca se le vio por Villa Fiorito.

 

Román Rubio

Diciembre 2020


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