lunes, 15 de junio de 2015

PENSAR, ESCRIBIR

PENSAR, ESCRIBIR












Y tú, ¿por qué escribes? Esta es una pregunta que todo el que escribe tiene que contestar alguna vez. No sólo a instancias de los demás, sino también de uno mismo. Y tú, ¿por qué escribes? En el caso del escritor profesional, una respuesta superficial, por obvia, sería:” porque vivo de esto”. Bien, eso desvela nada más que la primera capa de la cebolla. Bueno,  podrías ser stripper o negociador/a de acciones en Bolsa o constructor, sin embargo un día decidiste, o la vida decidió por ti, ligar tu destino a consumir tiempo  entre cuatro paredes  frente a una  pantalla o una hoja de papel. Para quienes, como yo, lo hacemos de manera digamos que recreativa, la respuesta a la pregunta de ¿por qué escribes?, es todavía más complicada de explicar ya que no tenemos ese primer velo de “porque vivo de esto” que quitarnos en esta danza. Sólo tenemos seis, pues.

La primera motivación que viene a la cabeza sería la búsqueda de la “notoriedad” lo que motivaría al escritor (escribidor, según Vargas Llosa). Es cierto que el profesional comprueba a menudo las ventas de su libro o producto y no sólo por razones económicas, sino por el efecto ególatra de la difusión en sí, por sentir el efecto narcótico que ejerce el hecho de influenciar a los demás. El autor del blog, como es este el caso, mira con relativa frecuencia las estadísticas de visitas al sitio para sentir, de manera atenuada quizás, el mismo efecto.

No es esta, sin embargo la motivación (principal) que impulsa a escribir a las personas. Si de búsqueda de notoriedad se tratase trataríamos de subir a la web vídeos de nuestro perro cepillándose los dientes, o dando el biberón al bebé. Esto sí que da notoriedad. En minutos conseguiríamos más visitas a nuestro entorno virtual que en años de sesudos y elaborados artículos. Sin embargo, no conozco a ningún individuo tocado con el veneno de encadenar palabras dispuesto a buscar esa clase de notoriedad. No es por tanto ese el motivo que impulsa a escribir, aunque haya necesidad del público. Como dice un amigo y excelente blogger –saludytebeos.blogspot.com-, siempre hay alguien que te lee. Gracias al bendito Internet, siempre hay alguien, en algún lugar, en Cataluña, el Perú, Alaska, Singapur o León, que de manera enigmática te encuentra y te lee. Fielmente, con regularidad. Y para ese alguien y para uno mismo, se escribe.

Otra motivación, esta algo más profunda, es el placer que quien tiene el veneno de escribir siente en las raras ocasiones (rarísimas para los pobres diletantes, como yo) en que se consigue enlazar palabras de manera rotunda, precisa, bella…satisfactoria, comparable quizás al del músico que consigue el acorde exacto, la nota que da sentido a la melodía. La magia de la palabra: a veces, sin saber por qué, al unir palabras corrientes el escribidor se ve sorprendido por la química de estas que, siendo comunes, consiguen matices brillantes, sorprendentes, nuevos… y siente el placer que produce expresar algo con precisión.




“El pensamiento es la proposición con sentido”     Wittgenstein

La pregunta principal que se plantea la filosofía del lenguaje siempre ha sido: ¿Es posible tener pensamiento sin lenguaje? ¿Se puede razonar sin el uso del lenguaje? Imagino que habrán respuestas variadas entre los filósofos,  pero creo que está universalmente aceptado que el nivel de pensamiento en los animales viene determinado por la complejidad de su lenguaje y que sólo el humano tiene las palabras sobre las que elaborar el pensamiento. Esto es así. Con las palabras elaboramos el pensamiento. Ahora bien: mientras caminamos, cocinamos, vamos en bici, hacemos la compra… el pensamiento acude (o se desarrolla) dentro de nosotros de manera desordenada; las ideas se bombardean e interrumpen unas a otras haciendo del pensamiento algo confuso y estéril.

El que escribe, y esto es para mí lo que más me impulsa a hacerlo, tiene la necesidad de ordenar el pensamiento. De hacer de la profusión de ideas algo intelectualmente ordenado y con sentido. Cuando alguien quiere convertir las ideas en textos tiene que enfocar el pensamiento, acotar el campo para aislar los conceptos; tiene que exponer y presentar, relacionar y argumentar, ampliar y reducir, analizar y sintetizar; tiene que documentarse y tiene que seleccionar: separar el grano de la paja. Y este proceso, ni es banal ni sencillo, pero produce placer: remoto y procrastinado, pero placer.





Edward E. Forster, autor de Pasaje a la India, pone en boca de uno de sus personajes (una de estas ancianas frívolas con que los británicos adornan sus novelas) la frase: “how do I know what I think until I see what I say?  ¿Cómo voy a saber lo que pienso hasta que no vea lo que digo? Pues eso: ¿Cómo voy a saber lo que pienso si aún no lo he escrito?

Piensen en contestar la siguiente pregunta: ¿Qué es ser de izquierdas o derechas hoy en día? Es algo sencillo. Todo el mundo (o casi) sabe dónde se encuentra en ese espectro. Otra cosa sería definirlo. ¿Por qué una cosa que nos parece tan sencilla de aprehender intuitivamente nos resulta tan difícil de contestar? A eso me refiero cuando hablo de sistematización del pensamiento y del hecho de escribir. Siéntense y durante un par de horas anoten todas las ideas sobre el tema. Elaboren un texto de 800 o 900 palabras explicándolo y sabrán a qué me refiero.

Y si no quieren hacerlo lean mi entrada de hace unas semanas sobre el tema y critíquenla. A mí me van a permitir que me ausente de este blog durante un par de semanas en que tomo vacaciones para dejar vagar el pensamiento de manera desordenada,improductiva, estéril. Para tratar de poner orden después.

Román Rubio
#roman_rubio
Junio 2015

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