miércoles, 21 de octubre de 2015

WWW. JORGE LUIS BORGES

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Que Jorge Luis Borges (1899-1986) era un erudito no es descubrir nada. Es más, para muchos, entre los que me incluyo, Borges es “El Erudito”. No conozco muy bien su trabajo como poeta del que, por cierto, el autor estaba muy orgulloso pero su faceta de  prosista, con sus famosos relatos, que leí en mi juventud como prácticamente todos (los que leíamos) de mi generación eran una continua exhibición de erudición presentando en  forma literaria exquisita  paradojas del tiempo y del espacio como en el Aleph, para regocijo de filósofos, exponiendo taxonomías fantásticas o sistemas arbitrarios de numeración para sorpresa de matemáticos o físicos, descubriendo rincones reales o imaginarios de la mitología germánica y escandinava, exponiendo las contradicciones de los universos infinitos como en la Biblioteca de Babel o determinados por reglas azarosas como en la Lotería de Babilonia o revelando la invención de países o planetas (mundos enteros) inexistentes con reglas no materialistas como en Tlön, Uqbar, Orbis Tertius, para delicia de elucubradores.



Como erudito y como escritor ha tenido una enorme influencia en otros escritores contemporáneos como Umberto Eco, Salman Rushdie, Cortázar, Orhan Pamur y otros muchos, además de filósofos como Sabater o Foucault.
Lo curioso de la erudición del bonaerense es que se trata de eso exactamente: de erudición pura. Borges no era un especialista en nada. Si bien su discurso –también el hablado, no sólo el escrito- estaba salpicado de un sinfín  de citas y referencias cultas, nunca escribió un ensayo largo y profundo sobre tema alguno ni una gran novela. No era pues el intelectual al uso impuesto por los departamentos universitarios de literatura. Ni siquiera fue un gran fabulador. O más bien, fue un gran fabulador de pequeñas, sorprendentes y, a menudo, recónditas historias. Lo cierto es que, como de él es bien sabido, su fuente de inspiración y libro de cabecera fue, además de la Espasa… la Enciclopedia Británica. Era tal su devoción a la Enciclopedia que creo recordar que él mismo se vanagloriaba de –exagerando, supongo- haberla leído entera. Ni me imagino que relación habría tenido Borges con Wikipedia, con la misma Británica edición on-line o con el mismísimo Google, de haber vivido unos años más. Lo cierto es que no tuvo oportunidad de conocer el fenómeno ya que murió en 1986 y el buscador nació en 1989, popularizándose años más tarde. De cualquier modo, la relación del fenómeno Internet con la tesis de algunos de sus relatos más famosos es intrigante y enormemente significativa.



En realidad Borges era el hombre Google aunque él no tuviera elementos para saberlo. Si tecleamos su nombre en el buscador  obtenemos 16 millones de resultados en 0.51 segundos; cada uno de esos resultados es una página –sitio, más bien- que se refiere de un modo u otro al autor o a su obra, lo cual es por sí mismo, inabarcable: aunque hubiera alguien capaz de explorar la enorme cantidad de información, en el proceso se generarían nuevas entradas, incluyendo esta, haciendo la tarea imposible en su enormidad. En dieciséis millones de entradas referidas al intelectual argentino encontramos la verdad sobre cualquier aspecto de su vida y obra, la refutación de la misma, pruebas que niegan la refutación, pruebas de la aseveración y pisos en venta en la avenida Jorge Luis Borges de Málaga. ¿No es esto lo más parecido al contenido de la Biblioteca de Babel que describe un universo quasi infinito conformado por todas las combinaciones posibles de un conjunto de signos de un alfabeto limitado? Al contener el “todo”, la biblioteca dejaba de ser útil.



En el Aleph, ese punto que contiene todos los puntos del universo, ese punto de hiperrealidad fantástica, no es ciertamente Google Earth, la aplicación Maps o el servicio de búsqueda del buscador  pero es lo que más se parece a la conjunción de los tres.

El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Frey Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer de pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de Plinio, la de Philemont Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplicaban sin fin, vi caballos de crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada osadura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos, bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi un astrolabio persa(…)

En fin, señor Borges, que todo lo que vio usted en el misterioso Aleph del sótano de la vieja casa de la calle Garay de Buenos Aires, y mucho más, podría verlo hoy sin necesidad de recostarse en el suelo en cualquier tablet o smartphone; aunque, eso sí, de manera menos elegante y magistralmente poética. En realidad, lo que usted vio fue la World Wide Web y no fue capaz, en su distinción erudita, de nombrarla.

En cuanto a Funes el Memorioso, ese desdichado incapaz de dormir, que recuerda de manera trágica todo, que no es capaz de olvidar:

Ireneo empezó por enumerar, en latín y español, los casos de memoria prodigiosa registrados por la Naturalis historia: Ciro, rey de los persas, que sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos; Mitrídates Eupator, que administraba la justicia en los 22 idiomas de su imperio; Simónides, inventor de la mnemotecnia; Metrodoro, que profesaba el arte de repetir con fidelidad lo escuchado una sola vez. Con evidente buena fe se maravilló de que tales casos maravillaran. Me dijo que antes de esa tarde lluviosa en que lo volteó el azulejo, él había sido lo que son todos los cristianos: un ciego, un sordo, un abombado, un desmemoriado. (Traté de recordarle su percepción exacta del tiempo, su memoria de nombres propios; no me hizo caso.) 
Nosotros, de un vistazo, percibimos tres copas en una mesa; Funes, todos los vástagos y racimos y frutos que comprende una parra. Sabía las formas de las nubes australes del amanecer del treinta de abril de mil ochocientos ochenta y dos y podía compararlas en el recuerdo con las vetas de un libro en pasta española que sólo había mirado una vez y con las líneas de la espuma que un remo levantó en el Río Negro la víspera de la acción del Quebracho. 

¿No es, en realidad, una parábola de la inmensidad alimentada por miles de millones de ojos permanentemente abiertos en todo el mundo, que es capaz de almacenar de manera inquietantemente permanente el ordenador de Facebook, en California?

Román Rubio
@roman_rubio
Octubre 2015

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