jueves, 10 de enero de 2019

ROMA


ROMA




No he visto la película Roma del mejicano Alfonso Cuarón. Por un motivo muy simple: no estoy abonado a Netflix, aunque como lector de prensa que soy, tengo la suficiente información de la misma para saber que está rodada en blanco y negro y trata, a través del día a día, de una familia, de las especiales relaciones personales y de clase entre hombres y mujeres, señores y criados (y señoras y criadas) y sus roles prácticos y afectivos en el desarrollo de la vida familiar y su imbricación en el orden social del México de los setenta del siglo pasado. Pero no es de la película de lo que quiero hablar sino de la polémica levantada a propósito del subtitulado de la misma en “español de España” para su exhibición en nuestro país, de modo que mientras escuchamos cosas como “la playa de Veracruz está bien fea”, leemos en los subtítulos: “la playa de Veracruz es fea”, más acorde a lo que diría un “español”, o alguien que se supone que habla un español “neutro”. Para adaptarse al gusto de aquí, “boleto” se convierte en “billete” en el subtítulo; “se ha enojado” en “se ha enfadado”, “ustedes” en “vosotros” y lo que ya es rizar el rizo: “mamá” en “madre”. Por si alguien no lo había entendido.

Las críticas han sido variadas y desde todos los frentes: el mismo Cuarón ha tachado la iniciativa de “parroquial ¿?, ignorante y ofensiva” y el escritor mexicano residente en Barcelona Jordi Soler dice que es un acto “paternalista, ofensivo y provinciano” y llega a decir que “no es para entender los diálogos; es para colonizarnos”. Hasta mi admirado Alex Grijelmo ha salido a la palestra opinando que la “traducción” (que no la transcripción) de los diálogos es innecesaria ya que el contexto y la fuerza analógica del idioma resuelven las dudas. Estoy de acuerdo: si una mujer dice “estar de encargo” por “estar embarazada” suele quedar explicado en el contexto, especialmente si se toca la pancha, lo cuenta como un problema y se ha visto acosada por el señorito. Con mayor motivo parece innecesario escribir “¡espera!” cuando se escucha “¡aguarda!”.

Creo, sin embargo, que se exagera. Que no hay motivo para rasgarse las vestiduras. Pienso que algunos (principalmente mexicanos) ven paternalismo, colonialismo y provincianismo donde solo hay un sentido práctico del uso de la lengua. Los subtítulos siguen las directrices de las distribuidoras y se atienen a los principios de claridad y economía en la exposición. Ningún diálogo, de ninguna película, se traduce o transcribe literalmente. Ocuparía mucho espacio de pantalla, quitando imagen, y no daría tiempo al espectador a leer todo en determinadas escenas. Por eso, atendiendo a la claridad y la economía, el “traductor” se debe esmerar en intentar poner el mensaje completo de la manera más clara y con un número reducido de palabras. Y si se trata de interpretar lo que dicen los personajes, ¿por qué habría que respetar todos los modismos que dificultan la comprensión del espectador?

Quizá el lector no sepa que cuando se dobla una película de Hollywood en nuestro idioma se suelen hacer dos versiones: la versión de “español sudamericano” (se ha conseguido hacer una jerga asumible para hablantes tan distintos como los puertorriqueños y los chilenos) y la de “español”, se entiende que el europeo peninsular y ni el español (a fuerza de costumbre) acepta de buen grado que Michael Caine hable en “argentino” porteño ni el argentino que hable “español” de Valladolid.

No conozco detalles de como el inglés ha solucionado el problema para que los personajes de Liverpool o Glasgow de Ken Loach sean entendidos en Oklahoma (si es que hay alguien allí interesado en hacerlo) o de si los londinenses pueden digerir los episodios de The Wire sin “traducción” alguna, pero sí conozco los detalles con los que se atendió a los asuntos lingüísticos en el rodaje de El señor de los anillos, en los que se puso mucha atención y cuidado.

Se desechó el acento americano como siempre que se trata de territorios de leyendas supuestamente ancestrales. Así, los Hobbits hablan con acento de Gloucestershire, dándoles un aire rústico e intemporal, respetando en el habla las diferencias de clase; en Gondor se habla con acento RP (inglés BBC) con un toque del norte de Inglaterra y en Rohan una mezcla de ambos. Y a los Orcos, se les confirió un acento “cokney” urbano, con una voz ronca, en un intento de reflejar su maldad. Para hacerse asesorar, los productores contrataron a Andrew Jack, un especialista en dialectos del inglés, filólogo, como lo era el mismo Tolkien.

Y todo el mundo parece que quedó tan contento: los de Iowa, los de Edimburgo y los de Perth. No hay nada como querer conformarse.

Román Rubio
Enero 2019




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