sábado, 19 de enero de 2019

LA REBELIÓN DE LOS PALETOS


LA REBELIÓN DE LOS PALETOS




Vale, el título es demasiado radical. Es una concesión al marketing. He observado que el número de lectores de este blog varía dependiendo del impacto del titular, de modo que haré como la Sexta: a partir de ahora “Niño muerde a perro” será la tónica que ha de llevar a este autor al buscado (y no encontrado) loor de multitud. Utilicé la expresión “rebelión de los paletos” hace poco en una conversación, de manera algo provocadora, refiriéndome a las revueltas de los chalecos amarillos en Francia. Un amigo se sintió algo ofendido por el hecho de que yo llamara “paletos” a quienes protestaban (¿protestan?) en Francia de manera violenta por algunas iniciativas gubernamentales (subida del precio del gasoil, entre otras). La protesta de mi amigo se debe a dos razones: la primera es el poso izquierdista. Es y ha sido simpatizante de la izquierda y hay una condescendencia atávica en la izquierda hacia la revuelta y el desorden callejero (kale borroka, CDR…), que tiende a verse como una expresión de la defensa de los derechos de un pueblo soberano e indómito contra las élites culturales y económicas. Más o menos, la continuación del esquema burguesía-proletariado y la dialéctica de la lucha de clases del marxismo. La segunda es la apreciación de muchos de que el pueblo (en una extrapolación roussoniana de la ética de lo individual a lo social) es por naturaleza, bueno; y sus dirigentes, malvados, como si “los dirigentes” (políticos y miembros destacados del establishment) no salieran del pueblo y fueran unos marcianos que algún ser perverso hubiera traído al lugar para regir los destinos de unos pobres corderitos que prefieren pagar sin factura para ahorrarse el IVA.

Los gilet jaunes no son de izquierdas ni de derechas, cosa que confunde a algunos que parecen no entender de qué van las cosas ahora en el mundo occidental: quieren medidas proteccionistas para preservar el modo de vida del mundo rural francés: que los productos de la campiña valgan lo que cuesta producirlos, lo que evitaría la despoblación de las provincias y la supervivencia de los paisanos (les paysans). Muchos de los votantes de Trump en EEUU (esos rednecks ignorantes, consumidores de hamburguesas triples, que gustan conducir camionetas con fusil bajo el asiento) fueron, en su momento, votantes demócratas y quieren lo mismo: han visto como las industrias han ido desapareciendo de muchas áreas del país, antes prósperas, para localizar la producción en lugares como China primero y luego Vietnam, India o Bangladesh, trayendo a los EEUU el paro (poco) y la despoblación de algunas áreas (la ciudad de Detroit ha pasado de 1.850.000 habitantes en los años 50 a 700.000 gracias a la “deslocalización” de la industria del automóvil). Los británicos que apoyaron al Brexit provienen mayoritariamente de los condados rurales y forman una masa de shopkeepers (tenderos, como Thatcher), labourers (fontaneros y granjeros) y gentry (terratenientes de Land Rover y wellingtons -botas de agua verdes hasta la rodilla-) y quieren la misma cosa: salir de la UE para controlar ellos mismos la política migratoria y la localización de sus empresas sin pecaminosa intromisión extranjera. Todos buscando lo mismo: el fortalecimiento de la tribu, en el convencimiento de que viviendo dentro del muro se preservan las esencias y el mundo es mejor. Los pagesos y los botiguers constituyen un corpus muy importante en el procés de desvinculación de Cataluña Y Vox ha venido a afirmar sin pudor las “esencias españolas” que parecen ser (o así lo son para ellos) la vida campera, los toros, la caza, la Semana Santa y olé. Todo por la tribu.

No soy profeta y no sé, por tanto, el recorrido que tiene esta tendencia, pero tengo la sensación de que es largo y profundo. Tampoco sé si será bueno ni malo, ni para quién. Lo que sí sé es que cada año, gracias a la competencia “desleal” de la deslocalización, millones de personas en India Vietnam o Bangladesh salen de la pobreza y que 300€ al mes de salario, que para algunos significa semiesclavitud, es, para otros, la diferencia entre comer o no comer, ir o no poder ir al médico. Y quiero recordarles a todos los gilets jaunes del mundo que en mi infancia salían las mujeres de la pobre España a recoger dinero en unas huchas para que comieran “los chinitos”, los mismos que ahora tratan de comer sin pedir, solo fabricando chalecos de obligatorio porte en el coche.


Román Rubio

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