sábado, 16 de mayo de 2020

CABIN FEVER


CABIN FEVER




Cabin fever (fiebre de cabaña) es una expresión bien conocida en inglés y muy usada en los relatos de literatura de viajes o aventuras como las expediciones árticas o la fiebre del oro en Alaska. El confinamiento en las cabañas producía en los hombres síntomas físicos y psíquicos, a veces graves. Entre los físicos estaba el deterioro de los ojos, propiciado por las largas horas de oscuridad en los interiores de las cabañas, la poca o nula ventilación, dadas las inclementes temperaturas exteriores, y el humo de la combustión de las estufas de leña. Ello producía lesiones oculares, a veces, muy severas. La falta de ejercicio y de luz exterior provocaba atonía muscular, agravada por una alimentación deficiente, escasa de productos frescos.

Todo ello daba lugar a problemas psíquicos como claustrofobia, irritabilidad, desasosiego, insomnio y agresividad hacia los compañeros de confinamiento o hacia uno mismo, síntomas que se aliviaban fácilmente saliendo al exterior, cuando esto era posible y las condiciones no eran demasiado hostiles.
Los desarreglos del confinamiento o “fiebre de la cabaña”, han sido tratados con frecuencia en la cultura popular: desde Crimen y castigo, de Dostoiewski, al episodio de los Simpsons  Mountain of Madness,  pasando por la película de Chaplin La quimera del oro (Gold Rush), El resplandor (The Shining), de Kubrick , o la Novela de ajedrez (Schachnovelle) de Zweig.

Hoy, en este confinamiento inesperado, vivimos en casas normalmente bien ventiladas, sin humo, con las despensas aprovisionadas y con salidas regulares a tomar el aire, con lo que por el testimonio de algunos amigos y conocidos, la lectura de los diarios y mi propia experiencia, se produce lo que se da en llamar “síndrome de la cabaña”, con efectos a menudo distintos si no opuestos a los descritos.

La gente se siente cómoda en el confinamiento light y, tras unas semanas, se da cuenta de todo lo que le sobraba y antes consideraba esencial: viajar, tener vida social, comprar ropa, asistir a conciertos, reuniones de escalera o visitas a la parroquia, al psicólogo o a las sesiones de alcohólicos anónimos parecen haber perdido “punch”. Es como si de momento nos hubiéramos dado cuenta de todo lo que nos sobraba. Y muchos ya no quieren (¿ya no queremos?) salir. Como Juan Carlos Onetti, el escritor que pasó sus últimos años encamado, no porque estuviera enfermo o impedido, sino, simplemente, porque había perdido el interés por lo de afuera.

En Japón se han producido 1455 suicidios en el mes de abril —mes de confinamiento—, 359 menos que el año anterior (un 20% menos). Esto se atribute a que la gente pasa más tiempo en familia,  menos horas en el traslado al trabajo, el entorno laboral es menos estresante y al aplazamiento del inicio del curso escolar, que en Japón empieza en abril. Otro factor es el ya conocido de que en tiempos de crisis y desastres nacionales la gente no está para pensar en suicidios y tonterías. Se espera, por el contrario, un rebote en el mal sentido durante la crisis económica posterior.
Ya ven: el confinamiento es la botella medio llena y  medio vacía. No sé si hemos cambiado mucho, poco o nada, pero intuyo que podemos vivir con mucho menos de lo que sospechábamos. Y siendo igual de felices. O de infelices.

Román Rubio
Mayo 2020

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