martes, 30 de agosto de 2016

VANITAS VANITATUM

VANITAS VANITATUM














“Vanitas  vanitatum, omnia vanitas”
Vanidad de vanidades, todo es vanidad
Eclesiastés

Ocurrió en Sydney. Amy Sharp, de 18 años, se escapó de una comisaría de la ciudad en la que estaba retenida por robo –“delito contra la propiedad”, en términos técnicos policiales-. A continuación, como es costumbre, la policía difundió unas fotos tomadas durante la detención en que la chica, con cara cansada, iba envuelta en una poco favorecedora manta rosa. Esto debió parecerle a Amy totalmente inaceptable de modo que, fugitiva como estaba, envió al Facebook de la cadena Australia’s Chanel Seven un mensaje, proporcionándoles la mejor foto de sí misma en la que  aparecía mucho más mona y arreglada, con el educado requerimiento de que usaran la favorecedora imagen en vez de el adefesio  policial para sus telediarios. Genial, la chica. Una cosa es que difundan tu imagen de delincuente, para lo que tienen derecho y otra que usen  una imagen execrable. ¡Con lo cuidadosos que somos a la hora de elegir la foto de nuestro perfil en la Red para que vengan ahora, en el momento en que se emite para todo el país con una imagen zarrapastrosa tomada en horas bajas en comisaría! ¡Hasta ahí podíamos llegar!

¡Ay, la coquetería, hermana pequeña de la vanidad! Tan denostada y tan común. “El que niega su propia vanidad suele poseerla de forma tan brutal, que debe cerrar los ojos si no quiere despreciarse a sí mismo” decía Niestzche de ella. Y es que no conozco (ni yo ni tú, lector) a nadie que no lleve consigo su mochilita de vanidad. Eso sí, cada uno a su manera: de su imagen, de su reputación profesional, de su (relativo) éxito con los demás, de su fortuna, de su vigor, de su condición de líder, de sus muchos amigos, de sus escritos, de su rol en el grupo, de su bondad y generosidad… Para mí, la vanidad es una fase atenuada e inofensiva de la arrogancia y de la soberbia. La vanidad es inocua y no suele tratarse sino de amor propio al descubierto. Hay quien trata de diferenciar entre vanidad y autoestima dándole a la primera un sentido negativo, como alimento del ego y a la segunda (la autoestima) una carga positiva como de alimento del espíritu. Chorradas. Es la misma falacia de quienes tratan de argumentar la diferencia entre patriota y nacionalista: el patriotismo encarna lo bueno, lo valiente, lo gallardo, lo generoso, la entrega del individuo al bien común; el nacionalismo, por el contrario, encarna la exaltación de la diferencia, el chovinismo, la racanería ante el otro… Patrañas de trilero. Es lo mismo pero con distintas palabras, según conveniencia. El nacionalista es visto como un patriota desde el otro lado de la trinchera. Y viceversa.

Pero volvamos a la vanidad. En la filosofía y la literatura clásicas representa lo efímero, lo transitorio, lo terrenal, ante lo que se opone lo permanente, lo sólido, la vida eterna. A ello dedicó Jorge Manrique uno de los mejores poemarios medieval-renacentistas de la literatura española en el que nos previene de que: 
“Este mundo es el camino
para el otro, que es morada
sin pesar;
más vale tener buen tino
para andar esta jornada
sin errar”

A la hora de aleccionarnos sobre el camino para ganar la eternidad desprovista de vanidad, el autor nos sugiere dos rutas:
“…mas los buenos religiosos
gánanlo con oraciones
e con lloros;
los caballeros famosos,
con trabajos e aflicciones
contra moros.

¡Alto ahí! Que los religiosos ganen el cielo con sus oraciones me parece simplista y facilón. Lo de los lloros ya me parece más pérfido, en cuánto que la religión, todo el mundo sabe que ofrecía una vida fácil y sin grandes trabajos a sus servidores en comparación con el valle de lágrimas del siervo e incluso del labrador, pero que los caballeros famosos se ganen la vida eterna con sus trabajos y aflicciones contra moros… hombre, amigo Manrique: Reconoce que ahí te has pasado, por muy cumbre de la literatura de la época que seas.

Antes de ser guillotinada, una dama de la aristocracia francesa pidió un momento para retocarse el maquillaje, otra (Mdme. Du Barry) también pidió una pequeña prórroga con su famoso “Encore un moment, Monsieur le bourreau, encore un moment” para… bueno, no sé; y Maria Antonieta, la pobre, pisó sin querer al verdugo, de lo que educadamente se excusó con un: “Disculpe señor, no lo hice a propósito”. Yo te piso sin querer, tú me decapitas queriendo y yo te pido perdón: Noblesse oblige. De cualquier modo, la vanidad es terrenal, es transitoria, y es deliciosamente coqueta si no se lleva al extremo de la soberbia o la arrogancia, términos enfermizos y generadores de mal. Además -como dijo Sábato- “… es tan fantástica (y tan poderosa –añado yo-), que hasta nos induce a preocuparnos por lo que pensarán de nosotros una vez muertos y enterrados”. Ahí es nada.

Román Rubio
Agosto 2016

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