sábado, 15 de septiembre de 2018

BLASFEMIAS


BLASFEMIAS




Oí contar a mi padre que en los remotos años 20 del siglo pasado, había llegado a conocer la línea de diligencia que comunicaba a diario Albarracín y Teruel. Al gobierno del carruaje había un tipo entrañable y endurecido por el clima inclemente de los llanos de Teruel. El personaje tenía algunos vicios y otras tantas virtudes. Entre los vicios se contaban el continuo tiento a la bota de vino que siempre colgaba del pescante (no existían restricciones de alcohol para los conductores hace un siglo) y el vocabulario blasfemo e irreverente con que celebraba cada incidencia concerniente a las ruedas del carruaje, las condiciones del terreno o la disposición de las mulas. Entre las virtudes se contaban el hecho de que ofrecía la bota a cualquiera que la quisiera tentar y de que, después de maldecir todo lo sagrado que existía en la cúpula de los cielos y en los lugares más sagrados de las iglesias y catedrales por un quítame esas pajas, se giraba y, si veía alguna remilgada señora o cura entre el pasaje, decía: “con perdón”, para seguir mentando a todos los habitantes del cielo en el siguiente bache.

Hace poco que el actor Willy Toledo ha sido detenido por cagarse en dios. Bueno, en realidad era por no presentarse ante el juez ante el que debía prestar declaración por haber dicho esto y otras cosas por el estilo en su defensa de las mujeres que protagonizaron en Sevilla la procesión de la Anarcofradía del Coño Insumiso. Si hubiera que haber encarcelado en este país de blasfemos a cada uno que se hubiera cagado en dios, la virgen o el copón bendito, las cárceles habrían estado a rebosar en todo momento. No es eso. Se trata de que el actor es justo lo contrario que el carretero de Albarracín. Siendo como es (o así lo parece) una persona instruida, culta y hasta bien hablada, solo blasfema con el propósito de molestar. Lo que en boca del entrañable y honesto carretero era un colorido homenaje a la espontaneidad y al disparate de vivir, en la del actor se convierte en una impostura sin sustancia ni autenticidad.
 No tengo nada contra de la blasfemia ni los blasfemos. Yo mismo uso de tan catártico recurso cada vez que me cojo el dedo en una puerta, pero no me gustan los que lo hacen escuchándose o voceándolas para que se les escuche, haciendo de ello un acto político y arrogándose después el papel de mártires.


No solo de religión vive el hombre. Los símbolos nacionales (banderas, himnos y demás parafernalia) también cuentan. Hay quien decide amarlos (no hay más que ver nuestro país, o algunas de sus partes) y hay quien no.
En Australia, una niña de nueve años fue recriminada en su escuela por no levantarse mostrando respeto al himno nacional. ¿Y la razón? Por no respetar a los pueblos aborígenes del continente. “Será aborigen, ella” —dirán ustedes—. Pues no. Es blanca como el nácar y de ascendencia de Europa del norte (se apellida Nielsen), lo que no impide que esté enfadadísima con el hecho de que “sus” tatarabuelos (y no los míos o los tuyos, lector) ocupasen un continente en medio del Pacífico Sur, marginando a sus habitantes autóctonos. Alega que la línea del himno que dice “Advance Australia Fair” es injusta con los aborígenes, puesto que “Fair” se refiere a “rubio” o “blanco”, obviando que también puede significar “justo”, que ambas lecturas son correctas.
Otra cosa que la niña no sabe (o no comprende) es que no hay “habitantes autóctonos”. Sus propios orígenes —en parte, británicos— son muy mestizos: unos celtas que fueron dominados por unos romanos que, en un momento dado, fueron invadidos por unos pueblos germánicos (anglos, sajones y jutos) y unos vikingos y que después serían dominados a la fuerza por unos normandos (estos froggies…).

Como ven, no hay verdades absolutas sino falta de perspectiva. O perspectivas viciadas, vaya.


Román Rubio
Septiembre 2018

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