lunes, 12 de noviembre de 2018

BIG BROTHER IS WATCHING YOU



BIG BROTHER IS WATCHING YOU

Googleito de mi vida, / eres niño como yo;
por eso te quiero tanto / que te doy mi información.
Tómala, tómala, / tuya es, mía no.

Encuentro muy, pero que muy chocante esa actitud generalizada de crítica, desconfianza y, a menudo, rechazo frontal al hecho de proporcionar información a las grandes empresas —Google, Facebook o Instagram...— con nuestras andanzas. Pues claro que se la proporcionamos. Y valiosa. Aunque, en realidad, sospecho que no es “nuestra” información lo que interesa a estas empresas, sino la de millones de individuos como nosotros que conforman el Big Data y que tiene aplicaciones comerciales y políticas indudables.
Saben de lo que hablo: buscas información turística sobre San Petersburgo y estás dos meses recibiendo pequeños anuncios de hoteles o vuelos a aquella ciudad. Abras la página de internet que abras, allí está la última oferta. No quiero ni pensar la de anuncios que uno recibirá si compra en Amazon un látigo de cuero negro con púas. Usted lo sabrá, lector pillín. Y esto resulta insoportablemente irritante a algunos. A mí también me resulta irritante, por supuesto, pero solo ligeramente. Me confieso un incondicional de Google y le perdono sus pequeñas venganzas. Es tanto lo que me da que estoy dispuesto a sacrificar una parte de mi libertad (o, mejor dicho, de mi privacidad) con tal de beneficiarme de su omnisciencia. A lo mejor porque nunca he comprado un látigo de cuero con púas en internet.

“No es de la benevolencia del carnicero, el cervecero y el panadero de donde esperamos obtener nuestra cena, sino de la atención a su propio interés”, escribió Adam Smith en La riqueza de las naciones (An Inquiry into The Nature and Causes of the Wealth of Nations, 1776). En efecto, este es el fundamento de la economía que ha hecho rodar el circo desde el inicio y que define lo que es, en esencia, un buen negocio: una transacción en la que ambas partes salen beneficiadas. El proveedor ofrece un producto o servicio que el cliente quiere poseer y, a cambio, le pide un dinero que necesita y/o enriquece. Y ambos resultan satisfechos. No vale que una parte salga beneficiada en detrimento de la otra, como en el caso del mafioso, que cobra por ofrecer una protección contra su propia agresión. Eso no es negocio, es extorsión. Ni el del tratante que da anfetaminas al burro para venderlo en la feria de ganado tampoco; eso es engaño. Negocio redondo es —como me explicó un día un vendedor de coches de la marca Mercedes— el acto comercial en que el comprador paga mucho dinero por un producto excelente que desea poseer.
Google, WhatsApp, Facebook o Instagram no engañan: proporcionan servicios que uno, en plena libertad, decide usar. Y resultan gratuitos. Bueno, no exactamente. A cambio usan tus datos para orientar las campañas de marketing. Y ese es el negocio. En una parte de la balanza está el contenido del servicio (la Biblioteca de Babel, en el caso de Google), en la otra, el requerimiento de tu información personal. ¿Qué pesa más para ti? El dilema es muy sencillo: si los beneficios que te reportan estas compañías superan a tus remilgos sobre privacidad, los usas; y si es al contrario, pues no los usas. ¿Qué hay de difícil en ello?
Eso sí, si huyen de la policía porque han matado a su vecino, les recomiendo que no usen su móvil ni su Visa. O, mejor, no maten a su vecino.

Conocí a alguien que, además de hacer gala a menudo de tener un cerebro de chorlito, se quejaba amargamente de que el uso de su tarjeta Visa daba información (al Gran Hermano) de por donde andaba, cuales eran sus gustos y su nivel de gasto. Lo que no consideraba mi conocido (me resisto a llamar amigo) era que, en el otro lado de la balanza, una simple tarjeta de plástico le permitía andar sin dinero cosido en la faltriquera y obtener efectivo en cualquier rincón del mundo. Por qué usaba la tarjeta, exponiéndose impúdicamente al escrutinio del Ser Omnisciente, es algo que se escapa a mi comprensión, a no ser que se tratara del ejercicio de expiación que le suponía el hecho de quejarse.
Y no es que yo no vea peligros e inconvenientes en el uso y abuso de las redes sociales que, en mi opinión, van por otro lado: mayormente por el del comportamiento. Son instrumentos diseñados para ser adictivos y pueden ocasionar perjuicios a muchas personas con personalidad lábil y dependiente —a menudo adolescentes, pero no solo— que viven esclavas del “me gusta” y que pueden verse muy afectadas cuando el número de estos no cumplen las expectativas.

Yo, por mi parte, me dispongo a buscar en Google látigos de cuero con pinchitos y adquiriré uno en Amazon. A ver como reacciona Big Brother. Ya les contaré.

Román Rubio
Octubre 2018

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