lunes, 4 de noviembre de 2019

LA PEOR PARTE


LA PEOR PARTE




“Me odia, exactamente, media España”, le oí a decir hace poco a Wyoming en uno de esos destellos de lucidez a los que nos tiene acostumbrados. La mitad de los españoles odian a su persona, y odian, sobre todo, a su personaje, su versión humorística e histriónica. La otra mitad, más o menos, le adora. O al menos, le soporta.

Les pasa a todos los que se exponen públicamente. Uno expresa su opinión sobre algo e inmediatamente tiene como enemigos a media España: más enemigos cuanto más popular sea el personaje. Solo los tibios, los mediopensionistas y los que no abren la boca están a salvo de la animadversión de los otros, y eso porque solo consiguen menosprecio. Los demás, los que tienen convicciones, son vilipendiados por el 50% de sus compatriotas. Yo mismo trato de exponer las mías de una manera comedida en mis escritos destinados a hacerse públicos. Aún así, me ha costado algún que otro amigo. En mi descargo apuntaré que he perdido algunos por izquierdista y/o independentista (¡dios, ¿quién habrá inventado tan absurda asociación?!) y a otros por lo contrario, por constitucionalista facha (otra asociación demencial), con lo que tengo la impresión de estar en el buen camino, alejado de la senda de los rebaños fanáticos.

¿Pero, quiere decir que el 50% que no te detesta te adora? Bueno, no necesariamente. Una parte de ellos sí, pero a otros les caes bien solo parcialmente. Ese es el caso de Fernando Savater, personaje que atesora muchas fobias y también filias, aunque estas, más parciales. Yo soy uno de ellos.

Savater es  un tipo que me interesa y del que leo todo lo que cae en mis manos, que son sus artículos —que publica en El País— y algunos de sus libros. Me gusta la precisión y solvencia de su prosa: rica, imaginativa y chispeante, salpicada de citas oportunas, cultas y esclarecedoras. En cuanto a lo que dice, todo (o casi todo) tiene un gran sentido común. Discrepo con él, a veces, más por la intensidad o el grado de sus posturas y convicciones que por estas en sí, con las que, en términos generales, coincido. Claro que el filósofo aporta siempre un punto de vista personal  e indómito exento de gregarismo ideológico bobalicón: “…en mi relación con los dos hemisferios del mapa político no hay equidistancia, sino dos pulsiones —o, más bien, repulsiones — opuestas: de la llamada izquierda me repele mucho de lo que hace y bastante de lo que dice (especialmente en estos últimos tiempos), pero de la denominada derecha me distancia sobre todo lo que es”.

Acabo de leer su último libro La peor parte, dedicado a su mujer de los últimos treinta y tantos años, Sara Torres Marrero (Pelo Cohete, para el autor), muerta tras un demoledor proceso cancerígeno de nueve meses de grandes sufrimientos.

Es posible que haya ocurrido, pero no recuerdo haber sido testigo de una confesión de afecto, ternura, pasión y pérdida tan sentida como la que el filósofo dedica a su compañera, a su mujer, al amor de su vida.

“Da más fuerza saberse amado que saberse fuerte”. Goethe.
Román Rubio

Noviembre 2019

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