jueves, 14 de noviembre de 2019

VOX (POPULI)


VOX (POPULI)




Acaban de llegar. Bueno, ya estaban aquí, pero ya saben a lo que me refiero, y me gustaría anotar unas cuentas reflexiones sobre el fenómeno, así, a vuelapluma. Casi sin pensar.

Vox crece. De acuerdo. Y mucho. Son varios los factores: uno de ellos —aunque no el principal— es la torpeza del Presidente convocando elecciones. En esencia, crece porque representa el nacionalismo español (españolista) radical y este aumenta con el aumento del nacionalismo periférico catalán (catalanista). Siempre es igual: ¿El PP de Aznar es muy pero que muy español? El independentismo pasa del 20% al 40%. ¿Arde Barcelona? Vox dobla diputados.

El fascismo aumenta mucho en España. Falso. Son los mismos que eran. Los de Vox no han nacido estas semanas ni se han visto iluminados por la cegadora luz de Pablo de Tarso. Existían; lo que pasa es que estaban encuadrados en el PP. Ahora son los mismos, pero segregados y quizá más convencidos.

Extrema derecha. Cuidadín con los adjetivos. Todo escritor profesional (y hasta los amateurs) sabe que hay que ser prudente con los adjetivos. Si a lo “malo” le llamamos “horrible” y a lo “aceptable” le llamamos “extraordinario”, corremos el riesgo de quedarnos sin campo semántico para cuando haya que definir algo de verdad “horrible” o “extraordinario”. Yo los llamaría “derecha tradicionalista” y me guardaría lo de “extrema” para los elementos y grupos violentos y estraparlamentarios.
En EEUU han optado por la poco descriptiva expresión de Alt Right (Alternative Right).
De todos modos, si usted quiere llamarles “extrema” derecha es muy libre de hacerlo. Ahora bien, busque un adjetivo para calificar a los que van por ahí repartiendo mamporros (España 2000 y otros). ¿Extremísima, quizá?

Dejemos, pues, el tema, no vaya a ser que nos ocurra como a aquellos que se enzarzaron con la discusión sobre el sexo de los ángeles con los turcos a las puertas de Bizancio.

Todos ellos son malas personas. Falso. Vale, de acuerdo; la cara del Secretario General del Partido parece confirmar la tesis, pero, créanme: los hay malos, muy malos, buenos y muy buenos. Son como usted y como yo. Cuidan de sus hijos y sus mayores, donan órganos, echan una mano en las desgracias y se enfadan cuando los dueños de los perros no recogen los excrementos de las aceras. Como todos. En mi infancia se representaba a los comunistas con cuernos y rabo y en las películas de Bertolucci los fascistas matan a los niños a golpes contra la pared, sujetándoles por los tobillos, lo cual nunca hizo tu abuelo. Sí, ya sabes; el falangista.
Recuerden lo que dijo Hanna Arendt sobre Eichmann sobre el hombre corriente al servicio de las ideas y del mal.

Nostálgicos del franquismo. Sí. Muchos lo son. Otros, no tanto, aunque sientan nostalgia por el orden y la paz (lamentablemente, también por la de los cementerios)

Son violentos. No. Hasta ahora no. Hay quién dice: “Déjalos y verás. Estos empiezan demócratas (como Hitler) y terminan en dictadura fascista”. No sé. Quizá; pero de momento, no lo son.

Tienen futuro. Sí. Y mucho. Como en Francia, Holanda, Polonia, Hungría, Alemania… Bueno, en Alemania algo menos, pero es que no es comparable. ¿O es que no han visto los documentales de cómo quedó aquello en el 1945?

El asunto está caliente. Seguiremos opinando, conforme vayamos teniendo más datos.


Román Rubio
Noviembre 2019

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