martes, 28 de abril de 2015

LORD LONGFORD

LORD LONGFORD



Hace unos días se produjo la extraordinaria noticia de la salida de prisión en régimen de libertad condicional de Mª José Carrascosa, la valenciana encarcelada en EEUU por haberse traído a su hija a España tras su separación con un ciudadano estadounidense, a pesar de tener otorgada la custodia de la niña por un tribunal español. En fin, un triste caso con un final –deseamos- feliz. Enhorabuena.

Junto a ella, un hombre la acompaña y cariñosamente le pasa el brazo por los hombros. He tratado de seguir su huella en internet y sólo he llegado a descubrir su nombre. Se llama Antonio Álvarez, es –o eso señala el artículo de prensa que más información da- un sacerdote español. Y no sabemos más. En alguna cadena de televisión escuché decir que, en clara renuncia a la popularidad, no había contestado a los requerimientos de comunicación por teléfono de la cadena y que era el hombre que la había visitado en prisión todos estos años. Me hizo pensar en la importancia de la asistencia del sacerdote, único visitante de la presa durante años y único vínculo de ésta con el mundo exterior. Aparte de la ocasional –dada la distancia- visita familiar y la periódica carta, el sacerdote -poniéndome en el lugar de la presa-, suponía para la desgraciada mujer el sustento emocional, el puente con la vida, la boca del pozo que conecta el infierno con la libertad.

Conocí en una ocasión a un ciudadano francés prejubilado que se dedicaba de manera altruista a realizar visitas en prisión a personas que no tenían quién se las hiciera. Según me dijo mi amigo, su visita periódica constituía para algunos presos, extranjeros en su mayoría, penando en prisiones galas, la única conexión con el mundo exterior. En un mundo de adoradores del becerro de oro, la función altruista del visitador es una lección de humanidad desinteresada.

No conozco ninguna historia tan peculiar en este tema como la del noble inglés  Lord Longford (1905-2001), célebre en su país principalmente por dos cosas: la primera fue la enorme publicidad le dio la prensa amarilla por sus visitas a los locales porno en el proceso de documentación para su campaña antiporno y la segunda fue su atención en prisión a Myra Hindley, “la asesina de los páramos”.


Lord Longford


La actividad más destacada y duradera en la rica vida de Lord Longford fue la de “visitador” en prisión de presos desamparados, actividad que mantuvo desde 1930 hasta casi su muerte, que ocurrió en 2001, a la edad de 95 años. Otras actividades en su carrera fueron la de escritor, periodista, activista de causas sociales perdidas (o casi) y político. Como tal, ostentó los cargos de Lord del Almirantazgo, Ministro para las Colonias y Lord Líder de la casa de los Lores en la época del laborista Harold Wilson. El séptimo Conde de Longford (7th Earl of Longford) y Primer Barón Packenham era anglicano y conservador, aunque, a lo largo de su vida -y, en parte, por influencia de su esposa Elizabeth Harman, escritora-, devino católico y laborista, siendo de los pocos nobles laboristas de la época, o a decir verdad, de cualquier época, pues, por razones obvias, nobleza y socialismo no van juntos a menudo. Ya se sabe que el conservadurismo se basa en la preservación de los privilegios heredados y el título nobiliario es la máxima expresión.

Si bien sus visitas a los presos fueron innumerables, por todo el Reino Unido, hubo una que le causó muchos problemas y odios, provocó el ataque casi unánime  de la prensa británica y atrajo la cólera de la opinión pública.  Myra Hindley y  su pareja  Ian Brady habían sido condenados a cadena perpetua por el asesinato de 5 niños en la ciudad de Manchester, que después enterraron en los páramos próximos de Lancashire. Por ese motivo eran conocidos como “los asesinos de los páramos (the moors murderers)” y odiados –sobre todo odiada- en un país comprensiblemente incapaz de asimilar el hecho de que una mujer pudiera estar involucrada en asesinatos de niños. Ya era bastante malo que un hombre con desarreglo psicótico (como era el caso de Ian Brady, que nunca mostró arrepentimiento alguno) pudiera hacer tal barbaridad, pero ¿una mujer? Eso era inaudito e imperdonable, por muy subyugada que esta estuviera por la influencia hipnótica del cruel y dominante Brady.










Myra Hindley y Ian Brady,"los asesinos de los páramos"



Longford abogó por la concesión de la libertad condicional a la convicta cuando ésta estaba condenada sólo por tres de los asesinatos. En 1986 admitió la autoría de los otros dos dejando al buen Lord en el más absoluto de los ridículos. Este fue acusado de caer inocentemente en las redes afectivas de la enigmática y terrible mujer, viendo su prestigio ferozmente maltrecho. A pesar de ello siguió apoyando la petición de  libertad condicional para Hindley sobre las bases de una reforma penal integradora y la asunción de que ya no suponía amenaza alguna para la sociedad, sin obtenerla.

Myra Hindley murió en prisión, de muerte natural, sin obtener el beneficio penitenciario solicitado, en noviembre de 2002.

En algún momento de su relación, Myra llegó a hacer a su fiel visitante la terrible confesión: “Si hubieras estado en el páramo, a la luz de la luna, cuando fue el primer asesinato, sabrías que la maldad también puede ser una experiencia espiritual”

Román Rubio
Abril 2015


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