domingo, 19 de julio de 2015

JEREMY BENTHAM Y LA LIBERTAD

LA LIBERTAD Y JEREMY BENTHAM

“La libertad del pez grande es la muerte del pez chico”
Isaiah Berlin

Toda ley , por justa que sea, es una infracción a la libertad. La libertad del amante de los toros en las calles (bous al carrer, en mi tierra) es un desastre para el pobre toro que se ve acosado y torturado en público, en ocasiones, hasta la muerte, como el de  Tordesilas, y una agresión a la sensibilidad de tantos ciudadanos que vemos con aprensión como se les pone bolas de fuego en los cuernos haciéndoles huir despavoridos y llevándose por delante, de tanto en tanto, a algún intrépido ciudadano a la enfermería o al cementerio. Hace unos días, un ciudadano francés fue corneado y muerto por un toro en la localidad de Pedreguer mientras filmaba el pintoresco aquelarre. Era la primera vez que el galo presenciaba un “festejo” taurino. Y la última.


La tradición, y la libertad para ejercerla, invitaba en tiempos de los aztecas, del antiguo Egipto y de otras civilizaciones de la antigüedad a la ejecución de sacrificios humanos para aplacar la ira de los dioses y obtener sus favores. Sacerdotes y caudillos locales (aún no se habían inventado los Presidentes de Diputación) ofrecían, haciendo uso de su libertad y en nombre de la tradición, jóvenes doncellas en sacrificio que habrían de servir para que la divinidad llenara sus graneros y se dignara a regar sus campos, lo que trasladado al mundo actual sería algo así como: “la vida de la hija de mi criado por un Mercedes nuevo”. La libertad de algunos faraones permitía que fueran enterrados con sirvientes y ayudantes, de modo que pudieran ser servidos en el más allá. Hasta Abraham fue requerido, de mentirijillas, eso sí, por el temible Yavéh a sacrificar a su único hijo, cosa a la que el Padre de Israel accedió resignado. Las leyes, tácitas o escritas (casi) acabaron con el bárbaro rito, permitiendo el tránsito de la humanidad hacia un mundo mejor. Bueno, en el caso de algunos pueblos como los aztecas la evolución ha sido modesta (nada más que ver los datos de desaparición de mujeres en Ciudad Juárez) pero otros, como los vikingos, pasaron del sacrificio humano a la socialdemocracia de Olof Palme en un plis plas lo que es todo un avance.
Las limitaciones legales al consumo de alcohol han mejorado de manera espectacular el número de accidentes de tráfico, a pesar de que algunos recalcitrantes  defensores de la libertad y la democracia como el señor Aznar se lamenten de que alguien le marque las copas que debe o no beber y cuándo. “¡Reglas a mí”. “No sabe con quién está usted hablando!” La reglamentación antitabaco impulsada hace pocos años en España y que tanta resistencia levantó se ha mostrado tan beneficiosa y de sentido común que sólo los carcas fanáticos desearían volver al estado anterior de bares llenos de humo que impregnaba la ropa. Y esto en un país que, como señalaba en un artículo anterior, estaba acostumbrado a fumar en todas partes: en las aulas, transportes públicos, hospitales, interior de los coches y… dentro de las casas. Ya no de las nuestras sino de las de cualquiera. Y sin siquiera pedir permiso. Se consideraba una cortesía excesiva, rayana con el amaneramiento el hecho de solicitar permiso para encender el cigarro en casa ajena. En mi juventud, no sólo se podía fumar en los autobuses urbanos; recuerdo un cartel en el autobús que rezaba: “Prohibido escupir en el suelo. Multa 25 pesetas”. No sé si estas historias sonarán a las del Abuelo Cebolleta pero dónde quiero ir a llegar es a señalar el hecho de que nuestra sociedad está siempre evolucionando hacia un mundo mejor y que lo que ayer se veía como natural se puede ver hoy como una agresión intolerable a la dignidad humana (o animal)

¿Cuáles son pues los límites de la libertad? El filósofo inglés Jeremy Benham (1748-1832) anduvo dándole vueltas al asunto. Parte central de su pensamiento lo constituye la formulación de la doctrina utilitarista desarrollada en su obra  Introducción a los principios de moral y legislación (1789).
Según esta doctrina los actos e instituciones humanas se pueden juzgar de acuerdo con su utilidad y la capacidad de proporcionar felicidad al hombre y solucionar problemas que causen dolor o malestar. “La mayor felicidad o bienestar para el mayor número de personas” es la medida de lo correcto o lo incorrecto y por tanto, el principio de toda finalidad legisladora.

Sus ideas desarrollaron las teorías de la sociedad del bienestar, (welfarism en inglés), propugnó la libertad individual y económica, la separación de la iglesia y el estado, la igualdad de derechos de la mujer, la descriminalización de los actos homosexuales, la abolición de la pena de muerte y el castigo físico a adultos y niños; fue uno de los precursores de la formulación de los derechos de los animales, además de ser quien ideó el panóptico en arquitectura. Diseñó prisiones que podían vigilarse desde un punto central desde el que se podían ver todas las celdas con la idea de que no sólo la vigilancia sino la sensación de ser vigilado aumentaba la seguridad y la eficiencia.

No sería buen inglés si no añadiera a su  impecable biografía un rasgo de excentricidad, en este caso, simpática y macabra a la vez. Dejó precisas instrucciones en su testamento acerca de cómo proceder con sus restos. Su esqueleto, rodeado de paja y vestido con sus propias ropas, coronado con una reproducción de su cabeza en cera está guardado en una vitrina de uno de los claustros del University College de Londres del que Benham había sido cofundador.







De cuando en cuando su cuerpo se traslada a la sala dónde tiene lugar la Junta de la Universidad para tomar parte en la sesión; “presente pero sin voto”.  Como el toro de la Vega. Ingleses.



Román Rubio
#roman_rubio
Julio 2015





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