jueves, 13 de agosto de 2015

VERANEO

VERANEO


Veraneo a las afueras de un pueblo (uno de los miles de pueblos de España; semipintoresco, con vestigios de lo que un día fuera un castillo y buen agua; como decía mi padre: “cuídate de los pueblos que presumen de buen agua. Suelen ser los más aburridos”. El mío lo es. O lo es para mí que no gusto, como otros,  de largas partidas de dominó en las tórridas tardes del agosto ni me entusiasman los bailes en la plaza. El porqué de mi afición por pasar aquí gran parte del verano “el veraneo” es algo que no deja de intrigarme. ¿Será porque pasé aquí los veranos de mi infancia y hay una memoria de sensaciones olfativas y cutáneas ancestrales, telúricas casi? ¿Será que amo o necesito el tedio?, ¿es simplemente masoquismo? Lo cierto es que cuando intento huir del aburrimiento y me aventuro a la costa para unirme a fiestorros y celebraciones echo de menos la quietud, el silencio intenso del pueblo solo roto por las chicharras y las monótonas campanadas de la torre de la iglesia. Y aquí vuelvo. Y aquí estoy.
Mi casa está en una parcela de unos 4oo metros cuadrados junto a otras casas, todas ellas de parcela y jardín; las de mis inmediatos vecinos, de parcela mas grande. No sé si a ustedes les ocurre lo mismo, pero mis vecinos poseen toda clase de máquinas outdoor imaginable: cortadora de césped a motor de combustión, motosierra, podadora de setos, aspiradora y hasta máquina de barrer. Sí, se trata de ese aparato con el que se afanaba mi laboriosa vecina el otro día como a las diez de la noche y que, a costa de un ruido  desagradable, desplaza a soplidos las hojas y agujas de pino hacia un lugar en el que, inevitablemente, tenemos que recurrir a la escoba y el recogedor, que es con lo que, de seguir los dictados del  sentido común, deberíamos haber empezado.
A ver, mis vecinos son gente estupenda, de los que elegiríamos como tales si el caso se presentara. Amantes de la vida en familia, son educados (un plus en los tiempos que corren), gentes de bien, prestos a echar una mano si hace falta y poco amigos de fiestas con música y griterío, lo que es de agradecer. Solo tienen un defecto;  probablemente el mismo que los tuyos, amigo lector: les gusta hacer muchas cosas (son gente activa) y les gusta hacerlo con máquinas que, aconsejados por el diablo del consumo, adquieren compulsivamente en almacenes de bricolaje. Sin atender al ruido que puedan producir, la energía que consuman, las posibles averías o la cantidad de trabajo a realizar: si hay máquina para ello, me la compro.


Recuerdo un artículo del escritor Bill Bryson, que es quien mejor sabe poner la lupa en las rendijas de la vida americana cotidiana, en que el autor va a una de esas inmensas tiendas de su país, paraíso del DIY, con la ingenua pretensión de comprar un cortacésped de los que no tienen motor, que funcionan con el solo impulso que le damos al andar. ¿Para qué iba a querer alguien algo simple, sin averías, que haya que empujar habiendo otro con motor, que produce un ruido infernal, necesita gasolina para funcionar y encima tiene averías? Seria de tontos. O de tipos como Bill, que aunque americano de nacimiento, ha vivido largos años en Yorkshire (Inglaterra). Los dependientes le miraban con cara de incrédulos al verse en presencia de alguien tan absurdo que quisiera comprar algo a lo que hubiera que empujar y al final hubo que encargarlo del catálogo de la tienda. ¿Para qué habría de haber en stock máquina tan desfasada y absurda? No pareció reparar nadie que para los sesenta metros de césped de la casa del escritor no hacía falta comprar un tractor como el que dieron a Forrest Gump para que se entretuviera cortando (gratis) el césped del campo de fútbol.


Mis vecinos –gente honrada y de buen trato, como ya he dicho- son de los que sienten un sudor frío ante la perspectiva de recoger hojas con algo tan simple y arcaico como un  rastrillo o una escoba; ni en sus peores sueños contemplan el hecho de recortar un seto con tijeras de podar ni usar un artefacto al que haya que empujar para hacer algo: “Ophra does not walk, Ophra does not do stairs”, dijo Ophra Winfrey en una ocasión, según versión de su biógrafa Kity Kelley. Tiempos hubieron en los que la niña de Kosciusko (Misisipi) tenía que andar o subir escaleras, pero no después de que se convirtiera en una celebridad y hablara de ella misma en tercera persona, lo que no está nada mal para alguien nacido en Kosciusko; ¿no hay acaso coches y ascensores? Y si hay que andar, por aquello de los michelines y  la salud cardiovascular, para eso está la cinta del gimnasio, tan cómoda ella. Me mide la distancia recorrida, me regula el paso, consume electricidad, se estropea de vez en cuando, me da la oportunidad de adquirir una  de tanto en tanto con funciones nuevas y la puedo usar al tiempo que veo mi programa de televisión favorito. Yo no tengo programa favorito, de modo que hago zapping hasta que encuentro uno en el que no sale Marhuenda.

Román Rubio
 @roman_rubio
Agosto 2015

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