sábado, 28 de noviembre de 2015

A TALE OF TWO CITIES

A TALE OF TWO CITIES


 ¿A quién quieres más, a papá o a mamá? El niño se queda desconcertado ante tan impertinente cuestión y contesta: “al papá a la hora del baño porque juega conmigo y con el patito, a mamá cuando estoy malo y a la abuela a la hora de merendar porque me da chocolate”.

¿Qué ciudad te gusta más, París o Londres?, ¿Roma o Milán?, ¿Madrid o Barcelona?  Hace años viví en París por un período de nueve meses en los que, siendo mis ocupaciones laborales bastante ligeras, me dediqué mayormente a patear la ciudad. Después he vuelto un puñado de veces. No he vivido en Londres. Sí lo hice (también hace tiempo) en otro lugar de Inglaterra, con lo que mis visitas a la capital eran frecuentes y desde entonces la he visitado con cierta regularidad. Por ese motivo he tenido que contestar muchas veces la pregunta ¿qué te gusta más: Londres o París? O (todavía más difícil ¿cuál es mejor, más interesante, más bonita…?) Poned vosotros el término de comparación. Pues bien, si de comparar se trata, vamos a hacerlo.

En primer lugar el tamaño y la población; y ahí tenemos la primera disonancia: según datos oficiales París tiene  2.235.000 habitantes distribuidos en 20 distritos (arrondissements) perfectamente delimitados, en tanto que Londres tiene 8.173.000 distribuidos en… bueno, esto es difícil de determinar. 


Para empezar contiene no una ciudad sino dos: Westminster y la City of London y un sinfín de pueblos, aldeas, villas, barrios, bosques, comarcas, parroquias y lugares que se han ido integrando en una extensísima área, con nombres tan evocadores como Camden Town, Swiss Cottage, Seven Dials, Chalk Farm… Muchos de sus barrios más conocidos como Bloomsbury, West End o Whitechapel no tienen una existencia oficial ni responden a unos límites determinados. Simplemente, están.


Para comparar las ciudades, por tanto, deberíamos considerar también los suburbios parisinos, al resto de la región de Ille de France que incluye los departamentos de Hautes de Seine, Seine Saint Denis y Val de Marne. Todos juntos, es decir, París y sus banlieues, suman unos nueve millones de habitantes, lo que empieza a dar contenido a  la comparación.

Administrativamente, Londres es una agrupación de 32 consejos de barrio (borough councils) gobernados por la Greater London Authority formada por  los 25 miembros electos de la Asamblea de Londres y su alcalde, Boris Johnson.  Esta institución, en coordinación con las setenta y tres circunscripciones electorales al Parlamento de Westminster que cubren el área metropolitana, constituye el gobierno local. Sobre esta amalgama aparentemente ingobernable se alza la figura del alcalde,  un personalísimo conservador (ex alumno de Eton y Oxford) que no lo parece, descendiente por vía ilegítima del mismo rey Geoge II, brillante, algo payaso, ingenioso y simpático en su discurso, amante de ir en bici para desesperación de sus guardaespaldas y con un peinado casi tan  imposible como el de Donald Trump, es (según su biógrafa Sonia Purnell) “… la antítesis del títere repeinado. Parece una cesta de la ropa sucia con sobrepeso y tiene el hábito de olvidarse de la ducha”. The Lord Mayor nació en Nueva York, tenía una abuela materna medio inglesa medio suiza y un abuelo, Ali Kemar Bey,  turco por los dos costados. Su otra abuela, Irène Johnson, era medio inglesa medio francesa, nieta ilegítima del Príncipe Paul de Würtemberg y por tanto, descendiente del mismísimo Jorge II de Inglaterra, lo que le emparenta de manera lejana a las familias reales europeas y primo octavo del Primer Ministro Cameron. Por vía materna, su madre Charlotte era nieta de un judío ruso lo que ha hecho que Boris se defina a su mismo como el hombre melting pot aludiendo a sus ancestros musulmanes, judíos y cristianos.



 Anne Hidalgo es la Alcaldesa de París, y si es cierto que tiene unos orígenes menos pintorescos que el londinense, yo no me atrevería a decir que sean menos interesantes. Es hija de españoles y como su homólogo londinense, no es nacida en París sino en San Fernando (Cádiz), ¡ahí es ná! Sus abuelos, exiliados en Francia tras la guerra de España, volvieron a la acogedora y compasiva Patria, en dónde el abuelo, socialista, fue condenado a muerte, siéndole conmutada la pena por cadena perpetua. Sus padres, electricista él y modista ella, volvieron a ir a Francia (lo que no es de extrañar), esta vez como inmigrantes económicos con sus dos hijas: Ana y María, teniendo Ana (después Anne) dos años de edad. Tras acabar sus estudios en Lyon y en Paris-Nanterre se convirtió en Inspectora de Trabajo por oposición con el número cinco de su promoción. Después, vendría su carrera política que habría de llevarla, no al exilio y la cárcel –como a su abuelo- sino a la alcaldía de París. Una historia de éxito de una socialista  competente, proveniente de un entorno social inmigrante y modesto. No es de extrañar que se vea identificada con una República Francesa, generosa con las personas de valía y garante de una implacable igualdad de oportunidades.  No se conoce a nadie que la haya oído cantar la castiza copla de “con las bombas que tiran los fanfarrones, se hacen las gaditanas tirabuzones”.

Dicen que los perros acaban pareciéndose a sus amos, ¿o es los amos a sus perros? Lo cierto es que las dos ciudades se parecen a sus alcaldes, o estos a sus ciudades.

París es, a mi parecer, la ciudad “objetivamente” (si es que esto es posible) más bella del mundo. Es equilibrada, racional, completa, bella en todos sus rincones, con la extraña condición de saber armonizar la innegable grandeur (Louvre, Campos Elíseos, Invalides, Torre Eiffel, Campo de Marte y Escuela Militar…), de grandes espacios simétricos, diseñados para ser armónicos a la vez que espectaculares con la habitable y compacta ciudad de los estupendos bulevares y las calles adyacentes, con su mercado semanal de comestibles en cada barrio, su boulangerie, su petit bristot en la esquina y su entrañable bon jour monsieur, bon jour madame.  Es cierto que dentro de esta Arcadia feliz hay una pequeña nota disonante: los parisinos, que tienen fama de ser los ciudadanos más antipáticos del mundo, cosa que no estoy dispuesto a afirmar pero tampoco a desmentir. Los he conocido agradables y hasta cariñosos, eso sí, fuera de París.

Si entras a Londres desde Gatwick a Victoria (por elegir una entrada) te topas con un escenario anárquico, feo, de interminables suburbios formados por miles de casas unifamiliares exponiendo su vida doméstica de ropa tendida y juguetes olvidados en los minúsculos jardines traseros. Playas de vías oxidadas, depósitos arcaicos de agua, trabajos de reparación de vías, alguna que otra fábrica enorme, obsoleta, pegada a alguna nueva edificación de vidrio y acero entre solares de negocios de desguace y repuestos del automóvil. Tras atravesar una corriente de agua marrón llamada Támesis y vislumbrar en la media distancia algún rascacielos y cúpula, te das cuenta de que estás en el centro de la metrópoli más grande de Europa y una de las más importantes del mundo: Londres.
A partir de ahí, la ciudad, que comparte con Nueva York el estatus de centro financiero mundial, se ofrece con su frenético ir y venir de millones de personas de todas las razas y condición imaginables en la que es, sin duda, la ciudad más cosmopolita y multinacional. Más de un tercio de los londinenses actuales son nacidos en el extranjero, acogiendo a gente de unas 170 nacionalidades  que hablan  trescientas lenguas distintas. Sólo la popular cadena de sándwiches Pret a Manger emplea a gente de 105 nacionalidades diferentes, lo que da idea del componente humano de este  gigante en el que los museos son gratuitos, la oferta musical y teatral es imbatible y ofrece al ciudadano una extensión de 2.000 hectáreas de parques, con lo que, en lugares como el este de la ciudad,  puedes encadenar, cual ardilla, Hampton’s Court, Richmond Park, Wimbledon Common y Kew Gardens haciéndote dudar de si estás en una metrópoli o en un bosque con casitas victorianas.

Y para acabar, unos datos comparativos. Ambas ciudades son caras. La comida, en las tiendas y supermercados es algo más barata en Londres. El precio de un billete sencillo de metro  en la ciudad del Támesis cuesta la friolera de 3.54 € por 1.80 € que cuesta junto al Sena. El abono mensual del metro de Londres vale 184 € por 70€ el de París, lo que supone un 163% de diferencia. El precio medio del alquiler de un apartamento de una habitación en el centro de la capital británica es de 2.360 €. En París, puedes conseguirlo por 1.098,  lo que lo hace un 114% más barato, aunque, eso sí, con mucha más burocracia. El salario medio disponible (después de impuestos) también es superior en Londres, 2.812 € por 2.308 € en París, lo que me lleva a pensar que un trabajador medio londinense debe pagar el 84% de su salario para tener una casa donde vivir, mientras que el mismo trabajador parisino se las arregla con un 47.5%, que ya es una pasta.
Los museos que pertenecen al Patrimonio Nacional (British, National Gallery, Natural History, Victoria & Albert…) son gratuitos en Londres. En París, la entrada al museo más visitado del mundo, el Louvre,  cuesta 15€ y el delicioso Orsay también es de pago.

Samuel Johnson (1709-1784) dijo en una ocasión: “Cuando un hombre está cansado de Londres, está cansado de la vida, pues Londres tiene todo lo que la vida puede ofrecer”. Hemingway, por su parte, añadió: “sólo hay dos lugares en el mundo en los que puedes vivir feliz: en casa y en París". Y a Diana Vreeland se le atribuye la enigmática frase:


¿Papá o mamá? ¿Londres o Paris? A cada cual, lo suyo

Román Rubio
@roman_rubio
Noviembre 2015



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