jueves, 18 de agosto de 2016

MATCH POINT

MATCH POINT












La pelota acaba de tropezar en la cinta de la red y está en el aire. El rival está al fondo de la pista, con lo que si cae en campo contrario es punto seguro, lo que significa set y partido.  Si cae en nuestro campo, por el contrario,  la cosa se complica. Es punto para el rival, el partido continúa y puede acabar en derrota. La pelota en el aire lo es todo: el triunfo o el fracaso, el júbilo o la aflicción, el éxito o la ruina y el olvido. De este modo Woody Allen empezaba la película de Match Point, remarcando el papel del azar, de la casualidad y la causalidad que rigen nuestras vidas sin que, a menudo, nosotros podamos hacer otra cosa que mirar la caprichosa pelotita que tiene en su redondez la llave de nuestro destino. Al final de la historia, el protagonista Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers), soliviantado por una arrebatadora Scarlett Johansson comete un doble crimen y se convierte en sospechoso principal de la policía, pero hay un golpe de azar que salva al asesino. Al desprenderse de ciertas joyas que el tipo roba para despistar tirándolas al río, un pequeño anillo rebota de manera fortuita con la barandilla y al igual que la bola de partido, tras quedar en el aire indeciso, cae a la parte de la calle. El anillo es encontrado más tarde en el bolsillo de un delincuente muerto por sobredosis y tira por tierra la teoría de la autoría de Chris. De esta manera ingeniosa y elegante cierra Allen el círculo de la historia que no es sino una lúcida parábola del azar. Esta vez la historia sale bien. Para el protagonista, que no para la justicia.

Me encontré con el mismo argumento el martes por la noche en el resumen de la jornada olímpica. Esta vez la historia había sido rodada con dos finales diferentes. Cada uno con la pelota a un lado de la red. Por una parte, el equipo español de básquet femenino había eliminado a Turquía en un agónico final tras haber ido por detrás la mayor parte del tiempo. En el último segundo y con el marcador igualado  la jugadora Anna Cruz lanzó una pelota que tras jugar con el aro…¡zas!, entró. Dos puntos arriba, final del partido y el equipo español clasificado para cuartos. En la misma ciudad, el mismo día, las chicas del equipo femenino de balonmano, conocido como Las Guerreras vieron cómo se les complicaba un partido contra Francia que habían tenido ganado durante todo el tiempo, a veces con gran ventaja. En el último segundo de la prórroga la jugadora española Nerea Pena lanza una pelota que podía significar el match point. Ésta golpea el poste y esta vez, ¡zas!, la pelota sale rebotada al campo, lo que significa  la eliminación del equipo. ¿Ven como los Juegos Olímpicos traen historias que hablan de los grandes temas? El destino, el azar, la gloria, el encumbramiento del ganador y la pena por el héroe caído… Shakespeare en estado puro. O Woody Allen, que viene a ser lo mismo.

¡Bueno, no exageremos! Se trata de evocar grandes temas con los inocuos jueguecitos de la Señorita Pepis. Las pelotas se inventaron redondas para hacer caprichosa su trayectoria. A veces botan aquí y otras allá para gozo o pasmo de los millones de  seres inanes que fían su ventura personal al caprichoso girar de la pelotita con la que juegan otros y no hacen sino mirar el medallero para sentirse  medianamente realizados. Buenos días, España.

Román Rubio
Agosto 2016

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